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Plazas y calles de ayer y de hoy: la Avenida Marcelo Celayeta (1895-2005)

Repasamos en esta ocasión la evolución histórica de esta famosa avenida, principal eje del barrio de la Rochapea durante buena parte del siglo XX, a través de sus fotografías más representativas, al tiempo que vemos la evolución del barrio. En una de las fotos más antiguas que tenemos sobre el lugar, una foto de Julio Altadill de 1895, y que aparece junto al siguiente párrafo,  podemos ver lo que debió ser la avenida a finales de siglo XIX, tan solo un camino, el llamado Camino y luego Carretera a Villava, flanqueado por una larga hilera de arboles, al igual que vemos casi en paralelo el camino de los Enamorados. Por cierto acabo de ver hace unos días una de las fotos más antiguas que se conservan, del año 1860, tomada desde los corrales de Santo Domingo y en el que se puede ver parte de la vieja Rochapea. Tal y como nos recuerdan algunos historiadores locales la instalación de la estación del Norte en Pamplona, allá por el año 1860, provocó que junto a la tradicional actividad fábril de la histórica calle Errotazar surgiera un nucleo de actividad en torno a la Estación, sobre todo, al norte con la Tejería Mecánica y al sur con la azucarera de Carlos Eugui y otras industrias, de forma que esa Rochapea naciente de primeros del siglo XX empezó a crecer en torno al nucleo de Cuatro Vientos y de la Estación en convivencia con la vieja Rochapea más cercana al Arga. Ambas zonas, la de Errotazar y la de Cuatro vientos estaban comunicadas por otro eje fabril y poblacional importante como era la calle Joaquín Beunza. 
Las ortofotos de 1929 que he consultado y unas pocas fotografías de 1916 y  los años 20 nos permiten reconstruir como era la avenida de Marcelo Celayeta entonces. En los años 20, además de la iglesia del Salvador y de las cercanas escuelas del Ave María podíamos contemplar un nucleo de casas en el cruce de Cuatro Vientos, junto a él, la vieja calle de las Provincias, la calleja de casas junto a las escuelas del Ave María, enfrente, al otro lado de la avenida, algunas viejas construcciones de una sola planta, y algunos caserones sueltos tanto a un lado como a otro de la avenida ( casa de la Marichu, las Bodegas de Pacharan Baines, etc), luego las casas de la carbonilla, la vaquería de Larrayoz. En tiempos, la carretera estaba flanqueada por grandes arboles que irían desapareciendo a medida que el camino se convertía en avenida y se fue urbanizando con nuevas construcciones. Las fotos que encabezan la entrada muestran la iglesia del Salvador recien contruida (la foto de la izquierda, es de Aquilino Garcia Dean, data de 1916 y se conserva en el Archivo Municipal de Pamplona), con una calle, la carretera  a Villava, semiescondida entre arboles y postes de luz. Esa casa de piedra, que se observa un poco más adelante de la iglesia, se derribó a finales del siglo XX, tal vez un poco antes de la ola de derribos de 1996. La siguiente foto, de los años 20, que reproduje en la página de Facebook está tomada desde la torre de la iglesia y permite atisbar una inusual perspectiva de la carretera a Villava, el Paseo de los Enamorados y la calle Joaquín Beunza.

Entre las primeras construcciones, poco tiempo después  de la guerra, debieron estar algunos bloques de  las casas de Oscoz (hay un bloque interno bastante antiguo, que data de 1915 y  está hoy fuera de ordenación); en 1951 se inauguró junto a ellas el cine Amaya; un año antes, en 1950 se abría un poco más hacia atrás, hacia Cuatro Vientos, la clínica del Padre Menni; en 1959 se terminaban de construir los nuevos nuevos bloques del Ave Maria alineados con el viejo ramal del Irati que salía de la Estación del Empalme hacia la avenida Guipuzcoa y la Estación del Norte; en esos años también se construyeron las casas de la primera y segunda fase de la Cooperativa de Viviendas El Salvador (hubo una tercera fase más tardía de construcción de viviendas, en aquella zona, ya en los años 70, creo que no eran de la Cooperativa, cerca de las piscinas de la UDC Rochapea). La Avenida recibe el actual nombre de Marcelo Celayeta, por acuerdo de pleno,  desde el año 1951. Las fotos que acompañan este párrafo son del cruce de Bernardino Tirapu y Celayeta (el famoso cruce del Porrón) mirando hacia Pamplona, con las casas de la 1ª fase del Salvador a la derecha y el Colegio de la Compasión al fondo, a la izquierda de la foto. La segunda del mismo lugar (y de Manolo Hernández, está tomada desde Bernardino Tirapu pero en dirección opuesta hacia las casas de la Carbonilla y el viejo camino del Plazaola, en un frio día de invierno).

En la zona del Porrón estaban, desde los años 30, las escuelas y el barrio de la Carbonilla, y un poco más adelante la vaquería de Larrayoz. Luego algunas casas unifamiliares dispersas, algún viejo bloque de viviendas y naves con talleres, aproximadamente desde los años 50. Sería a finales de esta década y principios de los años 60 cuando el barrio empezó a dejar de ser un nucleo eminentemente rural, con una población y edificación dispersa a convertirse en el abigarrado barrio obrero-industrial que conocimos los que nacimos en el lugar. Matesa se construyó a finales de los 50, el nuevo colegio del Cardenal Ilundain lo hizo en 1964, fruto del desarrollo del barrio aquellos años, La mayor parte de los edificios de la Avenida Marcelo Celayeta se construyeron, insisto, a finales de los 50 y primeros años 60. A finales de los 60 y primeros 70 se derribarían algunas de aquellas viejas construcciones más cercanas al tramo de Cuatro Vientos (que vemos en la fotografía adjunta de Arazuri, de 1967, cómparese con la foto moderna adjunta en donde solo se mantiene, como única referencia, la nave de la iglesia de la clínica de las Hermanas Hospitalarias) y algunas, en otras, en diferentes tramos de la avenida (sobre todo en los años 70 y  cerca del Cardenal Ilundain y de las casas del Bar Karpy) y en 1996 se produce la gran transformación de la avenida, desapareciendo buena parte de las construcciones más antiguas de aquellos primeros núcleos de la avenida de primeros de siglo, víctimas del progreso y la renovación urbanística y que vemos en las siguientes fotos (alguna foto de antes de los derribos, de los años 80 y primeros 90 (Casa Parroquial, cruce de Cuatro Vientos (foto de Manolo Hernández)) y otras de después, ya en pleno proceso de derribo y que ya han sido publicadas en diferentes entradas de este blog).

La Pamplona actual: el nuevo camino del Plazaola (2014)

Aun teniéndolo muy cerca de casa, hacía mucho tiempo, muchos años, que no había vuelto a pasear por el viejo camino del Plazaola. Entre el cuidado de mis ancianos  padres y el trabajo, la verdad, no había tenido demasiado tiempo para recorrer, de nuevo, esta vieja senda tan familiar y llena de recuerdos y de la que hablé en la entrada «Siguiendo la vía del tren y el viejo camino del Plazaola (1966-1996)«. Asi es que, aprovechando un día de estas pasadas vacaciones, cogí la cámara de fotos y me dispuse a plasmar la nueva cara del viejo camino del Pazaola que en esta entrada título «el nuevo camino del Plazaola.
Pasada la actual plaza y/o rotonda  del Virrey Armendariz (que vemos en la foto de la derecha) se iniciaba entonces el camino en otro tiempo lleno de piedras, recuerdo del viejo lecho de la vía del histórico ferrocarril del Plazaola. En la  parte derecha de la citada plaza, (ver foto izquierda de este párrafo), aun queda un viejo edificio que yo recuerdo estaba ahí desde mi niñez y que ha sido casi siempre habitado por familias de etnia gitana. Pero volvamos al camino.  Lo primero que recuerdo de este camino es que antiguamente uno de los dos cerros o mogotes estaba cortado por el lecho de la antigua vía y  hoy ese flanco izquierdo ya no existe. En su lugar tenemos los dos grandes cerros a ambos lados del actual trazado ferroviario, comunicados por un puente peatonal. Desde esta atalaya la panorámica es completa, tal y como vemos en las dos fotos que acompañan al primer párrafo de esta entrada. Mirando hacia atrás, dejamos la vieja y nueva Rochapea (la del Salvador, los pisos de Oscoz, el Ave María, etc asi como la nueva Rochapea, la de las construcciones iniciadas de  1986 en adelante). Mirando hacia adelante y hasta el limite del horizonte podemos ver el tramo de la antigua vía, hoy un  camino cementado, con unos bonitos faroles en sus bordes. Al lado izquierdo, allí donde estaba la fábrica de Perfil en Frío se encuentra, desde la avenida de Guipuzcoa hasta el limite con la actual vía ferroviaria,  las nuevas construcciones de Buztintxuri I lindantes con el viejo enclave de Santa Engracia. Hay una zona cercana a la vía en la que no se ha construido nada, se dice que porque, probablemente,  los terrenos puedan tener algún tipo de contaminación industrial.
Un poco más adelante, en el cerro de la izquierda, mirando hacia San Cristobal nos encontramos actualmente con el Parque de los Aromas. En otro tiempo estos cerros eran terrenos agrícolas al igual que los suelos colindantes. Pasados estos cerros y en dirección a Berriozar, nos encontramos hoy en día, en ese lado, el enclave conocido como Nuevo Artica, un nuevo núcleo de población situado en aquellas  explanadas vacías al final de las cuales, muy cerca de la Avenida Guipúzcoa, se encontraban hace años fábricas como la de La Casera, Bendibérica, el antiguo edificio de las Hermanitas de los Pobres, etc.

