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Qué leían los niños durante el franquismo. Publicaciones infantiles (1939-1975)

Aunque en alguna entrada del blog ya me he referido, en cierta forma,  a estas publicaciones, si bien desde una visión personal y de recuerdo, -cuando murió Franco tenía tan solo 12 años-,  en esta ocasión lo hago con un criterio mucho más historicista y profusamente ilustrada. Los cuentos e historias infantiles tienen una larga tradición en la literatura. De niños ¿a quienes,  en casa, no le han contado un sucedido, una historia, un cuento  o una fábula?. También es verdad que el dibujo, la viñeta,  se revela casi siempre como el mejor vehículo  para llegar hasta los más pequeños y retener su atención, es mucho más fácil  que obligarle a leer  un libro. Los dibujos animados de la tele han tenido siempre un voraz y fiel público menudo. El nuevo régimen surgido tras la guerra no perdió la ocasión de intentar influir y adoctrinar a los más pequeños a través de sus publicaciones infantiles  absolutamente dogmáticas e  ideologizadas:  la falangista «Flechas» (1937) y la carlista «Pelayos» (1936) que se fusionarían  luego bajo el nombre del semanario «Flechas y Pelayos» (1938). Durante la guerra, en la zona republicana nació «Pionero rojo» y en 1938 nacía la revista «Chicos» que cerró en 1955.

Hasta la guerra civil había dos grandes publicaciones de historietas, en primer lugar, el TBO, nacido el 17 de marzo de  1917, creado por el impresor Arturo Suarez en Barcelona y editado, desde el nº 10  por Buigas Garriga y más tarde también por  Estivill y Viña que lo editaron hasta 1983, si bien con algún titubeo o irregularidad desde la guerra hasta 1951, desde 1986 por Bruguera y tras la desaparición de ésta, desde 1988 y hasta 1998 por Ediciones B. Esta publicación,  emblemática como pocas,  daría nombre popular (el tebeo) a la publicación con que en otros países se conoce la historieta gráfica o el comic. Muchas de sus historias y viñetas no resistirían seguramente el actual espíritu de corrección política y social. En 1936 llegó a tirar un cuarto de millón de ejemplares.  La segunda publicación importante fue la revista Pulgarcito, editada semanalmente desde 1921 por la editorial Gato Negro que desde 1940 se convertiría en Editorial Bruguera. Fue retomada por Ediciones B en 1987. En ella y a finales de los 40 se publicaron las primeras historias de Carpanta, Doña Urraca, Zipi y Zape, el reportero Tribulete, la familia Cebolleta, las hermanas Gilda o Mortadelo y Filemón, estos últimos aparecidos en 1958, de la mano de Francisco Ibañez. Eran en la mayoría de los casos antihéroes, personajes sin suerte, que hacían reir o sonreir pero que escondían tras sus diálogos la realidad de una España atribulada por la escasez en una inesperada muestra de realismo social. En 1949 salía «Superpulgarcito» y en 1969 «Gran Pulgarcito». Habría otras publicaciones infantiles pero ninguna de ellas llegaría ni de lejos a la fama ni a la duración de las mencionadas: «Chiquilín» (1924), Pinocho (1925) de Saturnino Calleja, «Macaco» (1928). Y en los años 30, «Yumbo» (1934) de Hispano Americana de Ediciones, resucitado en 1952, «Mickey» (1935) de Molino que publicaría los éxitos de Walt Disney, «Aventurero» (1935), resucitado en 1953,  también de Hispano Americana. En 1943 tenemos el semanario «Jaimito» muy parecido, en forma y contenidos, al TBO o Pulgarcito.

Otros títulos destacados eran, en aquellos años  «Roberto Alcazar y Pedrín», creada en 1940 por el guionista y editor Juan Bautista Puerto Belda, propietario de la Editorial Valenciana y el dibujante Eduardo Vaño Pastor que se editó hasta 1976; «El guerrero del antifaz» creado por Manuel Gago García en 1944 para la Editorial Valenciana  que se editó hasta 1966, llegó a tirar más de 200.000 ejemplares  y «Hazañas Bélicas» aparecido en 1948 de la mano de Editorial Toray. En algún caso,  alguna de  estas publicaciones, como Roberto Alcazar y Pedrín fue acusada por su deplorable maniqueismo, la glorificación de la violencia o fuerza bruta y buena parte de sus mensajes.  como el  mejor exponente de tebeo del «Régimen». Otras historias fueron las de Juan Centella, el inspector Dan o «El Cachorro» (1951). Había otras como «Las aventuras de Jorge y Fernando» (1944)  o libritos de aventuras como  «Aventuras de Dick Turpin, el audaz enmascarado» editado por Gato Negro o  «Bill Barnes, aventurero del aire» de Editorial Molino, sin olvidar  «El coyote» de Jose Mallorquí (1943) o Doc Savage, que conocieron  versiones de novela popular, pulp, y de comic o tebeo. La mexicana Editorial Novaro traería por su parte a «El llanero solitario» así como otros títulos importados de Estados Unidos, entre ellos «Superman». Y no podemos olvidar las novelas del oeste de Marcial Lafuente Estefanía, cuya primera novelita, editada en 1943, -escribió unas 1.600 a lo largo de su vida-, se llamaba- «La mascota de la pradera» y fue editada por Ediciones Maisal.

En los años 50 proliferan los títulos de tebeos, (con más de 500 series), pero sin lugar a dudas el tebeo más icónico de nuestra historia es el del Capitán Trueno. Fue creado en 1956 por Victor Mora que firmaba los guiones mientras los dibujos corrían  a cargo de Miguel Ambrosio Zaragoza, Ambros. El primer número se llamaba «A sangre y fuego» y costaba 1,25 pesetas. El capitán Trueno era un caballero español de la Edad Media en tiempos de la 3ª cruzada (finales del siglo XII) que acompañado de sus amigos Goliath y Crispín, y a veces también por Sigrid, novia de Trueno y reina de la isla de Thule se dedicaba a recorrer el mundo en busca de aventuras en las que ejerce de defensor de la justicia y liberador de los oprimidos. El propio Mora estuvo algún tiempo en prisión por actividades «subversivas», era miembro del PSUC. En 1958, Mora retomó la exitosa fórmula del Capitán Trueno (llegó a tirar más de 350.000 ejemplares) y creo una nueva serie: el Jabato, ambientada esta vez en la época romana y dibujada por Francisco Darnís. Al Jabato, campesino ibero reconvertido en héroe contra la opresión romana le acompañaba el fortachón también íbero Taurus, la dama, Claudia, patricia romana convertida al cristianismo y Fideus de Mileto un bardo griego. De Mora y el dibujante Fernando Costa era El Cosaco verde (1960), ambientada en Rusia, que cambió de color para evitar la censura, -eran tiempos en los que la Caperucita no era roja sino encarnada-, y también de Mora fue «El corsario de hierro» (1970), teniendo como protagonista a un bucanero. Tanto el Capitán Trueno como Jabato conocerían en los años 70 nuevas aventuras y mejores presentaciones bajo el añadido de Color, Trueno Color y Jabato Color. Otros títulos de esta década fueron el DDT de Bruguera, la reconversión del serial radiofónico en tebeo, de Diego Valor (1954), impresa por Ediciones Cid que también resucitó, aunque por poco tiempo, la mencionada y una de las más populares revistas  infantiles de la postguerra «Chicos».

En los años 60  nacen «Tío vivo»,  «Tele Color» (1963) donde los personajes de los dibujos animados de la tele encuentran acomodo, «Topo gigio» (1965), «Tintín» (1967), «Bravo», «Gaceta Junior» y «Delta 99» (1968), «Piñón» (1969), curiosa revista editada por Magisterio Español y la Confederación de Cajas y que nos llegaba hasta las escuelas. Me acuerdo perfectamente de ella. Se empiezan a importar, en estos años,  con mucha más asiduidad,  personajes y materiales desde el extranjero que en las décadas anteriores, todo hay que decirlo,  era un hecho bastante excepcional.  Todas estas novelas y tebeos eran objeto de alquiler, en algunos de las librerías existentes entonces en el Casco Antiguo y por supuesto del resto de la ciudad. Recuerdo que en la librería de la Pachi, de la avenida de Marcelo Celayeta, (que no se llamaba Pachi, sino Saturnina, Pachi se llamaba su marido), se  cambiaban por un módico precio estas novelitas y tebeos. ¡Ay de aquellas veces que alguno  que alquiló la novela o el tebeo antes que tu arrancó  alguna página de la publicación provocando el natural  berrinche y frustración por la interrupción seguramente en el mejor de la aventura!. Seguro que a más de uno le sucedió esto. Los años 70 trajeron alguna publicación de gran calidad como la quincenal «Trinca» si bien apenas duró tres años. Editada por Doncel, contaba con series aventureras más maduras y adultas como un especial sobre la historia del Cid  que recuerdo haber visto en mi casa y otras historietas de temática diversa, como «Manos Kelly», «Los Guerrilleros»  y «Haxtur». En esta década se reeditaron series históricas como el Guerrero del antifaz (1972), Chicos y Hazañas Bélicas (1973).

