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El año en que Pamplona tuvo dos plazas de toros (1921)




En el año 1921 podíamos contemplar, tal y como vemos en la segunda foto aérea de la izquierda, las dos plazas de toros de Pamplona, la vieja sin derribar todavía y la nueva construyéndose para llegar a tiempo a los siguientes sanfermines, los sanfermines de 1922. Las primeras corridas de toros celebradas en Pamplona lo hicieron siglos atrás en una plaza del Castillo muy distinta a la actual, en la que se montaba para la ocasión un improvisado ruedo con tablones y donde el público observaba el espectáculo taurino desde los balcones de los edificios de la plaza. En 1803, la Casa de Misericordia intentó construir la primera plaza de toros fija pero el proyecto no salió adelante por la negativa del rey Carlos IV. Desde el siglo XIV y hasta 1843, el encierro subía por la Chapitela para desembocar en la plaza del Castillo. Ese año se construía la primera plaza de toros fija, con capacidad para cerca de un millar de personas, al comienzo de la avenida Carlos III, dentro del perímetro de las murallas, pero la estructura de aquella plaza era tan débil que se se tuvo que reconstruir en 1849 finalizándose, tres años más tarde, en 1852. En esos años se utilizó una plaza de toros provisional habilitada en la plaza del Vinculo de la que no existen demasiados datos.

La nueva plaza que llamaremos para diferenciarla de la actual, Plaza Vieja estaba situada en la parte inicial de la actual avenida Carlos III, aproximadamente a la altura de la calle Cortes de Navarra, detrás del antiguo Teatro Gayarre o Teatro Principal tal y como se puede observar en la primera fotografía que encabeza la entrada, del Ministerio del Aire, que me ha facilitado Javier Azqueta y en las fotos del Archivo Arazuri (la primera de 1909, la segunda de 1921, de Vicente Isturiz). La escasa capacidad de la plaza, su creciente deterioro y las exigencias urbanísticas derivadas de la construcción del Nuevo Ensanche promovieron la necesidad de construir una nueva plaza de toros. La idea de construir una nueva plaza se planteó en agosto de 1920 en el seno de la Casa de Misericordia pero la Meca no tenía dinero suficiente para acometer el proyecto y el Ayuntamiento parecía que no quería correr con los gastos de construcción del nuevo coso taurino. La Meca pidió al Ayuntamiento la cesión gratuita de los terrenos para la nueva plaza y la cesión gratuita de los materiales de la plaza vieja, corriendo el derribo a cuenta de la Casa, y los recursos económicos necesarios a través de un empréstito, mediante la emisión de obligaciones. En efecto el Ayuntamiento cedió poco después, a perpetuidad, 11.443 m2 de terrenos municipales de la explanada de la Media Luna para construir la plaza, reservándose el derecho de recuperar plaza y terrenos si la Casa dejaba de explotarlos y cedió también los materiales de la plaza vieja. En ese momento se creó también la Junta del Patronato de la Casa de Misericordia todavía hoy vigente. La nueva plaza se construiría a escasamente 150 metros de la vieja.

El presupuesto total de las obras se elevó a 1.270.000 pesetas y se edificó mediante un empréstito de 1.300.000 pesetas en obligaciones al 5% de interés anual, como la que vemos en la foto de la izquierda. Aseguraron la emisión las tres entidades bancarias locales, el Crédito Navarro, La Vasconia y La Agrícola. La amortización de las obligaciones se realizaría en 40 anualidades, a partir de 1924. Las últimas obligaciones se abonarían en 1964. Fueron estas mismas entidades las que, además de avalar, suscribieron parte de las obligaciones quedando el resto en manos de particulares que renunciaron, en muchos casos,  a sus pagares rompiéndolos pues al final, no olvidemos que era, la Meca,  una institución con un marcado fin social, muy apreciada por los pamploneses, no en vano los beneficios que se obtuviesen de la explotación del circo taurino para la celebración de corridas de toros, festivales musicales y atléticos y otros espectáculos públicos  se destinarían íntegramente a las atenciones de la Santa Casa de Misericordia que llevaba más de dos siglos atendiendo a los más desfavorecidos. Así pues, desde 1922 la Casa de Misericordia se encargaría de organizar las corridas de toros y todo lo relacionado con el mundo  del toro a lo largo de los sanfermines: contratación de diestros y ganaderías, encierrillos, encierros, montaje y colocación de los vallados, etc.





El coso taurino tendría una capacidad para 13.620 espectadores y se  construiría con cemento u hormigón armado y bajo un estilo renacimiento español.  Su cuerpo principal se resuelve con un gran arco de triunfo, con galería superior y crestería de inspiración plateresca y el renacimiento viene del estilo jónico empleado en el cuerpo principal y dórico alrededor del ruedo. Dirigiría las obras el arquitecto Don Francisco Urcola, autor también de la plaza de toros de San Sebastián y de la Monumental de Sevilla, encargándose de la contrata  lo que hoy llamaríamos una UTE formada por Casa Martinicorena y Antonio Mendizabal, de Pamplona y San Sebastián, respectivamente. De las obras de movimiento de tierras se encargaron los contratistas locales Asurmendi y Cia. 

Se proyectó en un tiempo record, un mes, y se construyó en otro tiempo record, incluso para los tiempos actuales: 14 meses, debiendo estar terminada para el 15 de abril de 1922, si bien se dieron por terminadas algo más tarde, el 9 de junio. Se inauguró el 7 de julio de ese año, con seis toros de la ganadería de los Herederos de Vicente Martínez, por las cuadrillas de Saleri, La Rosa y Marcial Lalanda. En las fiestas taurinas de ese año iban a tomar parte Belmonte, Varelito y Granero, pero el primero estaba fuera de España y los otros dos murieron en lances de su profesión. En las otras cuatro corridas de ese año estaba previsto que participaría también el célebre diestro Sánchez Mejias. Las obras se habían iniciado en febrero de 1921. La polémica sobre si la nueva plaza debía estar construida antes de derribar por completo la vieja terminó el 12 de agosto de 1921 cuando un sospechoso incendio acabó con el antiguo coso, tal y como vemos en una de las fotos de la derecha del párrafo anterior. La plaza debería haber tenido un aforo menor, Urcola preveía 12.240 localidades, con el mínimo de 50 cm por localidad previsto por el reglamento taurino de aquella época pero se redujo a 45 cm para tener una ocupación mayor. Por temor a que fracasará el cemento se combinó éste con grandes cantidades de hierro, tal y como se ha podido observar en obras de reforma posteriores dándole una extraordinaria solidez y consistencia. Junto a este párrafo vemos diversas fotos tanto de la plaza como del encierro, del período 1922-1932.

La plaza de toros sufrió, tras su construcción, algunas reformas entre las que cabe destacar las siguientes:en 1942 la mayoría de palcos se convirtieron en galería corrida, cerrándose algunos vomitorios y suprimiéndose algunas puertas tanto en grada como en palcos para ganar casi 800 localidades más. Hoy con los aforos y las exigencias actuales de seguridad este hecho habría resultado impensable. En 1952 se suprimió el tabloncillo de todos los tendidos para ganar 558 plazas. En 1966-67 se realizó la gran reforma de ampliación, bajo proyecto de Rafael Moneo, y la colaboración del ingeniero Carlos Fernández Casado, ganando 5.799 plazas quedando el aforo fijado en 19.529 localidades. Se hizo crecer la plaza sobre si misma convirtiendo el antiguo graderío en una enorme andanada, ampliando la estructura existente de hormigón, aprovechando y respetando  el edificio existente, tal y como vemos en las fotos de la derecha de este párrafo.  En los primeros años 80 se cambió la cubierta de teja a chapa metálica, de color verde. En 2004-5 se produjo la última gran reforma, con la apertura de nuevos vomitorios en los tendidos, instalación de nuevas escaleras de evacuación para la andanada y otros cambios menores que redujeron un poco el diámetro el ruedo, produciéndose algún hallazgo arqueológico bajo el albero, como una fuente, un canal y un puente del siglo XVI y restos del desaparecido revellín de las murallas de Tejería. Actualmente la plaza cuenta con un aforo de 19.721 localidades lo que la convierte en una plaza de categoría especial, asimilable a plaza de primera, la cuarta mayor del mundo, tras México, Valencia (Venezuela) y Madrid.

