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Echavacoiz: el primer barrio que absorbió Pamplona (1876-2016)

Hace tiempo que no escribía  sobre los barrios de Pamplona y aún no había hablado de dos de ellos que fueron anexionados por Pamplona en diferentes momentos de nuestra reciente historia: Echavacoiz a la cendea de Cizur  y Mendillorri a Egues. Echavacoiz fue durante mucho tiempo un lugar muy poco poblado. Parece que la zona comenzó a poblarse en el S.XIX. Adjunto una foto de Mauro Ibañez de 1876 donde se vé una sola  casa y al fondo Cizur y la sierra del Perdón. El término parece proceder claramente del euskera (etxe: casa y bakotz, único o solo) derivado de bat (uno) (bak(h)oitz); En los siglos XII y XIII  aparecen en documentos ya  términos como Essabacoiz, Etsevacoiz y Echavacoyz. Al margen de las ventas, campos y huertas existentes las primeras edificaciones e industrias se construyeron en torno a la carretera a Estella a lo largo de la primera mitad del siglo XX. Otra de las zonas más antiguas fueron la casas cercanas a la vía del tren. De hecho la instalación de las primeras ventas en la zona, -la venta de Benito o la venta de los Adobes- y de las primeras casas, tienen que ver con la cercanía tanto a la carretera a Estella como al paso del tren. En 1861, un año después de la inauguración de la Estación del Norte, en Pamplona, se había construido  un apeadero en terrenos de Echavacoiz.

En 1910 se inauguró el convento de las Carmelitas Descalzas, aproximadamente por esas fechas se  había instalado también el sanatorio antituberculoso, detrás de los primeros pabellones del Hospital de Navarra. En torno a la carretera se instalaron posteriormente la Venta de Andrés,  la fábrica de harinas Urdanoz, en 1914, en el término de Cizur, que se llamaba entonces Harinera «San Andrés»,  la harinera «La Trinidad», Argal, instalada en 1939), la fábrica de piensos de Edmundo Aznar que luego conoceríamos como Piensos Sanders, la Vinícola de Montejurra, Dulces Jarauta, la serrería de Puig y otras industrias. El 10 de octubre 1941 se instalaba la mayor de todas ellas y también la más polémica: Inquinasa (Industrias Químicas de Navarra S.A). Nicolás Ruiz de Alda fue su primer presidente y su primer director gerente, Manuel Zarranz. Inquinasa fabrica actualmente productos químicos para el sector agrícola y farmacéutico que vende  a su grupo propietario, Huntsman Advanced Materials. Tiene 60 trabajadores  y ocupa 16 hectáreas. El principal producto que fabrica ahora  es el «sequestrene», una sustancia que se aplica a las tierras con deficiencia de hierro y combate enfermedades de los árboles frutales. Otro producto que produce  es la «higrotona», una sustancia  diurética que  vende a compañías farmacéuticas.

El 8 de septiembre de 1953, día del Privilegio de la Unión, se produjo la anexión a Pamplona del Concejo de Echavacoiz que hasta entonces había pertenecido a la cendea de Cizur. La diputación foral había aprobado el convenio de anexión el 28 de octubre de 1950 y en 1951 se había pasado el expediente al Ministerio de Gobernación. En la fecha en que fue anexionado Echavacoiz contaba con 500 habitantes y 120 casas. A favor de la anexión estaban el Ayuntamiento de Pamplona, regido entonces por Miguel Gortari, que prometía nuevas dotaciones (agua corriente, colegio, etc) y el alcalde del concejo de Echavacoiz, Angel Urdanoz; en contra la cendea de Cizur, por razones fundamentalmente económicas,  y también en contra se posicionaron  algunas de las más importantes industrias de la zona. Sería Javier Pueyo, alcalde de Pamplona en esa fecha, el que asistiría al acto de anexión. Jesús Garatea, por su parte, fue el último alcalde de Echavacoiz.

El barrio o rincón de Larrascuntzea, situado tras la fábrica de Inquinasa, que se había  convertido en una colonia de casitas para obreros de Inquinasa  perteneció al Concejo de Cizur Menor hasta el 4 de diciembre de 1958 en que también fue  anexionada por Pamplona, siendo Miguel Javier Urmeneta alcalde de la ciudad. Miguel Zamora Diaz me hizo llegar, hace un año, estas históricas fotografías sobre este desaparecido  barrio donde nació y vivió. Hoy es una zona deshabitada,  una especie de perímetro de seguridad en torno a la fabrica. También por estas fechas se construyeron las llamadas casas de Mañeru, un poco antes en 1953-54, las primeras casas de Chocarro (según me puntualiza Rosario Tibarrola), y también las casas de Puig, -estas últimas en la avenida de Aróstegui-,  que sirvieron para dar alojamiento a los trabajadores de la serrería y otras viviendas a lo largo de la carretera de Estella, entre las industrias existentes  y sin ningún tipo de planificación, como sucedería también en San Jorge y Rochapea, pero muchísimo peor. El barrio acabaría diseminado entre varias áreas o zonas dispersas  sin una buena comunicación entre ellas, aislada del resto de la ciudad, sin equipamientos, sin ningún tipo de  ordenación y planificación urbanística  y con unas construcciones de muy baja calidad. Los 20 bloques en forma de H del Grupo Urdánoz quedaron  terminados para 1959, como atestigua la ortofoto histórica de 1956-57, donde aun no existe en ese lugar ningún tipo de construcción. Eran pisos pequeños, de apenas 50 m2, construidos junto al río Elorz en una zona considerada como inundable, con problemas de humedad.

Posteriormente, a lo largo de los años 60, se construyeron las viviendas de la Cooperativa, entre la N-111 y el Grupo Urdánoz, las casas de Barcos, cerca de la Venta de Andrés y las promociones de Vistabella, integrada por más de 300 viviendas ubicadas en la zona más cercana a Barañáin. Eran viviendas de mayor calidad que las que he citado en el párrafo anterior. Las  primeras construcciones del barrio habían acogido  a una población mayoritariamente inmigrante de Andalucía y Extremadura y de otras zonas de Navarra.  En estos años se construyeron también la parroquia de Nuestra Señora del Pilar y el Colegio Nicasio Landa (1961), este último junto al colegio religioso San José de Mongay. El puente de Echavacoiz,  fue reformado y ampliado en 1972 dada la gran circulaciòn que empezó a sufrir en la segundad mitad del siglo XX. En los años 70, al igual que en San Jorge fueron muchas las movilizaciones de los vecinos  por mejorar las condiciones del barrio: urbanización del grupo Urdánoz, centro de salud, residuos de Inquinasa, adecuación de la carretera a Estella, etc. Argal cerraría en esta década. Las piscinas del barrio se construyeron en 1976. No obstante pese al esfuerzo por mejorar las condiciones urbanísticas y sociales el barrio comenzaba a arrastrar ya desde los años 60-70 un cierto estigma social. Especialmente dura para el barrio fue la muerte en 1984 de un niño del barrio, de 8 años, Miguel Ángel Díaz,  en un colector de aguas que no tenía ninguna protección junto al grupo Urdánoz. En 1984 ya se proyectaba en el PGOU instalar en el término de Echavacoiz, la nueva estación del tren eliminando así el bucle ferroviario actual. Al filo del nuevo siglo cerraba el colegio del Sagrado Corazón y se trasladaba la ikastola Jaso, quedando también abandonado el convento de las Carmelitas.

El barrio que había ido creciendo desde su anexión, de los 500 habitantes a los 2.385 en 1960 y a 4.482 en 1970  fue perdiendo población, ya que los vecinos abandonaban la zona en cuanto podían, pasando a 3.800 habitantes en 1986 y  a 3.600 en 1996. En 1989 se aprobaba el plan de Echavacoiz Norte, con unos estándares de calidad muy  diferentes a los de la zona Sur. Sin embargo se perdió la oportunidad de unificar e integrar social y urbanísticamente el barrio creando con la nueva urbanización una mayor desigualdad y profundizando en la estigmatización de la zona sur. La tendencia al despoblamiento del barrio se invirtió cuando se construyó a finales del siglo XX la mencionada zona de Echavacoiz Norte, subiendo la población hasta 4.700 habitantes en 1999 y hasta 5.600 en 2.008.  Echavacoiz posee actualmente casi un 20% de población extranjera y a pesar de algunos  avances como la   mejora de las fachadas del grupo Urdánoz, la puesta en marcha del ascensor urbano (2013) o el adecentamiento de la ribera del río Elorz y otros logros conseguidos por la movilización vecinal sigue siendo junto a La Milagrosa actualmente uno de los barrios más olvidados por la ciudad, estando a la espera de su bien merecida revitalización.

Ya he comentado que en 1984 se hablaba de instalar en el barrio  la nueva estación del tren. En 2002 el Plan Municipal volvía a plantearlo desembocando dicho proyecto y otros equipamientos y dotaciones en el PSIS de 2006. El PSIS de la nueva estación del TAV así como el convenio firmado para el traslado de Inquinasa que permitirían mejorar el desarrollo y la planificación de este barrio de la ciudad está, de momento, paralizado y no parece  tener muchas posibilidades de salir adelante al menos en el  corto o medio plazo, debido fundamentalmente al proceso de desaceleración económica que hemos sufrido  los últimos años. Dicho plan urbanístico preveía la construcción de viviendas, más de 8.000, la mitad de protección oficial, con varias torres, una de 100 metros, oficinas, industrias y la futura estación del TAV, un área tecnológica, un área dotacional y deportiva, una zona comercial y un centro de interés regional, además de mejorar el acceso a Pamplona, con seis carriles,  en la avenida de Aróstegui. El coste de la urbanización se estimaba en torno a los 347 millones de euros, incluyendo el coste de las obras y las indemnizaciones y duraría entre 6 y 8 años.