También había revistas  e historietas para chicas. Todas o casi todas promovían un rol de la mujer que postulaba aquel régimen surgido de la guerra: el único papel de la mujer, en aquel tiempo y en aquella sociedad,   era el de madre y  esposa, sufrida y abnegada, el descanso del guerrero, como se decía entonces. Entre estas publicaciones se encontraban la revista «Mis chicas» (1941-1950), la primera revista de historietas femenina de la postguerra (con secciones variadas de cine, moral, literatura, consejos, etc) y gran éxito popular, «Chicas» (dirigida a las adolescentes),  «Sissi» (1958-1963) con fotos de las estrellas de cine y la canción en portada,  «Azucena», «Ardillita» que siguió su estela, «Florita», «Mariló» (1950), Margarita, etc. «Azucena» fue una colección de cuadernos de historietas, representativo del llamado tebeo de hadas, publicado por Editorial Toray entre 1946 y 1971. Como la mayoría de los cuadernos de historietas gráficas del momento tenía un formato apaisado con portada en color e interior en blanco y negro.  «Florita» fue, por su parte,  una revista juvenil femenina, de las de más éxito de entonces, con más de 100.000 ejemplares de tirada,  publicada a partir de 1949,  sucesivamente por Ediciones Cliper y desde 1958 por Ediciones Hispano Americana. Incluía historietas y secciones orientadas a la mejor formación de las niñas (pequeños defectos que debes corregir, decoración, vidas ejemplares, consejos, etc) vamos todo un ejemplo de la época del nacional-catolicismo de entonces. Supuso un cambio del tebeo de hadas que representaba «Azucena» y «Ardillita» a la nueva historieta romántica.

Dejando a un lado los tebeos y revistas, debería citar también todos aquellos libros que estaban específicamente orientados, en aquellos años, al público infantil y juvenil. En 1956, Editorial Bruguera lanzaba su colección «Historias Selección», eran libros que contenían versiones más reducidas que las obras originales con  páginas, con viñetas, que resumían parte del contenido de la historia. Costaban 25 pesetas. Una bonita manera de introducir a la infancia en la literatura de todos los tiempos. Esta biblioteca juvenil contaba,  a su vez,  con un buen número de series que agrupaban las diferentes obras publicadas: Clásicos Juveniles (La isla del tesoro, Robinson Crusoe, La pequeña Dorritt, David Copperfield, Oliver Twist, Tartarín de Tarascón, Cuento de Navidad, Los Viajes de Gulliver, etc), Grandes Aventuras, Mujercitas, Cuentos y Leyendas, Julio Verne (La vuelta al mundo en 80 días, Los hijos del capitán Grant, las tribulaciones de un chino en China), Historia y Biografía, Sissi, Pueblos y Países, Pollyana, Karl May, Emilio Salgari (Sandokan), Ciencia Ficción, Nancy, Héroes, Heidi, obras de Mark Twain (El príncipe y el Mendigo, Un yanqui en la corte del rey Arturo, etc), de Alejando Dumas (El conde de Montecristo, Los tres mosqueteros, etc). Durante aquellos años  no se perdía la ocasión para,  al calor del nacional-catolicismo imperante,  obsequiarnos con vidas ejemplares de santas y heroínas como Bernadette o Juana de Arco. En mi surtida biblioteca guardo no menos de una docena de estos libros que conseguí en diversas ediciones de la  feria del libro de antiguo y de ocasión de Pamplona.

Editorial Molino fue junto a Bruguera, aunque a gran distancia de ésta,  la editorial que más obras publicó destinadas al publico infantil y juvenil. Entre algunas de sus series más famosas estarían las obras de Enid Mary Blyton. Ahí estaban las series de «Los Cinco», «Secreto», «El club de Los Siete Secretos», «Misterio» y «Torres de Malory». Tampoco habría que olvidar las «Aventuras de Guillermo»,  y sus inolvidables travesuras,  de Richmal Crompton. Y aunque ya los cité, al menos una buena parte en la otra entrada del blog, recordaré los cuentos de Perrault, los hermanos Grimm y el danés Hans Christian Andersen, basadas,  muchos de ellos, en relatos y leyendas preexistentes, las fabulas de Esopo, Iriarte y Samaniego,  los cuentos  de «las mil y una noches» (Aladino, Ali Baba, Simbad, etc); el Corazón de Edmundo D´Amicis (quien no se acuerda de Marco), Pinocho, Peter Pan, El libro de la Selva, Tarzan, Alicia en el país de las maravillas, El principito  y un largo etcétera.  Fruto de la pluma de un sacerdote francés, Michel Quoist, fueron las celebres «El Diario de Daniel», que leí, cuando estab aen el Cardenal ilundain y «El diario de Ana María» dirigidas a adolescentes de uno y otro sexo. Las narraciones de la condesa de Segur; las series de Antoñita la Fantástica de Borita Casas;  las aventuras de Mari Pepa,  de Emilia Costarelo o las de  Celia,  de Elena Fortún son algunos de los  otros títulos de series de literatura infantil que no quisiera dejar de mencionar en este post. Mención aparte, aunque quede fuera del tiempo de análisis  merece la obra editorial de Saturnino Calleja, que publicó casi toda la literatura infantil que se había escrito hasta entonces,  (finales del XIX y principios del nuevo siglo), ¿quien no recuerda esa expresión hecha de «tienes más cuento que Calleja»?. Seguro que se me quedarán en el tintero infinidad de títulos y autores. Espero que los lectores sean benevolentes y vayan completando esta modesta entrada que no pretende más que echar una mirada a lo que leímos nosotros, nuestros padres o dependiendo de la edad de quien lea este artículo incluso nuestros abuelos.

Fotos: Archivo propio y de la familia Abarzuza-Fontellas

Canciones infantiles de antaño (1893-1973)

ACTUALIZADA. Imagino que todos los niños, también los de ahora, tendrán sus canciones, muchas de ellas oídas o transmitidas por  la tele o en las series infantiles etc,  pero en esta entrada del blog voy a intentar recordar algunas de aquellas canciones infantiles de antaño, algunas las cantaban las chicas en sus juegos, otras están incrustados en mi memoria más lejana sin tener vinculado un recuerdo en concreto, algunas proceden de la tradición oral familiar, aunque por lo que he podido ver compartida con mucha gente, hay algunas que incluso se las oí a mis padres que las escucharon o cantaron, a su vez, de niños. En esta actualización he ido más lejos que en el artículo original, pues he revisado  las canciones infantiles de finales del siglo XIX y principios del XX, y me he dado cuenta de que al menos mis padres y mis abuelos compartieron las mismas canciones y que algunas de ellas llegaron incluso hasta los años de mi infancia (años 60 y primeros 70), no sabría decir hasta que época concretamente se cantaron pero imagino que no muchos más años; en el post señalo algunas de las que pudieron cantarse con la entrada de la televisión en nuestras casas.
Vinculado, no sé por qué,  a la escuela, seguramente esperando algún gran chaparrón, cantábamos aquello de «Que llueva, que llueva, la virgen de la cueva, los pajaritos cantan, las nubes se levantan, que sí, que no, que caigan un chaparrón, con azucar y turrón, (a partir de esta estrofa la canción aceptaba diferentes variantes)». Recuerdo  a las chicas cantar «El patio de mi casa es particular, cuando llueve se moja como los demás, agachate y vuélvete a agachar que las agachaditas no  saben bailar, h, i, j, k, l, m, n, a», y la estrofa seguía con lo de «que si tu (vd) no me quieres (quiere) otro amante me querrá». Esta era una canción de corro en la que las chicas giraban agarradas de la mano y se agachaban cuando la canción lo decía. También de corro era «El corroncho de la patata», que terminaba con las niñas sentadas en el suelo. «El cocherito leré» era una canción que yo escuchaba  a las chicas de mi barrio cuando saltaban a la comba: «el cocherito leré, me dijo anoche leré que si quería leré montar en coche leré y yo le dije con gran salero leré, no quiero coche leré que me mareo leré». Otra era  la del burro enfermo «A mi burro,  a mi burro le duele la cabeza, el médico le ha puesto una corbata negra».
Una canción que acompañaba  a los juegos infantiles de antaño, a los que me refiero en otra entrada del blog,  era en «el burro» el de «A la una saltaba la mula, a las dos tiró la coz». El «churro, media manga, manga entera» tuvo muchas variantes y/o precedentes como «Cazuelica, cazuelón» donde el juego básicamente  era el mismo. Había canciones que se cantaban en las excursiones, como «Un elefante se balanceaba en la tela de una araña»  o «Ahora que vamos despacio, vamos a contar mentiras, tralará, vamos a contar mentiras, por el mar corren las liebres, por el monte las sardinas…»; otras que popularizaron los payasos de la tele, en el comienzo de los 70 eran «Hola Don Pepito, hola Don José, pasó usted por mi casa, por su casa yo pasé…»  el barquito chiquitito: «Había una vez un barquito chiquitito, que no sabía, que no podía navegar», «En el auto de papa» o la del señor Don Gato «Estaba el señor Don Gato sentadito en su tejado marramiau, miau, miau, sentadito en su tejado», aunque ésta era antigua. Las niñas cantaban, (era una canción de corro), también aquello de «Tengo una muñeca vestida de azul»,  que al igual que «el patio de mi casa» ya se cantaba a finales del XIX, aunque con variaciones en las letras («tengo una muñeca vestida de azul, con zapato blanco forrado de tul»).  Por cierto alguna de estas canciones infantiles como la de «la muñeca vestida de azul» y la de «la vaca lechera» iban cambiando su letra o mejor dicho, íbamos cambiándole la letra,  a medida que nos hacíamos mayores y entrabamos en la adolescencia, con letras mucho más procaces. ¡Cosas de la edad!.
Bastante más antiguas, pues creo que se las oí recitar a mi madre era la de «Al pasar la barca» (canción para saltar a la comba) y que seguía «me dijo el barquero, las niñas bonitas no pagan dinero» y otra con resonancias de romance como la de la viudita del conde Laurel, también de corro, «Yo soy la viudita del conde Laurel que quiero casarme y no sé con quien..» o «Me casó mi madre chiquita y bonita…» canciones infantiles que hoy, como se puede ver, no saldrían muy bien paradas por el rol que se reservaba en aquel entonces a la mujer y que contraviene todos los principios actuales en pro de la igualdad de género. Por cierto me contaba mi madre que, en su infancia, en el pueblo, jugando a la comba cantaban una cancioncilla que comenzaba así «Puente de la Taconera, arboles junto al Castillo…», Quien la diría que pasaría más de 50 años, hasta su fallecimiento, hace más de siete años, en esa ciudad de sus juegos infantiles. También y con mucha frecuencia cantaba aquella canción de «Quisiera ser tal alta como la luna, ay, ay, como la luna…y seguía «para ver los soldados de Cataluña» y me cantaba de pequeño sobre todo aquello de «Tengo, tengo, tengo tu no tienes nada, tengo tres ovejas en una cabaña…»  así como aquello de «Donde estás, en tabletas, que has comido, castañetas, que has bebido, agua de mayo, tente tu que yo me caigo». También recuerdo una estrofa de una canción que me llamaba mucho la atención pues nos decía con sorna o ironía,  si nos mostrábamos renuentes al baño, de niños,  tu tienes que cantar aquello de «ni me lavo, ni me peino, ni me pongo la mantilla hasta que venga mi novio de la guerra de Melilla». Algún lector del blog me recuerda en los comentarios la cancioncilla de «cantinerita».
También creo recordar aquella cancioncilla que decía «Estaba una pastora, laran, laran, larito, estaba una pastora cuidando el rebañito….». Aun más antigua era la  canción de «Mambrú se fue a la guerra» que se deriva de una canción burlesca francesa del siglo XVIII dedicada a John Churchill (1650-1722), duque de Marlborough (nombre que acabó degenerando,  transformándose en Mambrú). Esta canción ya aparece en el librito de 1893 de Robustiano Montalban donde recoge 60 canciones populares infantiles para piano. En este librito también aparecían «Al pasar la barca», «Quisiera ser tan alta», «Me caso mi madre», «Cu, cu cantaba la rana», «Estaba una pastora». Había una canción que se cantaba para jugar a las prendas que se llamaba «Antón Pirulero» y decía así: «Antón, Antón pirulero, cada cual que atienda su juego y el que no lo atienda pagará una prenda, Antón…», estaba también la de la gallinita ciega. Y como olvidarse de «donde están las llaves, matarile, rile, rile».
Cuentos, dichos, rimas y retahílas como «Pinto, pinto gorgorito», «Caracol, col, col», «Cinco lobitos tiene la loba», «Cu cu cantaba la rana», «Este puso un huevo, en referencia a los dedos de la mano», «El que se fue a Sevilla, perdió su silla», «La flauta de Bartolo»,  o una muy larga que comenzaba diciendo «En la ciudad de Pamplona hay una plaza, en la plaza hay una esquina, en la esquina una casa….». No son todas las canciones que había en aquel entonces, ni muchísimo menos, pero son algunas de las que recuerdo de aquella lejana época.

