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La Pamplona actual: Paseo de los Enamorados y la calle del Vergel (2015)

Prosigo con esta entrada la sección “Imagenes, paseos y rincones de la Pamplona actual”. Hace unos días, tras estos pasados sanfermines, y aprovechando unas minivacaciones, cogí mi cámara de fotos, salí de casa temprano y, durante varios días, me dediqué a pasear por algunos rincones del Viejo Pamplona, para ver y documentar gráficamente que queda de aquellas imagenes del pasado  y como ha cambiado nuestra ciudad en estos últimos años. En este blog aunque me centre, de forma preeminente, en el pasado, también quiero hablar del Pamplona de hoy, porque el presente de nuestra ciudad es heredero del pasado y,  como en nuestras propias vidas, conviene saber quienes somos,  de donde venimos y adonde vamos. Pues bien hoy voy a recorrer con ustedes el Paseo de los Enamorados y la Calle Vergel, lugares que ya visité en las entradas del blog El Paseo de los Enamorados (1971-1999) y La antigua calle El Vergel (1968-78). En próximas entradas recorreré otros paseos e itinerarios de los barrios, parques y murallas de Pamplona.
Comienzo mi paseo en el cruce del antiguo Camino de los Enamorados con la actual calle  Río Arga. Desde aquí y hasta la nueva calle Joaquin Beunza, compruebo como se ha mantenido practicamente intacto el tramo de calle que existía antiguamente. Tan solo las nuevas construcciones de mi derecha, entre las que sobrevive un bloque de finales de los 50 debidamente rehabilitado, me advierten del cambio.  A la izquierda, y tras el semicirculo de viviendas de la antigua calle Abaurrea descubro las antiguas  y nuevas ampliaciones de la Clínica Padre Menni, regentada por las Hermanas Hospitalarias. A partir de  Joaquín Beunza, el Paseo de los Enamorados deja de ser una calle con tráfico y se adentra a través de un camino peatonal en el Parque del mismo nombre, cruzándolo en diagonal, por su parte norte (durante un tiempo fue llamado Parque del Conde de Gages, pero ante las protestas vecinales, al Ayuntamiento no le quedó otro remedió que dar su brazo a torcer y recuperar  el viejo y entrañable topónimo de la zona y llamarle Parque de los Enamorados). A mi izquierda un enorme bloque de viviendas cierra el parque por el norte,  detrás del cual atraviesa, ahora, la entonces inconclusa calle Abaurrea.  El parque de los Enamorados se terminó de construir por completo, a finales de 1999, si bien desde el 1996 ya se apuntaba su diseño, con la construcción de todos los bloques de viviendas que le irían delimitando después. El parque se construyó sobre lo que llamábamos la campa de la Compasión, de la que ya hablé, con detalle, en El Paseo de los Enamorados (1971-1999)

Atravieso la calle Bernardino Tirapu, hoy avenida central de la nueva Rochapea que, en aquellos años 70 y 80, era  un camino pedregoso y estrecho, de una gravilla blanca, sin urbanizar durante buena parte de su recorrido,  que empezaba  en  la Estación del Empalme y haciendo un arco desembocaba en las casas de la Rochapea Vieja, más cercanas al  rio y al puente del Plazaola. Durante 40 años surcó el Plazaola la vieja Rochapea campestre y ese arco, entre campos y huertas, bufando como solo aquellas viejas locomotoras de vapor podían hacer. Hoy el punto de encuentro  más reconocible entre  ese ayer y este hoy está en el cruce del Paseo de los Enamorados y la calle Bernardino Tirapu:  es el colegio de la Compasión, fundado en 1959, que hoy aparece ampliado con un polideportivo cubierto, donde antes estuviese el taller garaje de Doria, y con unas pistas polideportivas de fútbol y baloncesto, en la antigua campa anexa existente. Su desnivel  respecto del Camino de los Enamorados se ha sorteado mediante una especie de gradas de cemento tal y como se puede ver en la fotografía. Posteriormente,  diviso la calle Juslarocha,  que tras la construcción de las nuevas urbanizaciones se prolonga hasta la calle Río Arga; las casas de San Antonio, con sus inconfundibles escaleras de sube y baja, la calle Santa Alodia, el centro cívico Juslarrocha, un grupo de viviendas de los años 60-70, la calle Santa Nunila y el edificio de las antiguas escuelas de Lavaderos, ocupadas actualmente por el área de Bienestar Social del Ayuntamiento de Pamplona. Ya he comentado que el Paseo de los Enamorados alterna tramos de calle con tráfico con otros peatonales. A la altura de la calle Santa Alodia  el Paseo vuelve a convertirse en una calle con tráfico y justo en este punto arranca  otro de los viales más importantes,  actualmente, del barrio, la calle Ochagavía. 


Miro hacia la   derecha del Paseo, hoy ocupado por altos y modernos bloques de pisos -aunque existe todavía alguna parcela sin construir-, que llegan, practicamente, hasta la nueva calle Rio Arga, junto al parque de la Runa, y que antiguamente estaba ocupado por diversas fincas con huertos y arboles frutales, la serrería de Villegas, algún viejo bloque de casas de los años 40 y 50, grandes descampados  y las antiguas fábricas de Calzados López e Ingranasa.  En este lado descubro, por este orden, y desde Bernardino Tirapu, el Paseo Anelier, la prolongación de la calle Juslarrocha y  las calles Carmen Baroja Nessi,  Isaba, Errotazar y Parque de la Runa. En terrenos donde antes había una campa y parte de la fábrica de Ingranasa se erige hoy el nuevo Colegio Público Rochapea, a donde se trasladaron los alumnos de las antiguas escuelas del Ave María en el año 2010, momento en que el viejo centro y su nombre dejaron de existir, tras 94 años de historia.  (No tenía demasiado sentido trasladar un colegio con su nombre que estaba irremisiblemente vinculado a un origen, una historia y una localización muy concretas, junto a la iglesia del Salvador o del Ave María, como la llamaban muchos rochapeanos). Junto a estas nuevas escuelas hay un paseo, que sorprendentemente le han denominado, también, de los Enamorados aunque el itinerario tradicional del Paseo prosiga su curso hasta el inicio del parque de la Runa.

Llego hasta el inicio de este parque. Ya no existe el viejo camino entre los arboles hasta el puente de San Pedro, ni el viejo puentecillo de Errotazar, ni el viejo canal junto a las viviendas (el antiguo “cauce molinar” que diera lugar siglos atrás a molinos históricos en la antigua Rochapea como  el molino del papel o de la pólvora). No hay rastro de las viejas piscinas de San Pedro, tan solo unos bancos de piedra y unos juegos infantiles ocupan su lugar. En su parte más cercana al vial del parque de la Runa unos feos, pero probablemente necesarios muros de contención, construidos después de las catastróficas inundaciones de junio de 2013,  intentarán frenar al río en sus próximas crecidas. Sólo dos hitos me recuerdan vagamente el lugar que conociera décadas atrás, la presa  y el viejo puente románico de San Pedro. El río, en este lugar, aparece casi oculto por abundante vegetación; en su lecho, sobre unas isletas,  crecen numerosos arbustos de gran porte. A partir de este punto, y durante unos metros y momentos, el camino se me hace irreconocible. Allá donde estaba la finca y la casa Lore Etxea está ahora la entrada al complejo deportivo municipal Aranzadi, el viejo camino que bajaba desde el puente de San Pedro se pierde bajo el nuevo puente del Vergel para desde allí ascender por una pequeña senda escalonada al antiguo camino del Portal de Francia. También, si se quiere,   puede uno subir una pequeña cuesta y girar hacia la calle del Vergel, que es lo que hago yo en este paseo.

