Las antiguas piscinas de San Pedro (1944-1996)

Antes de la inauguración de las piscinas de Aranzadi (1978) había en el barrio unas piscinas infantiles que muchos rochapeanos recordamos con cariño, las llamábamos las piscinas de San Pedro. Se inauguraron, al parecer, en el verano de 1944, conoció largas décadas de esplendor a las que acudía la chiquillería del barrio y también de otras zonas de la ciudad y empezaron a decaer a finales de los años 60, seguramente por el crecimiento de los diversos clubs privados que habían nacido a lo largo de esa época.

No obstante en el año 1972 se ampliaron las instalaciones con cabinas, toboganes y otras áreas de juego, como las que se ven en la fotografía. Las piscinas siguieron teniendo problemas de saturación durante la temporada veraniega hasta que la creación del parque de Aranzadi acabó de darle la puntilla. Aun en 1985 hubo un intento de adecentar las instalaciones, con una pequeña mejora en el vaso de la piscina e instalación de diferente mobiliario en el parque pero no fue suficiente para prolongar su agónica existencia.

La creación del parque de la Runa, a finales de la década de los 90, acabaría definitivamente con un rincón de especial significado y recuerdo para los habitantes de la Rocha. Recuerdo las vallas pintadas de amarillo que cerraban las instalaciones que se extendían desde el puente de Errotazar hasta el de San Pedro, tanto por el lado del rio, junto a la playa de San Pedro como por el lado de la estrecha carretera que partiendo del cruce de Enamorados con Errotazar bordeaba las instalaciones y atravesando el puente de San Pedro enlazaba con la carretera del Vergel.

El Paseo de los Enamorados (1971-1999)

Del antiguo Paseo de los Enamorados ya poco queda actualmente en la nueva Rochapea, apenas algún lejano vestigio en algún tramo y el nombre con el que se denomina al parque central del barrio, en los terrenos que antiguamente llamábamos campa de la Compasión. El Paseo de los Enamorados, llamado así por acuerdo del Pleno, en marzo de 1971 y  que mantuvo más o menos su fisonomía hasta bien entrados los años 90, hunde sus raíces en el viejo camino de los Enamorados, un antiguo camino arbolado que desde el puente de Errotazar llegaba hasta el último tramo de la calle Joaquín Beunza, Su nombre de origen popular pudo, según J.J. Arazuri y cito textualmente “tener dos orígenes, el de ser un camino solitario apto para pasear las parejas enamoradas o lo más probable por existir en sus inmediaciones una casa de mujeres enamoradas que era como se llamaba desde finales del siglo XVI a las mujeres públicas”. El hecho es que sea como sea, este camino, luego paseo,  ha sido otra de esas vías históricas de la vieja Rochapea, junto al viejo Camino y luego Avenida de Villava, más tarde desde 1951 de Marcelo Celayeta, la calle Joaquín Beunza, ya referenciadas en otras entradas de este  blog y la calle Errotazar de la que hablaremos en el futuro. En la foto aérea del año 1976 de Paisajes Españoles podemos ver un buen trozo de la vieja Rochapea, la que va desde Cuatro Vientos,  a la izquierda  a la fábrica de Matesa, a la derecha,  y desde Perfil en Frio al norte a la calle Errotazar, al pie de las murallas. En el centro podemos observar en paralelo a Marcelo Celayeta el Paseo de los Enamorados justo al lado de la gran mancha verde de la campa de la Compasión, cerrada en su parte este por la calle Bernardino Tirapu que, como se puede ver hace su característica curva, siguiendo en toda su extensión la vieja vía del Plazaola  para cruzarse con la calle Joaquín Beunza y terminar al comienzo del puente sobre el río.
Iniciamos el recorrido desde el cruce del Paseo con la Calle Joaquín Beunza. Al lado derecho de este camino todavía bastante arbolado a mediados de los 70, encontramos un bloque solitario de viviendas construido a finales de los 50 y que hoy en día se ha salvado de la piqueta quedando encerrado entre las nuevas construcciones de la zona. En ese mismo lado encontramos a continuación una zona de abundante vegetación  y junto a  la extensa campa atravesada de punta a punta por algunos caminos realizados por el deambular humano algunos restos de antiguas fincas  ya derribadas. Aun recuerdo los restos de algunas escaleras y balaustradas que bajaban del camino hacia la campa, en ese primer tramo del paseo  así como los restos del Chalet de Elizari en el cruce de Paseo con Bernardino Tirapu. En este cruce había también en aquel tiempo abundante arbolado y vegetación hasta el punto de que los chavales del barrio llamábamos  esta zona la Selva del Irati, imagino que por el paso, en sus últimos años de vida, ya no solo del  Plazaola sino del Irati. Desandando el camino hasta Joaquín Beunza y mirando hacia el lado izquierdo del Paseo podíamos contemplar las traseras de la Clínica Padre Menni, de las Madres Hospitalarias, con algunos ejemplares de arboles de gran porte, alguno de los cuales se conserva hoy en día, varias casas de dos plantas derribadas en los primeros 90 y más adelante y hasta el cruce con Tirapu, salpicando el Paseo algunas pequeñas casitas unifamiliares de una o dos plantas con sus huertos, incluso alguna con sus corrales, que   lindaban con  las traseras de todas la construcciones de Marcelo Celayeta que iban desde la la Clinica Menni hasta las Casas del Salvador.