Las salas de fiesta y discotecas del viejo Pamplona (1960-1985)

ACTUALIZADA. Completo esta entrada del blog que publiqué en el año 2013, con más datos que me han ido llegando y material gráfico que me han prestado recientemente. «Fue en los fines de los 60 y primeros 70  cuando comenzaron a proliferar las llamadas «boites» y «discotheques» en nuestra, hasta entonces, provinciana y hasta cierto punto mogijata ciudad. Hasta el final de la década de los 60 se celebraban festivales de música para jóvenes con conjuntos locales en lugares como los cines Aitor y Guelbenzu de Carmelo Echavarren, o el Teatro Gayarre, y en algunos otros espacios de la ciudad, como el Frontón Labrit, con sus fiestas de juventud (alguna acabó en pelea), además de en los salones de los colegios e institutos masculinos: Ximenez, Maristas, Jesuitas, Capuchinos o femeninos: Dominicas, Ursulinas, Santo Angel, Sagrado Corazón, también en otros lugares como el Casino Eslava, los bajos del Olimpia (hasta que lo derribaron en 1963) o el Carlos III luego, etc. Locales  más pequeños que las discotecas donde se iba escuchar música y a bailar fueron, en aquellos tiempos, el Bearin de la plaza del Castillo que ya funcionaba como «boite» allá por los años 60, la minidiscoteca «Disco Club 29» en la calle Navarrería con lo último en música moderna, impulsada por Fernando Saez y Javier Oses, la cava de Portales en la calle Recoletas, el subterráneo Viana Club de Jarauta, el antiguo Catachú o Txikia en aquellos tiempos  en la calle  Lindachiquia, nº 16 que de la mano de Josetxo Iturralde y sobre todo de Abel y María Jesús, lo harían funcionar como una sala de fiestas, entre 1965 y principios de los 70, el Yellow Club en San Francisco, 24, etc. De aquella época poco puedo hablar si no es por referencia de otras personas que la conocieron y por algunos testimonios de seguidores de este blog que me han  ido señalado las lagunas de la entrada original.

Fue a partir de los 16 años, cuando comenzamos a frecuentar con cierta regularidad las salas de fiestas y discotecas de nuestra ciudad. Algún año antes, allá por el año 1978 o 79, creo recordar, que hicimos alguna incursión en lo que se llamaba el Guacatxiki, una sala anexa al Guacamayo pero para público bastante más joven. Las sesiones eran de tarde en vez de noche. El Guacamayo, situado en la calle Abejeras, se inauguró en torno al año 1969. Fue una de las primeras discotecas de la ciudad. Además de la música comercial típica de las discotecas se destacaba por albergar de vez en cuando actuaciones en directo de grupos locales y nacionales. Fue la primera discoteca que puso go-gos y sus djs  tenían muchas horas de vuelo. Posteriormente el antiguo Guacamayo y locales anexos se conocerían con el nombre de Sector, ONB y By Bye. Posteriormente, en torno al año 1980,  acudimos al Gure Kayola, en la cercana localidad de Sarasa. Creo que se había abierto dos o tres años antes. Ponían autobuses a partir de media tarde, a las seis o seis y media tarde; se cogían, creo, que en las paradas de autobuses de los Tres Reyes y te llevaban directamente a la discoteca. Volvías, igualmente, en autobús a Pamplona, y llegabas a casa no más tarde de las las diez. El limite razonable en aquellos años y para nuestras edades estaba en la última villavesa. Por supuesto había excepciones como las fiestas del barrio o los sanfermines en los que el horario se alargaba hasta las 2 o 3 de la mañana. En el Gure Kayola había un ambiente más rockero que en otras discotecas, mucha chupa de cuero, con música muy cañera, que era la que sonaba por aquel entonces en las radios. Te cobraban la entrada a la salida. Curioso procedimiento este el de cobrar a la salida, antes de regresar en el autobús.

Alguna vez fuimos a la Casa de la Juventud pero aquel ambiente no nos satisfizo en absoluto. Cansados un tanto de los viajes al Gure y tal vez de su ambiente, pues íbamos dejando atrás la  adolescencia y nos íbamos haciendo jóvenes «más maduros» empezamos a frecuentar alguna sala de fiesta con un ambiente más relajado y tranquilo como era la del Club Natación. Por lo general íbamos al cine los sábados y a la sala de fiesta o discoteca, los domingos. Íbamos sobre las 7 de la tarde. Recuerdo que en el «Club» había tres espacios de baile, dos espacios flanqueando la zona de actuación de la orquesta y una sala amplia de forma rectangular al final de la cual se encontraba una de las barras. Se iniciaba la sesión con música disco del momento para dar paso luego a la orquesta titular de la sala, la Orquesta Nueva Etapa y su cantante Adelaida y posteriormente acabar nuevamente con música disco. Otros componentes de la orquesta en aquel tiempo eran Jesús Ustariz, al teclado, Jose Miguel Marín «Chivino», batería, Pedro Tres, voz y guitarra, Jesús Mari Navarro «Pulmones» a la trompeta, Angel Urdaniz «Basiano», etc. La orquesta Nueva Etapa se había formado de una escisión de la orquesta Amanecer en 1972 y la sustituyeron como orquesta titular del «Club». Inicialmente la integraron los cinco componentes de aquella  orquesta junto a Jesús Ustariz y Xabier Elizalde que procedían de la orquesta Noche y Día. En 1973 entró Adelaida Arostegui. En 1981 costaba la entrada al Club unas 225 pesetas (lejos de las 35 pts de 1965 o de las 80 de 1968, bueno eso para los caballeros, las «señoritas» pagaban la mitad, 40 pesetas). Creo que la paga en mi caso era entonces de unas 1.000 pesetas. Similar ambiente aunque menos acogedor tenía el Club Deportivo Amaya, que yo no frecuenté. Tenía una sala cubierta enorme al final de la cual estaba el escenario y en el lado opuesto la zona de la barra. Había villavesas desde la plaza del General Mola. Creo que estuve una sola vez cuando celebramos la fiesta del instituto en marzo de 1981. La orquesta titular de la Ciudad Deportiva Amaya eran Los Clan. Algunos años antes los Clan (José Miguel Huarte «Pacha», al teclado, Miguel Angel Echeverría «Bolo» al trombón, Ramón García, a la trompeta, etc) tocaban jazz en el Cavas Club, inaugurada en junio de 1967 como sala de fiestas-discoteca, con música por la tarde y sala de fiestas por la noche en la Bajada de Labrit.
También acudíamos en aquellos primeros años 80 al Young Play, en la calle Monasterio de Velate, una de las discotecas más famosas de la ciudad y que vemos, por dentro y por fuera en alguna de las fotografías adjuntas. Recuerdo su fachada verde brillante y su interior también de tonos verdes, la pista circular en el centro, las sillas de madera, el suelo enmoquetado, sus columnas y sus espejos, tal y como vemos en la fotografía inferior. Se había inaugurado en febrero de 1970 y se cerraría con ese nombre en 1985 para dejar paso al Reverendos. Actualmente la discoteca se la conoce con el nombre de Ozone. Esporádicamente visitamos el Amazonas de la avenida de Bayona, luego conocida como Mas y Mas,  Vaiven y actualmente Enter. Otra discoteca de la ciudad era el Xuberoa en el calle del Redín, nº 2, una discoteca de dos plantas que se inauguró en los años 70 y se cerró en 1980, tras un pavoroso incendio y que yo no llegué a frecuentar.