Fotos, por orden de aparición: Ministerio del Aire. 1920-1921. Archivo Arazuri. 1909. Vicente Isturiz, 1921. Obligaciones emitidas para la construcción de la plaza. 1921. Derribo de la plaza de toros antiguo. 1921. Incendio de la plaza de toros antigua. Agosto 1921. Nueva plaza de toros. 1922. (sin filiar). Plaza de toros nueva. 1932. Archivo Arazuri. Encierro de los sanfermines de 1922. Foto J. Rouzaut. Foto del encierro de los años 20 (sin filiar). Plaza de toros. Postal de Ediciones Vaquero. (Años 50). Reforma plaa de toros. (1966-67).

Galenos, clínicas y boticas del Viejo Pamplona (1900-1975)

En esta radiografía de la sociedad y de la ciudad de Pamplona del siglo XX, voy a detenerme en esta ocasión en la evolución de la sanidad: médicos, ambulatorios, clínicas, hospitales, etc, partiendo de los recuerdos de mi infancia y yendo hacia atrás en el tiempo. Mi primer contacto con este mundo y con el mundo de la medicina o la sanidad fue obviamente el día de mi nacimiento, un domingo a las 5 de la tarde, el 10 de noviembre de 1963. Nací en la antigua maternidad del Hospital de Navarra, siendo el director de la clínica  el doctor Julián Alcalde. Aquel año debió haber un par de  cambiazos en los recién nacidos, por lo que me contaron y mi madre no me debió quitar ojo desde que vine al mundo, teniendo mucho cuidado en comprobar que era el mismo que había salido de sus entrañas.


De mi más tierna infancia recuerdo las visitas a casa del medico de cabecera, el doctor Aguinaga, un hombre de apariencia antigua, modales un poco afectados y una vocecilla un tanto atiplada o de las visitas a éste, en compañía de mi madre, al único ambulatorio que durante muchos años conocimos, el Ambulatorio General Solchaga, que vemos en una de las fotografías que encabezan la entrada  o a los especialistas  Gortari o Rebollo que también atendían en este ambulatorio; respecto del primero recuerdo que la garganta siempre fue uno de mis puntos débiles, las dichosas anginas,  y del segundo me acuerdo de su nombre  por una agria  discusión que debió tener mi madre con él a raíz de cierta negligencia médica tras un traumatismo nasal mio, jugando en el patio de las escuelas del Ave María. Me acuerdo que, de niño, tenía bastante miedo a las inyecciones  que nos ponían, bien el practicante  en el domicilio o  las enfermeras en el dispensario situado en la zona de las Casas del Salvador; creo recordar que también había un servicio de practicantes en los soportales de la plaza del Castillo, a la altura del nº 28 o 30 al que me tocó subir alguna vez. Recuerdo también las vacunas que nos ponían en el Instituto de Higiene de la calle Leyre (la viruela, la tuberculosis  y algunas otras de las que no me acuerdo), como la que se ve en una de las fotografías que encabezan la entrada, o las revisiones médicas escolares en las escuelas de San Francisco, aunque estos recuerdos son mucho más vagos y difusos. 

Eran aquellos tiempos en los que era frecuente cogerse el sarampión, la varicela, la rubeola o unas anginas que te mantenían postrado en la cama durante algunas jornadas, sin poder ir al colegio;  De vez en cuando alertaban en las escuelas sobre un brote de piojos, aunque al final y a pesar de los cuidados maternales  no se veía ninguno.  De las farmacias de entonces recuerdo  la  de Azqueta en la esquina de Joaquín Beunza con Marcelo Celayeta, muy cerca de Cuatro Vientos y más tarde  la de Oficialdegui, en las Casas del Salvador, todavía hoy en plena actividad.  Eran tiempos en los que aun se utilizaba el aceite de hígado de bacalao o las ampollas de  carnitina Lasa, suplementos dietéticos o estimuladores del apetito, respectivamente, como los que vemos en las fotografías adjuntas.  En fin, aquella sanidad de entonces tiene poco que ver con el panorama sanitario de algunos años más tarde, cuando se extendieron los ambulatorios a los barrios, los médicos no recetaban con tanta frecuencia las odiadas inyecciones y las especialidades  se fueron trasladando de Solchaga a Conde Oliveto y luego a Príncipe de Viana, mientras las farmacias proliferaban por doquier. 

Si ha cambiado mucho nuestra ciudad y la sanidad en estos últimos 50 años, pueden imaginarse cuan diferente era el panorama de la sanidad 50 años antes, a principios de siglo. Años en los que los medios humanos, técnicos y farmocológicos eran más rudimentarios pero en los que sobresalían grandes hombres de la medicina que dejaron una huella indeleble en el recuerdo y la vida de miles de familias pamplonesas: los doctores Arraiza, Juaristi, Canalejo, Gortari, Huder, Arrondo, Tirapu, Amat, Clavero, Blasco y tantos otros. En aquella Pamplona de los años 20, recordaremos también las farmacias que había en el centro de Pamplona como la de Negrillos en la calle Mayor, Aguinaga en Zapatería, Castiella en San Nicolás (donde hoy está la farmacia Iragui), Corti en Curia (donde hoy está la farmacia Garate), Blasco en Mercaderes, González Boza en Chapitela (donde hoy está la farmacia Gabas) o Villanueva en la Plaza del Castillo (donde hoy está la farmacia Ruiz Bacaicoa), por citar los más destacados. A medida que mis padres se hicieron mayores y surgieron las enfermedades, -hoy los dos ya han desaparecido-, visité, desgraciadamente con bastante frecuencia, algunos de los centros sanitarios de esta ciudad: el Hospital de Navarra, San Juan de Dios, San Miguel, etc. Estos centros tienen su historia, en algunos casos una larga historia, como veremos.

Ya hablé en la entrada “Subiendo a Pamplona por Santo Domingo” del Hospital de Nuestra Señora de la Misericordia, hospital general de Pamplona situado en donde hoy está el Museo de Navarra, y que se trasladaría en los años 30 al soto de Barañain. En 1900, Polonio Escola había cedido gratuitamente a Concepción Benitez los terrenos del soto de Barañain para construir un hospital. El proyecto corrió a cargo  del arquitecto Enrique Epalza, asesorado por el médico Antonio Simonena. Iba a tener 29 edificios dispuestos en tres filas con pabellones, de planta baja,  capilla y viviendas para el personal, sobre una superficie de más de 275.000 m2. Las obras comenzaron en 1906 y hasta 1913 se habían levantado 6 pabellones y la capilla, estando pendientes de construcción los 23 restantes. En 1913 Concepción cedió al Ayuntamiento los terrenos con todos los edificios, sin darle uso y en 1928 éste los cedió a su vez al estado para la instalación de la primera residencia del Patronato Nacional de Ciegos, reiniciándose las obras y ampliándose en dos plantas sobre el diseño inicial de las fachadas. En 1924 albergó provisionalmente las dependencias de la Casa Misericordia al incendiarse su edificio de Paseo de Sarasate. Desaparecido el Patronato, en 1931, fueron recuperados los terrenos y edificios por la Diputación  por un pago de 1.279.551 pesetas, trasladándose como he dicho, un año más tarde, los enfermos del antiguo hospital civil de la Cuesta de Santo Domingo  a este lugar. En las fotografías que acompañan este párrafo podemos ver unas bonitas fotos de la parte anterior y posterior del Hospital de Nuestra Señora de la Misericordia y del antiguo orfanato y casa maternidad. La Casa de la Maternidad, fundada en 1804 por Joaquín Uriz, arcediano de la Catedral estuvo en la calle del Carmen (y trasera a la Cuesta del Palacio) hasta 1934, año en que se trasladó a los terrenos del Hospital Provincial, separadas sus dependencias del Hospital Civil, atendida, como el Hospital  Provincial, por las Hermanas de la Caridad de San Vicente de Paul. 

Junto a ella estaba también la Casa de Expósitos o Huérfanos de Navarra que también se trasladó al hospital de Barañain. En 1953 el número de huérfanos alojados era de 450. En los años 50 las grandes salas del Hospital se transformaron en habitaciones y se derribaron algunos pabellones. En 1953 el Hospital tenía capacidad para 650 camas y se hallaba en construcción un nuevo pabellón hospitalario. En los años 60 se construyó el edificio central que uniría además los pabellones A, B, C y D. En los años 80 se hicieron diversas reformas y ampliaciones, ampliaciones y reformas que se han ido extendiendo a lo largo del comienzo del nuevo siglo. Hace poco tiempo que se fusionó con la Residencia Virgen del Camino creándose el Complejo Hospitalario de Navarra. Acompañan a este párrafo varias fotografías: una aérea del Hospital de Navarra de  los años 30, un detalle de la iglesia capilla del Hospital así como una foto del Pabellón C del Hospital reformado por completo tan solo hace unos pocos años.

