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Aquellos vendedores ambulantes: barquilleros, heladeros, castañeros y churreros

Hace unos días ví una hermosa foto del archivo fotográfico de José Castells Archanco, cuyo autor es Galle que adjunto junto a este párrafo, -me atrevo a creer por la vestimenta de los hombres situados a la izquierda de la foto- que puede ser de los años 50 o primeros 60, tomada en la plaza del Castillo, frente al Iruña, que tiene a la figura del barquillero como protagonista y que ha removido en mí antiguos recuerdos infantiles que voy a intentar plasmar, amen de hablar de estos y otros vendedores ambulantes, muchos de ellos, sobre todo heladeros y churreros,  también tenían sus tiendas fijas o solo tiendas fijas, y fueron, como pocos, reflejo de nuestras viejas costumbres, de la Pamplona de antaño, esa Pamplona que con cariño y a veces, porque no,  con nostalgia, este blog intenta captar y recuperar. Vinculada al oficio de lo barquilleros nos queda la calle del mismo nombre, denominada así por acuerdo del pleno del 13 de noviembre de 1936, ratificado en el pleno del 24 de marzo de 1937 y que dió nombre a la vía comprendida entre la calle Dos de Mayo y el Portal de Francia, entre la traseras del lado derecho de la calle del Carmen, según sube del Portal, y el antiguo convento de las Adoratrices, hoy el hotel Pamplona Catedral y que vemos en la siguiente foto del fondo fotográfico de Leoncio Urabayen datada en los años 30.

Al terminar la tercera guerra carlista, en 1876 llegó a Pamplona, procedente de San Pedro del Romeral, en el valle del Pas, provincia de Santander, José Gómez López  al que se le unió más tarde su esposa Josefa Martínez. Según dice J.J. Arazuri en su libro “Pamplona, calles y barrios”, el matrimonio se asentó en el nº 17 de la calle del Carmen, en cuya trasera inició la elaboración de barquillos y helados para su venta por las calles y plazas de la ciudad,  además de en posadas y hoteles. Ambos fallecerían con un intervalo de apenas dos días en enero de 1933. En 1952 figuraba como titular de la fábrica de barquillos, Amalia Gómez, hija del matrimonio. Amalia fallecería en 1960. La vieja casa del número 17 de la calle del Carmen, la casa de los primitivos barquilleros, fue derribada y sustituida por un moderno edificio  en 1972, desapareciendo  su acceso a la calle Barquilleros. Sin embargo aun quedarían otros barquilleros como Feliciano Martínez, con domicilio en el nº 6 de la Bajada del Portal Nuevo o Salvador Sainz Revuelta primero en Tejería y luego también en la Bajada del Portal Nuevo. De hecho la citada casa, ubicada en el nº 6 de la calle, la conocimos durante mucho tiempo como Casa de los Barquilleros, una casa construida en el siglo XIX con tejado a cuatro aguas y cuatro miradores, que contaba con tres plantas de 300 m2 cada una. Desde el año 2006 ha sufrido cinco incendios estando actualmente muy deteriorada. José Revuelta, el tercer fabricante de barquillos de la ciudad estuvo primero en el nº 10 de Lindachiquia y luego en el nº 11 de San Gregorio.

Los barquillos eran unos dulces de masa de trigo horneados sin levadura y endulzados con azúcar y miel, con origen probablemente en alguna dependencia religiosa que habría pasado a la cultura popular. Su forma era plana y fina y por la forma del molde tenían un perfil acanalado similar a un barco, de donde le viene por analogía el nombre. Actualmente se presentan también en forma de canuto. Tradicionalmente los barquilleros llevaban sus cestas cilíndricas con barquillos y una ruleta en la que los compradores podían probar suerte. El juego consistía en dar vueltas a una rueda que apuntaba a diferentes números y si acertabas podías recibir algún barquillo de regalo. Desde mi infancia en que asocio su presencia a ferias, fiestas y verbenas recuerdo que pasaron décadas sin que volviese a ver un barquillero, sin embargo creo que a principios de este siglo volvió a recuperarse la tradición del barquillero, situándose en sitios céntricos, como antaño,  mayormente en el Paseo de Sarasate, en su confluencia con la  calle San Miguel. Por otra parte, recuerdo una barquillería chiquita en la esquina sureste de la plaza del Castillo justo entre el Casino Eslava y la Tropicana.