En aquellos finales 60 y años 70 y primeros 80, también eran famosas las discotecas y salas de fiestas de algunos pueblos de Navarra como la Amanecer de Zubiri (que luego sería en los 80   el Gau Txori de los hermanos Arrieta), Bordatxo de Santesteban;  Oasis, Naxos, Aster   y  Trovador de Estella;  Geminis de Sanguesa;  La Guesera (hoy Kube),  Maitagarri  y Beratxa de Tafalla;  Malloak en los altos de Azpiroz; el Sonhar de Irurzun (antiguo Lennos);  Ilargi de Lakuntza, la Paraiso de Alsasua;  el Gares de Puente la Reina, etc. Muchas de ellas ofrecían música disco con actuaciones en directo. De todas las citadas, situadas fuera de Pamplona,  acudí alguna vez al Sonhar de Irurzun, una discoteca sobre un pequeño alto o promontorio, con dos plantas, diferentes espacios y estilos de baile en cada planta o espacio: lento, disco. Las discotecas en general ponían mayoritariamente música disco y las salas de fiesta combinaban la música disco, las actuaciones en directo y la música romántica o lenta para bailar en pareja. ¿Qué música sonaba en aquellos años?: pues sin ánimo de ser exhaustivo y tratándose de salas de fiestas y discotecas:  Status Quo, David Bowie, Boney M, Tequila, Abba, Gloria Gaynor, Donna Summer, Bee Gees, los acordes inconfundibles de la guitarra de Carlos Alberto Santana y su Europa, Roberto Carlos, Jeanette, Mari Trini, Bonny Tyler, Baccara, Village Peope, Police, La Olivia y la ELO, Pink Floyd, OMD, The Comunnards, Alan Parsons, Mecano, Ricchi e Povere y tantos y tantos otros artistas y grupos que nos ayudaron a ser un poco más felices en aquellos días ya lejanos.

En Sanfermines eran famosas las galas en los Clubs Deportivos. A los citados Natación y Amaya, habría que sumar, en estas fechas, las verbenas y galas de la Agrupación Deportiva San Juan, Anaitasuna, el Tenis, etc. Al Natación acudían las estrellas nacionales del momento y contaba con pista y barra al aire libre. También tenía actuaciones estelares en las fiestas el Larraina. Fueron famosos el lanzamiento a la piscina del Larraina de los Pop Tops en los Sanfermines del año 1968 o el acoso o más bien «caza» a  los Pecos por más de 300 jóvenes en 1980 que provocó la suspensión de su actuación. En los barrios, celebraba bailes y verbenas el fin de semana, durante todo el año,  la Unión Deportiva Chantrea. También en otras sociedades deportivo recreativas: A.D San Juan, Larraina, Tenis se celebraban verbenas. En aquella época, de los 60 a los 80, había muchas y buenas orquestas y grupos musicales en Pamplona y Navarra. De aquellos grupos y al margen de las dos orquestas míticas referenciadas que perduran en mi memoria, La Nueva Etapa y Los Clan había otras como la mencionada Noche y Día, Amanecer, Maravella, Xamba (titular de los Tres Reyes). Recuerdo haber escuchado en los años 70,  allá por agosto, en las fiestas de mi barrio, en el antiguo campo de futbol del Ave María, a grupos musicales locales como Los Jaguars (¿o eran Los nuevos Jaguars? porque el conjunto tuvo distintas composiciones a lo largo de su historia). Otros grupos de aquellos años 60 y 70, sin ánimo de exhaustividad, eran Los Juniors, Los Condes, Los Anakos, Los Breks, Los Rebeldes, Los Huesos, Los Jafans y un largo etcétera. Alguno de aquellos grupos se convirtieron en orquestas profesionales o al menos las nutrieron, otros muchos desaparecieron con los años y  los menos se mantuvieron y perduran en el tiempo o al menos en el recuerdo. Eran tiempos en los que sonaban en la radio y durante aquellos cálidos veranos los últimos éxitos de Formula V: Cuentame, Tengo tu amor, o los Diablos: Oh, Oh, July o Roxana o todas aquellas famosas canciones pop de nuestra infancia y juventud, la música de los 60 y 70 y en mi caso, también de parte de los 80″.

Fotos: Young Play, extraidos de la web www.tocataeventos.com. Logos de Catachú, Disco Club 29 y Guacamayo: Archivo Juan del Barrio

Inicio y auge de los clubs de montaña en Pamplona (1926-1990)

Aunque yo no he sido muy montañero que digamos, mi hermano sí lo fue durante más de una década, y recuerdo, a la hora de ponerme a escribir esta entrada que, especialmente entre los años 60 y 80 del pasado siglo, hubo un gran boom de clubs de montaña en nuestra ciudad y en nuestra comunidad. La afición al montañismo ha contado con gran predicamento en nuestra tierra, pero fue especialmente intensa en esos años. Posteriormente la extensión del vehículo privado hizo, probablemente, menos necesaria la existencia de muchos clubs que facilitaban el transporte a los «mendigoizales» de aquella época. En los inicios, las excursiones montañeras por afición  eran más bien solitarias y el modo de transporte era el tren. El origen de este deporte en nuestra ciudad podemos situarlo en los años  20. En 1926 había cinco asociaciones en Pamplona que practicaban este deporte de forma colectiva: el Indarra, Lagun-Artea, Osasuna, Aurora y  Euzkotarra. Entre los nombres vinculados a esta práctica estaban Carmelo de Olazarán, Antonio San Juan y otros. A finales de 1929, el Club Deportivo Euzkotarra fue clausurado temporalmente por orden gubernativa ya que alternaba las actividades montañeras con otras políticas de orientación nacionalista. Este  club se convertiría en 1930 en el Club Alpino Euzkotarra y en 1936 de este grupo saldría el Eusko Gaztedi Kirolzalea.

La Federación Deportiva en aquellos años era la Federación Vasca de Alpinismo, que tenía una delegación navarra si bien, después de la guerra, se convierte en la Federación Vasco-Navarra de Montañismo. En 1934 se iniciaron las actividades del Club Montañeros de Navarra, presidido por Gerardo Ramón de Ciganda y luego por López Selles, con sede en los bajos del Niza que desapareció en 1940 por problemas gubernativos. La guerra civil afectó, como en otros campos, a la actividad montañera. En 1941 se crearon la sección de montaña del Club Oberena, club creado por iniciativa de Acción Católica, con sede en el Frontón Labrit, y el Club Deportivo Menditari. También ese año  aparecía el Club Deportivo Navarra, que tuvo sede en el nº 5 de la calle Mercaderes y luego en Estafeta y Jarauta. En 1942 se fusionaban el Club Deportivo Navarra y el C.D. Menditari, manteniendo el nombre del primero. Hasta  los años 50, década en que se constituyen el  Anaitasuna y el Irrintzi, estos dos clubs, el Oberena y el Club  Deportivo Navarra,  fueron  los únicos clubs con actividades montañeras en Pamplona. En 1958 surgía la Alegría de Iruña (en Calderería y luego en Jarauta), también con una sección montañera. En esos años 40 y 50 sobresalen, en el mundo de la montaña y de los clubs,  nombres como los de Patxi Ripa, Marcos Feliú, Daniel Vidaurreta, entre otros.

En 1962 el Club de Montaña Ori-Mendi que tenía su sede en el edificio del Centro Mariano de la calle Mayor, (Palacio de Redín Cruzat), y que tuvo también  su origen en los círculos obreros y juveniles católicos  celebraba su primera finalista en la cumbre de Orhi, finalista de la que adjunto una fotografía, aunque la foto  creo que tal vez sea  de una finalista un poco posterior. Los primeros animadores de este Club fueron Patiño, Olave, Ibarrola, Valencia Eguaras y Usetxi, que aparece en buena parte  de  las fotografías de esta entrada. En pocos años, el número de clubs en Pamplona se multiplicó por tres, al aparecer, a partir de 1965, el  Kirol (creo que tuvo su sede en San Francisco), Errotazar, Donibane (en el barrio de San Juan), Chantrea, Club de Tenis,  Gaztedi, Boscos, Iruñako Beti Gazte (según  Antonio Ibañez estaba en los Caídos) y Euzko Bazterra. En esos años 60 cabría destacar nombres como los de Juan Mari Feliú, Carlos Santaquiteria o los hermanos Gregorio y José Ignacio Ariz.

