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La presa de Santa Engracia (12…-2018)

En  la primavera de este año, concretamente en el mes de marzo, se acabó de romper la presa de Santa Engracia, que ya había dado señales de deterioro en los últimos meses, por el tiempo transcurrido desde su último arreglo y por las cada vez más frecuentes avenidas. A raíz de esta rotura,  la imagen que ofrece actualmente  el río en este tramo y  la imposibilidad de practicar el piragüismo  ha surgido una polémica no sé si un tanto estéril sobre la conveniencia o no de dejar el río como está, incluso se habla de lo deseable que sería que se suprimiesen todas las presas existentes en su curso para dejar que el río fluyese de forma natural, como lo hiciese hace muchos siglos. No es mi intención entrar en semejantes  “barros”, pero me preguntó si los en otro tiempo tan activos defensores del patrimonio material e inmaterial tienen algo que decir respecto de esa posible supresión de molinos, batanes y edificios industriales varios que forman parte de la historia de nuestro río y de nuestra historia, por mucho que la evolución de nuestra sociedad haya dejado esos elementos orillados en el tiempo, sin ningún tipo de uso y utilidad, más allá del monumental o turístico. Las presas son fruto, por supuesto, de la intervención humana como los  diques, canales  puentes y pasarelas que a lo largo de los siglos y especialmente en las últimas décadas se han erigido sobre el lecho de nuestro rio. ¿pero debemos volver acaso a los tiempos en lo que el Arga era llamado Runa y un campamento romano acababa de asentarse sobre el poblado vascón situado en  lo  más alto del cerro que domina la Cuenca y sobre el que serpenteaba el río?

La presa de Santa Engracia data del siglo XIII. Ya se tiene constancia a principios de ese siglo de la existencia de la presa, una presa de piedra de sillería, de 65 metros de largo por dos de altura que servía para alimentar, con un caudal de 5.000 metros por segundo,  el molino llamado entonces de Macon y que sirvió posteriormente, a partir del siglo XVI,   como molino harinero municipal para los hornos del Vinculo.  Pocos años después, tanto la presa como el molino y el puente serían conocidos como de Santa Engracia al asentarse en las cercanías unas religiosas de la Orden de las Clarisas que fundaron el convento de Santa Engracia. El convento seguiría en pie hasta finales del XVIII en que, a causa de la guerra de la Convención, fueron conminadas a abandonar el convento que fue posteriormente  derribado. El molino harinero se transformó a finales del siglo XIX en la Electra Municipal, hidroeléctrica que permitiría alimentar las primeras luces eléctricas de Pamplona, tras un corto período en que el alumbrado se hizo con luminarias de gas. Tras la guerra la vieja Electra  Municipal dió paso a Industrias del Caucho, cuyo edificio   se mantuvo en el lugar hasta el año 2009. El edificio lo había adquirido en 1938 el rochapeano Bernardo Echamendi. Parece que en los siglos XVII y XVIII hubo reconstrucciones parciales de la presa por lo que no es ésta la primera vez que se deteriora la presa y se arregla. La última obra en la presa parece que data de 1725. Hoy,  tras los derribos de 2009,  de todas las construcciones existentes quedan la presa, la rejilla de acceso al molino y el antiguo canal de retorno de las aguas. El corto tramo de río remansado que posibilitaba la presa, existente entre el puente de a Rochapea y el de Santa Engracia ha sido protagonista de diferentes pruebas deportivas de piragüismo y de natación como la famosa Travesía del Arga, así como de la pesca. El Club Náutico, que tiene su sede en un edificio cercano al puente de la Rochapea, ha recogido en los últimos meses,  varios miles de firmas para pedir al Ayuntamiento que reconstruya la presa.