Fotos por orden de aparición: Nº 1: Vista general de Echavacoiz, Mauro Ibañez. 1876 Nº 2: Anexión de Echavacoiz a Pamplona. 8 de septiembre de 1953. Foto Galle, la foto nº 1 y nº 2 extraidas del libro Pamplona, calles y barrios. J. J. Arazuri, Las fotos Nº 3, Nº 4, Nº 7, Nº 8, Nº 11 y Nº 12: corresponden a las ortofotos de los años 1929, 1945-46, 1956-57, 1966-71, 1982 y 1999.200, Las ortofotos recopiladas pertenecen a la serie histórica del SITNA y están siendo utilizadas bajo los términos de la licencia Creative Commons – (CC-by 3.0). Fuente de los datos en el caso de las ortofotos: Gobierno de Navarra. Las fotos Nº 5, 6, 9 y 10 son fotos del barrio de Larrascuntzea cedidas por Miguel Zamora Diaz. Nº 13: obrasespeciales.com, Nº 14:Pamplonaactual.com

Aquellos vendedores ambulantes: barquilleros, heladeros, castañeros y churreros

Hace unos días ví una hermosa foto del archivo fotográfico de José Castells Archanco, cuyo autor es Galle que adjunto junto a este párrafo, -me atrevo a creer por la vestimenta de los hombres situados a la izquierda de la foto- que puede ser de los años 50 o primeros 60, tomada en la plaza del Castillo, frente al Iruña, que tiene a la figura del barquillero como protagonista y que ha removido en mí antiguos recuerdos infantiles que voy a intentar plasmar, amen de hablar de estos y otros vendedores ambulantes, muchos de ellos, sobre todo heladeros y churreros,  también tenían sus tiendas fijas o solo tiendas fijas, y fueron, como pocos, reflejo de nuestras viejas costumbres, de la Pamplona de antaño, esa Pamplona que con cariño y a veces, porque no,  con nostalgia, este blog intenta captar y recuperar. Vinculada al oficio de lo barquilleros nos queda la calle del mismo nombre, denominada así por acuerdo del pleno del 13 de noviembre de 1936, ratificado en el pleno del 24 de marzo de 1937 y que dió nombre a la vía comprendida entre la calle Dos de Mayo y el Portal de Francia, entre la traseras del lado derecho de la calle del Carmen, según sube del Portal, y el antiguo convento de las Adoratrices, hoy el hotel Pamplona Catedral y que vemos en la siguiente foto del fondo fotográfico de Leoncio Urabayen datada en los años 30.

Al terminar la tercera guerra carlista, en 1876 llegó a Pamplona, procedente de San Pedro del Romeral, en el valle del Pas, provincia de Santander, José Gómez López  al que se le unió más tarde su esposa Josefa Martínez. Según dice J.J. Arazuri en su libro «Pamplona, calles y barrios», el matrimonio se asentó en el nº 17 de la calle del Carmen, en cuya trasera inició la elaboración de barquillos y helados para su venta por las calles y plazas de la ciudad,  además de en posadas y hoteles. Ambos fallecerían con un intervalo de apenas dos días en enero de 1933. En 1952 figuraba como titular de la fábrica de barquillos, Amalia Gómez, hija del matrimonio. Amalia fallecería en 1960. La vieja casa del número 17 de la calle del Carmen, la casa de los primitivos barquilleros, fue derribada y sustituida por un moderno edificio  en 1972, desapareciendo  su acceso a la calle Barquilleros. Sin embargo aun quedarían otros barquilleros como Feliciano Martínez, con domicilio en el nº 6 de la Bajada del Portal Nuevo o Salvador Sainz Revuelta primero en Tejería y luego también en la Bajada del Portal Nuevo. De hecho la citada casa, ubicada en el nº 6 de la calle, la conocimos durante mucho tiempo como Casa de los Barquilleros, una casa construida en el siglo XIX con tejado a cuatro aguas y cuatro miradores, que contaba con tres plantas de 300 m2 cada una. Desde el año 2006 ha sufrido cinco incendios estando actualmente muy deteriorada. José Revuelta, el tercer fabricante de barquillos de la ciudad estuvo primero en el nº 10 de Lindachiquia y luego en el nº 11 de San Gregorio.

Los barquillos eran unos dulces de masa de trigo horneados sin levadura y endulzados con azúcar y miel, con origen probablemente en alguna dependencia religiosa que habría pasado a la cultura popular. Su forma era plana y fina y por la forma del molde tenían un perfil acanalado similar a un barco, de donde le viene por analogía el nombre. Actualmente se presentan también en forma de canuto. Tradicionalmente los barquilleros llevaban sus cestas cilíndricas con barquillos y una ruleta en la que los compradores podían probar suerte. El juego consistía en dar vueltas a una rueda que apuntaba a diferentes números y si acertabas podías recibir algún barquillo de regalo. Desde mi infancia en que asocio su presencia a ferias, fiestas y verbenas recuerdo que pasaron décadas sin que volviese a ver un barquillero, sin embargo creo que a principios de este siglo volvió a recuperarse la tradición del barquillero, situándose en sitios céntricos, como antaño,  mayormente en el Paseo de Sarasate, en su confluencia con la  calle San Miguel. Por otra parte, recuerdo una barquillería chiquita en la esquina sureste de la plaza del Castillo justo entre el Casino Eslava y la Tropicana.

Los barquillos y los helados han estado siempre emparentados. La base del cucurucho era y es de barquillo, quien que no tenga algunos años no se ha comido un cortado de vainilla o de limón emparedado entre dos barquillos planos. De hecho aquellos pioneros barquilleros como José María Martínez que vemos en la foto que abre la entrada, también eran heladeros. A principios de siglo Mariano Pérez, de «Sucesores de Puyada», vendía hielo y helados además de chufas y horchatas en su establecimiento de la calle Zapatería, nº 15. En los años 20, junto  a este establecimiento  encontramos ya, en el ramo,  todo un clásico, «El Buen Gusto» en el nº 14 de Chapitela. Era además de heladería, horchatería, chufería y turronería. También encontramos  «La Polar» en el nº 29 de Estafeta y a José María Vilar, «El Valenciano» en el nº 38 de San Gregorio, cerca del actual Kaixo. La heladería Nalia, situada en el nº 4 del Paseo de Sarasate se inauguró en el año 1939, y era propiedad del comerciante y empresario local Nicanor Mendiluce Martínez. Desde el primer momento, sin embargo, la heladería la gestionó  José Serrano Molina, maestro heladero y turronero con el que comenzó una saga de heladeros alicantinos de la misma familia que nos lleva hasta la Nalia de hoy en día pasando antes por su sobrino,  Vicente Serrano Más, maestro heladero que dedicó toda su vida laboral desde su juventud hasta su jubilación en el año 2010. Actualmente  al frente de la heladería está su hijo  Vicente Serrano González que continua el negocio  familiar. De aquellos primeros años ofrezco unas fotos que he encontrado en el Instagram de Nalia. Más adelante, en el nº 32 de Sarasate y desde los años 40 estaba la Heladería Italiana,  sus propietarios eran italianos de verdad, su dueño se llamaba Eugenio Bez Dal Molin, así como lo oyen. En los años 50 podíamos encontrar la «Heladería Alaska» de la plaza del castillo, «La Vital »  en Sarasate a las que cabría añadir los ya históricos «Nalia», «El Buen Gusto» y la familia Vilar, ahora de la mano de Modesto, en la calle Jarauta, sin olvidar a Mercedes Orquin en el nº 7 de Pozoblanco y a Andrés Martínez en Navas de Tolosa. En el nº 20 de Calceteros, hoy sería el 10 de Mercaderes,  donde desde hace más de 35 años tiene su tienda Ana García, había una heladería a nombre de Gonzalo Sola. También habría que citar a Victorino Crespo con fábrica y tienda de helados en el Ensanche.

De todos aquellos heladeros  todos o la mayoría, creo recordar,  tenían un local y muchos vendían por las calles y plazas con sus carros, el más popular, el que dejó un mayor recuerdo en la ciudad fue Eliseo Sanchiz Sanz, haciendo las delicias de varias generaciones de pamploneses. Yo aun recuerdo de niño, algunos veranos, en los que algún  flamante heladero, como Eliseo,  acarreaba aquellos curiosos carricoches por las calles de los que extraían aquellas bolas de helado que, montadas  en un  crujiente cucurucho, se derretían en nuestras bocas.   Eliseo nació en la localidad alicantina de Bañeres, en la comarca de la Hoya de Alcoy, en una familia de once hermanos en el año 1904. A los veintipico años Eliseo se trasladó a Pamplona. La falta de trabajo en su tierra  le obligó a ello. Vino a nuestra ciudad como vendedor de helado trabajando para «El Buen Gusto» de la calle Chapitela  a  finales de los los años 20, antes de la guerra civil,  y lo haría después para «La Vital» de Sarasate. Su primera tienda estuvo ubicada en la calle Lindachiquía, donde también vivía.