Los barquillos y los helados han estado siempre emparentados. La base del cucurucho era y es de barquillo, quien que no tenga algunos años no se ha comido un cortado de vainilla o de limón emparedado entre dos barquillos planos. De hecho aquellos pioneros barquilleros como José María Martínez que vemos en la foto que abre la entrada, también eran heladeros. A principios de siglo Mariano Pérez, de “Sucesores de Puyada”, vendía hielo y helados además de chufas y horchatas en su establecimiento de la calle Zapatería, nº 15. En los años 20, junto  a este establecimiento  encontramos ya, en el ramo,  todo un clásico, “El Buen Gusto” en el nº 14 de Chapitela. Era además de heladería, horchatería, chufería y turronería. También encontramos  “La Polar” en el nº 29 de Estafeta y a José María Vilar, “El Valenciano” en el nº 38 de San Gregorio, cerca del actual Kaixo. La heladería Nalia, situada en el nº 4 del Paseo de Sarasate se inauguró en el año 1939, y era propiedad del comerciante y empresario local Nicanor Mendiluce Martínez. Desde el primer momento, sin embargo, la heladería la gestionó  José Serrano Molina, maestro heladero y turronero con el que comenzó una saga de heladeros alicantinos de la misma familia que nos lleva hasta la Nalia de hoy en día pasando antes por su sobrino,  Vicente Serrano Más, maestro heladero que dedicó toda su vida laboral desde su juventud hasta su jubilación en el año 2010. Actualmente  al frente de la heladería está su hijo  Vicente Serrano González que continua el negocio  familiar. De aquellos primeros años ofrezco unas fotos que he encontrado en el Instagram de Nalia. Más adelante, en el nº 32 de Sarasate y desde los años 40 estaba la Heladería Italiana,  sus propietarios eran italianos de verdad, su dueño se llamaba Eugenio Bez Dal Molin, así como lo oyen. En los años 50 podíamos encontrar la “Heladería Alaska” de la plaza del castillo, “La Vital ”  en Sarasate a las que cabría añadir los ya históricos “Nalia”, “El Buen Gusto” y la familia Vilar, ahora de la mano de Modesto, en la calle Jarauta, sin olvidar a Mercedes Orquin en el nº 7 de Pozoblanco y a Andrés Martínez en Navas de Tolosa. En el nº 20 de Calceteros, hoy sería el 10 de Mercaderes,  donde desde hace más de 35 años tiene su tienda Ana García, había una heladería a nombre de Gonzalo Sola. También habría que citar a Victorino Crespo con fábrica y tienda de helados en el Ensanche.

De todos aquellos heladeros  todos o la mayoría, creo recordar,  tenían un local y muchos vendían por las calles y plazas con sus carros, el más popular, el que dejó un mayor recuerdo en la ciudad fue Eliseo Sanchiz Sanz, haciendo las delicias de varias generaciones de pamploneses. Yo aun recuerdo de niño, algunos veranos, en los que algún  flamante heladero, como Eliseo,  acarreaba aquellos curiosos carricoches por las calles de los que extraían aquellas bolas de helado que, montadas  en un  crujiente cucurucho, se derretían en nuestras bocas.   Eliseo nació en la localidad alicantina de Bañeres, en la comarca de la Hoya de Alcoy, en una familia de once hermanos en el año 1904. A los veintipico años Eliseo se trasladó a Pamplona. La falta de trabajo en su tierra  le obligó a ello. Vino a nuestra ciudad como vendedor de helado trabajando para “El Buen Gusto” de la calle Chapitela  a  finales de los los años 20, antes de la guerra civil,  y lo haría después para “La Vital” de Sarasate. Su primera tienda estuvo ubicada en la calle Lindachiquía, donde también vivía.

