Aquellos cálidos veranos… (1968-1973)

Julio de 1968. Atardece sobre el barrio y los campos cercanos. Junto a un parachoques de ferrocarril, cerca de la vía y enfrente de la antigua fábrica de Perfil en Frio escucho junto a una nutrida asistencia el extraño recital musical de “los mayores del barrio” que con latas, botes y palos emulan a las estrellas del verano que escuchamos en las radios y transistores: “Al terminar aquella noche..” o “Tengo tu amor”, los últimos éxitos de Formula V. En la noche de mi calle, la Travesía, la amarillenta luz de las bombillas ilumina debilmente los juegos de los muchachos del barrio: “tres navios en la mar” se oye a lo lejos. El día, como casi siempre había sido caluroso, sofocante incluso, como todos los días de aquellos veranos, hoy perdidos entre el polvo de los recuerdos más lejanos de la infancia. De vez en cuando, sin embargo, la tarde se ponía terriblemente oscurecida por negros o casi amoratados nubarrones. Ráfagas de viento levantaban grandes remolinos de polvo en la carretera que pasaba, y todavía pasa ante mi ventana. Un olor inconfundible a ozono presagiaba la proximidad de la tormenta.  Gruesas gotas caían sobre la reseca tierra del viejo campo de futbol de las escuelas o sobre el amarillo palido del viejo campo del Gure (por el Gure Txokoa).

…Y pasaron más veranos. Y la calle siempre igual, alumbrada, eso sí, ahora por grandes farolas de blanquecina luz en torno a la cual pululaban ingentes nubes de mosquitos …Y los juegos continuaban: “pote, pote”…Y el verano transcurría entre la calor achicharrante del día, las tormentas, la noche y las fiestas del barrio, allá por San Lorenzo,en la primera quincena de agosto. ¡qué nostálgicos recuerdos!. ¡Cuántos lugares llenos de recuerdos!: las viejas escuelas con sus grandes puertas rojas y sus rampas brillantes; el pequeño  patio de gravilla; las fuentes, junto a la sacristía de la iglesia y en el patio de las chicas, muy cerca del salón de actos, junto al local de lo scouts;  la vieja tapia del campo de futbol horadada una y mil veces por los chicos del barrio; los simulacros de fiestas: encierros, (empujando ruedas recauchutadas) tombolas, siempre queriendo imitar al mundo de los mayores; los campos de trigo cercanos, los regachos, el patio de las chicas, el bar del “Centro” parroquial, los soportales de  la iglesia del Salvador. ¡Qué confuso mar de imagenes se agolpan desordenadamente en mi mente pugnando por salir!. ¡Cuantas otras quedarán olvidadas en lo más profundo de aquella!.
Hoy han desaparecido aquellos lugares, aquellos juegos, aquellas calurosas tardes de verano, aquellas placidas noches estrelladas, aquel pequeño mundo tan grande, entonces, para nosotros. Recuerdos…                                                                                                                  

Estampas de antaño: Los juegos del Viejo Pamplona (1966-1976)

¿Y a qué se jugaba en aquellos años?. Había juegos para niños y para niñas y otros que eran indistintos para unos y para otros. Para niñas estaba la comba (cantando alguna de aquellas tonadillas infantiles) , la goma,  el corro (en mis años ya pasado de moda), las tabas (también pasado de moda)  o la china. En este último juego las chicas empujaban, saltando sobre un solo pie, un trozo de piedra plana entre unos cuadros numerados. También, con frecuencia hacían el pino. Sus cuerpos siempre han sido mucho más flexibles que los cuerpos masculinos.

Para niños estaban los bolos o canicas, con el guá, un agujero que se hacía en la tierra, como meta final para la canica. Basicamente había que alejar al adversario del guá y llegar tu primero al agujero. Quien perdía la partida solía perder también la canica. Tambien para chicos había algunos juegos como “el salto del burro” que empezaba con “A la una saltaba la mula”  (quien le tocaba de mula no solía pasarlo nada bien),    “el churro”  en el que había dos equipos, los que saltaban y los que no. De estos, uno hacía de madre (de pie, apoyado en una pared) y los demás formaban fila agachados, como en la fotografía, colocando la cabeza entre las piernas del compañero de delante. El otro grupo iba saltando al grito de “churro va”, si la fila no se hundía, el último que saltaba preguntaba ¿Churro, mediamanga, mangaentera? y señalaba una parte de su brazo (hombro, antebrazo o muñeca). Los de abajo debían acertar si no querían repetir. La madre era testigo. Una variante del “churro” era el “chorro, morro, pico, tallo que”. También estaba el juego de las chapas, chapas de gaseosas y/o botellines de cerveza, que se jugaban sobre las aceras, entre las piernas de los adultos y entre los coches aparcados. Los chicos también jugaban al balón, la verdad, un futbol muy libre, pues cuando se quería jugar al futbol de verdad se hacía o bien en el campo del Gure o en el campo de futbol de las escuelas. También se jugaba   al hinque, sobre todo en días de lluvia.

