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Bares y tabernas de antaño (1844-1994). 2ª parte

Concluyo esta larga entrada centrada en la hostelería del Viejo Pamplona, con una mirada a algunos de los establecimientos que podíamos encontrar en la ciudad, entre los años 1933 y 1993. Como en la entrada anterior,  pretendo recopilar un buen número  de establecimientos hosteleros de entonces así como  de los nombres de las personas que estuvieron detrás de ellos. Así como los comercios han conocido,  en todo este período muchos más cambios en el Casco Antiguo,  la hostelería ha sido un sector, por lo general, mucho más estable;  Por supuesto que, en muchas ocasiones, han cambiado  los nombres de sus regidores pero en la mayoría de los casos los locales que albergaban una actividad hostelera la han seguido manteniendo. Probablemente la necesaria mayor inversión para la adecuación del local a esta actividad, la hostelera, explique esta mayor continuidad en el uso.

En 1933 podíamos encontrar, entre otros, los siguientes bares : en la calle Estafeta, El Moderno (en el nº 69, donde mucho más tarde se instalaría Casa Evaristo, con salón de billares incluido), en la calle Comedias, entonces 2 de febrero, el Gau-Txori (estaba en el nº 5, donde desde hace tiempo está el Burgalés); en Descalzos, el ya citado, en la entrada anterior, El Pamplonés de Ambrosio Goñi (que pasa del 11 al 7); en San Nicolás, el café-bar  y restaurante Irañeta, abierto entre 1931 y 1963, que dio paso, desde 1963, al Bar Restaurante Baserri; el café-bar y restaurante Niza que se abrió en 1936, a los que habría que añadir, además, el Dena Ona, el Torino y el Rodin de San Ignacio, donde antes estuviera el bar Olimpia,  y el bar de Autobuses, tras la inauguración de la estación en 1934. La calle Jarauta era probablemente una de las calles que más bares tenía, por supuesto también tenía muchos pequeños comercios, hoy prácticamente casi todos desaparecidos. Donde hoy esta la sociedad Gureleku había, en esos años, un bar que regentaba Vicente Gimeno y un poco más adelante, en las traseras del colegio de Dominicas, otro que regentaba Patricio Garjón. También había bares y tabernas, desde hace mucho tiempo desaparecidas, en San Agustín, Calderería, Compañía, San Lorenzo, etc. En la Rocha destacaban los establecimientos de Andrés Aldaz y Doroteo Arizcun. Donde hoy está el bar Ciudadela ya había en esos años un establecimiento hostelero que dirigía Felipe Ginés. ¿Sería el mismo Ginés de la calle Calceteros?.

Como decía en la entrada “Ilustres personajes que vivieron los sanfermines del Viejo Pamplona”, si hay un hombre al que Pamplona le debe su fama internacional es el escritor norteamericano Ernest Hemingway. Vino en ocho nueve ocasiones a Pamplona, la primera vez en 1923 y luego  de manera ininterrumpida, de 1924 a 1927; para regresar en 1929, 1931, 1953 y 1959. (Tuvo también una visita relámpago en 1956, de camino a Logroño). Pues bien el escritor tenía una serie de establecimientos, la mayoría ya citados en la entrada anterior, a los que no dejaba de acudir en sus escapadas sanfermineras. En esta pequeña ruta de Hemingway por Pamplona repasaremos todos los establecimientos hosteleros que visitó el escritor. En 1923, que fue el año de su primera visita a Pamplona acudió a hospedarse al Hotel La Perla pero era demasiado caro para su sueldo de corresponsal y se alojó en el 4º piso de una pensión en el nº 5 de la calle Eslava. Solamente en 1953 y 1959, con el premio nobel en su bolsillo, y mayor disponibilidad económica pudo permitirse el lujo de hospedarse en La Perla. Entre 1924 y 1931, Ernest se hospedó siempre en  el hotel de su buen amigo Juanito Quintana, el Hotel Quintana situado, como hemos visto, en el edificio donde hasta hace poco estaba la Cervecería Tropicana. Juanito era como Ernest, un buen aficionado a los toros y allí tuvo ocasión de conocer a Cayetano Ordoñez, El Niño de la Palma. Cerca de allí, muy a mano, tuvo desde 1930, la terraza del Choco, uno de los lugares donde en más ocasiones aparece fotografiado además del Café Iruña. Es sin embargo el Café Iruña el lugar en el que siempre recaló en todas sus visitas, su autentico cuartel general desde donde observaba y vivía la fiesta en todo su esplendor.

También se dejó caer por el Cafe Kutz y el Torino, algunos dicen que también por el Café Suizo, aunque era conocida su animadversión política contra este establecimiento. Hemingway no podía ocultar sus afinidades políticas republicanas. Otro de los establecimientos que con más asiduidad visitó en sus estancias en Pamplona fue Casa Marceliano, donde tenía costumbre de almorzar después del Encierro, así queda constancia al menos desde 1926. Nuestra guerra civil hizo que Ernesto no volviese a Pamplona hasta el año 1953. El 15 de abril de  1938 Gervasio Guerendiain había abierto un restaurante en el Paseo de Sarasate al que puso el rimbombante nombre de “Hostal del Rey Noble” pero que es mucho más conocido por  el nombre de Las Pocholas, restaurante que condujeron las hermanas Guerendiain hasta el año 2000. Pues bien a partir de su regreso a Pamplona en 1953, Las Pocholas se convertirá en otra de las citas obligadas del premio nobel, lugar que queda reflejado en la foto del 21 de septiembre de 1956, en una visita relámpago a Pamplona, acompañado de unos amigos de la capital. Fuera del Casco Antiguo el único establecimiento hostelero que visitó  Ernest en los años 50 fue el Hotel Yoldi,  para visitar a su buen amigo, el diestro Antonio Ordoñez, antes de las corridas.

La guerra había pillado a Juanito Quintana, dueño del Hotel Quintana, vinculado a la causa republicana, en la localidad francesa de Mont Marsan. No se atrevió a volver a Pamplona por miedo a las represalias. Así es que su hotel quedó cerrado hasta que en 1937 Pedro Erviti reabría el establecimiento con el nombre de Hotel España. Sin embargo el hotel no duraría demasiado, para el año 1946 había cerrado definitivamente sus puertas. En sus bajos se abriría, en los años 50, el bar Brasil.  En 1946 la familia Ramirez cogía el bar Sevilla que ya tenía ese nombre desde el término de la guerra. Lo cogió el abuelo Julián y lo ha estado llevando la familia durante tres generaciones, hasta hace muy poco tiempo. Antes estuvo un poco más a la derecha, donde el Bar Kiosko, pero se trasladó a su tradicional ubicación en el año 1959. Junto a él estaba, en los años 60, el Bar Pekín. En estos años 30, no solo las casas de huéspedes ofrecían comidas sino que cada vez, con más frecuencia, sucedía al revés, que las casas de comidas y restaurantes también ofrecían habitaciones, así sucedía con Casa Marceliano o La Marcela y también lo hacían los Bastarrica, Cebrian, Elizalde, Landivar, Pueyo, hijos de Tejedor, Viscarret y otros que ya hemos visto en la entrada anterior. Entre las nuevas casas de comidas estaban la de Baldomero Barón en Ansoleaga, 33, la de Elias Echechipia en Mercaderes, 7 (Restaurante Iruña), Hijos de Francia y Antonio Pérez en San Francisco, Isidoro Iturralde en Lindachiquia y Leocadio Urtasun en la Estafeta.

