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Estampas de antaño: Las antiguas villavesas (1927-1997)

Recupero una vieja sección del blog en el que se mezclan recuerdos personales y algunos datos históricos. En esta ocasión me detendré en nuestras queridas villavesas. Algunas personas de fuera se suelen sorprender por éste, para ellos, desconocido término localista  nuestro: la villavesa. A través de esta entrada conoceremos el origen del término que hoy seguimos utilizando para referirnos a los autobuses urbanos así como otros interesantes datos sobre el origen y desarrollo de nuestro actual transporte comarcal. Tengo recuerdos muy nítidos de las villavesas a través de las diferentes etapas de mi vida, algunos de los  cuales ya he plasmado, en diferentes pinceladas, en algunas entradas de este blog. Muy cerca de mi casa, a la salida del mi calle, la Travesía del Ave-María, tuve, durante décadas, una parada de la villavesa, “para subir a Pamplona”, como decíamos y seguimos diciendo, estaba justo delante de la casa parroquial de la Iglesia del Ave María y casi enfrente, en el edificio donde estuviera una sucursal del Banco Central, al lado de la Clínica Menni estaba la otra parada, en la que me bajaba habitualmente. La villavesa  continuaba luego por la Avenida Marcelo Celayeta y Avenida de Villava. Era la línea 3, como ahora, si bien se corresponde con  la línea circular 3-21. Su denominación, no obstante,  sí que ha ido variando, a lo largo del tiempo, aunque su denominación más prolongada que yo recuerde fue la de San Pedro.

Aquellas antiguas villavesas eran unos autobuses bastante más pequeños que los actuales, pintados de blanco, en la parte superior y de verde oscuro en la parte inferior y bastante ruidosos; Cuando el autobús estaba semiparado, esperando en la parada, temblaba o vibraba todo el vehículo y los que estábamos dentro. Tenía unos empinados escalones de subida,  o al menos a mi me lo parecían, y unos asientos de madera  bastante austeros e incomodos si los comparamos con los estándares de comodidad actuales. Los conductores de entonces, que recuerdo vestían de azul marino, no creo que tuviesen necesidad de ir al gimnasio,  es broma, porque los pobres, ellos, tenían que mover, continuamente, a cada paso,   una palanca de cambios enorme. El motor del vehículo estaba en la parte delantera, como se puede ver en la foto de la derecha, que encabeza la entrada y su potencia no sobrepasaría seguramente los 125 caballos. La mayoría de los autobuses era de la marca Pegaso Comet. No había aire acondicionado como ahora, se podía fumar en el autobús, y a menudo era tal el número de personas que subíamos al vehículo que viajábamos como verdaderas sardinas en lata. Antes de los bonobuses de cartón estaba el billete ordinario. Y por la mañana, antes de las 9, creo recordar podías acceder al billete reducido, que te permitía utilizarlo también en el viaje de vuelta. En los años 70, recuerdo también un billete reducido para otros tres viajes, que tenías que separar y que el conductor te cortaba cada vez que subías. El billete reducido (para 2 y 4 viajes) se puso en marcha en agosto de 1969, tras la creación de la COTUP. Junto a este párrafo podemos ver, a la derecha un billete reducido de color amarillo de dos viajes, fechado el 30 de enero de 1971. A la izquierda dos billetes ordinarios, un billete ordinario de Autobuses Pamplona, de los primeros años 60 y debajo un billete ordinario de la COTUP, de 1976. De vez en cuando se veía en la villavesa algún inspector o revisor que vigilaba que nadie se montase sin pagar por la puerta de atrás.

En los años 50 la villavesa llegó a hacer algunos recorridos por el Casco Antiguo un tanto desconocidos: como aquella  línea que en 1954 se metía por la calle Nueva y salía por la calle Mayor. Si que recuerdo, en cambio, como hace unos pocos años  la línea  14 entraba por la calle Nueva y salía por Santo Domingo. Y por supuesto, y sobre todo, recuerdo la línea 6 que subía desde la Rochapea y atravesaba Santo Domingo (cerca del Ayuntamiento tenía una parada), la plaza Consistorial, la calle Chapitela hasta llegar a la plaza del Castillo, donde había otra parada.  ¿Quien no recuerda el encierro de la villavesa del día 15 de julio?. Según unas fuentes comenzó en 1985, yo creo que de manera más o menos organizada o premeditada sí debió ser en esa fecha, aunque hay fotografías como la que aparece junto  a este párrafo (de la Filmoteca Española) que nos muestran la villavesa interceptada por mozos en la calle Chapitela nada menos que en el año 1962. Todas las villavesas de Pamplona tuvieron, como recordarán muchos lectores, durante cerca de 20 años su estación central en la plaza de la Argentina (o plaza del Vinculo), tal y como señalé en la entrada correspondiente. En efecto, allí tuvieron su punto de partida y de  llegada final, desde 1965 a 1982  nueve autobuses que accedían, desde Sancho el Mayor, Tudela o Cortes de Navarra a tres andenes con dos marquesinas cada uno: no recuerdo todas pero si alguna: San Juan, Estación, Chantrea, imagino que también Milagrosa y el resto de barrios. En la foto de la izquierda (del archivo de La Montañesa) que encabeza la entrada podemos ver hasta 12 autobuses en la plaza. El de aquella época era un sistema totalmente radial frente al que se instauró en 1982, más diametral y con diferentes puntos de convergencia centrales donde se acumulan un montón de paradas: Príncipe de Viana, Merindades, Duque de Ahumada, (sustituido desde el año 2005 por Cortes de Navarra) y Sarasate.   En las primeras décadas del transporte urbano no había apenas marquesinas en la mayoría de las paradas. Estas llegarían, con la reorganización del servicio en 1982. El modelo del arquitecto Manuel Blasco ha estado presente hasta hace unos pocos años en la mayoría de las paradas hasta que se sustituyeron por el actual. Durante buena parte de los años 70 y 80 nos encontramos con un alto número de autobuses muy envejecidos. En 1990, la COTUP pedía al ayuntamiento 120 millones de pesetas y este instaba a la renovación de la flota, renovación que se fue acometiendo en su totalidad a lo largo de esta década  con nuevos autobuses más grandes y modernos, como los que podemos ver en buena parte de las fotos en color de esta entrada. Y aquel blanco y verde oscuro de su carrocería, de los años 60 y  70  dió paso a ese verde Pamplona que hemos visto durante los años 80 y 90, hasta el actual color corporativo de la Mancomunidad, instaurado la pasada década. ¿Qué costaba la villavesa entre los años 60 y 90?. Pues como podemos ver, el precio fue pasando de 1 peseta en los años 60 a 5 en el año 1976,  10 en 1979, 17 en 1981, 23 en 1983, 40 en 1987 y 50 en 1989.