Había juegos que eran indistintos para un sexo u otro, que eran todos los de pillar, entre estos estaba “el escondite”, “el tente”, “tres navios en la mar”, “el pote pote” y “la llevas”,  herederas alguno de algún otro juego anterior como “el marro”.  Recuerdo que tenía su atractivo jugar esos juegos con el otro sexo. Había tambien otros juegos que se solian jugar juntos como “El pañuelo” o “la palabra”, “el telegrama”, “cara ví, cara va…” o “el disparate”. Se comenzaba a tontear ya entonces con lo de los novios, ¿Quien va a ser tu novio o novia?,  Me gustaría que fuese… Había juegos más intelectuales para jugar entre dos como el “vivo o muerto” o el “cesta y puntos”. Juegos crípticos de comunicación como el silabeo, combinando una silaba repetida, por ejemplo “epe respe tonpo tonpo”.

En el barrio se jugaba también con los neumáticos de una cercana fábrica de recauchutados. También había bastantes ruedas en las inmediaciones de la antigua estación del Empalme. Y se improvisaban encierros por el polvoriento entonces camino de Carriquiri, en los que los cuernos eran sustituidos por ruedas movidas por palos, aunque también había otras variantes en las que los cuernos era palos de arbustos o arboles. La televisión comenzaba a ser una fuente inagotable de argumentos: se seguía jugando al antiguo juego de las espadas, emulando ahora a los heroes de las películas en la pequeña pantalla y también  a indios y vaqueros o policías y ladrones.  No sé si meterlo dentro del capítulo de juegos porque creo que era una salvajada, pero era muy comunes las luchas  a pedradas y ramazos entre calles y barrios. La conciencia de pertenencia a una calle o barrio, -la calle era el barrio-,  era muy fuerte. 

Otras actividades infantiles de aquellos años eran la construcción de cabañas. Recuerdo las que se construían en el parachoques, cerca de Perfil o en el lecho de los regachos secos. En aquellos años infantiles solían nacer las primeras amistades, se empezaban a crear los grupos o pandillas y se fortalecía el compañerismo y el trabajo en equipo. Eran tiempos en los que las bicis, de marca BH o GAC llevaban redecilla en la rueda de atras y se alquilaban por horas en el parque de la Taconera. En aquellos años, la vida se hacía en la calle y los juegos en la calle ocuparon un lugar importante en nuestras vidas. 

Derribos en la avenida Marcelo Celayeta en el año 1996

A partir de 1986, el barrio de la Rochapea empezó a cambiar. Junto al  viejo campo y el barracón de camineros de la Diputación situado a orillas del antiguo camino del Plazaola se empezaron a construir las primeras viviendas sociales. Posteriormente, en 1989,  se construiría junto al parque de la iglesia otro bloque de viviendas que acababa con las antiguas cochiqueras de la calle Provincias y unos cuantos edificios más,  la calleja de los Cutos, la llamábamos los del Ave-María a la calle Provincias, por haber en esta calle a lo largo del pasado siglo una cochiquera, negocio  que en los últimos tiempos creo recordar se encargaban  los Ceniceros. 
En 1992 se derribaba el antiguo Cine Amaya. En el año 1993 y 1994 se construirían los nuevos puentes de Vergel y Oblatas, dejando el viejo puente de San Pedro como peatonal, y en torno a 1996 y  siguientes años se derribaría buena parte del lado izquierdo de la Avenida Marcelo Celayeta, desde Cuatro Vientos hasta Capuchinos. Posteriormente le llegaría la hora al cruce de Cuatro Vientos, con más derribos y un nuevo diseño del cruce.  En esta primera entrega repasaremos los derribos de Marcelo Celayeta más cercanos  al cruce de Cuatro Vientos. 
En la foto superior, aun podemos ver las viejas construcciones que había en el lado izquierdo de Marcelo Celayeta desde el antiguo edificio-almacen de IFA (se ve parte de su tapia en el extremo derecho de la foto), el  edificio donde en su planta baja había una carnicería y la tienda de las Hermanas Amezqueta, antes del siguiente edificio de viviendas y aunque no se vea en la foto había una carbonería, luego otro edificio de viviendas con planta baja y tres alturas, la entrada a las antiguas cuadras de los Goñi (que tampoco se ve) y en el extremo izquierdo de la foto, uno de los primeros edificios de la entrada de la Travesía del Ave María, donde en tiempos hubo una tienda de alimentación, que conocíamos como la tienda de la Ester y una barbería.
En la foto de la izquierda, vemos parte de ese tramo de la avenida de Marcelo Celayeta, totalmente derruido,  (en la foto posterior contemporánea comprobamos que aun se mantiene en pie la tienda de las Amezqueta y que ha desaparecido buena parte del resto). Tan sólo quedan en pie algunos edificios, no todos,  del comienzo de la Travesía del Ave María y en la zona de la avenida, la casa de la señora Baldo, (en el barrio, llamabamos  a las casas por alguno de sus propietarios o inquilinos más preeminentes). 

