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Otros proyectos de Ensanche anteriores al actual (1901-1914)

Continuo en esta segunda entrega con los proyectos de Ensanche de Pamplona anteriores al actual que conocemos. La Real Orden de Octubre de 1901 en la que se autorizaba el derribo de las murallas y la extensión de la ciudad hacia el Sur fue, pese a constituir un innegable avance teórico,  un espejismo en el largo proceso y anhelo  de la ciudad por liberarse del cinturón amurallado que le constreñía. Y es que el Ramo de Guerra impuso unas condiciones que el Ayuntamiento de Pamplona no estaba en condiciones de admitir. Fueron razones fundamentalmente económicas las que provocaron el retraso en el derribo de las murallas de Pamplona. Los militares obligaban al Ayuntamiento de Pamplona a erigir otro recinto fortificado por el sur, a entregar solares para la construcción de nuevos cuarteles militares, a correr con los gastos de explanación de los terrenos situados entre el Fuerte de San Bartolomé y la Ciudadela, además de facilitar a los militares un campo de instrucción y otro de tiro cerca de la ciudad donde pudiesen hacer maniobras los diferentes regimientos acuartelados. De esta época, 1904, es el plano del proyecto de Ensanche hacia el Sur y el Oeste  realizado por el topógrafo  Dionisio Casañal y Zapatero, con la delimitación del nuevo recinto fortificado o de seguridad,  que con algún pequeño sería reutilizado en 1909. Adjunto a la izquierda detalle del plano del mencionado Casañal donde se observan los frentes sur y oeste de la Muralla de Pamplona y a la derecha, sobre un plano del mismo autor (el original es de 1882),  dibujados los dos ensanches propuestos tanto en 1904 como 1909. En él  se perciben claramente las secciones de muralla que se verían afectadas. Adjunto, a continuación, plano de detalle de ambos ensanches. Posteriormente en 1910 el Ayuntamiento hizo una nueva propuesta con el mismo planteamiento cuyo plano también adjunto a continuación. Ambos planos, los de 1909 y 1910 son bastante parecidos. Varían tan solo el tamaño y forma de las manzanas y su orientación, especialmente en el ensanche sur.

Pero volvamos unos años atrás. En 1904 Pamplona  lograba un pequeño avance en el empeño de sacudirse su  corsé amurallado  al poder ampliar algunos de sus estrechos portales como los  de Taconera, San Nicolás y el Portal Nuevo. A partir de 1908 se volvieron a retomar las negociaciones con el Ramo de Guerra y en febrero de 1909 el Ayuntamiento planteaba al Ministerio un nuevo proyecto de Ensanche que redactó el arquitecto municipal Julián Arteaga y que adjunto más adelante. En esta ocasión y como respuesta a la propuesta ministerial de 1901 el Ayuntamiento estaba  dispuesto a pagar más dinero al Ramo de Guerra por el terreno pero a cambio de no acometer el nuevo recinto de seguridad a que le obligaba el estamento castrense. En dicho proyecto se sentarían las bases de lo que a la postre será el proyecto definitivo de Ensanche. No obstante tenía importantes diferencias con el proyecto final que se encargó a Serapio Esparza y que fue aprobado en julio de 1917. El proyecto de Esparza estaba basado claramente en el ensanche de Barcelona, con la retícula de manzanas cuadradas cortada por una diagonal como aquel. En el proyecto de Arteaga la orientación de las calles  era de norte a sur y  sus manzanas eran rectangulares para resguardar las calles del viento del norte. En el de Esparza las manzanas eran cuadradas, alineadas con el Casco Antiguo,  para lo cual se modificó  la orientación de la retícula  unos 45 grados. El proyecto de Arteaga de 1909 fracasó,  al igual que los anteriores, fundamentalmente por razones económicas ya que era mucho el dinero que seguía teniendo que pagar el consistorio a los militares.

Una parte del Ayuntamiento, sin renunciar al Ensanche,  abogaba por avanzar en la derogación del reglamento de las zonas polémicas y que se permitiese la libre edificación fuera de la murallas. En 1910 se presentaba, como ya he mencionado anteriormente,  otro nuevo proyecto hacia el sur y el oeste de la ciudad que fue rechazado por las autoridades militares. Y es que se oponían al derribo del recinto amurallado existente entre la Ciudadela y la Cuesta de la Reina. Les parecía  mucho  mejor técnicamente el proyecto de Julián Arteaga, presentado por el consistorio en 1909, que se centraba únicamente en el sudeste. Los militares insistían en pedir a la ciudad la construcción de un recinto de seguridad, condición que permanecía inalterable desde 1901. Finalmente una Real Orden de mayo de 1911 autorizaba el Ensanche por el Sudeste y desestimaba el Ensanche por el Oeste. La ley que regulaba su derribo se aprobaría por las Cortes en julio de 1912. Se permitía el derribo de las murallas desde la Ciudadela hasta la ripa de Beloso, quedando en pie el baluarte de Labrit el fortín de San Bartolomé pero aún se mantenían las diferencias entre el Ayuntamiento de Pamplona y los militares por el pago por los terrenos y el recinto de seguridad mencionado.

Sería, a la postre, la 1ª guerra mundial la que haría cambiar el criterio de las autoridades militares estatales, pues este conflicto bélico demostró la inutilidad de las murallas defensivas y que fácil estaban cayendo  las principales ciudades amuralladas europeas ante el imparable crecimiento de las nuevas maquinarias bélicas y el auge de la aviación. El 17 de diciembre de 1914 se aprobaba el proyecto de ley de derribo de las murallas de Pamplona, publicado en la Gaceta de Madrid, (lo que sería el actual BOE), el 8 de enero de 1915. El pago de la ciudad a los militares sería, finalmente,  de 1 millón de pesetas y no se exigía habilitar al Consistorio el mencionado recinto de seguridad. Finalmente el 25 de julio de 1915 tendría lugar el acto oficial de inicio del derribo de las murallas, en la zona cercana al baluarte de la Reina y el portal de Tejería. Aun pasarían tres años más hasta el derribo de esa parte del recinto fortificado y más de un lustro hasta ver erigidas las primeras nuevas construcciones del Nuevo Ensanche que abarcaría 890.000 m2 de los cuales 202.400 fueron cedidos por el Ramo de Guerra al municipio. El resto era propiedad del Ayuntamiento y de particulares. Algunas décadas después la ciudad o al menos algunos próceres  se darían cuenta de lo que se había perdido con el derribo de sus murallas. En aquellos momentos  el debate se planteaba en otros términos: de modernidad, desarrollo y progreso, poder contar viviendas más amplias frente al hacinamiento del Casco o nuevos espacios para la industria y el comercio. No se plantearon en serio ninguna alternativa como hubiera sido crecer fuera puertas manteniendo el núcleo amurallado. El mismo destino siguieron otros recintos amurallados de la península. Hoy lo que queda de nuestras murallas, que es bastante,  constituye  uno de nuestros más importantes signos identificativos como ciudad y uno de nuestros mayores atractivos en cuyo mantenimiento se han invertido  bastantes millones en los últimos años

Planos: Archivo Municipal de Pamplona (AMP). 1º plano: Plano de detalle de Dionisio Casañal y Zapatero del recinto fortificado en sus frentes Oeste y Sur (1882-1904). 2º Plano. Plano general con los ensanches Oeste y Sur. 1904 y 1909 sobre el plano de Dionisio Casañal. 3º plano: Plano de detalle de los ensanches Oeste y Sur. 4º plano. Proyecto de Ensanche hacia el sur y el oeste de 1910. 5º plano. Proyecto de Ensanche de Julián Arteaga de 1909. 6º plano: Proyecto de Ensanche de Serapio Esparza de 1917.

Crónica negra del Viejo Pamplona: Crimen junto a la muralla de Descalzos (1897)

Continuo recordando crímenes del pasado siglo XX y en esta ocasión también de finales del siglo XIX con  una serie que continuaré durante las próximas semanas. Utilizaré para recuperar las crónicas de los diferentes sucesos  la prensa local de aquellos años, especialmente «El Eco de Navarra» y «La Tradición Navarra». Antes de entrar en materia, daré unas pinceladas sobre la criminalidad en nuestra ciudad en las postrimerías del siglo XIX y principios del XX. Aunque pueda sorprender a más de uno a mediados del S.XIX Pamplona y Navarra presentaban uno de los más altos índices de criminalidad en todo el estado. En 1853 y de acuerdo con Pascual Madoz, en su «Diccionario Geográfico, estadístico  histórico de España 1845-1850» Navarra arrojaba un índice de un  delito   por cada 196 habitantes, la media en España en este período era de un delito por cada 430 habitantes. Numéricamente, por hechos delictivos en esos años, ocupaba el tercer lugar tan solo por detrás de Madrid y Guadalajara. En la década siguiente (1853-1863) mejoramos  la situación pasando del 3º al 39º lugar, con un delito por cada 345 habitantes mientras Madrid  subía a un delito por cada 187 habitantes. Probablemente las guerras que asolaron nuestro solar a lo largo de la primera mitad del S.XIX ayudaron a exacerbar las más bajas pasiones, pero simplificaríamos mucho la cuestión si esa fuese la razón.

Ramírez Arcas en su «Itinerario descriptivo y geográfico estadístico» y también Madoz añaden a este factor, la cercanía a la frontera que facilitaba el contrabando y la comisión de otros delitos  asi como la baja instrucción de las clases populares.  Desde antiguo, en nuestra tierra, había habido un abuso en la utilización de armas blancas, que habían denunciado las diferentes «pragmáticas» del Consejo del Reino y que denunciaba de vez en cuando la prensa local, hasta el punto de que en 1906 el alcalde de Pamplona, D. Joaquín Viñas  adoptaba medidas para reducir el uso y abuso de armas. De todos modos y aunque abundaban las navajas y cuchillos, se utilizaban todo de tipo de armas a la hora de matar: navajas, cuchillos, botellas, hachas, azadones, palos o revólveres. Y es que las navajas las llevaban desde infantes hasta hombres talluditos. Muchos de los crímenes se desarrollaron en tabernas, por un quítame allá esas pajas, por lo que podemos concluir que el alcohol fue, en muchos casos, un factor determinante que contribuía a  nublar la mente y a desencadenar la tragedia. En otras ocasiones, no había un motivo real, nunca hay un motivo para matar, ni siquiera una afrenta y eran más bien fruto de la violencia gratuita, la estupidez o la obcecación. Estaba por otra parte el capítulo de los llamados crímenes llamados pasionales que no por ostentar dicho calificativo los hacían menos odiosos, «aquello de la maté porque era mía» sigue desgraciadamente en vigor en nuestros días bajo la conocida etiqueta de «violencia de género». Empezaré, precisamente, por uno de ellos, recogiendo casi literalmente  la crónica que del  crimen hacía  el periódico «El Eco de Navarra». Fue un crimen atroz, cruel, horrendo. Ilustran la entrada tres fotografías de esos años de Fidel Astiz Iriarte, pertenecientes a la Fototeca del Archivo Abierto del Gobierno de Navarra que detallo, con minuciosidad al final del artículo.

«Desde las primeras horas de la mañana del día 13 de mayo de 1897 corrió la noticia por la capital de que, en la muralla de Descalzos, entre el Portal Nuevo y el de la Rochapea, había una joven asesinada, siendo el primero que vió el cadáver un cabo del Regimiento de Cantabria que marchaba por aquel punto a repartir el café a los soldados que se encontraban de guardia. Comunicado el hecho a las autoridades, inmediatamente se personó en el lugar del suceso el juez de instrucción y los jefes de la policía judicial y agentes municipales  que empezaron a practicar las primeras diligencias para descubrir al autor del crimen que, en principio, parecía envuelto en el misterio. Conducido el cadáver al Hospital Provincial, el juez de instrucción ordenó que quedará expuesto al público con el fin de que fuera identificada por alguna persona que conociera a la interfecta.

Esta se llamaba  Manuela Goñi Echeverría de 18 años de edad, natural de Yesa y con domicilio en el nº 1, 5º piso de la calle Tejería, en donde se hallaba desde hace unos días en que salió de la casa de un empleado de Diputación, en donde había estado trabajando  en calidad de sirvienta. Los agentes Guerra, del Ayuntamiento, y Fernández, de Vigilancia,  pudieron conseguir que una mujer que se encontraba viendo el cadáver declarara que conocía a la muerta, añadiendo también que creían que  tenía una relación sentimental con un cajista de una imprenta de la ciudad. Con estos datos los agentes empezaron a buscar  el nombre de dicho joven consiguiendo que al poco tiempo éste fuera detenido por el policía municipal Dionisio Pérez  que le condujo al Depósito, quedando inmediatamente incomunicado. El autor del crimen se llamaba Balbino Arrastia, pues, según dicen ha declarado que cometió el crimen. El cadáver fue hallado en la muralla que hay detrás de la basílica de Nuestra Señora de  la O, en un paraje similar al que vemos en la tecera de las fotografías. Dícese que el crimen se había cometido con un cuchillo de grandes dimensiones que apareció roto en dos pedazos desiguales, quedando la parte menor y ensangrentada adherida al mango.

Al parecer el motivo que arguyó el asesino para perpetrar su crimen es que al mismo tiempo que mantenía relaciones con él la chica se dejaba acompañar por otro joven. Este proceder desagradaba al tal Arrastia, carcomido por lo celos y así se lo manifestó en alguna ocasión a la joven a quien pidió nuevamente explicaciones en el día  del crimen, a las 8 de la tarde el miércoles, 12 de mayo. Cuando Manuela y Arrastia se despidieron este siguió sigilosamente a aquella y observó que al poco rato Manuela se detuvo con el joven que le acompañaba; los dos seguidos del Arrastia marcharon por la Calle estafeta y traseras de la Plaza de toros, Casa de Misericordia, Palacio de Justicia y demás casas del Ensanche y se dirigieron a la Taconera. Parece que Arrastia sin que le observara Manuela y su acompañante permaneció en acecho esperando la ocasión en que Manuela estuviera sola, sin que se diga en el relato de que medios se sirvió para llevarla al sitio donde se cometió el crimen. Cuando llegó el momento parece que increpó a Manuela por su comportamiento. Cuando ya estaban detrás del convento de las Descalzas, dícese que Arrastia le exigió a Manuela  el nombre del joven con quien había estado hablando y es de creer que al negarse aquella a satisfacer la pregunta Arrastia le dió una cuchillada. Entonces Manuela dijo al agresor: ¡Por Dios, Balbino, no me mates!, ¡Yo te diré quien era el que me acompañaba». Esto es lo que dicen que contó Arrastia a alguna persona que le interrogó antes de intervenir el juez. Se supone que el crimen se cometió a las nueve y media de la noche y no por la madrugada, como se dijo.