Cuando su amigo Juan Arbizu, de las Cafeterías Delicias, al que me he referido en otra entrada, dejó el puesto de golosinas de la estación, a principios de los años 40, se lo ofreció a él. Como no podía compartir ambas ocupaciones, -la heladería en el centro y el trabajo en la estación-,  se trasladó a la Rochapea, a la Avenida de Guipúzcoa, donde trasladó su domicilio y puso la tienda que conocimos hasta finales de los 90 (1999). Allí durante muchos años se vendía  de todo, como en un colmado, pero sobre todo helados, golosinas, pan, leche, etc. O al menos es lo que recuerdo yo pues no en vano «Dulces Eliseo» formó parte de mi pequeño universo y vivencia personal. En la estación vendía pastillas de café y leche «Las dos cafeteras», peladillas, garrapiñadas y caramelos.  Me acuerdo también de aquel carro aunque en esos años (finales de los 60) el ya no estaba, había fallecido. De carácter afable y bonachón le agradaba contar historias a los más pequeños. Cuantas veces le habrían hecho rabiar con sus trastadas y regateos. Con su original vehículo mitad moto, mitad carro visitaba el exterior de los colegios buscando a su natural clientela: los institutos de la plaza de la Cruz, Jesuitas, Escolapios, Salesianos, etc. Eliseo fallecía el 20 de febrero de 1966 a las ocho y media de la mañana en la estación del Norte bajo las ruedas del convoy ferroviario que salía para Alsasua, con apenas 62 años. Su triste final conmocionó a muchos pamploneses. Tras su muerte la familia seguiría con el negocio y dejaron de hacer helados y se dedicaron sobre todo  a hacer  palomitas que repartían por todos los cines de Pamplona. Derribada la casa de la avenida de Guipúzcoa en 1999 se trasladaron a la vuelta, junto al antiguo bar La Cabaña, hoy un kebab, donde permanecieron desde 2001 a 2014 que la tuvieron que cerrar por motivos familiares y de salud.

También debería recordar a Juan Más Valdes, más conocido como «El Alicantino» pues así rotulaba sus carros de venta. Juan Más Valdes  vivía en el nº 2 de la Bajada de Javier. Como Eliseo, trabajó para el establecimiento «El buen gusto» de la calle Chapitela, como atestigua la fotografía de la izquierda tomada en los años 20 en el bosquecillo de la Taconera. Llegó a tener una fábrica y tienda de helados en el nº 10 de la calle San Miguel. El helado fabricado lo vendía en la tienda y lo repartía a restaurantes y hoteles, como hacían los barquilleros y heladeros de la época. Pero también y a pesar de la distancia llevaba helados a los soldados del campamento de El Carrascal y fabricaba turrones para la venta como actualmente hacen Larramendi o La Turronería de la plaza del Castillo.

A  caballo entre la tienda fija y el vendedor ambulante, situo en mi mente a los quioscos, concesión administrativa de la institución municipal. Había, antes de la proliferación de quioscos, algunas personas que vendían juguetes y golosinas a los niños de entonces por las calles, como cuentan J.J. Arazuri y Antonio José Ruiz en su documental «Rincones y nostalgias de Pamplona». En aquellos quioscos de los años 40 y 50 se vendían pequeños juguetes y chucherías y posteriormente, en los años 60-70, en algunos de ellos también revistas y prensa. De entre aquellos quioscos de madera pintados de verde que yo recuerdo de mi niñez y primera juventud puedo citar los siguientes: el de la  plaza de San Nicolás, junto a la iglesia; el Rincón de San Nicolás, casi saliendo hacia  Sarasate; el de Calceteros, muy cerca de Mercaderes y Chapitela;  el de San Saturnino, junto a la iglesia del mismo nombre cuya fotografía adjunto;  el situado entre Mañueta, Curia y Navarrería, y los de Recoletas, no se si me dejo alguno, al menos de mi zona, pues seguro que en el Ensanche había muchos más que yo no frecuentaba. Posteriormente   en los años siguientes (años  70)  proliferaron muchos más, construidos ya en metal, con una base más estrecha que se iba ampliando hacia su zona acristalada. De estos recuerdo los de Plaza del Castillo, Plaza de Toros, Paseo de Sarasate, San Ignacio (había dos), San Francisco, Merindades, Antoniutti, ¿Príncipe de Viana?, etc).  También se instalaron en los barrios (Avenida de Zaragoza, etc) y como he dicho  junto a los productos mencionados (chucherías…) empezaron a introducir con profusión  revistas y prensa. Hoy apenas queda alguno abierto, tal vez el de San Ignacio de José Antonio Berdonces.

Mantienen, sin embargo su poder de atracción los viejos puestos de castañas asadas, tan asociados a los fríos días de invierno. Yo recuerdo desde hace muchos años sobre todo los de Comedias, Plaza de San Nicolás y Estafeta si bien el número de puestos concedidos por el consistorio ha superado, en ocasiones, la decena  (San Francisco, Merindades, Plaza de la Cruz, Antoniutti, San Saturnino, San Ignacio, etc). Los citaré por orden cronológico, de mayor a menor antigüedad los más conocidos. El puesto más antiguo lo ostenta Andoni Martínez, situado al final de la calle Comedias. Su locomotora humea en el lugar desde 1925. La puso en marcha su abuelo y en 1962 cogió el relevo su padre, Miguel Martínez, que estuvo con el puesto en Comedias durante 50 años hasta el año 2012. Andoni lleva solo cinco años en este lugar si bien atesora 20 años de experiencia con otra locomotora en la Taconera. Trabaja solo el fin de semana. Josemi López García lleva desde 1980 en el final de la Estafeta y durante un tiempo compaginó este trabajo otoñal con la venta de barquillos el resto del año  en el paseo de Sarasate. Hace mucho tiempo, en los años 50-60 en el lugar estuvo el Sr. Amado y su señora Paca, me comenta Antonio Ibañez Basterrica, la fotografía que se adjunta a la derecha es del año 1962. Miguel Martínez Chocarro ocupa desde 1991 su esquina de Merindades y parece claro que este oficio, como los anteriores, tiene cierta tradición familiar: su abuelo, su hermano y  su padre, trabajaron o trabajan en  este  sector. Joseba Echarri lleva desde 1992 en la esquina de San Ignacio con Cortes de Navarra, junto a la iglesia de San Ignacio. Joseba cuenta, además, cuentos  a los niños relacionados con el medio ambiente.  Mikel, el castañero, estuvo en la plaza de San Nicolás. En el siguiente párrafo hay una foto extraída de un calendario promocional suyo de 1999.  Desde 2003 Txumari Borda coloca su puesto en Conde Oliveto el último en llegar, pues lleva solo cinco años es Harold Nuin Gurbindo en la esquina de Mercaderes con Chapitela aunque atesora 33 años de oficio.

Termino este recorrido por esos viejos oficios que tenían mucho de ambulantes con las «olorosas» churrerías. De hecho aunque no sean los casos que nos ocupan en esta revisión, pues todas eran churrerías fijas, ¿quien no se acuerda de esas churrerías barraqueras de Sanfermines o de las fiestas de los barrios con ese entrañable olor a fritanga?. Y es que como decía el industrial local y procurador Lucio Arrieta el churro fue en Pamplona durante muchos años  «el pastel del pobre». A comienzos del siglo había en Pamplona tres churrerías fijas:  la centenaria churrería de la Mañueta de los Fernández, de la que hablaré con amplitud en el siguiente párrafo, otra en la calle Eslava, a nombre de Inés García,  y una tercera, al final de la calle Zapatería, en el nº 60, cuyo titular era la Vda. de Aguilar. Posteriormente en 1924 se instaló una nueva churrería en San Gregorio, de corta vida, y también hubo otra en Jarauta, 10, la Churrería «San Fermín» de Bernarda Abaurrea,  que tuvo una fugaz existencia. En los años 30 se instaló otra churrería en el nº 80 de la calle  Eslava, «La Estrella» dirigida por  José Roa. A finales de los 40  se abrieron nuevas churrerías: en San Gregorio, por Victorino Ganuza, el del Bar Ganuza, y en la calle Compañía   por Angel Velloso y Julio Suescun, mientras Elías  Fernández Olague sumaba a la veterana churrería de la Mañueta otras dos, la del puesto del Mercado que regentaba su esposa y otra en el nº 7 de la calle Amaya. Los Fernández Jimenez tenían, por su parte, sendas churrerías en el nº 3 de Mañueta y 53 de la Estafeta. Jose Roa continuaba con su churrería de Eslava, que regentaría luego su hija Aurora. En Paulino Caballero encontrábamos la churrería de Julio Esparza.

El 13 de diciembre de 1872, Juan Fernández Calero, natural de Cientruénigo abría la churrería en el nº 13 de la calle Curia. En 1890 la churrería se trasladaba al nº 8 de la calle Mañueta. Célebres fueron sus gigantes, que hizo en colaboración con Pedro Trinidad y que desfilaron por las calles de la vieja ciudad de la Navarrería en contadas y celebradas ocasiones, en 1905,  en las fiestas de San Fermín Chiquito y en otras extraordinarias circunstancias y de las que hablé extensamente en el nº de septiembre de 2018 de la revista «Conocer Navarra». El habilidoso Elías hizo otras curiosas construcciones para fiestas y carnavales como  un barco en tierra firmen o un paraguas gigante que apenas podía pasar por la calle San Miguel. A Juan le siguió en el oficio, desde joven, su hijo Elías Fernández junto a su mujer Faustina Martínez. Inicialmente la churrería funcionaba condicionada por el horario del Mercado. Abrían también domingos y festivos. Y participaban en el Real de La Feria, instalada en aquel entonces, cerca de Padre Moret, en la parte trasera del actual Gobierno Militar, donde estuvo el Estadio General Mola. Allí  trasladaban sus bártulos y demás parafernalia churrera,   con 40 empleados, utilizando más de 10.000 kilos de harina y 5.000 de litros de aceite para hacer unos 180 kilómetros  de churros cada sanfermin. La posguerra afectó duramente a la churrería, por la escasez de materias primas y el racionamiento. Durante 6 o 7 años sólo se podían hacer churros los días que había encierros. Poco después les dieron permiso para trabajar los domingos y, más tarde, los sábados. Doña Faustina llevaba también el puesto de churros del Mercado. En 1953 se retira Elías Fernández, después de casi 60 años en el oficio continuando su mujer  Faustina con el negocio. Elías   fallece  en agosto de 1960. En los año 40  abrieron una churrería en el nº 7 de la calle Amaya, en las casas baratas de Andrés Gorricho,  que cerraron  en 1963. En 1972 conmemoraron el centenario con multitud de actos festivos y la salida de sus gigantes  que no lo habían hecho desde 1948. En 1936 la docena de churros costaba 40 céntimos, en 1972, 12 pesetas. En 1969-70 dejaron de trabajar los días laborables pues ya no era rentable, abriendo a finales de los 80  tan solo 15 o 16 días : en San Fermín y  unos pocos días al año, antes de las fiestas de julio y los domingos de octubre. En 1986 moría doña Faustina, quedando al mando del negocio su hija Paulina Fernández y su marido Josetxo Elizalde, la tercera generación que colabora actualmente con la cuarta generación en esos escasos días  en que abren para su  público. La docena de churros costaba en 1986, 180 pesetas, once años más tarde, en 1997, costaban 550.