Hagamos un alto para hablar de las Hermanas Hospitalarias, que regentan esta clínica en la Rochapea desde 1950. La presencia de la citada congregación en Navarra tiene sus raíces en la presencia del Padre Menni como voluntario de la Cruz Roja en la  última guerra carlista (1874-75), no obstante la primera fundación de las Hermanas en Navarra no llegaría hasta 1904. Aquel año se encargaron de las enfermas mentales del Hospital Psiquiatrico provincial San Francisco Javier. La Clínica Padre Menni fue fundada en 1950, denominándose inicialmente “Clínica Nuestra Señora del Camino” hasta 1995. Popularmente era conocida también como Clínica de Soto, por uno de sus más celebres directores. Ocupa una superficie de 6.556 m2, con una superficie construida de 11.340 m2. El núcleo original del Centro lo constituía un chalet adquirido a la familia Ochoa de Olza al que posteriormente se fueron añadiendo diversos edificios y dependencias. La última ampliación se terminó en el primer trimestre de 2006, con el nuevo edificio del área de psiquiatría, con entrada por la nueva calle Joaquín Beunza.

Desde del cruce de Enamorados con Tirapu, en el lado izquierdo del paseo encontramos la entrada al colegio de la Compasión, inicialmente su entrada principal era  por Tirapu, y después del colegio había un taller de reparación de los Doria. Volvamos a hacer otro alto para hablar en esta ocasión, de la fundación de este colegio  regentado desde el año 2003 por los Escolapios. El colegio de la Compasión fue fundado por las Hermanas de nuestra Señora de la Compasión en el año 1959. Comenzaron inicialmente en un chalet situado en el nº 21 del Paseo de los Enamorados hasta que algunos años más tarde se construiría el primero de los edificios que en la fotografía, aparece, sin embargo, en segundo plano, posteriormente se construiría el otro edificio y mucho más tardíamente otras dependencias anexas. El colegio daba preescolar, EGB y posteriormente 1º grado de Profesional Administrativo.

Tras el taller antes mencionado de Doria había una gran campa y la calle Juslarrocha, más adelante las llamadas Casas de San Antonio, con sus inconfundibles escaleras de subida y bajada entre los bloques, la calle Santa Alodia, la antigua fábrica de Gomariz, hoy en día centro cívico Juslarrocha, un bloque de viviendas de los años 60-70, la calle Santa Nunila, la antigua escuela de Lavaderos hasta llegar al cruce de Errotazar, con la vieja presa y el pequeño puente de Errotazar.

A partir del cruce de Enamorados con Tirapu pero en el lado derecho encontramos, en primer lugar una vieja finca con su casa de dos plantas, unos hermosos huertos, arboles frutales y una tupida malla de coníferas que cerraban Tirapu desde este cruce hasta bien avanzado su curso camino de la curva de los primeros edificios de lo que dábamos en llamar Rochapea Vieja. Más adelante, nos encontrábamos con un bloque de viviendas en cuyas bajeras se amontonaba gran cantidad de serrin y enfrente la serrería propiamente dicha, la serrería de Villegas, que se cerró en 1976 y se volvió a abrir a primeros de los 80, no sin grandes problemas con el vecindario. A continuación se encontraba en primer lugar la antigua fábrica de Calzados López, que a partir de 1974 pasó a ocupar Frenelsa y posteriormente la fábrica de  Ingranasa. La fabrica de curtidos de Calzados López se construyo en 1947 sustituyendo a otra de la misma empresa que había en las inmediaciones de Cuatro Vientos, cerca de la Estación del Norte. En 1964 se trasladó la producción de la factoría de la calle Arrieta a Enamorados, cerrando la empresa, por suspensión de pagos en 1972.

Ingranasa, por su parte, fue fundada en 1956 por José Luis Sarasa Musquiz  quien logró implicar en su proyecto empresarial a almacenistas de aceite de las provincias limítrofes y aun grupo de empresarios de la ciudad entre los que estaban Felix Huarte, Alberto Munarriz o Toribio López (de Calzados López) por citar algunos de los más destacados. En los años 60, Ingranasa fue líder en el mercado nacional, empleando a 300 personas de las cuales 180 lo hacían en la planta de Enamorados. En 1976, se fusiona con Koipe. La fábrica producía en sus buenos tiempos margarinas como la famosa Natacha y mucho más tarde Artua  y aceites como Aitor y Koipesol. Posteriormente diversas multinacionales se hacen con el control del grupo, en 1987, Lesieur, en 1988, Ferruzzi (en 1989 comenzó a producir mahonesa también bajo la marca Artua) y finalmente en 1997 se vendió Unilever. En junio de 1999, después de 43 años se derribaba la factoría. Tras la fábrica de Ingranasa había una campa, un bloque de viviendas y la calle Errotazar para acabar con otro bloque de viviendas ya en las inmediaciones del viejo camino que llevaba al puente y  a las antiguas piscinas de San Pedro, de las que hablaremos en otro momento.

