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Los cines del viejo Pamplona (1912-2005)

Los cines de nuestra ciudad, muchos de ellos desaparecidos, constituyen una parte de nuestros recuerdos y nuestras vidas. Allá por los años 70 y 80, constituía una de nuestras principales ocupaciones el fin de semana, la única junto a las salas de juego hasta los 14 o 15 años y compartida con las salas de fiesta y discotecas, a partir de los 16. De aquellos años en los que íbamos al cine vimos desaparecer a lo largo de los años 80 y 90 uno a uno el Arrieta, el Avenida, el Guelbenzu, Chantrea, Rex, Aitor, e Iturrama hasta llegar al último cierre, el de los Príncipe de Viana en el año 2005.

El inicio del cine fue más bien un espectáculo de feria que otra cosa. Será a partir de 1912 cuando se empiecen a exhibir de forma regular películas en el Teatro Gayarre. Aun tendrán que pasar unos cuantos años hasta que en 1930, un año antes de la promulgación de la 2ª República, se emita la primera pelicula sonora en el Gayarre, «Escandalos de Broadway». ¡Cuanto ha llovido desde entonces!: del cine mudo al sonoro, del blanco y negro al color, la aparición del cinemascope que obligó a ampliar las dimensiones de las pantalla de los cines, las pruebas de otros formatos panorámicos, la mayoría con escaso éxito,  el cine en 3D y otros experimentos como aquellas peliculas con efecto «sensorround», el cinerama, etc.

Hablar de cine en Pamplona es hasta 1982 hablar de la SAIDE (Sociedad Anónima Inmobiliaria de Espectáculos). La Sociedad, como tal se constituye en 1942 pero sus orígenes se remontan a través de las personas que la hicieron posible a algunas décadas antes. En 1922 se crea la empresa Euskalduna que inaugura al año siguiente y en la avenida de San Ignacio el Coliseo Olimpia (en la foto adjunta), un local emblemático que además de ofrecer cine, tenía una amplia sala (con gallinero) donde ofrecería otro tipo de espectáculos: teatro, espectáculos musicales, etc. El principal impulsor de esta sociedad fue el empresario textil Alvaro Galbete que tenía un telar en la calle San Agustín. En ese local de su propiedad se inauguraría en 1931 el primer cine construido específicamente para tal fin: el Proyecciones, de corta vida, pues se cerró en 1933.

Eran socios de la sociedad Euskalduna otros prohombres de la sociedad pamplonesa de aquella época como Ramón Bajo Ulibarri, Bonifacio Gurpegui, Eugenio Jimeno, Sagaseta de Ilurnoz, Pedro María Galbete y Serapio Zozaya que sería cofundador de la SAIDE. Por cierto esta sociedad también explotaba otros espectáculos como el frontón Euskal Jai de la calle San Agustín. En 1928, la sociedad Euskalduna vendió el Coliseo Olimpia a la Sociedad Anónima General de Espectáculos (SAGE) que contaba con salas por todo el estado. La SAGE explotó el Olimpia hasta 1936 en que lo subarrienda primero y lo vende luego, en 1940, a la empresa Erroz y San Martín empresa que tenía la concesión del Teatro Gayarre desde 1932, con derecho a explotar el Teatro, como cine, al menos durante los siguientes 50 años. El Gerente de Erroz y San Martín era, a la sazón, Serapio Zozaya que fundaría la SAIDE en 1942.

En 1935 Erroz y San Martin había comprado el Proyecciones, después de dos años de permanecer cerrado y lo había reabierto con el nombre de Novedades. En 1938 la empresa compraba un solar en la calle García Castañón y construía un nuevo cine que inauguraría en junio de 1940: el Cinema Príncipe de Viana, obra del arquitecto José Yarnoz. Así pues la SAIDE nacía en 1942 con dos cines propiamente dichos: el Novedades y el Príncipe, además del Gayarre y el Olimpia. El Príncipe de Viana era un cine elegante, la pantalla más grande de todas las existentes hasta entonces, un aforo amplio, de unas 700 personas en butaca de sala, 1.200 en total, contando las butacas de palco y el gallinero o anfiteatro que vemos en la fotografía. En las paredes junto a la pantalla, había dos pinturas murales, obra del pintor Eduardo Santonja Rosales, una de las cuales representa al Príncipe de Viana de cacería y otra un palacio con músicos y sus instrumentos, tal y como vemos en la siguiente foto.

En la década de los 40 se inaugurarían el Cine Alcazar (1942) en la plaza de la Argentina que lo explotaría la SAIDE desde 1950 y el Cine Avenida (1943), en la calle Estella, este último un cine pequeño, con poco más de 200 butacas pero muy bonito, diseñado, al parecer por Victor Eusa. En los años 50 la SAIDE comenzaría a abrir salas de cine en los barrios, el Amaya, en Marcelo Celayeta, en la Rochapea en 1951, el Chantrea, en la calle San Cristobal, en la Chantrea, en 1957 y en el comienzo de los 60, concretamente en 1963 el Guelbenzu, en la calle del mismo nombre, en la Milagrosa. Paralelamente no descuidaría el centro de la ciudad abriendo el Rex en 1957, en la calle Paulino Caballero, el Olite en 1961 y derribando el Olimpia a mediados de 1963 para abrir al año siguiente en su lugar el Cine Carlos III en un gran edificio de oficinas, donde tendría además su sede social la SAIDE. La SAIDE sería dirigida después de Serapio Zozaya por su hijo Félix y más tarde por su nieto Alberto. Este cine inaugurado a finales de 1964 sería a partir de este momento la joya de la corona, con la pantalla más grande, el mayor aforo, 1.500 butacas, y las mejores instalaciones de todos los cines de la ciudad. En la foto siguiente vemos la fachada del edificio tras su conversión en multicines y su nueva imagen corporativa.