Esta calle, pese al tiempo transcurrido, y a excepción del  carácter de vía rápida que adquirió, con la apertura del puente del Vergel, es probablemente una de las zonas que menos transformaciones ha experimentado. Continua sigue siendo una vía, relativamente estrecha, de dos carriles, encajonada entre las murallas del Redin y Aranzadi. Tal y como viéramos en otro tiempo, en esta calle descubrimos el antiguo Instituto Pedagógico para Discapacitados Psíquicos, hoy un edificio cerrado y abandonado, el colegio del Redin con algunas modificaciones estéticas y pequeñas ampliaciones, las casas, las mismas casas que había hace más de 30 años, la Residencia El Vergel, el “aska” que ya veíamos en una foto de Arazuri de 1955, las instalaciones cerradas por una larga valla del Colegio de Educación Especial El Molino y en el lado derecho los lienzos de la Muralla de los frentes de la Magdalena y Francia, restaurados a comienzos del siglo actual. No soy una persona que no sepa aceptar o asumir los cambios. No soy de los que piensan que  cualquier tiempo pasado  fue mejor. La ciudad evoluciona y cambia y casi siempre a mejor. Sin embargo a veces los cambios son tan profundos y radicales,  como los que sufrió mi barrio en las últimas décadas,  que te dejan sin referencias visuales a los que asirte, a los que enganchar tus recuerdos. Por eso, de vez en cuando, se agradece que exista algún rincón en tu ciudad que permanezca casi inmutable, como éste, como recuerdo de lo que fuimos y vivimos. Al fin y al cabo es el escenario de nuestra propia vida.

Salgo de la calle del Vergel y me encamino hacia el puente de la Chantrea. Si algo me llama poderosamente la atención es lo afortunados que somos en esta ciudad por las increíbles zonas verdes y arbolados que tenemos. Es un orgullo y una gozada de la que no todas las ciudades pueden presumir. Desde el puente de la Chantrea observo, a mano izquierda,  el viejo puente románico de la Magdalena y a mi derecha el antiguo molino de Ciganda, que hoy forma parte del Colegio de Educación Especial el Molino. A mi izquierda la antigua campa de Irubide aparece llena de arboles. El instituto en el que pase cuatro años de mi vida permanece igual que entonces, sin apenas cambios más allá de las dotaciones anexas que fue incorporando en las últimas décadas. Allí donde estaba el Bar Irubide parte el nuevo camino de Alemanes. Atravieso el Arga por la pasarela de Alemanes, cruzo el meandro de Aranzadi, sin apenas detenerme (otro día le dedicaré un capítulo completo) y finalizo mi paseo enfrente del Monasterio Viejo de San Pedro, estrenando la recientemente colocada pasarela de Errotazar, de todo lo que descrito da buena muestra este amplio reportaje fotográfico.

 

Parques de Pamplona: El parque de la Media Luna (1935-2015)

Tras haber visitado y repasado la evolución del parque de la Taconera, nos vamos, en esta entrada, hasta el parque de la Media Luna, un parque, como veremos, bastante más reciente que el anterior pero igualmente hermoso y lleno de recuerdos, de resonancias de todo tipo para muchos pamploneses. Su nombre probablemente se deba a que en las fortificaciones se llamaba “media luna” o luneta  a un revellín semicircular, a diferencia de los revellines triangulares, como los de la Ciudadela y es que en esta zona se construyó,  en la primera mitad del siglo XVIII, la media luna o luneta de San Bartolomé. Una parte de este parque se llamaba, en el siglo XII, La Millera, por ser éste el lugar destinado a la trilla, convirtiéndose en el siglo XVII este paraje en un lugar de esparcimiento, una “zona de paseo de recreo para las gentes”  tal y como figura literalmente en algunos documentos de aquella época. Así pues nos encontramos a principios del siglo XX con una zona de paseo, sobre la ripa o talud del Arga, en una zona de eras y cultivos de secano. Veamos que cambios o hitos se producen en esta zona y sus inmediaciones. Así, en 1921 se derribaba la media luna de Tejería para poder construir una nueva plaza de Toros, previo derribo de la antigua, que estaba ubicada detrás de la plaza del Castillo, aproximadamente en la zona de confluencia de Carlos III y el primer tramo de Cortes de Navarra, nueva plaza que se inauguraría en 1922. Esta luneta de Tejería y la de San Bartolome protegían el llamado baluarte de la Reina, que fue el primero en ser derribado el 25 de julio de 1915, con el inicio del derribo de las Murallas. En 1923 se contruía, en la trasera de la nueva plaza de Toros, donde luego estaría el Parque de Bomberos, la nueva perrera que anteriormente estaba  en la plaza Santa Ana así como el garaje de coches mortuorios.
Las obras de adecentamiento de la Media Luna se realizaron en torno a 1923-33 (junto a este párrafo vemos una foto anterior de la Media Luna, concretamente del año 1918) y finalizaron en 1935 con la construcción, sobre la ripa de Beloso, de un muro de contención, sobre el que se alinearía el actual paseo protegido por la barandilla, que va desde Beloso hasta el baluarte de San Bartolome, (vemos, junto a este párrafo, una foto de 1935 de esas obras publicada en el libro de J.J. Arazuri, “Pamplona, calles y barrios”). En 1937 se aprobaron las obras para la formación del parque de la Media Luna, comenzándose a construirse, en primer lugar, en sus inmediaciones, viviendas unifamiliares y algunos hotelitos, y más tarde, en 1943, el parque como tal. Diseñado por Victor Eusa, con un cierto toque de inspiración árabe, por sus albercas, fuentes y setos recortados, el parque de la Media Luna tiene una extensión de 67.000 m2 y cuenta además con pérgolas, pequeñas esculturas, bancos, un bonito estanque con peces (1946), una pista de patinaje y como en la Taconera arboles de muy diferentes especies (incluida una de las tres secuoyas que hay en la ciudad). El parque de la Media Luna estaba delimitado por las calles Arrieta, Media Luna, Avenida de Francia, Ripa de Beloso y la media luna de San Bartolomé. En 1943 se reconstruyó el Fuerte de San Bartolome que se encontraba en un estado importante de deterioro, tal y como vemos en la foto de Galle, habilitando, posteriormente parte de su perímetro como parque infantil. 
En 1958 se construía el nuevo Parque Municipal de Bomberos, que sería renovado y completado en sus instalaciones en los años 1978 y 1979. En 1959 se construía el Monumento a Sarasate, restaurado no hace demasiado tiempo, cerca del llamado refugio y posteriormente bar con terraza que todos conocemos y que data de 1949. Durante muchos años, al menos hasta los años 70-, hubo en el Parque un pequeño kiosko para la música, hoy desaparecido. En 1985 se produjo una profunda restauración de este Parque y también en 2001 el Ayuntamiento invirtió un millón de euros en diversos arreglos. Al final del parque de la Media Luna  se encuentran:  un crucero gótico, con el escudo de las Cinco Llagas, un monumento a Sancho El Mayor; a su lado un bajorrelieve que recuerda la figura de Huarte de San Juan, el Chalet de  Izu, construido en 1955 bajo proyecto de Ramón Urmeneta (y que hoy es centro de encuentros profesionales y sede de varios colegios profesionales) y el Seminario Diocesano, también obra de Eusa, construido en el año 1936, que en la guerra se utilizó como hospital de campaña, el llamado “Hospital Alfonso Carlos”, para volver a ser seminario terminada la contienda. Junto a la plaza de toros se encuentra el Monumento a Hemingway, inaugurado el 6 de julio de 1968, con la presencia de su viuda. Como ya he dicho en una entrada sobre los sanfermines, en el año 1967, los fuegos artificiales, se lanzaron desde el baluarte de San Bartolome.

En el 2011 se inauguraba, en el baluarte de San Bartolome, el Centro de Interpretación de las Murallas de Pamplona, que ofrece explicaciones, en las diferentes salas, ubicadas en cada una de las bóvedas o casernas-, sobre la construcción y evolución de las Murallas y la vida en Pamplona en aquellos siglos de recinto fortificado. También en 2011 se inauguraba el ascensor de la Media Luna, que permite salvar el desnivel existente entre el parque y la zona de la bajada del Club Natación, además del puente o pasarela de Labrit que conecta el Parque de la Media Luna con la Muralla de Labrit y la Ronda del Obispo Barbazan, completando, de este modo, un maravilloso paseo que permite recorrer las Murallas de Pamplona, desde el Mirador de Vistabella hasta la Cuesta de Beloso. Al igual que pasa con la Taconera y su mirador de Vistabella, desde el mirador del parque de la Media Luna, se puede disfrutar de unas excelentes vistas del rio Arga y las Huertas de la Magdalena,   con el perfil de la Catedral, a nuestra izquierda, inmortalizado en infinidad de pinturas y fotografías.

