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Recordando la última pandemia que vivimos: la gripe de 1918

Hace mucho tiempo que no he escrito en el blog. Son días inciertos de miedo y congoja, días extraños  en los que nos vemos obligados a recluirnos en nuestras casas para evitar la propagación de una peligrosa epidemia que creíamos más propia de siglos pasados o de una terrorífica película de ciencia ficción: La «pandemia del coronavirus», la pandemia que con más rapidez se ha extendido probablemente  en la historia de la humanidad, en este mundo globalizado en el que vivimos. Caminaremos  hacia el  millón de afectados, a mediados de esta semana,   y en unos días llegaremos a los  50.000 muertos, cuando la epidemia apenas lleva un mes fuera de China.  Su rapidez en la propagación es 20 veces superior a la de la gripe común y otro tanto podría decirse de su  letalidad que  parece   muchísimo mayor de que lo que nos habían hecho creer. «Bah!, se muere mucha más gente de la gripe cada invierno» oí decir a bastantes personas apenas hace un mes.  A la hora de escribir estas líneas, una tercera parte de la humanidad, más de 2.500 millones de personas,  estamos confinados en nuestras casas, en todo el mundo,  viviendo, en nuestras propias carnes, la más aterradora de las ficciones que hubiéramos podido imaginar sobre este tipo de sucesos, con la diferencia de que esto no es ficción, es realidad. Tenemos que volver  nuestra mirada  102 años atrás para recordar una pandemia similar, que sin embargo, según los expertos,  y a pesar de su contagiosidad no se transmitía tan fácilmente como ésta, pero que afectó a muchos jóvenes de una manera rápida y brutal,  dejando millones de muertos a su paso. Además la medicina era más mucho más precaria y atrasada que en la actualidad, como veremos a lo largo de esta entrada. Recupero parte de las  notas históricas sobre la epidemia de gripe de 1918 y como se vivió en Pamplona y  que escribí en aquella entrada de hace justamente un año, ¡qué maldita casualidad! dentro de la sección «Pamplona año a año: 1918. El año de la gripe y del derribo de la muralla de Tejería», completadas con otras notas sobre aquel evento que he recogido después. Aquella fue una epidemia que asoló, como ahora el mundo, aunque entonces el número de víctimas fue infinitamente superior, al menos hasta el momento. Es considerada una de las pandemias más devastadora de la historia humana, ya que en solo un año mató entre 25 y 40 millones de personas, a lo largo de sus tres oleadas,  -la segunda fue la peor-, para una población de poco más de 1,800 millones de habitantes que había, en ese momento, en el planeta.

1918 fue el año de la llamada gripe española, que de española tuvo poco, aunque con la mala fama nos quedamos pues la gripe se originó en  los Estados Unidos. La epidemia de gripe de 1918  fue una pandemia de inusitada gravedad. A diferencia de otras epidemias de gripe que afectan básicamente a niños y ancianos, muchas de sus víctimas fueron jóvenes y adultos saludables. ​En Estados Unidos la enfermedad se observó por primera vez en Fort Riley (Kansas)  el 4 de marzo de 1918, aunque ya en el otoño de 1917 se había producido una primera oleada  en al menos catorce campamentos militares. Un investigador asegura que la enfermedad apareció en el Condado de Haskell (Kansas), en abril de 1918. En verano de 1918 este virus sufrió una mutación o grupo de mutaciones, -era un virus recombinado de origen mixto: aviar y humano-, que lo transformó en un agente infeccioso letal, con una gran contagiosidad. El virus, en esta segunda ola,  tuvo un desarrollo brutal: provocaba, en muchos casos, una hemorragia pulmonar invasiva, de forma que,  en apenas 12 o 24 horas,  uno pasaba de tener los primeros síntomas a fallecer. Se cree que llegó a infectarse el 55% de la población mundial, -un 50% en Europa-,  aunque no todos, como pasa también ahora-,  llegaron a desarrollar la enfermedad en esos términos.

El primer caso confirmado de la mutación se dio el 22 de agosto de 1918 en Brest, el puerto francés por el que entraba la mitad de las tropas estadounidenses aliadas en la Primera Guerra Mundial.​ Recibió el nombre de gripe española porque la pandemia recibió una mayor atención de la prensa en España que en el resto de Europa, ya que ese país no se involucró en la guerra y por tanto no censuró la información sobre la enfermedad. Para evitar la propagación de la epidemia en Pamplona, ya desde finales de mayo, el alcalde comunicó a todos los establecimientos públicos lo que debían hacer para prevenir la propagación, tras los primeros casos: fumigar los locales con estoraque, beuqui, fenol o tomillo espliego procurando que los locales quedasen herméticamente cerrados. A la mañana, al abrirlos debían lavarse con serrín, creolina o zotal al 7%. Además ordenó regar las calles, adelantar una hora la recogida de basura y organizar brigadas de obreros para echar lechadas de cal por los tubos de las letrinas, desde los pisos más altos. Al no haber vacuna o medio preventivo alguno cada uno debía procurar defenderse con una buena limpieza de la boca y fosas nasales, la metódica organización de las comidas, el uso prudente de las bebidas, aireación y ventilación de las habitaciones y en general las normas de higiene y profilaxis adecuadas, al menos eso era lo que recomendaban las autoridades.