El cadáver presentaba una extensa herida en la frente, otra en el lado derecho del pecho y otra de grandísima consideración en el cuello, cortando por completo su parte anterior. También se ha dicho que la interfecta tenía algunas pequeñas heridas en las manos, haciendo suponer que trató de defender infructuosa y desesperadamente su vida. Pero aparte de la declaración del asesino hay otras versiones. Parece ser, según otras fuentes testimoniales que declararon en el caso, que en la tarde del miércoles, Manuela  había ido a lavar al rio, regresando a la cinco y media de la tarde a la casa nº 6 de la calle Pellejerías donde estuvo trabajando  repasando ropa y planchándola después. Salió de dicha casa a las ocho y media para ir a la suya  y en la esquina de la calle Mayor le esperaba Balbino Arrastia. En aquel momento llegó la mujer  que la tenía alojada  en la casa de la calle Tejería  y al invitarla para que fuese con ella a casa el Arrastia le contestó: para las nueve ya irá». Por lo tanto el testimonio de este testigo contradice la versión  del asesino. Manuela parece ser que quería mejorar su situación y deseaba  trabajar en Madrid en el servicio doméstico. Otros comentarios que circularon esos días hablaban de que Arrastia volvió al lugar del crimen a las 2 de la madrugada tal vez al objeto de examinar si Manuela estaba muerta. El asesinato de la joven, a tenor de lo dicho por la prensa, supuso una gran conmoción entre la población y provocó una corriente de solidaridad hacia la víctima esos días. Buena muestra de ello es que tan pronto como las vendedoras del Mercado tuvieron noticia del crimen, por iniciativa de doña Presentación Yoldi,  hicieron una colecta para pagar el toque de agonía y poder celebrar algunos sufragios por el alma de la infortunada Manuela Goñi. Lo recaudado hasta la hora en la que se escribía esta crónica  ascendía a 21 pesetas.

Y continuaba narrando las crónicas periodísticas de «El Eco»: Ayer por la mañana, un numeroso público de curiosos esperaba en la calle Tecenderías  a conocer  al Arrastia en el momento de ser trasladado  del Depósito a la cárcel. Se dice que Arrastia aparentaba una completa tranquilidad como la tuvo en el momento en que fue detenido en la imprenta de Don Juan Sanz, a pesar de tener las ropas manchadas de sangre y el cuello herido por las uñas de su víctima. Ayer a las cinco de la tarde después de comer el rancho se encontraba en el patio, entre sus compañeros de prisión, sorprendiendo por su gran serenidad». Por su enclenque constitución física parecía increíble que dicho hombrecillo hubiese cometido el crimen con la saña que apuntaban los hechos. De nada le sirvió a Arrastia su testimonio de novio pretendidamente engañado. A Arrastia le juzgaron el 8 de mayo de 1897 y le condenaron a 20 años de prisión. Desgraciadamente muchos de los crímenes llamados pasionales cometidos en aquel tiempo recibirían en los años siguientes condenas ridículas, mucho menores a la mencionada. Por asociación de ideas me viene a la cabeza, de forma un tanto vaga y confusa, otro crimen que se cometió en la bajada del Portal Nuevo y que recuerdo haber oído de pequeño, tal vez se cometió en los primeros años 60 del siglo XX. La víctima a puñaladas fue una mujer joven que bajaba hacia la Rochapea, de anochecida,  el asesino debía de ser de «buena familia», pues se corrió un tupido velo sobre el asunto y el criminal, que al parecer tenía sus facultades mentales perturbadas no ingresó jamás en prisión. No sé si alguien se acordará de este hecho y podría dar más detalles.

Fotos: Las tres fotos se utilizan bajo la licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 España. (CC BY-NC-ND 3.0 ES). Foto nº 1: La calle Mayor de Pamplona tomada desde la Taconera. Fidel Astiz Iriarte. 1896. En primer término, en la izquierda la plaza de recoletas y, en la derecha, la iglesia de San Lorenzo. Foto nº 2: Frente sur de la plaza del Castillo de Pamplona con el Teatro Principal, posteriormente Teatro Gayarre. Fidel Astiz Iriarte. 1897. Vista de la plaza tomada desde el edificio del Casino Principal. En primer término, el monumento a la Beneficencia. En segundo plano, la fachada del Teatro Principal, posteriormente Teatro Gayarre, y el edificio del actual palacio de Navarra. En la fachada de la izquierda se lee: GRAN FOTOGRAFÍA DE PLIEGO. Al fondo, la Higa de Monreal. Foto nº 3: Fidel Astiz Iriarte. 1908. Vista de las inmediaciones del Portal nuevo y el Paseo de Ronda de Pamplona. Vista de la actual plaza de la Virgen de la O de Pamplona tomada desde el este, en los jardines de la Taconera. En la derecha el muro del convento de la Madres Recoletas y las escaleras de acceso. En segundo plano, el convento de los Carmelitas Descalzos y las casas que ocupaban la actual plaza. En la izquierda, el Paseo de Ronda. La plaza de la Virgen de la O se comenzó a construir en 1908.

Proyectos de ensanches en el norte de Pamplona (1885-1901)

A finales del XIX y principios del XX, el Ayuntamiento barajó diversos proyectos que contemplaban la creación de ensanches por el norte de la ciudad en vez de por el sur. El Ayuntamiento deseaba extender la ciudad por el sur que era la prolongación más lógica pero era consciente de la dificultad que entrañaba el derribo de las murallas, con abierta oposición del estamento castrense. De ahí que retomará su lucha por acabar con la prohibición de construir en las llamadas «zonas polémicas». El Ministerio de la Guerra tras muchos tiras y aflojas accedió a estudiar el Ensanche de Pamplona  por el norte. De hecho el primer proyecto de Ensanche por el norte fue elaborado  por los propios militares. Se presentó el 15 de agosto de 1885 y fue obra del coronel de ingenieros  José Luna y  Orfila. Ocupaba los terrenos de la Rochapea más cercanos al meandro del río y que coincidía con la Rochapea Vieja así como los de la zona más cercana a la Estación del Norte, lo que hoy sería el barrio de San Jorge, tanto en el lado norte de la actual avenida de San Jorge como en la zona sur. Ambos núcleos poblaciones tenían una curiosa disposición radial, como se puede observar en el plano adjunto. Las casas no podían tener más de 2 pisos y un máximo de 10 metros de altura y debían de carecer de sótanos o cualquier otro escondrijo que sirviese para ocultar tropas o explosivos. Las calles debían tener una anchura de 12 a 16 metros. Se reservaban solares para la iglesia, mercado, escuela y «si sobraba» para jardín público. Sin embargo la propia Memoria ponía de hecho, a las claras, las deficiencias de este proyecto. Algunos estaban muy a la vista. Los núcleos poblacionales estaban demasiado cercanos al rio lo que redundaba en un alto grado de humedad de los terrenos, que hacía muy poco salubre la zona y apenas había pendiente para el saneamiento, esto es, para los desagües. Poco tiempo  después, el arquitecto municipal, Julián Arteaga y la Comisión de Fomento desaconsejaban acometer este proyecto de Ensanche. Este plan se vería paralizado, no obstante, por la Real Orden de 1896 que proponía replantear las zonas polémicas en toda España.

El segundo proyecto de Ensanche en el norte, ocupaba terrenos de Rochapea, Magdalena y el barrio de la Estación. Este proyecto a diferencia del anterior de origen militar, se presentó por iniciativa municipal que sin renunciar al Ensanche por el sur consideró que era una buena oportunidad impulsar la construcción en esta zona de la ciudad,  para «llevar las innumerables viviendas pobres, cuadras y vaquerizas situadas en el centro de la ciudad». Por Real Orden del 21 de diciembre de 1899 se concedió el Ensanche de Extramuros por el que se permitía construir en las llamadas «zonas polémicas».  El proyecto se parecía más a la típica construcción reticular  de los Ensanches y ocupaba todo el meandro del Arga, desde Cuatro Vientos hasta Capuchinos, y por arriba de Marcelo Celayeta y hasta el puente de Curtidores, con una gran plaza central, tal y como se puede observar en el plano adjunto. No obstante, los militares propusieron diferentes limitaciones,  reduciendo la zona edificada y recordando, como en el proyecto anterior, que todo el barrio debía ser fácilmente derruido en caso de conflicto bélico. Con las correcciones el  Ayuntamiento redactó un nuevo proyecto bajo la dirección de los arquitectos Angel Goicoechea y Manuel Martínez Ubago. El proyecto se presentó en 1901 y no prosperó fundamentalmente por dos motivos: el problema que plantearía a la ciudad la división  de la ciudad en dos núcleos y porque finalmente el 19 de octubre de 1901 llegó una Real Orden que autorizaba el deseado derribo de las murallas y la deseada extensión de la ciudad hacia el sur.  No obstante aun habrían de pasar 14 años hasta el inicio del derribo de las murallas en 1915 y algunos años más hasta la construcción de los primeros edificios en el Ensanche. Y es que entre otras condiciones que el Ramo de la Guerra imponía al  Ayuntamiento de Pamplona estaba el de erigir un nuevo recinto amurallado (desde la Ciudadela pasando por el Fuerte del Príncipe hasta la ripa de Beloso) como veremos en una próxima entrada en las que seguiré hablando de los sucesivos proyectos del Segundo  Ensanche anteriores al definitivo de Serapio Esparza y de la constante  pugna con las autoridades militares.

Planos: Archivo Municipal de Pamplona. (AMP). 1º plano. Proyecto del ensanche de Rochapea-Estación (1885). 2º plano. Proyecto del ensanche de Rochapea-Magdalena-Estación (1899).

Crónica gráfica del Viejo Pamplona a través de las pancartas de las peñas (1970-1978)

Tercera y última entrega, de momento,   de la crónica gráfica del viejo Pamplona a través de las pancartas de las peñas, recopilados en estos primeros días de unos atípicos «no sanfermines» de 2020, un año marcado por la pandemia que asola el mundo.  Nos habíamos quedado  hace dos años, por estas fechas,  en 1969. En esta ocasión la entrada irá desde 1970 hasta los malogrados sanfermines de 1978. En 1970, la Peña Irrintzi aludía, en su pancarta, a las compras a plazos y a los riesgos que esta modalidad de compra entrañaba, vamos casi como ahora con  el uso desmedido o incontrolado de la tarjeta. Las cocinas, lavadoras automáticas, televisores empezaban a entrar en nuestros hogares y con ellas las letras. Sobrevolaba el peligro del embargo, «por no pagar los 100 plazos no nos dejan ni los cazos», decía un texto de la pancarta.  En la de la Armonía Chantreana se aludía con humor a las demandas del barrio, se comenzaban a colocar en los edificios de vecinos la calefacción central, todavía no había llegado las canalizaciones de gas ciudad y el frío se dejaba sentir no solo en las casas sino hasta en las instalaciones deportivas del barrio. Dos mozos alimentan la calefacción central, uno con un pellejo de vino y otro con un fuelle,  mientras otros se refrescan con el inevitable «morapio» sanferminero. La peña Alegría de Iruña hacía alusión al futuro pantano de Eugui que aliviaría  los problemas de suministro hídrico de Pamplona, se decía. Los concejales se bañaban en las aguas del pantano mientras un mozo daba de beber, con la bota al astado. Un gracioso pareado, como era bastante común en las pancartas de aquel entonces, decía «Como no nos llega el agua..apretaremos la bota, mientras unos bien se bañan, otros sufriremos de gota». Oberena criticaba el exceso de obras municipales en la calle con su consiguiente exceso de ruido y otras incomodidades, «Obras y pavimento divierten al Ayuntamiento».

La creciente motorización de la ciudad y la falta de aparcamientos se dejaba sentir en la  pancarta de El Bullicio. Se satirizaba en este lienzo el excesivo celo punitivo municipal, las multas por aparcamiento indebido se acumulaban, con la amenaza de recargo si no se pagaban en su momento, la imagen de los concejales intentado atrapar un par de coches es suficientemente ilustrativa. El mensaje de la pancarta lo dice todo. «No pagaremos las multas mientras no hagan aparcamientos. Nadie tenemos la culpa. Solución: Ayuntamiento». La peña Aldapa ponía en solfa la cantidad de planes municipales para la construcción de viviendas en marcha, algunos de ellos no llegarían a buen puerto: Plan Sur, Plan Arrosadia, Plan Ermitagaña, y lo hacía con mucho humor acompañado de otros «no planes»: plan chao, plan tao, plan frustrao, así se estaba quedando el ciudadano de Pamplona. El toro o la vaca apuesta por el plan indú, mientras un mozo corre acompañado de un par de mozas de buen ver bajo el título de «plan sueko».

La peña Anaitasuna se refería en su pancarta a la carrera espacial, el toro les va a mandar a la luna. Un mozo alucinaba viendo una concentración de gemelos. La Unica se lamentaba del devenir de Osasuna, entre 2ª y 3ª y censuraba a sus dirigentes. Mientras que la Peña San Fermín denunciaba la creciente carga de multas e impuestos municipales, de un ayuntamiento con muy escasos económicos por lo que se veía. El texto lo decía todo: «Pantano de Eugui y plan Sur, proyectos de gran altura, como Ermitagaña y Cizur (y de perras arrascaus). Esto no va  a tener cura».

En 1971, la peña Oberena criticaba la negativa de los concejales a acudir  a la procesión de Semana Santa en cuerpo de ciudad. Un centurión romano bien plantao les increpbaa «Orden del centurión, otro año a la procesión». Esa misma crítica se reproducía en otros carteles de las peñas, como la de la Armonía Chantreana. «A la procesión no y a los banquetes sí» le dice un mozorro armado con un cirio quemándoles  el trasero a los ediles, mientras otro concejal degusta una langosta sentado sobre un astado. En la pancarta de Alegría de Iruña un romano aguijonea con su lanza a una cuadrilla de concejales vestidos de judíos  mientras un mozo ríe la embestida con un «Hosanna, Hosanna, Hosan amolao». Y lo mismo en La Unica. «Los tiempos pasan y cambian y la comisión no aparece. La Soledad marcha sola y al pueblo no le convence» Los concejales se pelean por la presidencia de las corridas mientras hacen mutis por el foro en la procesión de La Dolorosa. También El Bullicio aludía al tema con el pareado «Los del gremio concejil pintan solo en San Fermín», en un doble mensaje, por el lucimiento de los ediles y las obras de embellecimiento para esos días.

