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Canciones infantiles de antaño (1933-1973)

Imagino que todos los niños, también los de ahora, tendrán sus canciones pero en esta entrada del blog voy a intentar recordar algunas de aquellas canciones infantiles de antaño, algunas las cantaban las chicas en sus juegos, otras están incrustados en mi memoria más lejana sin tener vinculado un recuerdo  en concreto, algunas  proceden de la tradición oral pues hay alguna que incluso se la oí a mis padres que las escucharon o cantaron, a su vez, de niños.
Vinculado, no sé por qué,  a la escuela, seguramente esperando algún gran chaparrón, cantábamos aquello de «Que llueva, que llueva, la virgen de la cueva, los pajaritos cantan, las nubes se levantan, que sí, que no, que caigan un chaparrón, con azucar y turrón, (a partir de esta estrofa la canción aceptaba diferentes variantes)». Recuerdo  a las chicas cantar «El patio de mi casa es particular, cuando llueve se moja como los demás, agachate y vuélvete a agachar que las agachaditas no saben bailar, h, i, j, k, l, m, n, a». Esta era una canción de corro en la que las chicas giraban agarradas de la mano y se agachaban cuando la canción lo decía. También de corro era «El corro de la patata». «El cocherito leré» era una canción que yo escuchaba  a las chicas de mi barrio cuando saltaban a la comba: «el cocherito leré, me dijo anoche leré que si quería leré montar en coche leré y yo le dije con gran salero leré, no quiero coche leré que me mareo leré». Otra era  la del burro enfermo «A mi burro,  a mi burro le duele la cabeza, el médico le ha puesto una corbata negra» . Había canciones que se cantaban en las excursiones, como «Un elefante se balanceaba en la tela de una araña»  o «Ahora que vamos despacio, vamos a contar mentiras, tralará, vamos a contar mentiras, por el mar corren las liebres, por el monte las sardinas…»; otras que popularizaron los payasos de la tele, en el comienzo de los 70 eran «Hola Don Pepito, hola Don José, pasó usted por mi casa, por su casa yo pasé…»  el barquito chiquitito: «Había una vez un barquito chiquitito, que no sabía, que no podía navegar», «En el auto de papa» o la del señor Don Gato «Estaba el señor Don Gato sentadito en su tejado marramiau, miau, miau». Las niñas cantaban (era una canción de corro), también aquello de «Tengo una muñeca vestida de azul.» Por cierto alguna de estas canciones infantiles como la de «la muñeca vestida de azul» y la de «la vaca lechera» iban cambiando su letra a medida que nos hacíamos mayores con letras más procaces. Cosas de la edad.
Bastante más antiguas, pues creo que se las oí recitar a mi madre era la de «Al pasar la barca» (canción para saltar a la comba) y que seguía «me dijo el barquero, las niñas bonitas no pagan dinero» y otra con resonancias de romance como la de la viudita del conde Laurel, también de corro, «Yo soy la viudita del conde Laurel que quiero casarme y no sé con quien..» o «Me casó mi madre chiquita y bonita…» canciones infantiles que hoy, como se puede ver, no saldrían muy bien paradas por el rol que se reservaba en aquel entonces a la mujer y que contraviene todos los principios actuales en pro de la igualdad de género. Por cierto me contaba mi madre que, en su infancia, en el pueblo, jugando a la comba cantaban una cancioncilla que comenzaba así «Puente de la Taconera, arboles junto al Castillo…», Quien la diría que pasaría más de 50 años, hasta su fallecimiento, hace más de dos años, en esa ciudad de sus juegos infantiles. También y con mucha frecuencia cantaba aquella canción de «Quisiera ser tal alta como la luna» y me cantaba de pequeño sobre todo aquello de «Tengo, tengo, tengo tu no tienes nada, tengo tres ovejas en una cabaña…» . Aun más antigua era aquella canción de «Mambrú se fue a la guerra» que se deriva de una canción burlesca francesa del siglo XVIII dedicada al duque de Marlborough (nombre que acabó transformándose en Mambrú). Había una canción que se cantaba para jugar a las prendas que se llamaba «Antón Pirulero» y decía así: «Antón, Antón pirulero, cada cual que atienda su juego y el que no lo atienda pagará una prenda, Antón…», estaba también la de la gallinita ciega. Y como olvidarse de «donde están las llaves, matarile, rile, rile».

Cuentos, dichos, rimas y retahílas como «Pinto, pinto gorgorito», «Caracol, col, col», «Cinco lobitos tiene la loba», «Cu cu cantaba la rana», «Este puso un huevo, en referencia a los dedos de la mano», «El que se fue a Sevilla, perdió su silla», «La flauta de Bartolo»,  o una muy larga que comenzaba diciendo «En la ciudad de Pamplona hay una plaza, en la plaza hay una esquina, en la esquina una casa….». No son todas las canciones que había en aquel entonces, ni muchísimo menos, pero son algunas de las que recuerdo de aquella lejana época.

Estampas de antaño: las viejas barberías y peluquerías

Rebuscando en el fondo de mi memoria recupero la imagen y los recuerdos de aquellas viejas barberías y peluquerías que llenaban las calles de nuestra ciudad hace varias décadas, como la que encabeza esta entrada, la peluquería Garralda de la calle Estafeta, en los años 30, hoy convertida en una moderna cervecería. Y lo hago desde los ojos de un niño que, de vez en cuando, conminado por mi severa madre consideraba que tenía el pelo muy largo ¡esas greñas!, y acudía al sillón del barbero. Para mí, barbero y peluquero eran lo mismo, eran sinónimos, si bien en la época en la que acudí habían descendido considerablemente los afeitados y el grueso de los servicios se centraba en el corte de pelo. En mi caso acudía a la peluquería del El Salvador, regentada por Pedro Mari Ganuza, (desde mediados de los 90 la regentan Gregorio y Sergio, que la han convertido en una peluquería de diseño ultrapremiada y que vemos en la última de las fotografías de la entrada, a la derecha del semáforo, junto a la mercería Angelines). 

Recuerdo que, junto a él, había otro peluquero, algo más mayor o al menos lo parecía y un poco entrado en carnes, hasta tal punto que en nuestra simple y un poco esquemática mente infantil les llamábamos «el gordo y el flaco». La peluquería, llevaba apenas un rotulo impreso en el cristal superior que decía «peluquería» y  tenía tres paños de cristal translucido, en el centro, el de la puerta. Al entrar te encontrabas, a ambos lados, con varias sillas de formica donde esperar el turno, y en en el lado derecho, además, un perchero de pared, y, justo al lado, una mesa baja con tebeos y revistas, (de Mortadelo y Filemón, el Capitán Trueno…) o revistas del corazón como «Hola» o «Semana» y en la época de la transición algún «Interviu». Enfrente estaban lo dos sillones típicos de los barberos, giratorios, que se podían subir y bajar, con sus reposacodos y su reposapies de metal, como los que vemos en la foto de la peluquería de Paco Bator, en la Chantrea. Y al sentarte en el sillón  tenías delante un espejo que ocupaba, prácticamente, toda la pared y sobre una repisa de madera, con cajones, todo el instrumental del peluquero: peines, tijeras, la navaja  de afeitar, brochas, la máquina eléctrica, cepillos, secador y un montón de productos cosméticos, entre los que destacaba el penetrante y refrescante olor a Floid. 

