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Recuerdos personales: Aquellos hogares de entonces (1960-1992)

Tercera entrada del blog  en el que hablo de los recuerdos que conservo de aquellos antiguos hogares en los que vivimos en los años 60 y 70 y digo vivimos porque con las lógicas diferencias seguro que habrá más de un recuerdo compartido. Cuando mis padres vinieron a vivir a Pamplona, en junio de 1961, trajeron consigo, como imagino que harían otros muchas personas que vinieron del campo a la ciudad, sus  muebles del pueblo, un dormitorio de matrimonio, con una recia cama; el dormitorio tenía un interruptor de pera junto a la cama, y un pesado armario  con un espejo en la puerta; la mesa, sillas y  armario de la cocina (todas ellas  de madera, el armario pintado de blanco y verde) y poquito más. Al poco tiempo comprarían un dormitorio para mi hermano, con cama, armario, comodín y mesita,  que posteriormente compartiría conmigo, y los muebles del cuarto de estar: Recuerdo que componían los muebles del cuarto de estar lo que se llamaba entonces un trinchante o trinchero  de tres cuerpos, cubriendo toda la pared, -años más tarde le añadirían un enorme espejo, de pared a pared, una mesa enorme, extensible por ambos lados, con patas ligeramente curvadas o alambeadas,  y media docena de sillas de madera, tapizadas en granate,  con el asiento abombado, pues tenían unos muelles por debajo, que las hacían bastante mulliditas.

Ese primer equipamiento de muebles sería sustituido algunos años más tarde, el dormitorio de matrimonio por una cama de 1,15 con armario, comodín con  espejo y dos mesitas, como los que podemos ver en las fotografías,-creo que lo compraron en el año 1966, en Muebles Rubio que estaba al principio de la calle Jarauta-,  el sencillo dormitorio de los chicos de cama de 1.15 armario y comodín, lo sustituirían en 1974 por dos camas de 0.90, armario y mesita de acabado mucho más moderno comprado en Muebles Amat, también en el Casco Antiguo. Un poco antes le había llegado  la hora a los muebles de la cocina, que serían sustituidos por unos muebles de formica (armario de cuatro puertas y dos cajoneras como el de la fotografía, mesa extensible y sillas), no teníamos entonces  ni vitro, ni microondas, ni lavavajillas, tan solo el frigorífico (1974) y  la cocina alimentada por una bombona de gas butano y más adelante el calentador con su eterna llama azulada con el tubo para sacar los gases al patio. También llegué a ver, de muy pequeño,  alguna vez, un hornillo eléctrico  con una resistencia  que debía consumir lo suyo. En la cocina no podían faltar el/los calendarios de la Caja de Ahorros, de los que ya he hablado en otra entrada del blog.

En 1976 le llegó el turno de la renovación al cuarto de estar, comprado en Muebles Jakar, que tenía tiendas en San Gregorio y Marcelo Celayeta,  con su inevitable mueble-bar librería, como el de la fotografía, su mesa hidráulica en el centro y su tresillo de eskay, formado por un sofá y dos butacas, donde te hundías, -que calientes y pegajosas se ponían en verano, no había manera de despegarte, y que frías y resbaladizas resultaban en invierno-. En la pared del cuarto de estar tuvimos primero un tapiz con una escena de ciervos, como el de la foto y posteriormente un cuadro con una escena de caza, como el que apareció en otra entrada del blog que hablaba, como ésta,  de aquellos antiguos hogares. En el mueble librería las inevitables enciclopedias, -entonces el conocimiento no estaba en internet sino en los diccionarios y enciclopedias-,  y los libros del Círculo de Lectores al que estuvimos adheridos entre 1977 y 1980, las fotos de la primera comunión y unas figuras de porcelana, podría haber sido un perro pero en esta ocasión eran un gato y un cisne sobre una de las baldas del mueble y un caballo también de porcelana sobre la mesa hidraúlica. Dentro del mueble, bebidas caras, vajillas y cristalerías para  ocasiones señaladas que casi nunca llegarían. Ah y se me olvidaba, en aquellos años no podía faltar un cenicero de botón de pie o de mesa que casi nunca se utilizaba, salvo por las visitas.