Irrintzi volvía con el tema de las multas: «Las multas con disimulo sirven para limpiarse el…», mientras un agente municipal sancionaba a un ciudadano por «levantar el gato demasiado», literalmente como se ve en la lona. Lo mismo Los del Bronce que afirman que «los chicos del municipio con sueldos, multas y rayas sacan más perras hoy día que en el «cache» con las layas». Un entregado agente ponía multas hasta al coche del alcalde. La pancarta de Aldapa tenía un contenido eminentemente taurino, aludiendo a los picadores, siempre tan criticados, la del Anaita hacía una sibilina crítica de las modas, la moda del «minishort» decía que hacía bajar el precio del jamón, jugando con el doble sentido. Lo mismo que La Jarana que dice que «las faldas no podían subir más» mientras unas chicas despampanantes lucían unos «minishort». Mientras un mozo pretendía ordeñar a un toro que le recordaba que no era una vaca. También se denunciaba la labor de los intermediarios que se llevaban una pasta. La peña San Fermín dirigía sus diatribas a la especulación urbanística de algunas inmobiliarias: pisos caros, pequeños y de escasa calidad, con facilidades de pago.

En 1972 se planteaba la construcción de unos nuevos corrales para los toros que, finalmente,  no se llevó a cabo. 19 millones para  corrales señalaba la pancarta de Aldapa mientras que las vacas protestaban ante el Alcalde-Presidente de la Corporación, «Y si para nosotras no hacen corrales no nos dejaremos ordeñar». El alcalde responde con un tajante «A mi con leches, no» y sobre su mesa un clarificador lema «Ordeño y mando». En las pancartas había casi siempre una sátira o crítica más o menos clara hacia el poder, a pesar de que todavía nos encontrábamos en plena dictadura. Alegría de Iruña reflejaba como la Comisión de Higiene municipal pretendía atacar el tema de la contaminación. Unos concejales ponían a remojo sus pinreles mientras un mozo provisto de una mascara antigás cabalgaba a lomos de un astado igualmente en mascarado. Por último un «munipa» recriminaba  a un escocés que enarbolaba el espinar de un pescado, «A Eskocia que goléis a bacalao». Armonía Chantreana hacía alusión en su pancarta a las multas y al mal estado de las arcas municipales. «La caja sigue vacía y las multas en aumento. Qué trabajo noche y día…¡Qué pobre el Ayuntamiento! Un concejal rebuscaba en la caja fuerte municipal a la búsqueda de fondos mientras una cuadrilla de agentes se afanaban en multar a un vehículo, «Yo lo he visto primero». Otra peña que se refería al mismo tema de las multas  era el Irrintzi. En ella un accidentado recriminaba al agente que estaba  multando a un toro con un «Déjese de multar y defienda nuestras vidas porque valen mucho más». Las multas también eran objeto de crítica en la pancarta de La  Unica. Toda la lona está plagada multas. Un afanado agente municipal multa a un coche, junto al que se encuentra un mozo llevando a la espalda a un toro. Otro mozo hace aguas menores junto a  un árbol y pregunta por los nuevos aseos públicos.

La polémica sobre llevar o no frac y chistera iniciada por los concejales «sociales» en esos años tuvo reflejo también en las pancartas, «unos frac y chistera, otros sin querer llevar. Así es el ayuntamiento que tenemos que aguantar». Mientras los concejales se increpan, un mozo les anima a darse fraternalmente la paz. Así lo reflejaba la pancarta de El Bullicio. Oberena sacaba a colación la polémica surgida a raíz del nombramiento de un químico para el Servicio Municipal de Aguas. Los de Bronce criticaban las malas prácticas en algunos espectáculos taurinos, mientras que la Jarana se hacía eco de la polémica de ese año de Luis Aguilé con Pamplona. En mayo de ese año, tras presiones del Ayuntamiento se prohibió la emisión en radio y televisión de la canción Vamos a Pamplona, porque el consistorio consideró que era un desprestigio para los sanfermines y para la propia ciudad. En la pancarta se citaban algunas estrofas algo cambiadas  de aquel bodrio de canción «Si yo me subo en la barra, y no me subo a la parra pa´entonces uno se agarra por si te mandan a la porra». Colón se dirige a Aguilé diciéndole: «Yo salí de Palos a América y tu saldrás de Pamplona a…». Muchas de las pancartas las firmaba Balda con su estilo característico y otras tantas Labayen con su no menos estilo peculiar y reconocible. El Muthiko se quedaba en una leve crítica sobre los precios de la ternera, mientras un mozo pasa la boina para recoger unas perras. Por último la pancarta de la peña San Fermín tenía un contenido eminentemente deportivo, saludando aparentemente el triunfo en la liga del Atlético de Madrid (lo digo por lo de las deudas y las ayudas), con una referencia al Osasuna de nuestros amores: «empuja la furia navarra y en segunda los veremos, si nos ayudan subiremos a primera o a la parra (porra)».

En 1973, la colocación masiva de semáforos contribuyó a que los agentes municipales no tuvieran que hacer esta labor de forma manual. «Hoy la labor de los guardias es fácil de desarrollar. Con semáforos y rayas se echan la siesta y en paz». Un par de guardias municipales de tráfico se echan la siesta entre un bosque de semáforos. El Bullicio hizo un pequeño homenaje a las antiguas atracciones de las fiestas, recordando en su pancarta a las cucañas, a las que suben los ediles huyendo del peligro, de los astados o de la cama de pinchos. «se ve que los concejales poseen sus artimañas. Fracasan con los corrales y se plantan sus cucañas».

Oberena se hacía eco de la incorporación de las mujeres al cuerpo de la policía municipal para dirigir el  tráfico lo que ocasionó no poco revuelo. La pancarta caía en el chiste fácil. «Si nos toca el pito nos ponemos fritos» dice una pareja de mozo-astado, mientras que un concejal toma medidas a la aspirante a guardia de tráfico ante el regocijo de sus compañeros de corporación.  Esta misma novedad de las guardias de tráfico aparece reflejada igualmente en las pancartas de Aldapa, Irrintzi y Alegria de Iruña. Tanto Irrintzi como Alegría de Iruña seguían el tono jocoso de Oberena, aunque la palma se la llevaba esta última con su doble sentido al referirse a las multas: «Respete, por favor, sino se la pongo más gorda» le responde la agente femenina a un «navarrico» venido del pueblo asombrado por la presencia de la guardia. Hoy estas pancartas serían objeto de polémica, por su tono y tratamiento de la figura de la mujer, no por el hecho de que una mujer se incorporase al cuerpo de guardias municipales, algo desde luego hoy totalmente normalizado.  Aldapa, además,  recogía en su pancarta el problema de encontrar cama durante los sanfermines, mientras que Anaitasuna se quejaba del excesivo número de rayas pintadas en el suelo lo que hacía mucho más lenta la circulación en la ciudad  a tenor de las imagenes que veíamos en su pancarta: un mozo cabalgaba a lomos de una tortuga por el «laberinto municipal».

En 1974 Irrintzi tocaba el tema de los impuestos, denunciando el doble rasero para los pobres y los ricos ejemplificados en un jugador de futbol (Cruyff) y un indigente. En la pancarta de la Armonía Chantreana se reflejaba la escalada de los precios del petroleo, con la consiguiente repercusión en la economía. «El poner el crudo caro a alguien bien le ha venido. No ha subido solo el crudo, también nos sube el cocido». Un mozo le dice a su parienta que viene con la sartén preparada que con un verde (1000 pesetas) un conejo y  nada más. De este mismo tema se hacía eco la pancarta de Alegría de Iruña. Por su parte la peña Aldapa hablaba de la llamada «guerra de la leche» que acabaría en subida de precios. La pancarta ilustraba una concentración de vacas de diferentes países. Osasuna bajaba a tercera. El Bullicio reflejaba en su pancarta el tema del trasvase del Ebro, mientras que en la de Oberena tenía acomodo la serie Kung fu tan famosa en aquellos años. En ésta un guiri en cueros haciendo «strikin», una moda de aquellos años, es empitonado por un toro mientras que el «pequeño saltamontes» pregunta al maestro porque el hombre está en cueros. El maestro alude a la subida del precio de la ropa.

La moda del strikin también quedó reflejada en la pancarta del Anaitasuna, Los del Bronce y La Jarana. En la primera un par de toros parecen dispuestos a empitonar al joven «nudista». «Mientras el manso está pidiendo de las vacas la atención pa que se cebe con ese que no lleva pantalón». En la segunda, en la de Los de Bronce, ademas del striking salían otros temas como el fútbol (Cruyff) y la subida del petroleo. El inevitable toro pedalea en bicicleta mientras el texto dice: «Mira que tiene bemoles, nos sacan de la cambreta y por ahorrar gasolina nos largan en bicicleta». En La Jarana una policía municipal se apresura a tapar al nudista, mientras un mozopeña le grita: ¡Con qué streaking, eh, sodrogau!. Toda una crítica contra la falta de moralidad, en aquellos años, según algunos. En la pancarta del Muthiko se sacaba a colación el cambio del horario del encierro a las ocho de la mañana. La Unica apuntaba en su pancarta a la devaluación de la fiesta taurina: los toros preparados, el dinero de los apoderados, etc.

En 1975, -todavía no había muerto Franco-, las criticas de las peñas se hacían más ácidas y atrevidas, sacando a colación todos los temas polémicos del momento. En la de Aldapa se hablaba de los escándalos de Matesa, Reace y Sofico, sometidos a juicio. El mozo, beodo, que lleva tres globos representando cada escándalo tararea la musiquilla de «Un globo, dos globos, tres globos», mientras en la mesa del juez una leyenda dice «se suspende la vista por falta de gafas». 1975 fue además el año del inicio del destape en el cine, las revistas, etc, cuestión que refleja la pancarta de Oberena, con una señorita en bikini que pasea junto a una vaca mientras que los concejales con los ojos salidos de sus órbitas dicen que «ellos solo se destapan en los plenos». El precio del crudo también seguía  vigente este año. Armonía Chantreana  denunciaba los baches existentes en el barrio, donde naufragaban astados, municipales y concejales. Los problemas de los barrios y sus soluciones de compromiso eran objeto de atención en el cartel del Irrintzi. Unos concejales plantan unos arbolitos y afirman, «Con esto dejamos  a todos bien plantaos», mientras en los barrios de extramuros se  asaban de calor o chapoteaban entre los miles de charcos existentes. Había una absoluta falta de urbanización en estas zonas. Anaitasuna volvía a sacar el recurrente tema de la Fiesta Nacional, con  falta de fuerza en los toros y los «arreglos» a los que eran sometidos. La pancarta lo decía todo en imagenes: el picador hundía su vara a un descuanjerigado morlaco desde la barrera, mientras el banderillero le hincaba sus banderillas. El morlaco cerca del trasero del torero que prepara su espada ante una cabra dice que «esto me guele muuu…mal», mientras llueven las almohadillas. La leyenda o pareado típico de muchas pancartas decía en esta ocasión «Mientras el toro se caiga y el diestro tenga canguelo de la fiesta nacional solo nos quedará el ruedo».

El Bullicio criticaba el excesivo celo de la grúa municipal que parecía regirse por criterios recaudatorios más que de mejora del tráfico, las arcas municipales estaban no solo vacías sino que se adeudaba mucho dinero, la pancarta hablaba de 417 millones de pesetas. La pancarta de Alegría de Iruña se hacía eco de la limpieza ese año de la fachada del Ayuntamiento pero apuntaba hacia la necesidad de otro tipo de limpieza: «Con sosa y jabón se limpia por fuera el Ayuntamiento, ¿qué detergente hará falta para limpiarlo por dentro?». En la pancarta de Los de Bronce aparecía reflejado el cierre de Authi y el pretendido interés de General Motors a quien llamaba la pancarta «General Morros». Un par de astados sin un asta cada uno, refllexionan en voz alta: «Que no somos de derechas porque nos falta algún cuerno, Subversivas?. Mucho menos. Que mala leche tenemos». Tanto en esta como en la siguiente se hacían eco del «cruzado mágico» de Playtex que reafirmaba los senos. En La Jarana  un ricachón cargado de dinero recuerda al mozopeña que tendría que apretarse mucho más el cinturón. Muthiko Alaiak hacía alusión al encierro de Potasas, mientras que La Unica reflejaba la geoestrategia político-económica de aquellos años: los arabes y sus petrodolares, el tío Sam. Las consecuencias las pagaban nuestras sociedades de entonces, la inflación por las nubes y una profunda crisis económica.

En 1976, en la pancarta de Oberena se reflejaba con cierto humor negro el tema de la Variante Oeste que atravesaba o pasaba cerca de importantes dotaciones vinculadas a la salud o la muerte: hospitales, cementerio, tanatorio. Un edil preguntaba a unos amordazados vecinos a ver que opinaban. Anaitasuna denunciaba la evasión de capitales y hacía referencia a una famosa fuga que tuvo lugar ese año, la fuga de Segovia. Estos mismos temas la evasión de capitales y la fuga de Segovia tuvieron también acomodo en la pancarta de Los de Bronce. Un toro se llevaba todo el dinero a Suiza mientras le perseguía un mozo en pelotas, «Si la pasta os lleváis, en canicas nos dejáis, ¡Chorizos!». La evasión también la trata, con igual desparpajo,  la pancarta de La Unica y en menor media el Irrintzi que además criticaba el déficit democrático, «1976, el año del apaño». Mientras unos se llevan nuestros dineros, otros nos hurtan las urnas. El Muthiko ponía el dedo en la llaga tocando el tema de los fueros («una estatua tan alta para unos fueros tan canijos»), mientras que un matrimonio del régimen se asustaba ante un par de mozos con pañuelo rojo «como cuando la república», dicen, mientras el hombre hace referencia a la «reserva espiritual de occidente», claro.  La Unica mencionaba, entre notas de humor  la represión política y  la mención equívoca de los curas, pues han detenido a un pastor con un palo, y el juez pone en duda que se trate de una acción pacífica.

En El Bullicio se suscitaban asuntos como el de las plusvalías y el impuesto de circulación. El chiste fácil de una moza ligera de ropa que provocaba diferentes comentarios en el astado «no confundas la democracia con la lactancia» y el concejal que murmura que «a esa le pondría la plusvalía». A partir de ese año disminuyen el nº de pancartas de artistas consagrados como Balda y Labayen y aparecen otros dibujantes, algunos buenos y otros menos, aunque sobre gustos no hay nada escrito. La pancarta de Aldapa, obra de Salaverri, más pictórica que figurativa  toca muchos temas:  la variante de San Jorge, el derribo de casa Seminario, la evasión de capitales y el debate sobre donde colocar las barracas. Con el mismo estilo y el mismo autor, Salaverri, Alegría de Iruña se centraba en un imaginado encierro en el que introducían,  de soslayo,  otros temas como el derecho de reunión o el problema del aparcamiento. En la de Armonía Chantreana se suscitaban ya sin tapujos temas políticos conflictivos: amnistía, derecho de manifestación, legalización de las asociaciones, la reforma política,  sin olvidar algún tema urbanístico que los ediles lo retrasaban «ad aeternum».