Cuando su amigo Juan Arbizu, de las Cafeterías Delicias, al que me he referido en otra entrada, dejó el puesto de golosinas de la estación, a principios de los años 40, se lo ofreció a él. Como no podía compartir ambas ocupaciones, -la heladería en el centro y el trabajo en la estación-,  se trasladó a la Rochapea, a la Avenida de Guipúzcoa, donde trasladó su domicilio y puso la tienda que conocimos hasta finales de los 90 (1999). Allí durante muchos años se vendía  de todo, como en un colmado, pero sobre todo helados, golosinas, pan, leche, etc. O al menos es lo que recuerdo yo pues no en vano “Dulces Eliseo” formó parte de mi pequeño universo y vivencia personal. En la estación vendía pastillas de café y leche “Las dos cafeteras”, peladillas, garrapiñadas y caramelos.  Me acuerdo también de aquel carro aunque en esos años (finales de los 60) el ya no estaba, había fallecido. De carácter afable y bonachón le agradaba contar historias a los más pequeños. Cuantas veces le habrían hecho rabiar con sus trastadas y regateos. Con su original vehículo mitad moto, mitad carro visitaba el exterior de los colegios buscando a su natural clientela: los institutos de la plaza de la Cruz, Jesuitas, Escolapios, Salesianos, etc. Eliseo fallecía el 20 de febrero de 1966 a las ocho y media de la mañana en la estación del Norte bajo las ruedas del convoy ferroviario que salía para Alsasua, con apenas 62 años. Su triste final conmocionó a muchos pamploneses. Tras su muerte la familia seguiría con el negocio y dejaron de hacer helados y se dedicaron sobre todo  a hacer  palomitas que repartían por todos los cines de Pamplona. Derribada la casa de la avenida de Guipúzcoa en 1999 se trasladaron a la vuelta, junto al antiguo bar La Cabaña, hoy un kebab, donde permanecieron desde 2001 a 2014 que la tuvieron que cerrar por motivos familiares y de salud.

También debería recordar a Juan Más Valdes, más conocido como “El Alicantino” pues así rotulaba sus carros de venta. Juan Más Valdes  vivía en el nº 2 de la Bajada de Javier. Como Eliseo, trabajó para el establecimiento “El buen gusto” de la calle Chapitela, como atestigua la fotografía de la izquierda tomada en los años 20 en el bosquecillo de la Taconera. Llegó a tener una fábrica y tienda de helados en el nº 10 de la calle San Miguel. El helado fabricado lo vendía en la tienda y lo repartía a restaurantes y hoteles, como hacían los barquilleros y heladeros de la época. Pero también y a pesar de la distancia llevaba helados a los soldados del campamento de El Carrascal y fabricaba turrones para la venta como actualmente hacen Larramendi o La Turronería de la plaza del Castillo.

A  caballo entre la tienda fija y el vendedor ambulante, situo en mi mente a los quioscos, concesión administrativa de la institución municipal. Había, antes de la proliferación de quioscos, algunas personas que vendían juguetes y golosinas a los niños de entonces por las calles, como cuentan J.J. Arazuri y Antonio José Ruiz en su documental “Rincones y nostalgias de Pamplona”. En aquellos quioscos de los años 40 y 50 se vendían pequeños juguetes y chucherías y posteriormente, en los años 60-70, en algunos de ellos también revistas y prensa. De entre aquellos quioscos de madera pintados de verde que yo recuerdo de mi niñez y primera juventud puedo citar los siguientes: el de la  plaza de San Nicolás, junto a la iglesia; el Rincón de San Nicolás, casi saliendo hacia  Sarasate; el de Calceteros, muy cerca de Mercaderes y Chapitela;  el de San Saturnino, junto a la iglesia del mismo nombre cuya fotografía adjunto;  el situado entre Mañueta, Curia y Navarrería, y los de Recoletas, no se si me dejo alguno, al menos de mi zona, pues seguro que en el Ensanche había muchos más que yo no frecuentaba. Posteriormente   en los años siguientes (años  70)  proliferaron muchos más, construidos ya en metal, con una base más estrecha que se iba ampliando hacia su zona acristalada. De estos recuerdo los de Plaza del Castillo, Plaza de Toros, Paseo de Sarasate, San Ignacio (había dos), San Francisco, Merindades, Antoniutti, ¿Príncipe de Viana?, etc).  También se instalaron en los barrios (Avenida de Zaragoza, etc) y como he dicho  junto a los productos mencionados (chucherías…) empezaron a introducir con profusión  revistas y prensa. Hoy apenas queda alguno abierto, tal vez el de San Ignacio de José Antonio Berdonces.