La antigua calle Joaquin Beunza (1950-1995)

De esta, en otros tiempos, principal calle del barrio de la Rochapea, poco o casi nada queda hoy en día, tan sólo un tramo entre edificios de la década de los 50-70 de lo que llamábamos “Rochapea Vieja”. Por donde discurría la vieja calle, se agrupan hoy nuevos edificios de viviendas que dan por un lado a la actual calle Río Arga y por otro a la actual calle Joaquín Beunza. La vieja calle atravesaba el barrio de norte a sur, desde la zona de Cuatro Vientos hasta el Puente de Curtidores. A partir de los años 70, el tramo de Cuatro Vientos al comienzo del Paseo de los Enamorados se convirtió en la calle Abaurrea Alta. Comenzaremos, pues junto al Puente de Santa Engracia para ir describiendo que podíamos ver hasta bien avanzados los años 90 en la calle Joaquín Beunza.

Siguiendo la calle en dirección al Casco Antiguo, a la izquierda podíamos ver los siguientes edificios: en la esquina con paseo de los Enamorados una vieja nave que albergó durante años una chatarrería. Recuerdo que durante varias décadas, junto a esa nave, sobre la yerba estuvo abandonado el herrumbroso chasis de un viejo camión como viejo e imperturbable testigo del paso del tiempo. Tras esta nave había un edificio de viviendas, de planta baja más una altura,  con dos portales a los que se accedía tras un pequeño corredor entre arboles y posteriormente otro edificio, aislado, una de cuyas paredes la recuerdo cubierta  por una  tupida enredadera. A continuación venía la fabrica de forros de freno y discos de embrague, Icer que podemos ver en la primera de las fotografías de esta entrada. La fábrica fundada por Enrique Ruiz  comenzó su andadura en el año 1961 bajo el nombre de Icer Materiales de Fricción. Al comenzar la década de los 80, se trasladó  la actividad industrial  a la nueva planta de Burlada, manteniéndose las instalaciones de la Rochapea en pie hasta los derribos de los años 90.  Posteriormente había otro edificio de baja más una altura y luego, por este orden,  la famosa Casa Aldaz, el colegio de las Hermanas Mercedarias de la Caridad y los viveros de Huici. El colegio de las Madres Mercedarias se abrió en el año 1965 y daba párvulos y primaria, luego EGB, hasta el tercer curso.

Desandando el camino hasta el puente de Santa Engracia y volviendo al lado derecho de la calle, nos encontramos con unas casas junto al rio, entre ellas la Casa Ipiña (segunda foto), las instalaciones de la antigua fábrica de Frenos Urra, cuyas naves se derribaron décadas antes de las casas colindantes y posteriormente las instalaciones de Viveros y Semillas Huici, que ocupaban todo el espacio, desde este punto hasta la zona cercana al actual puente de Oblatas.

La fábrica Frenos Urra fue fundada en la década de los 50 por Manuel Ros y Alfredo Urra para fabricar un sistema de frenado para vehículos a motor llamado “hidrovac”, precursor de los actuales servofrenos. En 1966 y fruto de la fusión de Urra de Pamplona y Automoción de Barcelona, con la participación de la multinacional norteamericana Bendix, nació Bendibérica. Es conocida, por haberla documentado Ricardo Ollaquindía en un artículo para el Club Taurino,  la participación del torero Antonio Ordoñez en las negociaciones de Urra y Bendix. La actividad industrial de Urra en Joaquín Beunza duró apenas 10 años, hasta principios de los años 60 en que se trasladó la producción a las nuevas instalaciones de la avenida de Guipúzcoa, quedando las naves de Joaquín Beunza como almacenes. Posteriormente la fábrica que, en la década de los 70, llegó a contar con 500 trabajadores se llamaría Bendix, Allied Signal y Robert Bosch hasta su total desmantelamiento hace unos pocos años, concretamente a finales del 2009.
Posteriormente la calle Joaquín Beunza atraviesa un denso núcleo de nuevas edificaciones, construidas la mayoría de las del lado izquierdo  a primeros de los años 70 y años siguientes y los del lado derecho una o dos décadas antes. La mayoría de las nuevas calles de la zona existente entre este tramo de Joaquín Beunza y Bernardino Tirapu nacieron, con sus nombres de pueblos de la zona de Roncal-Salazar en el año 1969.  
Llegamos, por último a la zona más antigua de la calle y de las más antiguas del barrio, la que va desde la confluencia de Tirapu con Beunza hasta su terminación en el cruce con Errotazar en las inmediaciones del Puente de la Rochapea o Curtidores. Por la curva de la calle Bernardino Tirapu y atravesando Joaquín Beunza pasaron hasta el año 1954 y 1955 los trenes Plazaola e Irati, trenes que atravesaban el puente del mismo nombre sobre el río Arga y se metían por el tunel que  existe todavía por debajo de la Avenida Guipúzcoa siguiendo luego el camino de la Biurdana. En la esquina del lado derecho de Joaquín Beunza estaba y está otro bar clásico del barrio, el Bar Arga.