A finales de 1965 se reunieron más de 1000 montañeros en San Miguel de Aralar para celebrar el Primer gran día de los Montañeros. En 1971 nacía el Club Alpino Navarro como consecuencia de una escisión de la Sección Juvenil del Club Deportivo Navarra, con Carlos Garamendi en la presidencia. Casualidades de la vida pero mi primer trabajo periodístico, -estaba estudiando todavía la carrera-, en 1982 o 1983, fue encargarme de la revista del Club Alpino Navarro, creo que se llamaba Noa,  junto con otros dos compañeros de estudios. Y en los años siguientes, frecuenté, de vez en cuando, el Club que tenía su sede en el nº 22 de la calle del Carmen.  A finales de los 70 y primeros 80 el número de clubs empezó  a menguar,  a pesar de la creciente práctica del montañismo en Navarra, y de los éxitos en las grandes expediciones, probablemente, como he dicho, al desaparecer poco a poco  las salidas organizadas de los clubs y aumentar las salidas en los coches particulares. En esta época llegarían, como acabo de afirmar,  los grandes éxitos en las expediciones a cumbres míticas como el Noshaq, Dhaulagiri, Janu, Makalu, etc de los Abrego, Eguillor, Plaza, Garayoa, Casimiro, Aldaya, De Pablos y otros.

Fotos de esta entrada, por orden de aparición: (referenciadas por  Antonio Ibañez):  Archivo familia Usetxi-Sarasa, cedidas para esta entrada por Antonio Ibañez Basterrika. Fotografías realizadas por Miguel Usetxi Belzunegui. Recuperación de negativos: Ion Usetxi. Descripción: Foto nº 1: De izquierda a derecha y  arriba, y en un lugar cercano al Petretxema y a la Mesa de los Tres Reyes, entre Belagua y el valle de Ansó, en la parte de arriba y de izquierda a derecha,  el 2º,  el carnicero de la calle Curia, Eguaras, el 4º Miguel Usetxi, el 5º Rufino, hortelano de la Magdalena y el 6º Javier Auzmendi que murió escalando las Agujas de Ansabere. Foto nº 2. Orhi, desde Izalzu y Otxagabía  y el Otxogorrigañe, entre otros. Foto nº 4. Misa en el Pico del Orhi. Foto nº 6. De izquierda a derecha y arriba,  Miguel Usetxi, Antonio Ibañez, Xabier Sádaba, desconocido; debajo de izquierda a derecha:  Sagrario Ibañez y Mari Carmen Sarasa, esposa de Miguel.  Foto nº 7: de izquierda a derecha, el primero sin determinar, Miguel Usetxi y Antonio Ibañez en la zona de Larra-Belagua.

Recuerdos de aquellas viejas escuelas (1968-1977)

Decía el poeta Rilke que la infancia es la verdadera patria del hombre (y la mujer).  Los recuerdos de la  infancia no sólo forman parte intrínseca de nuestras vidas, sino que articulan, en buena medida, nuestra personalidad. Los recuerdos infantiles son, además,  recuerdos recurrentes, vuelven una y otra vez, son lejanos, envueltos en la gasa del pasado y de la nostalgia, y a la vez cercanos e íntimos, casi siempre edulcorados por el paso del tiempo. Y entre los recuerdos infantiles la escuela ocupa un lugar importante, no en vano entre sus paredes pasamos buena parte de nuestros primeros años de vida. En este blog he hablado en repetidas ocasiones de la escuela y de otros centros educativos. Creo que lo he hecho en no menos de cuatro o cinco entradas. En  la presente entrada hablaré sobre recuerdos de  la escuela que no se reflejaron en las otras  entradas aunque seguro que volveré a repetir algunas fechas y nombres. En esta entrada incorporo, además, abundante material gráfico (libros, cuadernos, fotografías de las escuelas, dibujos de mi temprana infancia, libros de calificaciones, títulos y reconocimientos varios, entre otros) que ayudará a recordar aquellos lejanos tiempos de nuestro pasado.

En alguna otra entrada ya conté como fue mi primer día de clase en las escuelas del Ave María, allá por septiembre de 1968, aquella escapada al hogar que tenía muy cerca de las escuelas y que había sido el cálido refugio de mis primeros y tiernos tres o cuatro años de vida. Fue una fuga muy rápida con obligado viaje de vuelta, de la mano de la autoridad «maternal». En aquella clase de párvulos, recuerdo que la maestra se llamaba Ramonita, nos enseñaron las  primeras letras, con el viejo método de repetir las vocales y demás letras del abecedario. Las escribían en el encerado o pizarra y los infantes teníamos que repetir las vocales y consonantes. Luego había que escribirlas en el cuaderno. Así aprendimos a leer y a escribir nuestras primeras palabras y frases.  Del mismo modo, cantarín y repetitivo,  nos enseñaban las tablas de sumar y de restar.

En el siguiente curso, en el primer curso de Primaria con la maestra Conchita Zaldo aprendimos las tablas de multiplicar y dividir y nos enseñaron nuestras primeras nociones de Geografía, con un mapa de España que desplegaban en el lado izquierdo del encerado y que nos hablaba de montañas y del origen y recorrido de los ríos. De estas dos primeras maestras, Ramonita y Conchita,  tengo un buen recuerdo, pero  es un recuerdo un tanto vago y difuso. Creo recordar que la primera tenía el pelo muy negro mientras que la segunda tenía el pelo más largo, vestía maxifalda  y creo recordar que murió a los pocos años, a consecuencia de un cáncer. Me acordó de una anécdota que no he contado en este blog: Estando yo en los primeros cursos de Primaria, (tal vez en 1º) me recuerdo leyendo en casa algún libro de cuentos o fábulas de la Editorial Doncel, que nos había dejado la Escuela, -ese día no fuimos por la tarde a clase-, pues anunciaron por la radio la llegada de un huracán y el consejo de que cerrasen los ciudadanos ventanas y puertas. Posteriormente descubriríamos que en realidad Franco había expulsado a la familia Borbón-Parma de España y  que se temía que Carlos Hugo retornase al país. Se hablaba de que su avión había sobrevolado esos días la nación.

De los dos siguientes maestros, del primero  don Emilio Loitegui, con su bata negra, casi gris, de tantas lavadas,   guardo un recuerdo menos positivo, por su excesivo apego a las técnicas punitivas de la vieja escuela, tortazo en la cara, estirón de orejas y demás castigos físicos típicos de aquellos años:  de rodillas contra la pared, reglazo en las yemas de los dedos, o la prohibición de  salir al recreo copiando 100 veces «no volveré a hablar en clase». Para entrar en su clase  de segundo de Primaria  lo hacíamos por una puerta más chiquita que el resto,  que estaba muy cerca a lo que llamábamos las «puertas rojas», junto  a la Travesía del Ave María. De la segunda, Doña Isabel Ancil, que nos dió tercero de Primaria,  recuerdo que era ya muy viejecita, bastante enjuta y arrugada cuando nos daba clase o así al menos nos parecía. No aprendimos  mucho, ese año,  la verdad. Lo único que recuerdo destacable fue el hecho de ser el primer año en que la clase era mixta, eso sí, las chicas separadas de nosotros (así sería hasta el bachillerato), y que alguna tarde sacamos los pupitres y las sillas al patio, emulando el viejo método «manjoniano»  del  origen de las escuelas.

El aula de Doña Isabel estaba en el bloque de las escuelas de las chicas que aparecen en la fotografía adjunta de Julio Cía. Cuarto de Primaria nos dió Germán Tabar que fue posteriormente director de la Escuela, era alto, iba siempre muy erguido, casi echado para atrás, y era un impenitente fumador. Entonces los maestros fumaban en clase. Su clase estaba situada cerca de la Iglesia y el salón de actos y se entraba por la puerta que aparece en la foto del principio de la entrada, fotografía también de Julio Cía perteneciente como la mayoría de las fotos de esta entrada al Archivo Municipal de Pamplona. En la época en que estuve en las Escuelas el director era Daniel Pascual pero no me dió nunca clase ni tampoco Don Joaquín que creo que era hermano de Don Gabino que fue  maestro en 5º de Primaria, cuando estaba en la Carbonilla. El portero de las escuelas era el señor Francisco y  tenía muy malas pulgas. Todos los niños le teníamos bastante miedo. Por lo que me han dicho debió  ser antes de portero, guardia civil pero estaba retirado del servicio. Se encargaba de abrir las puertas exteriores de las aulas y de otros asuntos de intendencia, como traer el carbón y  leña que estaba apilada en una leñera junto a unos baños «infectos» (había que contener la respiración cuando entrabas)  cerca de las «puertas rojas» de entrada al recinto escolar. Estando todavía estudiando en las escuelas construyeron una columna de baños adosada al pasillo de comunicación entre las diferentes aulas, justo en la parte posterior de las aulas, en la zona que daba al viejo campo de fútbol.