Ir a la peluquería podía suponer que estuvieses allí, esperando, un par de horas mínimo hasta que te tocase el turno. Lo pasabas leyendo y para cuando te tocaba ya habías visto todos los tebeos y pasado todas y cada una de las páginas de las revistas en las que aparecían los artistas de la época: Julio Iglesias, Raphael, Karina, etc. Me llamaba la atención lo mucho que hablaban los peluqueros. Daban conversación  a todo tipo de personas y probablemente, por su conocimiento del personal, sabían a quien tenían que hablarle de fútbol, del tiempo, de la caza o lo que se terciase (todo menos política), al menos durante  la época franquista. Y también sabían escuchar: y escuchaban las historias y los problemas de sus clientes. En nuestra infancia los peinados estaban muy limitados: en los 60 el típico peinado a lo romano, con flequillo y en los 70 el peinado a raya. Te cortaban con  peine y tijera, la máquina eléctrica se dejaba para las patillas y la navaja para apurar (siempre, no se como se las arreglaban pero por mucho cuidado que ponían siempre te pegaban un buen corte, junto a la orejilla). 

Los jóvenes de aquellos años comenzaron a dejarse el pelo largo, como marcaba la moda y los ídolos musicales, y esto menguó parte de la clientela de esas viejas peluquerías. Los peinados muy cortos dejaron de llevarse y con las maquinillas desechables la gente comenzó a afeitarse en casa. Incluso comenzó a cortarse el pelo, en casa, con los nuevos y sofisticados aparatos que se comercializaban, que facilitaban mucho el trabajo y permitían, además, ahorrarte unos duros. En 1981, un corte de pelo sencillo te costaba no menos de veinte duros (100 pesetas). En los 70 y 80 cerraron muchas viejas barberías de caballeros. Las peluquerías de señoras, muchas de ellas en primeros pisos, nunca sintieron la crisis, consecuencia de  los cambios estéticos, usos y costumbres que afectaron a las de los hombres. Frente a las antiguas peluquerías de caballeros comenzaron a proliferar, luego, las peluquerías unisex, algunas de las cuales comenzaron posteriormente a innovar, convirtiéndose  en peluquerías de diseño. Ha pasado el tiempo, y han vuelto algo las barbas y su cuidado, lo que ha hecho que algunas peluquerías unisex comiencen a recuperar los servicios de barbería. Es el signo de los tiempos.


Fotos: Foto de la peluquería Garralda (Roisin), Foto de la Peluquería Bator de la Chantrea del libro de su hijo, Juan Pedro Bator «El hombre que siempre estuvo allí».

Estampas de antaño: las carbonerías y las viejas serrerías

Hubo un tiempo en que en las casas había lo que se llamaba la cocina económica. Aquellas cocinas funcionaban con carbón y leña. La estufas de las primeras escuelas a las que acudí, las del Ave María, tenían, en un extremo de las aulas, una estufa cilíndrica que se alimentaba con carbón y leña. Incluso  algunas de las calderas de las primeras calefacciones de los pisos funcionaban con carbón y leña. Así pues no era extraño, que durante los primeros 60 o 70 años del siglo XX, en Pamplona, hubiese un número importante de carbonerías y serrerías en, practicamente casi todos los barrios de la ciudad. A las serrerías llegaban los troncos, sin cortar, en camiones. En la serrería o aserradero se serraban longitudinalmente primero y, luego, en pequeños trozos para su consumo doméstico, para que sirvieran de combustible a cocinas, estufas y calefacciones. Recuerdo, vagamente, a mi padre trayendo, en una carretilla, unos sacos de leña de la Serrería Villegas, que estaba junto al camino de los Enamorados,  para guardarla en un habitáculo que había construido sobre la terraza, como provisión para el invierno. De aquella época recuerdo la serrería Isturiz en la zona de Buztintxuri-Unzutxiki, la de Gil Hermanos, junto a la Avenida Villava, la  ya citada de Villegas, y alguna otra más recóndita, como la que había en el camino viejo de Artica, en la trasera de la residencia de las Hermanitas de los Pobres. No he encontrado fotos de serrerías de aquellos años en Pamplona (espero poder encontrar pronto alguna), por lo que he colocado en su lugar, para ilustrar la entrada, una foto de una serrería de una capital española, en los años 50-60. Casualmente, hace unos días, vi una serrería en el lado derecho de la carretera Artica, en el tramo que hay desde la rotonda con la calle Hermanos Noain a la subida al pueblo, pero esa, desde luego, es bastante reciente.Junto a las serrerías no puedo dejar de citar las viejas carbonerías, de las que, igualmente, muchos recordarán alguna en su barrio o en otro barrio de la ciudad (yo recuerdo, sin ir más lejos, algunas en el Casco Antiguo, una en la calle San Francisco donde ahora está Texartu). En mi barrio, la carbonería más cercana la teníamos en la Avenida de Marcelo Celayeta, retranqueada respecto al edificio más cercano, que era la casa donde estaba la tienda de las Hermanas Amezqueta. Era una pequeña nave, bastante oscura, en la que no recuerdo haber entrado jamás. De lo que si tengo un lejano recuerdo es de la apariencia del carbonero, tiznada la cara y sus brazos de negro, que descargaba con esfuerzo, (entonces no había ascensor en la casa), el saco de carbón sobre otro de plástico que teníamos preparado en la cocina y que guardaría luego mi padre junto a la leña. Aquella carbonería tenia un depósito al aire libre de carbón que vislumbraba, a veces, tras el chalet del estanco de mi calle. Algo más lejos, entre el viejo camino del Plazaola y las primeras instalaciones de la Unión Deportiva Rochapea estaban los depósitos de carbón de la Compañía General de Carbones, título que aparecía señalizado con grandes letras a lo largo de las tapias exteriores del recinto y, con cuyo nombre, mi padre, bromeando, gustaba de hacer los típicos juegos de palabras. Las serrerías y carbonerías forman parte ya de nuestros viejos recuerdos,  oficios u ocupaciones muy disminuidos hoy en día, o en vías de desaparición, y es que primero, el gas butano sustituiría  a la cocina económica y el gasoleo se convertiría en el principal combustible de las nuevas calefacciones, hasta la introducción masiva del gas natural hace ya unas cuantas décadas.