Atravesando este cruce y siguiendo por el lado izquierdo encontramos una amplia zona de campo, una casa de dos plantas  con columpios, y Casa Placido con su patio y sus plataneros, seguida por otra casa que hacía chaflán con Errotazar. (que podemos ver en las fotos 3, 4 y 5 de Alberto Crespo). En el lado derecho estaban los  Corrales del Gas y las instalaciones de la antigua fabrica Sancena. (También recuerdo en ese lado de la calle, junto a Sancena un taller  de persianas metálicas de  Antonio Oneca y un almacén de antiguedades). Los antiguos Corrales del Gas serían derribados en los años 80 para ser sustituidos por un edificio multiusos primero y hostelero después de escaso uso, quedando arrinconados en la zona cercana al llamado Callejón de los toros y la calle sufriría  durante década y media en este punto  una muy pronunciada  curva frente  a su histórico diseño rectilíneo. Toda esta histórica zona sería derribada entre finales del pasado siglo y los inicios del presente.

El cruce de Cuatro Vientos (1964-1998)

El Cruce de Cuatro Vientos es uno de los lugares emblemáticos de la vieja Pamplona. Su nombre procede de los cuatro vientos que convergían en este lugar: cierzo (norte), bochorno (sur), solano (este)  y castellano (oeste). Ya desde mediados del siglo XIX, tenemos constancia de esta denominación así como de la presencia de edificaciones, algunas de las cuales como la que aparece en la la fotografía de la derecha, de principios del siglo XX, que corresponde al cruce de la avenida de Guipúzcoa y Marcelo Celayeta (entonces carretera de Villava)  sobrevivieron hasta finales de los años 90, como se puede ver en la  foto siguiente, de Manuel Hernández. 

En esa esquina tan solo recuerdo una tienda de ultramarinos, allá por finales de los 60 y primeros 70. Y en ese mismo edificio de dos alturas, en la zona de Marcelo Celayeta y junto al Bar La Cabaña, estaba el Bar Cuatro Vientos. El bar Cuatro Vientos era otro de aquellos bares míticos del barrio como lo fueron el bar Porrón, La Cabaña o Casa Feliciano. 

Recuerdo de algunos de aquellos bares las partidas de cartas de los mayores,  los futbolines, las primeras maquinas flipper, algún billar y alguna de aquellas máquinas de música antiguas en las que echabas una moneda, seleccionabas una canción y sonaba el disco elegido. Ah, y no podía faltar tampoco el inevitable aparato de televisión. Cuando en aquellos finales sesenta en muchas casas aun no había entrado la televisión, los bares se convertían en verdaderos centros de encuentro social e intergeneracional. Aprovecho para comentar que en el lado derecho de esta segunda foto podemos ver la esquina del edificio, hoy sustituido por otro nuevo, que había en el cruce de Marcelo Celayeta y la entonces calle Joaquín Beunza, donde estaba la farmacia de Javier Azqueta.

Volvemos al cruce y nos dirigimos hacia el que llamábamos puente de la Estación. Después del edificio de principios del siglo XX, había otros edificios hasta la salida de la actual calle Nazario Carriquiri, como se puede observar en las dos fotos siguientes. En los bajos de estos edificios recuerdo que estaban una pequeña oficina del Banco Hispano Americano, la tienda de electrodomésticos de Ricardo Sora, posteriormente la tienda de dulces, palomitas y chucherias de Eliseo,  y más adelante, desde junio de 1953, en el nº 6, la churrería de Clara Elizalde y Valentín San Juan, probablemente, junto a la de la Mañueta la churrería que vendía los churros más grandes y ricos de la ciudad. 

Sora se trasladaría en el año 1973 al nº 4 de Marcelo Celayeta. La tienda de Eliseo que se abrió  en ese lugar después de la guerra y que forma parte de la más entrañable historia personal de esta ciudad (quien no recuerda el carrico de los helados de Eliseo), se trasladaría a finales de los años 90, con el derribo de todas estas casas de la avenida de Guipúzcoa  al nº 1 de Marcelo Celayeta, al local que anteriormente ocupase una pastelería Taberna. El negocio lo regenta actualmente una nieta. La churrería, regentada actualmente por los hijos y nietos de los fundadores se trasladaría igualmente a la avenida, al local que muchos años atrás ocupase un estanco, en el nº 8 de Marcelo Celayeta. Cerca del cruce con Carriquiri había otros dos negocios más: una carnicería y una peluquería.