Tras la postguerra, en los primeros años 50,  un buen número de bares y cafeterías o café-bar se habían implantado en el Nuevo Ensanche y se habían renovado buena parte de los del Casco Antiguo. Continuaban algunos veteranos, por ejemplo, Eugenio Roch en su decimonónico café de Comedias; Matías Anoz con su
incombustible Casa Marceliano; Elvira Muñagori, viuda  de Kutz, con su Café Kutz (que cerraría en 1961 para dar paso al Banco de Vizcaya); Doroteo Cotelo  con el Torino mientras Pablo Diez de Ulzurrun  había abierto un bar en el nº 34 de la calle Mayor, donde hoy está El García: se llamaba Bar Ederra. Otros ilustres sin embargo desaparecerían como el Café Suizo  para dar paso a un banco,  el  Banco de Bilbao y el Dena Ona se convertía en el Bearin. Teodoro Aparicio  llevaba el Mirador de los Jardines de la Taconera y surgían nuevos nombres y apellidos en la hostelería pamplonesa. La hostelería se concentraba sobre todo en San Nicolás, San Gregorio, Plaza del Castillo y la Estafeta.  Rafael Erice regentaba El Caserío en el nº 11 de la calle San Gregorio, Victorino Ganuza hacía lo propio con el bar de su nombre, El Ganuza en el nº 21 de la misma calle, y la familia Barberena cogía El Orbaiceta en el nº 48, de manos de Lucio Arizcuren, para convertirlo más tarde,  por parte de uno de los hijos en  el Museo, mientras que otro hijo, Joaquín Barberena, abría en 1963  el Bar Río en la calle San Nicolás; ambos Museo y Río unidos por la misma receta familiar, la de sus célebres huevos. Por cierto donde actualmente está el Río, en los años 50,  parece que la familia propietaria del edificio, los Larrayoz ya tenían un establecimiento hostelero.

En la calle San Nicolás Juan Irañeta seguía adelante con el mítico café bar Irañeta que llegó a albergar numerosos conciertos de música y, como he comentado al principio de la entrada, ya existía actividad hostelera en lo que durante muchos años fue el Bar Arizona, o en los actuales  Redín,  Ciudadela, Ulzama (y el Aralar), La Viña (con el mismo nombre y la dirección de Julián Sanchez)  o  el Burgalés. Antes del Montón, en Jarauta, 29 estuvo el Bar García, el Falcesino. Donde hoy está el bar Infernu estaba la Taberna-Bar Moreno. En el nº 3 de Curia, Josefina Goñi llevaba el Bar Goñi antes de la llegada de la Hostería del Temple en los años 60; Jeronimo Ibarrola regentaba el restaurante Maitena en el nº 12 de la plaza del Castillo, (donde desde 1980 y hasta 2010 estaría la sociedad gastronómica Gazteluleku); los Iturralde  continuaban con el negocio familiar del Catachú en la calle Lindachiquia;  Isaac Juanco dejaba las riendas del negocio, el Otano (San Nicolás, 5), en manos de su hijo Andrés que, a finales de la década, se casaría con Tere Goñi; Federico Monasterio regentaba el Monasterio en Espoz y Mina, 11, Vicente Aguinaga  el Niza; Alcaine y Beaumont el Choko; Miguel Aldaz,  El Espejo (los actuales propietarios sólo llevan con el bar desde 1989) y Candido Ardanaz el Bar Prados en el nº 58 de la Estafeta, antes de que se convirtiese en el Fitero  en 1956.

En 1955 se abría un restaurante en la calle Jarauta con el nombre de Guretxea. Sus propietarios se trasladarían a la 2ª planta del nº 20 de Ansoleaga en 1960,  con el nombre de Restaurante Basaburua. En 1987 pasarían a su ubicación actual, en el nº 16 de la misma calle,  donde la tercera generación sigue actualmente  con el negocio. En 1956 se abría el restaurante Sarasate en la calle San Nicolás, especializándose en comida vegetariana desde 1979, mientras se mantenía la actividad de restauración en los locales que hoy albergan el Bar San Nicolás y el Iru, de la mano de Vicente Saralegui y Marcos Sanz respectivamente. En 1958, Alejando Elizari y Felisa Garcia fundaban el restaurante Josetxo, en el segundo piso del nº 73 de la calle Estafeta, que más tarde, en 1985, trasladarían sus hijas Raquel y Mari Carmen a la plaza de Príncipe de Viana, donde se mantuvo hasta hace cuatro años. En su lugar se pondría uno de los primeros restaurantes chinos de la ciudad, el Palacio Chino. En la calle Estafeta estaba desde 1959, en el nº 50, el Señorío de Sarria, hoy Bodegón Sarria;   y también en esos años 50, Carlos Pascualena tenía un restaurante en el nº 55 de Estafeta (donde hoy está Globe Trotter) y en tiempos estuvo el negocio de Basilio Fuentes y sus herederos; Macario Arguiñano en lo que ahora es Chez Evaristo (en el 69); Luis Desojo Sanz en el 71 donde ahora esta La Granja; Casa Sixto (en el 81);  Casa Juanito, en el nº 83, con José Urretabizkaia de camarero, tras la barra, desde 1963, y que hoy es su actual propietario; Casa Flores en el 85 y encima de ella el Hostal y Restaurante Ibarra. En los años 60, el Brasil dio paso a la Cervecería Tropicana. En otras partes de la ciudad estaban en  San Juan, el Toki Zarra y  en el Ensanche, el Bar Cinema o Casa Mauleón , fundada por Hilario Mauleón.

En otro orden de cosas se abrieron en estos años nuevas churrerías: en la calle Estafeta, San Gregorio, y Compañía y Elias Fernandez sumaba a la veterana churrería de la Mañueta otras dos, una en la misma calle y otra en la calle Amaya. Y entre las heladerías cabe destacar  El Buen Gusto en Chapitela, Alaska en en el nº 49 de la plaza del Castillo, La Vital en el nº 18 de Sarasate y como no, Eliseo en La Rochapea. Por otra parte, a medida que la ciudad iba creciendo se iban abriendo bares en los barrios periféricos de la capital. Eran bares modestos, como el que vemos en la foto adjunta de Herce de un bar de la Chantrea en los primeros años 60.