Los autobuses que conectaban Pamplona con algunos pueblos de la Comarca (Burlada, Villava, Barañain, Huarte, Noain, Beriain, Berriozar,etc) pertenecían a La Montañesa y tenían una de sus paradas más importante en la calle Arrieta, donde Escolapios, donde partían las líneas  que iban a Burlada, Villava y Huarte, otra en Yanguas y Miranda, junto al solar de Intendencia, (las que iban a Berriozar) y otra en Navas de Tolosa, cerca del Hotel Tres Reyes (las que iban a Barañain). Alguna otra salía creo desde la vieja estación de autobuses (podían ser las de Noain y/o Beriain). El 15 de agosto de 1984 entraba en funcionamiento el bonobús de cartón de 10 viajes, uno de cuyos ejemplares adjunto a este párrafo. Como curiosidad cabe señalar que en marzo o abril  de 1997,  los comerciantes del Casco Antiguo de Pamplona,   sacaron en colaboración con COTUP, un curioso bonobús especial de 2 viajes, dentro de una campaña promocional  que tenía por título “Para andar por casa” y que también adjunto a este párrafo. Se repartieron más de 40.000 bonobuses de 2 viajes. Es la única iniciativa promocional del transporte público   que yo sepa se ha puesto en marcha por una entidad no institucional en Pamplona.  Luego, en enero de 1998 llegaría la tarjeta monedero o tarjeta chip, expedida por las diferentes cajas de ahorros y en 2009 la tarjeta sin contacto, hasta llegar al abono de 30 días que nace en junio de 2015. De aquellas 9 o 10 líneas de los años 70 o la docena  de los años 80 pasaríamos a las 22 o 23 actuales, extendiéndose el servicio a las nuevas urbanizaciones.

Toca ahora hacer un poco de historia, para hablar, en particular, del origen del término  “villavesa” y en general, del origen del actual transporte urbano comarcal. Hasta los primeros años del pasado siglo la gente viajaba en carretas tiradas por mulas o en coches tirados por caballos, si, como en las diligencias que vemos en las películas del Oeste. Es en 1915 cuando la Montañesa que hacía el recorrido desde Beloso, Burlada, Villava, Huarte por Zubiri hasta Roncesvalles, Erro, Valcarlos, Burguete y otros destinos del norte vende los animales de tiro y se hace con el primer vehículo a motor. La  matrícula del primer autobús de la Montañesa que vemos en la foto adjunta fue NA-101. Posteriormente surgieron otras empresas destinadas al transporte de viajeros entre Pamplona y los pueblos de la Comarca como La Villavesa S.A, empresa domiciliada en Pamplona cuyo origen se remonta a 1927 si bien las primeras concesiones administrativas son de 1929 y 1930 para las líneas a Burlada, Villava y Zizur, ampliando la de Burlada a Huarte en 1950. Fueron su promotores Nazario Unanua, Melchor Gascue y Eusebio Uriz. El primer autobús de la Villavesa fue de 1928 y tenía como matricula NA-1400, los siguientes se compraron en 1930 y a lo largo de 1932 y 1934, todos ellos, hasta siete,  la mayoría de la marca Unic y con una potencia de entre 12 y 17 caballos. En la foto de 1935, propiedad de Melchor Lizarraga, se ve la flota de vehículos de la Villavesa casi al completo frente al cuartel Diego de León. Eran vehículos muy rudimentarios, microbuses (o omnibuses que les llamaban entonces) montados sobre chasis de camioneta, pequeños autobuses. Llevaban, como se puede ver publicidad de algunos comercios locales de entonces como Casa Unzu o Almacenes Azcarate.

Tras la guerra, en los años 40-50, La Villavesa no solo se dedica a transportar viajeros a los pueblos de la Comarca sino que aspira a encargarse del servicio de  transporte urbano, que se adjudica finalmente a su filial Autobuses Pamplona en 1953. Los pamploneses, pese al cambio de nombre de la empresa, seguirían llamando villavesas a los nuevos autobuses de transporte urbano. Autobuses Pamplona hacía servicios a Villava, la Estación del Norte, el barrio de Capuchinos, el Manicomio, Echavacoiz y Zizur Mayor. La sociedad fue dirigida durante muchos años por Fermín Lizarraga Erdozain. En esos años de inicio del transporte urbano, a pesar de lo limitado de aquellos vehículos y de lo deficiente del firme en muchas vías de la ciudad, el tráfico era mucho más fluido, pues no había tantos coches como ahora, ni había tantos semáforos, de hecho, el primero se instaló en 1956, ni tampoco tantos pasos de cebra, por lo que se llegaba relativamente pronto a los destinos.   La ciudad crecía y las necesidades de transporte de viajeros de la capital también. Autobuses Pamplona entró en crisis y acabó desapareciendo en 1969, año en los trabajadores se hicieron  cargo de la empresa creando una cooperativa:  la   COTUP, que dependía, por lo que se refiere a las tarifas y otras cuestionadas relacionadas con el servicio, del Ayuntamiento de Pamplona.   En 1971 la sociedad La Villavesa S.A había transferido sus recorridos interurbanos a La Montañesa, que también se acabó convirtiendo en una cooperativa de los trabajadores. Esta sociedad, además del transporte interurbano en la Comarca, disponía de otras líneas de transporte discrecional. Pamplona se iba convirtiendo poco  a poco  en la cabecera de una gran área metropolitana, por lo que el panorama de las empresas y del servicio del transporte urbano no tardaría  en cambiar.

En julio de 1999 se puso en marcha la nueva red de transporte urbano comarcal, con una sola red, un sistema tarifario integrado, una única imagen y un único servicio,  siendo la Montañesa frente a COTUP, a la que terminaría absorbiendo, la que paradójicamente  se hizo con el servicio, tras ganar el correspondiente concurso en el año 2002. La Montañesa sería absorbida, posteriormente por el grupo Veolia y desde noviembre de 2009 el transporte urbano lo explota la empresa catalana TCC, filial de Moventis. El servicio no ha sido ajeno en este tiempo a los conflictos laborales. Las mayores huelgas del transporte urbano se produjeron en el año 2004, tras la absorción de los trabajadores de la COTUP por la Montañesa  y en diciembre de 2013. Hoy en día la flota de villavesas la integran 140 autobuses, de ellos 52 articulados de 18 metros y 85 convencionales de 12, además de los 3 autobuses de 9 metros que dan servicio  a la línea 14. De aquellas ruidosas y contaminantes villavesas nada queda. Hoy la mayoría son silenciosas, con aire acondicionado, de piso llano, con rampas para minusvalidos, sistemas de pago electrónicos, transbordos gratuitos  y van incorporando sistemas de repostaje más ecológicos como el biodiesel. Y en las paradas del transporte pantallas digitales nos ofrecen información en tiempo real de en cuanto tiempo llegará nuestro autobús. Y es que como se suele decir “los tiempos avanzan que es una barbaridad”.