Hasta hace muy pocos años  creo recordar que estaba por  casa aquella primera cartera escolar de párvulos, lo que daría por sacarle ahora una fotografía. Como ya he comentado en alguna otra ocasión dentro de la cartera escolar en aquellos primeros años de la escuela llevábamos los  cuadernos de Rubio, creo recordar que el de caligrafía era verde y los de matemáticas amarillos. Además llevábamos más de un cuaderno, uno para sucio, es decir podía estar lleno de tachones o borraduras  y otro para pasar  a limpio la tarea ya fuesen dictados, dibujos  o problemas matemáticos que de todo había. No podía faltar la Enciclopedia Alvarez, un compendio de materias en las que se daban nociones de la historia de España, la Historia Sagrada, Lengua Española, Matemáticas. Geometría, Geografía, Ciencias de la Naturaleza, etc. Se editó entre 1954 y 1966 aunque yo recuerdo que se utilizó algunos años más, pues seguíamos utilizando al filo de los  70, que es cuando empecé a  ir a la escuela. Mi hermano, cinco años mayor que yo  sí   la utilizó con profusión en buena parte  de su  época de  enseñanza primaria. Había enciclopedias Alvarez de primer, segundo y tercer grado. Editada por la editorial vallisoletana Miñon llegó a copar el 80% del mercado del libro de texto en aquellos años, vendiendo más de 22 millones de ejemplares en toda España, 34 millones si contamos otro material educativo (había un libro del maestro con sugerencias y ejercicios). Reproduzco a lo largo de esta entrada algunas páginas de aquella enciclopedia. Al ver algunos de sus dibujos se activan algunos de mis recuerdos más remotos:  dibujos que ilustraban diversos pasajes de  la historia sagrada o textos literarios, generalmente poesía. Más adelante, tanto en la primaria como en la EGB  tuvimos los primeros libros por materias que venían con sus fichas de trabajo, luego editaron los libros de  materias, por un lado, y por otro  los  libros delas  fichas de trabajo. Completaba nuestro equipamiento un plumier, el lapicero del 2, de marca Cedro, la goma Milán de nata, las pinturas Alpino y el catecismo escolar  (que había, como en la enciclopedia Alvarez,   de varios grados). Sin olvidar los rotuladores Carioca, las pinturas de cera Mancey, los bolis Bic, etc.

A partir de tercero de Primaria  la estructura de las clases era la siguiente. Por las mañanas Calculo y Dictado, más tarde se incorporarían otras asignaturas. El maestro copiaba en la pizarra los ejercicios o problemas. En  el dictado, el maestro entonaba con voz cansina la lectura,  (recuerdo una de libro » Platero y yo» de Juan Ramón Jimenez que empezaba así:  «Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos…»). El dictado lo copiábamos en el cuaderno y más tarde nos tocaba leerlo en voz alta. La lectura de los más torpes a veces era objeto de mofa o burla. Y es que la escuela y la infancia puede ser muy cruel. La educación era fundamentalmente memorística. Por la tarde se programaban la gimnasia y los trabajos manuales, la gimnasia muy básica, no había polideportivo ni gimnasio, la hacíamos en el campo de fútbol, de tierra,  de las escuelas: alineamientos, estiramientos, ejercicios gimnásticos, carreras, etc. De los trabajos manuales recuerdo sobre todo los de marquetería que ya he comentado en otra entrada hace no hace  mucho. En las escuelas del Ave María, un único maestro en cada curso daba todas o casi todas  las asignaturas. La religión en las Escuelas si que en ocasiones nos la daban a veces  los curas de la cercana iglesia del Ave María  y  por supuesto, ellos se encargaban de  prepararnos para la primera comunión que celebré  a los 7 u 8 años.  En el EGB, en Cardenal Ilundain, y creo que también en la Carbonilla aunque menos, pasaríamos del maestro para todo a profesores para  cada materia, si bien en cada curso de la EGB teníamos un tutor, el de 6º  se llamaba Javier Gracia, el de 7º Javier Donezar y el de 8º Javier Navallas Rebolé, el que fuera posteriormente un alto cargo de Educación hasta hace unos años. La primera maestra en prácticas la vimos en 5º de Primaria en las Escuelas de la Carbonilla. Se llamaba Mari Carmen. Era joven y muy guapa o al menos a nosotros nos lo parecía y estaba, en su primer día, nerviosa, temblorosa,  como un flan. Tanto en la escuelas del Ave María como en las del Cardenal Ilundain  pasaba, al menos una vez al año por la clase el Inspector, un funcionario de Educación  que controlaba o revisaba la forma en que nos daban clases nuestros maestros.

La jornada lectiva comenzaba a las 9 de la mañana, los chicos nos arremolinábamos a  la entrada antes de esa hora, el recreo era a las once y por la tarde las clases eran de 3 a 5.  En los primeros cursos, (Párvulos, 1º y 2º)  llevábamos batas, una bata a rayas  como la que llevo en la foto de la entrada «Recuerdo de mi Colegio» de este mismo blog. Entrabamos a la clase, dejábamos nuestros abrigos colgados en el perchero y la metíamos la cartera escolar en el cajón o la dejabamos pegada junto al pupitre, pupitres que en el Ave María eran de material pizarroso ligeramente inclinados, con un agujero, imagino que para dejar, en otro tiempo, el tintero, y de color verde oscuro.  Había un registro de alumnos que llevaba el profesor cuya mesa y silla estaba ubicada sobre una tarima por encima del nivel del resto de la clase. Detrás de la tarima, estaba el encerado,  una larga pizarra negra que ocupaba casi toda la pared frontal. Sobre el encerado un crucifijo en el medio y a ambos lados las fotos de Franco y José Antonio, sin embargo y a pesar de este imagino que obligado elemento no recuerdo que, a diferencia de otras escuelas o colegios públicos y privados,  nos diesen lo que se llamaba entonces  formación patriótica o formación del espíritu nacional. Tampoco a diferencia de otras escuelas, al menos en los años en que estuve allí,   nunca se cantó el «cara al sol» ni  ningún otro himno o  acto parecido. El maestro pasaba lista. Algunas veces, se colocaba a los alumnos por orden alfabético, pero creo que en el Ave María no. Eso sí, era frecuente que te cambiasen de puesto, te separasen de tu compañero de pupitre si veían que hablabas mucho con él. A primera hora de la mañana se encendía la estufa, una estufa de carbón y leña de forma circular con un tubo que sacaba el humo, la combustión al tejado. Las escuelas del Ave María eran escuelas de una sola planta, con unos enormes ventanales, como se puede ver en las primeras fotografías de esta entrada. A lo largo del año recuerdo con bastante nitidez que había una serie de acontecimientos, los más notorios en el mes de Mayo, el «mes de María» y de las flores y  la fiesta del Domund (Domingo Mundial de las Misiones) con   sus huchas  para los «chinitos» en octubre. Visto ahora con más de 50 años de distancia y China como segunda casi primera potencia mundial parece increíble. A veces nos llevaban al cine a Pamplona, concretamente al Salón Mikael, donde vimos un documental de las Olimpiadas de Invierno de Sapporo o el documental «Navarra, cuatro estaciones».

Los sábados por la mañana también teníamos que ir a la escuela pero creo que eran actividades extraescolares. En 5º de primaria, en las escuelas de la Carbonilla por ejemplo, empezamos a jugar al ajedrez. Estas escuelas se habían construido en los años 30 por parte de la República con el fin de hacer frente, con una oferta laica, a la educación religiosa del Ave María. Se inauguraron sin embargo oficialmente el 22 de febrero de 1944 y en los años 70 acogía alumnado del Cardenal Ilundáin como fue mi caso. Si, porque acabado cuarto de Primaria, se nos trasladó del Ave María al colegio Cardenal Ilundáin. Lo he dicho en alguna entrada, en el tiempo que estuve en las escuelas de mi calle, entre 1968 y 1973, por la tarde, después de comer,  nos daban unos botellines de leche de 1/4 de Kaiku-Copeleche. El servicio, vinculado a la mejora de la alimentación de la infancia,  comenzó aplicarse en Pamplona en el año 1963. También he mencionado en otras entradas la existencia del Servicio de Medicina e Higiene Escolar, que entre los años 50 y 70 estuvo centralizado en las escuelas de San Francisco. El Servicio pesaba y tallaba a los niños, nos revisaba los dientes, controlaba nuestras  vacunaciones. Creo recordar que alguno de estas inspecciones se realizaban en el Instituto de Higiene de la calle Leyre. Adjunto alguno de aquellos certificados de vacunación.

Al término de la Primaria te daban  la cartilla de escolaridad, luego se llamaría libro de escolaridad de enseñanza primaria, con las notas de cada uno de los cursos y el certificado de estudios primarios. Antes de que apareciese la EGB, en el plan antiguo,  con motivo de la ley general de educación de 1970 tras los cursos de Primaria, eran 4 o 5,  además de párvulos venía el Bachiller Elemental (cuatro cursos que correspondería luego a algunos de la EGB), luego la Reválida y el Bachiller Superior (5º y 6º) y otra Reválida, además del PREU que luego se llamaría COU. Con la Ley de Educación de 1975, los colegios de Primaria pasaron a denominarse de EGB. Al acabar la EGB te daban el Graduado  Escolar. A mi me tocó estudiar Primaria y EGB, a mi hermano Primaria y el antiguo  plan de Bachillerato. En mi libro de escolaridad de enseñanza primaria aparecían tanto mis primeros cursos de Primaria como los de la EGB, Terminada ésta, a diferencia de mi hermano yo cursé el BUP (Bachillerato Unificado Polivalente) que equivalía a algún curso final del bachiller elemental y a todos los del Superior más el COU y la Selectividad. Adjunto ejemplares de aquellas cartillas y libros de calificaciones. En la escuela, si sacabas buenas notas, el Ayuntamiento te hacía un reconocimiento público con la entrega de diplomas y matrículas de honor. Además del oportuno diploma, adjunto tan solo un par de ejemplos de las escuelas del Ave María y del Cardenal Ilundáin, te entregaban algún libro, caramelos y otros obsequios. El acto se celebraba un sábado del final del curso, a finales de junio, generalmente en el salón de actos, con la presencia de los responsables del colegio, algún representante municipal y por supuesto los padres de los alumnos reconocidos.