En aquellos años 60 y 70 una casa se parecía a otra como una gota de agua. Entrabas por la puerta de la calle y lo primero que te encontrabas junto a ella era un paragüero de latón o metal,  ilustrado, como en casi todos lo lugares, con los mismos motivos pictóricos de inspiración dieciochesca, en una de las paredes el perchero de pared, que pintamos a juego con el color del taquillón y un termómetro con forma de guitarra, que tenía todas las pintas del típico souvenir, entre dos cuadros de bucólica apariencia. Estos a su vez sustituirían en el pasillo a otros cuadros mas antiguos. Enseguida y enfrente, en esta primera parte del pasillo que podríamos  llamar  vestíbulo o recibidor, había un taquillón y sobre él un espejo de forma más o menos ovalada, el  taquillón era de color hueso, con una placa de mármol en la parte superior,  con adornos pictóricos de escenas bucólico pastoriles en las puertas y en los tiradores de las puertas y cajones e inicialmente en las zonas talladas de la madera había algunas líneas pintadas con purpurina dorada. Inicialmente sobre el mármol había un tapete de encaje de color granate sobre el que reposaban,  en el medio un pequeño florero donde se apretujaban un manojo de vistosas  flores artificiales y a ambos lados un cenicero y una campanilla, todos ellos de color dorado,  y que  con el tiempo desaparecerían siendo sustituidos por el caballo del cuarto de estar.

Y es que en aquella época,  los adornos y tapetes de encaje, blancos o de color lo ocupaban  todo: mesas, reposacabezas, televisores y, como hemos visto,  taquillones. El espejo del taquillón también estaba adornado, en su marco de madera,  por finas líneas de purpurina dorada. Antes del mencionado taquillón recuerdo haber visto un sencillo mueble de escasa anchura, junto a otro espejo más pequeño. En la parte superior del mueble creo recordar que había algún florero, y en la superficie inferior un toro negro de plástico, que en otras casas habría estado seguramente sobre el televisor del salón. En 1977 habilitarían en la habitación del patio un cuarto para el estudio con un mueble de pared a pared, de melanina, en blanco, con listones y tiradores asemejando  madera. La pintura en las paredes de los años 60 dejó paso al papel pintado de los  70, y al gotelé en los años posteriores. En la monótona repetición de aquellos papeles pintados, todos eran muy parecidos,  creíamos ver a veces extrañas cabezas o figuras. Con el tiempo los papeles se fueron diversificando con colores y tonos,  planos, jaspeados, simulando el gotelé u otras técnicas de pintura.

En los baños de entonces había un inodoro o taza del water con cisterna, su rollo de papel el Elefante (se compraban por unidades); entonces la expresión “tirar de la cadena” no era figurada como podría serlo hoy en día sino absolutamente literal y cotidiana, contaban mayoritariamente con bañera más que con ducha,  un sencillo  lavabo con pie o sin él,  su reposa jabones junto a los grifos y sobre él lavabo un  mueble con espejos donde se guardaban los muchos elementos de higiene y cuidado personal de uso diario: Citaré, con cierto detalle, algunos de los nuestros, pues los de mi madre en su caja de aseo era para nosotros, en general,    bastante desconocidos, aunque  imagino que lo componían cremas, barras de labios, lapiz de ojos, rulos, peines, pintauñas y ese sinfín de artículos de cosmética y belleza femenina. En nuestro territorio podían encontrarse la maquinilla de afeitar con las  cuchillas acanaladas Palmera o MSA, como las de la fotografía, sustituidas luego por las Gillete, la brocha y el jabón de la Toja para el afeitado, entre las colonias: Vetiver de Puig, Brummel, o el Floid para el cuidado de la cara después del afeitado, el pulverizador de plástico rosa recargado con agua de ducha S-3, aparte del  jabón de pastilla Lux, Heno de Pravia o la Toja, estos de uso  general por todos los miembros de la  familia.