El antiguo Manicomio Vasco-Navarro (1905), hoy centro psiquiátrico San Francisco Javier, situado en la avenida de Villava, (entonces barrio de San Pedro), se empezó a construir en junio de 1891, acabándose en agosto de 1899, con un coste de 1,5 millones de pesetas. Había sido fundado gracias a Fermin Daoiz Argaiz que legó su fortuna para crear un centro en Navarra que se encargase de recoger a aquellas personas que perdiesen la razón. Ocupaba un recinto vallado de 216.677 m2 de los que 60.056 contenían los edificios con sus jardines, patios y galerías. Contaba, además con una granja agrícola. El edificio central se dividía en 20 secciones, destinadas a albergue y cuidado de los enfermos más seis pabellones para los servicios generales. Además contaba con elegantes hotelitos para los enfermos de pago. El 31 de diciembre de 1921 había en este manicomio, en el que estaban recluidos enfermos de otras provincias, 548 pacientes, 274 hombres y 274 mujeres atendidos entonces por los hermanos hospitalarios de San Juan de Dios y las Hermanas de los Sagrados Corazones de Jesús y María. Acompañan a este párrafo unas fotos del Manicomio de los  primeros años del siglo XX. En los años 50 dirigía el Manicomio, con capacidad para 1.155 enfermos, D. Federico Soto. Este psiquiatra santanderino nacido en 1906 dirigió el hospital psiquiátrico, durante más de 40 años,   de 1934 a 1975, siendo un personaje tremendamente popular y prestigioso en Pamplona y Navarra.

Además del Hospital Civil habría que mencionar, en aquellos años, la Clínica San Miguel, inaugurada el 29 de septiembre de 1919. Fundada por los doctores Daniel Arraiza y Victoriano Juaristi, (médico, este último, muy vinculado al mundo de la cultura, no en vano fue presidente del primer Ateneo Navarro, como ya he comentado en otra entrada del blog). Se decía en la prensa de la época de esta clínica: “Se ha instituido para el tratamiento de las enfermedades quirúrgicas como tumores, hernias, heridas, fracturas y dislocaciones, ulceras externas e internas, defectos de nacimiento y otras deformidades. También los partos difíciles que puedan necesitar de una operación”. Se decía emplazada cerca de los Jardines de la Taconera, es un decir, pues estaba ubicada en el barrio de San Juan relativamente cerca del antiguo campo de fútbol de Osasuna. Contaba con todas la  comodidades modernas de la época: calefacción central, teléfonos, ascensor, amplias habitaciones independientes, terraza, jardines. Estaba atendida por una comunidad de religiosas carmelitas terciarias. Juaristi estaba encargado de la sección de Cirugía General, Arraiza rayos X, electrología y afecciones de la mujer y Canalejo la especialidad de garganta, nariz y oídos (otorrinolaringología), como aparece en un anuncio de la época. Los médicos vivían en chalets anejos a la clínica. Para 1922 habían pasado por su quirófano más de 700 pacientes. Y tenía a gala atender a todo tipo de pacientes pues solo había una categoría de pensión o atención variando el importe de los honorarios que siempre eran módicos. Asistían a los médicos, hermanas carmelitas descalzas misioneras. Llama la atención que, prácticamente hasta los años 60, con el inicio de los estudios de enfermería, todas las clínicas públicas y privadas estaban asistidas por religiosas. En 1980 se derribó la clínica que vemos en la foto de este párrafo construyéndose una nueva por el Igualatorio Medico en el alto de Beloso, con el mismo nombre.

En los años 20 se revisaba la salud bucodental  a los alumnos de las escuelas públicas, siendo completamente gratis para los niños pobres. Se encargaba de ello el doctor D. José Clavero que también era el responsable del Dispensario Dental instalado en la calle Calderería (Escuelas de Compañía). En 1922 la Diputación Provincial y el Ayuntamiento de Pamplona estudiaban la implantación de una casa de socorro con servicio permanente, consignando ese año para este fin un presupuesto de 10.000 pesetas, sin embargo no se abriría hasta 1924, y lo haría en el nº 7 del Paseo de Sarasate para pasar más tarde,  en 1930,  a un edificio de planta baja más una altura, en calle Alhóndiga, edificio que vemos en la foto, una foto reciente, de la izquierda, y en 1971 a unas dependencias del antiguo edificio de la Estación de Autobuses. Durante muchos años hubo también un consultorio municipal para niños en la plaza de Santa Ana. El actual Instituto de Salud Pública de Navarra, que vemos en la foto de la derecha, situado en el nº 15 de la calle Leyre era lo que conocimos en nuestra infancia como Instituto de Higiene. Fue construido después de la guerra, reformado más tarde añadiendole un piso más. En los años 50 era su director D. José Viñes y contaba con las siguientes dependencias: dispensarios antituberculoso, de higiene infantil, antivenéreo y de higiene mental y secciones de análisis, maternidad, veterinaria, oftalmología, laboratorio clínico, etc.


La clínica San Francisco Javier, ubicada en el nº 52 de la avenida de la Baja Navarra (Colonia Argaray), fue fundada por el doctor Ildefonso Labayen el 12 de junio de 1935, ampliándose y reformándose, por última vez, en 1974. Estaba asistida por una comunidad de la Esperanza. Se cerró en el año 2006 y contaba con 30 camas. La Clínica del doctor Julián Alcalde, llamada de Nuestra Señora del Pilar, estuvo abierta hasta los años 70 en el nº 9 de la avenida de Roncesvalles, fecha en la que se derribó para erigir en su lugar la  sede central de Caja Navarra.

La Clínica San Fermín, ubicada en el nº 2 de la avenida de Galicia, fue fundada en el año 1941 por el doctor Arturo Arrondo López y por su esposa María Jacinta Ayestarán Garro, y estaba dedicada sobre todo a traumatología y ortopedia. En sus inicios la clínica tenía una capacidad de 8 camas y estaba dedicada a cirugía general. Con las sucesivas reformas de 1947, 1952, 1962 y 1971, la clínica llegó las 72 camas. Estaba asistida por una comunidad de terciarias franciscanas. En cuanto a su objeto de atención la clínica centró sus esfuerzos, además de en sus áreas tradicionales como traumatología, ortopedia y rehabilitación también en obstetricia y ginecología, urología, otorrinolaringología y cirugía plástica y estética. En 1984 destinaron parte de sus instalaciones a la atención de personas  en situación de dependencia.

La Clínica San Juan de Dios se inauguró el 27 de octubre de 1943 aunque la idea de su construcción había comenzado en 1934. En ese año, la Orden de  los Hermanos Hospitalarios de San Juan de Dios había decidido poner en marcha una clínica y había comprado unos terrenos en Beloso Alto al vecino de Burlada, Ciriaco Isturiz. La primera piedra se colocó el 23 de septiembre de 1935, sin embargo las obras se detuvieron por la guerra retomándose en el año 1940. El proyecto arquitectónico fue de Víctor Eusa. Inicialmente nació como una clínica especializada en cirugía y tocoginecología. En 1969 cambió su orientación e inicio una serie de conciertos con la sanidad pública, integrando, en 1990, el Servicio Navarro de Salud al hospital en la red pública, como centro privado de utilización pública, mediante un convenio, y especializándose en atención a pacientes paliativos, hospitalización de media y larga estancia y rehabilitación, sobre todo de mayores y cirugía. En 1984 la clínica contaba con 212 empleados y 20 religios@s. Hace unos pocos días, el pasado día 20 de abril inauguró su hospital reformado tras 41 millones de inversión y 4 años de obras, dos años para el nuevo edificio y dos para el antiguo que también se ha renovado por completo.

La Clínica Padre Menni, fue fundada en 1950, inicialmente bajo el nombre de Clínica Nuestra Señora del Camino, hasta 1995, si bien la presencia de las hermanas hospitalarias se remonta a 1904 cuando junto a los hermanos de San Juan de Dios se encargaron de la asistencia a los enfermos mentales del Hospital psiquiátrico San Francisco Javier. Situada en el barrio de la Rochapea ocupa una superficie construida de 11.340 m2. El núcleo original del Centro lo constituía un chalet adquirido a la familia Ochoa de Olza al que se añadieron después diversos edificios y dependencias. La última ampliación se acabó en 2006, con el nuevo edificio del área de psiquiatría, en la calle Joaquín Beunza.