Mantienen, sin embargo su poder de atracción los viejos puestos de castañas asadas, tan asociados a los fríos días de invierno. Yo recuerdo desde hace muchos años sobre todo los de Comedias, Plaza de San Nicolás y Estafeta si bien el número de puestos concedidos por el consistorio ha superado, en ocasiones, la decena  (San Francisco, Merindades, Plaza de la Cruz, Antoniutti, San Saturnino, San Ignacio, etc). Los citaré por orden cronológico, de mayor a menor antigüedad los más conocidos. El puesto más antiguo lo ostenta Andoni Martínez, situado al final de la calle Comedias. Su locomotora humea en el lugar desde 1925. La puso en marcha su abuelo y en 1962 cogió el relevo su padre, Miguel Martínez, que estuvo con el puesto en Comedias durante 50 años hasta el año 2012. Andoni lleva solo cinco años en este lugar si bien atesora 20 años de experiencia con otra locomotora en la Taconera. Trabaja solo el fin de semana. Josemi López García lleva desde 1980 en el final de la Estafeta y durante un tiempo compaginó este trabajo otoñal con la venta de barquillos el resto del año  en el paseo de Sarasate. Hace mucho tiempo, en los años 50-60 en el lugar estuvo el Sr. Amado y su señora Paca, me comenta Antonio Ibañez Basterrica, la fotografía que se adjunta a la derecha es del año 1962. Miguel Martínez Chocarro ocupa desde 1991 su esquina de Merindades y parece claro que este oficio, como los anteriores, tiene cierta tradición familiar: su abuelo, su hermano y  su padre, trabajaron o trabajan en  este  sector. Joseba Echarri lleva desde 1992 en la esquina de San Ignacio con Cortes de Navarra, junto a la iglesia de San Ignacio. Joseba cuenta, además, cuentos  a los niños relacionados con el medio ambiente.  Mikel, el castañero, estuvo en la plaza de San Nicolás. En el siguiente párrafo hay una foto extraída de un calendario promocional suyo de 1999.  Desde 2003 Txumari Borda coloca su puesto en Conde Oliveto el último en llegar, pues lleva solo cinco años es Harold Nuin Gurbindo en la esquina de Mercaderes con Chapitela aunque atesora 33 años de oficio.

Termino este recorrido por esos viejos oficios que tenían mucho de ambulantes con las “olorosas” churrerías. De hecho aunque no sean los casos que nos ocupan en esta revisión, pues todas eran churrerías fijas, ¿quien no se acuerda de esas churrerías barraqueras de Sanfermines o de las fiestas de los barrios con ese entrañable olor a fritanga?. Y es que como decía el industrial local y procurador Lucio Arrieta el churro fue en Pamplona durante muchos años  “el pastel del pobre”. A comienzos del siglo había en Pamplona tres churrerías fijas:  la centenaria churrería de la Mañueta de los Fernández, de la que hablaré con amplitud en el siguiente párrafo, otra en la calle Eslava, a nombre de Inés García,  y una tercera, al final de la calle Zapatería, en el nº 60, cuyo titular era la Vda. de Aguilar. Posteriormente en 1924 se instaló una nueva churrería en San Gregorio, de corta vida, y también hubo otra en Jarauta, 10, la Churrería “San Fermín” de Bernarda Abaurrea,  que tuvo una fugaz existencia. En los años 30 se instaló otra churrería en el nº 80 de la calle  Eslava, “La Estrella” dirigida por  José Roa. A finales de los 40  se abrieron nuevas churrerías: en San Gregorio, por Victorino Ganuza, el del Bar Ganuza, y en la calle Compañía   por Angel Velloso y Julio Suescun, mientras Elías  Fernández Olague sumaba a la veterana churrería de la Mañueta otras dos, la del puesto del Mercado que regentaba su esposa y otra en el nº 7 de la calle Amaya. Los Fernández Jimenez tenían, por su parte, sendas churrerías en el nº 3 de Mañueta y 53 de la Estafeta. Jose Roa continuaba con su churrería de Eslava, que regentaría luego su hija Aurora. En Paulino Caballero encontrábamos la churrería de Julio Esparza.