Muchas casas contaban en aquellos años  con la corriente eléctrica a 125 voltios.  Progresiva y mayoritariamente  se fueron pasando a  220, los electrodomésticos que se comercializaban funcionaban casi  todos a 220 voltios, de forma que las casas que aun manteníamos la vieja tensión de 125 nos veíamos obligados a poblar la casa de pesados transformadores,  cada vez que  un nuevo aparato entraba  en casa. Cambio de tercio, para hablar ahora  de la evolución en la tecnología. Al pequeño transistor japones con que mi madre escuchaba los seriales radiofónicos le sustituiría en junio de 1976 una radio multibanda de color crema, marca Sanyo, que nos prestó servicio hasta noviembre de 1988. Ahí es nada. Con ella, más que con la televisión  vivimos los convulsos años de la transición política. En esa época me compraron mi calculadora electrónica, una Casio, como Casio sería mi primer reloj digital de muñeca. Era la moda de aquellos años. En 1976 también me habían comprado mi primera máquina de escribir, no, no era una Olivetti, sino una máquina búlgara, la Maritsa 22, como la de la fotografía, con la que hice mis primeros pinitos como estudiante, escritor y periodista, hasta que a finales de los 80 arrinconé la vieja máquina de escribir y empecé a manejar aquellos primeros ordenadores Macintosh con pantalla monocromo de 9 pulgadas. Mi primer ordenador fue, concretamente,  un Macintosh SE  como el que vemos en el siguiente párrafo. Tenía  40 megas de disco duro, poco que ver, como se ve, con los actuales discos de 1 0 2 terabytes (1 terabyte equivale a 1 millón de megas o Megabytes). En otras casas, probablemente antes que en la mía,  entrarían aquellos primeros ordenadores personales Spectrum, Amstrad o Commodore.

Ya he comentado en otra entrada que el teléfono, entonces de ruleta, entró en mi casa en el año 1980. Anteriormente y para la escasas ocasiones en que debíamos utilizar el teléfono bajabamos a la cabina  de la calle. Antes no teníamos teléfono en casa y podíamos vivir. Hoy se imagina alguien vivir sin teléfono. Nos hemos convertido en esclavos de la tecnología.   Por aquel entonces o tal vez un poco antes  tuve mi primer radio casette, lo trajo mi hermano de Algeciras, al terminar la mili, era un Sanyo de color grisáceo y negro con varias bandas en un dial de forma un tanto insólita, circular, como el de la foto.  ¿Quien se acuerda ahora de aquellos radiocasettes  en el que había que darle la vuelta a la cara a la cinta  para seguir escuchando la música?. Había cintas de 45 minutos, de 60 y de 90, normal, de cromo o de metal. Más adelante saldrían los radio casettes de doble pletina. Cuantas veces se habrá enganchado una cinta y teníamos que rebobinarla trabajosamente con un boli bic cristal,   pasándolo por entre el agujero del carrete. Hacíamos nuestra propia discoteca musical, diseñando de forma artesanal nuestras caratulas,  rompíamos las pestañas inferiores para evitar un borrado accidental o las tapabamos para volver a grabar la música, aquella música de la transición, increiblemente variada, tan pronto escuchabas a  Victor Manuel, Urko o  Victor Jara como los éxitos de Los superventas o Los 40 Principales de aquellos años, música disco o romántica que de todo había y había un momento para cada música. Podemos recordar la música que oíamos en otra entrada del blog. Los casettes comenzarían a declinar a principios de los 90 con la irrupción del compact disc y más adelante con la aparición de los formatos de compresión musicales, el mp3 y los artilugios tecnológicos que, como el Ipod,  iban apareciendo con el nuevo siglo. Tras aquella primera radio y radio casette llegarían otros “loros” de fugaz recuerdo porque no es una leyenda urbana, las cosas ya no duraban como antes,  la obsolescencia programada está, desde hace ya unos cuantos años a la orden del día.