A finales de los 60 comenzaría la primera gran crisis de los cines tras la aparición y extensión de la televisión y de otras formas de ocio. La SAIDE reformaría el Novedades mejorando su acústica y ampliando la pantalla, reabriendolo como Cine Arrieta en 1968, pero comenzaría a cerrar cines, el Amaya en 1970, del que ya he hablado en otra entrada del blog. Tal y como he comentado en la anterior entrada sobre los cines empecé a acudir al cine de manera regular allá por los años 74 o 75. Así algunas de mis primeras películas en la enorme pantalla de la Sala Carlos III fueron Karthum en 1975 y una entretenida versión de King Kong ( en 1976) con una jovencísima Jessica Lange, en los inicios de su carrera. También vi en esta enorme sala otras películas como «Suspiria», «Abismo», «Terremoto», «El coloso en llamas», «Tiburon», «ET» o «Encuentros en la tercera fase», entre otras.

En el Cine Avenida, situado frente al monumento de San Ignacio de Loyola, no ví demasiadas películas pero sí recuerdo alguna, como «La Tierra olvidada por el tiempo», en abril de 1977, un serie B con sabor añejo, basada en las novelas del mundo prehistórico de Borroughs o la española «La guerra de papa», un típico film de la transición que pretendía alejarnos de los oscuros fantasmas de nuestro pasado histórico. El cine se cerraría en mayo de 1985 para albergar un centro comercial, con formato de multicentro y forma hexagonal y que tendría una errática trayectoria, con espacio para unos 20 pequeños comercios y que ha tenido una gran rotación de aperturas y cierres a lo largo de los años.
En el Gayarre, tampoco vi muchas películas, recuerdo alguna como «El expreso de Chicago» o «Nueva York, año 2012». A este espacio tengo también vinculadas otras imagenes como la ceremonia de entrega de juguetes en Reyes que organizaba la fabrica donde trabajaba mi padre para los hijos de sus empleados. Recuerdo que un año, creo que fue a finales de 1968, se quemó el Teatro Gayarre y  que los Reyes de 1969, tuvimos que celebrarlos en el Salón de los Jesuitas. A mediados de 1969 se reinauguraba, de nuevo y tras ese incendio el Teatro Gayarre.

 

En el Olite vi un buen número de películas, tanto cuando era una sola y espaciosa sala con unas butacas de color tostado, como cuando se convirtió en multicines: así ví en esta sala películas de terror como «Kung fu contra los siete vampiros de oro» de la fenecida Hammer, películas bélicas como «Alerta roja, neptuno hundido» o «Apocalipsis Now» o películas de ciencia ficción como «La guerra de las galaxias» o «Alien, el octavo pasajero.
En el Príncipe, todo un clásico, vi películas tanto cuando era una única sala como cuando se convirtió en multicines: allí ví «La piel dura» de Truffaut, «La naranja mecánica», «Flash Gordon», «El imperio contraataca», «La mosca», «El cartero siempre llama dos veces» o «En busca del fuego», por citar algunas. Alguna vez acudíamos al gallinero o anfiteatro, algo más cómodo y de mejor vista que el del Gayarre. En el cine Arrieta de la calle San Agustín tan solo recuerdo haber visto en 1980 «El resplandor» de Stanley Kubrick. La sala se cerraría al año siguiente, en 1981. Hoy alberga la sede de la Escuela Navarra de Teatro. También en 1981 se cerraría el cine Guelbenzu, en la Milagrosa al que creo recordar haber acudido unas pocas veces, allá por los años 77 o 78, para ver alguna peli de Luis de Funes o algun serie B de aventuras.

De los cines que me quedan por comentar, al cine Rex, apenas acudí un par de veces. Se cerró en 1987. Era un cine amplio y me consta que en los años 60 y 70 se daban proyecciones matinales por parte del cine club universitario. Tras su cierre albergó las oficinas de una empresa inmobiliaria. Al Chantrea creo que acudí una sola vez. Era el típico cine de barrio, bastante austero en su decoración. Se cerró en 1988.