En el lado derecho del camino  cementado descubrimos la nueva Ciudad Deportiva Artica en la zona que antes conociéramos como Soto o Prado de Artica. A medio camino del camino, valga la redundancia,  nos encontramos con otro puente peatonal que comunica Nuevo Artica y la Ciudad Deportiva. Justo en el límite con la Variante Norte hallamos un pequeño hito o monumento en homenaje a la antigua vía del Plazaola, se trata de un pequeño tramo de vía con la imagen de un túnel sobre una placa de cemento al fondo, tal y como vemos en la foto adjunta. Tras la Variante Norte, que atravesamos por debajo,  nos encaminamos al antiguo cruce de caminos donde continua el viejo camino del Plazaola, esta vez sin urbanizar,  como lo conocimos durante décadas  hasta el límite con Berriozar, tal y como lo vemos en la segunda fotografía de este párrafo. Completan el reportaje fotográfico de esta entrada cuatro fotografías más: en primer lugar una foto del cerro que se encuentra frente al Parque de los Aromas, en segundo lugar una panorámica del puente que comunica Nuevo Artica y la Ciudad Deportiva y en tercer lugar  un detalle de la citada Ciudad Deportiva, tomada de regreso al barrio, de regreso a casa.

La Pamplona actual: La antigua Travesia del Ave Maria, hoy en día (2013)


Dentro de una semana, hará un año que paseaba por última vez, por esta zona, con mi padre, (hace cinco meses que murió), una zona, un escenario que ha sido y es todavía el escenario de mi propia vida. Al poco de iniciar el blog, este cuaderno de apuntes y recuerdos personales que es este blog, incluí entre las primeras entradas  una que se refería a la Travesía del Ave María, eso sí, la Travesía de 1996, en la que aun existía (faltaban, apenas unas semanas para que desapareciera) aquella vieja callejuela estrecha, con viejos edificios del primer tercio del siglo XX. La entrada se llamaba «La Travesía Ave María hasta los derribos de fines de los 90». Aun quedaban en pie también los números 14 y 15, y el espacio que llamábamos la huerta del Platero, uno de los dos chalets, -el de estanco hacía no demasiado tiempo que se había derribado-. De aquellos derribos quedaron, después de 1996,  tan solo en pie los números 7,8,9,10 y 13 (que luego pasaría a ser 11, al prolongarse la Travesia hasta Bernardino Tirapu), la mayoría construidos a finales de los años 50, probablemente entre 1958 y 1959. 

En tres de los cinco portales (el 7, el 9 y el 10) hace muchos años que se instalaron ascensores y otras mejoras y se han ido sucediendo las obras de rehabilitación de sus fachadas. Ha pasado el tiempo, ya más de medio siglo, y la gente más mayor, esa gente que vivió y crió a sus hijos en este lugar, como fue el caso de mis padres, van poco a poco falleciendo, desapareciendo de este mundo. Es, tristemente,  la ley de la vida. En unos tiempos de intensa movilidad laboral y residencial a mí me resulta entrañable ver y conocer  a esos viejitos que en algunas zonas de la ciudad, especialmente en el Casco Antiguo, la Rochapea o los Ensanches han nacido, vivido y muerto en el mismo lugar, en su calle, en su casa, formando  casi parte del paisaje, que conocían a todo el mundo, convirtiéndose en privilegiados testigos de los cambios urbanísticos y sociales de su ciudad y de su historia. Ellos han hecho la intrahistoria de esta ciudad, esa historia hecha de pequeñas, anónimas pero valiosas historias personales, con tantos vivencias, recuerdos y anécdotas que habría como para escribir un libro, pero la mayoría de las cuales se perderán, si nadie las recoge, en la nada de la inexistencia.

En el reportaje fotográfico adjunto sobre la Travesía e inmediaciones, vemos por orden de aparición, en primer lugar y abriendo la entrada, a la izquierda, una toma de la antigua Travesía, desde la nueva prolongación de la nueva Joaquín Beunza, prolongación inexistente antes de 1996, asi como otras instantáneas de la Travesía tomadas desde la zona de las antiguas escuelas del Ave María (hoy Patxi Larrainzar), desde la zona más cercana a la avenida, junto a la cafetería Artea,  y del nº 8 de la calle, un edificio mucho más antiguo que el resto de la calle y que se salvó de la piqueta en los años 90, para finalizar con imagenes del entorno más próximo a la calle y que forman parte de este microuniverso de mi vida: la torre de la iglesia del Salvador tomada desde el parque Patxi Larrainzar, en la zona más cercana a la avenida, el pórtico de entrada a la iglesia, una foto de la prolongación de Joaquín Beunza hasta la calle Juan de Ursua, con los frontones del Polideportivo de Karriquiri a la derecha de la imagen, una foto del actual cruce de Cuatrovientos y una imagen tomada desde el boulevard cercano a la Travesía creado tras los cambios urbanísticos de los años 90.

Estampas de antaño: Recuerdos infantiles en el viejo Pamplona (1968-1974)