El 1 de junio el Diario de Navarra daba a conocer los primeros casos de la epidemia de gripe en Pamplona. Los 15 primeros fallecimientos se produjeron entre el 10 de mayo y el 3 de julio. La ciudad tenía en torno a 32.000 habitantes. Se habían producido en  la guarnición militar y sobre todo en la Ciudadela, donde se alojaba el batallón de Artillería. Se habían efectuado desinfecciones en los cuarteles, en la cárcel correccional y en la Casa de Misericordia. En principio los casos conocidos revistieron naturaleza benigna con unos indices de mortalidad muy reducidos. El obispo, José López Mendoza,  suprimía tres  fiestas de precepto, el día de Santiago, el de San Fermín y el de San Saturnino. Esos días se podía trabajar y no era obligatorio oir misa. También se suprimió como festivo el día de San Juan. Y también antes, como ahora, las autoridades inicialmente quisieron quitarle importancia al asunto.

En la segunda mitad de septiembre se recrudecía la epidemia de gripe en Navarra, así lo reconocía el gobernador civil. Daba comienzo así la segunda oleada, la más mortífera de las tres. El inspector provincial de Sanidad recomendaba como medidas de prevención «llevar una vida ordenada sin trasnochar, al aire libre, evitar locales cerrados y frecuentados y abstenerse de vicios y abusos, en especial de alcohol y sexo, limpieza de basuras y cuadras, establos, pocilgas y letrinas y desinfección de manos y boca antes de comer. En caso de enfermar meterse en la cama y llamar al medico, desinfectar habitaciones, ropa, etc y blanquear y pintar las habitaciones si se estimaba pertinente». Sobran los  comentarios. Se achacaba la propagación de la gripe al entonces acelerado avance en los transportes. Hoy diríamos igualmente que la globalización en los transportes ha contribuido a la expansión acelerada de la pandemia. Y estaríamos en lo cierto. El ministro de la Gobernación prohibía, el 27 de septiembre,  en los pueblos contagiados toda clase de fiestas, espectáculos y reuniones así como las ferias y mercados que favoreciesen la propagación de la enfermedad. Se anunciaba un control sanitario riguroso a los forasteros. El alcalde de Pamplona suspendía el ferial y concurso de ganados y se retrasaban el comienzo del curso en  algunos colegios, así como en la Escuela Normal y en  el Instituto de Segunda Enseñanza. El día 21 de septiembre se entregaban 2.000 kilos de pan entre la gente más desfavorecida de Pamplona. Al día siguiente se inauguraba con todo el boato, comitiva oficial y masiva presencia popular incluidas, el monumento a Sarasate en la Taconera. Pocos días después se hacía lo propio con el de Navarro Villoslada. Al finalizar el mes de septiembre  la gripe se había extendido por multitud de pueblos de la geografía foral. Antes, como ahora, se limpiaron las vías públicas, desinfectaron locales,  se cerraron fronteras, se animó a la reclusión en las propias casas, se procedió a aislar a los enfermos y  también a ciertas colectividades vulnerables, se controló a colectivos sospechosos,  y a los muertos se les trasladaba, de inmediato, al cementerio.

Curiosa y contradictoria información la que daban los periódicos sobre la epidemia de gripe. El Diario decía que el numero de afectados era grande pero el de fallecidos pequeño, uno o dos por día, pero o la suerte iba por barrios o difícilmente se podía entender el hecho de que en los últimos 8 días de la primera semana de octubre cuatro miembros de  una familia afincada en la calle Mayor hubiesen fallecido, quedando tan sólo un bebe de pocos meses que también se encontraba enfermo. Unos achacaban  a los periódicos que trataban el tema muy superficialmente o bien que directamente ocultaban la realidad, los datos, los hechos y otros les tildaban de alarmistas. Algunos incluso decían que la mayoría de los casos habían llegado de San Sebastián. En fin como siempre, nunca llovía a gusto de todos pero el hecho es que había  en la ciudad, esos días, un  clima de preocupación y desconcierto. En los primeros cinco días de octubre fallecieron en la ciudad cerca de 60 personas, más de la mitad  de ellas por la gripe y hubo 8 o 9 nacimientos. La gripe se recrudeció con los fríos propios de la temporada. Se comenzaron a  hacer rogativas, por mediación de San Fermín, o en la Catedral, para el cese de la epidemia. Como consecuencia de esta crisis sanitaria se decretó la suspensión de todos los juicios por jurado de los meses de octubre y noviembre.