De mi estancia en el Cardenal Ilundáin, al margen de lo dicho, puedo destacar que evidentemente esta escuela o colegio nacional tenía muchas más dotaciones y equipamientos que la escuela de Primaria de mi calle. Disponía de un amplio campo de fútbol de tierra en la parte trasera, sendos campos de baloncesto y balonmano en la parte delantera y en un lateral, unas entradas a cubierto que utilizamos como improvisados frontones, laboratorio, proyectores de  diapositivas o filminas, -que decíamos entonces-, y un montón de aulas. Creo que en la época de más auge del baby boom, el colegio llegó a tener más de 1.000 alumnos. Estando yo en él (entre 1974 y 1977) se construyeron  más aulas en la parte trasera, imagino que por esa  demanda incesante de plazas.   A pesar de que en noviembre de 1975 moría Franco, estaba yo en 7º de EGB, aun continuaban, en ocasiones, los métodos de la vieja escuela, con algún que otro castigo corporal.  Durante el tiempo en que estuve en el colegio el  director del Cardenal Ilundáin, fue Luciano Lazaro Calvo.

Fotos por orden de aparición: Fotos 1, 13 y 19: Escuelas del Ave María y de la Carbonilla: J. Cia (1950), AMP. Fotos 3 y  4: Escuelas del Ave María (años 20). Foto Roldán e Hijo. AMP.  Fotos 2, 9, 10, 11, 15, 16, 17, 18, 20, 21, 22, 23, 24, 25, 26, 27, 28, 29, 33, 34 y 35: Archivo Familiar

   

   

Los cines del viejo Pamplona (1912-2019)

ACTUALIZADA. Los cines de nuestra ciudad, muchos de ellos desaparecidos, constituyen una parte de nuestros recuerdos y nuestras vidas. Allá por los años 70 y 80, constituía una de nuestras principales ocupaciones el fin de semana, la única junto a las salas de juego hasta los 14 o 15 años y compartida con las salas de fiesta y discotecas, a partir de los 16. De aquellos años en los que íbamos al cine vimos desaparecer a lo largo de los años 80 y 90 uno a uno el Arrieta, el Avenida, el Guelbenzu, Chantrea, Rex, Aitor, e Iturrama hasta llegar al último cierre, el de los Príncipe de Viana en el año 2005.

El inicio del cine fue más bien un espectáculo de feria que otra cosa. Será a partir de 1912 cuando se empiecen a exhibir de forma regular películas en el Teatro Gayarre. Aun tendrán que pasar unos cuantos años hasta que en 1930, un año antes de la promulgación de la 2ª República, se emita la primera pelicula sonora en el Gayarre, «Escandalos de Broadway». ¡Cuanto ha llovido desde entonces!: del cine mudo al sonoro, del blanco y negro al color, la aparición del cinemascope que obligó a ampliar las dimensiones de las pantalla de los cines, las pruebas de otros formatos panorámicos, la mayoría con escaso éxito,  el cine en 3D y otros experimentos como aquellas peliculas con efecto «sensorround», el cinerama, etc.

Hablar de cine en Pamplona es hasta 1982 hablar de la SAIDE (Sociedad Anónima Inmobiliaria de Espectáculos). La Sociedad, como tal se constituye en 1942 pero sus orígenes se remontan a través de las personas que la hicieron posible a algunas décadas antes. En 1922 se crea la empresa Euskalduna que inaugura al año siguiente y en la avenida de San Ignacio el Coliseo Olimpia (en la foto adjunta), un local emblemático que además de ofrecer cine, tenía una amplia sala (con gallinero) donde ofrecería otro tipo de espectáculos: teatro, espectáculos musicales, etc. El principal impulsor de esta sociedad fue el empresario textil Alvaro Galbete que tenía un telar en la calle San Agustín. En ese local de su propiedad se inauguraría en 1931 el primer cine construido específicamente para tal fin: el Proyecciones, de corta vida, pues se cerró en 1933.

Eran socios de la sociedad Euskalduna otros prohombres de la sociedad pamplonesa de aquella época como Ramón Bajo Ulibarri, Bonifacio Gurpegui, Eugenio Jimeno, Sagaseta de Ilurnoz, Pedro María Galbete y Serapio Zozaya que sería cofundador de la SAIDE. Por cierto esta sociedad también explotaba otros espectáculos como el frontón Euskal Jai de la calle San Agustín. En 1928, la sociedad Euskalduna vendió el Coliseo Olimpia a la Sociedad Anónima General de Espectáculos (SAGE) que contaba con salas por todo el estado. La SAGE explotó el Olimpia hasta 1936 en que lo subarrienda primero y lo vende luego, en 1940, a la empresa Erroz y San Martín empresa que tenía la concesión del Teatro Gayarre desde 1932, con derecho a explotar el Teatro, como cine, al menos durante los siguientes 50 años. El Gerente de Erroz y San Martín era, a la sazón, Serapio Zozaya que fundaría la SAIDE en 1942.

En 1935 Erroz y San Martin había comprado el Proyecciones, después de dos años de permanecer cerrado y lo había reabierto con el nombre de Novedades. En 1938 la empresa compraba un solar en la calle García Castañón y construía un nuevo cine que inauguraría en junio de 1940: el Cinema Príncipe de Viana, obra del arquitecto José Yarnoz. Así pues la SAIDE nacía en 1942 con dos cines propiamente dichos: el Novedades y el Príncipe, además del Gayarre y el Olimpia. El Príncipe de Viana era un cine elegante, la pantalla más grande de todas las existentes hasta entonces, un aforo amplio, de unas 700 personas en butaca de sala, 1.200 en total, contando las butacas de palco y el gallinero o anfiteatro que vemos en la fotografía. En las paredes junto a la pantalla, había dos pinturas murales, obra del pintor Eduardo Santonja Rosales, una de las cuales representa al Príncipe de Viana de cacería y otra un palacio con músicos y sus instrumentos, tal y como vemos en la siguiente foto.

En la década de los 40 se inaugurarían el Cine Alcazar (1942) en la plaza de la Argentina que lo explotaría la SAIDE desde 1950 y el Cine Avenida (1943), en la calle Estella, este último un cine pequeño, con poco más de 200 butacas pero muy bonito, diseñado, al parecer por Victor Eusa. En los años 50 la SAIDE comenzaría a abrir salas de cine en los barrios, el Amaya, en Marcelo Celayeta, en la Rochapea en 1951, el Chantrea, en la calle San Cristobal, en la Chantrea, en 1957 y en el comienzo de los 60, concretamente en 1963 el Guelbenzu, en la calle del mismo nombre, en la Milagrosa. Paralelamente no descuidaría el centro de la ciudad abriendo el Rex en 1957, en la calle Paulino Caballero, el Olite en 1961 y derribando el Olimpia a mediados de 1963 para abrir al año siguiente en su lugar el Cine Carlos III en un gran edificio de oficinas, donde tendría además su sede social la SAIDE. La SAIDE sería dirigida después de Serapio Zozaya por su hijo Félix y más tarde por su nieto Alberto. Este cine inaugurado a finales de 1964 sería a partir de este momento la joya de la corona, con la pantalla más grande, el mayor aforo, 1.500 butacas, y las mejores instalaciones de todos los cines de la ciudad. En la foto siguiente vemos la fachada del edificio tras su conversión en multicines y su nueva imagen corporativa.

A finales de los 60 comenzaría la primera gran crisis de los cines tras la aparición y extensión de la televisión y de otras formas de ocio. La SAIDE reformaría el Novedades mejorando su acústica y ampliando la pantalla, reabriendolo como Cine Arrieta en 1968, pero comenzaría a cerrar cines, el Amaya en 1970, del que ya he hablado en otra entrada del blog. Tal y como he comentado en la anterior entrada sobre los cines empecé a acudir al cine de manera regular allá por los años 74 o 75. Así algunas de mis primeras películas en la enorme pantalla de la Sala Carlos III fueron Karthum en 1975 y una entretenida versión de King Kong ( en 1976) con una jovencísima Jessica Lange, en los inicios de su carrera. También vi en esta enorme sala otras películas como «Suspiria», «Abismo», «Terremoto», «El coloso en llamas», «Tiburon», «ET» o «Encuentros en la tercera fase», entre otras.