A pesar del cuasi monopolio en la distribución cinematográfica de la SAIDE hubo alguna otra iniciativa de menor éxito pero igualmente destacable que debo mencionar: Se trata de Carmelo Echavarren que gestionaría el cine parroquial de la iglesia de San Miguel, el Salón Mikael entre 1969 y 1986, en la calle Bergamín, a la altura de la plaza de la Cruz. De aquella sala tengo además de recuerdos vinculados al cine,  otro tipo de recuerdos muy antiguos, vinculados a las actividades extra-excolares de las escuelas del Ave María y de la Carbonilla. Recuerdo que en 1970 nos llevaron a ver un documental relacionado con las Olimpiadas Invernales de Sapporo, tras el cual sufrí un pequeño extravío al coger la villavesa en la plaza de la Argentina, -y es que tenía apenas 6 años y había subido muy pocas veces a Pamplona-,  y en 1973 o 74 nos llevaron a ver el documental de Caro Baroja, «Navarra, cuatro estaciones» que me causó una grata impresión.
En aquella sala, en el Salón Mikael recuerdo que vi, y las cito por orden cronológico, películas de aventuras como la versión de 1974 de «Los 3 mosqueteros», clásicas como «¿Arde París?» o «Doce del patíbulo», musicales como «Grease», ciencia ficción como «Galáctica, estrella de combate», polémicas películas, por la dureza de alguna de sus imagenes como «Soldado azul», etc. Echavarren también impulsaría el cine Aitor en la calle Sangüesa, en la Milagrosa que se inauguró en mayo de 1964 y se cerraría en el año 1985. Echavarren también gestionaba en aquellos años el Juventud y el cine Eslava de Burlada. Resulta curioso, porque después no he encontrado más información al respecto, pero a mediados de 1975 apareció una noticia en la prensa: en 1976 se iba a construir un cine en una zona cercana a donde estaban las Madres Reparadoras, entre la Avenida del Ejercito-Hermanos Imaz y Sandoval, con unas 1.300 localidades de aforo. Lo promovía Carmelo Echavarren y su nombre iba a ser «Sandoval» o «Ciudadela». De aquel proyecto nunca más se supo. Algunos años antes, en 1971, se instalaba durante algunas semanas un espectáculo cinematográfico, con el  espectacular sistema del «cinerama» en los terrenos anexos a los antiguos cuarteles que se derribarían por completo este mismo año. El cine volvía por unos días a su origen de atracción de barraca de feria. En 1972 triunfaba una película que se había convertida en aquel año en todo un fenómeno sociológico: «No desearas al vecino del 5º», la película española más vista hasta entonces en las salas de cine y que no sería superada hasta 30 años más tarde con el estreno de «Torrente, Misión en Marbella».

En 1974 todavía había una clasificación moral de las películas de cine que iba del 1 al 4 en el que el 1 significaba que la película era para todos los públicos, incluso niños hasta los 14 años, el 2, para jóvenes de 14 años cumplidos hasta los 21, el 3 para mayores de 21 años cumplidos en adelante, el 3-R: para mayores de 21 años aunque con reparos., pues se exigía una solida formación moral y la 4, por último,  estaba reservada para las películas que se consideraban gravemente peligrosas. Esta clasificación desaparecería en 1978. A partir de entonces aparecería aquello de «Mayores de 18 o menores acompañados». Con la transición democrática llegaría un aluvión de cine erótico a las pantallas pamplonesas, al igual que sucedería en otras ciudades españolas. En 1978, de un total de 11 o 12 películas, más de una tercera parte eran, el fin de semana eróticas o incluso clasificadas S, concentradas en unas cuantas salas y en las que aparecía  aquella coletilla de «Se advierte al público que esta película puede herir la sensibilidad del espectador», clasificación que también se aplicaba a aquellas películas de extrema violencia, como «Holocausto caníbal».

Ir al cine tenía su ritual: comprabas la entrada en la taquilla, -había sesiones numeradas, generalmente cuando eran estrenos y sin numerar-, comprabas palomitas o chucherías, -en otros tiempos se estilaban las chufas,- en la tienda del cine, sonaban las llamadas para entrar, las luces se medio apagaban, soportabas el aburrido NODO en blanco y negro, que duraba unos 10 minutos, con su sintonía  tan reconocible que marco toda una época, -afortunadamente los de mi generación lo sufrimos durante pocos años-, y luego venían los comerciales, inconfundibles, realizados con un estilo especial y también los anuncios de Movierecord…hasta que se apagaban las luces por completo y comenzaba la película.
Por mucho que haya avanzado la tecnología del «home cinema», ver algunas películas en pantalla grande sigue siendo una experiencia incomparable. La entrada al cine costaba en 1976 unas 24 pesetas, muy lejos de las 2 o 3 pesetas que costaba la entrada en el cine de mi barrio, el cine Amaya, en sus primeros años de existencia. Además de las taquilleras otro personal indispensable de las salas eran los acomodadores. Ellos te guiaban con su linterna hasta el sitio indicado cuando entrabas, apagadas las luces y empezada la película, o te llamaban la atención cuando metías demasiada bulla. Las sesiones de cine eran a las 17.00, 19.00 y 22.30. En tiempos pretéritos los cines de sesión continua, -como el Arrieta o el Alcazar, por poner tan solo dos casos,- contaban con otra sesión, las de las 15.30.
 

Tras la primera gran crisis de finales de los 60 y sobre todo de los 70 llegaría otro gran bajón en los años 80, con la aparición del vídeo doméstico. Las salas únicas dieron paso a los multicines. A finales de 1982, el histórico cine Príncipe de Viana daba paso a tres salas, una grande en el piso de arriba, de 500 butacas, que vemos en la foto adjunta,  y dos abajo, con casi 200, cada una. Con esta obra de reforma se suprimía el gallinero o anfiteatro, al que accedía, en otros tiempos, la gente con menos recursos. En tiempos contaban con gallinero casi todos los cines: el Gayarre, el Olimpia, el Príncipe, el Alcazar. ¡Que incómodos eran aquellos gallineros, sin apenas espacio para estirar las piernas y con aquellos ángulos de visión imposibles!. En aquellos dorados tiempos de la exhibición cinematográfica era también moneda común la entrega del llamado programa de mano, con información sobre la película, que yo, la verdad, no los conocí. En los años 40 y 50 había salas que estrenaban películas y otras que no, que se nutrían de reposiciones, entre las primeras se encontraban el Príncipe, el Gayarre, el Rex y el Olimpia que luego se convertiría en el Carlos III, entre las segundas el Avenida y el Alcazar, además de las de los barrios.