Fotografías referenciadas en el texto de la entrada y diversas postales publicadas en los años 50 y 60

Parques de Pamplona: El parque de la Taconera (1830-2015)

Inicio una nueva sección en el blog bajo el nombre de Parques de Pamplona, recorriendo los parques más importantes de la ciudad. Inicio este recorrido, como no, por el parque más antiguo, bonito y emblemático de la ciudad: el parque de la Taconera.  Recorrerlo es un placer. Nos retrotrae a muchos pamploneses a nuestra más tierna infancia cuando correteamos por entre sus bancos rojos, senderos y jardines, bordeados por grandes olmos (desaparecidos en los años 80 con la grafiosis que dejo prácticamente desnudo el parque), nos escondíamos entre sus recoletos rincones, o veíamos asombrados los animales que vivían en régimen de semilibertad en los fosos. Hasta el siglo XVI, siglo en que se derriban las viejas murallas junto a la Taconera esta zona era un simple campo. Pero ya en el siglo XVII hay indicios de que se estaba formando un parque, bien por el cuidado o conservación de los arboles por parte del portalero o la colocación de algunos bancos en la zona, circunstancia que observamos se mantiene en el siglo XVIII en el que aparece en los planos de la ciudad la Taconera como una zona verde. El parque se convirtió en jardín a partir de 1829, en su zona más cercana a la iglesia de San Lorenzo, y el resto de los jardines se fueron instalando durante 1830, ocupando una superficie de 90.000 m2 en torno a las murallas y muy cerca del Casco Antiguo, con un estilo de clara inspiración versallesca.
Seguiré un orden cronológico para enumerar los numerosos cambios, novedades, hitos  e incorporaciones que ha tenido este parque a lo largo de su ya dilatada historia de 185 años. Entre algunos de los hitos más antiguos del parque estaba el llamado “árbol del cuco” un ejemplar arbóreo situado en la zona más cercana a San Lorenzo, en el Bosquecillo de la Taconera, que fue derribado en 1888 y cuyo origen databa al menos del siglo XVI. En 1906 se desmontaba el Portal de la Taconera situado en la actual calle Navas de Tolosa, a la altura de donde, desde 2002, se ha reconstruido el mismo portal. En su lugar se instaló otro más ancho, con unas torres metálicas de adorno a cada lado,  que en 1954 desaparecieron para ampliar la anchura de la calzada, suprimiéndose al mismo tiempo un trozo de muralla y el revellín. El escudo y una leyenda del antiguo portal se conservaron desde 1961, hasta la reconstrucción del Portal en 2002, en un monolito situado en los jardines de Antoniutti. Vemos junto a este párrafo y al siguiente una secuencia de fotografías que documentan estos cambios. La primera fotografía, con el antiguo portal, puede ser de entre 1902 y 1906 y aparece en los libros de J.J. Arazuri, “Pamplona, calles y barrios”, la segunda foto, de José Ayala, es de 1907, con el portal y las torres metálicas. La tercera es de marzo de 1954 antes del inicio de las obras de ensanchamiento de la zona y la cuarta de J. Cía, es de  julio de 1954, de la zona en plenas obras. También, y casi de forma paralela al Portal de la Taconera, el Portal de Santa Engracia o Portal Nuevo, sufrió  cambios parecidos: en 1906 se derribaba y se sustituía por una pasarela metálica y en 1950 se reedificaba con un estilo neoclasicista, bajo el proyecto y dirección de Victor Eusa.

En 1918 se instalaron en los Jardines, sobre sendos pedestales, dos bustos de dos grandes personalidades  navarras: uno, en uno de los extremos sur  del parque, casi en la entrada del bosquecillo de la Taconera, el busto del escritor vianés Francisco Navarro Villoslada, descolgado del parque tras la construcción del Hotel Tres Reyes, y mucho más descolgado tras la obra de la rotonda de Navas de Tolosa en 1999 y otro busto  a Sarasate en uno de los jardines interiores. Este busto, de Sarasate, se trasladó en 1965 a la fachada del Conservatorio Superior de la calle Aoiz. En su lugar  se colocó el busto de otro músico navarro, Hilarión Eslava. En 1927 se instalaba junto a la caseta de alquiler de bicicletas (hoy el Café Vienés, cerrado) la estatua de la Mariblanca (representación de la diosa de la beneficiencia y la abundancia), después de haber recorrido la plaza del Castillo (1790-1910) y la plaza de San Francisco (1911-1926). ¿Cuando recuperará esta estatua el lugar que se merece en la ciudad, en vez de estar semiescondida como lo está ahora?
En 1929 se colocaba en la actual calle del Bosquecillo, y enfrente del anden central del parque, el antiguo Portal de San Nicolás, construido en 1666, y desmontado de su ubicación original, cerca de la actual iglesia de San Ignacio, en 1915. Es una bonita recreación barroca de un arco de triunfo que vemos, en una postal en color, de los años 60, encabezando esta entrada. En 1931 se ampliaba el parque de la Taconera por su lado norte al rellenarse los fosos del baluarte de Gonzaga, que vemos en la foto adjunta de 1920 de Fidel Veramendi y adelantarse el Mirador de los Jardines (que también vemos en una foto de 1912) una veintena de metros hasta el borde de la muralla de la Cuesta La Reina. Al nuevo mirador se le llamó Mirador de Vistabella. En 1934 se inauguraba el busto del médico y filosofo Huarte de San Juan, con motivo de las actividades del Ateneo organizadas, ese año, en su recuerdo. También en este año se instalaba la arquería gótica existente junto a los fosos en la zona norte del parque, con el escudo de armas de los Teobaldos. Creo haber visto incluso la estatua de uno de los Teobaldos, Teobaldo II (hace tiempo desaparecida) en alguna antigua fotografía presidiendo esa arquería gótica. Entre 1939 y 1943, se desarrollaron algunos de los proyectos del arquitecto Victo Eusa, para las zonas no acondicionadas, quedando el parque más o menos como está ahora. En 1949 intentaron convertir el foso en lago aunque el proyecto no se llevó a la práctica. En 1950 se inauguraba el monumento a Gayarre, con su enorme basamento cilíndrico, esculpido con bajorrelieves, rematando el anden central (tal y como vemos en la postal a color de los años 60, al final de la entrada). En su lugar había antes una gran fuente de surtidor, como la que vemos en la foto de Galle de los años 30 encabezando esta entrada.
En 1961 comenzó a construirse el Hotel Tres Reyes, que se inauguraría dos años más tarde (en 1963), en terrenos del Bosquecillo de la Taconera, una muy desafortunada actuación urbanística que rompió la unidad del parque y condenó a la zona del bosquecillo restante a una situación de marginalidad y abandono. Donde se construyó el hotel había antes un bonito palomar (que vemos en una postal de entonces) y un estanque con patos y cisnes. Junto a este párrafo y el siguiente vemos también sendas fotografías de J.J Arazuri, del Bosquecillo de los años 1959 y 1960, antes del comienzo de las obras del hotel. En estas fechas se construye también el parque Antoniutti, entonces avenida de Bayona. Se construyó sobre los antiguos fosos del Portal de la Taconera. A partir de 1971, al abrirse la avenida del Ejército, el tramo comprendido entre Navas de Tolosa y Circunvalación se cerró al tráfico y se convirtió en una pista de patinaje. A finales de los 60, los militares abandonarían el antiguo Club Mola, junto a la avenida del Ejército, y se instalaron en uno nuevo club junto a los fosos de la Taconera (entre Antoniutti y Larraina). A finales de los años 60 se creaba el pequeño zoo de los fosos, con ciervos, patos, faisanes, cisnes, pavos reales (recuerdo incluso algún jabalí) que incluso, en aquel tiempo, se extendió a otras zonas, fosos, de las  murallas de la ciudad, como el Redín y posteriormente se instaló en la Taconera un parque infantil. También recuerdo otro zoo (era una zona acotada, como una gran jaula) en la zona del Paseo con un monito que nos hacía mucha gracia, conejos y otras especies, que desapareció a finales de los 80 o primeros 90.
Otros elementos que recuerdo de este parque son el antiguo kiosko  del Bosquecillo existente en el lugar desde el año 1918 hasta 1992 y que reproduzco al final de la entrada. Este kiosko de madera (recuerdo que era de color verde y blanco)   era el  mismo kiosko que se había  instalado en la plaza del Castillo por la Sociedad Lechera Anaitasuna en los primeros años del siglo XX. El Ayuntamiento decidió desmontarlo en el año 1992 y erigir una nueva instalación hostelera en su lugar que recientemente han vuelto  a sacar a concurso. También hay que señalar el nuevo Palomar de la Taconera, que vemos en la foto de Galle de 1960, situado cerca del minizoo de Antoniutti, cuya caseta oculta un transformador de electricidad, la Cruz de la Taconera, situada frente al Bosquecillo (que data de 1521) y el edificio de los baños del Bosquecillo, obra también de Victor Eusa, conocido popularmente como “el paraguas” (1938). Esta zona es escenario, además, de la llegada del Angel de Aralar y en Sanfermines, ubicación para diferentes escenarios festivos: verbena en Antoniutti, actividades infantiles, conciertos y música regional en el Bosquecillo, puestos de venta ambulante, Euskal Música en Taconera. La Taconera es y seguirá siendo, en mi opinión, uno de los rincones más entrañables de la ciudad. 