Fotos: referenciadas en el texto de la entrada. Fuentes: Filmoteca de Navarra. Filmoteca Española. Archivo de La Montañesa. Archivo de la Asociación Casco Antiguo de Pamplona. Martin Sarobe (1968). Foto de Melchor Lizarraga (1935)

Estampas: Aquellas cartas de antaño…

Hubo un tiempo en que escribíamos cartas. No había ordenadores personales, ni tablets, ni móviles, ni sms, ni wasap. Sencillamente escribíamos en una hoja pautada o en una postal. La carta se destinaba a temas más largos y de más enjundia mientras que las postales eran mayoritariamente utilizadas para felicitar los cumpleaños. Había todo tipo de postales, aunque abundaban las de ciudades y pueblos (como una del pueblo de mis abuelos que reproduzco líneas más abajo), o como muchas de las postales de Pamplona que he utilizado a lo largo de este blog,  la mayoría en blanco y negro hasta los años 50 y en color desde los años 60 en adelante.  Postales de felicitación de los tíos y abuelos que recibías en tus primeros cumpleaños de vida (como la que reproduzco más adelante de hace nada menos que 41 años) o  postales que remitías a tus familiares que vivían en el pueblo. Te esforzabas por escribir con una letra legible, -para algo tenían que servir los ejercicios de caligrafía de la escuela-, pues era muy importante que los destinatarios, los tíos o los abuelos pudieran  entender todo lo que querías decir. Me acuerdo de aquellas frases hechas como aquellas que empezaban diciendo “Muchas felicidades te desea…que  mucho te quiere” o “Un millón de felicidades te desea en el día de tu cumpleaños…” como decían mi tía y abuela paterna en esa antigua felicitación. Los sobres del correo aéreo eran muy reconocibles pues se distinguían por unas franjas rojas y azules impresas en su contorno. Había sobres para transmitir pésames con el contorno negro y estampas con oraciones por el espíritu del difunto. De ambas reproduzco, en el siguiente párrafo, unas imagenes ilustrativas. Las invitaciones de boda se diferenciaban, por su parte, por su ostentosa apariencia.


En la Navidad llegaba la felicitación del cartero como la que adjunto junto a este párrafo, para pedir el aguinaldo navideño. Había gente que coleccionaba sellos, -todavía los hay-, aunque la imagen que recordamos tanto en los sellos como en la monedas de aquellos años, -la vimos durante demasiado tiempo-,  era la de Franco. Las cartas llegaban a menudo mucho más tarde de lo deseable lo que hacía que casi siempre mirásemos, al coger la carta,  la fecha del matasellos, para ver cuando había salido del origen. Los buzones del portal, hoy casi huérfanos de cartas manuscritas y casi hasta de facturas, -casi todas  han pasado al formato electrónico-, se convertían a menudo, y ante la falta de teléfono, en esa mágica puerta de entrada de mensajes y noticias de quienes tenías lejos. Eran tiempos en que los niños escribíamos con lápiz, por aquello de borrar si nos equivocábamos, -y claro que lo hacíamos-, y los mayores con bolis, plumas o estilográficas. ¡Cuantas historias se esconden en aquellas cartas de antaño!: cartas de amor, añoranza, separación o ruptura, cartas que anunciaban una feliz noticia, un nacimiento o un trabajo, cartas del hijo que estaba en la mili y escribía a la madre para que le mandara unos chorizos o más dinero o que se carteaba con la novia que había dejado en la capital o en el pueblo. Algunas hasta perfumaban las cartas como si quisieran transmitir parte de su esencia y presencia al  enamorado que estaba lejos. Y tras esta primera parte de recuerdos personales voy a dar unas cuantas pinceladas sobre el correo postal y el servicio de correos en el Viejo Pamplona


El correo postal es tan antiguo como la escritura y ha ido evolucionando a lo largo de la historia de la humanidad, adquiriendo mayor rapidez a medida que fueron mejorando los medios de locomoción. A partir del siglo XVIII es cuando el servicio de correos se convierte en responsabilidad del estado en España. En 1756 se creaba el oficio de cartero, y seis años más tarde se instalaban las primeras bocas de buzones. En 1850, que es un año decisivo, se dota el servicio de Correos de una flota propia de transporte y nace el sello como medio de franqueo o pago. En Francia se había adoptado dos años antes. En 1870 se instituía el reparto postal diario. La aparición del automóvil y luego del avión cambiaron las estructuras postales y aceleraron la entrega de la correspondencia. En 1899 se inauguró la primera conducción postal por carretera en Navarra. Entre 1905 y 1916 se establecieron servicios innovadores como la carta urgente (1905), los giros (1911) y los envíos contra reembolso, la Caja Postal y los paquetes postales (1916). En 1908 la Administración Central de Correos estaba en el nº 18 de Paseo de Sarasate, a la altura de donde hoy está el Bankinter. La de Telégrafos estaba en el nº 15,  donde hoy hay una sucursal del Banco de Santander. A partir de 1924 ambos servicios compartirían el nuevo edificio que hoy conocemos en el nº 9 del Paseo. El correo salía, bien por tren a las localidades más lejanas, o en carruaje  a los pueblos de la provincia. Había a principios de siglo 26 estafetas en la provincia y 86 carteros. La recogida de las cartas se hacía tanto en la Administración Principal del Paseo de  Sarasate como en los estancos, a las 12 y a las 19.30, en los estancos de la plaza Consistorial y del Castillo (estanco de la señora Viuda de Rubio) había además una recogida especial a las 3 de la mañana.
 En 1919 se creó el primer servicio aeropostal, -también había vapores correos marítimos-, aunque el tren, como el tren correo que vemos al lado, fue hasta 1993 el sistema más utilizado para el transporte postal. Las obras del nuevo edificio de Correos de Pamplona se iniciaron el 12 de octubre de 1923 en el solar donde estuviese la panadería municipal de El Vinculo, que había sido cedido por el Ayuntamiento al Estado unos años antes, en 1918. Las obras se realizaron bajo dirección del arquitecto Joaquín Plá, con un plazo de ejecución de catorce meses, si bien se tardó algo más de tiempo en amueblarlo e inaugurarse (1926). Encabezan la entrada una foto de la constructora Erroz y San Martín con el edificio recién terminado, además de un detalle de los famosos leones de Correos. Lo construyó, como he dicho la empresa Erroz y San Martín, por un presupuesto de 520.635 pesetas. En el proyecto se decía que el edificio constaría de planta baja y dos pisos y terraza. Las fachadas serían de piedra de sillería y ladrillo y la totalidad de los pisos así como el tejado de cemento armado. Se anunciaba en prensa que la nueva Casa de Correos sería completamente incombustible, pues no tenía ningún trabajo de carpintería. En 1925 se habilitó otro buzón de recogida de cartas en la zona de Cuatro Vientos que yo he conocido durante muchos años. En 1929 el franqueo para el envío provincial de una carta sencilla costaba unos 25 céntimos, cantidad que descendía a 15 céntimos si el envío era local. En 1953, el franqueo de una carta normal costaba 50 céntimos. 
El cartero vestía de gris claro en verano, con chaqueta-guerrera y pantalón, con raya roja a ambos lados y gorra de plato, y azul marino en invierno, (aunque yo me acuerdo solo del traje gris), la bolsa del cuero al hombro, tal y como vemos en la foto del párrafo anterior.  Era un oficio muy sacrificado tanto por las horas de trabajo como por las caminatas que tenían que hacer. La motorización del servicio con bicicletas o ciclomotores humanizaron un tanto el servicio. Hasta entonces el reparto era domiciliario, y había dos repartos diarios: el primero a las 9 de la mañana y el segundo  a las cuatro y cuarto de la tarde. Incluso había reparto los domingos, a las 10 de la mañana. En algunas zonas los carteros subían a los pisos y entregaban a mano las cartas pero lo habitual era el aviso con un toque  de silbato largo para dar a tiempo a que atendiera el  vecindario y se voceaban los nombres de los destinatarios que bajaban a recoger el envio.  Todo esto cambiaría a principios de los años 60 cuando  se instalaron los buzones domiciliarios.  En 1981 se instituía el famoso código postal así como otros servicios como el Postal Expres. En 1991, el Estado separaba la Caja Postal de las actividades exclusivamente postales de Correos y Telégrafos, para unirla a otras entidades bancarias públicas en la corporación bancaria Argentaria que se privatizaría unos años más tarde, con la fusión con el BBV, en 1999. A partir de este año y hasta hace dos meses Deutsche Bank sería  el socio bancario de la Sociedad Estatal de Correos y Telégrafos. Hoy Correos ya no ofrece servicios bancarios, solo permite el envío de dinero, a través de giros de la Western Union. Según las actuales leyes Correos garantizará la prestación de un servicio postal universal hasta el año 2025. El futuro augura una liberalización total del sector.