Fotos por orden de aparición: Nº 1: Foto del barquillero José María Martínez, sin filiar y sin datar. J.J. Arazuri. Pamplona, calles y barrios, Nº 2: Plaza del Castillo. Años 50¿?. Foto Galle. Archivo José Castells Archanco, Nº 3: Calle Barquilleros. Años 30,  Leoncio Urabayen (1952). Biografía de Pamplona, fig. 86. http://fotografiasurabayen.unavarra.es/ Universidad Pública de Navarra. Biblioteca. Fondo Leoncio Urabayen. Licencia CC BY-NC-ND 4.0.  Nº 4: Casa de los barquilleros. 2006. http://ketari.nirudia.com (licencia CC BY-SA) , Nº 5:  Barquillero. Sin datar, Foto José Castells Archanco, Nº 7 y Nº 8: Archivo Heladería Nalia, Nº 9: Calle Chapitela. Años 20. Archivo Municipal de Pamplona, Nº 10. Dulces Eliseo enla Avenida Guipúzcoa. Años 90. Foto Alberto Crespo. Revista Ezkaba, Nº 11. Motocarro de Eliseo. Foto Calleja y Lafuente, Sin datar. Nº 12: Eliseo en el centro de Pamplona con su bicicarro de helado. Sin datar ni filiar, Nº 13: Juan Mas con su carro de «El Buen gusto». Años 20, en el Bosquecillo. Nº 14: Kiosko de San Saturnino. Archivo José Castells Archanco, Nº 15: castañera de la Estafeta. 1962. Archivo Antonio Ibañez Basterika, Nº 16: Foto del castañero Miguel Martínez  https://turismonavarra.wordpress.com/2014/11/01/castanas-asadas-y-los-castaneros/, Nº 18: Miguel Martínez Chocarro  con su locomotora en la plaza de Merindades. https://cuatrogatosfcom.wordpress.com/tag/castanero/ Nº 19: Churrería de la Mañueta. Sin datar ni filiar. Probablemente años 50 y de José Galle, Nº 20: Josetxo Elizalde, marido de Paulina en la churrera con sus nietos Elas y Ohiana en 1983. Foto Mena. Archivo Diario de Navarra

La Iglesia de Santiago de la Chantrea (1969)

En este blog me había referido únicamente de forma monográfica a una iglesia extramuros, la iglesia de El Salvador, en mi barrio. En esta ocasión me referiré a una iglesia de la que, de niño, yendo a casa de mis tíos paternos siempre me sorprendía su extraña geometría tan vanguardista (como una gran tienda de campaña trapezoidal), años más tarde la vería a menudo todos los días cuando estudiaba el bachillerato en el cercano instituto Irubide, construido un tiempo después de la iglesia. Me estoy refiriendo a la Iglesia de Santiago de la Chantrea. La iglesia había sido proyectada en 1966 por Javier Guibert, -tras su separación profesional de Fernando Redón con quien había compartido años atrás la firma de muchas obras destacables en la ciudad-, y fue inaugurada en 1969. Colaboró en el cálculo de estructuras del edificio el ingeniero Javier Manterola. Con un coste de 11 millones de las antiguas pesetas la obra sufrió algunos parones, contribuyendo muchos parroquianos con sus aportaciones que iban desde las 25 a las 400 pesetas. Cuando se inauguró el templo, a finales de los años 60, la zona contaba con 4.000 feligreses de los que el 22 por ciento eran niños menores de siete años. Inicialmente junto al centro se iba a levantar un monumento al Sagrado Corazón promovido por los Jesuitas, aunque finalmente esta obra  no se llegó a realizar. En dicha parroquia  nació la Coral de Santiago que actuó por primera vez en 1977 durante la procesión de San Fermín. Rescato algunos datos sobre esta iglesia de la revista «Informes de la Construcción» de la que he tomado prestadas algunas fotografías, las que aparecen junto a siguiente párrafo y trás el  final del artículo, las tres primeras son de la construcción.

La impresionante cubierta de la iglesia se apoya en cuatro pórticos metálicos, (uno es plano y los otros tres no), y sobre cuatro muros de hormigón armado, (dos son verticales y los otros dos inclinados). La luz que atraviesan los amplios ventanales se dirige o concentra en el altar donde hay un sagrario de bloques de madera poligonales, sencillos, presididos por una única imagen del Cristo Crucificado. Se buscaba que la liturgia se celebrase ante una asamblea de fieles próximos al  altar sin obstáculos de por medio, por lo que se dio mucha importancia al altar y al presbiterio. La estructura es mixta, de hormigón armado en muros y contrafuertes y metálica en pórticos atirantados y en techos; cubierta a base de aluminio anodizado; techo de placas de hormigón blanco aligerado; cerramientos modulados con tubos metálicos, hormigón y doble vidrio; madera de Elondo en carpinterías y confesionarios y pavimento de terrazo blanco. Y concluye el informe: «Toda una serie de aciertos constructivos, formales y técnicos —iluminación artificial y natural, disposición del coro, configuración y situación del baptisterio y de los confesionarios, condiciones acústicas, etc.,— hacen de esta iglesia un edificio notable y un verdadero logro arquitectónico, en el que se aúnan la sencillez, el funcionalismo, el  simbolismo, el alarde estructural y el respeto a las normas litúrgicas vigentes.

     

Fuente y fotografías: Informes de la Construcción Vol. 23, nº 229. Abril de 1971. CSIC.  Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc)

Pamplona en la 2ª mitad del siglo XIX (1863-1893)

En vísperas de abrir una nueva sección con todo tipo de artículos  en el blog (comercios, prensa, política, etc) en los que se disertará sobre la Pamplona de la segunda mitad del siglo XIX, inauguró con esta entrada un tanto general la citada sección dando unas pinceladas de la ciudad que podíamos encontrar nada menos que un siglo y medio atrás. Me baso para ello en la prensa local de la época, la guía de la ciudad de 1863 de Pedro de Alejandría, algunas notas escritas por Modesto Utray en 1936 que recogió J.J Arazuri en su publicación de 1962, «Pamplona hace 90 años» y las guías comerciales que he encontrado en la Biblioteca Nacional de 1879 a 1888. Abro la entrada con una foto panorámica general de la parte sur de la Plaza del Castillo, realizada a partir de tres placas expuestas el mismo día y con la misma máquina fotográfica, probablemente del año 1862 o 63, fecha en que doy comienzo a este breve repaso de la Pamplona de la segunda mitad del siglo XIX, una Pamplona que comenzó este período todavía sin luz eléctrica (llegaría a la ciudad en 1888), con coches de caballos por las calles, con una población hacinada dentro de las murallas, con graves problemas de higiene y  de pobreza.

Una Pamplona, que había vivido de cerca, a lo largo del siglo, dos guerras y que viviría, en este período, una tercera  entre los ejércitos carlistas y liberales. Una guerra que, bajo la disputa del trono, representaba, en realidad, el choque de unas  ideologías  absolutamente opuestas  en la época: el liberalismo reinante y el carlismo, un carlismo  que bajo el lema «Dios, Patria, Rey» defendía una monarquía con un marcado carácter absolutista, un catolicismo conservador  y un pretendido foralismo. Y digo pretendido porque sería simplista identificar el carlismo y la defensa de los fueros a pesar de que evidentemente el carlismo instrumentalizó la defensa de los fueros en nuestra tierra. De ello, del carlismo, de las corrientes foralistas y del surgimiento del nacionalismo vasco en Navarra, precisamente en estas fechas, hablaré, con amplitud,  en otra entrada del blog.

En 1863 era gobernador civil de la provincia el Vizconde del Cerro. Tenía su sede el Gobierno Civil en el nº 12 de la calle Taconera, donde encontramos ahora el Rincón de la Aduana, con una segunda  puerta accesible desde el nº 15 de la calle San Francisco, frente a la que después sería la Estación del Irati en Taconera. Presidía el Gobernador el llamado Consejo Provincial y los Comités de Estadística, Fomento, Instrucción Pública y Comisaría y Celaduría de Vigilancia Pública, también la Junta de Gobierno de la Beneficiencia Provincial que incluía el Hospital y la Casa Inclusa y Maternidad, el primero situado en el edificio del actual Museo de Navarra y las segundas en la calle del Carmen. En el Gobierno Civil se encontraba la Aduana y la Administración y Tesorería de la Hacienda Pública así como la administración de propiedades y derechos del Estado. En el Gobierno Civil se encargaban, pues, del cobro de algunas tasas e impuestos, aduanas, contribuciones, pasaportes y un largo etcétera entre las que cabe recordar los sellos de franqueo y recibo y los pagos para la redención del servicio militar.  Y es que en aquel entonces las clases más pudientes pagaban a personas de extracción más humilde para que sus hijos no fueran al servicio militar. Acompañan a este párrafo una foto  del final de la calle de Merced, con la muralla de Tejería al fondo, algunos años antes de su derribo (la foto es de la primera década del siglo XX) y otra foto de la calle de la Taconera, al fondo el hoy llamado Rincón de la Aduana, donde estaba la Aduana, las traseras del Palacio de Armendariz y el Palacio de Vesolla antes de su restauración. Esta foto es de 1894-96.