Me siguen asaltando los recuerdos casi olvidados de aquella infancia, que tal vez por contraste tan diferente me parece a la de los niños de hoy en día. En aquellos años de la infancia hacíamos la vida en la calle, sobre todo en el verano y las vacaciones. Disponíamos de muy poco dinero para nuestros caprichos, un duro, a lo sumo diez pesetas, poco dinero, incluso entonces, pero ¡cuanto cundían!. A veces, cuando venían los familiares, los tíos y sobre todo la abuela, caían cinco duros como cinco soles. ¿En que gastábamos aquella fortuna?: Algún polo, (duro como un demonio), o un polo-flash, (el polo de los pobres) en verano, (más adelante nos daría para una tarrina o un norte de vainilla o bombón y saldrían los polos de bombón y los superalmendrados),  una mantecada o una tortita de txantxigorri en «La Patxi» y de vez en cuando, y con el ahorro de alguna paga, algún libro de RTV Salvat o de Bruguera Libro Amigo, (costaban 25 pesetas los de Salvat y 40, 50 o 60 pesetas los de Bruguera). Eran tiempos de caramelos Sugus (que se te quedaban pegados al paladar), conguitos, chicles Cheiw y  barras de regaliz rojo o negro, tiempos en los que había en las salas de juego unas dispendadoras de bolas de chicle de colores, tiempos en los que  se vendían unas calcomanías que, convenientemente colocadas, quedaban impresas en la piel aunque  por poco tiempo, tiempos de sobres sorpresa con pequeñas golosinas o soldados de plástico u otros juguetitos en su interior que ayudaban a colmar nuestras imaginarias aventuras infantiles.
Siguiendo la estela de las dos entradas anteriores tituladas «Los juegos del Viejo Pamplona (1966-1976)» y «Juegos y otras diversiones infantiles en el Viejo Pamplona», sigo recordando los juegos y juguetes de aquellos años, algunos de ellos vinculados a las barracas en los sanfermines, recuerdo especialmente una cámara de fotos de plástico que al apretar el botón salía, como un resorte, una especie de monigote o payaso cilíndrico, un pajarito de plástico que se llenaba de agua y al soplar parecía que trinaba o unas ensordecedoras trompetillas (doradas con boquilla blanca), con las que dábamos la murga unos cuantos días (¡pobres padres!), hasta que nos cansábamos o acababa rota. Recuerdo que subía a las barracas con mi padre y nos ibamos cuando se acababa el dinero después de haber montado en los caballitos, comprar alguna golosina y haber comprado alguno de aquellos juguetes de feria. También, en aquella época, estaban de moda las armónicas, las ranas que al apretarlas hacían un sonoro «croac» y las lupas de bolsillo. Recuerdo una armónica chiquita, como la de la fotografía,  que iba incorporada a un llavero y que perdí en el campo del fútbol del Ave María. Y en cuanto a las lupas tenían los usos más variados, aparte de agrandar los textos o las cosas, también tenía algunos especialmente malvados, como  cuando el sol caía de plano sobre el cristal de la lupa y la piel de la mano del amigo o el pellejo de una lagartija se encontraba al otro lado de la lupa. Eran tiempos de caretas de cartón, de aros o hula hop, (este era un juego de chicas que movían sinuosamente los aros por sus cuerpos aguantando el máximo tiempo posible para que no se cayesen al suelo) y de peonzas, yo-yos, chapas, bolas locas y balones de Nivea. En verano se utilizaban las pistolas de agua y también recuerdo que había pistolas de pistones, que hacían un ruido ensordecedor, como si fuese un tiro. En aquellos años aprendimos a andar en bici, tras algunos intentos frustrados y unos primeros pasos tambaleantes. Las bicis eran de BH o de GAC, las de chicas con redecilla de colores en la rueda trasera. Los chavales más atrevidos o gamberros compraban, en ocasiones,  petardos y/o bombas fétidas para hacer alguna de las suyas. ¡Qué olor a huevos podridos!. En el campo de los objetos de broma había también unos líquidos malolientes que se echaban sobre una silla y que daban primero calor y luego frío y arañas o tarántulas de pega pero que daban el pego, valga el juego de palabras. La trastada en la escuela, con alguna de estas bromas, o con la clásica cerbatana del boli bic se pagaba, como mínimo,  con un buen coscorrón, la expulsión de clase e incluso el aviso a la familia. En el día de los santos inocentes se colocaba, en la espalda del incauto, el típico monigote recortado de papel.

En aquellos años por no haber no había ni parques infantiles, el primero que recuerdo, el parque del Ave María se instaló bien avanzado los años 70. Como he comentado al principio se jugaba en la calle, llena de polvo, tierra o gravilla y a menudo llegaba uno a casa con el codo o las rodillas lastimadas. «Pareces la piedra del topo», decía mi madre, debía ser una manera cariñosa de llamarme «cenizo» bien porque el topo se encontraba con la piedra y ya es difícil que, acostumbrado a hacer túneles bajo tierra, se encuentre este animal con un pedrusco o bien como el topo era una manera suave de llamarme cegato por mi indisimulada torpeza. El procedimiento de atención médica familiar era invariablemente el mismo: desinfección con abundante agua oxigenada, ¡cuanto escocía aquel condenado liquido burbujeando sobre la herida! y luego una buena untada de mercromina y a soplar para que se secase rápido y no se escurriese por la pantorilla. Eran tiempos de teléfonos de ruleta en las casas, en mi casa entró tardíamente, a finales de los 70, hasta entonces vivíamos tan felizmente sin él (quien lo diría ahora con teléfonos móviles por doquier), ¿para que estaban, si no, los timbres de las casas, bien de los amigos o de las vecinas?, El contacto era asi pues, entonces, absolutamente «personal e intransferible» y cuando hacía falta una llamada fuera, pedíamos el favor a la vecina o acudíamos a la cabina de teléfonos más cercana que solía ser la que estaba, y aun está (bueno el teléfono si, la cabina, no),  bajo los soportales de una de las Fases del Salvador, junto a la cafetería Haizea, muy cerca del Porrón.

Pero si había un evento, una fecha que se esperase como pocas y se fijase en la memoria de aquellos lejanos años infantiles era la celebración  de la Primera Comunión. Los niños iban de almirante o marinero, las niñas como pequeñas novias, con sus trajes blancos inmaculados. Era típica la foto en las casas del niño con el traje de la primera comunión y el convite en un restaurante de postín. Yo, por lo que se ve, rompí la tradición pues, a diferencia de mi hermano, ni fui de marinero, ni conservo foto de aquel evento ni celebramos el día en ningún restaurante. Eso si, mi madre organizó, ayudado por mi tía, un gran convite en casa, en el entonces casi intocable cuarto de estar (en aquel entonces estaba solo para las visitas) al que asistieron un montón de familiares, incluso en algún momento del día se pasaron los vecinos más allegados. Fue el 8 de mayo de 1971, domingo. Aquel día, amaneció  nublado, lluvioso,  hicimos la primera comunión en la iglesia del Salvador una veintena de chiquillos. Y a mi, recuerdo que me toco leer la epístola. Quien iba a decirme, con lo tímido que era entonces, que aquel día haría gala de unos templados nervios de acero dejando, como quien dice, el pabellón de la familia bien alto. Era costumbre en aquella época que los padres regalasen al niño algo especial. Me acuerdo que fue entonces cuando me regalaron mi primer reloj de pulsera, además de un sello con mis iniciales que debe andar por ahí, por algún sitio de la casa.

Conflictividad social y politica en la Rochapea de los años 70 (1970-1980)

La Rochapea, barrio emblemático de la ciudad de Pamplona, el primer enclave extramuros, el barrio, después del centro histórico, con más antigüedad e historia, fue protagonista importante de los avatares políticos y sociales de nuestra comunidad en  los últimos años del franquismo y los primeros años de la transición. Como señalo en alguna entrada, ya desde finales del siglo XIX y primeros años  del XX en el barrio comienzan a instalarse empresas y talleres, cuyo crecimiento se convertirá en exponencial desde mediados del pasado siglo. La instalación del la estación del ferrocarril será un elemento fundamental en el proceso de industrialización del barrio. Junto con la instalación de decenas de industrias se construirán miles de viviendas para los nuevos trabajadores, -procedentes del resto de Navarra y otras partes de España-, en una abigarrada y anárquica disposición sobre y en torno al meandro del Arga y teniendo a la avenida de Marcelo Celayeta como eje central del barrio. A los rochapeanos de toda la vida, vinculados a las huertas y los antiguos talleres artesanales,  se unía esta nueva y mayoritaria vecindad que daba una clara fisonomía obrera al barrio. No es extraño por lo tanto que algunas de las primeras huelgas y manifestaciones de reivindicación laboral o social y políticas de la ciudad de Pamplona tuvieran su escenario en las calles de este barrio. La iglesia del Salvador, el cruce de Cuatro Vientos o el Porrón son lugares indisolublemente vinculados a los conflictos sociales y políticos que se desarrollaron en Pamplona a  lo largo de la década de los 70. 

Los primeros conflictos laborales que recuerdo tuvieron algún tipo de muestra de solidaridad en el barrio, con manifestaciones e intervención de las entonces llamadas FOP (Fuerzas del Orden Público), fueron los de Industrias Esteban y Chalmeta. Corría el año 1970. Tenía apenas siete años. Era la vez que veía algo parecido: un numeroso grupo de obreros que desfilaba por Marcelo Celayeta, desde Cuatro Vientos al Porrón, de repente unos gritos  surgían de la multitud y al poco tiempo un grupo igualmente numeroso de policías, que marchaba por detrás, la Policía Armada, los «grises», tal y como se les llamaba entonces, comenzaban a perseguir y a golpear con sus porras a la muchedumbre. Eran tiempos en las que los «grises» iban en sus  land-rovers grises con los cristales protegidos con una especie de rejillas. De vez en cuando se veía algún autobús con más efectivos policiales y  más tarde veríamos las famosas camionetas o «lecheras» que se pueden observar en la foto que encabeza la entrada, al fondo, tras los policías recorriendo Marcelo Celayeta con el quitanieves retirando las barricadas de la avenida, a la altura de Matesa. Nuestra inicial y natural curiosidad infantil, por la manifestación que por primera vez habíamos visto en nuestra vida, se tornaba en un miedo atroz por la presencia y la actuación de la policía, que nos empujaba a meternos rápidamente en un portal, el primero que encontrásemos, y correr como alma que lleva el diablo hasta el 4º piso. Aun estábamos lejos de entender el alcance y verdadero significado de lo que veíamos, pero aprenderíamos pronto y rápido, vaya si aprenderíamos.