Fotos referenciadas en el texto de la entrada

Los Encuentros del Arte (1972)

Apenas tendría ocho años de edad cuando se celebraron. Tengo un recuerdo vago de las cúpulas que se instalaron en los solares de los antiguos cuarteles militares, pero a tenor de lo mucho que se ha hablado y se ha escrito sobre ellos, constituyeron una inédita experiencia en el grisáceo y anodino panorama cultural del franquismo. Muchos las han citado posteriormente para denunciar nuestro escaso protagonismo posterior como ciudad en el panorama cultural y artístico nacional. Y la verdad, no les falta razón. Pamplona fue durante esos días de 1972 el epicentro de la vanguardia artística y el arte experimental a nivel mundial.  Los Encuentros duraron ocho días, los que van desde el 26 de junio al 3 de julio de 1972, en los prolegómenos de los sanfermines. Se habían gestado un año antes. El industrial Félix Huarte había fallecido en 1971 y su familia encargó al grupo de música contemporánea Alea  un ciclo de conciertos como homenaje. Es en este contexto en el que el pintor, José Luis Alexanco y el músico, Luis de Pablo, integrantes del grupo Alea propusieron a la familia Huarte la posibilidad de realizar un festival de arte de vanguardia en Pamplona, propuesta que Jesús Huarte aceptó de buen grado pues le pareció una bonita manera de agradecer a la ciudad los gestos que había tenido con su padre.
Inicialmente lo iba a patrocinar la Diputación Foral, el Ayuntamiento de Pamplona y la familia Huarte, pero enseguida la Diputación de Amadeo Marco se desentendió del proyecto y el Ayuntamiento tan solo prestó los espacios donde se iban a desarrollar los actos, así que la familia Huarte corrió con todos los gastos, unos 12 millones de pesetas de aquellos años. Baste con decir, para hacerse una idea del dineral que suponía esa cantidad,  que ese presupuesto triplicaba el de los Sanfermines que darían comienzo unos días más tarde. Los Encuentros se inauguraron el día 26 de junio en un abarrotado Frontón Labrit por el entonces alcalde accidental, Javier Rouzaut (acto  de inauguración que vemos en la foto de la izquierda de este párrafo) y trajeron a Pamplona a unos 350 artistas, con un centenar de propuestas o acciones, muchas de ellas performances, puro arte conceptual. Organizado por artistas, no por comisarios de exposiciones o expertos, el arte se sacó de los museos y galerías a la calle y además no cualquier cosa sino las formas culturales y artísticas más avanzadas que se podían ver, entonces, en Europa y en el mundo. El Festival, fue un éxito desde el punto de vista de la asistencia de público, si bien  basculó entre el entusiasmo de una parte de la juventud más inquieta culturalmente, “los jóvenes melenudos”, como los calificaban la prensa conservadora de la época y la perplejidad, extrañeza o desconcierto de la gente de más edad que no entendían lo que estaban viendo. No es fácil imaginarse el impacto de semejante “montaje” en una ciudad tan provinciana y conservadora en todos los ordenes y en pleno franquismo, como era Pamplona.
Además del Frontón Labrit albergaron los Encuentros otros 14 espacios diferentes: La Ciudadela, El Museo de Navarra (donde tuvo lugar la Muestra de Arte Vasco Actual en la que participaron, entre otros, los navarros  Pedro Oses, Isabel Baquedano y Xabier Morras), los cines Avenida, Príncipe de Viana y Carlos III, las salas de las cajas Municipal y de Navarra, El Teatro Gayarre, el Pabellón Anaitasuna, la Iglesia de Santo Domingo, las Murallas del Redín, el Paseo de Sarasate y las cúpulas neumáticas de los Encuentros: once cúpulas de color blanco, amarillo y naranja conectadas entre sí,  de 12 metros de alto por 25 de diámetro, que inicialmente se iban a ubicar en la plaza del Castillo pero que finalmente no contaron para esa ubicación con el oportuno beneplácito municipal. (Vemos las fotos de las cupulas tomadas desde diferentes perspectivas y en color y blanco y negro al comienzo de esta entrada). De las actuaciones realizadas cabe recordar especialmente sobre todos los teléfonos aleatorios de Lugan, instalados en el Paseo de Sarasate (que vemos en una de las fotos), o los dos centenares largos de muñecos,  obra del equipo Crónica, que emulaban o recordaban a los miembros de  la policía secreta (que también vemos entre las fotos de la entrada) y  que se entremezclaban entre los espectadores, alguno de los cuales acabó bastante vapuleado, o los  cubos sobre los que pintaba la gente (adjunto también una foto de ellos). Hubo de todo:  proyecciones, acciones callejeras, recitales de poesía experimental, cine, teatro, danza, música experimental, mezcla de lo autóctono y lo de fuera, de lo tradicional y la vanguardia. Vinieron artistas de todo el mundo como  John Cage, padre de la música electrónica, Luc Ferrari, los grupos Kathakaly o Zaj en música,  Steve Reich y Laura Dean, en danza, el cine de Buñuel, Fassbinder, Godard o Arakawa, la música clásica del Orfeón, la txalaparta de los hermanos Arce, etc.

De haber tenido continuidad los Encuentros el panorama cultural de Pamplona sería, probablemente, muy diferente hoy, en día, pero no la tuvo. Fue un hito de vanguardia que se quedó como un hecho aislado, sin ningún poso ni influencia posterior. Y eso que inicialmente sus organizadores pretendían que tuviera una periodicidad bienal, osea que se realizase cada dos años. Pero no hay que olvidar el complicado momento en que se celebraron los Encuentros,  en los últimos años del franquismo.  Los Encuentros fueron muy polémicos y discutidos. Fue objeto de criticas por parte de un lado y  de otro. Por algunos artistas vascos que los calificaron de elitistas, por los comunistas y los nacionalistas que les acusaron de formar parte o en el mejor de los casos de hacerle el juego al régimen, -en una dictadura no puede haber cultura, decía el PC-; ETA puso dos bombas en aquellos días, en Pamplona, una contra el monumento a Sanjurjo en la cercana calle Ciudadela y otra en las inmediaciones del Gobierno Civil; también hubo criticas de  grupos carlistas, de la extrema derecha que consideraban intolerable los mensajes que tanto artistas como público proclamaban en los encuentros: y es que cualquier acción, debate abierto o happening era aprovechada para el lanzamiento de octavillas o para que acabase en una improvisada asamblea, donde se denunciaban la falta de libertades.