La Audiencia Territorial de Pamplona estaba situada en la plaza del Consejo y junto a ella, en el nº 41 de la calle Tecenderías se encontraba  la cárcel provincial, antes de su traslado a San Juan. En una de las dependencias de la cárcel estaba instalada la Prevención, depósito municipal o perrera. Cuando se trasladó la cárcel a San Juan en el año 1907, la prevención o perrera se trasladó a la plaza de Santa Ana y en 1923 a la calle Aralar. La Audiencia se trasladó en 1898 al extremo noroeste del Paseo de Valencia. Y la Casa de Correos la encontrábamos en la plaza de la Constitución. El Almudí o mercado de granos estaba situado en la plaza San Francisco, la Alhóndiga o Descargue,  donde se descargaban todos los  líquidos que llegaban a Pamplona, en la calle San Ignacio nº 4, donde en 1885 se instalaría el Banco de España, el pósito de granos y los hornos del Vinculo en el Paseo de Valencia, el peso municipal en la Casa Consistorial, el Mercado de cerdos en el nº 39 de Pellejerías, las carnes, pescados, verduras, leche, volatería y huevos en la plaza de Carnicerías y los frutos secos y del tiempo en la plaza de la Fruta, donde también estaba el Consistorio, actual plaza del Ayuntamiento, (en 1866 el Ayuntamiento acordó cambiar el nombre de plaza de la Fruta por el de plaza Consistorial), el matadero de cerdos en el nº 44 de Santo Andía. Las ferias de ganado caballar y vacuno se celebraban extramuros de la puerta de san Nicolás y la Casa de Baños se encontraba en el nº 28 del Paseo de  Valencia.  La foto de la derecha de la  plaza de la Fruta es anterior a 1864. La de la izquierda, bastante desconocida, está tomada desde el comienzo de la calle San Francisco y en ella vemos el viejo caserón de la cárcel, y lo que entonces era la plaza de San Francisco. Al fondo se divisa una casa de la calle Nueva.

La Diputación Foral estaba, como ahora, en la entonces calle de San Ignacio, siendo secretario de ella, D. José Yanguas y Miranda,   la capitanía y comandancia general de la Plaza en la calle, -hoy Cuesta-,  del Palacio, siendo capitán general en 1863 D. Antonio Mª Blanco y comandante general D. Francisco Ortigosa. La primera foto que acompaña a este párrafo es una foto de un cuadro de Petit de Meurville, cortesía de José Luis Los Arcos,  que representa la calle de San Ignacio en las tempranas fechas de 1847-1855. En la Ciudadela se encontraban los cuerpos de Ingenieros y Artillería, con su correspondiente dotación de Infantería, y las oficinas de Intendencia Militar las hallábamos en el nº 61 de la calle de Estafeta. Había además de las dotaciones de la Ciudadela dos cuarteles militares más en la ciudad: el de Caballería en la calle San Ignacio, junto a la puerta de San Nicolás, y el de Infantería en la calle de la Merced. Los carabineros tenían su sede en la calle Salsipuedes, junto a la plazuela de San José, y el de la Guardia Civil en el nº 88 de la calle Mayor. Había por último un cuartel provincial o reserva en el antiguo convento de Carmen junto al portal de Francia, donde se acumulaba la paja y cebada para la caballería del ejército. La foto de Roldán y Mena de la derecha,  que muestra el enorme edificio del convento de Carmen Calzado a la derecha de la silueta de la Catedral,  data de 1880.  Y el Hospital Militar, por último, algunos todavía recordamos sus últimos días,  estaba en la calle de Santo Domingo. Ocupaba por aquel entonces  el Obispado el ilustrísimo señor D. Pedro Cirilo Uriz y Labairu y las oficinas de clero se localizaban en las calles Navarrería, (nº 37) y Dormitalería (5 y 46). Cuatro eran las parroquias en las que se dividía la ciudad: San Saturnino, San Nicolás, San Juan Bautista y San Lorenzo. Había otras iglesias como las de San Agustín, Santo Domingo, la del Hospital Provincial, las Beatas de la enseñanza pública de niñas, las Recoletas, Descalzas, Maternidad y capillas como las de San Fermín de Aldapa, Monasterio de San Pedro, y las más pequeñas de San Martín, Santa Ana, Virgen de la O, San Ignacio y Misericordia.

Seis eran las puertas de salida de la ciudad: la de San Nicolás a la cual se llegaba desde la calle San Ignacio y desde la cual partían dos carreteras: una conducía a Francia y la otra a Zaragoza, pasando antes por Tafalla, Olite y Tudela; la de Taconera, cuya carretera llevaba a Logroño, pasando antes por Estella y Viana y a la cual se llegaba desde la calle Mayor atravesando el Bosquecillo de la Taconera; la Puerta o Portal Nuevo que conducía a la carretera a Vitoria y San Sebastián, a un kilómetro de su salida así como a la estación del tren inaugurada tres años antes y al barrio extramural de la Rochapea; la de Rochapea conducía al barrio o arrabal del mismo nombre, donde se encontraba el rastro de Carnicerías, la fábrica de harinas del señor Alzugaray, la fábrica de Gas, que producía gas y que era conducido por un sistema de tuberías a la ciudad y era utilizado para el alumbrado e imaginamos que para uso culinario, la fábrica vendía además alquitrán, carbón de cok y agua amoniacal obtenidos como residuos de la destilación del carbón de hulla.  Adjunto a este párrafo dos fotografías, una de 1895, de la parte interior del Portal de San Nicolás, obra de Mauro Ibañez y la otra del Portal de la Rochapea de José Ayala, de comienzos del siglo XX.

En la Rochapea había fábricas para el blanqueo de la cera, lavado de lanas, fábricas de curtidos, velas, cerveza, almidón y fideos, fundición de hierro, huertas, posadas, estancos y tabernas; la puerta o Portal de Francia conducía al barrio de la Magdalena, y la zona de Aranzadi, -alrededor del meandro se encontraba el convento de monjas de San Pedro, un tejar, una fábrica de fósforos, tejidos de lino y depósito de leña-,  y por último la Puerta de de Tejería, cerca de la cual se encontraban la fábrica de fundición y maquinaria  de Pinaqui y Sarvy así como fábricas de curtidos y azulejos. Las puertas eran cerradas al anochecer, previo aviso de tres toques de corneta y se levantaban los puentes levadizos. En 1876 los portales de San Nicolás y de Taconera quedaban abiertas una hora más durante los días de faena de la trilla y durante las fiestas de Villava y Huarte. De noche solo quedaba abierto el de Rochapea pero el 15 de diciembre de ese año se ordenó dejar abierto el Portal Nuevo en vez del de Rochapea. En cada puerta había un cuerpo de guardia y de noche, en cada hora, el jefe de guardia gritaba desde el retén «centinela, alerta…» que era respondido  por los demás centinelas hasta llegar al último que gritaba, «alerta está…». Las fotos que adjunto a este párrafo son la 1ª de Julio Altadill de 1895 y muestra la Rochapea más cercana al puente de Curtidores, además de muchísimos detalles interesantes:  de izquierda a derecha, el baluarte de Gonzaga, la Cuesta de la Reina, el puente de Curtidores, la plaza del Arriasko, las lavanderas y al fondo la chimenea de la antigua fábrica de gas y la 2ª de 1890 del puente de Cuatro Vientos con la casa de Domingo Chiqui y la Estación del Norte al fondo.

Entre las calles que había entonces y que hoy no existen, al menos en su actual configuración y/o nombre, estaban las de Bolserías, (actual San Saturnino), Bajada de Carnicerías, hoy correspondería a la bajada junto a la plaza de los Burgos, la de Pellejerías,  (hoy Jarauta) y Tecenderías,  (actual Ansoleaga). La plaza del Castillo era la plaza de la Constitución y como he dicho antes,  la Consistorial, plaza de la Fruta y el Paseo de Sarasate, el Paseo de Valencia. Había cuatro belenas: en San Antón, Mayor, Pellejería y Descalzos; seis fuentes públicas: la de la Abundancia con la estatua de la Mariblanca en la plaza de la Constitución, la de Neptuno Niño en la plaza del Consejo, la de Santo Domingo en la calle del mismo nombre, la de Santa Cecilia en la confluencia de de Mercaderes, con Curia, Navarrería y Mañueta, la de San Lorenzo junto a la parroquia del mismo nombre y la del León junto a los jardines de la Taconera. Dichas fuentes se surtían del depósito existente cerca del Portal de San Nicolás y junto a la basílica de San Ignacio, procedentes de Subiza que llegaban a Pamplona a través del Acueducto de Noain. Abrevaderos públicos los había en la calle Santo Domingo, junto al portal de Tejería, en Santo Andía y Taconera junto a la mencionada fuente del León. En las calles, adoquinadas las principales,  durante la noche,  los serenos las recorrían una y otra vez  anunciando a viva voz la hora y el estado del tiempo: Las cuatro y lloviendo!. Por debajo de ellas había un alcantarillado del siglo anterior, la famosa mineta, en el que se recibían las aguas sucias de los vertederos de las casas y urinarios con los sumideros que tenían de trecho en trecho para recibir las pluviales y el sobrante de las fuentes y bocas de riego.