En el ámbito de los hoteles cabe señalar que en  los años 50 aun continuaban abiertos el Hotel El Cisne y el Hotel El Comercio. Desde 1945, el Maisonnave lo regentaba la familia Alemán y más concretamente Miguel,  que trasladaría el hotel a la calle Nueva en 1966. Eran nuevos el Hotel  Valerio, ubicado en el nº 5 de la avenida de Zaragoza, regentado por Margarita Aranguren; el Hostal Xavier en el nº 2 de la calle San Gregorio, dirigido  por Mercedes Ferreras, el Hotel  Yoldi y el Hotel Europa. Y entre los restaurantes de la época teníamos al veterano Casa Marceliano; el Blanca de Navarra conducido por Braulia Villanueva,  en el nº 24 de la calle Mercaderes; el Iruña en el nº 7 de la misma calle, regentado por la familia  Echechipia, entre los años 30 y 50, (en la última época estuvo  al cargo del citado restaurante Ana María Echechipia; el Yaben en la segunda planta del nº 24 de Pozoblanco, (había otro restaurante al principio de la calle, en el nº 20, donde estuvo la antigua casa de Cuevas), y la Fonda Hispanofrancesa de Wenceslao Cilveti en plaza del Castillo, 20. En el terreno de las fondas, posadas y casas de huéspedes destaca el hecho de que las Amostegui abrían en esos años sendos negocios: Rafaela en el nº 72 de la calle San Nicolás y Victorina en el nº 20-22 de Pozoblanco, donde actualmente tienen el restaurante sus herederas. Por su parte Francisca Barbería abría su posada en el nº 2 de San Lorenzo, donde estaba la Cepa y José Echeverria en San Nicolás 34-36, en lo que había sido antes La Salacenca.
En 1963 se inauguraba el Hotel Tres Reyes en terrenos del antiguo Bosquecillo y en 1969, como ya señalé en otra entrada, Ricardo Aparicio Delgado abría el Restaurante Iruñazarra en la calle Mercaderes. En los años 70 se renovaba la hostelería de la plaza del Castillo: en 1970 Patxi Muñoz y Margarita Muguiro fundaban el Baviera, mientras la familia Munarriz inauguraban el Gure Etxea en 1975. El Oreja se abría en el nº 19 de la calle Jarauta, en 1968, y dos años más tarde lo hacía  La Viña con sus actuales propietarios. En 1971, se abría La Mejillonera y en 1977 la familia Idoate se hacía cargo del restaurante Europa. En 1980 se nacían el Restaurante San Fermín, en el nº 44 de san Nicolás y el Dom Lluis en el nº 1. En 1985 Juan José Irisarri fundaba el  bar El Kiosko en el nº 14 de la plaza. En 1988 la familia Galarza-Lecea se hacía cargo del Señorio de Sarria de la calle Estafeta y lo convertía en el actual Bodegón Sarria. Un año antes, en 1987 se aprobaba definitivamente la normativa sobre zonas saturadas, tramitada en 1986 que impedía la instalación de nuevos establecimientos de hostelería en el Casco Antiguo; se admitían la transmisión de licencias pero no la apertura de nuevas. Esta situación se mantendría hasta el año 2006 en que se vuelve a permitir la instalación de actividades hosteleras y más concretramente de restaurantes y cafeterías, habiendo abierto cerca de 50 nuevos establecimientos desde entonces y hasta el día de hoy  en que se está planteando una nueva normativa restrictiva,  pero esto es ya objeto de otra historia que excede la de esta macroentrada y que contaremos en otra ocasión.

Fotos por orden de aparición. Cafe Kutz (1952). J. J. Arazuri; Concierto en el Café Irañeta. Años 50. Archivo Bar Baserri;  Foto de Hemingway en plaza del Castillo (1959) Julio Ubiña;  Foto postal del Hotel Quintana (1920-30). Foto Hendaya;  Foto Familia Guerendiain. (Años 40); Calle San Nicolás. Años 50. Archivo Bar Baserri;  Plaza del Castillo. Años 60. Galle. AMP; Bar Goñi. Postal Vaquero; Bar del barrio de la Chantrea. Años 60. Foto Herce;  Fotos restaurante Iruña y siguientes sin filiar.

Bares y tabernas de antaño (1844-1994). 1ª parte.

Esta entrada completa, -en cierto sentido-, la de “Los bares del Viejo Pamplona” (1960-1990), solapándose con ella, si bien aquella estaba redactada desde una perspectiva de recuerdo o vivencia personal y esta desde la más estricta investigación histórica.  Como ya he señalado en otras ocasiones, hasta el derribo de las murallas en 1915, Pamplona era su Casco Antiguo, en él estaban sus comercios y, por supuesto, y quitando algún establecimiento “fuera puertas” en él estaban todos sus establecimientos de hostelería. A finales del siglo XIX no existían en Pamplona ni bares, ni cafeterías, ni restaurantes, ni pubs, ni hoteles ni nada que se le pareciese. Había, como he dicho en la entrada anterior de los oficios desaparecidos, tabernas, colmados, cafés, fondas, posadas, bodegones y figones. En 1908, había en Pamplona 60 tabernas, 48 de ellas dentro del casco histórico, a las que habría que sumar 12 bodegones y figones, 5 cafés públicos, 7 fondas y 27 posadas (25 de ellas también en el Casco).

A primeros del siglo XX comenzaron a abrirse los primeros bares y restaurantes así como también los primeros hoteles. Las tabernas que había hasta  entonces, según dice José Javier Arazuri en “Historia, Fotos y Joyas de Pamplona”   eran “modestos establecimientos, escasamente amueblados, con unas mesas y bancos de madera y al fondo del local un mostrador, con una parte amarmolada,  aunque el mostrador también podía encontrarse en un lateral. Estos establecimientos estaban abiertos unas quince horas, desde las seis de la mañana a las nueve de la noche”. Tantas horas, sin embargo, daban escasos réditos a sus dueños pues estos establecimientos se caracterizaban por vender básicamente vino y aguardiente;  la gente incluso podía llevarse su comida, comérsela allí mismo y pedir solamente vino. Además del “morapio” se podía encontrar, -según Arazuri-, “queso de puchero, aceitunas verdes, pimientos, guindillas en vinagre, nueces y sardinas asadas”. Dada la extensión de la entrada y la prolijidad de nombres, lugares o ubicaciones que introduzco, comparándolas, además,  con  los lugares o ubicaciones actuales, he creído conveniente dividir esta entrada en dos partes, una que se extiende desde 1844 a 1932 y otra que va desde 1933 a 1994.

Entre las tabernas que sobrevivirían más años, -pues a menudo  tabernas y bodegones se confundían y un establecimiento podía aparecer en ambas tipologías o pasar de ser taberna a más adelante casa de comidas-, estaban las de Marceliano Anoz (fundador de Casa Marceliano en Carnicerías, 5), Evaristo Archanco, en Mañueta, que luego y hasta los años 30 se trasladaría, con su fonda  a San Gregorio, 58, (cerca de donde esta hoy el Anaita); Narciso Bearan en San Nicolás, 25 donde hoy se encuentran el Iru y el Hostal Bearan; Candido Francia, al final de la calle Mayor que luego se trasladaría  a la calle San Francisco; Basilio Fuentes en San Agustín, 4 (luego viuda de Basilio Fuentes e Hijos, con fonda y casa de comidas), o  Leocadio Urtasun en el nº 81 de la Estafeta, esquina con Tejería (donde luego se pondría Casa Sixto, El Adoquin y el actual Cocotte,). Resulta curioso observar como ya desde hace un siglo, las zonas hasta hace poco más hosteleras, en general ya lo eran: San Nicolás, San Gregorio, Plaza del Castillo, Estafeta, Jarauta, San Lorenzo o Calderería. La reconversión de zona comercial en hostelera de las calles Mercaderes o Comedias y alguna otra  es, sin embargo, un hecho bastante reciente.