Hubo además de  problemas externos algunos también internos: manifiestos de artistas que habían sido invitados y que criticaban duramente los Encuentros y  la situación del arte en España, boicots, polémicas entre artistas, denuncias de manipulación, sabotajes, censuras y autocensuras. Así, el artista Andoni Tapies  los boicoteó activamente, Chillida se enzarzó en una polémica de plagio con un tal Carrera, se produjo la retirada de una obra de Dionisio Blanco por los organizadores, Xabier Morras se vió obligado a cambiar su “Cristo amordazado” por otra,  otros artistas retiraban sus obras en solidaridad, algunas de las cúpulas neumáticas, ideadas por el arquitecto José Miguel Prada Poole aparecieron rajadas y a los dos días de instalarse (se sostenían con el aire de 12 grandes ventiladores) se deshincharon muy sospechosamente.

Al año siguiente los principales impulsores del evento, la familia Huarte ya no estaba para  aventuras como esta: sus empresas empezaban a tener problemas y Felipe Huarte era secuestrado por ETA, lo que hizo que la familia decidiese pasar, en este ámbito del patrocinio o el mecenazgo, a un discreto segundo plano. Hubo un intento en 1984 o 85, con Urralburu en el Gobierno de Navarra de rescatar los Encuentros pero uno de sus principales impulsores, Luis de Pablo había acabado muy quemado de aquella experiencia y no quiso saber nada del asunto. Hace cinco años, en marzo de 2010 se celebraba una exposición conmemorativa de los Encuentros repartida entre la Ciudadela, El Museo de Navarra y el Civican tras su paso por el Reina Sofía.

Fotos: Mena y otras sin filiar. En el resto de fotografías no comentadas en la entrada vemos por orden de aparición, los corredores de Llimos que se presentaban de forma imprevista ne muchos actos de los Encuentros,  el público asistente a un concierto de txalaparta en el Museo de Navarra y una exposición al aire libre también en el patio del Museo. Al fondo se divisa el edificio del Palacio de Capitanía.

Estampas de antaño: los calendarios de entonces (1963-2000)

Hubo un tiempo en que todo el mundo hacia calendarios: los había de bolsillo y también de pared. Respondía a esa eterna necesidad de controlar el tiempo , esos pequeños o grandes acontecimientos de nuestras vidas, esas fechas de carácter personal o doméstico: un cumpleaños, un examen, el inicio de las vacaciones, la fecha en que compraste la bombonas de gas, con el fin de comprobar en qué fecha deberías estar atento para volver a pedirla, o cuando entraba la luna (mi padre siempre decía que notaba el influjo de la luna en sus huesos o en el reúma). En mi casa, recuerdo, los calendarios ocupaban un lugar preeminente en las paredes de la cocina. Recuerdo sobre todo los calendarios de las cajas, de la Municipal y la de Navarra, con casi siempre bellas fotografías acordes con cada estación del año. Los calendarios formaban parte del ciclo de nuestra vida. Allá por Navidad, acabando el año, llegaba el nuevo calendario como el pórtico a un nuevo tiempo, ignoto, desconocido, pero repleto de ilusiones y esperanzas de lo que nos depararía la vida.
Hoy en día pareciera que la fiebre de los calendarios no es la que era y en efecto bien sea por su coste o por lo que sea no se hacen tantos calendarios pero entre la población creo que sigue habiendo cierto interés por ellos pues ahí tenemos para confirmarlo el clamoroso éxito del calendario municipal con sus increíbles colas en la plaza Consistorial. Los motivos de los calendarios de pared así como los de bolsillo eran enormemente variados: artísticos, deportivos, paisajísticos, etc. Los primeros que recuerdo eran bastante grandes y tenían un motivo único, bajo el cual estaban los meses (de uno en uno o a pares) con sus números bien marcados, el santo del día y el calendario lunar. Cortábamos las hojas del calendario, entonces, -cuando eramos niños o más jóvenes, el tiempo pareciera que corriera más despacio y veíamos pasar los meses, las estaciones y los primeros años de nuestras vidas-.

Junto a los calendarios de pared recuerdo especialmente los calendarios de taco, como los que encabezan la entrada; había una amplia variedad de ellos, entre ellos  estaban el de Myrga (con sus pasatiempos, crucigramas, jeroglificos, etc) pero estaba sobre todo  el calendario de taco del Corazón de Jesús. Lo vi algún año por casa y sobre todo lo veía en casa de los abuelos, cuando iba de vacaciones, (también me dice mi hermano que tenían el Zaragozano, aunque yo no lo recuerdo), al igual que veía también aquellos relojes de pared que  tanto me atrayeron siempre. Este almanaque debe tener al igual que el Calendario Zaragozano, más de un siglo de antiguedad. Era otra forma de ver pasar el tiempo, quizás con un transfondo más poético pues ¿Hay algo más ajustado a la fugacidad de nuestras vidas que ver arrancar día a día las hojas de un calendario de taco, una hoja por día? Estos tacos combinaban las informaciones de utilidad inmediata en el anverso (el día y el mes, datos astronómicos, fases de la luna, el santoral del da)   con otros temas de cultura y entretenimiento (frases  célebres, chistes, refranes y proverbios, poesías, temas devotos, curiosidades, ) en su reverso. Hoy tenemos calendarios en nuestros ordenadores, en nuestros móviles y en nuestras tablets, incluso podemos disponer de un calendario permanente que nos indicaría por ejemplo en que día de la semana caerá el 17 de julio de 2045 pero no es lo mismo, aquellos calendarios tenían otro sabor, ¿o es el recuerdo que lo empaña todo de ese halo de nostalgia?.

Estampas de antaño: el mobiliario urbano del Viejo Pamplona (1950-2000)

Poco a poco van desapareciendo de nuestro paisaje urbano, aunque todavía queden muchos rastros de ellos, si, los elementos del mobiliario urbano del viejo Pamplona. Sus formas y sus colores formaban parte de nuestras señas de identidad como ciudad. ¡Como no acordarnos de aquellas fuentes del león, de color verde y hierro fundido  que aliviaban nuestra sed en parques como  la Taconera o  la Medialuna, como la que vemos en la fotografía de la derecha, situada en la calle del Vergel. Apretábamos  el botón para aliviar nuestra sed después de corretear entre sendas y jardines y al poco rato el hilillo de agua menguaba y desaparecía. En el año 2009 había  en la ciudad unas 180 fuentes del león fabricadas, desde hacía casi un siglo, por Casa Sancena, empresa fundada en 1848 y ubicada hasta el año 2004 en La Rochapea, concretamente en la calle Joaquín Beunza. A esta empresa se debieron buena parte de los elementos de mobiliario urbano de la ciudad,  las más conocidas, las fuentes del león y menos algunas otras de tipo vasija,  también la barandilla del león que cerraba calles y paseos, sobre todo en algunos miradores y en zonas  cercanas al Río Arga (Mirador de la Taconera, Mirador de la Media Luna, Errotazar, Jardín de Eugui, etc.), barandillas de color verde con el león rampante, coronado por la corona ducal, pintado en plata en el centro, como la que vemos en la preciosa fotografía del estanque de la Media Luna; también de Sancena eran buena parte de las tapas de registro que veíamos en el suelo de nuestras calles y avenidas. Caso aparte fue la barandilla blanca del paseo de Hemingway, obra de la empresa fundición Luzuriaga de Pasajes, hace años desaparecida.