En el año siguiente, 1971,  fueron célebres los conflictos laborales de Imenasa y Eaton, con huelgas de un mes y dos meses respectivamente, tras ellos vendrían los conflictos de Potasas y El Pamplonica, con duraciones algo más cortas. 1972 se inició con el conflicto de A.P Ibérica que duró 26 días y más tarde le tocaría el turno a Torfinasa, del grupo Huarte. Tras 48 días de huelga, los trabajadores de esta empresa se encerraron en la iglesia del Salvador, encierro que finalizó tras el secuestro de Felipe Huarte y la aceptación de sus reivindicaciones laborales. Hubo huelgas importantes también en Motor Ibérica, Imenasa (por solidaridad), Authi y Super Ser. Eran muy frecuentes, en aquellos años, aparte de las huelgas por motivos laborales, las huelgas por solidaridad con otras empresas, hasta el punto de que en los últimos años del franquismo estas superaron en número a las primeras.  1973 será  el  año más importante desde el punto de vista de la conflictividad social del tardofranquismo  por conocer la primera huelga general, el primer caso de todo el Estado,  de huelga general desde la guerra civil. Se produjo entre el 14 y el 22 de junio de 1973  y tuvo su origen en el conflicto laboral de Motor Ibérica. La huelga de esta fábrica comenzó el 8 de mayo y se inició por la negativa de la empresa a anular los expedientes y sanciones iniciados contra los trabajadores que habían hecho huelga algunos días antes. Posteriormente la empresa intentó llevarse piezas y maquinaria de la fábrica a otras factorías, lo que dio lugar a una corriente de solidaridad entre las principales industrias de la ciudad, con paros parciales, cortes de tráfico,  manifestaciones, en las que se lanzaron balas de goma y gases lacrimógenos, concretamente el día 8 de junio en Landaben.

El día 12 de junio, ante la salida de 14 camiones con máquinas y piezas, los trabajadores temieron por el desmantelamiento de la fábrica y decidieron encerrarse en la Iglesia del Salvador. Nuevamente la iglesia de nuestro barrio se convertía en el epicentro de la movilización obrera. La policía rodeó la iglesia, cortó la luz y el agua e impidió que les llegase comida o bebida. En la noche del día 13, los trabajadores hicieron un llamamiento a la solidaridad del resto de trabajadores que fue respondido al día siguiente,  día 14, con paros inmediatos, primero en Super Ser y Eaton y de ahí al resto de fábricas. La huelga se extendió como un reguero de pólvora. Los trabajadores de Super Ser pararon a sus compañeros más cercanos, los de Papelera Navarra y de ahi todos juntos fueron al polígono de Landaben donde ya habían cerrado Eaton, Torfinasa y Esteban. Cuatro mil trabajadores se dirigieron entonces a la Authi que consiguieron se sumase a la huelga. Miles de trabajadores fueron luego a Bendibérica, en la Avenida de Guipúzcoa, que también paró, y de ahí acudieron a Perfil en Frío y a Frenos Iruña que también secundaron la huelga y se sumaron a los huelguistas. Aun recuerdo ver desde mi ventana, el paso de miles de trabajadores en una interminable hilera desfilando por la parte trasera de Perfil en Frío y atravesar las vías del tren en dirección a los polígonos industriales de Artica y Ansoain. Posteriormente y a lo largo del día se cortó la avenida Villava y otros puntos de la capital, fundamentalmente de su cinturón obrero (Cuatro Vientos, Marcelo Celayeta, Avenida de San Jorge, etc) con barricadas y fuertes choques con la policía que utilizó abundante material antidisturbios.

A lo largo del día se fueron sumando más empresas a los paros: Potasas, Inquinasa y un sinfín, las más importantes de la comunidad  hasta el punto de que ese día se sumaron a la huelga más de 20.000 trabajadores. La huelga se extendió a otros sectores: comercio, servicios y al resto de Navarra durante la jornada siguiente alcanzándose los 40.000 trabajadores en paro. Los trabajadores de Motor Ibérica abandonaron su encierro en la iglesia del Salvador el día 15 de junio entre encendidas  muestras de apoyo y solidaridad de los vecinos del barrio, imagen que también conservo en mi retina. La huelga se extendió hasta el día 22 con una tensión creciente y cierres masivos que afectaron ya a todos los sectores ciudadanos. Hasta el arzobispo Jose Mendez Asensio llamó a la concordia y  a la justicia social en una homilía  en la que reconoció la ineficacia de los cauces legales. Llegaron «banderas» de refuerzos de la policía armada desde otros emplazamientos (fundamentalmente de Logroño y Zaragoza), controlando totalmente la ciudad, los polígonos, las fábricas, obligando a abrir los comercios. El día 16 los trabajadores de Navarra hicieron una llamamiento de solidaridad a los trabajadores del resto del Estado. Navarra se convertía, así,  en un problema de primer orden para el régimen franquista. Los empresarios, a través del Consejo de Empresarios, hicieron una propuesta conciliadora para la vuelta al trabajo. Tras varias rondas de negociaciones se llegó a un acuerdo finalizando la huelga el día 23.


La conflictividad se extendió, los meses siguientes a otros sectores: agricultores (pimiento), leche (Copeleche), pan (en 1974),  etc. Al margen de la huelga general citada los conflictos más importantes se produjeron este año, 1973,  en Torfinasa, Micromecanic, Potasas; Papelera Navarra, Onena. A finales de diciembre hubo una jornada de lucha y un paro los días 12 y 20 de diciembre con desigual respuesta. En 1974 se produjeron conflictos laborales en decenas de empresas entre las que destaca por su extensión Authi (un mes) o  Villanueva (que duró más de 3 meses). Más de 1.500 trabajadores de una docena de empresas importantes habían sido suspendidos de empleo y sueldo a finales de 1974, mientras en Potasas  tras dos meses de huelga, el día 7 de enero decidieron encerrarse en la mina, donde permanecieron hasta el día 21. Al finalizar 1974, se celebró otra jornada de lucha el 11 de diciembre, con 18.000 trabajadores en paro y una huelga general el 15 de enero de 1975, esta  en solidaridad con Potasas en la que participaron cerca de 20.000 trabajadores de las principales empresas de Pamplona. La conflictividad social ya creciente en 1974 fue en aumento durante el año 1975.  En los años 1973-74, Navarra ocupaba uno de los primeros puestos de España en conflictividad laboral, junto con Madrid, Barcelona, Vizcaya y Guipúzcoa.


Con el paso del tiempo, las huelgas adquirieron, al margen de su carácter laboral, cada vez más un carácter político de lucha contra el régimen franquista o como forma de protesta ante muertes producidas por la policía  en los primeros años de la Transición. Así se realizaron jornadas de lucha con motivo de los últimos fusilamientos del franquismo (en septiembre de 1975) o con motivo de  muertes producidas en los convulsos años de la transición, como los cinco  obreros muertos por disparos de la policía al salir de la iglesia de San Francisco de Asis, en el barrio vitoriano obrero de Zaramaga (el 3 marzo de 1976), o el joven pamplonés, José Luis Cano,  muerto por disparos de la policía en la semana pro-amnistía, en la calle Calderería (en mayo de 1977, a los que se refieren dos de las fotografías de la entrada), o la  ecologista, Gladys del Estal muerta en Tudela, igualmente por disparos de la Guardia Civil (en junio de 1979, cuyos incidentes quedan reflejados en la 1ª foto de la entrada), etc.