En cuanto a la imagen, el video grabador se introdujo en el mercado a principios de los 80, si bien en mi casa entró, creo que una década más tarde, “Ghost” fue la  primera película que compré en noviembre del 92. En aquellos años había tres formatos de video y por lo tanto de cintas de video el VHS de JVC, el Betamax de Sony y el 2000 de Philips. Tras unos titubeantes comienzos, sería el VHS el  que se llevaría el gato al agua, convirtiéndose en estandar del sector. El video sería desplazado por el DVD a comienzos del presente siglo y por otros sistemas de mayor capacidad, como el Bluray, si bien, la irrupción y popularización de los nuevos soportes y formatos digitales de video, como ocurrió con el sonido (aparición de tabletas, smartphones, etc) y sobre todo la expansión de las  plataformas de streaming con acceso inmediato a miles de títulos han afectado al soporte videográfico, con un consumo ascendente del canal online y un descenso del soporte físico. A comienzos del siglo pasé toda mi videoteca  de VHS a DVD, gracias  a una videograbadora Sony de dvd.  Fue una tarea larga y  titánica, teniendo en cuenta la cantidad de videos que atesoraba en casa, comprados y grabados de la televisión.  Ahora que se habla de 3D, Realidad Virtual o Realidad Aumentada quien se acuerda de aquellas gafas de celofán azul y rojo que nos vendían como  de 3D o aquellas postales que variaban su contenido, pueden imaginarse a menudo de que tipo,  dependiendo del angulo con que se enseñaban al interesado público.

Mi primera cámara de video, una Panasonic,  la compré en 1998, pero me la robaron tres años más tarde, siendo sustituida por una Sony mucho más pequeña. Mi primera cámara de fotos, dicen que se puede hacer fotografías casi con una caja de zapatos, fue una modesta Werlisa, de cuando se revelaban los carretes en las tiendas de fotografía. Posteriormente, iniciado el  nuevo siglo, la fotografía química declinaba de forma acelerada  por la irrupción avasalladora de la fotografía digital. En 1996 compraba mi primer teléfono móvil: era un Motorola,  que se parecía más a un inalámbrico actual que a un móvil y que  pesaba como un ladrillo; desde entonces por mis manos han pasado muchos modelos de  nokias y de  samsungs hasta los actuales y sofisticados terminales, los smartphones, mezcla de teléfono, cámara (de fotos y video) y ordenador con muchas más posibilidades de comunicación que las viejas computadoras,  además de poseer muchas más utilidades,  tan poco explotadas como desconocidas.

Vivencias, usos y costumbres en el viejo Pamplona: electrodomésticos y otros recuerdos de aquellos antiguos hogares (1960-1975)

En aquellos primeros años 60, se vivía como he comentado en la anterior entrada de esta serie, con cierta austeridad. Lo primero que se hacía era pagar el piso. Y al contado. El piso de mis padres les costó en el año 1968 unas 216.000 pesetas. Pagado el piso podías empezar a comprarte el resto de electrodomésticos del hogar, pero poco a poco, no todo a la vez como ahora. La primera lavadora que recuerdo haber visto en mi casa era una lavadora Bru de carga superior, esto es, se metía la ropa por arriba. Se llamaban lavadoras de turbina y la que había en mi casa era como la que aparece en la fotografía de la izquierda. Consistía en una cuba o caldero metálico metido en una carcasa, (la nuestra era blanca),  que lo contenía, con una turbina en el fondo de la cuba y un tubo de goma de desagüe. La turbina era de goma de color blanco (también las  había de baquelita). Se llenaba la lavadora con baldes de agua, se metía la ropa, se le echaba jabón, Chimbo en escamas, y se le daba a un mando que había en la zona frontal, que activaba la turbina, produciendo unos remolinos de agua que, junto al jabón, limpiaban la ropa.  Creo recordar además haber visto un calefactor de color negro (me imagino que equipado con unas resistencias) que se metía en el agua de la lavadora para calentarla.