Estampas de antaño: Oficios desaparecidos en el Viejo Pamplona (1900-1960)

En anteriores entradas del blog he recordado viejos oficios en peligro de extinción como los afiladores o deshollinadores. También he hablado de establecimientos asociados a mi infancia: los viejos ultramarinos, las antiguas barberías y peluquerías, las viejas serrerías y carbonerías. En esta entrada retrocedo con mi máquina del tiempo particular y pongo el cronometro temporal en el año 1900, cuando Pamplona cabía entre sus murallas y el Casco Antiguo era prácticamente toda la ciudad. En aquel entonces, las viejas rúas medievales bullían de actividad. Entre sus estrechas callejas se intercalaban tiendas, talleres y fábricas de todo tipo. En aquellos estrechos locales cabía desde el artesano manual al moderno taller, es un decir, de principios de siglo: fábricas de calzado, de curtidos, de chocolate, de lejías, de hierros, de alpargatas, medias, hielo, gaseosas, géneros de punto, espejos, escobas y tantos y tantos otros materiales que hoy nos fabrican en lugares mucho más distantes. Abriendo esta entrada tenemos dos bonitas fotografías, las dos de Julio Cia, la  primera, la de la izquierda, de 1954 y corresponde al nº 72 de la calle Estafeta, con un comercio tradicional de alpargatas, la segunda, la de la derecha está datada en 1950 y refleja la bulliciosa actividad de la Cuesta de Santo Domingo, con una cestería en primer término.  Entre las tiendas de alimentación teníamos, aunque posteriormente se convirtiesen en sinónimos, ultramarinos, colmados (que a finales del XIX fueron precedentes de algunos bares pues servían bebidas alcohólicas, a excepción del vino y también embutidos, embuchados y fiambres)  y también los coloniales, tomando su nombre en el último caso del conjunto de importaciones traídas de las antiguas colonias españolas y por último otros negocios que respondían al nombre, menos conocido, de abacerías que era tiendas donde se vendían al por menor aceite, vinagre, legumbres secas y bacalao, en general alimentos no perecederos. 

Había, por otra parte un sinfín de oficios, muchos de ellos hoy desaparecidos o en vías de extinción: basteros o guarnicioneros que fabricaban y vendían guarniciones para la ganadería, constructores de baúles o bauleros, blanqueadores de cera que depuraban la cera amarilla producida por las abejas para la elaboración de cirios y velas que vendían las cererías, como la de Iraizoz que vemos al final de la entrada; aunque también había cererías que se encargaban de este proceso, desde el inicio; por cierto las casas pobres alumbraban con velas de sebo mientras las pudientes lo hacían con las de cera, que incluso en ocasiones eran aromáticas; boteros, que elaboraban botas y pellejos para el vino; broncistas que trabajaban, como se pueden imaginar, con el bronce diseñando objetos para fundirlos en bronce o arreglando objetos de este material; canteros que trabajaban la piedra o marmolistas que hacían lo propio con el mármol; casulleros que fabricaban casullas y otras vestiduras y ornamentos para el culto religioso; cedaceros que elaboraban cedazos, tamices o cribas pero que también podían ocuparse de construir fuelles y cubos; cesteros o canasteros que elaboraban recipientes fabricados con fibras vegetales, generalmente mimbre; estereros que elaboraban esteras, cordeleros (algunos recordamos los últimos cordeleros en la zona del baluarte del Redín que vemos en la fotografía adjunta de los primeros años 60); cordoneros que trabajaban todo tipo de cordonería; corseteros que hacían y vendían corsés, prenda utilizada todavía entonces por las mujeres; doradores que aplicaban una terminación dorada sobre la madera para embellecer su imagen final; herreros y cerrajeros que trabajaban el hierro; herradores que herraban las caballerías; traperos que recogían trapos de desecho para comerciar con ellos, también llamados ropavejeros; hojalateros, latoneros, plateros que como su nombre indican trabajaban y en ocasiones vendían productos de hojalata, latón o plata.


En aquellos tiempos era una palabra común la de lampista que podría tener varias acepciones: era la persona que se dedicaba a instalar o reparar servicios de electricidad, agua o gas, aunque también podía ser sinónimo de lamparero, el que ponía las lamparas. Había colanderías y lavaderos de ropa al aire libre, junto al río, cerca del puente de Curtidores, como la que vemos al final de la entrada y también más allá del Monasterio Viejo de San Pedro, planchadores, limpiabotas en salón, seguramente alguno de los Casinos y Cafés de la plaza del Castillo contaba con ellos, aunque la foto que adjunto, de los años 50, es del Café Irañeta, posteriormente Bar Restaurante Baserri. Eran tiempos en los que en el ámbito de la hostelería-hotelería no se hablaba de albergues, ni hostales, ni pensiones, ni bares, ni cafeterías, sino de casas de huéspedes y viajeros, de comidas, fondas y posadas y el self-service se llamaba ambigú. Frente a las degustaciones de café actuales nos encontrábamos con horchaterías, chuferías y alojerias (estos últimos establecimientos vendían aloja o bebida fabricada con agua, miel y especias). Los servicios de reparaciones se denominaban componedores de…lo que fuese: máquinas de coser, paraguas o sombrillas, etc. Y a los podólogos se les llamaba callistas. Había tiendas de cambios de monedas y tiendas de sombreros, camiserías y corbaterías y muchas, muchas sastrerías (talleres en plantas altas y sastrerías con tienda en los bajos, como hemos visto al repasar las calles en la primera mitad del siglo) así como modistas. La bisutería se llamaba quincalla fina y junto al termino de mercería aparecía invariablemente el de paquetería. También había fumisterías que eran tiendas y/o talleres de estufas y cocinas (quien con más de 50 años no recuerda las cocinas económicas), estamperías que como pueden imaginar vendían laminas y estampas, peloteros, silleros, toneleros y torneros (imagino que huelga decir a que se dedicaban).