En sus bajos había un taller y otra tienda de ultramarinos. En la fecha en que se había tomado la foto, ya se había derribado, como se puede comprobar, el edificio anexo a la casa de la señora Baldo donde estaba la Casa Parroquial de la Iglesia del Salvador, que se había trasladado ya al nuevo edificio construido junto al parque, al lado de la iglesia, y que he citado al comienzo de este artículo.

La Travesia Ave María hasta los derribos de fines de los 90

La vieja Rochapea que conocí  era un barrio formado por muchos barrios: El Salvador, formado por las casas de las dos fases, en ambos lados de la avenida de Marcelo Celayeta,  la Rochapea Vieja que era como llamábamos al viejo barrio más cercano al rio, las casas de San Pedro, las Casas de Oscoz, las Casas de Lainez, Cuatro Vientos-Santa Engracia y el Ave Maria, entre otros. 

Hablar del Ave Maria es hablar de la iglesia, las escuelas y la travesía, pues durante decadas formaron un todo. Dice J.J. Arazuri en su libro “Pamplona, calles y barrios” que la “Travesía del Ave María  era una calleja sin urbanizar que nacía de la avenida de Marcelo Celayeta y después de seguir un curso irregular terminaba en fondo de saco y que su título lo asignó el vecindario, sin respaldo oficial, por estar situada junto a las escuelas del Ave Maria”.
La travesía que conocí era un pequeño microcosmos en si mismo. Constaba de 15 portales, los cinco  primeros portales en lo que llamabamos la calleja, (a la izquierda, en la foto, antes de su derribo), eran los edificios más antiguos, probablemente de comienzos  de siglo, los dos siguientes (el 6 y el 8) se encontraban frente al patio y campo de futbol de las antiguas escuelas. 
Luego había 2 bloques (3 portales de 16 viviendas cada uno)  construidos  a finales de los años cincuenta (en  1959) y que corresponden a los números 7, 9 y 10 y construidos en paralelo a un ramal del Plazaola-Irati que conectaba desde la Estación del Empalme con la Estación del Norte, y que hoy es la calle de Nazario Carriquiri, (y que son de los pocos edificios que junto al 8 aun se conservan), dos chalets de planta baja a ambos lados de la calle (uno de ellos albergaba un estanco, el otro aparece en la fotografía de arriba junto al nº 9), el número 13 y finalmente otros dos edificios de construcción más antigua que correspondían a los últimos números de la calle: el 14 y el 15. Tal y como recuerda Arazuri, la calleja terminaba en un fondo de saco, cerrada por una tapia  junto a  la que  llamábamos la huerta del Platero situada enfrente del nº 15. Otra tapia, esta metálica, formada  por chapas cerraba la calle, al final de los bloques 14 y 15  (en las fotografías adjuntas de abajo, los números 14 y 15 y la llamada huerta del Platero). Estos últimos bloques fueron derribados en los primeros años de la década de los 2000. En total serían unas 100 viviendas, con más de 500 vecinos.

Eran tiempos en los que las industrias estaban instaladas en las bajeras, bajo las viviendas. Asi durante años, tuvieron su sede en la calle la fábrica de la Colamina, un taller de recauchutado, Mitxi, los depositos del Kas, etc. 