En la otra acera de la avenida de Guipuzcoa estaban la popular casa de Domingo Chiqui y tras de ella, podemos ver en la foto de J.J Arazuri, la chimenea e instalaciones de la Azucarera de Eugui. La Azucarera se comenzó a construir en el año 1927, estando en pleno funcionamiento en el año 1929. La Azucarera que tenía instalaciones a ambos lados de la Avanida de Guipuzcoa, aunque sobre todo en el lado del actual barrio de San Jorge se cerró en el año 1971 y se comenzó a desmantelar en marzo de 1972, terminando el proceso de desmantelamiento el año siguiente. ¡Cuanto ha cambiado esta zona de la ciudad desde entonces!

Fotos por orden de aparición: Jose Ayala,  Manolo Hernández (años 90) y J.J.Arazuri (1964) 

El cine Amaya (1951-1970)

El cine de nuestro barrio, el cine Amaya, abrió sus puertas a finales de marzo del año 1951. Era una construcción de una sola planta situada en la avenida de Marcelo Celayeta, entre la calderería Aranguren y una oficina del Banco Central. Bueno, tenía una entreplanta que es la que se puede ver en la foto adjunta donde estaba localizado el cuarto del proyector.El cine tenía, como se puede ver 3 puertas de entrada-salida y disponía de unas 400 butacas, chapeadas en madera, que metían bastante ruido cada vez que se sentaba uno, se levantaba o se movia, nada que ver con las mullidas butacas tapizadas de color rojo o granate de algunas modernas salas del Centro de Pamplona. Los mismo sucedía con la pantalla que era  bastante más pequeña que otras del centro.

Las películas inicialmente (desde su apertura y hasta los primeros años 60) eran mayoritariamente en blanco y negro asi como posteriormente, en su segunda década de vida, lo fueron  en color. Allí, en ese cine vieron nuestros convecinos o nosotros mismos películas históricas de la España de los 40 y 50 (Locura de Amor, Pedro I, el Cruel),  películas como Marcelino, Pan y Vino o  las películas de Joselito y Marisol, y luego más tarde películas americanas de aventuras, de Tarzan o las tipicas italianas peplum, de romanos, u otras de serie B, tardes de sesión continua, con sesiones de cuatro de la tarde hasta las  10 de la noche.

Recuerdo las fotos descoloridas del último estreno en las carteleras que estaban expuestas afuera en la calle ya en sus últimos años de existencia. Se cerró en julio de 1970.  El edificio del cine aun aguantaría en pie algo más de veinte años  hasta que en septiembre de 1992  la excavadora, que comenzaba a cambiar la cara del barrio, borraría esta  sala de cine de nuestro familar espacio urbano, no asi de nuestra memoria personal y de nuestras vidas.

El viejo camino del Plazaola (1954-1986)

En el año 1954, el tren del Plazaola que unía San Sebastian con Pamplona dejaba de funcionar. Unas catastróficas inundaciones producidas los días 14 y 15 de octubre de 1953 provocaron la destrucción de diversos tramos del recorrido. En sus últimos años de vida se proyectó unirlo con el tramo de otro tren, el Irati; de hecho en el año 1950 hasta se derivó un ramal de este segundo tren, el Irati, que conectaba Villava, por detrás del Manicomio, con la estación del Empalme en la Rochapea. El Plazaola entraba en la ciudad por lo que ahora es la calle Bernardino Tirapu, cruzaba el río Arga y seguía por el viejo Camino de la Biurdana hasta la actual Avenida de Navarra, y de ahí a la que ahora es la Avenida Sancho El Fuerte para más tarde seguir por parte de la avenida de Zaragoza hasta su estación en la calle Conde Oliveto, estación que en los últimos años de existencia compartiría con el Irati. Las vías del Plazaola permanecerían en algunos tramos hasta 1959.

La estación del Empalme marcaba el kilómetro 4,8 desde su salida de la estación del centro de al ciudad. Situada aproximadamente en el cruce de las actuales calles de Nazario Carriquiri y Bernardino Tirapu, estuvo en pié hasta bien entrados los años 70. La llamaban Estación del Empalme porque efectuaba conexión o empalme con la línea de Ferrocarril del Norte (de Alsasua a Pamplona). El edificio era de dos plantas, construido con ladrillo y piedra. Su arquitectura se repetía en el resto de estaciones navarras del trazado. En la planta baja estaban el vestíbulo, la oficina y la sala de equipajes (más tarde convertida en almacén). En la primera planta estaba la vivienda del Jefe de Estación, con cuatro habitaciones, cocina y retrete. Junto al edificio de la estación había otro habilitado como almacén, que posteriormente pasó a manos de la compañía de carbones “Tenerife” y que conoceríamos como Compañía General de Carbones.

En la foto aérea  que ilustra esta entrada, de “Paisajes españoles” de 1972 se puede observar, y tomando como referencia una casa aislada en la izquierda de la foto, y tras la imponente fábrica del Perfil en Frío, el trazado de la antigua vía del Plazaola. Durante décadas el viejo camino del Plazaola ha sido el camino natural que nos ha comunicado a los rochapeanos de esta parte del barrio con el monte San Cristobal y mucho más cerca con lo que llamabamos el Prado o Soto de Artica. Su pedregoso firme era la muestra más evidente del uso al que había estado destinado durante muchos años, la vía.