En los bodegones, afirma Arazuri,  “se servía generalmente vino de escasa graduación, chacolí cultivado por los dueños del local en las laderas del monte Ezkaba o San Cristobal, uno de los más famosos era el  del “Culancho” en la calle  Ansoleaga, donde estaba el Palacio de Aguerre o Casa del Orfeón antes de ser derribado, para construir el Maisonnave, aunque había alguno otro en Jarauta al que llamaban “La Casa del Capitán” o donde hoy está El Marrano en San Nicolás estaba el “Bodegón de Sanz”, que durante muchos estuvo señalizado como Vinos El Cosechero”.  En Jarauta había, a principios de siglo, nada menos que cuatro bodegones y en Mañueta tres. Los figones eran tabernas de baja categoría.  Había, además,  en aquella época, en 1908, tres churrerías, la centenaria churrería de la Mañueta, otra en la calle Eslava y una tercera al final de la calle Zapatería así como otras tantas horchaterías-chuferías, la más conocida la Casa Puyada de Mariano Perez en Zapatería, 15, donde hoy está Calzados Goñi. Posteriormente en 1924 se instaló una nueva churrería en San Gregorio de corta vida y también hubo  otra en Jarauta, 10, (la Churrería San Fermín de Bernarda Abaurrea) pero de fugaz existencia. En 1928 teníamos las siguientes heladerías-horchaterías-chuferías: El Buen Gusto en la calle Chapitela, La Polar en el nº 29 de la Estafeta, la mencionada Casa Puyada y El Valenciano, en San Gregorio, 38 (cerca el actual Kaixo).

A mediados del S.XIX surgieron en Pamplona los primeros cafés públicos, la mayoría de ellos ubicados en la plaza del Castillo, eran cafés,  la mayoría,  de ambiente familiar y provinciano,  el primero fue el Gran Cafe Suizo, en 1844, ubicado en el nº 37 de la plaza  y que regentarían los suizos Matossi y Fanconi. A la Gran Pastelería Suiza se entraba por la entonces calle General Moriones, hoy Pozoblanco.  También estaba El Español ubicado en el nº 43, regido en 1875 por los señores Monegatti que lo convirtieron en La Marina y más tarde por Luis Kutz en 1912 que lo convirtió en el famoso Cafe Kutz. En el edificio del Crédito Navarro, esquina con Espoz y Mina, estaba el Café Lardeli, también de origen suizo,  que desapareció a finales de siglo y cuyo mobiliario se utilizó en el Cafe Roch (fundado por Eugenio Roch en 1898). En 1888 se inauguraba el café más emblemático de la ciudad, el Café Iruña.

Otros cafés más modestos algunos de finales del XIX y otros de principios del XX,   algunos de los cuales se convirtieron en bar o café-bar, incluso en restaurante fueron: en Espoz y Mina, El Larequi y La Amistad;   en la Estafeta, El Navarro (en el nº 32, gestionado por Nicomedes Paz, donde hoy esta Windsor Tabern y durante mucho tiempo estuvo la cristalería Adamas); El Macias (en el nº 45, cerca de Casa Lange); El Urrutia que luego fue El Lusarreta (1921) (en el nº 49, donde hoy está el Chez Belagua), El café del Circo (en el nº 65, donde hoy está una de las tiendas de Atanasio Echarri); en la plaza del Castillo estaban, El Ideal (en el nº 9, cerca de donde hoy está el Gure Etxea, regentado por los hermanos Peralta), El Cenizo (en el nº 3, donde luego, a primeros de siglo, se instalaría el famoso bar El Torino, (abierto por los señores Duhins y al que seguirían en la gerencia Meliton Ariz y Doroteo Cotelo, que en 1973 ocuparía el  Windsor, tras el cierre del anterior dos años antes); El Mazuelas (donde el Casino Eslava); El Nacional (en la esquina con Chapitela); en el Paseo de Valencia estaban El Europa (en el nº 18, donde está hoy el Bankinter), el Noain (en el nº 14, donde hay hoy una agencia de viajes) y El Siglo. Otros fueron El Incendio en la Mañueta, El Bochas en Carmen, El Almudí en el nº 64 de Nueva y El café de la Aduana en el nº 18 de Taconera, la mayoría de los citados estaban abiertos en 1888, aunque otros no llegarían al nuevo siglo.

Como he señalado en la  entrada anterior, los colmados fueron los precursores de los  bares que aparecieron a principios de siglo, en los bares (del inglés, bar: barra) se tomaban las consumiciones de pie ante una alta barra y se servían licores, refrescos, vermuts, etc; Había a comienzos del siglo un colmado donde luego se instalaron Las Pocholas; El Nuevo Colmado donde luego estuvo el Dena Ona (abierto por el señor Blasco y que luego cogerían los señores Mazo y Zabalardo, convirtiéndolo en cafe-bar y restaurante) y más tarde el Bearin; en el local donde se puso La Vasconia estuvo el colmado de Justo Ibañez, y en Sucursal de Aldaz, luego bar El Espejo, de la calle Ciudadela, estuvieron antes el colmado de Zabalo y más tarde el bar El Siglo XX.

Otros bares de aquella época, finales del XIX y principios del XX,  eran,  en la plaza del Castillo El Americano (donde estuvo la cafetería Delicias), El Ginés (en Calceteros, 12, donde foto Ruperez) o La Bella Easo,  en la esquina de Chapitela y Mercaderes (donde antes estuvo la sede de la Caja Municipal y hoy una sucursal de la Caja Rural). En Jarauta estaba el café-bar Toki-Alai (de los Hermanos Echarren, con casa de comidas) al principio de la calle. Fuera puertas Sixto San Roman abría en los primeros años del siglo un café en la Rochapea antes de inaugurar un local hostelero en el nº 66 de  la calle Estafeta, al lado de donde hoy está Bombones Torres).  En 1924 nacía el Bar España de la Estación del Norte. Aparecieron también ese año el bar del Bosquecillo (su caseta era la misma que la Sociedad Lechera Anaitasuna había colocado hasta 1918 en la plaza del Castillo) y el Izkiña de Jarauta, gestionados ambos por Raimundo Oderiz.  El Euskal Jai y el Gayarre también disponían de sus servicios de bar. Uno de los primeros bares que se abrió en el Nuevo Ensanche fue el  Olympia (en el nº 12 de la Avenida de San Ignacio, que vemos en una foto postal más adelante). En 1925 se abría otro bar en el barrio de la estación, La Eibarresa y en el casco antiguo, Urbano Goicoechea abría el bar y casa de huéspedes El Oriental en el nº 38 de San Gregorio (al lado del actual Bar Kaixo) y Patricio Taberna una tasca en el nº 45 de la calle Mayor (hoy es un almacén del ferretero Javier Sanz, cerca de la peluquería de Laura Delgado).