Entre las zonas de esparcimiento podríamos señalar el Teatro Principal, teatro municipal situado en la plaza de la Constitución, inaugurado en 1841 sobre uno de los solares del antiguo convento de las Carmelitas Descalzas, convertido en Teatro Gayarre en 1903. Sobre el telón aparecían los retratos de Tirso, Lope y Calderón y  del techo colgaba una enorme y elegante araña de luz de gas, hasta que que llegó el alumbrado eléctrico, disponía de butacas de color rojo, unos soberbios palcos principales, con palcos segundos y gradas o anfiteatros sin olvidarnos  del económico gallinero. Detrás de él,  en la calle Espoz y Mina, y también de propiedad municipal estaba la vieja  plaza de Toros, el Juego Nuevo de Pelota lo encontrábamos en el nº 12 de la calle San Ignacio, el trinquete de la calle San Agustín,  y otros frontones en la calle de la Pellejería. La Taconera y el Paseo de Sarasate se constituían en agradables zonas de paseo especialmente cuando el tiempo meteorológico era benevolente, que dado el clima de Pamplona no era muy frecuente. A finales de siglo podemos destacar la aparición de un circo-teatro en el nº 67 de la calle Estafeta donde más tarde se instalaría la central de la Sociedad Electra de Pamplona. Después el circo-teatro se hizo temporal y un tanto ambulante, instalándose durante los sanfermines, primero en una carpa en los glacis de la Ciudadela, cerca de donde hoy está el Parlamento de Navarra,  luego, en 1891, se trasladó  frente a la antigua plaza de toros,  en un barracón de madera. El teatro Circo Labarta, que vemos en la fotografía de la derecha,  fue arrendado más tarde por el empresario Belloch que organizó los primeros espectáculos de cine. En 1915 se quemó por completo desapareciendo.

La Junta de Beneficiencia Provincial que presidía el Gobernador tenía en la vicepresidencia al Obispo de la diócesis y a canónigos, diputados y consejeros provinciales, doctores y propietarios como integrantes. Al margen de los médicos, curas, nodrizas  servían en los centros dependientes de la Junta, -el Hospital y la Maternidad-,  las Hijas de la Caridad. Dependía de la Beneficiencia Municipal la Casa de Misericordia. Otras sociedades benéficas eran la Sociedad de San Vicente de Paul que celebraban sus juntas en San Fermín de Aldapa, capilla de Nuestra Señora del Camino y Basílica de San Ignacio y la de la Santa Familia formada por señoras caritativas y piadosas que acogían provisionalmente a las sirvientas que no tenían casa donde servir. La población, en general, vivía miserablemente y lo hacía, en muchos casos,  en pisos en alforja, con estancias a ambos lados del descansillo de la escalera, el retrete en el patio exterior y muchas habitaciones ciegas, poco iluminadas, con bombillas de filamento de carbón, frías habitaciones que se calentaban con braseros. El nivel de vida no mejoró un poco hasta pasada la primera guerra mundial, momento en que se produjo un ligero aumento de salarios. La construcción del Segundo Ensanche contribuiría de forma notable a reducir el hacinamiento de la población que vivía entre murallas, generando además un  aumento del empleo en la ciudad y en consecuencia  contribuyendo a elevar algo el nivel de vida de sus habitantes. En 1887 se había presentado el proyecto de ampliación del primer Ensanche  iniciándose el derribo de dos baluartes (el de la Victoria y el de San Antón)  y  la urbanización entre 1888 y 1889.

Había cocinas gratuitas en las parroquias de San Lorenzo en la que se daba de comer diariamente a más de 600 personas. Estaban en la última casa de la calle Mayor, esquina con Recoletas,  y en la parroquia de San Juan Bautista (esta última desde comienzo del siglo). La Meca daba también de comer por un real y  las parroquias de San Nicolás, San Saturnino y San Agustín repartían bonos de carbón, leña, alubias y pan. No había, en aquel momento, ningún tipo de protección social. Si te quedabas sin trabajo o padecías una larga enfermedad el recurso más socorrido al que se veía abocada la gente era la mendicidad. Ante las condiciones de higiene y hacinamiento   abundaban los parásitos en las casas y entre la población. La primera foto, de 1873, de Mauro Ibañez, muestra el lado oeste de la plaza con detalle de los establecimientos que allí estaban asentados. La segunda foto, de 1883-84, perteneciente al Archivo Municipal, muestra a una joven con una herrada en la fuente de la Beneficiencia de la plaza del Castillo

Entre las farmacias existentes en aquellos años en la ciudad tenemos la de Javier Blasco en el nº 22 de la calle Zapatería, la de Teodoro Inda en el nº 18 de Estafeta, la de Fernando Borra, en el nº 2 de Nueva,  (actual farmacia Maeztu), Manuel Esparza (Zapatería, 35), Viuda de Jadraque (Bolserías, 18) y Viuda de Landa, en Chapitela, 15. Cuatro eran las sociedades de recreo existentes, las cuatro en la plaza de la Constitución, el «Casino» encima del café de Matossi (Constitución, 37), el «Nuevo Casino» encima del Lardeli (Constitución, 37 y Espoz y Mina, situado este en la esquina de frente al Bar Txoko actual), «La Constancia» encima del Español (Constitución, 43), donde se abrió después «La Marina» y el «Kutz», y «Los Amigos» en el nº 11 de la plaza. No existía en aquel entonces el Pasadizo de la Jacoba. Los porches del «Café Español»  eran parecidos a los  que existen ahora  cerca de la antigua paraguería de Archanco (hoy cafetería «Delcastillo»), entonces no se había construido la Casa Garbalena y la del Iruña. Aunque se consignaban las sociedades en los cafés mencionados, sus salones eran independientes con sus porterías y dotación de sirvientes. Los cafés públicos de la plaza que existían, al margen de los mencionados Matossi, Lardeli (fundado en 1843) y «El Español» eran «El Larequi» en el nº 16 de Espoz y Mina, «El Amistad» en el nº 5 de la misma calle, «El Macías» en Estafeta, 45, «El Urrutia» en Estafeta, 49, «El Almudí» en Nueva, 69 y «La Aduana» en Taconera, 18. De estos cafés y casinos dimos cumplida  cuenta tanto Arazuri en «Historia, fotos y joyas de Pamplona» como yo en las entradas de este blog que dediqué a «los bares y tabernas de antaño». En la foto de la derecha de José Ayala, de la primera década del siglo XX,  vemos a unos chicos de clase acomodada jugando al diávolo en la plaza del Castillo.

Entre los periódicos de Madrid que se vendían en Pamplona estaban «La Igualdad», «La Correspondencia de España» y el carlista «La Reconquista». Entre los periódicos de Pamplona estaban «El Arga» de vida efímera, «El Eco de Pamplona» (llamado luego «El Eco de Navarra»), «El Lauburu y  «El Liberal Navarro», entre otros. El Juzgado de Paz estaba situado en el nº 6 de la calle (sic) de Valencia. En la instrucción pública podíamos encontrar  tres  seminarios:  el conciliar situado en las calles Dormitalería y Merced donde se enseñaba Latín, Humanidades, Filosofía y Teología; el Episcopal situado en la calle Tejería y el Colegio de San Juan de la calle Santo Domingo. Las escuelas municipales  se encontraban en el antiguo convento de la calle San Francisco donde además también estaban las academias de música, dibujo y escuelas de párvulos. Había otra escuela de niños en la calle Calderería. Las niñas tenían su enseñanza en la calle Pellejerías a cargo del Beaterio. Todas ellas dependían del municipio.

Entre los oficios y tiendas  existentes en la ciudad, empezaré por los oficios y aquí si haré gala de cierta exhaustividad, estaban: los albañiles, alpargateros, cordeleros, armeros,  alfareros, albeitares-herradores,  basteros, bauleros, boteros de odres, caldereros y fundidores de metales, canteros, picapedreros, carpinteros, carreteros, cerrajeros, cedaceros, constructores de tamices y cribas para limpia de granos, comporteros-toneleros, cordoneros y pasamaneros, curtidores, diamantistas joyeros y plateros, estuquistas, constructores de cielos rasos a todo lujo, ebanistas tapiceros, empedradores, estereros, esquiladores, fuelleros, gaiteros, guarnicioneros que hacían y componían atalages o arreos o guarniciones para coches y caballos, grabadores, hormeros, charolistas y constructores de coches, chocolateros-cereros, impresores, litografos, fábricas de naipes, hojalateros, organeros, pasteleros-confiteros, peluqueros-barberos, pintores-doradores y de edificios, plateros, peloteros, rosquilleros y buñoleros, relojeros de bolsillo y salón, relojeros de torres, fotógrafo retratista, sastres, silleros-torneros, sombrereros, tintoreros-quitamanchas, tejedores de lienzos, vaciadores de instrumentos cortantes, zapateros, zapatilleros de orillos de paños. Las tiendas abrían de sol a sol, no se cerraba al mediodía.

Había alogerias que eran tiendas donde se vendían aloja (bebida de agua, miel y especias), almacenes de quincalla fina, porcelana y cristalería, bazares de ropas hechas a la medida,  fábricas de guantes, almacenes y tiendas de moda, camiserías, cordonerías, sederías y quincallas, perfumerías e instrumentos ópticos, droguerías, almacenes de curtidos y al pelo, tiendas de ropas hechas, tiendas de ropas  baratas, prenderías de ropas y muebles, almacenes de frutos coloniales, comercios de lanas en rama, comercios de hierro, jabón, aceite y bacalao, aceite y jamón al por mayor y menor, almacenes de géneros de tejidos por mayor, depósitos de lienzos e hilazas, comercios de paños, telas de seda, merinos y tapices,  comercios de telas de lienzo, algodón y lana, tienda de lienzos y mantelería, ferreterías, dentro de las cuales se incluían almacenes de herramientas de las artes y oficios,  almacenes de papeles blancos y pintados (de la fábrica de Villava), vasija de media porcelana de la fábrica de Yanci, fábrica de espejos y cuadros dorados, fábrica de cuadros para retratos en fotografía, cuadros y estampería, fábricas y tejidos de lino, fábricas y depósitos de harinas, fideos, almidón y otras pastas, depósito de cristales de la Louisiana, fábricas y almacenes de velas esteáricas y de sebo, depósito de aceite de linaza, depósito de sanguijuelas, compra de trapos y hierro viejo; panderos, pelotas, cucharas y vajilla ordinaria; fábrica de cajas de cartón, comercios de libros, encuadernaciones, etc; vasija ordinaria, linos en rama, cestas escobas y útiles de madera para la recolección de granos. En la foto de la derecha, un anuncio de las primitivas maquinillas de afeitar, la Safety-Razor que se vendía en la Ferretería de los hermanos Campión.