Las pancartas de 1977 reflejaban toda la efervescencia política que vivía en ese año nuestra ciudad. Aldapa hacía alusión a la amnistía, el problema de la casa Nuin que provocaría el cese del alcalde  Erice, y que aparece en la pancarta, la ikurriña en el balcón del Ayuntamiento, Amadeo Marco y la Diputación, con mención a la serie Marco y a su mono Amedio. Salaberri en la Alegría de Iruña reflejaba también la situación política, entre la reforma y la ruptura  donde una manifestante hacia referencia a la «democracia simulada», la Estatua de los Fueros decía llevar tanto tiempo como algún miembro de la Diputación y unos concejales vestidos de maceros se preguntan si llevando la ikurriña sacarían más votos. El Bullicio recogía cierta polémica a propósito del derribo de la antigua Casa Seminario, donde en tiempos hubo una fábrica de chocolate. En la pancarta varios concejales hacían equilibrios sobre un cable que iba de la casa consistorial a Casa Seminario, mientras una vaca empitonaba a un edil caído. En la vaca se lee » «leche del pueblo de Muez». La peña San Juan hacía una dura crítica a la variante Oeste y a su puente. En la pancarta de la Peña Anaitasuna aparecía reflejada una conocida cancioncilla popular en la que se mencionaba al mentado Amadeo. También se hacía referencia al cese de Erice. Armonía Chantreana se ocupaba de temas eminentemente urbanísticos del barrio: planes, servicios, centro comunitario, movimiento vecinal, etc. En la de los Bronce volvía  a salir a colación el caso Erice y la actuación de los cuerpos policiales, un antidisturbios vestido de pamplonica lanzaba pelotas en un frontón inaugurando «una nueva modalidad de pelota» en el País Vasco.

La pancarta de La Jarana estaba llena de referencias a la situación del momento, a la necesidad de estabilizar los precios y  a los deseos populares  de democracia y libertad. Irrintzi arremetía contra la UCD y el deseo de este sector de que la peñas fuesen apolíticas, mientras el toro personificaba a la galopante inflación y nuevamente se recordaba la continua conflictividad en las calles con el «En Pamplona si que hay pelotas», y es que rara era la semana que no había manifestaciones y cargas de la policía. En La Unica, una grúa «popular» se lleva a una furgoneta de los antidisturbios, mientras había un debate sobre  el destino de las basuras de la ciudad. La pancarta de Oberena hablaba de la libertad de expresión: un mozo pintaba sobre un toro «Carrillo que te pillo» aunque uno de los  temas principales este año era el affaire amoroso de Barbara Rey  y el jugador de Barcelona, Carlos Resach. Por último la de Muthiko Alaiak tocaba muchos personajes y temas. Salían reflejados Manuel Fraga, vestido de antidisturbio con su conocida frase de «la calle es mía», Amadeo Marco, Adolfo Suarez y Felipe González. El toro se preguntaba si a él también le iba  a  alcanzar la amnistía mientras que un trabajador y un pamplonica se quejaban amargamente de la crisis económica y de las continuas actuaciones policiales en las calles de nuestra ciudad.

1978 fue el año en que se suspendieron los sanfermines, tras dos días de fiesta, por la brutal intervención policial del día 8 de julio. Varias pancartas reflejaban, con cierto espíritu premonitorio,  unos sanfermines llenos de pelotas y antidisturbios. También había otros muchos temas y personajes que se repetían, como veremos. En la del Bullicio unos antidisturbios asaltaban la sede de la peña al grito de «Dale fuerte Morales». En la de San Juan botes de humo y pelotas servían de imagen para el enunciado «las cargas y descargas para el pueblo soberano», mientras se tocaban otros muchos temas: el retorno de Tarradellas, los impuestos de todo tipo y los seguros que ahogaban al ciudadano. La Unica recogía los encierros en el Ayuntamiento y las actuaciones policiales continuas en el Casco Viejo, mientras se hacía referencia a otros temas como Lemoniz o la amnistía. En la del Muthiko salían dibujados Amadeo, Suarez, Del Burgo y Urralburu y también se mostraba alguna de las actuaciones de grupos como los Guerrilleros de Cristo Rey contra jovenes nacionalistas. Oberena volvía a sacar a Amadeo y su perro y el tema de la amnistía. En la pancarta de la Jarana se mencionaba la necesidad de estabilizar los precios y los pactos de la Moncloa, sin olvidar al mencionado Amadeo, el bunker y la situación política del Ayuntamiento.

El Irrintzi plasmaba el debate sobre el devenir político de nuestra comunidad y su posible integración en el proyecto político de Euskadi. Lo mismo que Los de Bronce que criticaban por antidemocrática la diputación foral de entonces y la de Aldapa también se hacía eco del debate social sobre la naturaleza vasca de navarra y el político de  «Nafarroa Euskadi da». En la pancarta de la Armonía Chantreana las pelotas saltaban a los calderetes populares, lanzadas por antidisturbios ocultos en los cientos de socavones del barrio y en el popular Rastro del barrio se vendían todo tipo de objetos: jarras, jarrones, jarritas, pegatinas, concejales, balas de goma usadas, botes de humo y un largo etcétera.

La peña Anaitasuna hablaba de la necesidad de recaudar fondos para las  ikastolas y escuelas públicas así  como sobre la comisión gestora municipal dada la progresiva dimisión de buena parte de los miembros de la Corporación que carecían de la suficiente legitimidad democrática. Aun tendría que pasar cerca de un año hasta que se celebrasen las primeras elecciones municipales, el 3 de abril de 1979. Alegría de Iruña volcaba, sobre la imagen del encierro,   todos los temas del momento:  el salario mínimo, el paro, la naturaleza de aquella incipiente democracia, Euskadi y Navarra, las manifestaciones que inevitablemente acababan con cargas policiales. Un lema reflejaba con humor el ambiente de aquellos años en nuestra ciudad: «Pamplona, clima sano, carreras en inviernos, encierros en verano».

Fotos: pancartas de las peñas, aparecidas en el libro «Las pancartas de las Peñas» editado por la Caja de Ahorros Municipal de Pamplona en 1981 y de los que fueron autores José Luis Larrión Arguiñano y José María Rodrigo Jimenez. Para las fotos 5, 6, 10, 11, 14, 21, 22, 29, 30, 31, 33, 34, 35, 36, 37 y 38 , «Peñas de Pamplona, una historia viva». Federación de Peñas de Pamplona. 2014.

Recordando la última pandemia que vivimos: la gripe de 1918

Hace mucho tiempo que no he escrito en el blog. Son días inciertos de miedo y congoja, días extraños  en los que nos vemos obligados a recluirnos en nuestras casas para evitar la propagación de una peligrosa epidemia que creíamos más propia de siglos pasados o de una terrorífica película de ciencia ficción: La «pandemia del coronavirus», la pandemia que con más rapidez se ha extendido probablemente  en la historia de la humanidad, en este mundo globalizado en el que vivimos. Caminaremos  hacia el  millón de afectados, a mediados de esta semana,   y en unos días llegaremos a los  50.000 muertos, cuando la epidemia apenas lleva un mes fuera de China.  Su rapidez en la propagación es 20 veces superior a la de la gripe común y otro tanto podría decirse de su  letalidad que  parece   muchísimo mayor de que lo que nos habían hecho creer. «Bah!, se muere mucha más gente de la gripe cada invierno» oí decir a bastantes personas apenas hace un mes.  A la hora de escribir estas líneas, una tercera parte de la humanidad, más de 2.500 millones de personas,  estamos confinados en nuestras casas, en todo el mundo,  viviendo, en nuestras propias carnes, la más aterradora de las ficciones que hubiéramos podido imaginar sobre este tipo de sucesos, con la diferencia de que esto no es ficción, es realidad. Tenemos que volver  nuestra mirada  102 años atrás para recordar una pandemia similar, que sin embargo, según los expertos,  y a pesar de su contagiosidad no se transmitía tan fácilmente como ésta, pero que afectó a muchos jóvenes de una manera rápida y brutal,  dejando millones de muertos a su paso. Además la medicina era más mucho más precaria y atrasada que en la actualidad, como veremos a lo largo de esta entrada. Recupero parte de las  notas históricas sobre la epidemia de gripe de 1918 y como se vivió en Pamplona y  que escribí en aquella entrada de hace justamente un año, ¡qué maldita casualidad! dentro de la sección «Pamplona año a año: 1918. El año de la gripe y del derribo de la muralla de Tejería», completadas con otras notas sobre aquel evento que he recogido después. Aquella fue una epidemia que asoló, como ahora el mundo, aunque entonces el número de víctimas fue infinitamente superior, al menos hasta el momento. Es considerada una de las pandemias más devastadora de la historia humana, ya que en solo un año mató entre 25 y 40 millones de personas, a lo largo de sus tres oleadas,  -la segunda fue la peor-, para una población de poco más de 1,800 millones de habitantes que había, en ese momento, en el planeta.

1918 fue el año de la llamada gripe española, que de española tuvo poco, aunque con la mala fama nos quedamos pues la gripe se originó en  los Estados Unidos. La epidemia de gripe de 1918  fue una pandemia de inusitada gravedad. A diferencia de otras epidemias de gripe que afectan básicamente a niños y ancianos, muchas de sus víctimas fueron jóvenes y adultos saludables. ​En Estados Unidos la enfermedad se observó por primera vez en Fort Riley (Kansas)  el 4 de marzo de 1918, aunque ya en el otoño de 1917 se había producido una primera oleada  en al menos catorce campamentos militares. Un investigador asegura que la enfermedad apareció en el Condado de Haskell (Kansas), en abril de 1918. En verano de 1918 este virus sufrió una mutación o grupo de mutaciones, -era un virus recombinado de origen mixto: aviar y humano-, que lo transformó en un agente infeccioso letal, con una gran contagiosidad. El virus, en esta segunda ola,  tuvo un desarrollo brutal: provocaba, en muchos casos, una hemorragia pulmonar invasiva, de forma que,  en apenas 12 o 24 horas,  uno pasaba de tener los primeros síntomas a fallecer. Se cree que llegó a infectarse el 55% de la población mundial, -un 50% en Europa-,  aunque no todos, como pasa también ahora-,  llegaron a desarrollar la enfermedad en esos términos.

El primer caso confirmado de la mutación se dio el 22 de agosto de 1918 en Brest, el puerto francés por el que entraba la mitad de las tropas estadounidenses aliadas en la Primera Guerra Mundial.​ Recibió el nombre de gripe española porque la pandemia recibió una mayor atención de la prensa en España que en el resto de Europa, ya que ese país no se involucró en la guerra y por tanto no censuró la información sobre la enfermedad. Para evitar la propagación de la epidemia en Pamplona, ya desde finales de mayo, el alcalde comunicó a todos los establecimientos públicos lo que debían hacer para prevenir la propagación, tras los primeros casos: fumigar los locales con estoraque, beuqui, fenol o tomillo espliego procurando que los locales quedasen herméticamente cerrados. A la mañana, al abrirlos debían lavarse con serrín, creolina o zotal al 7%. Además ordenó regar las calles, adelantar una hora la recogida de basura y organizar brigadas de obreros para echar lechadas de cal por los tubos de las letrinas, desde los pisos más altos. Al no haber vacuna o medio preventivo alguno cada uno debía procurar defenderse con una buena limpieza de la boca y fosas nasales, la metódica organización de las comidas, el uso prudente de las bebidas, aireación y ventilación de las habitaciones y en general las normas de higiene y profilaxis adecuadas, al menos eso era lo que recomendaban las autoridades.

El 1 de junio el Diario de Navarra daba a conocer los primeros casos de la epidemia de gripe en Pamplona. Los 15 primeros fallecimientos se produjeron entre el 10 de mayo y el 3 de julio. La ciudad tenía en torno a 32.000 habitantes. Se habían producido en  la guarnición militar y sobre todo en la Ciudadela, donde se alojaba el batallón de Artillería. Se habían efectuado desinfecciones en los cuarteles, en la cárcel correccional y en la Casa de Misericordia. En principio los casos conocidos revistieron naturaleza benigna con unos indices de mortalidad muy reducidos. El obispo, José López Mendoza,  suprimía tres  fiestas de precepto, el día de Santiago, el de San Fermín y el de San Saturnino. Esos días se podía trabajar y no era obligatorio oir misa. También se suprimió como festivo el día de San Juan. Y también antes, como ahora, las autoridades inicialmente quisieron quitarle importancia al asunto.

En la segunda mitad de septiembre se recrudecía la epidemia de gripe en Navarra, así lo reconocía el gobernador civil. Daba comienzo así la segunda oleada, la más mortífera de las tres. El inspector provincial de Sanidad recomendaba como medidas de prevención «llevar una vida ordenada sin trasnochar, al aire libre, evitar locales cerrados y frecuentados y abstenerse de vicios y abusos, en especial de alcohol y sexo, limpieza de basuras y cuadras, establos, pocilgas y letrinas y desinfección de manos y boca antes de comer. En caso de enfermar meterse en la cama y llamar al medico, desinfectar habitaciones, ropa, etc y blanquear y pintar las habitaciones si se estimaba pertinente». Sobran los  comentarios. Se achacaba la propagación de la gripe al entonces acelerado avance en los transportes. Hoy diríamos igualmente que la globalización en los transportes ha contribuido a la expansión acelerada de la pandemia. Y estaríamos en lo cierto. El ministro de la Gobernación prohibía, el 27 de septiembre,  en los pueblos contagiados toda clase de fiestas, espectáculos y reuniones así como las ferias y mercados que favoreciesen la propagación de la enfermedad. Se anunciaba un control sanitario riguroso a los forasteros. El alcalde de Pamplona suspendía el ferial y concurso de ganados y se retrasaban el comienzo del curso en  algunos colegios, así como en la Escuela Normal y en  el Instituto de Segunda Enseñanza. El día 21 de septiembre se entregaban 2.000 kilos de pan entre la gente más desfavorecida de Pamplona. Al día siguiente se inauguraba con todo el boato, comitiva oficial y masiva presencia popular incluidas, el monumento a Sarasate en la Taconera. Pocos días después se hacía lo propio con el de Navarro Villoslada. Al finalizar el mes de septiembre  la gripe se había extendido por multitud de pueblos de la geografía foral. Antes, como ahora, se limpiaron las vías públicas, desinfectaron locales,  se cerraron fronteras, se animó a la reclusión en las propias casas, se procedió a aislar a los enfermos y  también a ciertas colectividades vulnerables, se controló a colectivos sospechosos,  y a los muertos se les trasladaba, de inmediato, al cementerio.