Fotos: Nº 1. Foto de una serrería en Patraix (Valencia). (1954). Foto cedida por Pilar Martínez Olmos.

Estampas de antaño: los calendarios de entonces (1963-2000)

Hubo un tiempo en que todo el mundo hacia calendarios: los había de bolsillo y también de pared. Respondía a esa eterna necesidad de controlar el tiempo , esos pequeños o grandes acontecimientos de nuestras vidas, esas fechas de carácter personal o doméstico: un cumpleaños, un examen, el inicio de las vacaciones, la fecha en que compraste la bombonas de gas, con el fin de comprobar en qué fecha deberías estar atento para volver a pedirla, o cuando entraba la luna (mi padre siempre decía que notaba el influjo de la luna en sus huesos o en el reúma). En mi casa, recuerdo, los calendarios ocupaban un lugar preeminente en las paredes de la cocina. Recuerdo sobre todo los calendarios de las cajas, de la Municipal y la de Navarra, con casi siempre bellas fotografías acordes con cada estación del año. Los calendarios formaban parte del ciclo de nuestra vida. Allá por Navidad, acabando el año, llegaba el nuevo calendario como el pórtico a un nuevo tiempo, ignoto, desconocido, pero repleto de ilusiones y esperanzas de lo que nos depararía la vida.
Hoy en día pareciera que la fiebre de los calendarios no es la que era y en efecto bien sea por su coste o por lo que sea no se hacen tantos calendarios pero entre la población creo que sigue habiendo cierto interés por ellos pues ahí tenemos para confirmarlo el clamoroso éxito del calendario municipal con sus increíbles colas en la plaza Consistorial. Los motivos de los calendarios de pared así como los de bolsillo eran enormemente variados: artísticos, deportivos, paisajísticos, etc. Los primeros que recuerdo eran bastante grandes y tenían un motivo único, bajo el cual estaban los meses (de uno en uno o a pares) con sus números bien marcados, el santo del día y el calendario lunar. Cortábamos las hojas del calendario, entonces, -cuando eramos niños o más jóvenes, el tiempo pareciera que corriera más despacio y veíamos pasar los meses, las estaciones y los primeros años de nuestras vidas-.

Junto a los calendarios de pared recuerdo especialmente los calendarios de taco, como los que encabezan la entrada; había una amplia variedad de ellos, entre ellos  estaban el de Myrga (con sus pasatiempos, crucigramas, jeroglificos, etc) pero estaba sobre todo  el calendario de taco del Corazón de Jesús. Lo vi algún año por casa y sobre todo lo veía en casa de los abuelos, cuando iba de vacaciones, (también me dice mi hermano que tenían el Zaragozano, aunque yo no lo recuerdo), al igual que veía también aquellos relojes de pared que  tanto me atrayeron siempre. Este almanaque debe tener al igual que el Calendario Zaragozano, más de un siglo de antiguedad. Era otra forma de ver pasar el tiempo, quizás con un transfondo más poético pues ¿Hay algo más ajustado a la fugacidad de nuestras vidas que ver arrancar día a día las hojas de un calendario de taco, una hoja por día? Estos tacos combinaban las informaciones de utilidad inmediata en el anverso (el día y el mes, datos astronómicos, fases de la luna, el santoral del da)   con otros temas de cultura y entretenimiento (frases  célebres, chistes, refranes y proverbios, poesías, temas devotos, curiosidades, ) en su reverso. Hoy tenemos calendarios en nuestros ordenadores, en nuestros móviles y en nuestras tablets, incluso podemos disponer de un calendario permanente que nos indicaría por ejemplo en que día de la semana caerá el 17 de julio de 2045 pero no es lo mismo, aquellos calendarios tenían otro sabor, ¿o es el recuerdo que lo empaña todo de ese halo de nostalgia?.

Estampas de antaño: el mobiliario urbano del Viejo Pamplona (1950-2000)

Poco a poco van desapareciendo de nuestro paisaje urbano, aunque todavía queden muchos rastros de ellos, si, los elementos del mobiliario urbano del viejo Pamplona. Sus formas y sus colores formaban parte de nuestras señas de identidad como ciudad. ¡Como no acordarnos de aquellas fuentes del león, de color verde y hierro fundido  que aliviaban nuestra sed en parques como  la Taconera o  la Medialuna, como la que vemos en la fotografía de la derecha, situada en la calle del Vergel. Apretábamos  el botón para aliviar nuestra sed después de corretear entre sendas y jardines y al poco rato el hilillo de agua menguaba y desaparecía. En el año 2009 había  en la ciudad unas 180 fuentes del león fabricadas, desde hacía casi un siglo, por Casa Sancena, empresa fundada en 1848 y ubicada hasta el año 2004 en La Rochapea, concretamente en la calle Joaquín Beunza. A esta empresa se debieron buena parte de los elementos de mobiliario urbano de la ciudad,  las más conocidas, las fuentes del león y menos algunas otras de tipo vasija,  también la barandilla del león que cerraba calles y paseos, sobre todo en algunos miradores y en zonas  cercanas al Río Arga (Mirador de la Taconera, Mirador de la Media Luna, Errotazar, Jardín de Eugui, etc.), barandillas de color verde con el león rampante, coronado por la corona ducal, pintado en plata en el centro, como la que vemos en la preciosa fotografía del estanque de la Media Luna; también de Sancena eran buena parte de las tapas de registro que veíamos en el suelo de nuestras calles y avenidas. Caso aparte fue la barandilla blanca del paseo de Hemingway, obra de la empresa fundición Luzuriaga de Pasajes, hace años desaparecida.

Pero además de las fuentes y barandillas de Sancena debemos recordar otros elementos del mobiliario como los bancos, donde pasamos tantas horas de nuestras vidas: Bancos dobles,  los tablones de madera del asiento y el respaldo, pintados de color rojo, y en verde el forjado de los soportes  que los anclaban al suelo, como   vemos en la foto adjunta del parque de  la Taconera. También había una versión más sencilla de este banco, con un solo asiento; bancos blancos realizados a base de unas estrechas tiras de madera, cuya particular forma curvada  desde el respaldo y hasta el asiento, se adaptaba perfectamente a nuestra anatomía, como los que vemos en el parque de la Media Luna o los que había hasta no hace mucho en el Paseo de Sarasate, concretamente hasta su última reforma en que fueron sustituidos por unos bancos mucho más sencillos; bancos de la plaza del Castillo, con tablones de madera, pintados de blanco (anteriormente tuvieron otro color), encajados en sendas estructuras laterales de cemento, como los que vemos en la fotografía de los años 60. En el inicio de este nuevo siglo y aprovechando la peatonalización del Casco y la construcción de parkings se introducirían nuevos bancos de madera de iroko, probablemente más modernos, pero demasiado parecidos a los que pueden encontrarse en otras ciudades españolas. Tras las «papelimpias» de plástico de Balduz llegarían con el nuevo siglo unas bonitas papeleras de forjado negro rematadas por unas bocas circulares plateadas, semicirculares en las calles, para que ocupasen menos espacio. De aquellas papeleras Sigma de la casa asturiana Primur  me acuerdo porque algo tuve que ver en su elección, en aquellos días. Corría el año 2001. Hoy se han sustituido por unas papeleras tal vez un poco más anodinas.