Pero además de las fuentes y barandillas de Sancena debemos recordar otros elementos del mobiliario como los bancos, donde pasamos tantas horas de nuestras vidas: Bancos dobles,  los tablones de madera del asiento y el respaldo, pintados de color rojo, y en verde el forjado de los soportes  que los anclaban al suelo, como   vemos en la foto adjunta del parque de  la Taconera. También había una versión más sencilla de este banco, con un solo asiento; bancos blancos realizados a base de unas estrechas tiras de madera, cuya particular forma curvada  desde el respaldo y hasta el asiento, se adaptaba perfectamente a nuestra anatomía, como los que vemos en el parque de la Media Luna o los que había hasta no hace mucho en el Paseo de Sarasate, concretamente hasta su última reforma en que fueron sustituidos por unos bancos mucho más sencillos; bancos de la plaza del Castillo, con tablones de madera, pintados de blanco (anteriormente tuvieron otro color), encajados en sendas estructuras laterales de cemento, como los que vemos en la fotografía de los años 60. En el inicio de este nuevo siglo y aprovechando la peatonalización del Casco y la construcción de parkings se introducirían nuevos bancos de madera de iroko, probablemente más modernos, pero demasiado parecidos a los que pueden encontrarse en otras ciudades españolas. Tras las “papelimpias” de plástico de Balduz llegarían con el nuevo siglo unas bonitas papeleras de forjado negro rematadas por unas bocas circulares plateadas, semicirculares en las calles, para que ocupasen menos espacio. De aquellas papeleras Sigma de la casa asturiana Primur  me acuerdo porque algo tuve que ver en su elección, en aquellos días. Corría el año 2001. Hoy se han sustituido por unas papeleras tal vez un poco más anodinas.




Las luminarias del centro de la ciudad, especialmente la plaza del Castillo y el Paseo de Sarasate, han conocido todo tipo de estilos a lo largo de su historia, algunas veces de corte más clásico y otras más moderno, lo cual no quiere decir necesariamente mejor. Actualmente lucen unos bonitos diseños de corte clásico que semejan el báculo de San Fermín, acordes con la importancia del lugar. Los parques y jardines, por lo general,  han conservado, casi siempre, un estilo más clásico como las  farolas tipo Munich de la Taconera y la Media Luna. No me parece mal la instalación de mobiliario moderno en las nuevas urbanizaciones pero la sustitución, hace ya algunos años, de las antiguas luminarias del Baluarte del Redin y la tradicional barandilla del león del Paseo del Obispo Barbazán, por unas modernas luminarias y una ancha barandilla   de acero corten me pareció, en su momento, bastante desafortunada, al igual que las nuevas luminarias instaladas, tras las primeras fases de la urbanización del Casco Antiguo, que si bien iluminaban de forma más centrada la calle y que habían sustituido  a farolas estandar y viejos farolillos de ambiente decimonónico,  dejaban bastante que desear estéticamente, asemejando unas horcas patibularias. Hace  algunos años que se sustituyeron esas chocantes luminarias del Casco Antiguo por unas farolas tipo Pescador. Los parques infantiles difieren actualmente mucho de los que había hace algunas décadas: ya no existen aquellos  toboganes y columpios que acababan invariablemente en un suelo lleno de gravilla, por ejemplo en la Media Luna, hoy los parques tienen otros juegos y un suelo un tanto almohadillado que limita posibles lesiones a los más pequeños, todo  diseñado pensando en la psicomotricidad sin riesgo de los chavales.
Otras señas de identidad de la ciudad fueron  los leones del edificio de Correos que vinieron con el edificio inaugurado en 1926. ¡Cuantas veces habremos echado las cartas dentro de las fauces de aquellos dorados leones, protegidos por aquellos tejadillos!, el mosaico y el kiosko de de la plaza del Castillo, el Mesón del Caballo Blanco,  el kiosko del Bosquecillo, el palomar y la caseta de alquiler de bicicletas de la Taconera, la farola frente a Diputación hace años recuperada en la plaza del Vinculo, y tantos y tantos edificios, monumentos hitos y rincones (algunos se conservan y otros ya han desaparecido) que iremos recordando con  afecto y nostalgia en nuevas secciones de este blog.

Estampas de antaño: el deshollinador (1965-1979)

Antiguamente, hace 40 o 50 años, cuando las casas de medio Pamplona tenían lo que se llamaba cocina económica, había unos hombres que se encargaban,  una o dos veces al año, de limpiar las chimeneas de todas las viviendas. Subían al tejado y con diferentes instrumentos, entre los que destacaban una especie de  grandes pesas,   iban limpiando  las chimeneas de cada uno de los vecinos, del hollín y el alquitrán de hulla acumulados, así como de cualquier objeto extraño que se hubiera podido introducir por ellas. Con el paso de los años ese servicio fue cada vez menos demandado. Las cocinas económicas fueron poco  a poco desapareciendo de los hogares  y el deshollinador subía por las escaleras, pregonando sus servicios,  por si alguna vivienda seguía necesitando le limpiasen la chimenea, hasta que llegó un día en que no hubo chimeneas que limpiar. 
Hace siete u ocho años había un par de empresas en toda Navarra que se dedicaban  a prestar este servicio. Un buen deshollinador limpia las chimeneas desde arriba y desde abajo. A nosotros solamente nos limpiaban desde arriba, desde el tejado. Los vecinos limpiabamos todo el hollín que se acumulaba, en el último tramo, desde el deposito de ceniza que había bajo el horno de la cocina y lo hacíamos con una especie de hierro terminado en una plaquita rectangular, un rudimentario recogedor para aquellas cenizas. Hoy en da estas empresas no pueden vivir, dado el escaso negocio, solamente de la limpieza de chimeneas, practicamente inexistente en la ciudad y muy reducido en los pueblos. Es por ello que estas empresas se dedican también  a limpiezas de canalones o  calderas de comunidades entre  otras ocupaciones.

Los Sanfermines del Viejo Pamplona: la Tómbola de Cáritas (1945-2015)

Forma parte de esa escenografía presanferminera desde hace nada menos que 70 años. Es antes del montaje del vallado del encierro el primer aviso de que ya falta menos. Pues bien esta parte de las fiestas también tiene su historia. Fue el 6 de julio de 1945 cuando el Secretariado de Caridad (que luego se llamaría Caritas Diocesana) organizó la primera tómbola, que fue inaugurada por el alcalde Daniel Nagore y otras autoridades tras la celebración del acto de las Vísperas de ese año. Bendijo la tómbola el vicario general de la diócesis, Luis Idoy Dominguez de Vidaurreta. Los boletos contenían premios directos, especiales, diarios y sorteos. Entre las personas que atendían la Tómbola  en aquellos primeros años, había muchas mujeres de Acción Católica que, portando cestas, vendían los boletos a lo largo del Paseo de Sarasate, tal y como vemos en la foto de 1948 que encabeza la entrada. El boleto costaba, entonces, 1 peseta y los regalos eran aportaciones altruistas  de comerciantes y particulares. Hoy el boleto cuesta 0,80 euros (132,80 pts) y todo lo que se entrega por la Tómbola está comprado a diferentes proveedores. El boleto especial que daba derecho a entrar en el sorteo del gran premio costaba un duro. En aquel primer año, 1945, fue un coche Citroen, con matrícula de San Sebastián. En sus primeras décadas se llegaron a sortear magníficos pisos, hoy impensables tras la desastrosa burbuja inmobiliaria que sufrimos en los últimos años. En 1946 se sorteó, por primera vez, un piso de 136 m2, en la avenida de Zaragoza. En 1948, no fue un piso, sino nada menos que un chalé en el paseo de la Media Luna. En 1962 los premios más importantes fueron media docena de Seat 600. Veinte años más tarde, en 1985 lo serían la media docena viajes a Canarias y los cuatro Peugeot 205 que se sortearon. 
Al principio había muchos más premios de sorteo. Con el paso de los años se introdujeron muchos más premios directos porque la gente quiere llevarse siempre algo, aunque sea una simple caja de galletas o una bolsa de caramelos.  Además de coches y pisos se han sorteado viajes, motos, cuberterías, baterías de cocina, televisores y un sinfín de premios. Los boletos también han cambiado a lo largo de estos años: desde los sobres pequeñitos con el número en su interior pasando por los triángulos grapados que muchos recordamos hace bastantes años o los boletos tal y como los conocemos hoy en día desde hace más de 20 años. La primera recaudación, en 1945 fue de 380.932 pesetas, el año pasado de 1,6 millones de euros, traducido a pesetas, 265 millones de pesetas, eso si con ese dinero se pagan también los gastos: las compras de regalos, boletos, etc. Este año se han impreso 2,2 millones de boletos (200.000 más que el año pasado) distribuidos en 330.000 premios directos, 550.000 de reuna y 1,3 millones de sorteos. El número de boletos ha disminuido con el paso de los años: entre 1985 y 1997 se llegaron a vender entre 3 y 5 millones de boletos. El resto de fotografías de la entrada están datadas en 1953, la 2ª y en 1976 las dos últimas.