Tras la guerra civil, el mundo del automóvil conoció un despegue espectacular y a los garajes y estaciones de servicio se sumaron academias de choferes, carrocerías o chapistas, talleres de pintura, guarnicioneros de coches,  venta y reparación de neumáticos, etc. Al equipamiento del baño se le llamaba material sanitario. Surgieron las primeras agencias de prestamos y de publicidad. Comenzaron a proliferar las academias de enseñanza y de corte y confección. Se acudía al practicante para ponerse  la inyección. ¿Cuantos asocian a su infancia aquella traumática visita al  practicante o del practicante  a casa?. Aun existían los serenos en las calles. Pero desde entonces muchos han sido los oficios que desaparecieron y muchos otros los que surgieron. Ese ha sido siempre el signo de los tiempos. La ciudad cambia y la sociedad y sus necesidades evolucionan.

Fotos por orden de aparición: Estafeta, 72. J. Cia (1954) AMP; Cuesta de Santo Domingo. J. Cia (1950) AMP; Cordeleros en el Redin (1965), Pamplona, calles y barrios, J.J. Arazuri; Limpiabotas en el Café Irañeta (Años 50); Lavanderas a las orillas del Arga, Julio Altadill (1903); Cerería Iraizoz (1966), AMP.

Estampas de antaño: las viejas barberías y peluquerías

Rebuscando en el fondo de mi memoria recupero la imagen y los recuerdos de aquellas viejas barberías y peluquerías que llenaban las calles de nuestra ciudad hace varias décadas, como la que encabeza esta entrada, la peluquería Garralda de la calle Estafeta, en los años 30, hoy convertida en una moderna cervecería. Y lo hago desde los ojos de un niño que, de vez en cuando, conminado por mi severa madre consideraba que tenía el pelo muy largo ¡esas greñas!, y acudía al sillón del barbero. Para mí, barbero y peluquero eran lo mismo, eran sinónimos, si bien en la época en la que acudí habían descendido considerablemente los afeitados y el grueso de los servicios se centraba en el corte de pelo. En mi caso acudía a la peluquería del El Salvador, regentada por Pedro Mari Ganuza, (desde mediados de los 90 la regentan Gregorio y Sergio, que la han convertido en una peluquería de diseño ultrapremiada y que vemos en la última de las fotografías de la entrada, a la derecha del semáforo, junto a la mercería Angelines). 

Recuerdo que, junto a él, había otro peluquero, algo más mayor o al menos lo parecía y un poco entrado en carnes, hasta tal punto que en nuestra simple y un poco esquemática mente infantil les llamábamos “el gordo y el flaco”. La peluquería, llevaba apenas un rotulo impreso en el cristal superior que decía “peluquería” y  tenía tres paños de cristal translucido, en el centro, el de la puerta. Al entrar te encontrabas, a ambos lados, con varias sillas de formica donde esperar el turno, y en en el lado derecho, además, un perchero de pared, y, justo al lado, una mesa baja con tebeos y revistas, (de Mortadelo y Filemón, el Capitán Trueno…) o revistas del corazón como “Hola” o “Semana” y en la época de la transición algún “Interviu”. Enfrente estaban lo dos sillones típicos de los barberos, giratorios, que se podían subir y bajar, con sus reposacodos y su reposapies de metal, como los que vemos en la foto de la peluquería de Paco Bator, en la Chantrea. Y al sentarte en el sillón  tenías delante un espejo que ocupaba, prácticamente, toda la pared y sobre una repisa de madera, con cajones, todo el instrumental del peluquero: peines, tijeras, la navaja  de afeitar, brochas, la máquina eléctrica, cepillos, secador y un montón de productos cosméticos, entre los que destacaba el penetrante y refrescante olor a Floid. 

Ir a la peluquería podía suponer que estuvieses allí, esperando, un par de horas mínimo hasta que te tocase el turno. Lo pasabas leyendo y para cuando te tocaba ya habías visto todos los tebeos y pasado todas y cada una de las páginas de las revistas en las que aparecían los artistas de la época: Julio Iglesias, Raphael, Karina, etc. Me llamaba la atención lo mucho que hablaban los peluqueros. Daban conversación  a todo tipo de personas y probablemente, por su conocimiento del personal, sabían a quien tenían que hablarle de fútbol, del tiempo, de la caza o lo que se terciase (todo menos política), al menos durante  la época franquista. Y también sabían escuchar: y escuchaban las historias y los problemas de sus clientes. En nuestra infancia los peinados estaban muy limitados: en los 60 el típico peinado a lo romano, con flequillo y en los 70 el peinado a raya. Te cortaban con  peine y tijera, la máquina eléctrica se dejaba para las patillas y la navaja para apurar (siempre, no se como se las arreglaban pero por mucho cuidado que ponían siempre te pegaban un buen corte, junto a la orejilla). 

Los jóvenes de aquellos años comenzaron a dejarse el pelo largo, como marcaba la moda y los ídolos musicales, y esto menguó parte de la clientela de esas viejas peluquerías. Los peinados muy cortos dejaron de llevarse y con las maquinillas desechables la gente comenzó a afeitarse en casa. Incluso comenzó a cortarse el pelo, en casa, con los nuevos y sofisticados aparatos que se comercializaban, que facilitaban mucho el trabajo y permitían, además, ahorrarte unos duros. En 1981, un corte de pelo sencillo te costaba no menos de veinte duros (100 pesetas). En los 70 y 80 cerraron muchas viejas barberías de caballeros. Las peluquerías de señoras, muchas de ellas en primeros pisos, nunca sintieron la crisis, consecuencia de  los cambios estéticos, usos y costumbres que afectaron a las de los hombres. Frente a las antiguas peluquerías de caballeros comenzaron a proliferar, luego, las peluquerías unisex, algunas de las cuales comenzaron posteriormente a innovar, convirtiéndose  en peluquerías de diseño. Ha pasado el tiempo, y han vuelto algo las barbas y su cuidado, lo que ha hecho que algunas peluquerías unisex comiencen a recuperar los servicios de barbería. Es el signo de los tiempos.