Curiosa y contradictoria información la que daban los periódicos sobre la epidemia de gripe. El Diario decía que el numero de afectados era grande pero el de fallecidos pequeño, uno o dos por día, pero o la suerte iba por barrios o difícilmente se podía entender el hecho de que en los últimos 8 días de la primera semana de octubre cuatro miembros de  una familia afincada en la calle Mayor hubiesen fallecido, quedando tan sólo un bebe de pocos meses que también se encontraba enfermo. Unos achacaban  a los periódicos que trataban el tema muy superficialmente o bien que directamente ocultaban la realidad, los datos, los hechos y otros les tildaban de alarmistas. Algunos incluso decían que la mayoría de los casos habían llegado de San Sebastián. En fin como siempre, nunca llovía a gusto de todos pero el hecho es que había  en la ciudad, esos días, un  clima de preocupación y desconcierto. En los primeros cinco días de octubre fallecieron en la ciudad cerca de 60 personas, más de la mitad  de ellas por la gripe y hubo 8 o 9 nacimientos. La gripe se recrudeció con los fríos propios de la temporada. Se comenzaron a  hacer rogativas, por mediación de San Fermín, o en la Catedral, para el cese de la epidemia. Como consecuencia de esta crisis sanitaria se decretó la suspensión de todos los juicios por jurado de los meses de octubre y noviembre.

El pueblo más afectado por la gripe el 6 de octubre fue Los Arcos donde casi toda la población estuvo  afectada por la gripe. El obispo de Pamplona, José López Mendoza se encontraba en gravísimo estado, en Zaragoza a consecuencia de la gripe. El número de muertes en Pamplona se estabilizó en la media docena diaria. El día 7 de octubre  había 840 enfermos en Pamplona, de los que estaban graves unos 64 y habían muerto desde el día 17 de septiembre 89 personas, según la Inspección Provincial de Sanidad. En Miranda de Arga se produjo un enfrentamiento entre vecinos del pueblo  y la guardia civil con el resultado de 4 muertos y 2 heridos. Al parecer el origen fue el cierre, por razones sanitarias, de los bares. El Diario pedía el cierre temporal de las escuelas municipales ante la enfermedad de cada vez mayor número de maestros y la extensión de la epidemia. Entre los pueblos más afectados por muertes a consecuencia de la gripe, a primeros de octubre estaban, Mendigorría, con 20 muertos, Lerín, 25, donde había más de 1000 afectados, Los Arcos, 29 que luego serían 64, con 800 afectados sobre un total de 2.000 habitantes; Olazagutia,20  y más de 400 afectados, Mendavia, 50  y 700 afectados, Cascante, 31 muertos y 819 afectados, Fitero, 50 muertos. Ablitas 700 enfermos y  35 fallecidos; Cabanillas, de 500 a 600 enfermos y  12 fallecidos;  Monteagudo, 600 enfermos y  35 fallecidos; Murillo el Fruto, de 700 a 800 enfermos, 12 fallecidos; Tudela, 500 enfermos, 26 fallecidos. Otros: Cáseda 12 fallecidos; Elorz, 17 fallecidos; Sada, 400 enfermos el 60% de la población, 10 fallecidos; Villava 7 fallecidos. Artajona, con 2.541 habitantes, 52 defunciones, en Goizueta  que fue el primer pueblo afectado en la segunda oleada que entró desde Francia el 3 de septiembre  hubo 200 afectados e inicialmente media docena de muertos.

Entre el 11 y el 12 de octubre fallecieron en Pamplona por la gripe 17 personas. El Alcalde dictó un bando que disponía que los cadáveres debían ser conducidos al cementerio en el plazo de dos horas desde el fallecimiento, quedaba prohibido el acompañamiento de los cadáveres al cementerio así como entrar en él y se obligaba  a los vecinos informar directamente al Negociado de Higiene Municipal de las defunciones producidas a fin de proceder a la desinfección de los domicilios. No se podían celebrar funerales de cuerpo presente. También se ordenó desinfectar todos los portales y cajas de escalera de los edificios de la ciudad y la correspondencia que llegaba a la ciudad. Se estableció en la conserjería-carpintería de la plaza de toros un servicio fúnebre a precios económicos por parte del Ayuntamiento para los más vecinos pobres.  También se suspendieron los toques de campana por los muertos por evitar el continuo y tétrico recordatorio de cada fallecimiento.

El 16 de octubre la Comisión de Abastos había establecido entregar  a los médicos de la ciudad unos bonos canjeables por medicamentos en las farmacias para los enfermos pobres. Días después se ampliaron esos bonos a productos como la leche, huevos, pescado, carne y útiles de loza y más adelante al arroz, patatas y alubias. En los bonos aparecía el establecimiento donde debían retirar esos productos. Y es que en aquellos días de fuerte demanda de ciertos productos, como la leche, los  limones y los huevos,  asistimos a un encarecimiento especulativo de los precios obligando a las autoridades a tomar medidas  para su contención y aprovisionamiento. Posteriormente la Tesorería Municipal pagaría los productos a los comerciantes. Esos días se produjo una enorme escasez de leche fresca por incremento en el consumo. El problema se fue resolviendo gracias a la llegada de leche condensada, si bien este tipo de leche causaba recelo en su consumo por parte de las clases bajas, recelo que se fue disipando con los días. El Ayuntamiento se gastó casi 20.000 pesetas de las de entonces en gastos relacionados con la epidemia y las ayudas  impulsadas. ¿Qué medicamentos utilizaban entonces?: aspirina, quinina, antipirina, caramelos de heroína,  benzoatos, alimentos y bebidas como la leche, el te o el alcohol, sustancias como el sulfato de sosa, tintura de yodo, suero a base de formol, etc.

A finales de mes, y pese a cierta mejoría, la epidemia no se podía dar por controlada. Habían fallecido 42 personas en septiembre y 111 en octubre. En Noviembre, hasta el día 20, hubo 62 defunciones. La gripe se extendió los últimos días de mes al Manicomio, con más  de 200 afectados, sobre un total de 500 internos y cerca  de 50  muertes en tan solo 19 días. Fue el principal foco epidémico en Pamplona. Contrasta con el caso de la Casa Misericordia que tenía 300 asilados, entre ancianos, adultos y niños y en donde no se produjo ningún fallecimiento. La explicación puede estar en que la Meca no dejó entrar ni salir a nadie que pudiera contagiar o contagiarse. En total hubo en Pamplona 215 defunciones, 243 si contamos el resto de oleadas del año, aunque según otras fuentes la cifra real pudo ser mucho mayor, de cerca del doble, casi 500,  y recordemos que la ciudad tenía solo 32.000 habitantes, osea pudo fallecer algo más de 1% de la población. Murieron más hombres que mujeres, y la enfermedad se cebó en las personas de de 21-30 años esto es en los jóvenes adultos, al igual que en el resto de España. Solo el 12,5% de los fallecidos murió en los hospitales.

En Pamplona dos de los grupos más castigados por la epidemia fueron los soldados de la guarnición y lo internos del manicomio provincial. Por clases sociales afectó más a las calles del Casco donde habitaban los segmentos sociales más vulnerables como la  Jarauta o  Descalzos, etc. Si en la primavera del 1918 el ratio de fallecimientos fue de 0,45  por mil, entre septiembre y noviembre ascendió al 6,6 por mil habitantes, siendo en 1919 de 0,36. En Navarra murieron  entre enero de 1918 y  junio de 1919 a consecuencia de esta epidemia de gripe algo menos de 3.000 personas, según las estadísticas oficiales,  sin embargo el exceso de mortalidad observado nos permitiría elevar esa cifra a cerca de 4.000 personas, concretamente 3.991 muertos. En España fallecieron oficialmente  por la gripe 143.930 personas aunque igualmente el exceso de mortalidad observado nos llevaría a un número sensiblemente mayor, 260.000,  (12 muertos  por mil habitantes). España tenía entonces casi 21 millones de habitantes.  En el resto del mundo los datos fueron estos: Más de 600.000 muertos en Estados Unidos (5,3 por mil), de 750 a 950.000 muertos en América Latina (8´4 a 10´6 por mil), 2,3 millones de fallecimientos en Europa (4,8 por mil), entre 1.9 y 2,3 millones en Africa (14,2 a 17 por mil) y entre 19 y 33 millones en Asia (19,7 a 34 por mil). La media mundial quedó entre  los 13,6 y 21,7 fallecimientos por mil.

Afortunadamente ha pasado un siglo y el sistema sanitario parece  muy superior al de entonces. De eso no cabe duda. Pamplona y España  tenían entonces muy escasos recursos sanitarios. Pese a las dramáticas cifras mucho peor lo pasaron otros pueblos y ciudades del resto de Navarra  y de España. El mayor riesgo que corremos, en estos momentos de la pandemia actual,  es el riesgo de que el virus mute y se convierta en mucho más agresivo de lo que ya es o que colapse el sistema sanitario y  por lo tanto se  incremente el número de fallecimientos por falta de atención, o por una priorización médica,  como ya está  sucediendo en algunas ciudades y zonas. Al tratarse de un virus respiratorio tanto en aquel caso de 1918 como en éste el mayor riesgo médico,  la causa del fallecimiento general se produce por  la neumonía que lleva aparejada la enfermedad. A diferencia de la gripe de entonces, este virus parece afectar mucho más a personas de edad avanzada que  a jóvenes y  a personas con algún tipo de patologías que a sanas, aunque los datos no mienten: también muere gente joven y sana. ¿Puede depender, además,  de la mayor o menor carga viral que reciba el infectado?. Probablemente también. Este virus se propaga más rápidamente y aparece emboscado, oculto, sin síntomas, durante muchos días extendiendo su mortal carga viral. Para hacernos una idea de lo que supuso aquella epidemia y teniendo en cuenta que la ciudad y sus inmediaciones apenas superaban los 30.000 habitantes, ese número de fallecimientos oficiales de 1918 hubiera equivalido a unos 2.500 fallecimientos actuales (en la menor de la estimaciones)  en nuestra área metropolitana, el doble si utilizáramos las cifras más pesimistas.  Desconocemos, no obstante, verdaderamente el número de personas afectadas por la gripe en Pamplona aquel año, en todo el período.

De como pudo cambiar la apariencia de la plaza consistorial a mediados del S. XX

Es conocido que en septiembre de  1953 el Ayuntamiento de Pamplona reinauguraba, tras casi dos años de obras,  su casa consistorial. Lo que ya no es tan conocido es que antes de acometer el proyecto de reforma y ampliación que ha llegado hasta nuestros días hubo otros proyectos de reforma que no se llevaron a cabo. El primero de ellos, de Víctor Eusa, planteado en 1940,  planteaba el derribo de la manzana del Banesto, en la calle Mercaderes y contemplaba un nuevo edificio de oficinas municipales, más allá de las escaleras de San Saturnino, a partir del nº 13 de la Cuesta de Santo Domingo. En 1944 se retomó el asunto de la ampliación de la Casa y algunos concejales plantearon trasladar el Ayuntamiento a la plaza del Vínculo, ocupando la antigua Casa de Baños y parte o toda la plaza del Vínculo, si fuese necesario, pero esta idea se topó con la oposición de otra parte de concejales que preferían mantener la tradicional ubicación, en el corazón del Casco Antiguo.

En 1945,  el concejal y arquitecto Eugenio Arraiza planteó un curioso y original proyecto que convertía nuestra plaza consistorial en una plaza mayor,  al estilo de las plazas mayores de otras ciudades españolas, donde lo que más llamaba la atención era su apariencia clásica y sus grandes arcadas por encima de la calle  Santo Domingo, la Bajada de Carnicerías y la conexión de la plaza con la calle San Saturnino. Nada que ver, desde luego,  la apariencia de nuestra hasta cierto punto anodina plaza actual  con el aspecto que podría haber tenido de haberse llevado a  cabo este proyecto, más cercano al estilo de las plazas  de algunas ciudades centroeuropeas. Dichas arcadas permitían comunicar el actual edificio, que se dejaba para los usos más nobles, con las nuevas dependencias administrativas que se construían, anexas, a ambos lados del edificio, en la zona donde estaba la Casa Seminario y demás casas adyacentes  y en el edificio contiguo a los antiguos Almacenes Unzu y que hoy alberga en su bajos a locales comerciales  como los de «El Vallado» o «María Sagrario Navarro» (antigua Casa Olaso).

Sobre la arcada que comunicaba la plaza con la calle San Saturnino se erigía la llamada Torre del Reloj. El proyecto contemplaba aprovechar la belena de Pintamonas, que está junto al Café Iruña,  para prolongarla hasta la plaza consistorial, previo derribo de la guarnicionería de Nagore, convirtiéndola en un insólito pasaje comercial cubierto, también al estilo de los pasajes comerciales de algunas ciudades europeas. El proyecto fue del agrado de la corporación pero los costes de las expropiaciones se disparaban por las exigencias de los propietarios afectados por los derribos,  y por diversas circunstancias  no demasiado aclaradas,  el proyecto se quedó en nada. Posteriormente, en 1947, el arquitecto municipal Francisco Garraus presentaba un nuevo proyecto, con importantes novedades como la apertura de una calle de doce metros de anchura que comunicaba la bajada de Carnicerías y la calle Mañueta o la desaparición, nuevamente de la manzana del Banesto. Este proyecto tampoco salió adelante.

En 1948 se planteó convocar un «concurso para la reforma de la Casa Consistorial y las nuevas oficinas municipales». En  las bases se  contemplaba, además de la reforma del viejo edificio, un nuevo edificio de oficinas en terrenos de la actual plaza de los Burgos. En el concurso resultó  ganador el proyecto de los hermanos Yarnoz. Pero tampoco salió adelante porque se disparaban los costes, por lo que se volvió a recuperar  el proyecto de Arraiza, que tanto había gustado a los munícipes,  tres años antes,   combinado con algunos aspectos del proyecto de los Yarnoz, que seguía fielmente  las directrices del concurso municipal. En este año, 1948, Eugenio Arraiza volvió a presentar un nuevo proyecto, con algunos elementos del antiguo proyecto de 1945, con arcadas menos altas sobre las calles Santo Domingo y la bajada de Carnicerías y la torre del Reloj rematando, esta vez,  el nuevo edificio de oficinas, situado a la derecha de Carnicerías.

En 1949 diversos  arquitectos pamploneses proponían nuevas ubicaciones para la nueva casa consistorial, tan dispares como la calle Bosquecillo, el solar de  la antigua Estación del Irati en la avenida de Franco, el edificio de la Escuela de Artes y Oficios, Casa de Socorro y Alhóndiga Municipal, en la plaza del Vinculo. Garraus, arquitecto municipal,  planteaba en el caso de sacar el edificio municipal fuera del Casco, que estuviese en la esquina de las calles  Taconera y Navas de Tolosa. Se abría un nuevo debate sobre que era mejor, construir un nuevo edificio fuera de su emplazamiento tradicional, en el Casco,  o ampliarlo en los edificios contiguos, con las dificultades económicas que habían surgido en los diferentes proyectos arquitectónicos que se habían planteado hasta la fecha,  ganando finalmente terreno la idea de ampliar el edificio hacia la plaza de Santo Domingo, pues  parecía ser la opción más económica para un consistorio más bien escaso de recursos económicos. En marzo  de 1951 se acordaba ampliar el edificio de la Casa Consistorial ganando nueve metros a la plaza de Santo Domingo y elevando una nueva planta al edificio, sobre su altura anterior.