En la foto se puede ver también en paralelo a Perfil, la tapia y almacén de la Compañía General de Carbones. Detrás aun no se había construido la UDC Rochapea. Más a la derecha de la foto y sobre los bloques de la 2ª fase del Salvador vemos casi superpuestos el barracón de los Camineros de Diputación y la Estación del Empalme aun sin derribar. Antes de llegar a la Estación, recuerdo que había una especie de naves (creo que serían los antiguos andenes) que en aquellos últimos 60 y primeros 70 estaban llenas de barriles de brea. Imagino que también esta zona anexa a la vieja estación del Empalme era utilizada en aquellos años por el Servicio de Obras de Diputación, para el asfaltado de las carreteras de Navarra.

En la segunda foto que reproduzco, de manera excepcional, por interés histórico vemos a unos paisanos delante del edificio de la Estación del Empalme, allá por el año 1914, osea hace casi un siglo, un año antes de que se empezarán a construir la iglesia y las escuelas del Ave María.

Aquellos cálidos veranos… (1968-1973)

Julio de 1968. Atardece sobre el barrio y los campos cercanos. Junto a un parachoques de ferrocarril, cerca de la vía y enfrente de la antigua fábrica de Perfil en Frio escucho junto a una nutrida asistencia el extraño recital musical de “los mayores del barrio” que con latas, botes y palos emulan a las estrellas del verano que escuchamos en las radios y transistores: “Al terminar aquella noche..” o “Tengo tu amor”, los últimos éxitos de Formula V. En la noche de mi calle, la Travesía, la amarillenta luz de las bombillas ilumina debilmente los juegos de los muchachos del barrio: “tres navios en la mar” se oye a lo lejos. El día, como casi siempre había sido caluroso, sofocante incluso, como todos los días de aquellos veranos, hoy perdidos entre el polvo de los recuerdos más lejanos de la infancia. De vez en cuando, sin embargo, la tarde se ponía terriblemente oscurecida por negros o casi amoratados nubarrones. Ráfagas de viento levantaban grandes remolinos de polvo en la carretera que pasaba, y todavía pasa ante mi ventana. Un olor inconfundible a ozono presagiaba la proximidad de la tormenta.  Gruesas gotas caían sobre la reseca tierra del viejo campo de futbol de las escuelas o sobre el amarillo palido del viejo campo del Gure (por el Gure Txokoa).

…Y pasaron más veranos. Y la calle siempre igual, alumbrada, eso sí, ahora por grandes farolas de blanquecina luz en torno a la cual pululaban ingentes nubes de mosquitos …Y los juegos continuaban: “pote, pote”…Y el verano transcurría entre la calor achicharrante del día, las tormentas, la noche y las fiestas del barrio, allá por San Lorenzo,en la primera quincena de agosto. ¡qué nostálgicos recuerdos!. ¡Cuántos lugares llenos de recuerdos!: las viejas escuelas con sus grandes puertas rojas y sus rampas brillantes; el pequeño  patio de gravilla; las fuentes, junto a la sacristía de la iglesia y en el patio de las chicas, muy cerca del salón de actos, junto al local de lo scouts;  la vieja tapia del campo de futbol horadada una y mil veces por los chicos del barrio; los simulacros de fiestas: encierros, (empujando ruedas recauchutadas) tombolas, siempre queriendo imitar al mundo de los mayores; los campos de trigo cercanos, los regachos, el patio de las chicas, el bar del “Centro” parroquial, los soportales de  la iglesia del Salvador. ¡Qué confuso mar de imagenes se agolpan desordenadamente en mi mente pugnando por salir!. ¡Cuantas otras quedarán olvidadas en lo más profundo de aquella!.
Hoy han desaparecido aquellos lugares, aquellos juegos, aquellas calurosas tardes de verano, aquellas placidas noches estrelladas, aquel pequeño mundo tan grande, entonces, para nosotros. Recuerdos…                                                                                                                  

Estampas de antaño: Los juegos del Viejo Pamplona (1966-1976)

¿Y a qué se jugaba en aquellos años?. Había juegos para niños y para niñas y otros que eran indistintos para unos y para otros. Para niñas estaba la comba (cantando alguna de aquellas tonadillas infantiles) , la goma,  el corro (en mis años ya pasado de moda), las tabas (también pasado de moda)  o la china. En este último juego las chicas empujaban, saltando sobre un solo pie, un trozo de piedra plana entre unos cuadros numerados. También, con frecuencia hacían el pino. Sus cuerpos siempre han sido mucho más flexibles que los cuerpos masculinos.