Recuerdo con nitidez, como en mayo de 1977 estaba yo en 8º de EGB en el Cardenal Ilundain y nos mandaron  a casa. Era imposible volver por la avenida de Marcelo Celayeta pues estaba llena de barricadas y eran frecuentes los choques entre manifestantes y policías y tuvimos que volver, corriendo por los campos cercanos al monte San Cristobal y los polígonos de Ansoain y Artica, entre disparos de fuego real de la Guardia Civil, mientras nuestras madres corrían nerviosas y presurosas al viejo camino del Plazaola para salvaguardar a sus retoños. Aquel fue uno de los conflictos más tensos y violentos que recuerdo. Tal fue el grado de enfrentamiento  que aquellos días se realizó en el barrio   un amplio  operativo policial denominado Operación Arga,  con centenares de efectivos policiales, uniformados y de paisano, procedentes de  destacamentos de otras provincias para sofocar los disturbios. Imagenes similares se volvieron a vivir en junio de 1979, con la muerte de una joven ecologista en Tudela,  en 1979, de forma que  la avenida de Marcelo Celayeta y otras muchas calles del barrio aparecieron nuevamente sembradas de barricadas, en esta ocasión,  la huelga me pilló terminando 2º de BUP en Irubide. Sirvan las fotos de aquellos años de Marcelo Celayeta, datada el 6 de junio de 1979 y la zona del Porrón, tomadas desde diferentes angulos en mayo de 1977 o de Cuatro Vientos (esta última, de Manolo Hernandez) de años posteriores,  publicadas, todas ellas en la revista Ezkaba hace más de una década, amen de alguna otra meramente ilustrativa de los lugares que se citan,  como una pequeña muestra de la Rochapea  que vivimos en  los años 70 del pasado siglo.

Estampas de antaño: Juegos y otras diversiones infantiles en el viejo Pamplona (1970-75)

Esta entrada es continuación de «Los juegos del viejo Pamplona (1966-1976)» y de «Las Navidades del viejo Pamplona (1965-1971)». Hasta los siete u ocho años, como ya señalaba en esta última entrada, los juguetes nos los regalaban los Reyes Magos en un magno escenario como era el del Teatro Gayarre. Posteriormente y hasta que comenzamos a perder la inocencia, dejamos de jugar y enfocamos nuestro interés a otros aspectos de la vida, seguimos jugando, como no, en aquellos juegos comunitarios, al caer la tarde, en las calles del barrio (el barrio era la calle, la Travesía) donde lo importante era correr y/o esconderse: jugabámos al Escondite, Trenabios en la mar, Tente, y otros muchos juegos señalados en la primera de las entradas citadas. Y como la imaginación no tenía limites bastaba a veces un simple trozo de rama seca que habías encontrado en los campos cercanos a la vía del tren para erigirte en el héroe de la historia,  emulando las hazañas del héroe de la película de Sesión de Tarde (generalmente de indios y vaqueros y que tenía a Gary Cooper, James Stewart, Gregory Peck o John Wayne como protagonista). ¡Qué decir si contabas ya con una pistola de plástico o una estrella de sheriff como parte del atrezzo!. Ante la inexistencia de viejas fotos de mi calle, pertenecientes a esta epoca vuelvo a insertar en esta entrada una de las más antiguas que  tengo, no es propiamente de la Travesía, sino de la calle Carriquirri en el año 1984, pero que aun conservaba en ese año buena parte de la apariencia que debía de tener una década antes (salvo la construcción de las nuevas escuelas que se erigieron en el año 1977).
La imaginación hacía, entonces, que un par de latas o unos envases del yogurt Yoplait (no valía otro) y una cuerda se convirtiera en un improvisado teléfono. En casa o en la calle, con los soldados de plástico,  imaginabas cruentas batallas  que se ponían fin por el cansancio o aburrimiento de alguno de los contendientes o con los coches de plástico imaginabas veloces carreras que rivalizarían con las de las actuales películas «Fast & Furious» o las de los videojuegos de Nascar. Recuerdo que cuando me cansé de aquellos juegos le regalé una bolsa completa con todos los coches y soldados   a un amigo  del barrio. Otros chicos se dedicaban, en cambio,  a juegos, y/o travesuras, ciertamente más arriesgadas como el de jugar   con fuego,  mejor dicho con cerillas, birlar fruta en los arboles de un chalet cercano (aun recuerdo aquella frase delatora de otros chavales, que en el momento cumbre de la rapiña decían, voz en grito,  «a ese que manga higos») o coger pajarillos con liga, más concretamente cardelinas. Por cierto y hablando de fuego recuerdo aquellas noches de San Juan, el día 24 de junio,  en el viejo campo de fútbol del Ave Maria. Aquella noche se organizaban tres o cuatro grandes fogatas por los chavales y algunos mayores del barrio sobre las que saltaban luego los más osados,  mientras algunos permanecíamos absortos ante el hipnótico espectaculo, eso si, bien controlado del fuego.
Como ya no nos regalaban juguetes en Reyes a menudo jugábamos en las casas de los vecinos más cercanos: allí asistíamos asombrados  a las evoluciones de los coches en el Scalestric, veíamos el rudimentario cine del Cinexin, contemplabamos las dificultades para montar el Mecano, o jugábamos a algunos de los juegos de mesa o de tablero que había en aquel entonces: La Oca, el Parchis,  y sobre todo El Palé (precedente del actual Monopoly) en el que jugábamos a comprar calles y edificios que nos parecían inalcanzables. A veces también jugábamos al ajedrez (comencé a aprender en La Carbonilla) y a las damas (recuerdo las del Centro). En casa fue tal la afición que cogí al ajedrez en mi infancia y adolescencia que llegué a confeccionar un rudimentario artesanal tablero con sus correspondientes fichas-piezas de cartón hasta que me traje un espectacular juego de ajedrez  de la extinta Unión Soviética algunos años más tarde, allá por los años 80 y que aun conservo.

En el mismo terreno del ocio infantil que recuerdo en esta entrada estarían los cromos y los primeros tebeos. De aquellos lejanos albumes infantiles de cromos, de tamaño generalmente más ancho que largo, y que pegábamos con una pasta blanca y más tarde con el inolvidable pegamento Imedio, recuerdo uno de coches (1975) (mi hermano llegó a coleccionar uno de motos, en 1976), uno de países, y otro, magnífico, de «Billetes del mundo» (1974) (de este último recuerdo muchos de aquellos billetes no así el álbum). Sin olvidar un album  que ya cité en la entrada de «Recuerdo de mi colegio», el del Antiguo Testamento, de todos los cuales dejo aquí una breve muestra. En cuanto a los tebeos, el tebeo que recuerdo con más agrado era el del «Capitán Trueno» y en menor medida el Jabato. Recuerdo que un amigo de la vecindad tenía un volumen completo de aquellos antiguos tebeos del Capitán Trueno, de color salmón, y cuyas aventuras nos sumergían en increíbles historias de batallas, lances y rescates de hermosas princesas. En la escuela alguna vez nos regalaban una revista que se llamaba «Piñón», revista de historietas, suplemento de la publicación «El Magisterio Español». También en casa recuerdo haber visto algún ejemplar de  la Colección Trinca de la editorial Doncel (1971) (de aquella colección magnífica en su presentación y dibujos recuerdo la historia del Cid  y otras historietas de temática diversa, como «Manos Kelly», «Los Guerrilleros»  y «Haxtur»). También de estos comics y albumes de cromos dejo unas cuantas muestras.

Eramos niños pero junto a lo que hacían el resto de niños, que era jugar, en mi casa y en relación con el tiempo del ocio  prendió muy pronto el hábito de la lectura y ya no solo de libros infantiles o juveniles. Junto a los libros que ya en el Ave María nos dejaban para leer, aquí generalmente cuentos universales (de Andersen y los hermanos Grimm), clásicos españoles de Editorial Doncel y fabulas clásicas (de Esopo, Iriarte, Samaniego), en la Carbonilla (1973-74) recuerdo haber leido «Corazon» de Edmundo de Amicis,   incluso recuerdo que había un libro de texto de lecturas (con cuentos como los de El traje del emperador, Los viajes de Gulliver o Lohengrin),  y en el Cardenal Ilundain, ya las lecturas eran de temática mucha más variada:  aventuras (Marco Polo, El libro de la Selva, Viaje al Polo Norte), juveniles (El Diario de Daniel, creo que se llamaba) o ciencia ficción (2001, una odisea del espacio). En mi casa los primeros libros que recuerdo haber visto y leído  fueron «La Odisea», «La Eneida», «La Isla del Tesoro», «Crimen y Castigo»,  libros clásicos de la editorial Bruguera Libro Amigo; Sopena y la colección RTV Salvat. De aquel temprano, yo diría que precoz hábito a la lectura de los clásicos, tenía apenas seis o siete años, imagino que me ha venido  la afición a la literatura que he mantenido a lo largo de toda mi vida. Reproduzco la portada de un libro antiguo, muy antiguo, profusamente ilustrado, que le regalaron a mi hermano por haber ganado el Concurso de Redacción del Ximenez de Rada, patrocinado por Coca Cola allá por el año 1971 y del que guardo un bonito recuerdo y que aun  conservo en mi biblioteca. Eran las «Aventuras del Sastrecillo Valiente y otros relatos» de Antonio de Trueba.