También en la calle, y junto al número 10 tuvo su sede la sociedad Gure Txokoa, cuyo campo de futbol estaba muy cerca en los terrenos que ocupó durante más de 30 años la fábrica de piensos Caceco. Posteriormente ese local sería ocupado durante algún tiempo por la Peña Rotxapea antes de su traslado a la calle rio Arga. 

Eran tiempos en los que se hacía vida en la calle, especialmente en el verano,  como en los pueblos, todo el mundo se conocía en el barrio por el apellido (a la calle le llamabamos barrio)  y todos nos conocíamos y nos saludabamos en las viviendas. En la “travesía” vivían, en aquel entonces,  los Tornos, Arriaran, Marin, Visus, Del Valle, Garriz, Meoqui, Cantero, Viedma, Anaut, Pardo, Goñi, Biurrun, Casado, La Fuente, Zunzarren, Sádaba, y tantos y tantos otros. Eran tiempos que hace décadas pasaron y que no volverán.

La Avenida de Marcelo Celayeta en 1967

La avenida de Marcelo Celayeta ha constituido el eje o columna vertebral del barrio de la Rochapea durante la mayor parte de su historia reciente, sobre todo en la segunda mitad del siglo XX. El viejo camino de Villava, luego avenida, que se extendía entre Cuatro Vientos y Capuchinos pasó a llamarse avenida de Marcelo Celayeta, fundador de las escuelas del Ave Maria y de la iglesia del Salvador, por acuerdo el pleno del 27 de julio de 1951.
Desde entonces, además de convertirse en una de las principales vías de tráfico de la zona norte de la ciudad se convirtió en escenario privilegiado de los primeros movimientos sociales y huelgas obreras de nuestra ciudad, en las postrimerías del franquismo: Chalmeta, Industrias Esteban, Motor Ibérica, la huelga general de 1973. El cruce de Cuatro Vientos, la iglesia del Salvador (donde con frecuencia se encerraban los comités de empresa en huelga, a veces con desalojo policial incluido) o la zona del Bar Porrón están indisolublemente unidos a la convulsa historia de nuestra ciudad, tanto en la epoca del tardofranquismo (1968-1975) como de la transición democrática (1976-1981).
La primera foto que ilustra esta entrada es del tramo más cercano a Cuatro Vientos, cerca del cruce con la calle Rio Arga. A la derecha, la carpintería de Garaicoechea, metida en el hueco que no se ve, la pescadería Galar, y en esa especie de barracones de planta baja diferentes establecimientos comerciales entre los que destaca la librería de la Pachi, uno de los más entrañables personajes del barrio, en nuestra más tierna infancia.En su librería compraríamos los primeros dulces y golosinas (ah, aquellas mantecadas y tortas de txantxigorri), los primeros albumes de cromos, los primeros libros…Estas viejas construcciones serían derribadas cuatro o cinco años más tarde, primero esa construcción  de planta baja y en torno al año 1972 o 1973  la carpintería y la pescadería citadas. Y aun la Pachi nos acompañaría durante 12 o 15 años más, hasta su jubilación en el nuevo edificio que ocupasen los viejos barracones.

Más adelante se observa uno de los pocos edificios que se conservan en la actualidad, la Iglesia de la Clínica Psiquiatrca  de las Hermanas Hospitalarias (Padre Menni), seguido del edificio del antiguo Banco Central (hoy en sus bajos hay una academia de baile) y que conocería un espectacular atraco en los primeros años 70, el cine Amaya, perteneciente  a la empresa Saide, cerrado en el año 1971 y derruido veinte años más tarde con las nuevas construcciones y viales del barrio, las llamadas Casas de Oscoz, con el Bar Feliciano y la Senda como algunos de los hitos más importantes (junto al bar Porron) para los andarines del barrio, (hubo tiempos en los que también se chiquiteaba en este barrio).