La reforma y ampliación del edificio se pensaba que serviría para los próximos 100 años,  o al menos eso se decía,  sin embargo no pasaron, apenas ni 25 años desde que se terminase la ampliación para que el edificio comenzase a quedarse pequeño  para las crecientes necesidades municipales. Y  los servicios del Ayuntamiento comenzaron a dispersarse, en las siguientes décadas,  por diferentes edificios del Casco y la ciudad. Y así se trasladaron,  desde finales de los 70 algunas dependencias, como por ejemplo, Sanidad Municipal,  al nuevo edificio obtenido tras el derribo de la antigua  Casa Seminario (1979),  el área de Promoción Ciudadana al viejo y «okupado» Palacio de los  Mutiloa de la calle Zapatería que sería objeto de una restauración previa (1989), la  Oficina de Rehabilitación Municipal al antiguo local de Casa Luna en la calle Eslava (1985), el área de Cultura  aparte del antiguo Convento de los Descalzos, en la calle del mismo nombre (1995), el archivo Municipal, Catastro y otras dependencias, al antiguo Seminario de San Juan, en la calle Mercado, rehabilitado a partir de  1982; dependencias de atención al Ciudadano y Depositaria Municipal a  Casa Marceliano, en la misma calle Mercado (2001), desde finales de los 90 también se trasladarían desde el edificio de la Casa Consistorial otras áreas como Urbanismo y más tarde Conservación Urbana  a varias plantas del edificio central de Caja Municipal, etc. En los albores del nuevo siglo se habló de  erigir un gran edificio de oficinas, centralizando todos los servicios dispersos,  en el solar municipal del Paseo Anelier,  en el barrio de la Rochapea, pero no llegó ni siquiera a haber un proyecto. Hoy en día no hay ningún debate abierto al respecto pero quien sabe lo que el futuro nos puede deparar. En próximas entradas hablaré de otros proyectos urbanísticos municipales o arquitectónicos que quedaron en nada.

Fotos por orden de aparición: Nº 1: Proyecto de nuevo Ayuntamiento y Plaza Consistorial para Pamplona. Eugenio Arraiza. 1945. Archivo Municipal de Pamplona. Nº 2. Antigua Casa Consistorial derribada. Sólo se mantiene en pie la fachada. Foto Julio Cía. 1952. Archivo Municipal de Pamplona

Rincones desaparecidos del Viejo Pamplona (1850-2000). 1ª parte.

La ciudad histórica, el Casco Antiguo que hasta finales del siglo XIX, con la construcción del primer ensanche, fue toda la ciudad ha sufrido, como es lógico, bastantes cambios a lo largo de su reciente historia, si bien buena parte de sus calles, belenas y callejuelas conserva, no obstante, su trama y estructura de origen medieval. Sin embargo, las reformas o renovación del parcelario, -excepto algunos palacios y edificios aislados-, data del siglo XIX, de mediados y sobre todo de finales del siglo XIX.

En esta entrada repasaré algunos de esos rincones que hemos visto cambiar en el Viejo Pamplona a lo largo de los últimos 150 o 170 años. Como siempre, esta entrada no tiene carácter exhaustivo, apenas repaso en esta entrada una docena de sitios, y por supuesto habrá  una segunda y tal vez una tercera entrega sobre este mismo asunto, pues los rincones desaparecidos en esos 150 años son  muchísimos  más de los que aquí se citan, en otras plazas y calles como Compañía,  Calderería, Dormitalería, Merced, Tejería, etc, incluso en la propia plaza del Castillo.

Partiré, para hacer este primer  itinerario, de la plaza Consistorial. Si nos situamos frente al Ayuntamiento, algunos de los más viejos de la ciudad recordarán que hubo, a la derecha del Consistorio, una calle que era la Bajada de Carnicerías, cuyo origen se remonta al siglo XVI. No he logrado encontrar ninguna fotografía tomada desde el interior de esta estrecha callejuela que hoy es la Bajada al Mercado junto a la actual plaza de los Burgos. Y no será por la insistencia en que siga buscando  de mi buena amiga Marcela Abarzuza,  que me recuerda que el origen de la popular saga de libreros pamploneses tuvo su origen en esta calle. Allí tuvieron su sede otros célebres negocios como el de Felipe Layana,  varias alpargaterías y otros comercios un tanto variopintos.

De momento les dejo con una instantánea de un fotógrafo alemán que data probablemente de los años 20 del pasado siglo y en el que aparecen, todavía en pie, los dos edificios del lado derecho de la calle. Para la década siguiente, entre 1934 y 1936 se había derribado el primer bloque, el más cercano al Mercado. Como ya he señalado en otras entradas, en 1954 se derribaba el segundo edificio, el que quedaba y en cuyo espacio se ubicaría luego la plaza de los Burgos. Durante la primera mitad del pasado siglo esta calle sin circulación ofrecía dos imagenes muy diferentes según fuese la hora del día, la mañana o la tarde, pues estaba  totalmente condicionada a la actividad del Mercado, de forma que las mañanas era un trasiego continuo y bullanguero de vendedor@s y clientas, mientras que las tardes eran, por lo general,  solitarias y tranquilas.

Muy cerca hemos conocido como los dos edificios que hacía más estrecha la salida de la plaza consistorial hacia la calle Nueva, los números 2 y 4 de San Saturnino  fueron derribados en 1941 y 1946 o como la vieja Casa Seminario que estrechaba la calle Santo Domingo se derribó en 1976, siendo sustituidos por un moderno edificio de oficinas municipales en el año 1979. Anteriormente y muy cerca de ahí,  21 de agosto de  1890 el Ayuntamiento había concedido permiso para derribar las casas números 1, 3, 5 y 7 de la calle Tecenderías y 1, 3, y 5 de la calle Bolserías. Sobre el solar resultante, propiedad de D. Francisco Seminario,  se erigieron dos elegantes edificios, obra de Julián Arteaga, que son los actuales números 2 de la calle Nueva y 1 de san Saturnino. Bajo la casa nº 2 se abrió el pasaje que lleva, en su honor,  el nombre del promotor de este profundo cambio urbanístico.

Las escalerillas de San Saturnino no han tenido siempre su configuración actual Hasta los años 40 las escaleras eran mucho más angostas, como se puede comprobar en la fotografía, tenían dos tramos separados por una barandilla. El Ayuntamiento adquirió los viejos inmuebles de la izquierda para derribarlos y al poco tiempo construyó unos baños públicos con una pequeña terraza en la cubierta. El tramo de las escalerillas se estrechó aun más. Estos baños se clausuraron a mediados de los 80 utilizando sus instalaciones a partir de entonces como almacén municipal. En el año 1999, el Ayuntamiento derribó los baños y triplicó la anchura de la escaleras. Hoy existe una entrada para el mantenimiento de los servicios de la galería subterránea en el extremo izquierdo de la escalinata.

También hemos visto en la entrada correspondiente como hasta 1914, la calle Mercaderes tenía otra apariencia,  con una manzana más en el tramo ancho hasta el cruce con Estafeta, de forma que tanto las calles Calceteros como Mercaderes tenía otra numeración. Y es que en 1913 el Ayuntamiento compró los números 12 y 14 de Mercaderes para derribarlas en los primeros meses de 1914. Se estuvo a punto de llamar al espacio liberado Plaza del Comercio pero dicha iniciativa no prosperó. También he señalado en una entrada del blog como en 1966 se colocó una isleta en la calle Mercaderes para dividir las vías de circulación, de cuyo  hecho se hicieron eco, ese año, alguna pancarta de las peñas.

Al construirse en el siglo XIX la casa del Hotel La Perla, desaparecía el llamado Callejón de la Sal que hoy se conserva parcialmente en forma de patio, en la parte alta de la calle Chapitela, correspondiendo  al patio del edificio del nº 21 de la calle Chapitela y de los números 16, 18, 20 y 22 de  la calle Estafeta. Yo estuve trabajando en una oficina, junto a ella, entre junio de 1999 y enero de 2001, hasta mi traslado a la calle Mayor y hasta mi ventana, llegaban los aromas del obrador de Pastas Beatriz, situado en el nº 22 de Estafeta, haciendo sus célebres garroticos.

Al hablar de la Pamplona de la segunda mitad del Siglo XIX mostré una foto muy poco conocida de como era entonces lo que hoy conocemos como plaza de San Francisco, con la antigua cárcel y Audiencia, anteriormente Consejo Real ocupando buena parte de lo hoy es este espacio público y al otro lado, donde desde 1905 están las Escuelas de san Francisco,  el antiguo Convento de San Francisco. Aquí hubo una belena o calleja que enlazaba con la de San Miguel, que aun se conserva y con las que pasaban por la actual calle Eslava. En 1849 se derribó la iglesia del convento y se ensanchó la belena hasta los muros del recinto conventual que coincidirían con los de la fachada de las actuales escuelas.

Y ya que las he citado,  hablemos de las  belenas precedentes de la actual calle de D. Hilarión Eslava. En 1877 se trasladaba a Descalzos la fuente que había en la plaza de Santo Domingo, hoy de Santiago. En 1879 se procedía a ensanchar las  belenas de la calle Carnicerías (desde el siglo XVIII calle de Descalzos), la de Pellejerías (hoy Jarauta), calle Mayor y San Francisco, derribando las casas del lado izquierdo según vamos a la calle Descalzos. De ahí que la fuente de Descalzos se halle descentrada respecto al eje de Eslava. La única belena de la zona que se conserva como entonces es la Belena de San Miguel, entre Nueva y San Antón, la propia calle San Miguel en toda su extensión tiene todas las características de una belena (era la Belena de la Población). Y del resto del Casco, que yo recuerde, siguen estando actualmente las de Pintamonas (Plaza del Castillo) y Santo Domingo (Portalapea). Quisieron los vecinos de la calle Eslava darle el nombre de la calle al año del ensanchamiento (1879), pero finalmente el consistorio le dió en 1883 el nombre del músico Hilarión Eslava, quitando los nombres de las antiguas belenas.

A finales de 1909 se comenzaron a derribar los edificios de la antigua cárcel y de la Audiencia Territorial. Pero antes de su derribo, de lo que da testimonio la fotografía adjunta, bajo la Audiencia había un largo pasadizo que llegaba hasta la calle  Tecenderías (actual Ansoleaga), de ahí que el nombre se conociese como Pasadizo del Consejo o de la Audiencia o Pasaje de Tecenderías. En su interior había algún comercio como la platería de Juan Florenzano o algún zapatero remendón y, en el otro extremo, en la calle Tecenderías el cuerpo de guardia de la prisión. Otro pasadizo famoso fue el Pasadizo del Hospital entre las calles Descalzos y Santo Domingo y que más concretamente conectaba con el Hospital Provincial. Este pasadizo se derribó en 1928. Era un largo túnel sucio y maloliente, dicen,  que se cerraba por la noche.

En otro punto del Casco, en la calle del Carmen, fueron dos los espacios en este período  desaparecidos, el Convento de Carmen Calzado que ocupaba un enorme espacio entre las calles del Carmen y Redín y la antigua Maternidad en donde hoy se abre la calle Aldapa. El primero de ellos fue objeto de la desamortización eclesiástica en 1837 y destinado a cuartel y hospital hasta su abandono y posterior ruina. En 1898 pasó a ser propiedad municipal instalándose, durante un breve período,  la perrera municipal. Posteriormente el Ayuntamiento vendió el solar por lotes a diferentes empresarios, una parte a Lorenzo Martinicorena que construyó unas naves para almacén de madera, otra a Andrés Miqueleiz para fábrica de alpargatas que luego sería garage y en los 70 se construyó un edificio en cuyos bajos estaba la discoteca Xuberoa y por último en la parte más cercana al Laboratorio Agrícola se instaló la fabrica de Tejidos Goñi hasta su traslado a San Juan, dejando su espacio industrial a la fábrica de chocolates de Pedro Mayo. La calle Aldapa nació en 1944 tras el derribo del caserón de la antigua maternidad, tras casi un siglo de servicio a la ciudad. El edificio que tenía su entrada principal por la Cuesta del Palacio había entrado en funcionamiento en 1846  y estuvo en funcionamiento hasta 1934 en que se trasladó a las instalaciones hospitalarias de Barañain.

Fotos por orden de aparición: Nº 1, Bajada de Carnicerías, vista desde la zona del Mercado. J. Cía. 1933. Nº 2: Bajada de Carnicerías vista desde la plaza consistorial. 1920-25. Sin Filiar, Nº 3: calle de las Bolserías. 1892. Antes del derribo de las casas de D. Francisco Seminario. Al fondo el inicio de la calle Nueva.  Nº 4: Número 2 y 4 de la calle San Saturnino antes de su derribo. J. Cía. 1933, Nº 5: Las mismas casas de antes pero vistas desde la plaza consistorial, Colección Arazuri. Nº 6: Escalerillas de San Saturnino. 1940. Zubieta y Retegui, Nº 7: manzana desaparecida de las calles Calceteros y Mercaderes. 1912. Aquilino García Dean, Nº 8. Belena o calleja de la plaza de San Francisco antes del derribo de la cárcel y Audiencia Provincial. Colección Arazuri. Finales del siglo XIX o principios del XX. Pamplona Belle epoque , Nº 9: Plaza del Consejo y pasaje del Consejo, la Audiencia o Tecenderías. 1890-1895. AMP, Nº 10: Pasadizo del Hospital, Primeros de siglo XX. Miguel Goicoechea, Nº 11: Pasadizo del Hospital. Rafael Bozano. 1925, Nº12: Convento de Carmen Calzado. Roldán y Mena. 1880, Nº 13: calle del Carmen, tras el derribo del convento de Carmen Calzado, Almacenes de Lorenzo  Mariezcurrena, 1933. Julio Cía. Nº 14: Antigua Maternidad en la calle del Carmen. 1936, Julio Cía. Las fotos 1, 3, 4, 5, 6, 7, 10, 11, 12, 13 y 14 pertenecen a la Colección Arazuri, publicadas en los libros de Pamplona, calles y barrios, Archivo Municipal de Pamplona. Las fotos 2, 8 y 9 pertenecen al Archivo Municipal.