El pueblo más afectado por la gripe el 6 de octubre fue Los Arcos donde casi toda la población estuvo  afectada por la gripe. El obispo de Pamplona, José López Mendoza se encontraba en gravísimo estado, en Zaragoza a consecuencia de la gripe. El número de muertes en Pamplona se estabilizó en la media docena diaria. El día 7 de octubre  había 840 enfermos en Pamplona, de los que estaban graves unos 64 y habían muerto desde el día 17 de septiembre 89 personas, según la Inspección Provincial de Sanidad. En Miranda de Arga se produjo un enfrentamiento entre vecinos del pueblo  y la guardia civil con el resultado de 4 muertos y 2 heridos. Al parecer el origen fue el cierre, por razones sanitarias, de los bares. El Diario pedía el cierre temporal de las escuelas municipales ante la enfermedad de cada vez mayor número de maestros y la extensión de la epidemia. Entre los pueblos más afectados por muertes a consecuencia de la gripe, a primeros de octubre estaban, Mendigorría, con 20 muertos, Lerín, 25, donde había más de 1000 afectados, Los Arcos, 29 que luego serían 64, con 800 afectados sobre un total de 2.000 habitantes; Olazagutia,20  y más de 400 afectados, Mendavia, 50  y 700 afectados, Cascante, 31 muertos y 819 afectados, Fitero, 50 muertos. Ablitas 700 enfermos y  35 fallecidos; Cabanillas, de 500 a 600 enfermos y  12 fallecidos;  Monteagudo, 600 enfermos y  35 fallecidos; Murillo el Fruto, de 700 a 800 enfermos, 12 fallecidos; Tudela, 500 enfermos, 26 fallecidos. Otros: Cáseda 12 fallecidos; Elorz, 17 fallecidos; Sada, 400 enfermos el 60% de la población, 10 fallecidos; Villava 7 fallecidos. Artajona, con 2.541 habitantes, 52 defunciones, en Goizueta  que fue el primer pueblo afectado en la segunda oleada que entró desde Francia el 3 de septiembre  hubo 200 afectados e inicialmente media docena de muertos.

Entre el 11 y el 12 de octubre fallecieron en Pamplona por la gripe 17 personas. El Alcalde dictó un bando que disponía que los cadáveres debían ser conducidos al cementerio en el plazo de dos horas desde el fallecimiento, quedaba prohibido el acompañamiento de los cadáveres al cementerio así como entrar en él y se obligaba  a los vecinos informar directamente al Negociado de Higiene Municipal de las defunciones producidas a fin de proceder a la desinfección de los domicilios. No se podían celebrar funerales de cuerpo presente. También se ordenó desinfectar todos los portales y cajas de escalera de los edificios de la ciudad y la correspondencia que llegaba a la ciudad. Se estableció en la conserjería-carpintería de la plaza de toros un servicio fúnebre a precios económicos por parte del Ayuntamiento para los más vecinos pobres.  También se suspendieron los toques de campana por los muertos por evitar el continuo y tétrico recordatorio de cada fallecimiento.

El 16 de octubre la Comisión de Abastos había establecido entregar  a los médicos de la ciudad unos bonos canjeables por medicamentos en las farmacias para los enfermos pobres. Días después se ampliaron esos bonos a productos como la leche, huevos, pescado, carne y útiles de loza y más adelante al arroz, patatas y alubias. En los bonos aparecía el establecimiento donde debían retirar esos productos. Y es que en aquellos días de fuerte demanda de ciertos productos, como la leche, los  limones y los huevos,  asistimos a un encarecimiento especulativo de los precios obligando a las autoridades a tomar medidas  para su contención y aprovisionamiento. Posteriormente la Tesorería Municipal pagaría los productos a los comerciantes. Esos días se produjo una enorme escasez de leche fresca por incremento en el consumo. El problema se fue resolviendo gracias a la llegada de leche condensada, si bien este tipo de leche causaba recelo en su consumo por parte de las clases bajas, recelo que se fue disipando con los días. El Ayuntamiento se gastó casi 20.000 pesetas de las de entonces en gastos relacionados con la epidemia y las ayudas  impulsadas. ¿Qué medicamentos utilizaban entonces?: aspirina, quinina, antipirina, caramelos de heroína,  benzoatos, alimentos y bebidas como la leche, el te o el alcohol, sustancias como el sulfato de sosa, tintura de yodo, suero a base de formol, etc.