A finales de los años 20 (1927-1928) esta era una relación bastante completa, no exhaustiva, de bares, (algunos de ellos eran también casas de comidas y contaban con hostal o casa de huéspedes),  ordenados por calles con su numeración en la calle y su referente más conocido, si lo hubiese actualmente,  que había en Pamplona (algunos ya los hemos citado): En la calle San Lorenzo, el de la viuda de Jesús Anoz (en el 24) y La Maravilla de Echeverría y Apesteguía (en el 5, que fue luego la carnicería Bezunartea y hoy un locutorio); en Descalzos, el Iruña (en el 9, al lado del Lanbroa), Los Gabrieles (en el 26, cerca del edificio nuevo construido hace poco antes de llegar a la escuela infantil),  El Pamplonés de Ambrosio Goñi (en el 11, también cerca del Lanbroa), El Izkiña o Eskiña de Raimundo Oderiz (en el 82, al lado del Bar Txiki, hoy no es más que el solar que hay en la esquina con Santoandia), y El Sánchez de Cipriano Goñi (en el 76, hoy hay un negocio de restauración de muebles); en Jarauta, el Beti-Jai de Santiago Martich que luego llevaría Salvador Eleta (en el 88, hoy el Bar Giroa), El Esparza (en el 59, al lado del Bar Gallego) y La Palma (en el 37, hoy Bar Roncal); en la plaza del Castillo, el Dena Ona (en el 32), El España de San Roman y Zabalardo (en el nº 20) donde poco más tarde, a comienzos de los 30,  abriría el Choko (así aparecía escrito antes, tras ampliar su espacio con el bar Villarosa que tenía justo  al lado), (por cierto hubo un tercer Bar España aparte de éste y el de la Estación en la plaza del Consejo), El Ideal de los hermanos Peralta (en el 9), -una hermana,  Deogracias,  creo que había tenido  una casa de huéspedes en la calle Comedias-,  y El Torino de Doroteo Cotelo (en el 3); en Estafeta, El Lusarreta (primero en el 49-51 y luego pasó al 71, donde hoy está La Granja), El Navarro de Nicómedes Paz (en el 32) o el Pirineos en el nº 41 (abierto a comienzos de 1900, muy cerca de la fonda del mismo nombre); en San Nicolás, Feliciana Toni (en el 34-36, donde hoy está el Katuzarra) y Agapito Viscarret (en el 25, donde hoy está el Iru).

Otros bares que había eran El Espejo de Miguel Aldaz, el de Antonio Pérez en San Francisco, 14 (hoy Peña Anaitasuna y anteriormente el Montón de San Francisco), Casa Paco, abierto en 1908 por Tomas Pueyo (cerrado hace un par de meses, tras cuatro generaciones), el ya mencionado Olimpia de la avenida de San Ignacio, y el Sarasate de Martín Sotes en el Paseo de Sarasate. En el barrio de la Estación había nada menos que cuatro bares: junto al bar España estaban La Eibarresa (que luego subiría al 28 de Jarauta), el de José María Arizcuren y el Moderno Ona de Rosa Senosiain; en La Rochapea había cuatro bares: los de Juan Ayerra (El Abaurre), Carlos Eugui, García Vicente y Agapito Anso y en el Mochuelo  el de Policarpo Martinicorena. Alguno de aquellos bares extramuros tenían, en ocasiones, algún juego en sus proximidades como el de las bochas, que vemos en una fotopostal adjunta o el de la rana. Quien con algún año de más no se acuerda de la antigua Casa Emeterio y su famoso juego de la rana.

Las fondas se asemejaban a los actuales hoteles y se diferenciaban de los albergues y posadas. En 1863 había en Pamplona 39 posadas y 10 casas de huéspedes. Las fondas más famosas de finales del siglo eran, en el Paseo de Valencia, la Fonda El Infante y la Fonda Otermin, luego, desde 1880 y hasta 1892, convertida en la Fonda Europa; en la plaza del Castillo, las de Goicoechea y Ciganda (luego Sotil), La Fonda La Perla  de Miguel Erro y Teresa Graz (luego Viuda de Erro y más tarde Sucesores Vda de Erro) de 1881, y que es uno de los  establecimientos hoteleros más antiguos de España; en Estafeta, 47, la Fonda de Florentino; y más tarde, a finales de siglo El Cisne (en plaza del Castillo, a cargo Francisco Echepeteleku), El Maisonnave (en Espoz y Mina, 5 -donde el actual bar Gaucho- y Estafeta, 60), de Carlos Maisonnave que pasó luego a su viuda y luego a su hijo Eladio y la Fonda de Angela (luego La Fonda Hispanofrancesa, del artajonés Wenceslao Cilveti, en el nº 19 de la plaza del Castillo, cerca del actual Bar Txoko).

En 1908 estaba ya abierta la fonda-restaurante La Bilbaina, de Cecilio Jaso, en el nº 54 de la calle San Antón (entonces Mártires de Cirauqui, a la altura de donde estaba Baños Lecar) que daría paso a partir de 1926 a la Casa de Arnedo. Había otras otras fondas menos importantes como las de Javier Esparza y Candido Múgica en la Estafeta o la de Balbina Vera y Aramendía en la plaza del Castillo. Ya a primeros de siglo aunque mantengan el nombre de Fondas, las fondas  eran como hoteles, por lo que resulta difícil distinguir unas de otras: en 1913 se abre el Grand Hotel en la plaza de San Francisco que enseguida, en 1923, compra La Perla para cerrarlo en 1934; en 1921 estaban el Hotel San Julian  o Vasco Navarro (en la plaza del Castillo, 16 donde el Casino Eslava), luego el Hotel San Martín en Espoz y Mina, 1 (donde está hoy el Guría) y el Hotel Regional, en 1922, en Espoz y Mina, 11 (donde hoy está el Europa); la Fonda La Manuela da lugar también estos años al Hotel Quintana (Viuda e Hijos de Ignacio Quintana) en la plaza del Castillo, 18 y Estafeta, 58 (ocupadas luego por  la Tropicana y el Fitero);  Los Pirineos de Aniceto Echarte con domicilio en la calle Javier se trasladaría en 1926 a San Ignacio para convertirse de fonda en hotel; El Hotel del Comercio de Viuda de Salustiano López, en Zapatería, 7  (en el edificio donde está hoy la tienda de Blai y durante mucho tiempo Usoz) se trasladaría más adelante, a primeros de los 30,  a la avenida de Francia, entonces llamada de Galan y García Hernández.

Algunas de casas de huéspedes se convirtieron, con el tiempo, en fondas y las posadas, tabernas y bodegones en restaurantes o casas de comidas. Entre los apellidos conocidos en el ámbito de las casas de huéspedes   en 1908, estaban los Herederos de Diez de Ulzurrun (Campana 14 y Mayor, 2), Sucesores de Pedro Echarri (Dos de Febrero, 14, más tarde Comedias), Sucesores de Doroteo Izurdiaga, luego Olegario Recalde (con casa de comidas, en Lindachiquia, 4), Babil Landivar (en San Nicolás, 7 y luego 12, con fonda y casa de comidas, hoy en aquellos locales hay bien restaurantes u hostales), Cesareo Lezaun, más tarde La Roncalesa o Sucesores de Lezaun (Estafeta, 85, en el edificio en que estaba Casa Flores y ahora El Chupinazo) o la Fonda La Ramona de Juan Purriel (en Estafeta, 2). Lino Otano, creador de Casa Otano  empezó en el nº 17 de la Mañueta, con una casa de huéspedes para pasar luego a San Nicolás, 5, con una tasca o casa de comidas sin olvidar por supuesto el servicio de la fonda o casa de huéspedes. Tras su fallecimiento pasaría el negocio por varias manos, entre ellas las de Severino Larrayoz (Sucesor de Otano) y Santiago Echechiquia  (Fonda Santiago) hasta que en 1929 se hicieron cargo del negocio   Isaac Juanco y su esposa Felisa Galar que inician la actual saga familiar que lo regenta. Junto a los citados hosteleros, figuraban en un año antes, en 1928, los siguientes establecimientos catalogados como fondas o casas de huéspedes: La Salacenca de Feliciana Toni en San Nicolás  34-36 (donde estaba la Fonda Aragonesa y ahora el asador Katuzarra) y la Bidasotarra de Francisco Aguerralde en el  24-26 (ahora está ahí el Hostal Dom Lluis), La Barranquesa de Daniel Bacaicoa en Javier, 1 y la fonda de Guillermo Larequi (en Espoz y Mina, 11, donde estuvo primero El Larequi y luego el Monasterio), Hijos de Basilio Fuentes en Estafeta, 55, Sucesores de Juan Oderiz en Santo Domingo, 31, Vicente Azanza en Calderería, 23 y Felipe Irigoyen en la nueva Casa de Cuevas (Dos de Febrero, 20; actual Comedias, al principio de la calle) con restaurante incluido.