Fotos: Foto de la peluquería Garralda (Roisin), Foto de la Peluquería Bator de la Chantrea del libro de su hijo, Juan Pedro Bator “El hombre que siempre estuvo allí”.

Estampas de antaño: las carbonerías y las viejas serrerías

Hubo un tiempo en que en las casas había lo que se llamaba la cocina económica. Aquellas cocinas funcionaban con carbón y leña. La estufas de las primeras escuelas a las que acudí, las del Ave María, tenían, en un extremo de las aulas, una estufa cilíndrica que se alimentaba con carbón y leña. Incluso  algunas de las calderas de las primeras calefacciones de los pisos funcionaban con carbón y leña. Así pues no era extraño, que durante los primeros 60 o 70 años del siglo XX, en Pamplona, hubiese un número importante de carbonerías y serrerías en, practicamente casi todos los barrios de la ciudad. A las serrerías llegaban los troncos, sin cortar, en camiones. En la serrería o aserradero se serraban longitudinalmente primero y, luego, en pequeños trozos para su consumo doméstico, para que sirvieran de combustible a cocinas, estufas y calefacciones. Recuerdo, vagamente, a mi padre trayendo, en una carretilla, unos sacos de leña de la Serrería Villegas, que estaba junto al camino de los Enamorados,  para guardarla en un habitáculo que había construido sobre la terraza, como provisión para el invierno. De aquella época recuerdo la serrería Isturiz en la zona de Buztintxuri-Unzutxiki, la de Gil Hermanos, junto a la Avenida Villava, la  ya citada de Villegas, y alguna otra más recóndita, como la que había en el camino viejo de Artica, en la trasera de la residencia de las Hermanitas de los Pobres. No he encontrado fotos de serrerías de aquellos años en Pamplona (espero poder encontrar pronto alguna), por lo que he colocado en su lugar, para ilustrar la entrada, una foto de una serrería de una capital española, en los años 50-60. Casualmente, hace unos días, vi una serrería en el lado derecho de la carretera Artica, en el tramo que hay desde la rotonda con la calle Hermanos Noain a la subida al pueblo, pero esa, desde luego, es bastante reciente.

Junto a las serrerías no puedo dejar de citar las viejas carbonerías, de las que, igualmente, muchos recordarán alguna en su barrio o en otro barrio de la ciudad (yo recuerdo, sin ir más lejos, algunas en el Casco Antiguo, una en la calle San Francisco donde ahora está Texartu). En mi barrio, la carbonería más cercana la teníamos en la Avenida de Marcelo Celayeta, retranqueada respecto al edificio más cercano, que era la casa donde estaba la tienda de las Hermanas Amezqueta. Era una pequeña nave, bastante oscura, en la que no recuerdo haber entrado jamás. De lo que si tengo un lejano recuerdo es de la apariencia del carbonero, tiznada la cara y sus brazos de negro, que descargaba con esfuerzo, (entonces no había ascensor en la casa), el saco de carbón sobre otro de plástico que teníamos preparado en la cocina y que guardaría luego mi padre junto a la leña. Aquella carbonería tenia un depósito al aire libre de carbón que vislumbraba, a veces, tras el chalet del estanco de mi calle. Algo más lejos, entre el viejo camino del Plazaola y las primeras instalaciones de la Unión Deportiva Rochapea estaban los depósitos de carbón de la Compañía General de Carbones, título que aparecía señalizado con grandes letras a lo largo de las tapias exteriores del recinto y, con cuyo nombre, mi padre, bromeando, gustaba de hacer los típicos juegos de palabras. Las serrerías y carbonerías forman parte ya de nuestros viejos recuerdos,  oficios u ocupaciones muy disminuidos hoy en día, o en vías de desaparición, y es que primero, el gas butano sustituiría  a la cocina económica y el gasoleo se convertiría en el principal combustible de las nuevas calefacciones, hasta la introducción masiva del gas natural hace ya unas cuantas décadas.

Estampas de antaño: los calendarios de entonces (1963-2000)

Hubo un tiempo en que todo el mundo hacia calendarios: los había de bolsillo y también de pared. Respondía a esa eterna necesidad de controlar el tiempo , esos pequeños o grandes acontecimientos de nuestras vidas, esas fechas de carácter personal o doméstico: un cumpleaños, un examen, el inicio de las vacaciones, la fecha en que compraste la bombonas de gas, con el fin de comprobar en qué fecha deberías estar atento para volver a pedirla, o cuando entraba la luna (mi padre siempre decía que notaba el influjo de la luna en sus huesos o en el reúma). En mi casa, recuerdo, los calendarios ocupaban un lugar preeminente en las paredes de la cocina. Recuerdo sobre todo los calendarios de las cajas, de la Municipal y la de Navarra, con casi siempre bellas fotografías acordes con cada estación del año. Los calendarios formaban parte del ciclo de nuestra vida. Allá por Navidad, acabando el año, llegaba el nuevo calendario como el pórtico a un nuevo tiempo, ignoto, desconocido, pero repleto de ilusiones y esperanzas de lo que nos depararía la vida.
Hoy en día pareciera que la fiebre de los calendarios no es la que era y en efecto bien sea por su coste o por lo que sea no se hacen tantos calendarios pero entre la población creo que sigue habiendo cierto interés por ellos pues ahí tenemos para confirmarlo el clamoroso éxito del calendario municipal con sus increíbles colas en la plaza Consistorial. Los motivos de los calendarios de pared así como los de bolsillo eran enormemente variados: artísticos, deportivos, paisajísticos, etc. Los primeros que recuerdo eran bastante grandes y tenían un motivo único, bajo el cual estaban los meses (de uno en uno o a pares) con sus números bien marcados, el santo del día y el calendario lunar. Cortábamos las hojas del calendario, entonces, -cuando eramos niños o más jóvenes, el tiempo pareciera que corriera más despacio y veíamos pasar los meses, las estaciones y los primeros años de nuestras vidas-.

Junto a los calendarios de pared recuerdo especialmente los calendarios de taco, como los que encabezan la entrada; había una amplia variedad de ellos, entre ellos  estaban el de Myrga (con sus pasatiempos, crucigramas, jeroglificos, etc) pero estaba sobre todo  el calendario de taco del Corazón de Jesús. Lo vi algún año por casa y sobre todo lo veía en casa de los abuelos, cuando iba de vacaciones, (también me dice mi hermano que tenían el Zaragozano, aunque yo no lo recuerdo), al igual que veía también aquellos relojes de pared que  tanto me atrayeron siempre. Este almanaque debe tener al igual que el Calendario Zaragozano, más de un siglo de antiguedad. Era otra forma de ver pasar el tiempo, quizás con un transfondo más poético pues ¿Hay algo más ajustado a la fugacidad de nuestras vidas que ver arrancar día a día las hojas de un calendario de taco, una hoja por día? Estos tacos combinaban las informaciones de utilidad inmediata en el anverso (el día y el mes, datos astronómicos, fases de la luna, el santoral del da)   con otros temas de cultura y entretenimiento (frases  célebres, chistes, refranes y proverbios, poesías, temas devotos, curiosidades, ) en su reverso. Hoy tenemos calendarios en nuestros ordenadores, en nuestros móviles y en nuestras tablets, incluso podemos disponer de un calendario permanente que nos indicaría por ejemplo en que día de la semana caerá el 17 de julio de 2045 pero no es lo mismo, aquellos calendarios tenían otro sabor, ¿o es el recuerdo que lo empaña todo de ese halo de nostalgia?.