También había fábricas de rosarios y engarces de cadenillas de plata; efectos para la limpieza de equipos y armamentos militares; claveterías; armeros y constructores de cajas de escopeta y fusil; composturas de paraguas y abanicos; almacenes de camas de hierro, muebles de ebanistería, depósito de marmoles, cocinas económicas y azulejos; cal hidráulica, almacen de yeso, carbón de piedra, despachos de vino generosos, despachos de nieve, fabricantes de cervezas, casas de vacas de leche, panaderías, fondas y posadas públicas, casas de huéspedes, abacerías, especuladores y comerciantes en granos, casas de préstamo, tiendas de vinos, aguardientes y aceite al por menor, almacenes de cubas, toneles y comportas, fondas económicas de alimentos guisados, escuelas privadas, colegios o enseñanzas de niñas y señoritas, escuelas de dibujo, maestros de lengua francesa, costureras en blanco y colores, lavado de encajes, comadres, comisionistas, alquileres de coches y caballos (con paradas en la casa fonda de Pascual Marcelino, en la plaza de la Constitución y de la de Otermin en la calle de Valencia) donde se encontraban además los ómnibus a la estación. En la foto de la derecha, de José Ayala,  dos chicos pasean con sus bicicletas por entre los ómnibus del Despacho Central de la Plaza del Castillo.

Pero ¿qué pasaba entonces en la ciudad?. En 1873 había abdicado Amadeo de Saboya y se había proclamado la I República en España. Por acuerdo municipal la Plaza del Castillo pasaba a llamarse plaza de la República y comenzó a imponerse cierto laicismo, suprimiéndose la educación de las niñas en  algunos colegios religiosos como el de las Dominicas. Los carlistas hicieron un nuevo pronunciamiento militar el 21 de abril de 1872 que dió comienzo a la tercera carlista (1872-1876). Los carlistas tratarían de conquistar Bilbao y Pamplona iniciando sendos bloqueos a estas ciudades. El bloqueo a Pamplona se inició el 27 de agosto de 1874, el 14 de septiembre cortaban el suministro de agua de la ciudad procedente de Subiza y el bloqueo se mantuvo hasta el 3 de febrero de 1875. La ciudad se vió afectada por la necesidad, el hambre y la falta de salubridad, por las calles no se veía ni un gato ni ningún  otro animal doméstico, el asedio llegó  a afectar hasta los entierros. El industrial local Salvador Pinaqui ideó un sistema de subida de aguas a través de un sistema  instalado en su fábrica.  Este logro que contrarrestó el corte de las canalizaciones por parte de los carlistas  fue celebrado en la plaza del Castillo como se muestra en  la foto adjunta del 6 de noviembre de 1874, con los gigantes de Tadeo Amorena, con apenas 14 años de vida,  junto a la Fuente de la Beneficiencia. Pinaqui fue reconocida con la medalla de oro municipal.  La cima del San Cristobal fue tomada durante los primeros días del bloqueo. Cesó el bloqueo en febrero pero sin embargo  los carlistas bombardearon la ciudad  en mayo y noviembre de 1875 a cuyos bombardeos   respondían las baterías de los cañones instalados en el Redín, de la que vemos una pequeña muestra en la foto de Mauro Ibañez de 1873, con un cañón de gran alcance rodeado por soldados.  Al día siguiente de la salida de Carlos VII por Valcarlos, entraba por el portal de Taconera el Rey Alfonso XII, «el Pacificador de España» como reza el arco de triunfo  erigido en su honor en la calle Chapitela, en febrero de 1876,   que vemos en una foto del siguiente párrafo de Mauro Ibañez. Desde 1876 a 1893 las negociaciones entre la Diputación y el Estado a propósito de la autonomía tributaria de la comunidad serán muy duras, culminando en la famosa Gamazada (1893-94).

Al calor del fuerismo de la época, algunos vascófilos notables crearon en enero de 1878  la «Asociación Euskara de Navarra». Inicialmente se definía como una asociación cultural y  apolítica,  centrada, sobre todo, en la preservación del euskera pero pronto desarrollará una marcada actuación política aunque   a través de algunos de sus más insignes representantes.  y de los periódicos «El Arga» y «Lauburu». La primera Junta Directiva de la Asociación estuvo formada por el sacerdote don Esteban Obanos como presidente; Fermín Iñarra como secretario, (lo fueron también Arturo  Campión e Iturralde y Suit que fue a la sazón uno de sus principales impulsores), Florencio de Ansoleaga, Estanislao de Aranzadi que también fue presidente, el abogado Salvador Echaide y Ramón Irurozqui. Estuvieron convocados a la reunión de creación de la Asociación  otras  personas como Nicasio Landa,  Aniceto Lagarde, Juan José y Joaquín Herrán, el marqués de Guirior, Nicanor Espoz, Antero Irazoqui,  Hermilio de Olóriz, Serafín Olave, etc que mantuvieron  diferente grado de vinculación con la entidad a lo largo de sus existencia. Se reunían en el nº 19 de la calle Pozoblanco. En el plano social la ciudad presentaba grandes desigualdades y las condiciones en que vivían una buena parte de la población eran miserables. Las primeras reivindicaciones obreras en Pamplona datan de 1855. En 1858 se creó una Sociedad de Socorros Mutuos de Artesanos. Sin embargo, es, paradójicamente, la burguesía de la ciudad la que se adelantó a crear sociedades obreras confesionales, con el fin de que los trabajadores no se afiliasen a sindicatos revolucionarios. El caso más llamativo fue el del Centro Escolar Dominical Obrero, creado en 1881, y cuya alma mater fue don Eustaquio Olaso. Otro caso parecido de sindicato confesional fue «La Conciliación» de la que hablaré en otra entrada del blog. Las fotos que acompañan al párrafo son una bellísima estampa de la plaza del Castillo, con la Estatua de la Mariblanca presidiendo la plaza, la embocadura del Paseo Valencia al fondo, con el edicio del Descargue, donde hasta hace unos años se encontraba la sede del Banco de España.

En 1875 un incendio destruía la antigua plaza de Abastos o Mercado, abierta 11 años antes en el edificio del antiguo Pósito o Almudí, así como los locales del Orfeón que estaban en la segunda planta del edificio, el Monte de Piedad, la Caja de Ahorros Municipal (fundada en 1872) y unos antiguos graneros que se utilizaban como salones de baile. Entonces no existía la plaza de Santiago. Entre la fachada posterior del Ayuntamiento y la iglesia de Santo Domingo había una casas viejas, (por ahí estaba la taberna de la Cancha),  y frente a la iglesia existía una  fuente con abrevadero. Esta fuente, obra del maestro de obras municipal José Mª Villanueva, del año 1856,  puede verse  hoy en la calle Descalzos, adonde se trasladó en 1877. En su lugar  se colocó una fuente de hierro que posteriormente se llevaría  a la plaza de San José, donde permanece actualmente. Al parecer había también un tunel que atravesaba la Casa Consistorial, desde Santo Domingo al Mercado y que aun podemos ver, parcialmente, en la fotografía de la derecha y que es bastante posterior al período estudiado, probablemente  de los años 40. En este año, los vecinos de Bolserías y Santo Domingo solicitaron al Ayuntamiento construyese una escalera en el antiguo túnel de la Casa Consistorial para facilitar el acceso al Mercado. Frente a las escalerillas de Jadraque había un pasaje con diversas tiendas. La plazuela de Recoletas era el punto del mercado de carbón y leña, si bien depósitos de ambos productos había en Taconera, 16 y  de carbón y de leña en la Magdalena. También en 1875 hubo un incendio en el Café Suizo de la plaza del Castillo. Por cierto, la primera de las fotos que acompañan a este párrafo, de Julio Altadill, anterior a 1894 nos muestra la antigua fachada pétrea y amurallada de la iglesia de San Lorenzo. Además de en los sitios mencionados vendían al por menor carbón en varias casas del barrio de la Pellejería. El centro de comunicaciones telegráficas estaban situadas en el nº 18 de la calle Taconera. Las oficinas para sacar los billetes de la estación del tren en el nº 50 de la calle Zapatería. En 1878  comenzaron las obras de construcción del fuerte de San Cristobal que se prolongaron hasta 1910.