Las tabernas se convirtieron, como he dicho,  en restaurantes y casas de comidas: así encontramos en 1921 la de Matías Anoz (después sucesores de Matias Anoz), situado en el nº 5 de Carnicerías (luego en el 3, entonces era calle Carnicerías, no calle del Mercado), la de Narciso Bearan que cogió Agapito Viscarret (Sucesor de Bearan) en San Nicolás, 25 con su fonda o casa de huéspedes, la viuda de Candido Francia, en San Francisco, 32; la Casa de la Marcela (Marcela Elia, Viuda de Iriarte) en el nº 13 de San Nicolás, donde esta actualmente el Bar San Nicolás-La Cocina Vasca;  la Casa de la Mariana en Jarauta, 34 (de Pablo Lizarraga), Tomasa Aznarez (luego Aniceto Bastarrica y Vda de Oyaga, Sucesor de Bastarrica) en Carnicería, 1, La Moderna en Navarrería, 12, en 1926, el Catachú de la mano de Isidoro Iturralde, en Lindachiquia, 16 y en 1928, La Navarra en Mañueta, 20; La Bodega, en Martires, 48, Julián Indavere en Estafeta 41 y en Jarauta 34 y 80 respectivamente la Sucursal de La Mariana y la Sucursal de La Martina. La casa de comidas de la Estación la regentaba en  1908  Maria Sanchez y luego en 1921 Hijos de Tejedor. Todos los hoteles importantes contaban también con restaurante: El Cisne, La Perla, El Maisonnave, El Comercio, El Grand Hotel, El Pirineos, El Quintana, El San Martín. Resulta curioso comprobar que en la calle San Lorenzo el bisabuelo de los actuales propietarios del comercio centenario Cebrian, Demetrio Cebrian tuvo en los años 20 una fonda y casa de comidas.

Fotos por orden de aparición: Cafe Kutz.1952. Postal Viuda de Rubio; Sucursal Aldaz Hermanos, 1912. Archivo Arazuri; Casa Marceliano. 1925; Ante el Café Kutz. 1932. Galle; Edificio del Grand Hotel. 1914; Cafe Bar Torino. 1971. Zubieta y Retegui; el resto sin filiar.

Los bares del Viejo Pamplona (1960-1990)

En nuestra tierra los bares se constituyen en los más importantes centros de encuentro y relación social. Imagino que todos tenemos asociados estos lugares a nuestra memoria, tan diferentes ellos a lo largo del tiempo como diferentes han sido las etapas de nuestras vidas. Mis recuerdos más tempranos, de la infancia, asociada a los bares, están vinculados a algunos establecimientos de lo Viejo (de la plaza del Castillo o de la calle Ciudadela) o de mi barrio, la Rochapea. Del Casco, tengo fugaces recuerdos, acompañando a mis padres allá por el año 1966 o 1967 y siguientes, de algunos establecimientos de la plaza del Castillo, como el Txoko, el Tropicana, el Casino o el Cafe Iruña, seguramente en algún encuentro con amigos y familiares, alguna bulliciosa y soleada tarde de domingo. En aquellos finales 60, recuerdo la presencia de abundantes rótulos luminosos sobre los tejados de los edificios como los que aparecen en la fotografía que encabeza esta entrada. También tengo un claro recuerdo del Anaitasuna, en la esquina de San Gregorio con Ciudadela y del Espejo, ya en esta última calle. En aquel tiempo,  y por lo que recuerdo también mucho más tarde,  el Anaita tenía un aspecto más de cafetín que de simple bar, con sus juegos y partidas de cartas en las mesas de marmol blanco sobre pies de hierro colado de color negro. En este lugar tuvo la Sociedad del mismo nombre algunas de sus primeras reuniones tras una fugaz etapa en Paulino Caballero. En cuanto a El Espejo nació como Sucursal de Aldaz Hermanos en las primeras décadas del pasado siglo.
Aunque citados en otras entradas vuelvo a referirme a ellos en esta su entrada natural. Me refiero a los bares de mi barrio: el bar Cuatro Vientos, La Cabaña,   Casa Feliciano, La Senda, El Rodriguez y sobre todo El Bar Porrón, de los cuales el único que sobrevive actualmente es Casa Feliciano, que vemos en la fotografía, viejo testigo de los muchos cambios que ha sufrido el barrio y la avenida de Marcelo Celayeta. Fueron muchos de aquellos bares de nuestra infancia, bares de flipper, futbolín y sinfonola, sinfonola como la que aparece en una de las fotografías siguientes. Más tarde aparecerían  también en algunos bares algunas recreativas que llamábamos de “matamarcianos”. Las sinfonolas comenzaron a proliferar desde finales de los 60 en muchos establecimientos hosteleros. Metías una o varias monedas y seleccionabas la canción o canciones de tu gusto. Así escuchábamos los éxitos de aquellos años y, según los bares podías encontrar un tipo de música más convencional o no. En aquellos bares, convivíamos pequeños, jóvenes y mayores, estos últimos generalmente jugando a la típica partida de cartas o de dominó. Y en aquellos bares de barrio  no podía faltar tampoco  la omnipresente televisión, primero en blanco y negro y desde finales de los 70, en color. Cada uno de aquellos bares del barrio tenía su propio ambiente y su personalidad: El Porrón y Feliciano eran más de mayores,  chiquiteo y comidas. Probablemente los que más frecuentábamos eran La Cabaña y el Cuatro Vientos, además del “Centro” (por el bar del centro parroquial de la iglesia El Salvador), sobre todo los domingos. 
Entrados en la adolescencia comenzábamos a subir a Pamplona, una Pamplona  de una época, la de los años 70 y primeros 80, de una desbordante agitación política y social. El Casco Viejo era y sigue siendo la zona de bares más importante de la ciudad. En lo Viejo (y en el resto de Pamplona), tanto antes como ahora,  había zonas y bares para diferentes y heterogéneos públicos, a menudo segmentados por edad, gustos musicales, ideología, u otro tipo de caracterización. Hasta una edad más avanzada no consumíamos alcohol. A lo sumo algún refresco para acompañar los juegos. Como dije en alguna otra entrada el cine ocupaba, entonces, la mayor parte de  nuestro tiempo de ocio. Más adelante, en el tiempo, vendrían los bares, las discotecas y “ennovietados” los pubs de los que hablaré en la siguiente entrada. En esta intentaré repasar algunos de los bares que frecuentábamos en aquellos años, muchos de ellos ya desaparecidos. 