También en esos años 80, al que aludo en el anterior párrafo, se reconvertiría en multicines el cine Olite con la inauguración de 4 nuevas pantallas. Aparecía en el panorama de las salas rompiendo el cuasi monopolio de la SAIDE el complejo de cines Golem Baiona, con 5 nuevas pantallas en la ciudad. Años más tarde este mismo grupo abriría las salas Golem Yamaguchi orientadas a un cine más de autor, frente a las más comerciales del Baiona. Tuvieron, de inicio, un éxito arrollador. En aquel complejo de salas vi un montón de peliculas a lo largo de los 80, estrenos y reposiciones como  «Amarcord», «Cuerno de cabra», «El tambor de hojalata», «Sacco y Vancetti», «Perros de paja», «El jovencito Frankenstein», «La vida de Brian», «Bajo el fuego», «Las bicicletas son para el verano», «Hellraiser», «La selva esmeralda», «Excalibur» o «Desafio total». Y también en esos mismos años, 1981-82, y de la mano del empresario Cayo Escudero, se abrieron los cines Iturrama, situados en la calle Iñigo Arista, de corta existencia pues cerrarían en 1997. En estos cines recuerdo haber visto allá por el año 1987,  «Blade Runner».

La tercera y más profunda crisis llegaría en los 90, con la aparición de las plataformas digitales de televisión que te llevaban directamente el cine a la pequeña pantalla de casa. Las salas pasaron de recibir más de 3 millones de visitantes al año en los 60 a 600.000 en los 90. En la primera década del nuevo siglo y a pesar de las mejoras introducidas, las reformas y modernizaciones (se volvió a reformar el Príncipe en el año 2000, abriendo una cuarta sala y renovando la decoración con un estilo de vanguardia (como si fuese una caja negra, tal y como vemos en la fotografía) y también se reformaron, de nuevo, los Olite, en 1999, así como el Carlos III que se convirtió en multicines, con cinco nuevas salas) y sobre todo y a pesar del notable incremento de pantallas disponibles, fundamentalmente por la implantación de centros comerciales, el nº de visitantes a las salas de cine no llegó a los 2 millones. En julio de 2005 llegaría uno de los cierres más sentidos, el del Príncipe de Viana que, cerrado en julio de 2005, daría lugar pocos meses después a un bloque de apartamentos.

Actualización 30-3-2014: Hace casi dos meses, en febrero de 2014 se cerraban silenciosamente, sin anuncio previo los multicines Olite. Asi acababa la trayectoria de un cine, reconvertido en multisalas, más de medio siglo después de su  apertura. Otra triste pérdida para el cine, los cinefilos y la ciudad.

Actualización 24-2-2016: Los cines Carlos III se cerrarán el próximo 3 de marzo, más de medio siglo después de su apertura. Con este cierre desaparece el último cine del centro de Pamplona y la SAIDE cesa como empresa exhibidora. Otra gran pérdida para el cine, los cinéfilos y la ciudad. Ahora, y dejando  a un lado a los cines Golem, quien desee ver cine en pantalla grande se tenga que trasladar a los centros comerciales. Qué pena.

Actualización 30-3-2019: Estos días se ha acabado de derribar el edificio de los cines Carlos III, un edificio que formaba parte como otros cines de la memoria de nuestras vidas.

Las salas de juegos del viejo Pamplona (1974-1980)