El 13 de diciembre de 1872, Juan Fernández Calero, natural de Cientruénigo abría la churrería en el nº 13 de la calle Curia. En 1890 la churrería se trasladaba al nº 8 de la calle Mañueta. Célebres fueron sus gigantes, que hizo en colaboración con Pedro Trinidad y que desfilaron por las calles de la vieja ciudad de la Navarrería en contadas y celebradas ocasiones, en 1905,  en las fiestas de San Fermín Chiquito y en otras extraordinarias circunstancias y de las que hablé extensamente en el nº de septiembre de 2018 de la revista “Conocer Navarra”. El habilidoso Elías hizo otras curiosas construcciones para fiestas y carnavales como  un barco en tierra firmen o un paraguas gigante que apenas podía pasar por la calle San Miguel. A Juan le siguió en el oficio, desde joven, su hijo Elías Fernández junto a su mujer Faustina Martínez. Inicialmente la churrería funcionaba condicionada por el horario del Mercado. Abrían también domingos y festivos. Y participaban en el Real de La Feria, instalada en aquel entonces, cerca de Padre Moret, en la parte trasera del actual Gobierno Militar, donde estuvo el Estadio General Mola. Allí  trasladaban sus bártulos y demás parafernalia churrera,   con 40 empleados, utilizando más de 10.000 kilos de harina y 5.000 de litros de aceite para hacer unos 180 kilómetros  de churros cada sanfermin. La posguerra afectó duramente a la churrería, por la escasez de materias primas y el racionamiento. Durante 6 o 7 años sólo se podían hacer churros los días que había encierros. Poco después les dieron permiso para trabajar los domingos y, más tarde, los sábados. Doña Faustina llevaba también el puesto de churros del Mercado. En 1953 se retira Elías Fernández, después de casi 60 años en el oficio continuando su mujer  Faustina con el negocio. Elías   fallece  en agosto de 1960. En los año 40  abrieron una churrería en el nº 7 de la calle Amaya, en las casas baratas de Andrés Gorricho,  que cerraron  en 1963. En 1972 conmemoraron el centenario con multitud de actos festivos y la salida de sus gigantes  que no lo habían hecho desde 1948. En 1936 la docena de churros costaba 40 céntimos, en 1972, 12 pesetas. En 1969-70 dejaron de trabajar los días laborables pues ya no era rentable, abriendo a finales de los 80  tan solo 15 o 16 días : en San Fermín y  unos pocos días al año, antes de las fiestas de julio y los domingos de octubre. En 1986 moría doña Faustina, quedando al mando del negocio su hija Paulina Fernández y su marido Josetxo Elizalde, la tercera generación que colabora actualmente con la cuarta generación en esos escasos días  en que abren para su  público. La docena de churros costaba en 1986, 180 pesetas, once años más tarde, en 1997, costaban 550.

Fotos por orden de aparición: Nº 1: Foto del barquillero José María Martínez, sin filiar y sin datar. J.J. Arazuri. Pamplona, calles y barrios, Nº 2: Plaza del Castillo. Años 50¿?. Foto Galle. Archivo José Castells Archanco, Nº 3: Calle Barquilleros. Años 30,  Leoncio Urabayen (1952). Biografía de Pamplona, fig. 86. http://fotografiasurabayen.unavarra.es/ Universidad Pública de Navarra. Biblioteca. Fondo Leoncio Urabayen. Licencia CC BY-NC-ND 4.0.  Nº 4: Casa de los barquilleros. 2006. http://ketari.nirudia.com (licencia CC BY-SA) , Nº 5:  Barquillero. Sin datar, Foto José Castells Archanco, Nº 7 y Nº 8: Archivo Heladería Nalia, Nº 9: Calle Chapitela. Años 20. Archivo Municipal de Pamplona, Nº 10. Dulces Eliseo enla Avenida Guipúzcoa. Años 90. Foto Alberto Crespo. Revista Ezkaba, Nº 11. Motocarro de Eliseo. Foto Calleja y Lafuente, Sin datar. Nº 12: Eliseo en el centro de Pamplona con su bicicarro de helado. Sin datar ni filiar, Nº 13: Juan Mas con su carro de “El Buen gusto”. Años 20, en el Bosquecillo. Nº 14: Kiosko de San Saturnino. Archivo José Castells Archanco, Nº 15: castañera de la Estafeta. 1962. Archivo Antonio Ibañez Basterika, Nº 16: Foto del castañero Miguel Martínez  https://turismonavarra.wordpress.com/2014/11/01/castanas-asadas-y-los-castaneros/, Nº 18: Miguel Martínez Chocarro  con su locomotora en la plaza de Merindades. https://cuatrogatosfcom.wordpress.com/tag/castanero/ Nº 19: Churrería de la Mañueta. Sin datar ni filiar. Probablemente años 50 y de José Galle, Nº 20: Josetxo Elizalde, marido de Paulina en la churrera con sus nietos Elas y Ohiana en 1983. Foto Mena. Archivo Diario de Navarra