Si entrabamos al Casco por el portal de Francia y seguíamos por la calle del Carmen encontrábamos en los finales de los 60, 70 y primeros 80 a la izquierda algunos bares como el Simon´s y su inolvidable bolera de competición, el Club Alpino Navarro, el Hauzokoa, y entre medias varias peñas (El Bullicio, el Irrintzi) para acabar en la esquina de la plaza de la Navarrería con el Barbacoa; por la otra acera nos topábamos con  el Corners (uno de los primeros pubs),que  luego sería el Pazo Monterrey, un bar estrecho, largo y profundo donde degustábamos a mediados y finales de los 80 buenas raciones de pulpo bien regadas de albariño y ribeiro.  A la vuelta, en la calle Aldapa estaba la Bodega San Martín, hoy La Bodeguita, con sus cazuelicas caseras, y enfrente pero en la esquina con la plaza, el Bar Aldapa, donde hicimos la cena de fin de curso de bachillerato y ya en la plaza de la Navarrería un buen puñado de bares, clásicos algunos de ellos, desaparecidos otros como el Mesón de La Ribera, cerrado desde hace mucho  tiempo, siguiendo la acera  el siempre bullicioso Mesón de la Navarrería, y enfrente, en la cuesta hacia la Catedral, en la acera derecha, y de arriba hacia abajo, El Aleman, con sus salchichas de Frankfurt, hoy Los Burgos de Iruña,  el Mesón de la Tortilla, La Mejillonera (ah, sus cachis de cerveza y sus  famosas patatas a la brava), el Tilo, el Cordovilla (con sus tigres y sus fritos de pimientos) o el Bar Vicente. A esos viejos nombres les sucedieron en el tiempo otros como el Oiat o el Ezkia. Subiendo por Curia nos encontrábamos y lo seguimos haciendo, a la izquierda con un clásico entre los clásicos, el Temple y sus famosos moscovitas (sin olvidar una de las mejores tortillas de patatas que se pueden degustar en un bar), y más arriba el Lancelot, el Tut y el 69. 

No cito, por no repetirme, algunas calles revisadas ya en el blog como Mercaderes, Estafeta o Comedias y dando un salto me situo en la calle San Gregorio, calle en tiempos de poteo, muy frecuentada. En la calle San Gregorio teníamos además del mencionado Anaita, el Museo con su famosos fritos de huevo (primos hermanos de los del Rio, no en vano lo regentaba el padre de Joaquin Barberena, fundador del Rio, y luego su hermano Cefereino, si bien el local se llamaba anteriormente Orbaiceta), La Kontxa, (desde el 2001, Kaixo), con su futbolín al fondo, el Arizona, siempre lleno hasta la bandera (con Josefina al frente y su inconfundible blusón negro) el Ganuza con sus patatas a la brava (hoy Entretantos), y los desaparecidos  Sanguesa (hace pocos días derribaron el edificio que compartía con la trasera del Spada), El Caserio (también sustituido por una nueva construcción), La Montañesa o el Garcia (luego reconvertido en un irlandés, El Harp),  también cerrado. Aun sobreviven, en esta calle,  El Norte, Ona y Gorriti. Dicen que a finales de los 60 había al final de la calle San Gregorio un café cantante, el  Euskalduna, como hasta el año 1963 lo hubo también en la calle San Nicolás en el lugar donde está hoy el Baserri, concretamente el Café Irañeta, con música en directo en el salón que estaba situado en el fondo del bar donde hoy esta el restaurante, del cual vemos una fotografía. 
La calle San Nicolás ha mantenido mejor su tejido hostelero que su calle hermana, a lo largo del tiempo. Salvo La Mandarra, de reciente creación, el resto, casi todos llevan muchas décadas de servicio a la ciudad y sus habitantes. Donde hoy esta el Iru estaba el Bearan, y cerca de él, el 84, como no acordarse de los huevos del Rio, (fundado por Joaquin Barberena en 1963 y que desde 1997 regentan los “Robertos”), del vino en porrón bien acompañado de una fritada de sardinas en el antiguo   Marrano que respondía entonces al nombre de Vinos El Cosechero. Otros históricos eran el Ulzama y sobre todo Casa Otano. Casa Otano fue fundado en 1912 por un vendedor de vinos de Larraga, un tal Lino Otano. El local cambió de dueños varias veces hasta que fue adquirido en 1929 por Felisa Galar e Isaac Juanco a quienes seguirían en la gestión del negocio sus hijos,  entre los que destacaría Andrés Juanco, quien en los años 50 conoce a Tere Goñi con la que se casa. En 1975 fallece Andrés y se hace cargo del negocio Tere, que es quien le da el gran impulso al negocio que incluye además del bar, el restaurante en el primer piso y la pensión. En los años 80 recuerdo que había un bar que se llamaba el san Miguel, más o menos donde hoy está el Hostal y cafetería Castillo de javier. Y desde la calle San Nicolás nos adentramos en la plaza del Castillo.

La plaza del Castillo, escenario de los principales acontecimientos de la vida de la ciudad a lo largo del pasado siglo, conoció hasta los años 60 y aun después algunos celebres cafés ya desaparecidos cuyos nombres nada dirán a las nuevas generaciones pero que estarán cargados de imagenes, recuerdos y resonancias para los más viejos del lugar. Entrando por el Pasadizo de la Jacoba, donde hoy está una sucursal del BBVA, estaba el Cafe Kutz que vemos en la fotografía (de la izquierda) de 1952,  de José Joaquín Arazuri. El Café fue fundado por el donostiarra Luis Kutz en el año 1912 donde antes estuviese el Café La Marina. Kutz  regentaba en San Sebastián  otro café Bar y una fabrica de cerveza, además de un cine. Tras el fallecimiento de Luis, en 1942, el Café pasó a manos de su esposa,  Elvira Muñagorri quien con la ayuda de sus hijos José Luis y María Luisa mantendría el Café abierto hasta el año 1961. Por cierto José Luis fundaría en 1947 la Cooperativa de Hosteleros de Navarra siendo su primer presidente y la única que funciona aun en el norte de España. 

El Cafe Torino, fundado en la primera década del siglo XX, estaba situado junto al Hotel La Perla, tal y como vemos en la fotografía superior derecha que precede este párrafo, obra   de Zubieta y Retegui de 1971, tomada en los días de su cierre Sus primeros propietarios fueron los señores Dihins, luego D. Melitón Ariz y más tarde D. Doroteo Cotelo, cuyos herederos fueron los últimos propietarios del bar. Hemingway lo definía en su libro Fiesta como “un local medio bar, medio cervecería, donde se podía comer algo y bailar en una habitación trasera”. El Torino ocupaba la sucursal de Caja Navarra de la plaza del Castillo y el actual Windsor Pub. El Café, como he dicho, cerró sus puertas en 1971, siendo sustituido por el Windsor Pub dos años más tarde,  en 1973. Del Cafe Suizo, fundado por los suizos Mattosi  en 1844 ya hablé en la entrada dedicada a la calle Pozoblanco. El mítico Cafe Iruña, cuyo interior reformado vemos en la fotografía de la izquierda, toda un institución en la ciudad, fue fundado el 6 de julio de 1888. Dicen que su apertura sirvió para inaugurar oficialmente la llegada de la luz eléctrica a la ciudad. En marzo de ese año se había creado, por iniciativa de Serafín Mata, la sociedad Iruña, impulsora del citado Café, con una amplia base de accionistas. Hoy en día sigue manteniendo, tras su desacertada etapa como bingo, de 1977 a 1998,  su aire y decoración estilo “belle epoque”, con sus mesas de mármol, sus abigarradas columnas, sus artesonados y sus grandes espejos. Lugar de obligada visita para los turistas, por él han desfilado las más importantes celebridades que nos han visitado y ha servido de escenario de todo tipo de reuniones. En este mismo edificio, en el primer piso, se instalaba en aquellos años  el actual Nuevo Casino Principal llamado anteriormente Casino Principal, Nuevo Casino (1856) e inicialmente Sociedad de los Doce Pares (1851). La decisión de fundarla nace de personas como Juan Jose Egozcue, Tadeo Gandiaga, Florencio Sagaseta, Patricio Sarasa y Mariano Martinez. De él recuerdo su trasnochada elegancia, sus grandes lamparas y sus artesonados decimonónicos, tal y como aparecen en la fotografía de la derecha.