En aquellos años fronterizos entre la niñez y la adolescencia pasábamos las tardes de los domingos a caballo entre las salas de juegos y los cines, los abundantes cines que había entonces, en la ciudad. Más adelante, cuando dejamos atrás la adolescencia, frecuentaríamos otros ambientes más adultos como las salas de fiesta y discotecas. De todos esos ambientes de la vieja Pamplona hablaré tanto en esta como en las siguientes entradas. Seguiré un criterio cronológico y empezaré por rememorar  aquellas salas de juego que había o al menos que recuerdo, -porque haber había creo que muchísimas más, seguro-, en la vieja Pamplona de los años 70.
Dos de las salas que con más frecuencia visitábamos en aquellos años fueron por este orden, la sala de juegos de la Estafeta y posteriormente la sala de juegos Carlos III en la calle Cortes de Navarra. La sala de juegos de la Estafeta que posteriormente se reconvertiría en un salón de máquinas tragaperras tenía, creo recordar, forma de L invertida. En su primer tramo y a ambos lados había infinidad de máquinas flipper que posteriormente irían dejando espacio a  las máquinas recreativas más modernas para aquel entonces: ping pong, mata marcianos, plataformas, etc. Al final de este tramo un juego de ping pong y  en el segundo tramo de la L un  billar y algunos futbolines. Solíamos acudir invariablemente a la sala de juegos  antes o después del cine, dependiendo de si acudíamos a la sesión del cine de las 17.00 o las 19.30. Allí pasábamos un par de horas, alternando los flippers con algún billar y futbolín, hasta que volvíamos a  casa al filo de las 10 de la noche.
La sala de juegos Carlos III estaba en un sótano, situado entre la iglesia de San Ignacio y la tienda del Salón del Visillo, frente al cine Carlos III. Se accedía  a la sala bajando un largo tramo de   escaleras que conducían a un primer tramo estrecho, donde estaban los flippers y recreativas y que giraba luego hacia la derecha para desembocar en una amplia sala de billares, con algunos recovecos. En esta sala había, al menos, media docena de billares y algún futbolín, su punto fuerte eran sin embargo los billares y en aquel tiempo era a lo que mayoritariamente solíamos jugar. Te cobraban por tiempo de juego. Solíamos jugar al billar francés o de carambolas. Había 3 bolas y el propósito del juego era impulsar tu bola con el taco, para tocar con ella las otras dos y hacer una carambola. Había un marcador manual, como un ábaco, que te permitía indicar la cantidad de carambolas que ibas realizando. Alguna vez jugábamos también al billar americano en el que había que meter las bolas en las troneras. Las recreativas, con el paso del tiempo, empezaron a compartir su espacio también con algunos simuladores, sobre todo de coches, con su volante y su embrague.
Otras dos salas de juego que recuerdo mucho más vagamente porque apenas fuimos un par de veces son dos que había en el Casco Antiguo,  una en la zona de Jarauta-Descalzos y otra en la Navarrería, creo que una de ellas se llamaba «El Trebol». Fuera del Casco Antiguo recuerdo vagamente algunas otras salas a las que también fuimos muy esporádicamente y en época muy temprana, había una en la Plaza de la Cruz, otra cerca de ésta,  a caballo entre el Salón Champagnat y el Salón Loyola que se llamaba Caleidoscopio y otra, subterránea como la Carlos III en la zona de la plaza Príncipe de Viana más cercana a la avenida de  San Ignacio.
No era propiamente una sala de juegos sino una bolera, en efecto recuerdo a finales de los 70 la existencia de una bolera en la calle del Carmen, en el lado derecho de la calle, en el tramo comprendido entre el cruce con Dos de Mayo y el Portal de Francia. No fuimos muchas veces, pero alguna vez estuvimos y ahora me sorprendo al recordar la existencia de aquella dotación en pleno casco viejo. Creo que se llamaba Simon´s. Mucho ha cambiado el ocio de los jóvenes desde entonces, no en vano muchos de aquellos juegos de las recreativas, simuladores y demás alcanzarían un alto grado de desarrollo en los juegos de ordenador y consolas posteriores, dejando sin razón de ser aquel tipo de entretenimiento y  algunos espacios de ocio como los cines y las boleras se irían implantando con el paso de los años ya no en el centro de la ciudad sino en la periferia de esta, pero de los cines y otros espacios de ocio hablaré en otra ocasión.

El Instituto Irubide (1977-1981)