El 13 de agosto de 1951 se inauguró una clínica quirúrgica y dispensario de la Cruz Roja en el nº 8 de la calle Leyre, que después fue adquirida por la Diputación y convertida en centro de atención a toxicómanos y alcohólicos. En ese dispensario se realizaban también vacunaciones y revacunaciones y también asistían a enfermos en domicilio, contando con diferentes especialidades médicas. En este lugar se erigió hace algunos años el moderno edificio que alberga hoy la sección provincial de la Cruz Roja. Esta sección fue la primera sección de la Cruz Roja que, de la mano de Nicasio Landa,  se fundó en España, el 5 de julio de 1864. Recuerdo que hasta finales de la década de los 90 estuvieron en la calle Yanguas y Miranda, cerca del actual Parlamento. Otros centros asistenciales de aquellos años eran el sanatorio antituberculoso Nuestra Señora del Carmen, situado en Barañain, con capacidad para 100 personas, dirigido por el doctor Mariano Carlón, el sanatorio psiquiátrico Santa Elena en el nº 4 de la carretera a Mutilva Baja, dirigido por el doctor Caso  o el Hospital Militar de la Cuesta de Santo Domingo, en funcionamiento hasta los años 70.

El origen de la Clínica Universitaria hay que vincularlo indefectiblemente al origen de la Universidad de Navarra y de su precedente académico, el Estudio General de Navarra y es un hospital universitario que se nutre funamentalmente de sus alumnos y docentes. En 1955 se había creado la Escuela Vieja de Medicina  dentro del recinto del Hospital de Navarra. En 1958 se inauguraba la Escuela Nueva, primer edificio de la Facultad de Medicina, abriéndose las consultas de medicina interna, cardiología y pediatría. En 1960  la Universidad
compró el solar donde se construiría la actual clínica a Ignacio Mencos, Marques de la Real Defensa, inaugurándose un año más tarde la Escuela Médica de Postgraduados que cambió el nombre en 1962 por Clínica Universitaria de Navarra. En 1965 se comenzaba a construir la 2ª fase que finalizaría en 1968, utilizándose, durante un tiempo, los pabellones A y G del Hospital, por falta de espacio en sus instalaciones. En 1976 se inauguró la 3ª fase con 10.000 m2 más y 250 camas para la hospitalización de enfermos. En 1984 se realizaba el primer trasplante de corazón a cargo del doctor Arcas. En 1997 comenzaba a funcionar la 4ª fase con un edificio de nueve plantas y casi 18.000 m2. Y por último en el año 2005 se inauguraba la 5ª fase con un espacio destinado íntegramente a hospitalización. Junto a este párrafo vemos además de instantáneas de la construcción inicial y la ampliación del 76,   sendas fotos de 1955 con las enfermeras de la Escuela Vieja, en la foto de la izquierda y con enfermeras de la Clínica paseando en 1968.

El 4 de agosto de 1964 se inauguraba el Hospital de la Seguridad Social Virgen del Camino con el nombre de Residencia Virgen del Camino para prestar asistencia médica, quirúrgica, obstetricia y pediátrica a los beneficiarios de la Seguridad Social. En la foto de la izquierda vemos la residencia recién inaugurada junto a la llamada casa del Conde, en la calle Irunlarrea. Posteriormente ha conocido diferentes fases de reformas y ampliaciones, la última hace unos pocos años. La Clínica Ubarmin fue construida en 1975 cerca de la localidad de Elcano (Valle de Egues) casi 10 km de Pamplona. Promovida por cuatro mutuas patronales de Navarra y Guipuzcoa, entre ellas, Mutua Navarra y Mutua Pakea, fue construida con la intención de que fuera un gran centro regional para los traumatismos y la rehabilitación. Costó en aquel entonces unos mil millones de pesetas. En 1978 atravesó graves problemas económicos estando a punto de cerrar.


Fotos: Colección Arazuri, Clínica San Juan de Dios, Clínica Universitaria, Clínica San Fermín, Centro Psiquiátrico San Francisco Javier 

Bares y tabernas de antaño (1844-1994). 2ª parte

Concluyo esta larga entrada centrada en la hostelería del Viejo Pamplona, con una mirada a algunos de los establecimientos que podíamos encontrar en la ciudad, entre los años 1933 y 1993. Como en la entrada anterior,  pretendo recopilar un buen número  de establecimientos hosteleros de entonces así como  de los nombres de las personas que estuvieron detrás de ellos. Así como los comercios han conocido,  en todo este período muchos más cambios en el Casco Antiguo,  la hostelería ha sido un sector, por lo general, mucho más estable;  Por supuesto que, en muchas ocasiones, han cambiado  los nombres de sus regidores pero en la mayoría de los casos los locales que albergaban una actividad hostelera la han seguido manteniendo. Probablemente la necesaria mayor inversión para la adecuación del local a esta actividad, la hostelera, explique esta mayor continuidad en el uso.

En 1933 podíamos encontrar, entre otros, los siguientes bares : en la calle Estafeta, El Moderno (en el nº 69, donde mucho más tarde se instalaría Casa Evaristo, con salón de billares incluido), en la calle Comedias, entonces 2 de febrero, el Gau-Txori (estaba en el nº 5, donde desde hace tiempo está el Burgalés); en Descalzos, el ya citado, en la entrada anterior, El Pamplonés de Ambrosio Goñi (que pasa del 11 al 7); en San Nicolás, el café-bar  y restaurante Irañeta, abierto entre 1931 y 1963, que dio paso, desde 1963, al Bar Restaurante Baserri; el café-bar y restaurante Niza que se abrió en 1936, a los que habría que añadir, además, el Dena Ona, el Torino y el Rodin de San Ignacio, donde antes estuviera el bar Olimpia,  y el bar de Autobuses, tras la inauguración de la estación en 1934. La calle Jarauta era probablemente una de las calles que más bares tenía, por supuesto también tenía muchos pequeños comercios, hoy prácticamente casi todos desaparecidos. Donde hoy esta la sociedad Gureleku había, en esos años, un bar que regentaba Vicente Gimeno y un poco más adelante, en las traseras del colegio de Dominicas, otro que regentaba Patricio Garjón. También había bares y tabernas, desde hace mucho tiempo desaparecidas, en San Agustín, Calderería, Compañía, San Lorenzo, etc. En la Rocha destacaban los establecimientos de Andrés Aldaz y Doroteo Arizcun. Donde hoy está el bar Ciudadela ya había en esos años un establecimiento hostelero que dirigía Felipe Ginés. ¿Sería el mismo Ginés de la calle Calceteros?.

Como decía en la entrada “Ilustres personajes que vivieron los sanfermines del Viejo Pamplona”, si hay un hombre al que Pamplona le debe su fama internacional es el escritor norteamericano Ernest Hemingway. Vino en ocho nueve ocasiones a Pamplona, la primera vez en 1923 y luego  de manera ininterrumpida, de 1924 a 1927; para regresar en 1929, 1931, 1953 y 1959. (Tuvo también una visita relámpago en 1956, de camino a Logroño). Pues bien el escritor tenía una serie de establecimientos, la mayoría ya citados en la entrada anterior, a los que no dejaba de acudir en sus escapadas sanfermineras. En esta pequeña ruta de Hemingway por Pamplona repasaremos todos los establecimientos hosteleros que visitó el escritor. En 1923, que fue el año de su primera visita a Pamplona acudió a hospedarse al Hotel La Perla pero era demasiado caro para su sueldo de corresponsal y se alojó en el 4º piso de una pensión en el nº 5 de la calle Eslava. Solamente en 1953 y 1959, con el premio nobel en su bolsillo, y mayor disponibilidad económica pudo permitirse el lujo de hospedarse en La Perla. Entre 1924 y 1931, Ernest se hospedó siempre en  el hotel de su buen amigo Juanito Quintana, el Hotel Quintana situado, como hemos visto, en el edificio donde hasta hace poco estaba la Cervecería Tropicana. Juanito era como Ernest, un buen aficionado a los toros y allí tuvo ocasión de conocer a Cayetano Ordoñez, El Niño de la Palma. Cerca de allí, muy a mano, tuvo desde 1930, la terraza del Choco, uno de los lugares donde en más ocasiones aparece fotografiado además del Café Iruña. Es sin embargo el Café Iruña el lugar en el que siempre recaló en todas sus visitas, su autentico cuartel general desde donde observaba y vivía la fiesta en todo su esplendor.