Para niños estaban los bolos o canicas, con el guá, un agujero que se hacía en la tierra, como meta final para la canica. Basicamente había que alejar al adversario del guá y llegar tu primero al agujero. Quien perdía la partida solía perder también la canica. Tambien para chicos había algunos juegos como “el salto del burro” que empezaba con “A la una saltaba la mula”  (quien le tocaba de mula no solía pasarlo nada bien),    “el churro”  en el que había dos equipos, los que saltaban y los que no. De estos, uno hacía de madre (de pie, apoyado en una pared) y los demás formaban fila agachados, como en la fotografía, colocando la cabeza entre las piernas del compañero de delante. El otro grupo iba saltando al grito de “churro va”, si la fila no se hundía, el último que saltaba preguntaba ¿Churro, mediamanga, mangaentera? y señalaba una parte de su brazo (hombro, antebrazo o muñeca). Los de abajo debían acertar si no querían repetir. La madre era testigo. Una variante del “churro” era el “chorro, morro, pico, tallo que”. También estaba el juego de las chapas, chapas de gaseosas y/o botellines de cerveza, que se jugaban sobre las aceras, entre las piernas de los adultos y entre los coches aparcados. Los chicos también jugaban al balón, la verdad, un futbol muy libre, pues cuando se quería jugar al futbol de verdad se hacía o bien en el campo del Gure o en el campo de futbol de las escuelas. También se jugaba   al hinque, sobre todo en días de lluvia.

Había juegos que eran indistintos para un sexo u otro, que eran todos los de pillar, entre estos estaba “el escondite”, “el tente”, “tres navios en la mar”, “el pote pote” y “la llevas”,  herederas alguno de algún otro juego anterior como “el marro”.  Recuerdo que tenía su atractivo jugar esos juegos con el otro sexo. Había tambien otros juegos que se solian jugar juntos como “El pañuelo” o “la palabra”, “el telegrama”, “cara ví, cara va…” o “el disparate”. Se comenzaba a tontear ya entonces con lo de los novios, ¿Quien va a ser tu novio o novia?,  Me gustaría que fuese… Había juegos más intelectuales para jugar entre dos como el “vivo o muerto” o el “cesta y puntos”. Juegos crípticos de comunicación como el silabeo, combinando una silaba repetida, por ejemplo “epe respe tonpo tonpo”.

En el barrio se jugaba también con los neumáticos de una cercana fábrica de recauchutados. También había bastantes ruedas en las inmediaciones de la antigua estación del Empalme. Y se improvisaban encierros por el polvoriento entonces camino de Carriquiri, en los que los cuernos eran sustituidos por ruedas movidas por palos, aunque también había otras variantes en las que los cuernos era palos de arbustos o arboles. La televisión comenzaba a ser una fuente inagotable de argumentos: se seguía jugando al antiguo juego de las espadas, emulando ahora a los heroes de las películas en la pequeña pantalla y también  a indios y vaqueros o policías y ladrones.  No sé si meterlo dentro del capítulo de juegos porque creo que era una salvajada, pero era muy comunes las luchas  a pedradas y ramazos entre calles y barrios. La conciencia de pertenencia a una calle o barrio, -la calle era el barrio-,  era muy fuerte. 

Otras actividades infantiles de aquellos años eran la construcción de cabañas. Recuerdo las que se construían en el parachoques, cerca de Perfil o en el lecho de los regachos secos. En aquellos años infantiles solían nacer las primeras amistades, se empezaban a crear los grupos o pandillas y se fortalecía el compañerismo y el trabajo en equipo. Eran tiempos en los que las bicis, de marca BH o GAC llevaban redecilla en la rueda de atras y se alquilaban por horas en el parque de la Taconera. En aquellos años, la vida se hacía en la calle y los juegos en la calle ocuparon un lugar importante en nuestras vidas. 

Derribos en la avenida Marcelo Celayeta en el año 1996

A partir de 1986, el barrio de la Rochapea empezó a cambiar. Junto al  viejo campo y el barracón de camineros de la Diputación situado a orillas del antiguo camino del Plazaola se empezaron a construir las primeras viviendas sociales. Posteriormente, en 1989,  se construiría junto al parque de la iglesia otro bloque de viviendas que acababa con las antiguas cochiqueras de la calle Provincias y unos cuantos edificios más,  la calleja de los Cutos, la llamábamos los del Ave-María a la calle Provincias, por haber en esta calle a lo largo del pasado siglo una cochiquera, negocio  que en los últimos tiempos creo recordar se encargaban  los Ceniceros. 
En 1992 se derribaba el antiguo Cine Amaya. En el año 1993 y 1994 se construirían los nuevos puentes de Vergel y Oblatas, dejando el viejo puente de San Pedro como peatonal, y en torno a 1996 y  siguientes años se derribaría buena parte del lado izquierdo de la Avenida Marcelo Celayeta, desde Cuatro Vientos hasta Capuchinos. Posteriormente le llegaría la hora al cruce de Cuatro Vientos, con más derribos y un nuevo diseño del cruce.  En esta primera entrega repasaremos los derribos de Marcelo Celayeta más cercanos  al cruce de Cuatro Vientos. 
En la foto superior, aun podemos ver las viejas construcciones que había en el lado izquierdo de Marcelo Celayeta desde el antiguo edificio-almacen de IFA (se ve parte de su tapia en el extremo derecho de la foto), el  edificio donde en su planta baja había una carnicería y la tienda de las Hermanas Amezqueta, antes del siguiente edificio de viviendas y aunque no se vea en la foto había una carbonería, luego otro edificio de viviendas con planta baja y tres alturas, la entrada a las antiguas cuadras de los Goñi (que tampoco se ve) y en el extremo izquierdo de la foto, uno de los primeros edificios de la entrada de la Travesía del Ave María, donde en tiempos hubo una tienda de alimentación, que conocíamos como la tienda de la Ester y una barbería.
En la foto de la izquierda, vemos parte de ese tramo de la avenida de Marcelo Celayeta, totalmente derruido,  (en la foto posterior contemporánea comprobamos que aun se mantiene en pie la tienda de las Amezqueta y que ha desaparecido buena parte del resto). Tan sólo quedan en pie algunos edificios, no todos,  del comienzo de la Travesía del Ave María y en la zona de la avenida, la casa de la señora Baldo, (en el barrio, llamabamos  a las casas por alguno de sus propietarios o inquilinos más preeminentes). 