Tras terminar la EGB en junio del año  1977 y la obtención del Graduado Escolar, tocaba elegir. Los chavales (trece años), o en muchos casos los padres, elegían por nosotros: Bachillerato o Formación Profesional. Comenzaba la primera división de los viejos amigos de la infancia que más o menos te habían acompañado a lo largo de la educación primaría, luego llamada EGB. Inicié el Bachillerato, entonces llamado BUP (Bachillerato Unificado Polivalente) en septiembre de 1977 en el Irubide, Instituto Nacional de Bachillerato Padre Moret, situado en el comienzo del barrio de la Chantrea, muy cerca del paraje donde el viejo Camino de la Magdalena se bifurcaba hacia el interior del barrio de la Chantrea por un lado y hacia Capuchinos, a través del Camino de los Alemanes, por otro. Nuevos compañeros y compañeras, nuevas amistades. Se abría una nueva etapa de la vida. El viaje al instituto, desde casa, lo hacíamos o compartíamos, generalmente, varios compañeros-as, desde Marcelo Celayeta, luego bajabamos por Cruz de Barcacio, atravesábamos el Puente de San Pedro y enfilábamos la larga calle del Vergel hasta la Magdalena. De aquellos cuatro años (1977-1981) que pasé en el Irubide he de decir que guardo un gratísimo recuerdo, especialmente de los dos últimos.
El instituto se había construido entre 1970 y 1971 e inició su andadura en 1972. De su construcción adjunto esta vieja fotografía que ha llegado a mis manos, junto a la parroquia de Santiago. De aquella época recuerdo, con agrado,  algunos profesores como Belen Osacar y Carmen Beperet que nos dieron Francés, Germán Gonzalez y Jose María Romera que nos dieron Lengua Española, Santiago Arellano que impartía Literatura, Carmen Olascoaga, Matematicas, Felipe Val, Latín, Merche Manero, María Antonia del Burgo y Mutiloa, Geografía e Historia, Juan Mari Guasch, Filosofia, Vicente Galbete, Dibujo, Ana Pueyo, Griego, y tantos otros que se pierden en la bruma de los recuerdos, recuerdos  de hace más de 30 años. Ahí es nada. Recuerdo las primeras excursiones en el primer curso: a Roncesvalles, Sanguesa, Zumaya, etc, las fiestas del instituto, sobre todo las de los últimos años con actividades culturales en el salón de actos: recuerdo un ciclo de cine clásico con películas como  «El acorazado Potemkin» o «Un perro andaluz.»o una conferencia de mi admirado J.J. Arazuri, a quien conocería muchos años más tarde, por motivos profesionales, recuerdo también actividades musicales o de teatro en dicho salón, algunos calderetes  en las inmediaciones de la  UDC Chantrea y en la campa detrás del instituto, conciertos de rock en los primeros 80, etc. Fueron años un tanto  convulsos pero apasionantes tanto en nuestras vidas como en la historia de nuestro país. Sin ir más lejos, la tarde del  golpe de estado del 23-F nos sorprendió en plena clase de Latín del profesor Val.
Entrabamos al instituto bien por la puerta trasera, después de atravesar la campa de Irubide (en aquellos años estaba muy lejos de ser el parque que es hoy) o bien por la delantera que daba a la zona de la Magdalena, entrando desde la calle Lumbier.El instituto contaba además de con un salón de actos, con un gimnasio, canchas de futbito y baloncesto, laboratorios, una pequeña cafetería, etc.  El frontón se empezó a construir a primeros de los 80 y se cubrió algo más tarde, como podemos comprobar en la foto. Recuerdo los largos pasillos, las diferentes aulas, los grandes ventanales. En aquellos años podía haber 8 aulas por cada curso. El instituto, de baja más dos alturas se había construido en 1972 (con la misma apariencia se construyó el  Ermitagaña, osea el Navarro Villoslada) y aunque estaba concebido para unos 850 alumnos, en los años en que estuve, llegó a contar con unos 1.200 alumnos, y excepto en COU,  en que estábamos unos 22 alumnos, en el resto de cursos estaríamos unos 30 alumnos por aula. A diferencia de los tiempos actuales la jornada en la mayoría de los cursos era de  jornada partida, por la mañana y por la tarde. Los tres primeros años componían el BUP, con el que obtenías el titulo de Bachiller, luego el último año era el COU (Curso de Orientación Universitaria) como anteriormente había sido el PREU. Tras el COU hacíamos las Pruebas de acceso a la Universidad, la entonces temida Selectividad que hicimos en los Institutos de la plaza de la Cruz. Anteriormente había lo que se llamaban las reválidas (cuarto y revalida y sexto y revalida). En el Plan anterior tras la enseñanza primaria venía el bachiller elemental (cuatro cursos) y el bachiller superior (dos cursos) además del PREU.Además del Instituto, donde pasamos la mayor parte del tiempo nuestro radio de acción en los recreos llegaba hasta algunos bares como el Abuelo y el Luis en la plaza de la Chantrea o el Irubide, un viejo bar en la confluencia de Magdalena y el Camino de los Alemanes. Recuerdo que en el lado izquierdo de la calle de la Magdalena subiendo hacia la calle San Cristobal había una especie de guardería u hogar infantil, y un poco más adelante el centro de formación profesional Virgen del Camino. En el lado derecho había un denso núcleo de viviendas, todas ellas del llamado Patronato Francisco Franco, y más adelante el colegio Mariana Sanz. Cerca de éste, allá por el año 1972 recuerdo que se abrió el primer supermercado Eroski en Navarra alrededor de la llamada plaza de las Pirámides.

Aquellos cálidos veranos… (1968-1973)

Julio de 1968. Atardece sobre el barrio y los campos cercanos. Junto a un parachoques de ferrocarril, cerca de la vía y enfrente de la antigua fábrica de Perfil en Frio escucho junto a una nutrida asistencia el extraño recital musical de «los mayores del barrio» que con latas, botes y palos emulan a las estrellas del verano que escuchamos en las radios y transistores: «Al terminar aquella noche..» o «Tengo tu amor», los últimos éxitos de Formula V. En la noche de mi calle, la Travesía, la amarillenta luz de las bombillas ilumina debilmente los juegos de los muchachos del barrio: «tres navios en la mar» se oye a lo lejos. El día, como casi siempre había sido caluroso, sofocante incluso, como todos los días de aquellos veranos, hoy perdidos entre el polvo de los recuerdos más lejanos de la infancia. De vez en cuando, sin embargo, la tarde se ponía terriblemente oscurecida por negros o casi amoratados nubarrones. Ráfagas de viento levantaban grandes remolinos de polvo en la carretera que pasaba, y todavía pasa ante mi ventana. Un olor inconfundible a ozono presagiaba la proximidad de la tormenta.  Gruesas gotas caían sobre la reseca tierra del viejo campo de futbol de las escuelas o sobre el amarillo palido del viejo campo del Gure (por el Gure Txokoa).