También se dejó caer por el Cafe Kutz y el Torino, algunos dicen que también por el Café Suizo, aunque era conocida su animadversión política contra este establecimiento. Hemingway no podía ocultar sus afinidades políticas republicanas. Otro de los establecimientos que con más asiduidad visitó en sus estancias en Pamplona fue Casa Marceliano, donde tenía costumbre de almorzar después del Encierro, así queda constancia al menos desde 1926. Nuestra guerra civil hizo que Ernesto no volviese a Pamplona hasta el año 1953. El 15 de abril de  1938 Gervasio Guerendiain había abierto un restaurante en el Paseo de Sarasate al que puso el rimbombante nombre de “Hostal del Rey Noble” pero que es mucho más conocido por  el nombre de Las Pocholas, restaurante que condujeron las hermanas Guerendiain hasta el año 2000. Pues bien a partir de su regreso a Pamplona en 1953, Las Pocholas se convertirá en otra de las citas obligadas del premio nobel, lugar que queda reflejado en la foto del 21 de septiembre de 1956, en una visita relámpago a Pamplona, acompañado de unos amigos de la capital. Fuera del Casco Antiguo el único establecimiento hostelero que visitó  Ernest en los años 50 fue el Hotel Yoldi,  para visitar a su buen amigo, el diestro Antonio Ordoñez, antes de las corridas.

La guerra había pillado a Juanito Quintana, dueño del Hotel Quintana, vinculado a la causa republicana, en la localidad francesa de Mont Marsan. No se atrevió a volver a Pamplona por miedo a las represalias. Así es que su hotel quedó cerrado hasta que en 1937 Pedro Erviti reabría el establecimiento con el nombre de Hotel España. Sin embargo el hotel no duraría demasiado, para el año 1946 había cerrado definitivamente sus puertas. En sus bajos se abriría, en los años 50, el bar Brasil.  En 1946 la familia Ramirez cogía el bar Sevilla que ya tenía ese nombre desde el término de la guerra. Lo cogió el abuelo Julián y lo ha estado llevando la familia durante tres generaciones, hasta hace muy poco tiempo. Antes estuvo un poco más a la derecha, donde el Bar Kiosko, pero se trasladó a su tradicional ubicación en el año 1959. Junto a él estaba, en los años 60, el Bar Pekín. En estos años 30, no solo las casas de huéspedes ofrecían comidas sino que cada vez, con más frecuencia, sucedía al revés, que las casas de comidas y restaurantes también ofrecían habitaciones, así sucedía con Casa Marceliano o La Marcela y también lo hacían los Bastarrica, Cebrian, Elizalde, Landivar, Pueyo, hijos de Tejedor, Viscarret y otros que ya hemos visto en la entrada anterior. Entre las nuevas casas de comidas estaban la de Baldomero Barón en Ansoleaga, 33, la de Elias Echechipia en Mercaderes, 7 (Restaurante Iruña), Hijos de Francia y Antonio Pérez en San Francisco, Isidoro Iturralde en Lindachiquia y Leocadio Urtasun en la Estafeta.

Tras la postguerra, en los primeros años 50,  un buen número de bares y cafeterías o café-bar se habían implantado en el Nuevo Ensanche y se habían renovado buena parte de los del Casco Antiguo. Continuaban algunos veteranos, por ejemplo, Eugenio Roch en su decimonónico café de Comedias; Matías Anoz con su
incombustible Casa Marceliano; Elvira Muñagori, viuda  de Kutz, con su Café Kutz (que cerraría en 1961 para dar paso al Banco de Vizcaya); Doroteo Cotelo  con el Torino mientras Pablo Diez de Ulzurrun  había abierto un bar en el nº 34 de la calle Mayor, donde hoy está El García: se llamaba Bar Ederra. Otros ilustres sin embargo desaparecerían como el Café Suizo  para dar paso a un banco,  el  Banco de Bilbao y el Dena Ona se convertía en el Bearin. Teodoro Aparicio  llevaba el Mirador de los Jardines de la Taconera y surgían nuevos nombres y apellidos en la hostelería pamplonesa. La hostelería se concentraba sobre todo en San Nicolás, San Gregorio, Plaza del Castillo y la Estafeta.  Rafael Erice regentaba El Caserío en el nº 11 de la calle San Gregorio, Victorino Ganuza hacía lo propio con el bar de su nombre, El Ganuza en el nº 21 de la misma calle, y la familia Barberena cogía El Orbaiceta en el nº 48, de manos de Lucio Arizcuren, para convertirlo más tarde,  por parte de uno de los hijos en  el Museo, mientras que otro hijo, Joaquín Barberena, abría en 1963  el Bar Río en la calle San Nicolás; ambos Museo y Río unidos por la misma receta familiar, la de sus célebres huevos. Por cierto donde actualmente está el Río, en los años 50,  parece que la familia propietaria del edificio, los Larrayoz ya tenían un establecimiento hostelero.

En la calle San Nicolás Juan Irañeta seguía adelante con el mítico café bar Irañeta que llegó a albergar numerosos conciertos de música y, como he comentado al principio de la entrada, ya existía actividad hostelera en lo que durante muchos años fue el Bar Arizona, o en los actuales  Redín,  Ciudadela, Ulzama (y el Aralar), La Viña (con el mismo nombre y la dirección de Julián Sanchez)  o  el Burgalés. Antes del Montón, en Jarauta, 29 estuvo el Bar García, el Falcesino. Donde hoy está el bar Infernu estaba la Taberna-Bar Moreno. En el nº 3 de Curia, Josefina Goñi llevaba el Bar Goñi antes de la llegada de la Hostería del Temple en los años 60; Jeronimo Ibarrola regentaba el restaurante Maitena en el nº 12 de la plaza del Castillo, (donde desde 1980 y hasta 2010 estaría la sociedad gastronómica Gazteluleku); los Iturralde  continuaban con el negocio familiar del Catachú en la calle Lindachiquia;  Isaac Juanco dejaba las riendas del negocio, el Otano (San Nicolás, 5), en manos de su hijo Andrés que, a finales de la década, se casaría con Tere Goñi; Federico Monasterio regentaba el Monasterio en Espoz y Mina, 11, Vicente Aguinaga  el Niza; Alcaine y Beaumont el Choko; Miguel Aldaz,  El Espejo (los actuales propietarios sólo llevan con el bar desde 1989) y Candido Ardanaz el Bar Prados en el nº 58 de la Estafeta, antes de que se convirtiese en el Fitero  en 1956.

En 1955 se abría un restaurante en la calle Jarauta con el nombre de Guretxea. Sus propietarios se trasladarían a la 2ª planta del nº 20 de Ansoleaga en 1960,  con el nombre de Restaurante Basaburua. En 1987 pasarían a su ubicación actual, en el nº 16 de la misma calle,  donde la tercera generación sigue actualmente  con el negocio. En 1956 se abría el restaurante Sarasate en la calle San Nicolás, especializándose en comida vegetariana desde 1979, mientras se mantenía la actividad de restauración en los locales que hoy albergan el Bar San Nicolás y el Iru, de la mano de Vicente Saralegui y Marcos Sanz respectivamente. En 1958, Alejando Elizari y Felisa Garcia fundaban el restaurante Josetxo, en el segundo piso del nº 73 de la calle Estafeta, que más tarde, en 1985, trasladarían sus hijas Raquel y Mari Carmen a la plaza de Príncipe de Viana, donde se mantuvo hasta hace cuatro años. En su lugar se pondría uno de los primeros restaurantes chinos de la ciudad, el Palacio Chino. En la calle Estafeta estaba desde 1959, en el nº 50, el Señorío de Sarria, hoy Bodegón Sarria;   y también en esos años 50, Carlos Pascualena tenía un restaurante en el nº 55 de Estafeta (donde hoy está Globe Trotter) y en tiempos estuvo el negocio de Basilio Fuentes y sus herederos; Macario Arguiñano en lo que ahora es Chez Evaristo (en el 69); Luis Desojo Sanz en el 71 donde ahora esta La Granja; Casa Sixto (en el 81);  Casa Juanito, en el nº 83, con José Urretabizkaia de camarero, tras la barra, desde 1963, y que hoy es su actual propietario; Casa Flores en el 85 y encima de ella el Hostal y Restaurante Ibarra. En los años 60, el Brasil dio paso a la Cervecería Tropicana. En otras partes de la ciudad estaban en  San Juan, el Toki Zarra y  en el Ensanche, el Bar Cinema o Casa Mauleón , fundada por Hilario Mauleón.

En otro orden de cosas se abrieron en estos años nuevas churrerías: en la calle Estafeta, San Gregorio, y Compañía y Elias Fernandez sumaba a la veterana churrería de la Mañueta otras dos, una en la misma calle y otra en la calle Amaya. Y entre las heladerías cabe destacar  El Buen Gusto en Chapitela, Alaska en en el nº 49 de la plaza del Castillo, La Vital en el nº 18 de Sarasate y como no, Eliseo en La Rochapea. Por otra parte, a medida que la ciudad iba creciendo se iban abriendo bares en los barrios periféricos de la capital. Eran bares modestos, como el que vemos en la foto adjunta de Herce de un bar de la Chantrea en los primeros años 60.