En la otra esquina de la plaza te encontrabas con el Casino Eslava. Fundado por un centenar de pamploneses en julio de 1884, con sede en el nº 18 del Paseo de Sarasate, tuvo una fugaz existencia hasta que en 1898 se volvió a fundar, bajo el nombre de Nuevo Casino Eslava. El actual edificio del Casino Eslava, obra del arquitecto Victor Eusa,   se inauguró en 1932. Junto a él estuvo hasta 1936 el Hotel Quintana y en sus bajos,  durante los años 50 el Bar Brasil,  hasta que a finales de los 60 daría paso a la entonces moderna cervecería Tropicana y junto a  esta otro referente de la ciudad, el Txoko. Cuantas veces habremos escuchado aquello de “quedamos donde el Txoko”. De aquellos lejanos tiempos aun sobrevive en uno de los laterales de la plaza, el más cercano al Paseo de Sarasate, un viejo rótulo de un hotel desaparecido, quien sabe cuando, el Hotel El Cisne. Parece ser que este hotel se abrió a finales del siglo XIX. 
Y no podemos irnos de la plaza sin referirnos al hotel más antiguo de la ciudad, el tercero más antiguo de España: el Hotel La Perla que fue fundado por Miguel Erro y Teresa Graz en 1881, como Fonda La Perla y que fue objeto de una renovación total en el año  2007, convirtiéndose en el único hotel de cinco estrellas de la ciudad. En el se ha alojado reyes, artistas y todo tipo de celebridades. La Fonda contaba con su propio servicio de carruajes para recoger los viajeros desde la Estación. Tras la muerte de Miguel Erro dirigió el negocio su esposa Teresa que falleció en 1921. Tras ella se encargaría de dirigir el hotel su  hija Ignacia  junto a su marido Jose Moreno.  Actualmente lo hace Rafael Moreno, de la cuarta generación.  Hablando de hoteles, no podemos olvidarnos tampoco de otro de los hoteles históricos de la ciudad: el Hotel  Maisonnave  situado a principios de los años 20 en la calle Espoz y Mina, junto a la plaza del Castillo. Sus fundadores fueron Carlos Maisonnave y su esposa Francisca Echeverría que comenzaron con una fonda y coches de caballos en el año 1883. Para 1900 la fonda tenía calificación de 1ª categoría y hasta fines de los 20 vivió su epoca de mayor esplendor. En 1945 el hotel pasó a manos de su actuales propietarios, la familia Alemán,  que construyen, en 1966, el actual edificio del hotel en la calle Nueva que experimenta en los últimos años diferentes reformas y ampliaciones. Con la última remodelación del pasado año  se ha convertido en un hotel de cuatro estrellas. Y en cuanto a la faceta gastronómica no podemos olvidarnos tampoco de dos referencias culinarias del máximo nivel: la del restaurante Hostal del Rey Noble más conocido por Las Pocholas, fundado el 15 de abril de 1938 y que cerró en el año 2000, regentado por las hermanas Guerendiain y el   Hotel Restaurante Europa, cuyo origen  se remonta a la década de los 30 si bien es a partir de 1973, cuando se hacen cargo del negocio los hermanos Idoate y lo convierten en una de las principales referencias gastronómicas de la ciudad.
  
Otro salto y nos colocamos en la calle San Francisco. De esta calle recuerdo el bar Montón, antes de que se convirtiese en la sede de la Peña Anaitasuna, el Centro Riojano y a continuación el Monterrojo, y tras esta calle nos adentramos en la vecina calle de San Lorenzo, en otros tiempos, otra de las rutas típicas, con la Cepa, todo un referente, refugio de trasnochadores y amantes del Dios Baco, abriendo la calle y los restaurantes Erburu, Lanzale y Askartza, además de algún bar como el Piskolabis, alguno de ellos cerrado, como el Erburu (en la foto vemos el interior de su comedor, donde por cierto se comía bastante bien) y otros reconvertidos en sedes de peña o en otro tipo de bar o negocio, como el Lanzale y el Piskolabis, una lastima. En más de una ocasión cenamos en alguno de estos lugares. Enfilando la Jarauta, plagada de sedes de peñas, que visitábamos sobre todo en sanfermines destacaban, en aquellos años 70 y 80 el Urricelqui con su higados y riñones a la plancha, el Oreja con sus raciones de pulpo y otras exquisitices gallegas, el Montón y la Viña. 
Del resto de bares del Casco habría que que señalar alguno de Calderería como el Garazi o  del final de la Tejería como las Bodegas Riojanas, el Primi o el Malkoa, muy en boga a finales de los 80 y primeros 90, o los de la bajada del Labrit, algunos de ellos en otros tiempos disco-bares, y como establecimientos singulares fuera de rutas, Casa Paco, en el Rincón de San Nicolás y sus famosas albondigas, el bar Bilbao (en franco declive cuando lo conoci) o Casa Marceliano. Casa Marceliano era la típica tasca o bar de antaño, que popularizó Hemingway en sus escritos, hasta el punto de convertirla en un lugar de visita obligada para los muchos turistas que siguieron sus pasos (En la foto  vemos a Hemingway en una de sus visitas a Casa Marceliano). Una tasca donde se podía degustar acompañado de un vino recio de la tierra tan pronto una fritada de sardinas,  como en sanfermines  un estofado de toro, un buen ajoarriero o un cordero al chilindrón, con los dichos siempre singulares y a menudo cortantes, de fondo, del amigo Juantxo. Casa Marceliano cerró sus puertas hace 20 años, en 1993, cuando los hermanos Arraztoa vendieron el edificio, que reabrió el Ayuntamiento en el año 2001 como oficinas municipales. Una pena.
Fuera del Casco cabría recordar el bar de la Servicial Vinicola en la calle Navarro Villoslada. Cuantos estudiantes del cercano Instituto Ximenez de Rada  habrán recalado de forma habitual en este bar. Hay muchos otros bares y restaurantes en el Ensanche pero destacaría un clásico, el Niza, fundado en torno al año 1936, poco después de la construcción del Teatro, lugar de reuniones de escritores, artistas y demás gente de la farándula, El California (más conocido como El Cali), el Reta, el Candilejas, y en la zona más cercana  al Casco el Cinema, con un decorado que homenajeaba el séptimo arte,  no en vano, tenía cerca cuatro o cinco salas de cine,  el Palace, propiedad del empresario hostelero Javier Miranda. Y en San Juan el Agoizko, el Hip-Hop, el Trebol  o el Zapata, aunque en mi memoria personal este barrio sea para mi más de pubs que de bares. Para recenar había algún abierto allá por las cinco de la mañana como el Alesves de San Jorge.

Fotos: Foto Plaza del Castillo de Galle (sin datar, aprox. años 60), Archivo Bar Restaurante Baserri, Foto Cafe Kutz de J.J. Arazuri (1952), Cafe Torino de Zubieta y Retegui (1971) y Casa Marceliano, de Julio Ubiña (sin datar).