Biografías: Nazario Carriquiri (1805-1884)

Comenzaba este blog hace siete años, con una breve entrada de la calle Nazario Carriquiri, una calle que pasa por delante de mi casa desde que tengo recuerdos, antiguamente un camino de grava,  siguiendo el antiguo ramal del Irati que conectaba la estación del Empalme y la del Norte, atravesando el paraje denominado como playa de Santa Engracia. En esta entrada descubriremos que se esconde bajo el  nombre  de esa calle y que la mayoría de la gente asociará seguramente tan solo con el mundo del toreo, por aquello del trofeo Carriquiri. Nazario Carriquiri Ibarnegaray nació en Pamplona el 28 de julio de 1805. Era hijo del calderero y comerciante establecido en  Pamplona Pedro Carriquiry Etchecopar y de Dominga Ibarnegaray y Landutch, naturales de los pueblos vasco franceses de Idaux y San Juan de Pie de Port. Su nombre aparece vinculado  a los más variados e importantes acontecimientos de Navarra y nacionales bajo el reinado de Isabel II (1833-1868). Su participación en política se inició en 1834 en el Ayuntamiento de Pamplona y como oficial de las milicias nacionales en la ciudad. En la 1ª Guerra Carlista, (1833-1840), colaboró suministrando armas a  las fuerzas isabelinas. A partir de finales de la década de los 30 del siglo XIX ya está asentado en Madrid. Apoyó el pronunciamiento, tanto política como económicamente,    de 1841 contra el general regente  Baldomero Espartero, apoyado por la ex-regente en el exilio María Cristina de Borbón,  que tuvo uno de sus principales focos en Pamplona con la sublevación el 27 de septiembre del general O´Donnell. El general no consiguió el apoyo de la ciudad a pesar de que ordenó bombardearla, desde su Ciudadela. Junto con O´Donnell, Narvaez y Alcala Galiano fueron algunos de los principales generales implicados en la revuelta que contó con el apoyo de elementos carlistas y en los que se llegó a prometer la restauración de los antiguos fueros a los territorios vasco-navarros.

Fracasado el golpe de estado Nazario se vió obligado a exiliarse hasta la caída de Espartero en 1843. No obstante desde el exilio tomó parte en la Orden Militar Española, orden secreta creada en París por el general Narváez para defender la monarquía isabelina y con el mismo fin  financió el periódico «El Heraldo».  Fue diputado a Cortes por Navarra por el Partido Moderado, entre 1843 y 1854, y entre 1856 y 1864, senador vitalicio desde 1864 y en las Cortes de 1871-1873, para acabar volviendo a ser diputado entre 1876 y 1881.  Políticamente basculó desde un liberalismo moderado pasando, progresivamente,  a posiciones más conservadoras en las  filas del Partido Moderado, Dinástico o Isabelino para unirse, al final de sus días, a  las filas de Canovas durante  la Restauración. Aparte de su vertiente política destaca también por su intensa actividad económica y empresarial. No hay constancia de que cursara estudios superiores preparándose para las actividades comerciales y empresariales dentro del ámbito familiar. De hecho comenzó su andadura formando sociedad con su padre Pedro que tradicionalmente se le ha considerado calderero pero cuya ocupación no cuadra demasiado  por la enorme cantidad de  propiedades que legó a sus nietos: casi un centenar de terrenos rústicos en la Cuenca de Pamplona, varios de ellas en la zona de Capuchinos y de  las Esclavas del Sagrado Corazón (las famosas Casa Blanca y Casa Colorada),  además de los nº 8 y 10 de la calle Estafeta (actual números 16 y 18).

Por su parte Nazario y su familia  tenían  su casa de la plaza del Castillo, la que hoy se conoce como Casa Baleztena, que vendieron a los Baleztena en 1852. La casa había sido construida entre 1832 y 1840 por Martin Monaco, de Saldías y por Modesto Jaime, de Pamplona,  propietarios a partes iguales del inmueble que en 1840, recién acabado, vendieron a los Carriquiri. Formando sociedad con su padre,  Nazario comenzó a realizar suministros de todo tipo para el ejército cristino desde 1836 y se benefició de la compra de los bienes, producto de la desamortización eclesiástica de los años 40 y 50, de Mendizabal, Espartero y Madoz. De ahí podemos concluir en que surge buena parte  del origen de su fortuna. En 1846 se asoció con el ganadero tudelano Tadeo  Guendulain Masterrena  creando la sociedad Guendulain y Carriquiri. Sus toros, conocidos por su especial bravura, se lidiaron, por primera vez, en los sanfermines de 1852 y en Madrid, el 10 de julio de 1864. Abundaban en su casta los toros rojizos de movimientos poderosos, rápidos e imprevisibles, que saltaban con frecuencia la barrera en la plaza y mataban a decenas de caballos durante la faena, por lo que algunos diestros de la época se negaban a torearlos. En 1863, un toro de la ganadería recibió 53 varas y en 1878, otro astado 114. En 1883 Juan Mosso compró la parte de su tio Nazario en el negocio y  vendió  la ganadería a Bernabé Cobaleda que trasladó la camada de Navarra a Salamanca, perdiéndose progresivamente la casta navarra de Carriquiri al sustituir en 1925 los toros navarros por los del Conde de la Corte.

Carriquiri formó parte de numerosas sociedades anónimas de la época,  pertenecientes a los más variados sectores. Entre ellas cabe citar las sociedades de desarrollo agrícola la «Ceres» y «La Prosperidad», la del mundo editorial «La Ilustración», la de seguros «El Ancora», sociedades relacionadas con el transporte y los correos, la «Compañía de Minas de Cobre y Plomo de Linares», etc.  Fue accionista del Crédito Navarro, fundado en 1863, directivo del Banco de Isabel II, desde 1844 a 1847,  hasta su fusión con el Banco Español de San Fernando del que fue síndico en 1848, siendo también tesorero del Palacio Real. En 1830 se había casado  en Tafalla con Saturnina Mosso y Villanueva, cuyo hermano, Juan de Dios, había contraído nupcias con Clementa Irure Espoz, sobrina  del general D. Francisco Espoz y Mina. Su cuñado Juan de Dios Mosso Villanueva fue socio y apoderado de muchos de los  negocios que tuvo en Navarra,  como minas, ferrerías, como la de Artikutza,  y explotaciones forestales y madereras. También compartiría sociedades con el que fuera luego su suegro, en su segundo matrimonio,  Jaime Ceriola. Promovió, en 1847, con la Diputación Foral la carretera de Pamplona a Francia a su paso por Roncesvalles, que ayudó a financiar en un 54%. Participó en la creación de la redes ferroviarias  de España (Asturias, Madrid-Aranjuez, etc) e intervino en la construcción del muelle del Grao en Valencia. Nazario no tuvo hijos con Saturnina Mosso que falleció en París en 1859. Si tuvo, en cambio, una hija, Raimunda, en 1862, con Raimunda Ceriola, con la que se había casado al enviudar, ella como él, también viuda que tenía, además, dos hijos a su cargo. Nazario Carriquiri,  que constituye uno de los mejores ejemplos del surgimiento de la nueva burguesía decimonónica,  falleció el 12 de enero de 1884 dejando toda su herencia a su única hija así como su colección pictórica de más de 200 lienzos entre ellos algún Murillo.

Fotos por orden de aparición: Nº 1: Retrato de Nazario Carriquiri de  Antonio Mª Esquivel y Suarez de Urbina. Europeana Collections. Nº 2: Casa Baleztena. premindeiruna.blogspot.com Nº 3: Calle Nazario Carriquiri (1984). Imagenes Rotxapea. revista Ezkaba. Nº 4:  calle Nazario Carriquiri (2017). Nº 5: Toros Carriquiri, pastando en el Sario en el año 1909. Facebook.com/ganaderiacarriquiri. Nº 6: Escritura de Venta de la ganadería de los herederos de Don Nazario Carriquiri a Don Bernabé Cobaleda (1908).  Edición facsímil. Pamplona, Talleres Gráficos Estudiovaca, 2010. 

Inicio y auge de los clubs de montaña en Pamplona (1926-1990)

Aunque yo no he sido muy montañero que digamos, mi hermano sí lo fue durante más de una década, y recuerdo, a la hora de ponerme a escribir esta entrada que, especialmente entre los años 60 y 80 del pasado siglo, hubo un gran boom de clubs de montaña en nuestra ciudad y en nuestra comunidad. La afición al montañismo ha contado con gran predicamento en nuestra tierra, pero fue especialmente intensa en esos años. Posteriormente la extensión del vehículo privado hizo, probablemente, menos necesaria la existencia de muchos clubs que facilitaban el transporte a los «mendigoizales» de aquella época. En los inicios, las excursiones montañeras por afición  eran más bien solitarias y el modo de transporte era el tren. El origen de este deporte en nuestra ciudad podemos situarlo en los años  20. En 1926 había cinco asociaciones en Pamplona que practicaban este deporte de forma colectiva: el Indarra, Lagun-Artea, Osasuna, Aurora y  Euzkotarra. Entre los nombres vinculados a esta práctica estaban Carmelo de Olazarán, Antonio San Juan y otros. A finales de 1929, el Club Deportivo Euzkotarra fue clausurado temporalmente por orden gubernativa ya que alternaba las actividades montañeras con otras políticas de orientación nacionalista. Este  club se convertiría en 1930 en el Club Alpino Euzkotarra y en 1936 de este grupo saldría el Eusko Gaztedi Kirolzalea.

La Federación Deportiva en aquellos años era la Federación Vasca de Alpinismo, que tenía una delegación navarra si bien, después de la guerra, se convierte en la Federación Vasco-Navarra de Montañismo. En 1934 se iniciaron las actividades del Club Montañeros de Navarra, presidido por Gerardo Ramón de Ciganda y luego por López Selles, con sede en los bajos del Niza que desapareció en 1940 por problemas gubernativos. La guerra civil afectó, como en otros campos, a la actividad montañera. En 1941 se crearon la sección de montaña del Club Oberena, club creado por iniciativa de Acción Católica, con sede en el Frontón Labrit, y el Club Deportivo Menditari. También ese año  aparecía el Club Deportivo Navarra, que tuvo sede en el nº 5 de la calle Mercaderes y luego en Estafeta y Jarauta. En 1942 se fusionaban el Club Deportivo Navarra y el C.D. Menditari, manteniendo el nombre del primero. Hasta  los años 50, década en que se constituyen el  Anaitasuna y el Irrintzi, estos dos clubs, el Oberena y el Club  Deportivo Navarra,  fueron  los únicos clubs con actividades montañeras en Pamplona. En 1958 surgía la Alegría de Iruña (en Calderería y luego en Jarauta), también con una sección montañera. En esos años 40 y 50 sobresalen, en el mundo de la montaña y de los clubs,  nombres como los de Patxi Ripa, Marcos Feliú, Daniel Vidaurreta, entre otros.

En 1962 el Club de Montaña Ori-Mendi que tenía su sede en el edificio del Centro Mariano de la calle Mayor, (Palacio de Redín Cruzat), y que tuvo también  su origen en los círculos obreros y juveniles católicos  celebraba su primera finalista en la cumbre de Orhi, finalista de la que adjunto una fotografía, aunque la foto  creo que tal vez sea  de una finalista un poco posterior. Los primeros animadores de este Club fueron Patiño, Olave, Ibarrola, Valencia Eguaras y Usetxi, que aparece en buena parte  de  las fotografías de esta entrada. En pocos años, el número de clubs en Pamplona se multiplicó por tres, al aparecer, a partir de 1965, el  Kirol (creo que tuvo su sede en San Francisco), Errotazar, Donibane (en el barrio de San Juan), Chantrea, Club de Tenis,  Gaztedi, Boscos, Iruñako Beti Gazte (según  Antonio Ibañez estaba en los Caídos) y Euzko Bazterra. En esos años 60 cabría destacar nombres como los de Juan Mari Feliú, Carlos Santaquiteria o los hermanos Gregorio y José Ignacio Ariz.

A finales de 1965 se reunieron más de 1000 montañeros en San Miguel de Aralar para celebrar el Primer gran día de los Montañeros. En 1971 nacía el Club Alpino Navarro como consecuencia de una escisión de la Sección Juvenil del Club Deportivo Navarra, con Carlos Garamendi en la presidencia. Casualidades de la vida pero mi primer trabajo periodístico, -estaba estudiando todavía la carrera-, en 1982 o 1983, fue encargarme de la revista del Club Alpino Navarro, creo que se llamaba Noa,  junto con otros dos compañeros de estudios. Y en los años siguientes, frecuenté, de vez en cuando, el Club que tenía su sede en el nº 22 de la calle del Carmen.  A finales de los 70 y primeros 80 el número de clubs empezó  a menguar,  a pesar de la creciente práctica del montañismo en Navarra, y de los éxitos en las grandes expediciones, probablemente, como he dicho, al desaparecer poco a poco  las salidas organizadas de los clubs y aumentar las salidas en los coches particulares. En esta época llegarían, como acabo de afirmar,  los grandes éxitos en las expediciones a cumbres míticas como el Noshaq, Dhaulagiri, Janu, Makalu, etc de los Abrego, Eguillor, Plaza, Garayoa, Casimiro, Aldaya, De Pablos y otros.

Fotos de esta entrada, por orden de aparición: (referenciadas por  Antonio Ibañez):  Archivo familia Usetxi-Sarasa, cedidas para esta entrada por Antonio Ibañez Basterrika. Fotografías realizadas por Miguel Usetxi Belzunegui. Recuperación de negativos: Ion Usetxi. Descripción: Foto nº 1: De izquierda a derecha y  arriba, y en un lugar cercano al Petretxema y a la Mesa de los Tres Reyes, entre Belagua y el valle de Ansó, en la parte de arriba y de izquierda a derecha,  el 2º,  el carnicero de la calle Curia, Eguaras, el 4º Miguel Usetxi, el 5º Rufino, hortelano de la Magdalena y el 6º Javier Auzmendi que murió escalando las Agujas de Ansabere. Foto nº 2. Orhi, desde Izalzu y Otxagabía  y el Otxogorrigañe, entre otros. Foto nº 4. Misa en el Pico del Orhi. Foto nº 6. De izquierda a derecha y arriba,  Miguel Usetxi, Antonio Ibañez, Xabier Sádaba, desconocido; debajo de izquierda a derecha:  Sagrario Ibañez y Mari Carmen Sarasa, esposa de Miguel.  Foto nº 7: de izquierda a derecha, el primero sin determinar, Miguel Usetxi y Antonio Ibañez en la zona de Larra-Belagua.

Callejeando por el Viejo Pamplona de los 50: Un recorrido por los bares de la época. (1954)

En 1954, Pamplona tenía 80.000 habitantes. Aun no se había culminado por completo lo que hoy conocemos por Segundo Ensanche y faltaba una década para que se empezase a desarrollar el tercer ensanche, San Juan e Iturrama, este último ya en la década de los 70. Pamplona tenía toda la apariencia de una ciudad provinciana de la postguerra, con algún incipiente intento de industrialización, proceso que este año comenzaría, de verdad, a dar sus primeros pasos, con el Plan de Promoción Industrial impulsado desde Diputación, con Huarte,  y desde el Ayuntamiento con Urmeneta. Habían pasado apenas quince años desde el final de la guerra civil, el abastecimiento de los productos básicos  comenzaba a mejorar  pero ni en lo político, ni en lo social todo era tan tranquilo, en nuestra comunidad, como parecía. El carlismo o al menos algunos de sus integrantes tenían algún encontronazo que otro  con el régimen,  y especialmente con el sector falangista, como demuestran los hechos del 3 de diciembre de 1945, en la plaza del castillo y calles aledañas, donde se produjeron varios heridos de bala y que se saldó con el cierre del Cículo Carlista de Pamplona.  En lo social, en mayo de 1951 se había celebrado  la primera huelga general en Pamplona, tras la guerra civil, tras la que fueron detenidos varios cientos de personas en Pamplona. Los choques y  tensiones entre la Diputación Foral y el Gobernador Civil, Luis Valero Bermejo acabarían con el cese, este año, de este último   que se había destacado por su actitud radicalmente centralizadora.