En sus bajos había un taller y otra tienda de ultramarinos. En la fecha en que se había tomado la foto, ya se había derribado, como se puede comprobar, el edificio anexo a la casa de la señora Baldo donde estaba la Casa Parroquial de la Iglesia del Salvador, que se había trasladado ya al nuevo edificio construido junto al parque, al lado de la iglesia, y que he citado al comienzo de este artículo.

La Travesia Ave María hasta los derribos de fines de los 90

La vieja Rochapea que conocí  era un barrio formado por muchos barrios: El Salvador, formado por las casas de las dos fases, en ambos lados de la avenida de Marcelo Celayeta,  la Rochapea Vieja que era como llamábamos al viejo barrio más cercano al rio, las casas de San Pedro, las Casas de Oscoz, las Casas de Lainez, Cuatro Vientos-Santa Engracia y el Ave Maria, entre otros. 

Hablar del Ave Maria es hablar de la iglesia, las escuelas y la travesía, pues durante decadas formaron un todo. Dice J.J. Arazuri en su libro “Pamplona, calles y barrios” que la “Travesía del Ave María  era una calleja sin urbanizar que nacía de la avenida de Marcelo Celayeta y después de seguir un curso irregular terminaba en fondo de saco y que su título lo asignó el vecindario, sin respaldo oficial, por estar situada junto a las escuelas del Ave Maria”.
La travesía que conocí era un pequeño microcosmos en si mismo. Constaba de 15 portales, los cinco  primeros portales en lo que llamabamos la calleja, (a la izquierda, en la foto, antes de su derribo), eran los edificios más antiguos, probablemente de comienzos  de siglo, los dos siguientes (el 6 y el 8) se encontraban frente al patio y campo de futbol de las antiguas escuelas. 
Luego había 2 bloques (3 portales de 16 viviendas cada uno)  construidos  a finales de los años cincuenta (en  1959) y que corresponden a los números 7, 9 y 10 y construidos en paralelo a un ramal del Plazaola-Irati que conectaba desde la Estación del Empalme con la Estación del Norte, y que hoy es la calle de Nazario Carriquiri, (y que son de los pocos edificios que junto al 8 aun se conservan), dos chalets de planta baja a ambos lados de la calle (uno de ellos albergaba un estanco, el otro aparece en la fotografía de arriba junto al nº 9), el número 13 y finalmente otros dos edificios de construcción más antigua que correspondían a los últimos números de la calle: el 14 y el 15. Tal y como recuerda Arazuri, la calleja terminaba en un fondo de saco, cerrada por una tapia  junto a  la que  llamábamos la huerta del Platero situada enfrente del nº 15. Otra tapia, esta metálica, formada  por chapas cerraba la calle, al final de los bloques 14 y 15  (en las fotografías adjuntas de abajo, los números 14 y 15 y la llamada huerta del Platero). Estos últimos bloques fueron derribados en los primeros años de la década de los 2000. En total serían unas 100 viviendas, con más de 500 vecinos.

Eran tiempos en los que las industrias estaban instaladas en las bajeras, bajo las viviendas. Asi durante años, tuvieron su sede en la calle la fábrica de la Colamina, un taller de recauchutado, Mitxi, los depositos del Kas, etc. 

También en la calle, y junto al número 10 tuvo su sede la sociedad Gure Txokoa, cuyo campo de futbol estaba muy cerca en los terrenos que ocupó durante más de 30 años la fábrica de piensos Caceco. Posteriormente ese local sería ocupado durante algún tiempo por la Peña Rotxapea antes de su traslado a la calle rio Arga. 

Eran tiempos en los que se hacía vida en la calle, especialmente en el verano,  como en los pueblos, todo el mundo se conocía en el barrio por el apellido (a la calle le llamabamos barrio)  y todos nos conocíamos y nos saludabamos en las viviendas. En la “travesía” vivían, en aquel entonces,  los Tornos, Arriaran, Marin, Visus, Del Valle, Garriz, Meoqui, Cantero, Viedma, Anaut, Pardo, Goñi, Biurrun, Casado, La Fuente, Zunzarren, Sádaba, y tantos y tantos otros. Eran tiempos que hace décadas pasaron y que no volverán.