Las luminarias del centro de la ciudad, especialmente la plaza del Castillo y el Paseo de Sarasate, han conocido todo tipo de estilos a lo largo de su historia, algunas veces de corte más clásico y otras más moderno, lo cual no quiere decir necesariamente mejor. Actualmente lucen unos bonitos diseños de corte clásico que semejan el báculo de San Fermín, acordes con la importancia del lugar. Los parques y jardines, por lo general,  han conservado, casi siempre, un estilo más clásico como las  farolas tipo Munich de la Taconera y la Media Luna. No me parece mal la instalación de mobiliario moderno en las nuevas urbanizaciones pero la sustitución, hace ya algunos años, de las antiguas luminarias del Baluarte del Redin y la tradicional barandilla del león del Paseo del Obispo Barbazán, por unas modernas luminarias y una ancha barandilla   de acero corten me pareció, en su momento, bastante desafortunada, al igual que las nuevas luminarias instaladas, tras las primeras fases de la urbanización del Casco Antiguo, que si bien iluminaban de forma más centrada la calle y que habían sustituido  a farolas estandar y viejos farolillos de ambiente decimonónico,  dejaban bastante que desear estéticamente, asemejando unas horcas patibularias. Hace  algunos años que se sustituyeron esas chocantes luminarias del Casco Antiguo por unas farolas tipo Pescador. Los parques infantiles difieren actualmente mucho de los que había hace algunas décadas: ya no existen aquellos  toboganes y columpios que acababan invariablemente en un suelo lleno de gravilla, por ejemplo en la Media Luna, hoy los parques tienen otros juegos y un suelo un tanto almohadillado que limita posibles lesiones a los más pequeños, todo  diseñado pensando en la psicomotricidad sin riesgo de los chavales.
Otras señas de identidad de la ciudad fueron  los leones del edificio de Correos que vinieron con el edificio inaugurado en 1926. ¡Cuantas veces habremos echado las cartas dentro de las fauces de aquellos dorados leones, protegidos por aquellos tejadillos!, el mosaico y el kiosko de de la plaza del Castillo, el Mesón del Caballo Blanco,  el kiosko del Bosquecillo, el palomar y la caseta de alquiler de bicicletas de la Taconera, la farola frente a Diputación hace años recuperada en la plaza del Vinculo, y tantos y tantos edificios, monumentos hitos y rincones (algunos se conservan y otros ya han desaparecido) que iremos recordando con  afecto y nostalgia en nuevas secciones de este blog.

Estampas de antaño: el deshollinador (1965-1979)

Antiguamente, hace 40 o 50 años, cuando las casas de medio Pamplona tenían lo que se llamaba cocina económica, había unos hombres que se encargaban,  una o dos veces al año, de limpiar las chimeneas de todas las viviendas. Subían al tejado y con diferentes instrumentos, entre los que destacaban una especie de  grandes pesas,   iban limpiando  las chimeneas de cada uno de los vecinos, del hollín y el alquitrán de hulla acumulados, así como de cualquier objeto extraño que se hubiera podido introducir por ellas. Con el paso de los años ese servicio fue cada vez menos demandado. Las cocinas económicas fueron poco  a poco desapareciendo de los hogares  y el deshollinador subía por las escaleras, pregonando sus servicios,  por si alguna vivienda seguía necesitando le limpiasen la chimenea, hasta que llegó un día en que no hubo chimeneas que limpiar. 
Hace siete u ocho años había un par de empresas en toda Navarra que se dedicaban  a prestar este servicio. Un buen deshollinador limpia las chimeneas desde arriba y desde abajo. A nosotros solamente nos limpiaban desde arriba, desde el tejado. Los vecinos limpiabamos todo el hollín que se acumulaba, en el último tramo, desde el deposito de ceniza que había bajo el horno de la cocina y lo hacíamos con una especie de hierro terminado en una plaquita rectangular, un rudimentario recogedor para aquellas cenizas. Hoy en da estas empresas no pueden vivir, dado el escaso negocio, solamente de la limpieza de chimeneas, practicamente inexistente en la ciudad y muy reducido en los pueblos. Es por ello que estas empresas se dedican también  a limpiezas de canalones o  calderas de comunidades entre  otras ocupaciones.

Estampas de antaño: los viejos ultramarinos (1966-1996)

Los que hayan nacido a partir de los años 60 del pasado siglo recordarán como en los barrios y en el centro de Pamplona,  muy cerca de casa, teníamos las tiendas de ultramarinos, también llamadas en épocas anteriores «Coloniales», pues de allí, de las «colonias», «allende los mares» venían algunos de los productos que se vendían en estos establecimientos. En mi caso recuerdo la tienda de ultramarinos de las Hermanas Amezqueta, en la avenida de Marcelo Celayeta, que vemos en la foto adjunta que encabeza esta entrada, poco antes de su derribo en 1996. ¿Cuando la abrieron?. No lo recuerdo, solo sé que cuando era niño ya estaban las hermanas Amezqueta a cargo de la tienda: eran cuatro hermanas si bien yo recuerdo sobre todo a dos de ellas: la Chunchi y la Maribel.  
Pues bien, si traigo a colación este recuerdo es porque creo que muchas personas de mi edad,- ¡cambien, por favor, el nombre de la tienda!-, recordarán las imagenes, olores y sabores que  voy a rescatar de entre las brumas de aquellos tiempos pasados. Los viejos ultramarinos eran, por lo general lugares frescos y sombríos, en los que solía haber casi siempre un gato remoloneando por allí, en los que había muchas estanterías y un largo mostrador y en los que se mezclaban una sinfonía de olores, colores y sabores: las grandes latas de atún en escabeche,  la caja redonda de madera, -como la que vemos en la foto de la derecha-,   en la que aparecían perfectamente ordenados los arenques con sus vientres dorados, algunos encurtidos metidos en unos frascos anchos como cebolletas y pepinillos, las cajas de fruta y verduras, que en el caso de las Amezqueta estaban colocadas al inicio de la tienda (y que procedían, en muchos casos,  de la huerta que tenían al final de la carretera de San Jorge). 
En aquellos establecimientos se vendía practicamente de todo: el pan (me acuerdo de los grandes cestos de pan que dejaban, en  su reparto, el panadero a las tiendas), la leche (recuerdo las bolsas de leche de Kaiku y Copeleche, con fábrica en la Rochapea), todo tipo de conservas perfectamente alineadas en los estantes como las que vemos en la foto, bebidas (alcohólicas y refrescos), quesos y productos de charcutería (chorizos, fiambres,  sobre todo  jamón de york), me acuerdo de la máquina cortadora cortando estos productos, de las cajas de pastas y dulces que llegaban de vez en cuando, generalmente magdalenas, palmeras y españoletas, toda una tentación para los más chicos, los productos de limpieza, sobre todo las lejías, que se encontraban casi a ras del suelo, bien apartadas de los productos de alimentación, y como no, aquella vieja e inconfundible balanza mecánica que presidía los mostradores de este tipo de tiendas, tal y como la que vemos en la fotografía. También me suelo acordar  de aquella típica coletilla que dirigía la dependienta a mi madre cuando hacía la compra: ¡¿Más?!, que nunca supe si  era una pregunta o algún tipo de afirmación imperativa.  