Aun no se había incorporado la televisión al ocio familiar,  -solo había una radio, Radio Requeté-, la televisión llegaría pasada la mitad de la década, y el pamplonés medio, y según su mayor o menor capacidad adquisitiva pasaba el tiempo como podía: paseando arriba y abajo de Carlos III o por los porches de la plaza del Castillo,  como a principios de siglo lo hiciese por la Estafeta; acudiendo a la poco más de media docena de cines y teatros existentes en la ciudad: el Gayarre,  el Olimpia, el Novedades, el Príncipe de Viana, el Alcazar, el Avenida y el Amaya, este último recién abierto en el barrio extramural de la Rochapea. Con un público mayoritariamente masculino estaban los deportes,  el fútbol de Osasuna en el campo de San Juan o los partidos de pelota en el Euskal Jai de la calle San Agustín o en el recientemente construido Frontón Labrit. Los que disponían de algo más poder adquisitivo eran socios de alguno de los dos casinos de la ciudad, el Eslava o el Principal o de algunas de las sociedades recreativas existentes: el Tenis, el Larraina o el Club Natación (este último con un perfil más popular). Los que no podían contar con demasiados recursos económicos, desgraciadamente la mayoría,  se tenían que conformar con acudir, de vez en cuando, a algún acto social o baile en  alguno de los locales de alguna peña o sociedad, mayoritariamente instaladas en el Casco Viejo. La iglesia destinaba algunos de sus «centros marianos» también como espacio de ocio para los jóvenes, donde se exhibían algunas de aquellas películas de la época. En las calles, plazas y paseos (Bosquecillo, Media Luna, Plaza del Castillo, Taconera…) se organizaban, de vez en cuando, en fechas destacadas, conciertos a cargo de la banda de musica municipal.

Las calles del Casco Viejo bullían de comercios,  un comercio de clara raigambre local, -muchos de los cuales hundían sus raíces en el siglo anterior-, que se iba acomodando a las modas y a los gustos de las nuevas generaciones de pamploneses, un comercio que se extendía como una mancha de aceite por las nuevas calles del Ensanche. Y entre tanto comercio, y también de forma mayoritaria en el Casco Viejo, los pamploneses podían encontrarse con un abigarrado y variado tipo de hostelería. Será en este aspecto, los bares y restaurantes de la época,  en el que voy a centrar especialmente la entrada, citando el nombre antiguo del establecimiento  y la referencia actual para que ustedes, amables lectores, sepan exactamente donde se encontraban. En la calle Ciudadela encontrábamos el Bar El Espejo,  antigua taberna propiedad de Miguel Aldaz, y el Anaitasuna (antiguo Ginés), ambos hoy desaparecidos, al menos de momento. Adentrándonos en la calle San Gregorio teníamos el bar restaurante Orbaiceta, (donde hoy está el Museo), un poco mas adelante La Concha (en los años 80 y siguientes aun estaba abierto, hoy es el Kaixo), y enfrente el bar Euskalduna, regentado por Juan Pedro Urbeltz, donde luego estaría el Arizona y hoy el San Gregorio.

En esta calle teníamos, en el lado derecho, según se va a la calle San Nicolás, el Ganuza, abierto hasta hace no demasiados años, donde después se puso el Entretantos y el Champi, regentado por Victorino Ganuza,  El Caserio regentado por Rafael Erice, hoy sustituido por un edificio nuevo, (donde está el Ñam) y el Sanguesa. En el lado izquierdo Casa Garcia, bar, fonda y pensión,  y casi al final de la calle el Bar Kaiku y la Fonda La Montañesa, de donde más tarde tomaría el bar el mismo nombre sustituyendo al anterior. En el Rincón de San Nicolás encontrábamos Casa Paco, regentado por Francisco Pueyo Sanz, en manos de la familia desde principios de siglo y en Lindachiquia el Catachú, otro negocio familiar, también en manos de la familia, en este caso de los Iturralde desde comienzos del siglo. Hoy se mantienen estos dos últimos aunque bajo otra dirección y propiedad.

En la calle San Nicolás hallábamos en su lado izquierdo, Casa Bearan en el mismo lugar que en la actualidad; la fonda Larrayoz donde hoy está el Rio, propietaria la familia Larrayoz  desde décadas atrás  de todo el inmueble;  el bar de Vicente Saralegui, (no he logrado descubrir como se llamaba, en estos años, lo que hoy es el Bar San Nicolás-La Cocina Vasca y antaño, durante las primeras décadas del siglo, era Casa Marcela, (de Marcela Elía, Viuda de Iriarte); el Otano, desde 1929 en manos de la familia Juanco, que sigue manteniendo actualmente la propiedad. En el lado izquierdo destacaban el Café Irañeta, antes de que se convirtiera en el Baserri, -hoy Baserri berri-, dirigido por Juan Irañeta; Vinos el Cosechero, conocido popularmente como El Marrano, a cargo de Josefa Goñi Belzunce y el bar Ulzama en manos de la familia Miqueleiz, antiguamente la fonda y casa de comidas  de Babil Landívar y sobre este l a Hostería Aralar. Como se puede comprobar, la hostelería de entonces era un negocio fundamentalmente familiar. Un lector del blog, Luis Iribarren me indicó, hace algún tiempo, que en el nº 50, donde hoy está el Hotel Castillo de Javier y antes el bar San Miguel estuvo, aproximadamente desde 1952 a 1966, el Bar Restaurante Valero (antes tienda de ultramarinos), fundado por sus abuelos Valero Iribarren y María Elizondo. Era conocido en su época por la celebración tanto de  bodas como de comuniones,  muy frecuentado por los chóferes de la Estación de Autobuses y cita obligada de numerosas cuadrillas antes de ir a los partidos de Osasuna en el campo de San Juan. Animo a los lectores a completar esta entrada con más nombres de establecimientos de esta época que recuerden.

A la vuelta de San Nicolás, en el lado derecho, esto es, en la calle Comedias, descubríamos el  Café Roch, el Burgalés, (anteriormente Gau Txori), con Gerardo Arce y el Noé, además del restaurante Casa Cuevas, (en el nº 20 de la calle), bajo la dirección de Pablo Arce. En el lado izquierdo, esto es en la calle Pozoblanco, teníamos Casa Amostegui y más adelante Casa Yaben, ambos conocidos restaurantes en aquel entonces. En la plaza del Castillo, en 1952 cerraría tristemente sus puertas el Café Suizo que se había abierto más de un siglo atrás, en 1961 lo haría el Cafe Kutz. Donde anteriormente estaba el Dena Ona estaba, en esta época, el Bearin, (actual Napargar); el Torino de Doroteo Cotelo era en estos años el Nuevo Torino, (donde hoy está el Windsor). Continuaba imperturbable, viendo el paso de los años y la historia de la ciudad, el viejo Café Iruña y, partiendo desde las escalerillas hacia la Estafeta, el panorama hostelero de los soportales era algo distinto al actual. Donde hoy está el Gure Etxea estaba el Rhin, donde hoy está el Baviera estaba el Guría, (no confundir con el de Espoz y Mina), y a continuación venían el bar restaurante Maitena, con comedor en la primera planta (donde luego estuvo el Gazteluleku) y después el Sevilla, el primero de ellos impulsado por parte de los hermanos Alemán y más tarde regentado por Jerónimo Ibarrola y el segundo por Julián Ramírez, al término de la guerra, que en 2015 finalizaría su andadura con la tercera generación.

Dejando atrás al Casino Eslava, en lo que después fue la Tropicana estaba el Bar Brasil, a cargo Miguel Yoldi  y Jesús Rada, y junto a él, el histórico Choko (entonces lo escribían así), de Alcaine y Beaumont, bajo su dirección desde 1931. A la vuelta, en la travesía Espoz y Mina estaba el hotel Maisonnave, comprado por la familia Alemán en 1945 y en la trasera de esta manzana, en la calle Espoz Y Mina, ya estaban el Hotel y Restaurante Europa, regido por Isidora Valencia  y el Monasterio, abierto una década antes, en 1944, por Federico Monasterio. Al citar los hoteles no quisiera olvidarme de El Cisne y La Perla, en la plaza del Castillo. En la misma esquina  de Espoz y Mina con Estafeta estaba el Bar Prados, luego Fitero. En  la Estafeta, empezando por el final, y terminando en Mercaderes teníamos, en el lado izquierdo de la calle, a Pablo Berástegui regentando la Fonda San Fermín, donde luego estaría el hostal y  restaurante Ibarra, más tarde  Casa Flores y actualmente El chupinazo;  en el segundo piso del nº 73 estaba el restaurante Roncesvalles, entonces era mucho más habitual que ahora encontrarse los restaurantes en las segundas plantas de los edificios, en el mismo lugar donde cuatro años más tarde, en 1958, Alejando Elizari y Felisa García fundarían el restaurante Josetxo.

Donde hoy está Chez Evaristo estaba el Bar Los Billares, antiguamente creo que fue El Moderno, a cargo de él Macario Arguiñano; en el nº 55 se hallaba la Fonda de Carlos Pascualena. El local de la Granja ya tenía un uso hostelero en aquella época, por parte  de Luis Desojo Sanz. El Señorio de Sarria se inauguraría  a final de la década de los 50 y desde 1900 ya estaba abierto, en el siguiente tramo de la calle, el  Mesón Pirineo por parte de José Tejada, si bien desde 1949 la dirección estaba a cargo de los hermanos Zabaleta Monreal que lo mantendrían  a lo largo de las siguientes décadas. Otros afamados restaurantes de la época eran las Pocholas en el Paseo de Sarasate, que conducían las hermanas Guerendiain;  el Blanca de Navarra, en Mercaderes, 24, cuyo titular era Blanca Villanueva;  el Iruña en el nº 7 de Mercaderes,  dirigido, en este tiempo,  por  Ana María Echechipia, sin olvidar el tipismo de  Casa Marceliano en la calle  Mercado;  a La Viña,en Jarauta;  La Vasca en San Agustín, etc. En Ansoleaga, donde hoy está la Librería Acuario, estaba el Bar Bilbao. Entre las fondas y pensiones estaban La Barranquesa, en la bajada de Javier;  el Irure en Comedias, la Hispano-Francesa de la plaza del Castillo, el Redín del Mercado, la Fonda Valerio de la avenida de Zaragoza o la Bilbaína de San Antón. Para estos años ya se habían abierto no pocos bares y restaurantes en el Ensanche aunque a gran distancia del Casco, entre los que cabe citar el Alhambra, en Bergamín; el Amaya en la calle del mismo nombre; el  Avenida (en Conde Oliveto), el Baztán y el Candanchú (en Paulino Caballero), el Cinema y el Ginés  (en la calle Estella), El Sol (en la Avenida de Zaragoza), el Tudela (en la calle del mismo nombre), el Restaurante Bidasoa (en García Ximenez), además de las fondas Algarra y  La Tomasa,  y los hoteles Yoldi (en la avenida de San Ignacio) y El Comercio (en Avenida de Franco).

No quisiera terminar la entrada sin ofrecer nuevos  detalles o algunas pinceladas más de la ciudad en esta época, sin perjuicio de que para ampliar la información de lo sucedido en esos años en Pamplona puedan consultar otras entradas de este mismo blog. El Gobierno Militar estaba en la calle Dos de Mayo, junto al actual edificio del Archivo General, no como ahora que está junto a Baluarte, (desde 1971);  la oficina de Turismo estaba en Duque de Ahumada,  la Casa de Socorro, en el nº 2 de la calle Alhóndiga, (aun no se ha derribado el viejo edificio de dos plantas), la Cámara de Comercio en el nº 1 de Príncipe de Viana; la Cruz Roja en el nº 8 de la calle Leyre; los autobuses paraban en la vieja estación de Conde Oliveto, inaugurada 20 años atrás; el Plazaola acababa de hacer su último viaje a finales del año anterior y al Irati le faltaba poco más de un año para dejar de circular por nuestras calles. La villavesa recorría las principales calles de la ciudad con servicios exteriores, además, a Villava, Arre, Oricáin, Huarte, Cizur, Gazolaz y Venta de Ollacarizqueta. Para llamar al taxi había que llamar a diferentes teléfonos, según las zonas de parada. Los taxis paraban en la plaza del Castillo, en la calle Tudela, junto a la estación de autobuses y en la avenida de Carlos III frente a la iglesia de San Antonio. El taxista que estaba en la parada atendía la llamada del cliente, descolgando el teléfono de su zona y acudía a prestar el servicio.

Fotos por orden de aparición: Nº 1 y Nº 2. Sanfermines de los años 60.  BY-NC 4.0 2015 / KUTXATEKA /Fondo Estudio Marin. Paco Marí. Nº 3 a  8: Colección de posavasos de diferentes establecimientos hosteleros de Pamplona: Hotel El Cisne, Hotel Restaurante Valerio, Hotel Yoldi, Hotel Restaurante Europa, Hotel Maisonnave, Grand Hotel La Perla. Años 50. Biblioteca Nacional de España. Nº 9: Campo de San Juan (años 50), Nº 10: Euskal Jai, (1977)  pamplonahistorica.wordpress.com. Nº11 Bar Irañeta. Años 50. Archivo antiguo Bar Baserri, Nº 12: Mozos por la calle San Nicolás, Archivo antiguo Bar Baserri. Nº 13: Coche de los 50 atravesando la calle Comedias delante del Café Roch, Nº 14: Cine Novedades en la calle San Agustín. Colección Arazuri, AMP. Nº 15: La Dolorosa regresando, desde San Lorenzo a la Catedral por la calle Mayor, frente al centro Mariano, Nº 16: Calle Pozoblanco. Años 50, Ediciones Arribas, Nº 17: antigua villavesa serigrafiada con la publicidad local de la época. Años 50, Nº 18: taxi de los años 50, Nº 19: espectáculo musical en el antiguo café Irañeta. Años 50. Archivo antiguo Bar Baserri Nº 20: Feria del libro en la plaza del Castillo. Años 50, Nº 21: Comedor del Restaurante Iruña en el nº 7 de la calle Blanca de Navarra (actual Mercaderes)