Fotos: Archivo de Cáritas

Estampas de antaño: los viejos ultramarinos (1966-1996)

Los que hayan nacido a partir de los años 60 del pasado siglo recordarán como en los barrios y en el centro de Pamplona,  muy cerca de casa, teníamos las tiendas de ultramarinos, también llamadas en épocas anteriores “Coloniales”, pues de allí, de las “colonias”, “allende los mares” venían algunos de los productos que se vendían en estos establecimientos. En mi caso recuerdo la tienda de ultramarinos de las Hermanas Amezqueta, en la avenida de Marcelo Celayeta, que vemos en la foto adjunta que encabeza esta entrada, poco antes de su derribo en 1996. ¿Cuando la abrieron?. No lo recuerdo, solo sé que cuando era niño ya estaban las hermanas Amezqueta a cargo de la tienda: eran cuatro hermanas si bien yo recuerdo sobre todo a dos de ellas: la Chunchi y la Maribel.  
Pues bien, si traigo a colación este recuerdo es porque creo que muchas personas de mi edad,- ¡cambien, por favor, el nombre de la tienda!-, recordarán las imagenes, olores y sabores que  voy a rescatar de entre las brumas de aquellos tiempos pasados. Los viejos ultramarinos eran, por lo general lugares frescos y sombríos, en los que solía haber casi siempre un gato remoloneando por allí, en los que había muchas estanterías y un largo mostrador y en los que se mezclaban una sinfonía de olores, colores y sabores: las grandes latas de atún en escabeche,  la caja redonda de madera, -como la que vemos en la foto de la derecha-,   en la que aparecían perfectamente ordenados los arenques con sus vientres dorados, algunos encurtidos metidos en unos frascos anchos como cebolletas y pepinillos, las cajas de fruta y verduras, que en el caso de las Amezqueta estaban colocadas al inicio de la tienda (y que procedían, en muchos casos,  de la huerta que tenían al final de la carretera de San Jorge). 
En aquellos establecimientos se vendía practicamente de todo: el pan (me acuerdo de los grandes cestos de pan que dejaban, en  su reparto, el panadero a las tiendas), la leche (recuerdo las bolsas de leche de Kaiku y Copeleche, con fábrica en la Rochapea), todo tipo de conservas perfectamente alineadas en los estantes como las que vemos en la foto, bebidas (alcohólicas y refrescos), quesos y productos de charcutería (chorizos, fiambres,  sobre todo  jamón de york), me acuerdo de la máquina cortadora cortando estos productos, de las cajas de pastas y dulces que llegaban de vez en cuando, generalmente magdalenas, palmeras y españoletas, toda una tentación para los más chicos, los productos de limpieza, sobre todo las lejías, que se encontraban casi a ras del suelo, bien apartadas de los productos de alimentación, y como no, aquella vieja e inconfundible balanza mecánica que presidía los mostradores de este tipo de tiendas, tal y como la que vemos en la fotografía. También me suelo acordar  de aquella típica coletilla que dirigía la dependienta a mi madre cuando hacía la compra: ¡¿Más?!, que nunca supe si  era una pregunta o algún tipo de afirmación imperativa.  

Durante muchos años a estas tiendas acudían la mayor parte de los vecinos del barrio para hacer la compra diaria. No había  entonces ni super ni hipers. Llegaba la clienta y hacía cola hasta esperar su turno y de paso, la clientela, se ponía al día. Y es que en los barrios hacíamos vida  de pueblo, no como ahora que casi nadie conoce nada sobre nadie, ni siquiera en tu propio portal. Nos hemos convertido en una sociedad mucho más individualista. Muchos de aquellos pequeños establecimientos, bastantes de ellos nacidos en los años 50, se fueron uniendo para resistir el embate de los super  e hipers: primero en  la Cooperativa San Miguel  Excelsis, que luego se agruparía en la, geográficamente más amplia, Secuc y  más adelante se integraría en el grupo cordobés Coviran. 

Pamplona, año a año: 1977-1978

La efervescencia política, no exenta, a veces, de tensión y violencia dominaba, como veremos, la vida de nuestra ciudad en este par de años cruciales de la transición. El 26 de enero de 1977 el Ayuntamiento de Pamplona acordaba colocar la ikurriña en el balcón del Ayuntamiento junto a las banderas española, de Pamplona y de Navarra, tal y como vemos en la foto que encabeza esta entrada.  La bandera vasca fue colocada en el Ayuntamiento siendo alcalde provisional  Tomás Caballero, asesinado por ETA en 1998, quien cedió el acto de izada a su compañero Francisco Javier Erice, como desagravio por la persecución  de la que había sido objeto con motivo del caso Nuin, unos meses antes. Como dije en la entrada dedicada a los concejales sociales, la ikurriña era entonces más un símbolo o icono de lucha contra el franquismo y en favor de las libertades que la identificación con una opción nacionalista. Tras Francisco Javier Erice fue alcalde Tomas Caballero y posteriormente Segundo Valimaña. Tras la prohibición del Aberri Eguna, en Mayo, la ciudad vivió unas agitadas jornadas, como consecuencia de la muerte del joven José Luis Cano (cuya foto reproduzco) por disparos de la policía en la calle Calderería, el día 13 de mayo, dentro del marco de una semana pro-amnistía,  tal y como recordé en la entrada “Conflictividad social y política en la vieja Rochapea”. Por primera vez en 74 años, el Diario de Navarra no salió el día 15 de mayo a causa de los graves incidentes acaecidos en la ciudad. En Junio se celebrarían las primeras elecciones democráticas.  En el Riau Riau de ese año hubo varios detenidos por el tema de las banderas, al arrancar un grupo de jóvenes una bandera española en la calle Mayor. 


A partir de este año, las barracas de las fiesta se instalarían en Yanguas y Miranda. Las encerronas en el Ayuntamiento estaban a la orden del día. En Agosto llegaba hasta las campas de Arazuri, en las inmediaciones de Pamplona, la Marcha de la Libertad, de la que reproduzco, a la derecha de este párrafo, una fotografía. Comenzaban a hacerse presentes en las calles de Pamplona los Guerrilleros de Cristo Rey que protagonizaran numerosos altercados y agresiones indiscriminadas a jóvenes tanto en este como en años siguientes. El 5 de octubre la sede de la revista nacionalista Punto y Hora de Euskalherria, en la calle Cortes de Navarra, era objeto de un atentado reivindicado por la Triple A, que recoge una foto de esta entrada. El 27 de noviembre era asesinado por ETA en las inmediaciones de la plaza de Toros el comandante de la Policía Armada, José Joaquín Imaz, tras cuyo funeral se produjeron manifestaciones de la ultraderecha y enfrentamientos con grupos de jóvenes nacionalistas y de izquierda en el casco viejo pamplonés. (Se reproduce la foto  de una manifestación de duelo y repulsa, al término de su funeral). El año acabaría políticamente con la celebración de dos manifestaciones de signo opuesto, el 3 de diciembre una convocada por la Diputación Foral presidida por su presidente Amadeo Marco con el apoyo de la UCD y AP, a favor de una “navarra foral y española” y el 9 de diciembre otra apoyada por 13 partidos y 6 sindicatos nacionalistas y de izquierdas a favor de una “Diputación democrática y un Consejo Foral representativo” que fue una de las mayores manifestaciones que habían tenido lugar en la ciudad según afirmaban esos días los periódicos locales y que también aparece en el encabezamiento de la entrada.