En el ámbito de los hoteles cabe señalar que en  los años 50 aun continuaban abiertos el Hotel El Cisne y el Hotel El Comercio. Desde 1945, el Maisonnave lo regentaba la familia Alemán y más concretamente Miguel,  que trasladaría el hotel a la calle Nueva en 1966. Eran nuevos el Hotel  Valerio, ubicado en el nº 5 de la avenida de Zaragoza, regentado por Margarita Aranguren; el Hostal Xavier en el nº 2 de la calle San Gregorio, dirigido  por Mercedes Ferreras, el Hotel  Yoldi y el Hotel Europa. Y entre los restaurantes de la época teníamos al veterano Casa Marceliano; el Blanca de Navarra conducido por Braulia Villanueva,  en el nº 24 de la calle Mercaderes; el Iruña en el nº 7 de la misma calle, regentado por la familia  Echechipia, entre los años 30 y 50, (en la última época estuvo  al cargo del citado restaurante Ana María Echechipia; el Yaben en la segunda planta del nº 24 de Pozoblanco, (había otro restaurante al principio de la calle, en el nº 20, donde estuvo la antigua casa de Cuevas), y la Fonda Hispanofrancesa de Wenceslao Cilveti en plaza del Castillo, 20. En el terreno de las fondas, posadas y casas de huéspedes destaca el hecho de que las Amostegui abrían en esos años sendos negocios: Rafaela en el nº 72 de la calle San Nicolás y Victorina en el nº 20-22 de Pozoblanco, donde actualmente tienen el restaurante sus herederas. Por su parte Francisca Barbería abría su posada en el nº 2 de San Lorenzo, donde estaba la Cepa y José Echeverria en San Nicolás 34-36, en lo que había sido antes La Salacenca.
En 1963 se inauguraba el Hotel Tres Reyes en terrenos del antiguo Bosquecillo y en 1969, como ya señalé en otra entrada, Ricardo Aparicio Delgado abría el Restaurante Iruñazarra en la calle Mercaderes. En los años 70 se renovaba la hostelería de la plaza del Castillo: en 1970 Patxi Muñoz y Margarita Muguiro fundaban el Baviera, mientras la familia Munarriz inauguraban el Gure Etxea en 1975. El Oreja se abría en el nº 19 de la calle Jarauta, en 1968, y dos años más tarde lo hacía  La Viña con sus actuales propietarios. En 1971, se abría La Mejillonera y en 1977 la familia Idoate se hacía cargo del restaurante Europa. En 1980 se nacían el Restaurante San Fermín, en el nº 44 de san Nicolás y el Dom Lluis en el nº 1. En 1985 Juan José Irisarri fundaba el  bar El Kiosko en el nº 14 de la plaza. En 1988 la familia Galarza-Lecea se hacía cargo del Señorio de Sarria de la calle Estafeta y lo convertía en el actual Bodegón Sarria. Un año antes, en 1987 se aprobaba definitivamente la normativa sobre zonas saturadas, tramitada en 1986 que impedía la instalación de nuevos establecimientos de hostelería en el Casco Antiguo; se admitían la transmisión de licencias pero no la apertura de nuevas. Esta situación se mantendría hasta el año 2006 en que se vuelve a permitir la instalación de actividades hosteleras y más concretramente de restaurantes y cafeterías, habiendo abierto cerca de 50 nuevos establecimientos desde entonces y hasta el día de hoy  en que se está planteando una nueva normativa restrictiva,  pero esto es ya objeto de otra historia que excede la de esta macroentrada y que contaremos en otra ocasión.

Fotos por orden de aparición. Cafe Kutz (1952). J. J. Arazuri; Concierto en el Café Irañeta. Años 50. Archivo Bar Baserri;  Foto de Hemingway en plaza del Castillo (1959) Julio Ubiña;  Foto postal del Hotel Quintana (1920-30). Foto Hendaya;  Foto Familia Guerendiain. (Años 40); Calle San Nicolás. Años 50. Archivo Bar Baserri;  Plaza del Castillo. Años 60. Galle. AMP; Bar Goñi. Postal Vaquero; Bar del barrio de la Chantrea. Años 60. Foto Herce;  Fotos restaurante Iruña y siguientes sin filiar.

Bares y tabernas de antaño (1844-1994). 1ª parte.

Esta entrada completa, -en cierto sentido-, la de “Los bares del Viejo Pamplona” (1960-1990), solapándose con ella, si bien aquella estaba redactada desde una perspectiva de recuerdo o vivencia personal y esta desde la más estricta investigación histórica.  Como ya he señalado en otras ocasiones, hasta el derribo de las murallas en 1915, Pamplona era su Casco Antiguo, en él estaban sus comercios y, por supuesto, y quitando algún establecimiento “fuera puertas” en él estaban todos sus establecimientos de hostelería. A finales del siglo XIX no existían en Pamplona ni bares, ni cafeterías, ni restaurantes, ni pubs, ni hoteles ni nada que se le pareciese. Había, como he dicho en la entrada anterior de los oficios desaparecidos, tabernas, colmados, cafés, fondas, posadas, bodegones y figones. En 1908, había en Pamplona 60 tabernas, 48 de ellas dentro del casco histórico, a las que habría que sumar 12 bodegones y figones, 5 cafés públicos, 7 fondas y 27 posadas (25 de ellas también en el Casco).

A primeros del siglo XX comenzaron a abrirse los primeros bares y restaurantes así como también los primeros hoteles. Las tabernas que había hasta  entonces, según dice José Javier Arazuri en “Historia, Fotos y Joyas de Pamplona”   eran “modestos establecimientos, escasamente amueblados, con unas mesas y bancos de madera y al fondo del local un mostrador, con una parte amarmolada,  aunque el mostrador también podía encontrarse en un lateral. Estos establecimientos estaban abiertos unas quince horas, desde las seis de la mañana a las nueve de la noche”. Tantas horas, sin embargo, daban escasos réditos a sus dueños pues estos establecimientos se caracterizaban por vender básicamente vino y aguardiente;  la gente incluso podía llevarse su comida, comérsela allí mismo y pedir solamente vino. Además del “morapio” se podía encontrar, -según Arazuri-, “queso de puchero, aceitunas verdes, pimientos, guindillas en vinagre, nueces y sardinas asadas”. Dada la extensión de la entrada y la prolijidad de nombres, lugares o ubicaciones que introduzco, comparándolas, además,  con  los lugares o ubicaciones actuales, he creído conveniente dividir esta entrada en dos partes, una que se extiende desde 1844 a 1932 y otra que va desde 1933 a 1994.

Entre las tabernas que sobrevivirían más años, -pues a menudo  tabernas y bodegones se confundían y un establecimiento podía aparecer en ambas tipologías o pasar de ser taberna a más adelante casa de comidas-, estaban las de Marceliano Anoz (fundador de Casa Marceliano en Carnicerías, 5), Evaristo Archanco, en Mañueta, que luego y hasta los años 30 se trasladaría, con su fonda  a San Gregorio, 58, (cerca de donde esta hoy el Anaita); Narciso Bearan en San Nicolás, 25 donde hoy se encuentran el Iru y el Hostal Bearan; Candido Francia, al final de la calle Mayor que luego se trasladaría  a la calle San Francisco; Basilio Fuentes en San Agustín, 4 (luego viuda de Basilio Fuentes e Hijos, con fonda y casa de comidas), o  Leocadio Urtasun en el nº 81 de la Estafeta, esquina con Tejería (donde luego se pondría Casa Sixto, El Adoquin y el actual Cocotte,). Resulta curioso observar como ya desde hace un siglo, las zonas hasta hace poco más hosteleras, en general ya lo eran: San Nicolás, San Gregorio, Plaza del Castillo, Estafeta, Jarauta, San Lorenzo o Calderería. La reconversión de zona comercial en hostelera de las calles Mercaderes o Comedias y alguna otra  es, sin embargo, un hecho bastante reciente.