Durante muchos años a estas tiendas acudían la mayor parte de los vecinos del barrio para hacer la compra diaria. No había  entonces ni super ni hipers. Llegaba la clienta y hacía cola hasta esperar su turno y de paso, la clientela, se ponía al día. Y es que en los barrios hacíamos vida  de pueblo, no como ahora que casi nadie conoce nada sobre nadie, ni siquiera en tu propio portal. Nos hemos convertido en una sociedad mucho más individualista. Muchos de aquellos pequeños establecimientos, bastantes de ellos nacidos en los años 50, se fueron uniendo para resistir el embate de los super  e hipers: primero en  la Cooperativa San Miguel  Excelsis, que luego se agruparía en la, geográficamente más amplia, Secuc y  más adelante se integraría en el grupo cordobés Coviran. 

Vivencias, usos y costumbres en el viejo Pamplona: La moda de aquellos años (1963-1983)

En aquellos años, los que van de los años 60 a los 80, es evidente que no se vestía ni se peinaba uno como ahora. En muchas ocasiones, la moda venía de la mano de algunas manifestaciones culturales o artísticas: fundamentalmente del cine o de las estrellas de la música. Aunque existe la tentación de asociar los años 60 solamente con la moda hippie y aquella pequeña revolución social y cultural que trajeron consigo, en favor de una sociedad utópica y antibelicista, con lemas tan conocidos como los de «haz el amor, no la guerra», el hecho es que en aquel tiempo hubo un gran número de influencias por parte de otras culturas y subculturas musicales y cinematográficas: aparte de los  vaqueros acampanados, las camisetas teñidas o floreadas, y los pelos largos y lacios de los hippies empezaríamos a ver en nuestras playas ya en los años 60 los bikinis y camisetas que se veían  en algunas películas americanas de temática playera o surfera, en nuestras ciudades los peinados «champiñón» de los Beatles conocerían imitadores en los grupos musicales locales y en los chicos de entonces,  y  los estilos afro en el peinado  de la comunidad negra, influirían  en algunas de aquellas exageradas permanentes de algunas  chicas, por poner tan sólo unos pocos ejemplos.

Todas las generaciones han influido en las siguientes épocas pero si hay una que supone una gran ruptura con el período anterior es la de los años 60 y 70, una época, un estilo, un momento de grandes cambios sociales, políticos y culturales y que pese a las trabas de todo tipo existentes en nuestro país, en aquellos momentos,  se filtraría también entre nuestras nuevas generaciones. Si a los niños nos peinaban a flequillo y llevábamos pantalones cortos y calcetines de rombos y los jerseis de lana a menudo los tejía nuestra madre, los jóvenes comenzaron a cambiar durante aquellos años  su forma de vestir: comenzaríamos a ver pantalones de Tergal con pata de elefante, muy anchos abajo y bastante ajustados arriba, cintos con grandes hebillas, camisas a cuadros, y en general con cuellos anchos y bastante ajustadas al cuerpo, zapatos con tacón, -si, también en los hombres-, en algunos casos botas camperas (yo tuve unas a los 14 años y la verdad costaban un pico),  pelo un poco largo, incluso melenas; otros hombres,  a menudo se dejaban barba, sobre todo en los 70, con un claro aire contestatario y si no llevaban barba era muy frecuente dejarse patillas largas, que hoy nos parecerían, como otras tantas cosas, raras o ridículas. En los años 70 volvería la pana y el punto. Como no acordarse, también, en aquellos años de los vaqueros Robert Lewis rectos  y los jerseis con cuellos en pico. También se veían trenkas y tabardos de piel vuelta. En las prendas, tanto de hombres como mujeres primaban los estampados geométricos y, de nuevo, en los hombres los rombos en jerseis. Yo de aquellos años recuerdo también que se empezaron a imponer los chalecos de punto y los polos de cuello alto. De niños era muy común que nuestras madres reforzasen jerseis y pantalones con coderas y rodilleras.

Muchas chicas llevaban más maxis que minifaldas, vestidos floreados, las típicas faldas ibicencas y un aire folk con el pelo suelto o cintas en el pelo.  En los complementos no podían faltar, en las mujeres, las botas altas con tacón fino, los zapatos de plataforma, los bolsos tipo baguette y con fruncidos y las gafas de sol,  grandes, enormes, las medias dibujadas y los vestidos rectos. Otras llevaban aros grandes de colores, blusas escotadas o camisetas de jersey pegadas al cuerpo, minifaldas, o pantalones acampanados ajustados, medias de red y botas altas hasta la rodilla de colores chillones; maquilladas, sobre todo en los ojos, pestañas largas arqueadas, (a veces postizas), el pelo más corto en los 60 y más largo, con onda y puntas hacia afuera en los 70 hasta arriba de los hombros (estilo Angeles de Charlie), minivestidos y maxiabrigos.
Para escándalo de la moral pública de aquellos años, junto a la minifalda popularizada por la inglesa Mari Quant en 1964, surgiría el bikini. El bikini creado por Luis Reard había nacido en 1946, en el atolón del mismo nombre en el Pacífico Sur, conoció muchísimas presiones y censuras pero llegados los años 60 se convirtió en otro símbolo frente a la moral impuesta, una diminuta prenda que redescubrió el cuerpo oculto de la mujer. También los hombres cambiaron su tradicional vestimenta de baño por shorts de baños más reducidos, coloristas y modernos. Ah, y tampoco nos deberíamos olvidar de los minishorts.