Luego llegarían las primeras lavadoras automáticas de carga frontal con su típico ojo de buey y diversos programas: prelavado, lavado, aclarado y centrifugado. Al jabón Chimbo le sustituiría el detergente en polvo de Ariel o Colón (recuerdo aquellos tambores de detergentes, redondos). Creo que la siguiente lavadora que compramos  fue también una Bru (como la de la segunda fotografía) y posteriormente una Balay, pero entre medias recuerdo haber visto otro electrodoméstico en casa, una secadora Balay redonda (como la de la fotografía de la derecha)   que escurría el agua de la ropa. Había que introducir a presión las prendas, sin tapar el fondo del tambor, colocar un balde junto a su zona de desagüe, dar al botón que había en la parte superior y esperar a que diese unas cuantas vueltas, escurriendo el agua y secando la ropa. Alguna vez si  no se metían suficientes  prendas dentro del tambor se producía  un fuerte meneo  que hacía tambalear el aparato. Terminado el centrifugado cogíamos la ropa  y la colgábamos en  el  tendedero. Había manchas en la ropa que no se quitaban fácilmente y había que lavarlas, a mano, en la fregadera, con el jabón Lagarto. Las prendas delicadas se lavaban a mano  con Norit, el del borreguito. Para que no amarillease  la ropa se utilizaba el azulete (recuerdo el de la marca Cisne que aparece en la fotografía) al que sustituiría años más tarde el llamado “blanco nuclear”, que venía en una especie de pastillas. 


Para limpiar los metales teníamos el Netol y para fregar los cacharros (platos, cazuelas y cubiertos)  también Chimbo en escamas y luego posteriormente el Mistol. Fue un gran avance cuando se popularizaron los platos de duralex. Hasta entonces los platos eran de porcelana,  con el riesgo que tenían de sufrir frecuentes desconchamientos. Para quitar  los coscorrones de aquellas cazuelas de hierro,  esmaltadas en rojo, se utilizaban unos estropajos como de esparto duro con una especie como de arena. La lejía que utilizábamos con cierta frecuencia, se llamaba “El Tigre”.  La producía la fábrica de Los Hermanos Ardanaz,  ubicada en la carretera de Esquiroz y que tenía tiendas o despachos en los números 16, 18 y 19 de la calle Mayor y en el número 28 de la calle Mercaderes.   Venía en unas botellas de plástico de color verde, amarillo o rosa, creo recordar.  En los años 30 los hermanos Ardanaz comercializaban también otras dos marcas de lejía: La Cruz y La Esmeralda. En aquellos años, la mayoría de las mujeres, como mi madre,  no estaban incorporadas al mercado del trabajo.   A pesar de que mi padre fue un pionero, un adelantado a su tiempo,  y ya desde muy temprana época colaboraba con mi madre en las labores del hogar era muy habitual ver entonces a muchas mujeres entregadas en cuerpo y alma- y sin ningún tipo de ayuda- al hogar y al cuidado  de su familia: comprando, haciendo la comida, limpiando la casa,  etc. 

Recuerdo a mi madre, arrodillada, fregando el suelo de la cocina, o  encerando el pasillo y las habitaciones para que la casa  brillase como los chorros del oro, y por las tardes cuando no había otra cosa que hacer,  tejiendo un jersey, (que cansino era tener el ovillo de lana entre los brazos para que no se enredara), o remendando unos calcetines,  o poniéndole coderas a un jersey o rodilleras a un pantalón,  o bordando alguna de aquellas sábanas blancas y gruesas de algodón que en el verano resultaban tan fresquitas. Había en casa una máquina de coser Sigma como la que aparece en la fotografía de la izquierda. Con ella hizo mi madre infinidad de juegos de sabanas y otras muchas labores a lo largo de su vida. El domingo la gente vestía con sus mejores galas. Había que ir mudado, como se decía entonces. En tiempos,  la muda se asimilaba también a la ropa interior. La mayoría de la gente acudía, entonces,  a la misa de su parroquia, el domingo por la mañana. Por la tarde la  madre te daba la paga para que dieses una pequeña vuelta por el barrio y te gastabas todo el dinero:  generalmente en  chucherias, posteriormente subiríamos a Pamplona al cine y más tarde a otro tipo de actividades y aficiones que ya hemos revisado en diversas entradas de este mismo blog.