La Calleja de los Cutos (1950-1990)

La Calleja de los Cutos, conocida oficialmente como «Calle Provincias» es otra de las calles con historia de la antigua Rochapea. Debe su nombre a la cochiquera que había al principio de la calle, donde posteriormente se construyó, a finales de los 50, un  edificio de factura moderna en cuyos bajos estuvo durante varias décadas una sucursal del Banco Popular. Así lo recordaba el poeta, escritor e historiador Ricardo Ollaquindia que vivió en la Calleja durante dos períodos, entre 1935 y 1942 y entre 1955 y 1962. Decía «que la cochiquera estaba en el sótano de un barracón de madera, al principio de la calle.  Junto a la cochiquera estaba la trasera de la carrería de Guerrero con un barracón alargado que servía de almacén y un solar donde hacían los antiguos carros, con sus ruedas de madera y  llantas de hierro; En el lado derecho de la calle estaba la casa donde vivía Ricardo y dos casas más, de planta baja y tres pisos; después la huerta de Pedro Diez, ferroviario  y su casa; Y al fondo de la Calleja, en el centro, había una casa, colorada, y dos salidas a los lados,- por las que se iba a la vía del Irati,  y al puente sobre la vía del tren, al campo de fútbol del Rochapeano, ¿sería el que conocíamos como del Gure Txokoa? y al campo con hierba de Úriz». 

Esa casa que vemos en el extremo derecho de la  fotografía que encabeza la entrada, muy cerca de la avenida de Guipúzcoa también la recuerdo yo hasta prácticamente su derribo, a finales del pasado siglo, allá por el año 1999, fecha en la que está datada la fotografía de Manolo Hernandez, publicada en la Revista «Ezkaba» en julio de ese mismo año. Algunos años antes, en el año 1989, se habían comenzado  a derribar las casas del lado derecho de la calle, las más cercanas al parque y el barracón del que llamábamos «Centro» parroquial, por cierto, iniciativa de otro vecino de la calleja, el popular Txano y que vemos en la foto adjunta. También recuerdo que junto a Carriquirri, junto  a ese bloque de casas que encabeza la entrada, había algunos corrales, en tiempos con cutos y posteriormente creo recordar que con algunas gallinas. En esta calle vivían, cuando yo estudiaba en las escuelas del Ave María y aun después (Carbonilla, Cardenal Ilundain, Irubide), la familia Ceniceros que se dedicaba al secular negocio que había dado nombre popular a la calle. 


Detrás de la casa de Ricardo, entre su casa y la escuela del Ave María, también había gallineros, donde se criaban igualmente gallinas, pollos, conejos… Yo recuerdo perfectamente todos esos corrales tras la tapia del llamado patio de las chicas de las escuelas del Ave María, tal y como se puede ver en la fotografía adjunta. El campo de Uriz, fue, en cierta época, campo de batalla entre los chicos del barrio recordaba Ricardo hace algunos años. Había guerras a pedradas entre los chicos del Ave María y los de la Carbonilla. Si había heridos, les dejaban pasar a la farmacia Azqueta, para que les curaran. Yo no recuerdo el citado campo de Uriz pero si recuerdo que en aquellos lejanos años 60 aun se mantenían las peleas a pedradas entre los chicos de nuestra calle, del Ave María pero no con la Calleja de los Cutos sino con los de Santa Engracia, con las vías del tren como mudo testigo de aquellas vespertinas peleas. En este mismo blog, hemos podido ver una foto de aquella tapia y corrales en la entrada dedicada a las escuelas del Ave María de 1977, que vuelvo a reproducir. Ollaquindia recuerda personajes famosos de esta calle como los futbolistas Iparraguirre, Antonio (Sánchez), Santamaría… o artistas, como el escultor Rebolé … y otros peculiares personajes y tipos menos conocidos pero que ofrecían un cuadro entre pintoresco y costumbrista. En aquellos lejanos años 60 y primeros 70, en la Calleja de los Cutos como en el Ave María, los críos jugaban, como dice Ricardo Ollaquindia, y como yo lo viví, en medio de la calle, a la luz de una farola colgante.

Fotos: Manolo Hernandez (1999), Foto cedida (1986) y Foto Imagenes Rochapea (1984) publicadas, todas ellas, en la revista «Ezkaba».

Estampas de antaño: Recuerdo de mi Colegio (1967)

En la segunda entrada de este blog hablaba de las escuelas del Ave-María, apenas unas pinceladas sobre aquella temprana  etapa de mi vida. Vuelvo la vista atrás para recordar otros muchos detalles de aquellos años escolares. Y recuerdo como en el primer año que acudía  a la escuela, sería en el curso 1967-68, una lluviosa tarde de otoño o invierno, estando en la clase de la Ramonita me llamaron pues tenían que hacerme una fotografía. Nos llamaron a mi hermano y a mí, pues mi hermano estaba entonces en cuarto de primaria, con Don Germán Tabar. ¡Vete con tu hermano, que te van a hacer una foto!, me dijeron. Aquello era todo un acontecimiento. Aquella era una especie de foto-recuerdo del colegio, tradicional por otra parte en aquellos años de la escuela en el franquismo. Mi hermano tenía 9 o 10 años y yo cuatro cumplidos. Nos pusieron detrás una especie de lona impresa como escenario de fondo, arcaico photocall que diría uno ahora, donde aparecía una foto del papa Pablo VI, el mapa de España y otros motivos escolares alusivos, nuestras manos sobre un libro. Yo llevaba una bata de rayas, como era tradicional en aquellos años, el pelo cortado y peinado a lo romano, como se llevaba entonces y una mirada, la verdad, un poco asustadiza. ¿Quien iba  decir, entonces, lo que te depararía la vida, cuando apenas estabas descubriendo este mundo?.
Nuestro equipamiento escolar se componía, aparte de la bata, (debajo llevaba un jersey de lana tejido por mi madre y unos pantalones cortos), la cartera, la mía creo haberla vista hasta hace unos pocos años en casa, era de color verde y asas blancas con una ilustración escolar alusiva y colorista, los cuadernos de caligrafía de Rubio, con las tablas de sumar, restar, multiplicar y dividir en la contracubierta, los cuadernos de caligrafía donde modelar la letra, aquella letra redondeada que nos obligaban  a perfilar decenas de veces (¿donde quedaría aquella redondeada letra tras los apuntes de mi época en la  universidad?), el plumier con sus rotuladores Carioca, la goma de borrar Milan (algunas olían a nata) y el eterno sacapuntas para afilar el lápiz con rayas amarillas y negras de Cedro o las pinturas Alpino. Más tarde llegaría el boli Bic, «bic naranja, bic cristal, dos escrituras a elegir…bic naranja escribe fino, bic cristal escribe normal, bic, bic…» decía el anuncio que a partir de 1970 veríamos en casa, en aquella primera televisión en blanco y negro. Había otros momentos en la escuela en los que surgía, de pronto,  la ilusión en nuestros pequeños mundos infantiles. Era aquellas veces en los que un señor muy serio venía a la clase para regalar unos albumes de cromos que el maestro  sorteaba entre los alumnos. Por desgracia nunca me tocó uno de aquellos. A mi hermano sí, y aun lo recuerdo: era uno sobre el Antiguo Testamento. La verdad es que, como son las cosas, recuerdo más y aprendí más de la Historia Sagrada a través de aquellas coloristas ilustraciones del álbum de mi hermano que de la clase de Religión que nos daba el cura de turno.
De entre los libros de texto recuerdo especialmente la enciclopedia Alvarez, obra de Antonio Alvarez Pérez, un texto clásico, con abundantes ilustraciones y explicaciones sencillas, un compendio de temas y asignaturas: religión, historia, geografía, literatura, matemáticas, lengua. Era una especie de libro todo en uno, con dictados y problemas. De aquel libro y aquellos años recuerdo el típico dictado-lectura de Platero, la canción del Pirata de Espronceda o la del sabio que recogía lo que otros tiraban de Calderón pero sobre todo un poema muy gracioso que decía asi: «Un andaluz muy guasón hablando de ortografía, quiso dar una lección y dijo que se escribía con h melocotón. Dispense usted que le tache replicó un hombre de seso, para que pueda ser eso, ¿Donde se pone la h?. Que donde?. En er mismo hueso». Dictados, lecturas (cuanto se reían algunos de los más torpes leyendo), problemas de matemáticas y algunas lecciones de Geografía, con el mapa de España colgado junto al encerado negro, aun recuerdo los nombres de los ríos,  (la enseñanza era entonces toda memorística), constituían el grueso de nuestra enseñanza en aquellos lejanos cursos de Primaria en las escuelas del Ave María. Los castigos en la escuela que se alargaron hasta el final de la EGB básicamente se resumían en copiar 100 veces una frase alusiva a no hacer la presunta falta cometida, esto en las edades más tempranas, quitarte el recreo y pasar este tiempo dentro del aula, ponerte contra la pared, el típico reglazo en las yemas de los dedos o en la palma de la mano, el estirón de orejas o el bofetón en la cara. No recuerdo aunque se que en otros colegios se realizaban el castigo de sujetar pesados libros con los brazos en cruz. En casa, los castigos más socorridos eran el de «castigado sin salir a la calle», o el más habitual, el del zapatillazo en las nalgas o en el culo, cuan veloz se quitaba mi madre la zapatilla.