En el transcurso de 1977 se terminaron las obras del nuevo parque y piscinas de Aranzadi que se abriría al público al año siguiente, se peatonalizó (es decir se cerró al tráfico) la plaza de San José, el edificio de la Audiencia que se iba  a derribar en 1974 permanecía en pié, en octubre se derribaba el convento de las Carmelitas Misioneras ubicado en la avenida de Pio XII con su espectacular bóveda (el convento había sido construido en 1935 y estuvo ocupado hasta el año 1971, reproduzco un par de fotos, antes y después de su derribo), se inauguraba la que llamábamos “plaza del anfiteatro” en San Juan, situada entre las calles Monasterio de la Oliva y Monasterio de Velate; se hablaba de la casa Abaigar, hoy sede de la Mancomunidad, cuyos propietarios querían entonces derribarlo y que  finalmente se conservaría, las vías de tráfico comenzaban a ser controladas por radar, se colocaban en algunas zonas del centro de la ciudad los primeros parquímetros, que eran como los que aparecen en la fotografía, algunas zonas de la Rochapea seguían  todavía sin asfaltar.






En 1978 se derribaba la antigua casa de Baños de la calle Calderería. El Arga se desbordaba a su paso por Pamplona. El puente de Cuatro Vientos se apuntalaba como consecuencia del enorme tráfico, más de 27.000 vehículos al día, y especialmente del tráfico pesado que sufría en aquel tiempo. El puente se había construido en 1785 y había sido ensanchado en el año 1932. El primer tramo de la Avenida de Bayona se convertía en un patinódromo. El puente de San Pedro se comenzaba a cerrar al tráfico durante las vacaciones estivales. Se iniciaba este año la segunda demolición del barrio de San Juan, con el derribo de numerosas construcciones que pervivían aun entre los modernos edificios erigidos en los años 60 y 70. Se inauguraba el mercado mayorista de Pamplona, Mercairuña. Moría una niña al caer al vacío desde unas escaleras de emergencia de las nuevas escuelas del Ave María. 


La plaza de Recoletas a finales de año sufría una importante modificación: desaparecía uno de los dos kioskos y el otro, que vemos en la fotografía adjunta, se trasladaba a donde permanece actualmente, además se eliminaba la bajada de las escalerillas a la Cuesta de la Estación junto al muro del Convento de las Recoletas. La plaza era plaza, calle y aparcamiento de vehículos. Hasta 1884 la fuente había estado en un extremo cercano al arranque de la Cuesta de la Estación. Luego se trasladó al centro que sigue ocupando actualmente. Se derribaba el edificio de la Mutua situado en la esquina de las calles Arrieta y Carlos III, al tiempo que se inauguraba el nuevo edificio central de la CAN, que se encontraba  justo al lado, en la avenida de Carlos III. En Junio, recuerdo que hubo una larga huelga que afectó a la venta del pan durante casi una semana. Este año se volvía a abrir temporalmente el Paseo de Ronda. Tal y como señalaba en la entrada sobre el actual Ateneo, en 1978 se intento crear un Ateneo en Pamplona que tuvo sus primeras reuniones preparatorias en el Club Viana de la calle Jarauta, pero fracasó por las maniobras y banderías políticas en las que estaban envueltos algunos de sus promotores, especialmente Victor Manuel Arbeloa y otros políticos de aquella época de la transición. 

Políticamente este año se acabó de redactar el texto preautonómico vasco con la correspondiente mención a Navarra lo que contribuyó a exacerbar el enfrentamiento en nuestra ciudad, entre las fuerzas nacionalistas y las fuerzas navarristas, parte de ellas vinculadas al antiguo régimen. En Enero morían dos miembros de ETA y un policía nacional en San Jorge en un tiroteo. Proliferaban, esos días, los atentados de la ultraderecha contra bares y librerías de Pamplona. Concretamente el 12 de febrero era objeto de un atentado la librería “El Parnasillo”. José María Cirarda, cuya foto reproduzco,  era nombrado nuevo arzobispo de Pamplona entre el apoyo de una parte de la sociedad navarra y las críticas de otra. Se celebraba el primer Aberri Eguna legal de la democracia con una masiva asistencia y sin incidentes, tal y como se observa en la fotografía que se adjunta. Mayo, sin embargo se inició con un primero de mayo disuelto por la Policía y la muerte de un guardia civil, Manuel López González, en atentado en la Cuesta de la Estación, concretamente el 9 de mayo. Tras los funerales del guardia (que se recogen en una foto de al entrada) el día 10 se produjeron gravísimos incidentes protagonizados por grupos de ultraderecha y jóvenes nacionalistas y de izquierda que culminaron con un muerto, el subteniente de la Guardía Civil Juan Manuel Eseverri que fue apuñalado en la refriega producida en la calle Chapitela y varios heridos, producidos en los enfrentamientos.  Se produjo un intento de asalto por parte de los grupos de ultraderecha de la sede de LKI (Liga Comunista Revolucionaria) situada en el nº 31 de la calle Zapatería. Se produjeron más de 50 detenciones. Días después cinco personas fueron procesadas acusadas del apuñalamiento a Eseverri. Se produjeron varios encierros en el Ayuntamiento tanto por representantes de las peñas como de los familiares y amigos de los detenidos que solicitaban su libertad. 


Es en este contexto en el que se desplegó al termino de la corrida del día 8 de julio una pancarta pidiendo la libertad de los presos que provocó algunos enfrentamientos verbales y también alguno físico. A continuación narro, con cierto detalle, los hechos que sucedieron a continuación, acompañando dicha narración de un amplio reportaje gráfico que sigue los hechos desde la entrada de la policía en la plaza hasta los enfrentamientos entre policías y manifestantes en las calles de Pamplona. A las nueve menos cuarto de la noche y aprovechando la entrada de las peñas txiki en el ruedo irrumpen en el coso taurino una cuarentena de policías antidisturbios, dirigidos por el comisario Rubio que comenzaron a disparar pelotas de goma y botes de humo contra los jóvenes que estaban en el ruedo así como contra los que estaban en las gradas. Al lanzamiento de objetos contra las fuerzas policiales estos respondieron con fuego real, produciéndose siete heridos de bala, del total de 55 que fueron atendidos en la enfermería de la plaza. A las 9.00 de la noche  entraba otro grupo de policías por el patio de caballos utilizando también sus armas de fuego. Los enfrentamientos se extendieron por toda la ciudad, especialmente por su casco antiguo y ensanche convirtiéndose las calles en un verdadero campo de batalla y llegando los enfrentamientos hasta las cercanías del Gobierno Civil. La policía siguió utilizando sus armas de fuego, como consecuencia de las cuales  caía muerto a las 22.15 de la noche por un tiro en la frente en la avenida de Roncesvalles el joven Germán Rodriguez. Se contabilizaron más de 150 heridos, 11 por heridas de bala.  Según Martín Villa, ministro del Interior en apenas seis horas se hicieron 7.000 disparos de material antidisturbios y 130 disparos de bala. Se conservan grabaciones de las comunicaciones policiales de aquel día en las que textualmente algunos mandos (el comandante Avila, procedente de la Legión y que había sustituido al asesinado Imaz) instaban a sus subordinados actuar con contundencia sin importarles disparar a matar. El Ayuntamiento suspendió al día siguiente las fiestas. Aquellos hechos se quedarían fijados en la memoria y en la vida de muchísimos pamploneses durante largos años.


Pese a la herida inflingida a uno de los elementos simbólicos más importantes de la ciudad, sus fiestas, Pamplona las recuperaría en parte, dos meses más tarde, en septiembre, con un insólito San Fermín Chiquito, vivido especialmente por y para los de casa, con varios encierros y corridas incluidos. En el Ayuntamiento, después de la alcaldía provisional de Segundo Valimaña había entrado Velasco como Alcalde de Pamplona, que vivió de cerca estos trágicos sanfermines. El Ayuntamiento se redujo posteriormente a 8 miembros y luego llegaría la gestora hasta las primeras elecciones en abril del año siguiente, en abril de 1979.

Fotos: por orden de aparición, Archivo de PTE-JGRE, Ahaztuak 1933-1977,  Eusebio Mina, Pachicu Sarobe, Auñamendi Eusko Enziklopedia, J. Galle, Punto y Hora, Revista Stern, Jorge Nagore