El frigorífico o nevera, gran invento, llegaría a mi casa al principio de la década de los 70. Fue un frigorífico Super Ser, como el de la fotografía,  que prestó largas décadas de servicio a la casa. Entonces no existía eso de la obsolescencia programada y había máquinas que duraban y duraban, vaya que si duraban. En mi casa, recuerdo, muy de niño, que se pintaban  las paredes, luego desde 1970 se comenzaron a empapelar, la primera, el cuarto de estar, con papeles como el de la fotografía  que para bien o para mal marcaron una época. Posteriormente vendría la moda de la pintura al gotelé, más tarde la pintura lisa y posteriormente, hoy en día,   hay algunos que todavía empapelan alguna habitación, eso si,  nada que ver con el papel de aquellos años, los papeles  de hoy pueden ser, si se quiere,  de absoluto diseño e increíblemente caros. Junto a este  reinaba en aquellos años el sofa tapizado en cuero, bueno imitación a cuero, pues era lo que se llamaba entonces eskay.  Hubo otros muchos detalles que caracterizaron la estética de  los hogares de aquellos años, además del papel pintado. ¿Quien no ha tenido en casa, en el cuarto de estar, un cuadro con una escena de caza como el de la fotografía, un tapiz, unas figuras de porcelana o unos cuadros decorativos en el pasillo, con recargadas escenas bucólico-pastoriles o  un taquillón y su correspondiente espejo a la entrada de la casa?. Los adornos y tapetes de encaje lo ocupaban todo: mesas, televisores y taquillones. Aquí he citado algunos productos (tanto de limpieza como de electrodomésticos) que se utilizaban en aquellos años en los hogares pamploneses, pero había muchísimos más. La radio y la televisión, también la prensa y las vallas publicitarias estaban llenos de mensajes que invitaban a comprar esto o aquello. Aunque se seguía viviendo  con cierta austeridad, tras el baby boom de principios de los 60 y el desarrollismo económico promovido por el régimen, la población  empezó  a consumir. En una próxima entrada me ocuparé de la publicidad, los mensajes, marcas y formas de aquellos anuncios de los años 60 y 70.

Vivencias, usos y costumbres en el viejo Pamplona: la cocina económica (1960-1975)

Hoy parecería inaudito, acostumbrados como estamos a vivir con todas las comodidades: ordenador, teléfonos, electrodomésticos, calefacción, etc pero hubo un tiempo, no tan lejano,  en que la mayoría de los habitantes de Pamplona de clase trabajadora vivían, por decirlo suavemente, de una forma bastante austera, sin  buena parte de las comodidades de las que hemos disfrutado años más tarde. Para empezar, la mayoría de las casas carecía de calefacción. La mayoría contaban en la cocina con lo que se llamaba la “cocina económica”, donde además de servir para calentarnos (el resto de la casa estaba en invierno fría como un hielo) también  cocinábamos. Generalmente venían ya  encastradas en las cocinas de las viviendas de aquellos años (de finales de los años 50 y primeros 60).  La cocina económica que había en mi casa la alimentábamos con carbón y leña. Estaba, como he dicho,  encastrada en la propia estructura de la cocina junto al fregadero y junto a ella, en su lado derecho había otro habitáculo que llamábamos la carbonera donde se guardaba, como su nombre indica, el carbón y la leña para alimentar aquel armatoste. Había, entre medias,   un depósito de agua caliente o calderin integrado que nos permitía contar con agua caliente. Aun no había llegado el calentador de gas.