La moda de los años 70 fue muy dispar, influenciada también por la música y el cine: desde la moda asociada a la «disco» hasta el punk. Las faldas conocieron todas las longitudes: minis, maxis e intermedias. Los pantalones campana se empezaron a estrechar hasta casi acabar  en el pantalón pitillo, con los punk, si bien la influencia de estos en la moda no se haría sentir hasta la década siguiente. Se acentuó la moda hippie con variantes étnicas, procedentes de todas las partes del mundo,  tanto en el vestir como en los complementos. Comenzaron a proliferar tiendas que vendían este tipo de género. En los zapatos las plataformas de principios de la década fueron desapareciendo y resurgiendo los tacones de aguja, más propios de los años 50. La moda «disco» trajo consigo los estampados leopardos, las telas metálicas, el cuero y el plástico. Y es que había que destacar entre las parpadeantes luces de la discoteca. Algunas películas como Grease o Fiebre del sábado noche contribuyeron a ello. 

La moda de los 80 siguió la tónica de la década anterior en cuanto a disparidad de estilos. Si en los 70 se usaban las camisas y camisetas ajustadas y los pantalones holgados, en los 80 se llevaban las camisas, polos y camisetas holgadas y los pantalones ajustados. Las mujeres volvían a los zapatos de tacón alto, al cardado sofisticado y al maquillaje recargado frente a la mayor simplicidad, en este aspecto, de la década de los 60. Los vaqueros (Lois, Levis, Cimarrón, Bonaventure, Old Chap «viejo amigo») se utilizaron con profusión y lucían mejor si estaban descoloridos, incluso algunos y sobre todo algunas preferían que estuviesen  raídos o agujereados. Comenzaban a valorarse cada vez más las marcas (en ropa y calzado) y las firmas de los grandes diseñadores que no solo firmaban modelos exclusivos sino ropa y complementos al alcance de casi todos los bolsillos. El punk traería, además de las crestas,  el uso de aros y aretes también en los hombres, las botas militares, los brazaletes de cuero y las chupas con tachuelas. Otras tribus urbanas, además de los punks, influenciadas por la música marcarían su propio estilo de vestir:  los rockers recuperaban el estilo de los 50 con tupes, patillas, camperas con puntera y cazadoras;  los heavys, con su largas melenas, chupas de cuero, camisetas de bandas, pantalones ceñidos y zapatillas de tela. También había pijos con camisas, jerseys sobre los hombros y polos Lacoste además de náuticas y zapatos de marca. Y es que las estrellas y grupos musicales (Madonna, Michael Jackson, etc) influirían cada vez más, con su vestimenta, en los más jóvenes. Nota: Sin que sirva de precedente, las fotos que acompañan esta entrada no están relacionadas directamente con la ciudad sino que tienen un carácter meramente ilustrativo de los recuerdos que he pretendido rescatar sobre la moda de los años 60, 70 y 80.
Act. 29-3-2019: Posteriormente aparecerían otras tribus urbanas también íntimamente relacionadas con estilos musicales como la cultura rap que suele estar  además vinculada a otras expresiones y movimientos como el de los skaters, grafiteros, y practicantes del break dance y del hip hop.

Estampas de antaño: El afilador

¿Quien que no tenga cierta edad no ha escuchado en su vida el sonido de la armónica del afilador?. Recuerdo en mi infancia escuchar, con cierta frecuencia, sobre todo alguna de aquellas mañanas luminosas de verano, el paso del afilador con su moto o su bici, por la calle Carriquirri, montada en su parte trasera el esmeril mecánico con una piedra de afilar y las mujeres del barrio bajando a que les afilase unos cuchillos, unas tijeras o culaquier instrumento de corte. ¡El afiladooorr!.

Se escuchaba su inconfundible sonido y su llamada en los pueblos de media España pero también en los barrios de muchas ciudades. El chiflo de afilador, con su inconfundible melodía haciendo sonar las notas de la escala tonal, de graves a agudas y viceversa, como si de una escalerilla musical se tratase. He dicho armónica pero en realidad era una pequeña flauta de Pan de cañas o de plástico llamado chiflo (del gallego xipro) En Galicia había muchos afiladores que recorrían los pueblos, especialmente en la provincia de Ourense. Es un oficio, una imagen y un sonido que por lo que he podido investigar se remonta  varios siglos atrás (antiguamente también reparaban paraguas) y se extiende por muchas ciudades y pueblos de nuestro mundo, tanto aquí como en Latinoamérica, y que hoy en día, en este mundo de usar y tirar ya prácticamente casi ha desaparecido, conservándose tan solo en países o zonas donde el consumismo todavía no se ha impuesto del todo todavía. Ilustro la entrada con dos fotografías de dos épocas diferentes, una del afilador hace 50 o 60 años y otra de un afilador en la actualidad. 

La hora del serial (1960-1975)

Conocieron su edad dorada en los años 50, 60 y primeros 70. Formaron parte de la banda sonora de nuestras vidas. Hablaban de  amores imposibles, hijos ilegítimos, venganzas, odios y traiciones, vamos, el mismo material del folletín decimonónico que apareció, por entregas, en los periódicos de finales del siglo XIX y que conocería con el nuevo medio radiofónico un reverdecimiento. El género del folletín radiofónico iría declinando poco a poco hasta desaparecer,  al tiempo que emergía otro medio como era la televisión, donde el folletín televisivo conocería su edad de oro tanto en los años 80, con los seriales de amor y lujo yanquis («Dallas», «Dinastía», «Falcon Crest», etc) como en los años 90 con los seriales latinoamericanos, conocidos popularmente como culebrones («Cristal», «La Dama de Rosa», etc). Al fin y al cabo estamos hablando del «teatro de las emociones». Habían pasado los años, habían cambiado las formas y las fórmulas pero por mucho que se les  criticase en un momento o en otro de la historia de nuestro país, seguían ahí. Tras los culebrones latinoamericanos vendrían, este siglo,  otros seriales larguísimos  de factura nacional, como «Amar en tiempos revueltos» o «El secreto de puente viejo» y todo ellos  congregaban  a millones de seguidores y seguidoras, durante semanas, meses, incluso años. Durante una larga época, los seriales, fueron la estrella de la programación de la radio. Cuando hablamos de seriales, nos referimos fundamentalmente a los seriales de la SER pues fueron los más conocidos y los que hicieron historia en el género. En los años 60 se emitían hasta media docena de ellos al día en Radio Requeté de Pamplona. La lista de seriales emitidos sería interminable. Por ello iré recordando, a modo de muestra, y siguiendo un orden cronológico, algunos de los más famosos, o al menos los que yo recuerdo, pues este blog no deja de ser eso,  un diario de recuerdos de todo cuanto he vivido a lo largo de este último medio siglo de vida.