En la segunda e invernal foto  foto, de algunos años antes (febrero de 1963),  podemos ver, además de un curioso rebaño de ovejas que circula por una mal urbanizada avenida,  a la izquierda el grupo de Casas del Salvador, más adelante lo que conocíamos como la Casa de la Marichu, seguido del edificio donde durante décadas estaría la tienda de las Hermanas Amezqueta. Más adelante, la casa y cuadras de los Goñi, la Casa Parroquial y  al final de la foto se atisba en ese día brumoso la inconfundible torre de la Iglesia del Salvador. Las últimas construcciones que alcanzamos  a ver son un par de manzanas cercanas a Cuatro Vientos, uno de los edificios sigue actualmente en pié, allí donde estuvo el Bar la Cabaña y hoy es un kebab y al que se trasladó tras el derribo de las casas de Cuatro Vientos, Eliseo. En el otro estaba el antiguo bar Cuatro Vientos.(Fotos: J.J. Arazuri) 

Las antiguas escuelas del Ave Maria (1916-1977)

Las antiguas escuelas del Ave-Maria son una parte importante de la memoria personal de varias generaciones de pamploneses del barrio de la Rochapea. Se empezaron a construir el 21 de marzo de 1915, terminándose, junto a la cercana iglesia del Salvador el 2 de abril de 1916. Su fundador fue D. Marcelo Celayeta, párroco de San Lorenzo, que se inspiró en las escuelas del mismo nombre que impulsó en Granada el pedagogo Andres Manjón. Fue dirigida por D. Marcelo Celayeta hasta su muerte el primero de mayo de 1931. Fueron sus primeros maestros, formados en el metodo manjoniano, Don Gervasio Villanueva y Doña Maria Marillarena. Los niños aprendían jugando con piedras, cintas de colores, piezas metálicas, etc. También se cuidaba la formación musical llegando a formarse una banda de 28 músicos.

La escuela de planta baja y con grandes ventanales que se ve en la fotografía anexa a la iglesia del Salvador (popularmente conocida como la iglesia del Ave-Maria) y que inicialmente apenas contaba con unas 2-3  aulas se fue ampliando en sucesivas fases,  hasta contar con 3 más siguiendo la línea de las escuela de la foto superior y otras 4 aulas más, (las que se ven en la fotografía inferior)  y que popularmente conoceríamos (no se porque) como las escuelas de las chicas, pues en los años en que yo conocí la escuela las clases eran ya mixtas, eso, si, los chicos separadas de las chicas. En la foto superior se puede observar a la izquierda de la foto, la entrada a la sacristía de la iglesia del Salvador, enfrente una de las entradas a la escuela. Al fondo de esta entrada se vislumbra (por el tejadizo superior) otra construcción que era lo que conocíamos como el salón de actos. La escuela contaba con un campo de fútbol de tierra, bastante amplio, separado por una tapia de las calle Carriquiri (es un decir lo de calle porque como hemos visto hasta bien entrados los años 80 era un camino de tierra) y de la Travesía del Ave María. En este campo que era utilizado no solo por los alumnos de la escuela sino por muchos jóvenes del barrio para jugar al fútbol se instalaba en las fiestas de la Rochapea que tenían lugar a mediados de agosto, coincidiendo con la festividad de San Lorenzo, una animada verbena y otras atracciones que concitaban el interés de muchos vecinos no solo del barrio sino de otros barrios de la ciudad.De aquellos años, (1968-1973), recuerdo a maestros y maestras  como la Ramonita, Doña Conchita Zaldo, Don Emilio Loitegui, Doña  Isabel Ancil y Don Germán Tabar. También al portero, al señor Francisco. Era director de las escuelas en aquellos años Don Daniel Pascual. En aquellos años ya se habían abandonado casi por completo los métodos manjonianos pero era perfectamente visibles las huellas, los restos de aquellos métodos que sacaban la escuela del aula para dar la formación al aire libre: el mapa de España a gran escala en el suelo, la genealogía de los reyes hispánicos en la pared de la sacristía de la iglesia, las pizarras negras  a lo largo de las fachadas de la escuela. Y de vez en cuando nos sacaban al patio con las mesas para darnos alguna lección de matemáticas o de ciencias de la naturaleza.