A finales de mes, y pese a cierta mejoría, la epidemia no se podía dar por controlada. Habían fallecido 42 personas en septiembre y 111 en octubre. En Noviembre, hasta el día 20, hubo 62 defunciones. La gripe se extendió los últimos días de mes al Manicomio, con más  de 200 afectados, sobre un total de 500 internos y cerca  de 50  muertes en tan solo 19 días. Fue el principal foco epidémico en Pamplona. Contrasta con el caso de la Casa Misericordia que tenía 300 asilados, entre ancianos, adultos y niños y en donde no se produjo ningún fallecimiento. La explicación puede estar en que la Meca no dejó entrar ni salir a nadie que pudiera contagiar o contagiarse. En total hubo en Pamplona 215 defunciones, 243 si contamos el resto de oleadas del año, aunque según otras fuentes la cifra real pudo ser mucho mayor, de cerca del doble, casi 500,  y recordemos que la ciudad tenía solo 32.000 habitantes, osea pudo fallecer algo más de 1% de la población. Murieron más hombres que mujeres, y la enfermedad se cebó en las personas de de 21-30 años esto es en los jóvenes adultos, al igual que en el resto de España. Solo el 12,5% de los fallecidos murió en los hospitales.

En Pamplona dos de los grupos más castigados por la epidemia fueron los soldados de la guarnición y lo internos del manicomio provincial. Por clases sociales afectó más a las calles del Casco donde habitaban los segmentos sociales más vulnerables como la  Jarauta o  Descalzos, etc. Si en la primavera del 1918 el ratio de fallecimientos fue de 0,45  por mil, entre septiembre y noviembre ascendió al 6,6 por mil habitantes, siendo en 1919 de 0,36. En Navarra murieron  entre enero de 1918 y  junio de 1919 a consecuencia de esta epidemia de gripe algo menos de 3.000 personas, según las estadísticas oficiales,  sin embargo el exceso de mortalidad observado nos permitiría elevar esa cifra a cerca de 4.000 personas, concretamente 3.991 muertos. En España fallecieron oficialmente  por la gripe 143.930 personas aunque igualmente el exceso de mortalidad observado nos llevaría a un número sensiblemente mayor, 260.000,  (12 muertos  por mil habitantes). España tenía entonces casi 21 millones de habitantes.  En el resto del mundo los datos fueron estos: Más de 600.000 muertos en Estados Unidos (5,3 por mil), de 750 a 950.000 muertos en América Latina (8´4 a 10´6 por mil), 2,3 millones de fallecimientos en Europa (4,8 por mil), entre 1.9 y 2,3 millones en Africa (14,2 a 17 por mil) y entre 19 y 33 millones en Asia (19,7 a 34 por mil). La media mundial quedó entre  los 13,6 y 21,7 fallecimientos por mil.

Afortunadamente ha pasado un siglo y el sistema sanitario parece  muy superior al de entonces. De eso no cabe duda. Pamplona y España  tenían entonces muy escasos recursos sanitarios. Pese a las dramáticas cifras mucho peor lo pasaron otros pueblos y ciudades del resto de Navarra  y de España. El mayor riesgo que corremos, en estos momentos de la pandemia actual,  es el riesgo de que el virus mute y se convierta en mucho más agresivo de lo que ya es o que colapse el sistema sanitario y  por lo tanto se  incremente el número de fallecimientos por falta de atención, o por una priorización médica,  como ya está  sucediendo en algunas ciudades y zonas. Al tratarse de un virus respiratorio tanto en aquel caso de 1918 como en éste el mayor riesgo médico,  la causa del fallecimiento general se produce por  la neumonía que lleva aparejada la enfermedad. A diferencia de la gripe de entonces, este virus parece afectar mucho más a personas de edad avanzada que  a jóvenes y  a personas con algún tipo de patologías que a sanas, aunque los datos no mienten: también muere gente joven y sana. ¿Puede depender, además,  de la mayor o menor carga viral que reciba el infectado?. Probablemente también. Este virus se propaga más rápidamente y aparece emboscado, oculto, sin síntomas, durante muchos días extendiendo su mortal carga viral. Para hacernos una idea de lo que supuso aquella epidemia y teniendo en cuenta que la ciudad y sus inmediaciones apenas superaban los 30.000 habitantes, ese número de fallecimientos oficiales de 1918 hubiera equivalido a unos 2.500 fallecimientos actuales (en la menor de la estimaciones)  en nuestra área metropolitana, el doble si utilizáramos las cifras más pesimistas.  Desconocemos, no obstante, verdaderamente el número de personas afectadas por la gripe en Pamplona aquel año, en todo el período.