Estampas de antaño: el mobiliario urbano del Viejo Pamplona (1950-2000)

Poco a poco van desapareciendo de nuestro paisaje urbano, aunque todavía queden muchos rastros de ellos, si, los elementos del mobiliario urbano del viejo Pamplona. Sus formas y sus colores formaban parte de nuestras señas de identidad como ciudad. ¡Como no acordarnos de aquellas fuentes del león, de color verde y hierro fundido  que aliviaban nuestra sed en parques como  la Taconera o  la Medialuna, como la que vemos en la fotografía de la derecha, situada en la calle del Vergel. Apretábamos  el botón para aliviar nuestra sed después de corretear entre sendas y jardines y al poco rato el hilillo de agua menguaba y desaparecía. En el año 2009 había  en la ciudad unas 180 fuentes del león fabricadas, desde hacía casi un siglo, por Casa Sancena, empresa fundada en 1848 y ubicada hasta el año 2004 en La Rochapea, concretamente en la calle Joaquín Beunza. A esta empresa se debieron buena parte de los elementos de mobiliario urbano de la ciudad,  las más conocidas, las fuentes del león y menos algunas otras de tipo vasija,  también la barandilla del león que cerraba calles y paseos, sobre todo en algunos miradores y en zonas  cercanas al Río Arga (Mirador de la Taconera, Mirador de la Media Luna, Errotazar, Jardín de Eugui, etc.), barandillas de color verde con el león rampante, coronado por la corona ducal, pintado en plata en el centro, como la que vemos en la preciosa fotografía del estanque de la Media Luna; también de Sancena eran buena parte de las tapas de registro que veíamos en el suelo de nuestras calles y avenidas. Caso aparte fue la barandilla blanca del paseo de Hemingway, obra de la empresa fundición Luzuriaga de Pasajes, hace años desaparecida.

Pero además de las fuentes y barandillas de Sancena debemos recordar otros elementos del mobiliario como los bancos, donde pasamos tantas horas de nuestras vidas: Bancos dobles,  los tablones de madera del asiento y el respaldo, pintados de color rojo, y en verde el forjado de los soportes  que los anclaban al suelo, como   vemos en la foto adjunta del parque de  la Taconera. También había una versión más sencilla de este banco, con un solo asiento; bancos blancos realizados a base de unas estrechas tiras de madera, cuya particular forma curvada  desde el respaldo y hasta el asiento, se adaptaba perfectamente a nuestra anatomía, como los que vemos en el parque de la Media Luna o los que había hasta no hace mucho en el Paseo de Sarasate, concretamente hasta su última reforma en que fueron sustituidos por unos bancos mucho más sencillos; bancos de la plaza del Castillo, con tablones de madera, pintados de blanco (anteriormente tuvieron otro color), encajados en sendas estructuras laterales de cemento, como los que vemos en la fotografía de los años 60. En el inicio de este nuevo siglo y aprovechando la peatonalización del Casco y la construcción de parkings se introducirían nuevos bancos de madera de iroko, probablemente más modernos, pero demasiado parecidos a los que pueden encontrarse en otras ciudades españolas. Tras las “papelimpias” de plástico de Balduz llegarían con el nuevo siglo unas bonitas papeleras de forjado negro rematadas por unas bocas circulares plateadas, semicirculares en las calles, para que ocupasen menos espacio. De aquellas papeleras Sigma de la casa asturiana Primur  me acuerdo porque algo tuve que ver en su elección, en aquellos días. Corría el año 2001. Hoy se han sustituido por unas papeleras tal vez un poco más anodinas.




Las luminarias del centro de la ciudad, especialmente la plaza del Castillo y el Paseo de Sarasate, han conocido todo tipo de estilos a lo largo de su historia, algunas veces de corte más clásico y otras más moderno, lo cual no quiere decir necesariamente mejor. Actualmente lucen unos bonitos diseños de corte clásico que semejan el báculo de San Fermín, acordes con la importancia del lugar. Los parques y jardines, por lo general,  han conservado, casi siempre, un estilo más clásico como las  farolas tipo Munich de la Taconera y la Media Luna. No me parece mal la instalación de mobiliario moderno en las nuevas urbanizaciones pero la sustitución, hace ya algunos años, de las antiguas luminarias del Baluarte del Redin y la tradicional barandilla del león del Paseo del Obispo Barbazán, por unas modernas luminarias y una ancha barandilla   de acero corten me pareció, en su momento, bastante desafortunada, al igual que las nuevas luminarias instaladas, tras las primeras fases de la urbanización del Casco Antiguo, que si bien iluminaban de forma más centrada la calle y que habían sustituido  a farolas estandar y viejos farolillos de ambiente decimonónico,  dejaban bastante que desear estéticamente, asemejando unas horcas patibularias. Hace  algunos años que se sustituyeron esas chocantes luminarias del Casco Antiguo por unas farolas tipo Pescador. Los parques infantiles difieren actualmente mucho de los que había hace algunas décadas: ya no existen aquellos  toboganes y columpios que acababan invariablemente en un suelo lleno de gravilla, por ejemplo en la Media Luna, hoy los parques tienen otros juegos y un suelo un tanto almohadillado que limita posibles lesiones a los más pequeños, todo  diseñado pensando en la psicomotricidad sin riesgo de los chavales.
Otras señas de identidad de la ciudad fueron  los leones del edificio de Correos que vinieron con el edificio inaugurado en 1926. ¡Cuantas veces habremos echado las cartas dentro de las fauces de aquellos dorados leones, protegidos por aquellos tejadillos!, el mosaico y el kiosko de de la plaza del Castillo, el Mesón del Caballo Blanco,  el kiosko del Bosquecillo, el palomar y la caseta de alquiler de bicicletas de la Taconera, la farola frente a Diputación hace años recuperada en la plaza del Vinculo, y tantos y tantos edificios, monumentos hitos y rincones (algunos se conservan y otros ya han desaparecido) que iremos recordando con  afecto y nostalgia en nuevas secciones de este blog.