Recuerdo de aquellos años en las escuelas, la botellita de leche que nos daban en los primeros cursos, después de comer, antes del tiempo de la siesta, algunos expeditivos métodos de la “vieja escuela”, la bata grisácea o negra del maestro, las clases grandes, muy grandes, como para 40 alumnos, los grandes ventanales, el negro encerado que cubría todas las paredes, el crucifijo entre los retratos de Franco y José Antonio, las mesas de pizarra verdinegras, con un agujero para los tinteros de otras épocas, una antigua estufa de carbón y leña, situada en una de las esquinas de la clase que sin embargo lograba atenuar el frío de ciertas mañanas y tardes invernales, el recreo de las 11.00, las clases de gimnasia en el campo de futbol, el serrín en el suelo cuando nevaba o llovía (aún me acuerdo del olor del serrín mojado), las vacunaciones en el Instituto de Higiene de la calle Leyre o las revisiones médicas anuales que nos hacían en las escuelas de San Francisco. Alguna vez me traía mi madre el almuerzo al recreo a la entrada de las escuelas, junto a las puertas rojas. Las clases eran de 9 a 12 y de 3 a 5. Luego en casa, la tarea, la merienda y a la calle a jugar. Tras sus grandes ventanales vimos pasar las estaciones y los primeros años de nuestras vidas.

 Las viejas escuelas del Ave María comenzarían a derribarse en el verano de 1977, siendo sustituidas por un moderno edificio sin personalidad pero acorde a las necesidades de la época y que aun pervive. Posteriormente se fue  ampliando la escuela con barracones, anexos y nuevos edificios, compartiendo años después patio e infraestructuras con una escuela en euskera, el Patxi Larrainzar. Hace poco más de 2 años, después de 94 años de servicio al barrio y a la ciudad desaparecían definitivamente las Escuelas del Ave María, tras el traslado de su alumnado a otro edificio en el mismo barrio, en el nº 32 del Paseo de los Enamorados.
Fotos: Nº 1. J. Cia (1950). AMP. Nº 2. AMP (Archivo Municipal de Pamplona)

La calle Nazario Carriquiri en el año 1984

En esta foto de la calle Nazario Carriquiri de 1984 se comprueba, si se observa detenidamente, cuanto ha cambiado esta parte del barrio de la Rochapea en estas últimas décadas. La calle que recibió su nombre del celebre ganadero navarro, por un acuerdo del pleno del Ayuntamiento, el 25 de mayo de 1971, comenzaba en la Avenida de Guipúzcoa y terminaba en el Grupo de Viviendas El Salvador (2ª Fase),  en el punto en el que se iniciaba la Travesía de las Provincias, luego llamada Ciudad de Sueca. 
La calle Karrikirri estaba en 1984 todavía sin urbanizar. (Comenzaría su urbanización dos o tres años más tarde). A la izquierda, la fábrica de piensos Caceco, levantada  en el lugar casi 20 años antes, en 1966, sobre el antiguo campo del Gure Txokoa, detrás de ella un pequeño descampado, resto del antiguo campo, que seguíamos llamando el “Gure” y la tapia de lo que llamábamos el campo de la Diputación (solía estar lleno de gravilla y otros materiales para la reparación de las carreteras), cercado por una tapia, al final del cual había un barracón del Departamento de Obras. Este barracón sirvió durante algunos años (segunda mitad de los años 70) como local de actividades para la juventud. Tras de él hasta un par de años antes estuvo el viejo edificio de la Estación del Empalme. De dicha estación y siguiendo la línea de las casas de la derecha salía un ramal del Irati que enlazaba con la Estación del Norte. Pero eso fue treinta años antes.
A la derecha, en primer plano, la tapia de la carbonera de las antiguas escuelas,  tras el edificio de las aulas (de las chicas) del Ave María y más alla las nuevas escuelas construidas en el año 1977, después de derribar las viejas escuelas de principios de siglo. Pasadas estas, los números 7, 9 y 13 de la travesía del Ave María y al final, las casas de la 2ª fase del Salvador. Uno de los escasos viandantes que pasea por la calle, con un paraguas parece mirar, de soslayo, en este gris y lluvioso día de invierno,  al fotógrafo que está tomando la instantánea desde la tapia de la antigua Azucarera de Eugui.

Foto: Imagenes Rotxapea. (Revista Ezkaba)

Presentación

Bienvenido a este cuaderno de apuntes personal sobre el Pamplona del último medio siglo. A través de las diferentes entradas iré rememorando lugares y personas y también experiencias y recuerdos seguramente compartidos con algunos de mis convecinos. No se trata de una mirada nostálgica hacia esa Pamplona que iniciaba de forma acelerada su crecimiento y transformación,  aunque lo pudiera parecer. Soy de los que piensan que no siempre cualquier tiempo pasado fue mejor y que hay que mirar hacia delante. Pero la memoria histórica nos enseña lo que fuimos y eso nunca hay que olvidarlo. Adéntrense conmigo en este viaje hacia la Pamplona de los últimos 50 años.