…Y pasaron más veranos. Y la calle siempre igual, alumbrada, eso sí, ahora por grandes farolas de blanquecina luz en torno a la cual pululaban ingentes nubes de mosquitos …Y los juegos continuaban: «pote, pote»…Y el verano transcurría entre la calor achicharrante del día, las tormentas, la noche y las fiestas del barrio, allá por San Lorenzo,en la primera quincena de agosto. ¡qué nostálgicos recuerdos!. ¡Cuántos lugares llenos de recuerdos!: las viejas escuelas con sus grandes puertas rojas y sus rampas brillantes; el pequeño  patio de gravilla; las fuentes, junto a la sacristía de la iglesia y en el patio de las chicas, muy cerca del salón de actos, junto al local de lo scouts;  la vieja tapia del campo de futbol horadada una y mil veces por los chicos del barrio; los simulacros de fiestas: encierros, (empujando ruedas recauchutadas) tombolas, siempre queriendo imitar al mundo de los mayores; los campos de trigo cercanos, los regachos, el patio de las chicas, el bar del «Centro» parroquial, los soportales de  la iglesia del Salvador. ¡Qué confuso mar de imagenes se agolpan desordenadamente en mi mente pugnando por salir!. ¡Cuantas otras quedarán olvidadas en lo más profundo de aquella!.
Hoy han desaparecido aquellos lugares, aquellos juegos, aquellas calurosas tardes de verano, aquellas placidas noches estrelladas, aquel pequeño mundo tan grande, entonces, para nosotros. Recuerdos…                                                                                                                  

Estampas de antaño: Los juegos del Viejo Pamplona (1966-1976)

¿Y a qué se jugaba en aquellos años?. Había juegos para niños y para niñas y otros que eran indistintos para unos y para otros. Para niñas estaba la comba o la goma (saltando y cantando alguna de aquellas tonadillas infantiles),  el corro (en mis años ya pasado de moda), las tabas (también pasado de moda)  o la china. En este último juego las chicas empujaban, saltando sobre un solo pie, un trozo de piedra plana entre unos cuadros numerados. También, con frecuencia hacían el pino. Sus cuerpos siempre han sido mucho más flexibles que los cuerpos masculinos.

Para niños estaban los bolos o canicas, con el guá, un agujero que se hacía en la tierra, como meta final para la canica. Básicamente había que alejar al adversario del guá y llegar tu primero al agujero. Quien perdía la partida solía perder también la canica. También para chicos había algunos juegos como «el salto del burro» o simplemente «el burro» que empezaba con «A la una saltaba la mula»  (quien le tocaba de mula no solía pasarlo nada bien, pues creo recordar que en el juego siempre se escapaba alguna coz de los «saltadores»),    «el churro»  en el que había dos equipos, los que saltaban y los que no. De estos, uno hacía de madre (de pie, apoyado en una pared) y los demás formaban fila agachados, como en la fotografía, colocando la cabeza entre las piernas del compañero de delante. El otro grupo iba saltando al grito de «churro va», si la fila no se hundía, el último que saltaba preguntaba ¿Churro, mediamanga, mangaentera? y señalaba una parte de su brazo (hombro, antebrazo o muñeca). Los de abajo debían acertar si no querían repetir. La madre era testigo. Una variante del «churro» era el «chorro, morro, pico, tallo que». También estaba el juego de las chapas, chapas de gaseosas y/o botellines de cerveza, que se jugaban sobre las aceras, entre las piernas de los adultos y entre los coches aparcados. Los chicos también jugaban al balón, la verdad, un fútbol muy libre, pues cuando se quería jugar al fútbol de verdad se hacía o bien en el campo del Gure o en el campo de fútbol de las escuelas. También se jugaba   al hinque, sobre todo en días de lluvia.

Había juegos que eran indistintos para un sexo u otro, que eran todos los de pillar, entre estos estaba «el escondite» (o «esconderite»), «el tente», «tres navios en la mar», «el pote pote» y «la llevas»,  herederas alguno de algún otro juego anterior como «el marro».  Recuerdo que tenía su atractivo jugar esos juegos con el otro sexo. Había también otros juegos que se solían jugar juntos como «El pañuelo» o «la palabra», «el telegrama», «cara ví, cara va…» o «el disparate». Se comenzaba a tontear ya entonces con lo de los novios, ¿Quien va a ser tu novio o novia?,  Me gustaría que fuese… Había juegos más intelectuales para jugar entre dos como el «vivo o muerto» o el «cesta y puntos». Juegos crípticos de comunicación como el silabeo, combinando una silaba repetida, por ejemplo «epe respe tonpo tonpo» o juegos como el de «piedra, papel y tijera».

En el barrio se jugaba también con los neumáticos de una cercana fábrica de recauchutados. También había bastantes ruedas en las inmediaciones de la antigua estación del Empalme. Y se improvisaban encierros por el polvoriento entonces camino de Carriquiri, en los que los cuernos eran sustituidos por ruedas movidas por palos, aunque también había otras variantes en las que los cuernos era palos de arbustos o arboles. La televisión comenzaba a ser una fuente inagotable de argumentos: se seguía jugando al antiguo juego de las espadas, emulando ahora a los héroes de las películas en la pequeña pantalla y también  a indios y vaqueros o policías y ladrones.  No sé si meterlo dentro del capítulo de juegos porque creo que era una salvajada, pero era muy comunes las luchas  a pedradas y ramazos entre calles y barrios. La conciencia de pertenencia a una calle o barrio, -la calle era el barrio-,  era muy fuerte.

Otras actividades infantiles de aquellos años eran la construcción de cabañas. Recuerdo las que se construían en el parachoques, cerca de Perfil o en el lecho de los regachos secos. En aquellos años infantiles solían nacer las primeras amistades, se empezaban a crear los grupos o pandillas y se fortalecía el compañerismo y el trabajo en equipo. Eran tiempos en los que las bicis, de marca BH o GAC llevaban redecilla en la rueda de atrás y se alquilaban por horas en el parque de la Taconera. En aquellos años, la vida se hacía en la calle y los juegos en la calle ocuparon un lugar importante en nuestras vidas.