En los bodegones, afirma Arazuri,  “se servía generalmente vino de escasa graduación, chacolí cultivado por los dueños del local en las laderas del monte Ezkaba o San Cristobal, uno de los más famosos era el  del “Culancho” en la calle  Ansoleaga, donde estaba el Palacio de Aguerre o Casa del Orfeón antes de ser derribado, para construir el Maisonnave, aunque había alguno otro en Jarauta al que llamaban “La Casa del Capitán” o donde hoy está El Marrano en San Nicolás estaba el “Bodegón de Sanz”, que durante muchos estuvo señalizado como Vinos El Cosechero”.  En Jarauta había, a principios de siglo, nada menos que cuatro bodegones y en Mañueta tres. Los figones eran tabernas de baja categoría.  Había, además,  en aquella época, en 1908, tres churrerías, la centenaria churrería de la Mañueta, otra en la calle Eslava y una tercera al final de la calle Zapatería así como otras tantas horchaterías-chuferías, la más conocida la Casa Puyada de Mariano Perez en Zapatería, 15, donde hoy está Calzados Goñi. Posteriormente en 1924 se instaló una nueva churrería en San Gregorio de corta vida y también hubo  otra en Jarauta, 10, (la Churrería San Fermín de Bernarda Abaurrea) pero de fugaz existencia. En 1928 teníamos las siguientes heladerías-horchaterías-chuferías: El Buen Gusto en la calle Chapitela, La Polar en el nº 29 de la Estafeta, la mencionada Casa Puyada y El Valenciano, en San Gregorio, 38 (cerca el actual Kaixo).

A mediados del S.XIX surgieron en Pamplona los primeros cafés públicos, la mayoría de ellos ubicados en la plaza del Castillo, eran cafés,  la mayoría,  de ambiente familiar y provinciano,  el primero fue el Gran Cafe Suizo, en 1844, ubicado en el nº 37 de la plaza  y que regentarían los suizos Matossi y Fanconi. A la Gran Pastelería Suiza se entraba por la entonces calle General Moriones, hoy Pozoblanco.  También estaba El Español ubicado en el nº 43, regido en 1875 por los señores Monegatti que lo convirtieron en La Marina y más tarde por Luis Kutz en 1912 que lo convirtió en el famoso Cafe Kutz. En el edificio del Crédito Navarro, esquina con Espoz y Mina, estaba el Café Lardeli, también de origen suizo,  que desapareció a finales de siglo y cuyo mobiliario se utilizó en el Cafe Roch (fundado por Eugenio Roch en 1898). En 1888 se inauguraba el café más emblemático de la ciudad, el Café Iruña.

Otros cafés más modestos algunos de finales del XIX y otros de principios del XX,   algunos de los cuales se convirtieron en bar o café-bar, incluso en restaurante fueron: en Espoz y Mina, El Larequi y La Amistad;   en la Estafeta, El Navarro (en el nº 32, gestionado por Nicomedes Paz, donde hoy esta Windsor Tabern y durante mucho tiempo estuvo la cristalería Adamas); El Macias (en el nº 45, cerca de Casa Lange); El Urrutia que luego fue El Lusarreta (1921) (en el nº 49, donde hoy está el Chez Belagua), El café del Circo (en el nº 65, donde hoy está una de las tiendas de Atanasio Echarri); en la plaza del Castillo estaban, El Ideal (en el nº 9, cerca de donde hoy está el Gure Etxea, regentado por los hermanos Peralta), El Cenizo (en el nº 3, donde luego, a primeros de siglo, se instalaría el famoso bar El Torino, (abierto por los señores Duhins y al que seguirían en la gerencia Meliton Ariz y Doroteo Cotelo, que en 1973 ocuparía el  Windsor, tras el cierre del anterior dos años antes); El Mazuelas (donde el Casino Eslava); El Nacional (en la esquina con Chapitela); en el Paseo de Valencia estaban El Europa (en el nº 18, donde está hoy el Bankinter), el Noain (en el nº 14, donde hay hoy una agencia de viajes) y El Siglo. Otros fueron El Incendio en la Mañueta, El Bochas en Carmen, El Almudí en el nº 64 de Nueva y El café de la Aduana en el nº 18 de Taconera, la mayoría de los citados estaban abiertos en 1888, aunque otros no llegarían al nuevo siglo.

Como he señalado en la  entrada anterior, los colmados fueron los precursores de los  bares que aparecieron a principios de siglo, en los bares (del inglés, bar: barra) se tomaban las consumiciones de pie ante una alta barra y se servían licores, refrescos, vermuts, etc; Había a comienzos del siglo un colmado donde luego se instalaron Las Pocholas; El Nuevo Colmado donde luego estuvo el Dena Ona (abierto por el señor Blasco y que luego cogerían los señores Mazo y Zabalardo, convirtiéndolo en cafe-bar y restaurante) y más tarde el Bearin; en el local donde se puso La Vasconia estuvo el colmado de Justo Ibañez, y en Sucursal de Aldaz, luego bar El Espejo, de la calle Ciudadela, estuvieron antes el colmado de Zabalo y más tarde el bar El Siglo XX.

Otros bares de aquella época, finales del XIX y principios del XX,  eran,  en la plaza del Castillo El Americano (donde estuvo la cafetería Delicias), El Ginés (en Calceteros, 12, donde foto Ruperez) o La Bella Easo,  en la esquina de Chapitela y Mercaderes (donde antes estuvo la sede de la Caja Municipal y hoy una sucursal de la Caja Rural). En Jarauta estaba el café-bar Toki-Alai (de los Hermanos Echarren, con casa de comidas) al principio de la calle. Fuera puertas Sixto San Roman abría en los primeros años del siglo un café en la Rochapea antes de inaugurar un local hostelero en el nº 66 de  la calle Estafeta, al lado de donde hoy está Bombones Torres).  En 1924 nacía el Bar España de la Estación del Norte. Aparecieron también ese año el bar del Bosquecillo (su caseta era la misma que la Sociedad Lechera Anaitasuna había colocado hasta 1918 en la plaza del Castillo) y el Izkiña de Jarauta, gestionados ambos por Raimundo Oderiz.  El Euskal Jai y el Gayarre también disponían de sus servicios de bar. Uno de los primeros bares que se abrió en el Nuevo Ensanche fue el  Olympia (en el nº 12 de la Avenida de San Ignacio, que vemos en una foto postal más adelante). En 1925 se abría otro bar en el barrio de la estación, La Eibarresa y en el casco antiguo, Urbano Goicoechea abría el bar y casa de huéspedes El Oriental en el nº 38 de San Gregorio (al lado del actual Bar Kaixo) y Patricio Taberna una tasca en el nº 45 de la calle Mayor (hoy es un almacén del ferretero Javier Sanz, cerca de la peluquería de Laura Delgado).

A finales de los años 20 (1927-1928) esta era una relación bastante completa, no exhaustiva, de bares, (algunos de ellos eran también casas de comidas y contaban con hostal o casa de huéspedes),  ordenados por calles con su numeración en la calle y su referente más conocido, si lo hubiese actualmente,  que había en Pamplona (algunos ya los hemos citado): En la calle San Lorenzo, el de la viuda de Jesús Anoz (en el 24) y La Maravilla de Echeverría y Apesteguía (en el 5, que fue luego la carnicería Bezunartea y hoy un locutorio); en Descalzos, el Iruña (en el 9, al lado del Lanbroa), Los Gabrieles (en el 26, cerca del edificio nuevo construido hace poco antes de llegar a la escuela infantil),  El Pamplonés de Ambrosio Goñi (en el 11, también cerca del Lanbroa), El Izkiña o Eskiña de Raimundo Oderiz (en el 82, al lado del Bar Txiki, hoy no es más que el solar que hay en la esquina con Santoandia), y El Sánchez de Cipriano Goñi (en el 76, hoy hay un negocio de restauración de muebles); en Jarauta, el Beti-Jai de Santiago Martich que luego llevaría Salvador Eleta (en el 88, hoy el Bar Giroa), El Esparza (en el 59, al lado del Bar Gallego) y La Palma (en el 37, hoy Bar Roncal); en la plaza del Castillo, el Dena Ona (en el 32), El España de San Roman y Zabalardo (en el nº 20) donde poco más tarde, a comienzos de los 30,  abriría el Choko (así aparecía escrito antes, tras ampliar su espacio con el bar Villarosa que tenía justo  al lado), (por cierto hubo un tercer Bar España aparte de éste y el de la Estación en la plaza del Consejo), El Ideal de los hermanos Peralta (en el 9), -una hermana,  Deogracias,  creo que había tenido  una casa de huéspedes en la calle Comedias-,  y El Torino de Doroteo Cotelo (en el 3); en Estafeta, El Lusarreta (primero en el 49-51 y luego pasó al 71, donde hoy está La Granja), El Navarro de Nicómedes Paz (en el 32) o el Pirineos en el nº 41 (abierto a comienzos de 1900, muy cerca de la fonda del mismo nombre); en San Nicolás, Feliciana Toni (en el 34-36, donde hoy está el Katuzarra) y Agapito Viscarret (en el 25, donde hoy está el Iru).