Estampas de antaño: el deshollinador (1965-1979)

Antiguamente, hace 40 o 50 años, cuando las casas de medio Pamplona tenían lo que se llamaba cocina económica, había unos hombres que se encargaban,  una o dos veces al año, de limpiar las chimeneas de todas las viviendas. Subían al tejado y con diferentes instrumentos, entre los que destacaban una especie de  grandes pesas,   iban limpiando  las chimeneas de cada uno de los vecinos, del hollín y el alquitrán de hulla acumulados, así como de cualquier objeto extraño que se hubiera podido introducir por ellas. Con el paso de los años ese servicio fue cada vez menos demandado. Las cocinas económicas fueron poco  a poco desapareciendo de los hogares  y el deshollinador subía por las escaleras, pregonando sus servicios,  por si alguna vivienda seguía necesitando le limpiasen la chimenea, hasta que llegó un día en que no hubo chimeneas que limpiar. 
Hace siete u ocho años había un par de empresas en toda Navarra que se dedicaban  a prestar este servicio. Un buen deshollinador limpia las chimeneas desde arriba y desde abajo. A nosotros solamente nos limpiaban desde arriba, desde el tejado. Los vecinos limpiabamos todo el hollín que se acumulaba, en el último tramo, desde el deposito de ceniza que había bajo el horno de la cocina y lo hacíamos con una especie de hierro terminado en una plaquita rectangular, un rudimentario recogedor para aquellas cenizas. Hoy en da estas empresas no pueden vivir, dado el escaso negocio, solamente de la limpieza de chimeneas, practicamente inexistente en la ciudad y muy reducido en los pueblos. Es por ello que estas empresas se dedican también  a limpiezas de canalones o  calderas de comunidades entre  otras ocupaciones.

Estampas de antaño: los viejos ultramarinos (1966-1996)

Los que hayan nacido a partir de los años 60 del pasado siglo recordarán como en los barrios y en el centro de Pamplona,  muy cerca de casa, teníamos las tiendas de ultramarinos, también llamadas en épocas anteriores “Coloniales”, pues de allí, de las “colonias”, “allende los mares” venían algunos de los productos que se vendían en estos establecimientos. En mi caso recuerdo la tienda de ultramarinos de las Hermanas Amezqueta, en la avenida de Marcelo Celayeta, que vemos en la foto adjunta que encabeza esta entrada, poco antes de su derribo en 1996. ¿Cuando la abrieron?. No lo recuerdo, solo sé que cuando era niño ya estaban las hermanas Amezqueta a cargo de la tienda: eran cuatro hermanas si bien yo recuerdo sobre todo a dos de ellas: la Chunchi y la Maribel.  
Pues bien, si traigo a colación este recuerdo es porque creo que muchas personas de mi edad,- ¡cambien, por favor, el nombre de la tienda!-, recordarán las imagenes, olores y sabores que  voy a rescatar de entre las brumas de aquellos tiempos pasados. Los viejos ultramarinos eran, por lo general lugares frescos y sombríos, en los que solía haber casi siempre un gato remoloneando por allí, en los que había muchas estanterías y un largo mostrador y en los que se mezclaban una sinfonía de olores, colores y sabores: las grandes latas de atún en escabeche,  la caja redonda de madera, -como la que vemos en la foto de la derecha-,   en la que aparecían perfectamente ordenados los arenques con sus vientres dorados, algunos encurtidos metidos en unos frascos anchos como cebolletas y pepinillos, las cajas de fruta y verduras, que en el caso de las Amezqueta estaban colocadas al inicio de la tienda (y que procedían, en muchos casos,  de la huerta que tenían al final de la carretera de San Jorge). 
En aquellos establecimientos se vendía practicamente de todo: el pan (me acuerdo de los grandes cestos de pan que dejaban, en  su reparto, el panadero a las tiendas), la leche (recuerdo las bolsas de leche de Kaiku y Copeleche, con fábrica en la Rochapea), todo tipo de conservas perfectamente alineadas en los estantes como las que vemos en la foto, bebidas (alcohólicas y refrescos), quesos y productos de charcutería (chorizos, fiambres,  sobre todo  jamón de york), me acuerdo de la máquina cortadora cortando estos productos, de las cajas de pastas y dulces que llegaban de vez en cuando, generalmente magdalenas, palmeras y españoletas, toda una tentación para los más chicos, los productos de limpieza, sobre todo las lejías, que se encontraban casi a ras del suelo, bien apartadas de los productos de alimentación, y como no, aquella vieja e inconfundible balanza mecánica que presidía los mostradores de este tipo de tiendas, tal y como la que vemos en la fotografía. También me suelo acordar  de aquella típica coletilla que dirigía la dependienta a mi madre cuando hacía la compra: ¡¿Más?!, que nunca supe si  era una pregunta o algún tipo de afirmación imperativa.  

Durante muchos años a estas tiendas acudían la mayor parte de los vecinos del barrio para hacer la compra diaria. No había  entonces ni super ni hipers. Llegaba la clienta y hacía cola hasta esperar su turno y de paso, la clientela, se ponía al día. Y es que en los barrios hacíamos vida  de pueblo, no como ahora que casi nadie conoce nada sobre nadie, ni siquiera en tu propio portal. Nos hemos convertido en una sociedad mucho más individualista. Muchos de aquellos pequeños establecimientos, bastantes de ellos nacidos en los años 50, se fueron uniendo para resistir el embate de los super  e hipers: primero en  la Cooperativa San Miguel  Excelsis, que luego se agruparía en la, geográficamente más amplia, Secuc y  más adelante se integraría en el grupo cordobés Coviran. 

Estampas de antaño: El afilador

¿Quien que no tenga cierta edad no ha escuchado en su vida el sonido de la armónica del afilador?. Recuerdo en mi infancia escuchar, con cierta frecuencia, sobre todo alguna de aquellas mañanas luminosas de verano, el paso del afilador con su moto o su bici, por la calle Carriquirri, montada en su parte trasera el esmeril mecánico con una piedra de afilar y las mujeres del barrio bajando a que les afilase unos cuchillos, unas tijeras o culaquier instrumento de corte. ¡El afiladooorr!.

Se escuchaba su inconfundible sonido y su llamada en los pueblos de media España pero también en los barrios de muchas ciudades. El chiflo de afilador, con su inconfundible melodía haciendo sonar las notas de la escala tonal, de graves a agudas y viceversa, como si de una escalerilla musical se tratase. He dicho armónica pero en realidad era una pequeña flauta de Pan de cañas o de plástico llamado chiflo (del gallego xipro) En Galicia había muchos afiladores que recorrían los pueblos, especialmente en la provincia de Ourense. Es un oficio, una imagen y un sonido que por lo que he podido investigar se remonta  varios siglos atrás (antiguamente también reparaban paraguas) y se extiende por muchas ciudades y pueblos de nuestro mundo, tanto aquí como en Latinoamérica, y que hoy en día, en este mundo de usar y tirar ya prácticamente casi ha desaparecido, conservándose tan solo en países o zonas donde el consumismo todavía no se ha impuesto del todo todavía. Ilustro la entrada con dos fotografías de dos épocas diferentes, una del afilador hace 50 o 60 años y otra de un afilador en la actualidad.