Las antiguas escuelas del Ave Maria (1916-1977)

Las antiguas escuelas del Ave-Maria son una parte importante de la memoria personal de varias generaciones de pamploneses del barrio de la Rochapea. Se empezaron a construir el 21 de marzo de 1915, terminándose, junto a la cercana iglesia del Salvador el 2 de abril de 1916. Su fundador fue D. Marcelo Celayeta, párroco de San Lorenzo, que se inspiró en las escuelas del mismo nombre que impulsó en Granada el pedagogo Andres Manjón. Fue dirigida por D. Marcelo Celayeta hasta su muerte el primero de mayo de 1931. Fueron sus primeros maestros, formados en el metodo manjoniano, Don Gervasio Villanueva y Doña Maria Marillarena. Los niños aprendían jugando con piedras, cintas de colores, piezas metálicas, etc. También se cuidaba la formación musical llegando a formarse una banda de 28 músicos.

La escuela de planta baja y con grandes ventanales que se ve en la fotografía anexa a la iglesia del Salvador (popularmente conocida como la iglesia del Ave-Maria) y que inicialmente apenas contaba con unas 2-3  aulas se fue ampliando en sucesivas fases,  hasta contar con 3 más siguiendo la línea de las escuela de la foto superior y otras 4 aulas más, (las que se ven en la fotografía inferior)  y que popularmente conoceríamos (no se porque) como las escuelas de las chicas, pues en los años en que yo conocí la escuela las clases eran ya mixtas, eso, si, los chicos separadas de las chicas. En la foto superior se puede observar a la izquierda de la foto, la entrada a la sacristía de la iglesia del Salvador, enfrente una de las entradas a la escuela. Al fondo de esta entrada se vislumbra (por el tejadizo superior) otra construcción que era lo que conocíamos como el salón de actos. La escuela contaba con un campo de fútbol de tierra, bastante amplio, separado por una tapia de las calle Carriquiri (es un decir lo de calle porque como hemos visto hasta bien entrados los años 80 era un camino de tierra) y de la Travesía del Ave María. En este campo que era utilizado no solo por los alumnos de la escuela sino por muchos jóvenes del barrio para jugar al fútbol se instalaba en las fiestas de la Rochapea que tenían lugar a mediados de agosto, coincidiendo con la festividad de San Lorenzo, una animada verbena y otras atracciones que concitaban el interés de muchos vecinos no solo del barrio sino de otros barrios de la ciudad.De aquellos años, (1968-1973), recuerdo a maestros y maestras  como la Ramonita, Doña Conchita Zaldo, Don Emilio Loitegui, Doña  Isabel Ancil y Don Germán Tabar. También al portero, al señor Francisco. Era director de las escuelas en aquellos años Don Daniel Pascual. En aquellos años ya se habían abandonado casi por completo los métodos manjonianos pero era perfectamente visibles las huellas, los restos de aquellos métodos que sacaban la escuela del aula para dar la formación al aire libre: el mapa de España a gran escala en el suelo, la genealogía de los reyes hispánicos en la pared de la sacristía de la iglesia, las pizarras negras  a lo largo de las fachadas de la escuela. Y de vez en cuando nos sacaban al patio con las mesas para darnos alguna lección de matemáticas o de ciencias de la naturaleza.

Recuerdo de aquellos años en las escuelas, la botellita de leche que nos daban en los primeros cursos, después de comer, antes del tiempo de la siesta, algunos expeditivos métodos de la «vieja escuela», la bata grisácea o negra del maestro, las clases grandes, muy grandes, como para 40 alumnos, los grandes ventanales, el negro encerado que cubría todas las paredes, el crucifijo entre los retratos de Franco y José Antonio, las mesas de pizarra verdinegras, con un agujero para los tinteros de otras épocas, una antigua estufa de carbón y leña, situada en una de las esquinas de la clase que sin embargo lograba atenuar el frío de ciertas mañanas y tardes invernales, el recreo de las 11.00, las clases de gimnasia en el campo de futbol, el serrín en el suelo cuando nevaba o llovía (aún me acuerdo del olor del serrín mojado), las vacunaciones en el Instituto de Higiene de la calle Leyre o las revisiones médicas anuales que nos hacían en las escuelas de San Francisco. Alguna vez me traía mi madre el almuerzo al recreo a la entrada de las escuelas, junto a las puertas rojas. Las clases eran de 9 a 12 y de 3 a 5. Luego en casa, la tarea, la merienda y a la calle a jugar. Tras sus grandes ventanales vimos pasar las estaciones y los primeros años de nuestras vidas.

 Las viejas escuelas del Ave María comenzarían a derribarse en el verano de 1977, siendo sustituidas por un moderno edificio sin personalidad pero acorde a las necesidades de la época y que aun pervive. Posteriormente se fue  ampliando la escuela con barracones, anexos y nuevos edificios, compartiendo años después patio e infraestructuras con una escuela en euskera, el Patxi Larrainzar. Hace poco más de 2 años, después de 94 años de servicio al barrio y a la ciudad desaparecían definitivamente las Escuelas del Ave María, tras el traslado de su alumnado a otro edificio en el mismo barrio, en el nº 32 del Paseo de los Enamorados.
Fotos: Nº 1. J. Cia (1950). AMP. Nº 2. AMP (Archivo Municipal de Pamplona)