Otros bares que había eran El Espejo de Miguel Aldaz, el de Antonio Pérez en San Francisco, 14 (hoy Peña Anaitasuna y anteriormente el Montón de San Francisco), Casa Paco, abierto en 1908 por Tomas Pueyo (cerrado hace un par de meses, tras cuatro generaciones), el ya mencionado Olimpia de la avenida de San Ignacio, y el Sarasate de Martín Sotes en el Paseo de Sarasate. En el barrio de la Estación había nada menos que cuatro bares: junto al bar España estaban La Eibarresa (que luego subiría al 28 de Jarauta), el de José María Arizcuren y el Moderno Ona de Rosa Senosiain; en La Rochapea había cuatro bares: los de Juan Ayerra (El Abaurre), Carlos Eugui, García Vicente y Agapito Anso y en el Mochuelo  el de Policarpo Martinicorena. Alguno de aquellos bares extramuros tenían, en ocasiones, algún juego en sus proximidades como el de las bochas, que vemos en una fotopostal adjunta o el de la rana. Quien con algún año de más no se acuerda de la antigua Casa Emeterio y su famoso juego de la rana.

Las fondas se asemejaban a los actuales hoteles y se diferenciaban de los albergues y posadas. En 1863 había en Pamplona 39 posadas y 10 casas de huéspedes. Las fondas más famosas de finales del siglo eran, en el Paseo de Valencia, la Fonda El Infante y la Fonda Otermin, luego, desde 1880 y hasta 1892, convertida en la Fonda Europa; en la plaza del Castillo, las de Goicoechea y Ciganda (luego Sotil), La Fonda La Perla  de Miguel Erro y Teresa Graz (luego Viuda de Erro y más tarde Sucesores Vda de Erro) de 1881, y que es uno de los  establecimientos hoteleros más antiguos de España; en Estafeta, 47, la Fonda de Florentino; y más tarde, a finales de siglo El Cisne (en plaza del Castillo, a cargo Francisco Echepeteleku), El Maisonnave (en Espoz y Mina, 5 -donde el actual bar Gaucho- y Estafeta, 60), de Carlos Maisonnave que pasó luego a su viuda y luego a su hijo Eladio y la Fonda de Angela (luego La Fonda Hispanofrancesa, del artajonés Wenceslao Cilveti, en el nº 19 de la plaza del Castillo, cerca del actual Bar Txoko).

En 1908 estaba ya abierta la fonda-restaurante La Bilbaina, de Cecilio Jaso, en el nº 54 de la calle San Antón (entonces Mártires de Cirauqui, a la altura de donde estaba Baños Lecar) que daría paso a partir de 1926 a la Casa de Arnedo. Había otras otras fondas menos importantes como las de Javier Esparza y Candido Múgica en la Estafeta o la de Balbina Vera y Aramendía en la plaza del Castillo. Ya a primeros de siglo aunque mantengan el nombre de Fondas, las fondas  eran como hoteles, por lo que resulta difícil distinguir unas de otras: en 1913 se abre el Grand Hotel en la plaza de San Francisco que enseguida, en 1923, compra La Perla para cerrarlo en 1934; en 1921 estaban el Hotel San Julian  o Vasco Navarro (en la plaza del Castillo, 16 donde el Casino Eslava), luego el Hotel San Martín en Espoz y Mina, 1 (donde está hoy el Guría) y el Hotel Regional, en 1922, en Espoz y Mina, 11 (donde hoy está el Europa); la Fonda La Manuela da lugar también estos años al Hotel Quintana (Viuda e Hijos de Ignacio Quintana) en la plaza del Castillo, 18 y Estafeta, 58 (ocupadas luego por  la Tropicana y el Fitero);  Los Pirineos de Aniceto Echarte con domicilio en la calle Javier se trasladaría en 1926 a San Ignacio para convertirse de fonda en hotel; El Hotel del Comercio de Viuda de Salustiano López, en Zapatería, 7  (en el edificio donde está hoy la tienda de Blai y durante mucho tiempo Usoz) se trasladaría más adelante, a primeros de los 30,  a la avenida de Francia, entonces llamada de Galan y García Hernández.

Algunas de casas de huéspedes se convirtieron, con el tiempo, en fondas y las posadas, tabernas y bodegones en restaurantes o casas de comidas. Entre los apellidos conocidos en el ámbito de las casas de huéspedes   en 1908, estaban los Herederos de Diez de Ulzurrun (Campana 14 y Mayor, 2), Sucesores de Pedro Echarri (Dos de Febrero, 14, más tarde Comedias), Sucesores de Doroteo Izurdiaga, luego Olegario Recalde (con casa de comidas, en Lindachiquia, 4), Babil Landivar (en San Nicolás, 7 y luego 12, con fonda y casa de comidas, hoy en aquellos locales hay bien restaurantes u hostales), Cesareo Lezaun, más tarde La Roncalesa o Sucesores de Lezaun (Estafeta, 85, en el edificio en que estaba Casa Flores y ahora El Chupinazo) o la Fonda La Ramona de Juan Purriel (en Estafeta, 2). Lino Otano, creador de Casa Otano  empezó en el nº 17 de la Mañueta, con una casa de huéspedes para pasar luego a San Nicolás, 5, con una tasca o casa de comidas sin olvidar por supuesto el servicio de la fonda o casa de huéspedes. Tras su fallecimiento pasaría el negocio por varias manos, entre ellas las de Severino Larrayoz (Sucesor de Otano) y Santiago Echechiquia  (Fonda Santiago) hasta que en 1929 se hicieron cargo del negocio   Isaac Juanco y su esposa Felisa Galar que inician la actual saga familiar que lo regenta. Junto a los citados hosteleros, figuraban en un año antes, en 1928, los siguientes establecimientos catalogados como fondas o casas de huéspedes: La Salacenca de Feliciana Toni en San Nicolás  34-36 (donde estaba la Fonda Aragonesa y ahora el asador Katuzarra) y la Bidasotarra de Francisco Aguerralde en el  24-26 (ahora está ahí el Hostal Dom Lluis), La Barranquesa de Daniel Bacaicoa en Javier, 1 y la fonda de Guillermo Larequi (en Espoz y Mina, 11, donde estuvo primero El Larequi y luego el Monasterio), Hijos de Basilio Fuentes en Estafeta, 55, Sucesores de Juan Oderiz en Santo Domingo, 31, Vicente Azanza en Calderería, 23 y Felipe Irigoyen en la nueva Casa de Cuevas (Dos de Febrero, 20; actual Comedias, al principio de la calle) con restaurante incluido.

Las tabernas se convirtieron, como he dicho,  en restaurantes y casas de comidas: así encontramos en 1921 la de Matías Anoz (después sucesores de Matias Anoz), situado en el nº 5 de Carnicerías (luego en el 3, entonces era calle Carnicerías, no calle del Mercado), la de Narciso Bearan que cogió Agapito Viscarret (Sucesor de Bearan) en San Nicolás, 25 con su fonda o casa de huéspedes, la viuda de Candido Francia, en San Francisco, 32; la Casa de la Marcela (Marcela Elia, Viuda de Iriarte) en el nº 13 de San Nicolás, donde esta actualmente el Bar San Nicolás-La Cocina Vasca;  la Casa de la Mariana en Jarauta, 34 (de Pablo Lizarraga), Tomasa Aznarez (luego Aniceto Bastarrica y Vda de Oyaga, Sucesor de Bastarrica) en Carnicería, 1, La Moderna en Navarrería, 12, en 1926, el Catachú de la mano de Isidoro Iturralde, en Lindachiquia, 16 y en 1928, La Navarra en Mañueta, 20; La Bodega, en Martires, 48, Julián Indavere en Estafeta 41 y en Jarauta 34 y 80 respectivamente la Sucursal de La Mariana y la Sucursal de La Martina. La casa de comidas de la Estación la regentaba en  1908  Maria Sanchez y luego en 1921 Hijos de Tejedor. Todos los hoteles importantes contaban también con restaurante: El Cisne, La Perla, El Maisonnave, El Comercio, El Grand Hotel, El Pirineos, El Quintana, El San Martín. Resulta curioso comprobar que en la calle San Lorenzo el bisabuelo de los actuales propietarios del comercio centenario Cebrian, Demetrio Cebrian tuvo en los años 20 una fonda y casa de comidas.

Fotos por orden de aparición: Cafe Kutz.1952. Postal Viuda de Rubio; Sucursal Aldaz Hermanos, 1912. Archivo Arazuri; Casa Marceliano. 1925; Ante el Café Kutz. 1932. Galle; Edificio del Grand Hotel. 1914; Cafe Bar Torino. 1971. Zubieta y Retegui; el resto sin filiar.