Más tarde llegaría la Carbonilla y los tres últimos cursos de la EGB en el Cardenal Ilundain. En el último curso en el Ave María y siguientes, a las asignaturas tradicionales: Lengua, Historia, Matemáticas etc se le sumaban entonces aquellas clases de Pretecnología también llamada en otros tiempos de Trabajos Manuales: plastilina, dibujos geométricos (utilizando compases, reglas y cartabones),  dibujos figurativos al carboncillo o paisajes con acuarelas temperas, trabajos de marquetería con aquella sierra de hilo (aun recuerdo aquel belen que estuvo un tiempo encima del armario de la cocina y que  hice cerca de unas navidades, no se si  de 1973 o 1974, con la ayuda de mi padre, siempre dispuesto a echarme una mano y que bien quedó). Recuerdo, una tarde como a un compañero, creo que estábamos en clase de Don Germán Tabar se le soltó bruscamente la sierra de hilo con tan mala fortuna que le atravesó la mano con gran susto para todos.

La antigua calle Errotazar (1950-2003)

La calle Errotazar, algunos de cuyos tramos vemos en las fotos adjuntas de J. Cia del año 1953, y que hoy han desaparecido, precisamente los correspondientes a su primera parte, sustituidos, desde comienzos de este siglo,  por la prolongación de la calle Rio Arga, es probablemente la más antigua de las calles de la Rochapea. La calle, antiguamente Camino de Errotazar, arrancaba en la Casa Gamarra, junto  al  puente de la Rochapea y llegaba hasta el convento de Capuchinos, en el cruce con la avenida de Marcelo Celayeta, donde está pasaba a llamarse avenida de Villava. El nombre de la calle esta documentado al menos desde el siglo XVII donde aparece como Errotachar. Durante muchos años y en su largo trayecto solo tenía un rótulo que decía Erota-zar. De cualquiera de las maneras parece claro su origen vasco: errota (molino), zar (viejo). Probablemente hiciera referencia a la casa de Errotachar o del molino viejo, en la zona de las posteriormente Casas de Mina cuyos restos (del molino) se debían de encontrar en la orilla  del antiguo canal que nacía en la presa de San Pedro, cerca del pequeño puente de Errotazar, junto a las antiguas piscinas infantiles de San Pedro, canal que corría paralelo al río y terminaba en el Arga, bajo el puente de la Rochapea.
Si recorríamos la calle justo desde el puente de la Rochapea, dejábamos a la izquierda los restos del antiguo Matadero Municipal de Carnes, hoy en su lugar  hay una construcción del Club de Remo,  la plaza del Arriasko, luego de Errotazar y hoy  aparcamiento en superficie de Corralillos, la casa de Gamarra (que vimos en la entrada de Joaquín Beunza). Pasado el inicio de esta calle había una casa de dos plantas y junto a ella un taller de coches, en donde antes  estuvo la antigua lavandería de Tabar. Más adelante había un solitario bloque de viviendas construidas a finales de los 50 o primeros 60 (Errotazar, 3) y que fue derribado en el inicio de este siglo (2003) para construir la actual calle Río Arga paralela al río. En esa zona estuvo desde hacía muchísimo tiempo el llamado patio de Navascues que vemos en la foto de la izquierda de J.Cia datada en 1955 y en donde, en tiempos, hubo fábricas de curtidos, velas y cerveza. Más adelante, conservada hasta el último tercio del pasado siglo, estaba la casa de la Cenona, junto a una serrería y más adelante una serie de huertas y fincas, más adelante de las cuales estaba el llamado Prado de la Cera que llegaba hasta la esquina de Errotazar con el camino de los Enamorados. En ese último tramo, se construirían en  los primeros años 60 numerosos edificios de viviendas, como se puede comprobar en la fotografía de Echegaray, precisamente de esa época, donde vemos tanto a la derecha como al fondo los nuevos bloques de viviendas. Pasado el camino de los Enamorados nos encontrábamos con la escuela de Errotazar también llamada de Lavaderos, hoy unidad de barrio del Ayuntamiento. En ese lugar hubo hasta 1961 una fuente con un abrevadero, al igual que también  hubo otra cerca del puente de Santa Engracia, en el comienzo de la antigua Joaquín Beunza y otras muchas desperdigadas por los diferentes barrios de la ciudad. 

Siguiendo el cauce del rio, atravesando la actual rotonda de Errotazar, en ese lado de la calle lo único destacable que encontrábamos hasta la construcción de las llamadas casas de Virgen del Río era el Monasterio Viejo de San Pedro, antiguamente Convento de San Pedro (el primer y más antiguo convento medieval de la ciudad, construido en el siglo XIII, habitado primero por los padres franciscanos y luego por unas monjas, las Petras, que estuvieron en él hasta 1969, año  en que el edificio quedó abandonado. El edificio en rápido proceso de deterioro  sirvió de albergue durante algunos años a  algunas familias gitanas, hasta que fue recuperado y rehabilitado por el Ayuntamiento). En la foto de la izquierda, de Arazuri, de 1967, vemos el Convento sin las viviendas nuevas que se construirían en la zona poco más tarde. Luego venían las casas municipales de San Pedro (construidas en el año 1949 por el consistorio) y que vemos en la foto de la derecha, de J.Cia,  datada en  1950. En esa zona hubo anteriormente  un lavadero, una fuente y un abrevadero.  Muy cerca de aquí estuvo, entre 1958 y 1993, la antigua fábrica de Copeleche, entre las calles Garde y Ansoain que vemos en la foto de Goñi, del parrafo siguiente. En sus terrenos se construiría años más tarde la nueva plaza circular  de viviendas de Iturriotzeaga. Un poco más hacia la izquierda,  entre la calle Cruz de Barcacio y la carretera de Artica hubo  desde 1959 hasta finales de los 80 otra fábrica,  la fábrica de pretensados Aedium que vemos en la foto de 1984 publicada en la revista Ezcaba en el año 2004. Yo creo haberla vista hasta el año 1989.

