Estampas de antaño: los serenos
La historia de los serenos en Pamplona no solo supone el relato de un oficio desaparecido sino que constituye una crónica detallada de la evolución del urbanismo y la seguridad pública en la capital navarra. Hasta mediados del siglo XVIII la vigilancia nocturna en ciudades amuralladas como Pamplona tenía un carácter predominantemente militar o dependía de rondas vecinales poco estructuradas. A finales del siglo XVIII se implanta el primer sistema de alumbrado público, concretamente para agosto de 1799 se habían instalado 350 faroles en las esquinas y fachadas de las casas del Casco Antiguo y se contaba para encender las luminarias, entonces de aceite o de sebo con un cuerpo de diez faroleros que cobraban un real diario de salario. Dice Pascual Madoz en su Diccionario Geográfico-Estadístico-Histórico de España (T.XII) que «aunque al principio se colocaron faroles pequeños con candilejas de un solo mechero, se sustituyeron después con otros de reverbero mucho mayores y de buena forma , que puestos colgando en medio de la calle y a corta distancia unos de otros, prestan una luz clara y hermosa». Así pues, los faroleros precedieron a los serenos. Pronto se hizo evidente que la ciudad necesitaba un cuerpo con atribuciones más amplias que incluyeran la custodia de llaves y la vigilancia contra incendios y robos. En 1818 se estableció el cuerpo de vigilancia nocturna o serenos, inicialmente con dos celadores y diez agentes, tal y como nos cuenta Madoz en su citada obra. Trabajaban de diez de la noche y hasta el amanecer. «Son muchos los beneficios que tal institución reporta el vecindario, y entre ellos no es el menor la completa seguridad de que goza la población durante las horas destinadas al descanso” indicaba Madoz. Con carácter general cabe señalar que estos hombres eran elegidos por el municipio bajo criterios de rectitud moral y capacidad física, y su sustento dependía inicialmente y en gran medida también de propinas y contribuciones de vecinos y comerciantes, sobre todo en las ciudades más grandes.
El sereno pamplonés del siglo XIX era una figura de autoridad inmediata y cercana. Su presencia se definía por una serie de elementos iconográficos y herramientas que cumplían funciones prácticas esenciales en una ciudad que aún carecía de sistemas de comunicación modernos. El «chuzo», un palo de madera rematado en punta de hierro, no era solo un arma defensiva, sino un símbolo de su cargo que permitía golpear el suelo o las puertas para alertar a los vecinos. El silbato era la herramienta de emergencia por excelencia. Su sonido, agudo y persistente, servía para convocar a otros compañeros o a los agentes de la autoridad ante incidentes graves. Sin embargo, el rasgo más distintivo de su labor era la comunicación vocal. El sereno debía poseer una voz potente para realizar el «canto» de la hora y el estado del tiempo, «las doce y sereno», una práctica que proporcionaba seguridad psicológica a los habitantes de la ciudad. En Pamplona, el recuerdo de personajes como «Juanagorria», el celador nocturno apodado «El Pañero», perdura en la memoria histórica por su capacidad para proyectar su voz de contralto a través de las calles del casco antiguo. Además de estas funciones, el sereno era el guardián de la accesibilidad urbana. En una época en la que no existían los porteros automáticos, el manojo de llaves que colgaba de su cinturón era la única garantía de entrada para quienes regresaban tarde a sus hogares. Este servicio generaba un vínculo de confianza absoluta, ya que el sereno conocía los horarios y hábitos de los vecinos, convirtiéndose en un confidente y protector de la intimidad del barrio. Para formar parte de este cuerpo, al igual que pasaba con los agentes municipales, los aspirantes debían contar con una edad y una estatura mínima adecuada y carecer de antecedentes penales ya que el acceso a las viviendas y comercios dependía de su integridad moral.
En 1928 el cuerpo de serenos estaba integrada por 18 hombres y un celador. El uniforme que vestían se completaba con una boina verde con su chapa metálica. Posteriormente quedaron integrados en la guardia municipal. Como en otras ciudades, la desaparición de los serenos tradicionales en Pamplona fue consecuencia de las mejoras tecnológicas y urbanísticas que transformaron la fisonomía de la ciudad: La introducción del alumbrado público eléctrico a finales del XIX eliminó en buena medida la necesidad de supervisión manual de las farolas, una de las funciones originarias del sereno. La realización masiva de llaves de los portales por los vecinos, en los años 50 y 60 eliminó la necesidad de la custodia de las llaves de los portales por los serenos. Para mediados-finales de los años 50 el cuerpo de serenos prácticamente había desaparecido en Pamplona. En muchas ciudades la progresiva proliferación del teléfono en los domicilios particulares permitió a los ciudadanos avisar directamente a los servicios de emergencia (policía, bomberos o médicos), restando importancia al papel del sereno como intermediario en situaciones críticas. Y la introducción del portero automático fue el golpe definitivo. Al permitir que los vecinos abrieran el portal desde sus propias casas, la custodia de llaves por parte del sereno se volvió innecesaria. A finales del siglo XX hubo algún intento en Murcia de recuperar esta figura, incluso en 1999 se llegó a hablar en Navarra de retomar esta figura de mano del voluntariado. El hecho es que los serenos forman parte de la imagen y la historia de la Pamplona de otro tiempo.