La cocina económica tenía una cubierta de hierro forjado y varios compartimentos, uno para la combustión y otro inferior donde caían las cenizas. En la cubierta había una serie de anillos de fundición que se podían levantar con un gancho y que servían de tapadera. Quitando uno o más anillos, según el tamaño de la cazuela o sartén, se podía obtener fuego vivo para, por ejemplo, freír. La boca de acceso al compartimento para las cenizas y para la entrada del aire de combustión estaba en la parte frontal y al lado del horno. El conjunto se completaba con la chimenea, que evacuaba los humos hacia el tejado, en la cual, en su primer tramo, había una chapa metálica, con un cortatiro para regular la salida de humos, perpendicular al eje del conducto de evacuación;  Y debajo del horno había un compartimento donde caían las cenizas, que se retiraban con un hierro terminado en una plaquita rectangular. Había, además, una barra cilíndrica, de la que se colgaban los paños de cocina. La cocina económica que había en mi casa era de Esteban Orbegozo, y en su enchapado blanco venia además del logo E.O, una dirección: Zumarraga. Recuerdo que la cubierta de la cocina la limpiaba mi madre con una mezcla de arena y vinagre hasta que le sacaba de nuevo el brillo, dejándola como nueva. Más adelante me acuerdo de que se le aplicaba una especie de purpurina de color gris o plateado para dejar la cubierta en inmejorables condiciones.

Al ser la única habitación en la que había calor, la cocina era la estancia más utilizada de la casa, -el cuarto de estar estaba, entonces,  para las visitas y las ocasiones especiales-. En la cocina se desayunaba (¡ay, aquellos tazones de Colacao!, sin o con galletas, siempre Fontaneda), se comía (un día a la semana no podía faltar el cocido), se merendaba (chocolate Orbea o Elgorriaga o bocadillo de chorizo, más adelante llegaría el Pralín y la Nocilla (leche, cacao, avellanas y azucar), del Tulicrem guardo un fugaz recuerdo ) y se cenaba (generalmente tortillas, huevos fritos o revueltos). En ella hacíamos los deberes de la escuela, escuchábamos junto a los padres, -sobre todo la madre-, (pues el padre comía en la fábrica), el diario hablado del mediodía y la noche (el parte de Radio Nacional) o los seriales de la SER, en la sobremesa. En ella se colgaba, también, de una cuerda de nylon la ropa recién lavada para secarla. Y por la noche, en los fríos días de invierno, también nos desnudábamos en la cocina y corríamos rápidamente por el pasillo a la habitación a guarecernos en la cama, bajo una impresionante cobertura de mantas.

La cocina fue, durante la mayor parte de mi infancia, el centro de la casa. A ella tengo asociada infinidad de recuerdos,  los más tempranos, con los pies colgando de la silla y la barbilla apenas sobresaliendo de una mesa de madera pintada de blanco, cubierta con un hule de cuadros o florecitas, junto al resto de mi familia (luego vendría la mesa extensible de formica). El fin de semana  comíamos todos juntos, y el domingo era costumbre hacer una comida especial, generalmente paella o sopa de pescado, (en verano ensaladilla rusa) y pollo (en Navidad besugo o cordero)  en la que no faltaba nunca el postre y unos dulces: unas natillas espolvoreadas con canela y decoradas con unas galletas María o un riquísimo flan hecho con aquellos sobres de flan Chino Mandarín, o un surtido de  galletas variadas de Cuetara, o los nevados de Reglero, y más adelante pastas artesanales de la Plaza (el Mercado de Santo Domingo) (lazos de hojaldre, cocos y otras ricas especialidades), una copita de coñac Soberano para el padre y un vino dulce,  una kina San Clemente para los chavales. Quien lo diría ahora cuando antiguamente en las meriendas, de vez en cuando, te obsequiaban con un sopavino (pan mojado con vino tinto y azucar). Los domingos por la mañana, mi madre nos hacía un delicioso chocolate con el chocolate de hacer Subiza, que tomábamos con unas rebanadas de pan del día anterior, ¡y que rico estaba! (los churros se dejaban para fechas especiales como San Fermín). Cuando no teníamos frigorífico el postre se sacaba a la ventana para que se enfriara, y doy fe de que en aquellos lejanos y fríos días de invierno, el postre se enfriaba como si estuviese en un frigorífico. Poco a poco, en los primeros años 70,  la cocina económica daría paso a la cocina de gas butano (con 3 fuegos y su compartimento para la bombona), el enfriamiento artesanal de la ventana al frigorífico Super Ser y algo más tarde el calderín de “la económica” al calentador de gas.