Regresamos al puente de la Rochapea y recorremos la calle, esta vez por su lado derecho. Junto al puente de la Rochapea había una zona verde en suave descenso hacia el río, poblada de arboles (con enormes plataneros de más de un siglo de vida pues fueron plantados por el consistorio en 1899) y que fue durante muchísimo tiempo el mayor lavadero de la Rochapea y uno de los mayores de la ciudad, aunque no el único. Hay  innumerables fotografías en las que podemos ver a las sufridas lavanderas afanándose con su labor junto a la orilla del rio. Tras esta zona estuvo durante muchos años, practicamente hasta el derribo de estas construcciones, a finales de siglo, una casa que albergó la antigua casa de fideos y pastas «La Navarra», tras esta la casa de la Parra, luego de la familia Lorda, más adelante la casa de Vergara,  casa del Obispo y más adelante las Casas de Mina, en la zona donde estaba el antiguo molino de Alzugaray (y antes el molino de la Polvora y fábrica de papel), detrás de la cual estaba el antiguo Prado de la Lana. Tras la casas de Mina estaba la huerta del Mochorro (del euskera «mozorro») que en tiempos albergó una de las primeras zonas de baños públicos de la ciudad. Tras las construcciones del lado derecho de la calle Errotazar hubo, hasta la nueva reordenación de la Rochapea, a finales del pasado siglo,  infinidad de huertas que suministraban al cercano Mercado de Santo Domingo, que recibían la denominación de sus dueños o inquilinos y que se extendían desde esta zona hasta las cercanías del Puente de Santa Engracia, desde 1999 todas desaparecidas, al ser sustituidas por el nuevo Parque Fluvial. Siguiendo la calle Errotazar más allá de su primer y más denso tramo, nos topábamos con el viejo puentecillo de Errotazar, la presa de San Pedro y bordeando el rio llegábamos hasta la iglesia de San Pedro, junto al convento de los Capuchinos. El convento data del siglo XVII y la iglesia del convento,  debidamente rehabilitada,  se abrió al culto de los feligreses en el año 1952. 

La Avenida de Guipúzcoa. De Cuatro Vientos a Berriozar (1963-2013)

En su momento hablamos de  de Cuatro Vientos, de San Jorge, de la avenida de Guipúzcoa. Hoy nos toca seguir con esta avenida, desde el puente sobre las vías del tren hasta el fin del término municipal, en la actual confluencia entre la avenida y la variante norte. De aquella entrada o salida de la ciudad, llena de viejas casas, talleres e industrias pegadas a una estrecha carretera de Guipuzcoa  no queda prácticamente nada. Por ello intentaré hacer una reconstrucción memorística lo más fiel posible ya que apenas quedan testimonios gráficos. Antes de subir por el viejo puente de la estación que vemos en la segunda  foto de la entrada procedente del Archivo Municipal, datada a principios de siglo, (el  actual puente de hormigón data de 1970) dejábamos, a mano izquierda, la antigua calle del Muelle (allá donde hasta los primeros 70 estaban las viejas fábricas de Eugui, Múgica y Arellano y Taberna Hermanos) y a la derecha la calle Carriquiri, unos depósitos de la Azucarera, y las traseras y cobertizos de algunas casas de la calleja de los Cutos, de la que seguramente hablaré en otra entrada.
Atravesando el puente sobre las vías nos encontrábamos, al lado izquierdo, con la calle Ferrocarril y a la derecha con el llamado barrio de Santa Engracia. La calle Ferrocarril (hoy barrio de Euntzetxiki) discurría y discurre paralela a las vías del tren y llegaba hasta la colina de Santa Lucia. En el lado izquierdo de la calle estaban parte de los muelles de los trenes de mercancías de la Estación de Renfe así como sus depósitos de máquinas y, un poco más adelante, los enormes depósitos de la Campsa. En su lado derecho había una gran hilera de casas baratas (por el material de construcción utilizado) de los años 40 y 50 de la que solo queda hoy en día un par de bloques, dos o tres portales, (recuerdo, cerca de la avenida, el Bar Villegas y alguna huerta y un frontón) y al final de estas casas la fábrica de Abonos Químicos o Inabonos que se instaló en el barrio a principios de siglo, concretamente en agosto de 1908. Cerca estaba también la serrería de Isturiz, la Gran Tejeria Mecánica, textiles Maser, etc. Detrás de estas casas, estaban las antiguas Escuelas de Unzutxiki, construidas en la postguerra.
El barrio de Santa Engracia, cuya foto encabeza esta entrada siempre ha estado en una especie de tierra de nadie, hoy a caballo de la naciente Buztintxuri, el vecino San Jorge y la vieja Rocha. Históricamente, parte de la Rochapea, sin embargo la vía del tren la ha separado del resto del barrio. El pequeño enclave esta compuesto por apenas cinco manzanas con cinco calles, de las que dos comparten denominación: la calle de Santa Engracia, que comenzaba en la avenida de Guipuzcoa y terminaba en la puerta principal de Perfil en Frío, a la izquierda,  las dos travesías de Santa Engracia y a la derecha las calles de las Viñas y la de los Campos que llegaban y llegan hasta las vías del tren. El nombre del lugar tiene su origen en el nombre del convento de las Clarisas, que existió en el lugar entre los siglos XIII a XVIII y ocupaba, según Arazuri,  la parte derecha de Cuatro Vientos, desde la orilla de Arga hasta la calle Carriquiri, comprendiendo la actual calle Provincias, el arranque de la avenida Marcelo Celayeta y el tramo final de la antigua Joaquín Beunza en su zona más cercana a Celayeta y el rio. Entonces no existía el puente de Cuatro Vientas y la única salida de la ciudad hacia el norte era la del puente de Santa Engracia, junto al antiguo molino de Mazón. El barrio de Santa Engracia ha estado condicionado, como he dicho,  además de por la cercanía de la estación del tren y la separación que suponía la presencia de  las vías,  por la presencia de diferentes empresas como Perfil en Frío, de la que ya hablé en otra entrada, hace meses, o de Talleres Iruña. En sus calles persisten aun unos pocos pequeños comercios con décadas de historia a sus espaldas: una lechería-panadería, una tienda de alimentación o la carnicería de Ochotorena, cerca del puente de Cuatro Vientos, además de dos o tres bares; el bar la Hiedra, el Manolo, etc. Aun recuerdo cuando se construyó el último edificio del barrio, el más alto, junto al puente de la estación allá por los inicios de los años 70.
En la avenida de Guipúzcoa, desde Santa Engracia y hasta el límite del término municipal, en su parte izquierda, encontrábamos un montón de casas, algunas de planta baja, otras de dos plantas y entresuelo con una escalera lateral para subir a los pisos superiores, a veces con sus pequeños huertos, la acera de la avenida era estrechísima. Más adelante nos encontrábamos con la residencia de las Hermanitas de los Pobres, la fábrica de Gaseosas Odériz, que  luego fue la Casera y la fábrica de Bendibérica, en su última epoca Robert Bosch y detrás de estas edificaciones, entre la avenida y el antiguo camino del Plazaola, algunos senderos y campos. Concretamente, detrás de Bendibérica recuerdo un sinuoso camino que desembocaba en un paso sin barrera junto a la pared norte de Perfil en Frío. En su primer tramo se podía encontrar  una solitaria casa de dos plantas y una antigua serrería, luego un tramo estrecho cerrado entre tapias, el cerro donde está hoy el Parque de los Aromas a la izquierda y por último  las vías del tren, frente a lo que es hoy la calle Juan de Ursua.

De todo eso nada queda ahora, salvo el nuevo edificio de las Hermanitas de los Pobres construido hace unos pocos años. En su lugar decenas de nuevos  bloques de viviendas, cientos de viviendas: Buztintxuri, Nuevo Artica (o Artiberri),  y unos cuantos supermercados: BM, Caprabo, Mercadona (en el lugar donde estuviera la fábrica de Bendibérica). Las Hermanitas llegaron a Pamplona en 1878  y se instalaron en la plaza de Recoletas. En 1887 se colocó la primera piedra del edificio. En 1898 se terminaron las alas laterales del asilo. La residencia, reconocible por el color rojo del ladrillo con que se construyó, se derribó en julio de 2007, inaugurandose el nuevo edificio en el año 2010. La mayor parte de las edificaciones de viviendas que he comentado en el párrafo anterior se derribaron en los primeros años de este siglo. En el año 2004 practicamente no quedaba casi ninguna y la avenida de Guipuzcoa había pasado de ser una estrecha y densa vía de tráfico en su entrada a Pamplona a una amplia avenida de cuatro carriles. En su parte derecha, desde la calle Ferrocarril hasta el límite del término municipal había también una larga hilera de viejas casas, edificios  y algunos talleres en su planta baja, entre campos y huertos y frente a la antigua Bendibérica  se instaló la división  de grúas de Imenasa que en 1990 adquirió el grupo alemán Liebherr. La fábrica se trasladó de este lugar al polígono de Agustinos en el año 1997, siendo reconvertidas sus instalaciones en el año 2010 en lo que es hoy el Recinto Ferial de Navarra (Refena).

Entrada en homenaje a mi padre, Antonino, fallecido hace poco más de un mes que tantas veces hizo este recorrido, por la Avenida de Guipúzcoa del trabajo a casa y de casa al trabajo en Bendibérica.