Durante los años 50 se emitieron seriales o radionovelas con un fuerte contenido propagandístico del régimen franquista, cuyos títulos pueden sonarnos más por alusiones o referencias indirectas que por haberlas escuchado directamente en nuestras radios o transistores, entre esas novelas fuertemente ideologizadas había nombres tan celebres como los de   «Lo que no muere» y «La sangre es roja» (1953) o «Un arrabal junto al cielo» (1954) curiosa mezcla de folletín y novela social y  «La segunda esposa» (1956). Debemos recordar, tal y como adelanté cuando escribí la entrada de la publicidad que no es hasta 1958 cuando Radio Requeté se asocia a la SER. Hasta entonces, la emisora local emitía radionovelas o radioteatros, de producción local, de forma esporádica, y no emitía programación en cadena.  Las primeras radionovelas que emitió Radio Requete tras su asociación con la SER fueron «El derecho de hijos» (1958) repicada y actualizada, ocho años más tarde (en 1966) y  «Ama Rosa»  (1959) con la madre sufriente, sacrificada que se veía obligada a renunciar a su hijo pero que lograba emplearse como criada en la casa de los padres adoptivos, para cuidar de su retoño. Emoción y lágrimas a raudales en la más pura tradición del folletín melodramático. La hora del serial solía ser la de la tarde, a eso de las 4.30 o las 5.00. En 1964 solían emitirse en la SER una novela por la mañana y tres por la tarde. En 1966, el número de novelas ascendía ya a media docena, de ellas cinco por la tarde. Empezaron durando tan solo un cuarto de hora o a lo sumo veinte minutos para, en esta década de los 60, quedarse en la media hora de duración interrumpida por varias pausas publicitarias. Persil, Cola Cao, Monky, Palmolive, La Lechera, etc eran algunos de las marcas publicitarias que patrocinaban estos espacios. Posteriormente y con el declinar del serial fue disminuyendo el número de novelas hasta prácticamente desaparecer en la época de la transición democrática. Señalaré alguno de los seriales de los  que recuerdo oía mi madre, cuando yo era niño, en casa.

En 1961, emitieron «Las dos hermanas», original de Guillermo Sautier Casaseca; en 1963, «María Celeste»; en 1964-65 «La dama vestida de blanco», «El rencor»  y «La casa de la discordia», y sobre todo «La Intrusa», de Rafael Barón y Guillermo Sautier, hijo,  que también escribió algunos seriales, además del señalado, como «La impostora», «El otro amor», «La orquídea» y «La promesa rota», intentando emular a su fecundo padre. «La intrusa» fue el serial más largo difundido hasta entonces con 175 capítulos que la SER comenzó a emitir el 5 de octubre de 1964 y que terminó el 11 de junio de 1965. En 1966, se volvió a emitir, como ya he dicho  «El derecho de los hijos», y además «Natacha», «Dueño y Señor», «La última traición» y «Riada en la Tornaguera»; en 1967 «Playa de Gaviotas», «La Mirada», «María Magnolia» y  «Donde el viento Muere»; en 1968, «Mama» y «Siempre mama»  (de Antonio Losada), «La promesa rota», «La revancha»,  «La canción de las brujas»,  «Un lejano esplendor», «Santa Isabela», «Los que morimos» y «El profesor particular»; en 1969 «El pecado de la mujer», «Las abandonadas»,  «La hija del diablo» y «La paloma negra» (de Miguel Arazuri, seudónimo de la escritora Carmela Gutierrez). Recuerdo haber oido esta novela como todas en la cocina de casa, en aquel pequeño pero potente transistor que trajo un día mi padre a casa antes de la radio de tres bandas que nos trajo en el año 1976. Y recuerdo de este serial la frase repetida de una mujer que gritaba «la paloma negra no morirá, no morirá, no morirá». Creo recordar que la novela tenía un ambiente un tanto gótico-romántico. Sigamos, en 1970, se emitían «La infame» y «Manuela», en 1971-72, «La calle del amor prohibido», «Yo soy aquel» (la música  de la novela era lógicamente la famosa canción del mismo nombre de Raphael), «La fugitiva»  y, por último, «La rival» (a caballo entre 1972 y 1973), con 223 capítulos. Todos o casi todos estos seriales se editaron al mismo tiempo, como novelas impresas en la colección Seriales Radiofónicos de Ediciones Cid, los de los años 50 incluso en varias entregas o cuadernillos. A lo largo de esta entrada podemos ver las portadas de algunas de esas novelas radiofónicas que se podrían encontrar entonces en los quioscos, prácticamente de manera simultanea a la emisión del serial.