En 1879, Pamplona tenía 22.856 habitantes, si bien en su partido judicial, que englobaba otros 82 ayuntamientos, vivían más de 100.000 personas y Navarra contaba con casi 300.000 almas. Treinta años antes, en 1848, la ciudad tenía apenas 14.000 almas, apenas un pueblo grande, donde transitaban con frecuencia rebaños de cabras y ovejas. En este año, 1879,  el presidente de la Diputación Provincial era D. Luis Iñarra y el alcalde D. Francisco Asparren. Entre los casinos, además de «La Constancia», estaban «El Casino de la Nueva Unión», «El casino de Artesanos», «El Casino Extranjero» y «El Liceo de Pamplona». Entre los comerciantes más conocidos de la época ya figuraban como cereros chocolateros los siguientes: Pio y Tiburcio Guerendiain, Pedro Mayo, Pio Iraizoz, Pedro Nagore, José Ochoa, Ramón Pomares, Ramón Yarnoz,  Julian Ros; como comerciantes aparecían Julián Arbizu, Pedro Batllori, Antonio y José Ayestarán (curtidos y guarnicionería respectivamente), Agustín Azcarate,  los hermanos Jacinto y Rodrigo Campión Olave, los hermanos Olaso Salinas, Joaquín Ciga Sarasa (1859), Mariano Zufiaurre, Joaquín Got, Domingo Saez Mur, Gervasio Udobro Sanz, Ignacio Navasal, Blas Lipúzcoa, Hijos de Seminario, Eduardo Ferreira (primer titular de la Joyería Idoate), los impresores  y libreros Regino Bescansa, Joaquín Lorda y José Montorio, Román Velandia, Fortunato Istúriz, Conrado García,  José Labastida,   Martín Irigaray (ferretero), los pasteleros  Tomas Udobro y Sanz y de Estanislao de la Rosa, el tintorero Ramón Coyne, los relojeros José Arrillaga y los hermanos Onsalo, el sastre Antonio Cabases, Antonio Aznárez, Casa Unzu (1830), Casa Manterola (1810), el bodeguero Mateo Muniain, el cervecero Gaspar Merkel,  Carlos Maisonave, Fermín Elizburu  ya grababa metales en 1888 en el nº 18 de la calle Mayor, la fábrica de fideos y pastas de Marcelino Gayarre, el ultramarinos de  Aniceto Beloso, entre otros muchos, de los que daré cumplida cuenta en una entrada específica. Acompañan a este párrafo dos fotos del establecimiento de Castor Archanco de la plaza Consistorial, de primeros del siglo, la primera del exterior de la tienda con los géneros expuestos en el exterior, la segunda con los dueños del local, Don Castor Archanco y su esposa Doña Paz, el maca subido a la escalera, a la derecha de la foto los dependientes Francisco Pérez y Tomás Larramendi y  delante dos clientas posando sentadas.

En 1881, la ciudad contaba con 6.000 habitantes más, unos 28.000 habitantes. El presidente de la Diputación seguía siendo el mismo, D. Luis Iñarra pero el alcalde se llamaba  D. Esteban Galdeano que había sido director del Banco de Pamplona, fusionado con el de España en 1874. A este le seguiría D. José Javier Colmenares (1882), Joaquín García Echarri (1884), Miguel García Tuñón (1886), Joaquin García Echarri (1887) y José Obanos Isturiz (1888). En 1881 la familia de Pio Baroja vino a vivir a Pamplona.  Entre los cafés encontrábamos el «Centro Navarro» de  E. de San Román, «El Español» que regentó primero Justo Ibañez,  era además restaurante y luego Enrique Castilla,  y que posteriormente se convertiría en el «Café de La Marina» de Munigatti, Lardeli y compañía (y más tarde en el «Café Kutz»). Ibañez regentaría, además,  «El Colmado» también en la plaza del Castillo.  Otros cafés eran  «El Suizo» (de Matossi y compañía). Encima de éste  estuvo, durante un tiempo, como ya he dicho, el «Casino Principal» que luego se denominó «Nuevo Casino», «El Café Nuevo» de Esteban San Román y  «El Siglo» de Juan José Azparren en Sarasate, entre otros. Entre los nuevos casinos, «El Circulo pamplonés», el «Nuevo Casino», el «Casino Eslava», el «Veloz Club Pamplonés»  y el «Casino Militar». Entre las fondas y también con cafe-restaurante, además de «El Colmado», estaban «El Europa» en Paseo de Sarasate de Niceto Lafuente y Astrain, «La Perla» de la plaza del Castillo, fundada por Miguel Erro y Teresa Graz o «El Cisne» de Silvestre Ripalda (1884),  además de los establecimientos de Fermín Goicoechea  y de  Casildo Sotil (la antigua «Fonda Ciganda»). La primera de las fotos del párrafo es de 1873-74 y en ella , en la esquina de la plaza con Espoz y Mina,  se puede divisar el cartel del «Café Lardeli». Tras él,  en ese lugar estuvieron algunos de los nombres citados: el «Nuevo Casino», el «Circulo Militar», el «Circulo Carlista», «Correos y Telegrafos», la tienda de fotografía de Emilio Pliego y de 1909 a 1972 el «Crédito Navarro». La 2ª foto nos muestra la iglesia de San Nicolás en 1883, antes de comenzar las obras de remodelación que dieron lugar a los porches que conocemos. Las obras terminarían en 1902, si bien la puerta a Sarasate se inauguraría en 1891.

En este lado de la plaza (donde hoy está el «Café Iruña» y tras «El español»  estaban el  comercio textil del Sr. Verdaguer y las sastrerías de Saraldi y de Dimas Fernández (donde luego se puso la paraguería de Archanco). En las fotos que acompañan a este párrafo, de 1872 y 1875 respectivamente,  vemos el lado norte de la plaza del Castillo con ese antiguo sabor de entonces. De aquellos viejos edificios del siglo XIX  tan solo queda en pie hoy en día el más cercano a la calle Chapitela. La Casa Garbalena se construyó en 1882 y la del Iruña en 1884. El Iruña se inauguró en 1888. Las fotos ilustrativas de este párrafo, como muchas de esta entrada, son de Mauro Ibañez. Entre las farmacias figuraban las de Ramón Aramburu, Agustín Blasco, Justo Aguinaga, Fernando Borra, Colmenares, Juan Manuel Cordoba, Rodrigo Erice, Manuel Esparza, Manuel Lizarraga, Manuel Mercader, Manuel Negrillos y Urrutia.  Entre los comerciantes que empezaban a descollar estaban Julián Pomares, Gabino Udobro y sus famosas coronillas de «Casa Gabino», Esteban Rouzaut y su óptica (1864), o Odon Rouzaut y su camisería, Cecilio Oyarzun, Garicano y su conocida pastelería «La Perla». Los fotógrafos más conocidos eran José Roldan y Emilio Pliego. entre las compañías de seguros «El Sol», «La Catalana», la compañía francesa «El Fénix»  o «La Unión y el Fénix Español». En una próxima entrada les mostraré, siguiendo el mismo esquema que en esta  como era la Pamplona al filo del nuevo siglo,  o sea el Viejo Pamplona entre 1894 y 1905.

Fotos por orden de aparición: La descripción de las fotografías en el interior del texto. Nº 1. Autor desconocido. 1862-63. J.J Arazuri. Pamplona Antaño. Nº 2: 1911. Sin filiar. J. J. Arazuri. Pamplona, Belle epoque, Nº 3: 1893-94. J.J. Arazuri. Pamplona, calles y barrios, Nº 4. J.J. Arazuri. Pamplona. belle epoque. Sin filiar y sin datar, Nº 5: anterior a 1864. J.J. Arazuri. Pamplona, calles y barrios, Nº 6: 1847-1855. J.J Arazuri. Pamplona Antaño, Nº 7: Roldán y Mena. 1880. J.J. Arazuri. Pamplona, calles y barrios, Nº 8: 1895-1898. Mauro Ibañez, J.J Arazuri. Pamplona Antaño. Nº 9: sin datar, probablemente 1900-1910. José Ayala.  Nº 10: 1895. Julio Altadill. J. J. Arazuri. Historia, Fotos y Joyas de Pamplona, Nº 11. 1890. J. J. Arazuri. Historia, Fotos y Joyas de Pamplona, Nº 12, Nº 13: 1933. Julio Cía. J.J Arazuri. Pamplona, calles y barrios, Nº 14, Nº 15: 1905. Sin filiar. J. J. Arazuri. Pamplona estrena siglo,  Nº 16: 1873. Mauro Ibañez. J.J Arazuri. Pamplona Antaño, Nº 17: 1883-84. AMP. J.J Arazuri. Pamplona Antaño, Nº 18: 1895. Julio Altadill. J.J. Arazuri. Pamplona, calles y barrios, Nº 19: 1908. José Ayala. J. J. Arazuri. Pamplona estrena siglo, Nº 20: 1912. Sin filiar. J.J. Arazuri. Pamplona, calles y barrios, Nº 21: Estación del Norte de Pamplona. 1867. José Martínez Sánchez. Fondo Ruiz Vernacci. Biblioteca Nacional de España (BNE). Nº 22: Sin filiar. J. J. Arazuri. Pamplona estrena siglo, nº 23: Sin datar. José Ayala. J. J. Arazuri. Pamplona estrena siglo, Nº 24: 1873. Mauro Ibañez, J. J. Arazuri. Historia, Fotos y Joyas de Pamplona, Nº 25: 1874.J.J Arazuri. Pamplona Antaño. Nº 26: 1895-1900. Mauro Ibañez , J.J. Arazuri. Pamplona, calles y barrios, Nº 27: 1876. Mauro Ibañez  J.J Arazuri. Pamplona Antaño. Nº 28: Ant. a 1895. Julio Altadill, J.J Arazuri. Pamplona Antaño. Nº 29, Sin filiar y sin datar. Ant. 1950. Nº 30. Sin filiar y sin datar.  J.J. Arazuri. Pamplona. belle epoque , Nº 31: 1914. Sin filiar. J.J. Arazuri. Pamplona. belle epoque, Nº 32: 1873-74, sin filiar. J. Arazuri. Historia, Fotos y Joyas de Pamplona, Nº 33: 1883, J. J. Arazuri. Historia, Fotos y Joyas de Pamplona, Nº 34: 1872. Mauro Ibañez, J.J Arazuri. Pamplona Antaño. Nº 35: 1875. J. J. Arazuri. Historia, Fotos y Joyas de Pamplona