Vivencias, usos y costumbres en el viejo Pamplona: la cocina económica (1960-1975)

Hoy parecería inaudito, acostumbrados como estamos a vivir con todas las comodidades: ordenador, teléfonos, electrodomésticos, calefacción, etc pero hubo un tiempo, no tan lejano,  en que la mayoría de los habitantes de Pamplona de clase trabajadora vivían, por decirlo suavemente, de una forma bastante austera, sin  buena parte de las comodidades de las que hemos disfrutado años más tarde. Para empezar, la mayoría de las casas carecía de calefacción. La mayoría contaban en la cocina con lo que se llamaba la “cocina económica”, donde además de servir para calentarnos (el resto de la casa estaba en invierno fría como un hielo) también  cocinábamos. Generalmente venían ya  encastradas en las cocinas de las viviendas de aquellos años (de finales de los años 50 y primeros 60).  La cocina económica que había en mi casa la alimentábamos con carbón y leña. Estaba, como he dicho,  encastrada en la propia estructura de la cocina junto al fregadero y junto a ella, en su lado derecho había otro habitáculo que llamábamos la carbonera donde se guardaba, como su nombre indica, el carbón y la leña para alimentar aquel armatoste. Había, entre medias,   un depósito de agua caliente o calderin integrado que nos permitía contar con agua caliente. Aun no había llegado el calentador de gas.

La cocina económica tenía una cubierta de hierro forjado y varios compartimentos, uno para la combustión y otro inferior donde caían las cenizas. En la cubierta había una serie de anillos de fundición que se podían levantar con un gancho y que servían de tapadera. Quitando uno o más anillos, según el tamaño de la cazuela o sartén, se podía obtener fuego vivo para, por ejemplo, freír. La boca de acceso al compartimento para las cenizas y para la entrada del aire de combustión estaba en la parte frontal y al lado del horno. El conjunto se completaba con la chimenea, que evacuaba los humos hacia el tejado, en la cual, en su primer tramo, había una chapa metálica, con un cortatiro para regular la salida de humos, perpendicular al eje del conducto de evacuación;  Y debajo del horno había un compartimento donde caían las cenizas, que se retiraban con un hierro terminado en una plaquita rectangular. Había, además, una barra cilíndrica, de la que se colgaban los paños de cocina. La cocina económica que había en mi casa era de Esteban Orbegozo, y en su enchapado blanco venia además del logo E.O, una dirección: Zumarraga. Recuerdo que la cubierta de la cocina la limpiaba mi madre con una mezcla de arena y vinagre hasta que le sacaba de nuevo el brillo, dejándola como nueva. Más adelante me acuerdo de que se le aplicaba una especie de purpurina de color gris o plateado para dejar la cubierta en inmejorables condiciones.

Al ser la única habitación en la que había calor, la cocina era la estancia más utilizada de la casa, -el cuarto de estar estaba, entonces,  para las visitas y las ocasiones especiales-. En la cocina se desayunaba (¡ay, aquellos tazones de Colacao!, sin o con galletas, siempre Fontaneda), se comía (un día a la semana no podía faltar el cocido), se merendaba (chocolate Orbea o Elgorriaga o bocadillo de chorizo, más adelante llegaría la Nocilla (leche, cacao, avellanas y azucar)) y se cenaba (generalmente tortillas, huevos fritos o revueltos). En ella hacíamos los deberes de la escuela, escuchábamos junto a los padres, -sobre todo la madre-, (pues el padre comía en la fábrica), el diario hablado del mediodía y la noche (el parte de Radio Nacional) o los seriales de la SER, en la sobremesa. En ella se colgaba, también, de una cuerda de nylon la ropa recién lavada para secarla. Y por la noche, en los fríos días de invierno, también nos desnudábamos en la cocina y corríamos rápidamente por el pasillo a la habitación a guarecernos en la cama, bajo una impresionante cobertura de mantas.

La cocina fue, durante la mayor parte de mi infancia, el centro de la casa. A ella tengo asociada infinidad de recuerdos,  los más tempranos, con los pies colgando de la silla y la barbilla apenas sobresaliendo de una mesa de madera pintada de blanco, cubierta con un hule de cuadros o florecitas, junto al resto de mi familia (luego vendría la mesa extensible de formica). El fin de semana  comíamos todos juntos, y el domingo era costumbre hacer una comida especial, generalmente paella o sopa de pescado, (en verano ensaladilla rusa) y pollo (en Navidad besugo o cordero)  en la que no faltaba nunca el postre y unos dulces: unas natillas espolvoreadas con canela y decoradas con unas galletas María o un riquísimo flan hecho con aquellos sobres de flan Chino Mandarín, o unas pastas variadas de Cuetara, o nevados de Reglero, y más adelante pastas artesanales de la Plaza (el Mercado de Santo Domingo) (lazos de hojaldre, cocos y otras ricas especialidades), una copita de coñac Soberano para el padre y un vino dulce,  una kina San Clemente para los chavales. Los domingos por la mañana, mi madre nos hacia un delicioso chocolate con el chocolate de hacer Subiza, que tomábamos con unas rebanadas de pan del día anterior, ¡y que rico estaba! (los churros se dejaban para fechas especiales como San Fermín). Cuando no teníamos frigorífico el postre se sacaba a la ventana para que se enfriara, y doy fe de que en aquellos lejanos y fríos días de invierno, el postre se enfriaba como si estuviese en un frigorífico. Poco a poco, en los primeros años 70,  la cocina económica daría paso a la cocina de gas butano (con 3 fuegos y su compartimento para la bombona), el enfriamiento artesanal de la ventana al frigorífico Super Ser y algo más tarde el calderín de “la económica” al calentador de gas.

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