En los años 70, los seriales más famosos no estarían ya en la SER  sino en la cadena REMCAR, a la que pertenecía La Voz de Navarra. En la década anterior, en la década de los 60 sus seriales ni fueron muchos, ni demasiado conocidos ni duraban más allá de los veinte minutos antes citados. Pero en los 70, el protagonismo de los seriales radiofónicos, ya en franco declive tendría un nombre y una emisora: «Simplemente María» y La voz de Navarra. Este serial marcó toda una época. Se mantuvo en antena desde el 3 de diciembre de 1971 hasta octubre de 1973. Dirigida por Teofilo Martínez y protagonizada por Marisol Martínez (o María Salerno) mantuvo en vilo a más de dos millones de oyentes, durante más de 400 capítulos de casi una hora de duración cada uno, el serial más largo de la historia de la radio y uno de los de mayor éxito.  Los primeros capítulos los adaptó Sautier antes de morir. Como «Ama Rosa» tuvo novela y película y además fotonovela. «Simplemente María» daría lugar a dos canciones, una de Eduardo Rodrigo y otra de Jairo. Tras este vendrían otros seriales como «Soledad», con canción de Emilio Jose, en 1974, también en la REMCAR o «Lucecita»,  obra original de Delia Fiallo, autora de decenas de culebrones televisivos como «Cristal» que veríamos en España años más tarde, en 1989 y que fue interpretada por Mari Carmen Hernández y Manolo Otero y que fue emitida por la Cadena SER en el año 1975 (también se editó su correspondiente fotonovela por entregas o fascículos).  Otros seriales de la REMCAR, emitidos por La voz de Navarra fueron en esos años «Le llamaban Caridad» con Ricardo Merino y Beatriz Escudero también en 1975, «Patty Corazón» en 1976 y ya en plena transición, en 1977 y siguientes, «Eva nada más», con Maria Kosty y Lorena de Corin Tellado que elevaban aun más el tono rosa de las tramas.
¿De que trataban estos seriales?. «El derecho de los hijos» hablaba de las vicisitudes de una familia, la familia García, con sus dos hijos, representantes de  una juventud inconformista, que empezaba  a despuntar en la época y  que la novela presentaba con un cariz de buen fondo, nobles de corazón, pero  equivocados en sus propósitos.  La novela,  como muchas de las escritas o adaptadas por  Sautier, tenían un mensaje  o moraleja  profundamente reaccionarios. «La última traición» profundizaba en los problemas y vicisitudes de una afamada actriz de Hollywood. «Riada en la Tornaguera» nos introducía  en el terrible drama de un hombre solo en la Andalucia rural, un hombre marcado por la muerte, por la tragedia. «Playa de gaviotas» transcurría en una isla imaginaria del litoral gallego, donde aparecía el cadáver de una mujer en la playa. La novela tenía mucho de intriga policíaca. «La mirada» tenía una trama claramente policíaca y comenzaba con el robo de unas joyas. «Mama» y «Siempre Mama», de Antonio Losada, seguían el modelo del folletín americano «Peyton place» pero trasladándolo  a la sociedad española. Narraba las vicisitudes  de una familia española, la familia Aguilar, con los elementos típicos de los seriales españoles de estos años:  decisiones equivocadas, pasiones desenfrenadas, sufridas esposas, hijos rebeldes, etc. «María Magnolia» contaba el enfrentamiento entre la protagonista, María, y su suegra, una fría, rica y astuta mujer que no se detendrá ante  nada, en su propósito de acabar con quien considera un ser inferior, su nuera, un ser que no considera  digno de su clase social, llegando  incluso a ser  responsable del secuestro o desaparición del hijo de María, su propio  nieto. 
«Donde el viento muere» planteaba la lucha entre dos mujeres de distinto nivel social y se ambientaba en Extremadura. En «La Canción de las Brujas», de Rafael Barón, asistimos a odios y venganzas, abandonos ante el altar,  muertes violentas y repentinas,  extrañas desapariciones y por supuesto un final feliz. «Un lejano esplendor» narraba la historia de Soledad que regresaba a su pueblo natal, dispuesta a llevar a cabo una venganza, osea otra nueva historia de amor y odio. En «Santa Isabela», de la escritora cubana, Mercedes Antón, se trataba el tema de la lucha por la abolición de la esclavitud. «Los que morimos» acometía el tema de la postguerra española, con un Sautier menos radical en sus postulados ideológicos, más abierto a la reconciliación y el diálogo entre las dos Españas.  «El pecado de la mujer»,  serial nº 2.000 de Sautier, se centraba en el tema de la desunión o disolución familiar y en la independencia de la mujer. En «La hija del diablo», la protagonista era Sabela de Leiras, más conocida como «la hija del diablo», que enamorada de un hombre casado, el comandante Jesús Borja, sufrirá mil y una penalidades hasta lograr llegar al final feliz. En aquellos años, se consideraba un amor  prohibido  el amar a un hombre casado. El adulterio en la mujer estaba castigado con penas de cárcel.  La mujer quedaba relegada, en la mayoría de los casos, a su rol de madre, supeditada en cualquier caso, al varón, anclada al hogar y donde no se planteaba, ni de lejos,  su independencia económica, criticándose el trabajo femenino fuera del hogar.  «Las abandonadas» estaba plagada de mentiras, remordimientos, venganzas y soledad. «La rival» contaba la historia de una madre y su hija que se enamoraban del mismo hombre. Moría la hija y la madre era acusada de asesinato, con el juicio correspondiente. «Simplemente María» narraba la desventuras de una chica, María, que dejaba su pueblo de Santander para irse a servir a la capital, donde conocería al señorito, Alberto, todo un crápula. En «Lucecita» asistimos al romance entre Lucecita y  Gustavo, casado con una muchacha que se finge paralítica para reternerle.
Daban la voz a los personajes de los seriales hombres y mujeres de la radio como Pedro Pablo Ayuso, Maribel Alonso, Matilde Conesa, seguramente los más populares,  sin olvidar otros,  como Teofilo Martínez (con esa voz grave, lenta, monorrítmica, que tantas veces escuchamos también en el doblaje de las películas, doblando a Joseph Cotten, John Wayne o Gary Cooper) o Julio Varela, con frecuencia ambos dos en la voz de narrador, Matilde Vilariño, interpretando a menudo personajes infantiles, Luis Varela, Maribel Sánchez, Juana Ginzo, Rafael Fuster, Luis Durán, Manuel Dicenta, Alfonso Gallardo, Pablo Sanz, Maria Romero, Cristina Victoria, Carmen Martinez, Mari Carmen Aranda, Maribel Ramos, Eduardo La Cueva, Miguel Peñaranda, Julio Montijano. Nos los conocíamos de memoria, algunos, como Ayuso, Conesa y Vilariño llevaban 20 o 30 años en la radio. Formaban parte de la memoria de nuestras vidas. Tras la careta de entrada o sintonía venía la presentación del cuadro de actores y equipo técnico. Nos conocíamos no solo el nombre de los actores sino  hasta los cargos más técnicos de las novelas  como los de Montaje Musical:  Enrique Aroca, Pilar de la Peña o Angel Aymat; Efectos especiales: Esteban Cabadas; Control: Enrique Ortega o Eduardo Calderón; Autor y Director Guillermo Sautier Casaseca. Fueron prolíficos autores de seriales autores como Rafael Barón, Luisa Alberca y sobre todo el gran patriarca del serial, Sautier Casaseca. Para 1966, ya había escrito o adaptado más de 1.000 seriales para la radio. La mayoría de los actores pertenecía al llamado cuadro de actores de Radio Madrid, la emisora central de la SER. El 8 de  octubre de 1971, moría repentinamente Pedro Pablo Ayuso, el más grande actor radiofónico de todos los tiempos,  perdiendo la radio  una de su voces más emblemáticas. En esta entrada incluyo las fotos, por orden de aparición de Matilde Conesa, Pedro Pablo Ayuso, Matilde Vilariño, Teofilo Martínez, Juana Ginzo y Guillermo Sautier Casaseca de los años 50, Vilariño y Ayuso en los años 70 y Sautier en los años 70.

En aquellos años aprendimos a estimular la imaginación. Era un arte sugerir, a través de la voz de los actores, de su tono e inflexiones,  un determinado estado de ánimo o un cambio en éste, describir a través de la voz del narrador un determinado paisaje o el interior de una casa. ¡Se transmitían tantas cosas con la voz y los sonidos, sin contar con el apoyo o ayuda de la imagen visual!. Los efectos especiales de las novelas nos permitían imaginarnos una tormenta, el ruido del viento, los pasos por un corredor, el cierre de una puerta o una ventana, el ruido de unos cascos de caballo  y otras muchas situaciones. Podemos criticar los seriales radiofónicos por sus rancios contenidos ideológicos y sus esquemas reduccionistas de folletín melodramático, rosa o lacrimógeno, pero formaron parte de nuestros recuerdos infantiles, al igual que la música,  la publicidad o la tele de aquellos años.   Quede esta entrada como pequeña muestra del paso por nuestras vidas.