En el Cine Avenida, situado frente al monumento de San Ignacio de Loyola, no ví demasiadas películas pero sí recuerdo alguna, como «La Tierra olvidada por el tiempo», en abril de 1977, un serie B con sabor añejo, basada en las novelas del mundo prehistórico de Borroughs o la española «La guerra de papa», un típico film de la transición que pretendía alejarnos de los oscuros fantasmas de nuestro pasado histórico. El cine se cerraría en mayo de 1985 para albergar un centro comercial, con formato de multicentro y forma hexagonal y que tendría una errática trayectoria, con espacio para unos 20 pequeños comercios y que ha tenido una gran rotación de aperturas y cierres a lo largo de los años.
En el Gayarre, tampoco vi muchas películas, recuerdo alguna como «El expreso de Chicago» o «Nueva York, año 2012». A este espacio tengo también vinculadas otras imagenes como la ceremonia de entrega de juguetes en Reyes que organizaba la fabrica donde trabajaba mi padre para los hijos de sus empleados. Recuerdo que un año, creo que fue a finales de 1968, se quemó el Teatro Gayarre y  que los Reyes de 1969, tuvimos que celebrarlos en el Salón de los Jesuitas. A mediados de 1969 se reinauguraba, de nuevo y tras ese incendio el Teatro Gayarre.

 

En el Olite vi un buen número de películas, tanto cuando era una sola y espaciosa sala con unas butacas de color tostado, como cuando se convirtió en multicines: así ví en esta sala películas de terror como «Kung fu contra los siete vampiros de oro» de la fenecida Hammer, películas bélicas como «Alerta roja, neptuno hundido» o «Apocalipsis Now» o películas de ciencia ficción como «La guerra de las galaxias» o «Alien, el octavo pasajero.
En el Príncipe, todo un clásico, vi películas tanto cuando era una única sala como cuando se convirtió en multicines: allí ví «La piel dura» de Truffaut, «La naranja mecánica», «Flash Gordon», «El imperio contraataca», «La mosca», «El cartero siempre llama dos veces» o «En busca del fuego», por citar algunas. Alguna vez acudíamos al gallinero o anfiteatro, algo más cómodo y de mejor vista que el del Gayarre. En el cine Arrieta de la calle San Agustín tan solo recuerdo haber visto en 1980 «El resplandor» de Stanley Kubrick. La sala se cerraría al año siguiente, en 1981. Hoy alberga la sede de la Escuela Navarra de Teatro. También en 1981 se cerraría el cine Guelbenzu, en la Milagrosa al que creo recordar haber acudido unas pocas veces, allá por los años 77 o 78, para ver alguna peli de Luis de Funes o algun serie B de aventuras.

De los cines que me quedan por comentar, al cine Rex, apenas acudí un par de veces. Se cerró en 1987. Era un cine amplio y me consta que en los años 60 y 70 se daban proyecciones matinales por parte del cine club universitario. Tras su cierre albergó las oficinas de una empresa inmobiliaria. Al Chantrea creo que acudí una sola vez. Era el típico cine de barrio, bastante austero en su decoración. Se cerró en 1988.

A pesar del cuasi monopolio en la distribución cinematográfica de la SAIDE hubo alguna otra iniciativa de menor éxito pero igualmente destacable que debo mencionar: Se trata de Carmelo Echavarren que gestionaría el cine parroquial de la iglesia de San Miguel, el Salón Mikael entre 1969 y 1986, en la calle Bergamín, a la altura de la plaza de la Cruz. De aquella sala tengo además de recuerdos vinculados al cine,  otro tipo de recuerdos muy antiguos, vinculados a las actividades extra-excolares de las escuelas del Ave María y de la Carbonilla. Recuerdo que en 1970 nos llevaron a ver un documental relacionado con las Olimpiadas Invernales de Sapporo, tras el cual sufrí un pequeño extravío al coger la villavesa en la plaza de la Argentina, -y es que tenía apenas 6 años y había subido muy pocas veces a Pamplona-,  y en 1973 o 74 nos llevaron a ver el documental de Caro Baroja, «Navarra, cuatro estaciones» que me causó una grata impresión.
En aquella sala, en el Salón Mikael recuerdo que vi, y las cito por orden cronológico, películas de aventuras como la versión de 1974 de «Los 3 mosqueteros», clásicas como «¿Arde París?» o «Doce del patíbulo», musicales como «Grease», ciencia ficción como «Galáctica, estrella de combate», polémicas películas, por la dureza de alguna de sus imagenes como «Soldado azul», etc. Echavarren también impulsaría el cine Aitor en la calle Sangüesa, en la Milagrosa que se inauguró en mayo de 1964 y se cerraría en el año 1985. Echavarren también gestionaba en aquellos años el Juventud y el cine Eslava de Burlada. Resulta curioso, porque después no he encontrado más información al respecto, pero a mediados de 1975 apareció una noticia en la prensa: en 1976 se iba a construir un cine en una zona cercana a donde estaban las Madres Reparadoras, entre la Avenida del Ejercito-Hermanos Imaz y Sandoval, con unas 1.300 localidades de aforo. Lo promovía Carmelo Echavarren y su nombre iba a ser «Sandoval» o «Ciudadela». De aquel proyecto nunca más se supo. Algunos años antes, en 1971, se instalaba durante algunas semanas un espectáculo cinematográfico, con el  espectacular sistema del «cinerama» en los terrenos anexos a los antiguos cuarteles que se derribarían por completo este mismo año. El cine volvía por unos días a su origen de atracción de barraca de feria. En 1972 triunfaba una película que se había convertida en aquel año en todo un fenómeno sociológico: «No desearas al vecino del 5º», la película española más vista hasta entonces en las salas de cine y que no sería superada hasta 30 años más tarde con el estreno de «Torrente, Misión en Marbella».

En 1974 todavía había una clasificación moral de las películas de cine que iba del 1 al 4 en el que el 1 significaba que la película era para todos los públicos, incluso niños hasta los 14 años, el 2, para jóvenes de 14 años cumplidos hasta los 21, el 3 para mayores de 21 años cumplidos en adelante, el 3-R: para mayores de 21 años aunque con reparos., pues se exigía una solida formación moral y la 4, por último,  estaba reservada para las películas que se consideraban gravemente peligrosas. Esta clasificación desaparecería en 1978. A partir de entonces aparecería aquello de «Mayores de 18 o menores acompañados». Con la transición democrática llegaría un aluvión de cine erótico a las pantallas pamplonesas, al igual que sucedería en otras ciudades españolas. En 1978, de un total de 11 o 12 películas, más de una tercera parte eran, el fin de semana eróticas o incluso clasificadas S, concentradas en unas cuantas salas y en las que aparecía  aquella coletilla de «Se advierte al público que esta película puede herir la sensibilidad del espectador», clasificación que también se aplicaba a aquellas películas de extrema violencia, como «Holocausto caníbal».

Ir al cine tenía su ritual: comprabas la entrada en la taquilla, -había sesiones numeradas, generalmente cuando eran estrenos y sin numerar-, comprabas palomitas o chucherías, -en otros tiempos se estilaban las chufas,- en la tienda del cine, sonaban las llamadas para entrar, las luces se medio apagaban, soportabas el aburrido NODO en blanco y negro, que duraba unos 10 minutos, con su sintonía  tan reconocible que marco toda una época, -afortunadamente los de mi generación lo sufrimos durante pocos años-, y luego venían los comerciales, inconfundibles, realizados con un estilo especial y también los anuncios de Movierecord…hasta que se apagaban las luces por completo y comenzaba la película.
Por mucho que haya avanzado la tecnología del «home cinema», ver algunas películas en pantalla grande sigue siendo una experiencia incomparable. La entrada al cine costaba en 1976 unas 24 pesetas, muy lejos de las 2 o 3 pesetas que costaba la entrada en el cine de mi barrio, el cine Amaya, en sus primeros años de existencia. Además de las taquilleras otro personal indispensable de las salas eran los acomodadores. Ellos te guiaban con su linterna hasta el sitio indicado cuando entrabas, apagadas las luces y empezada la película, o te llamaban la atención cuando metías demasiada bulla. Las sesiones de cine eran a las 17.00, 19.00 y 22.30. En tiempos pretéritos los cines de sesión continua, -como el Arrieta o el Alcazar, por poner tan solo dos casos,- contaban con otra sesión, las de las 15.30.
 

Tras la primera gran crisis de finales de los 60 y sobre todo de los 70 llegaría otro gran bajón en los años 80, con la aparición del vídeo doméstico. Las salas únicas dieron paso a los multicines. A finales de 1982, el histórico cine Príncipe de Viana daba paso a tres salas, una grande en el piso de arriba, de 500 butacas, que vemos en la foto adjunta,  y dos abajo, con casi 200, cada una. Con esta obra de reforma se suprimía el gallinero o anfiteatro, al que accedía, en otros tiempos, la gente con menos recursos. En tiempos contaban con gallinero casi todos los cines: el Gayarre, el Olimpia, el Príncipe, el Alcazar. ¡Que incómodos eran aquellos gallineros, sin apenas espacio para estirar las piernas y con aquellos ángulos de visión imposibles!. En aquellos dorados tiempos de la exhibición cinematográfica era también moneda común la entrega del llamado programa de mano, con información sobre la película, que yo, la verdad, no los conocí. En los años 40 y 50 había salas que estrenaban películas y otras que no, que se nutrían de reposiciones, entre las primeras se encontraban el Príncipe, el Gayarre, el Rex y el Olimpia que luego se convertiría en el Carlos III, entre las segundas el Avenida y el Alcazar, además de las de los barrios.

También en esos años 80, al que aludo en el anterior párrafo, se reconvertiría en multicines el cine Olite con la inauguración de 4 nuevas pantallas. Aparecía en el panorama de las salas rompiendo el cuasi monopolio de la SAIDE el complejo de cines Golem Baiona, con 5 nuevas pantallas en la ciudad. Años más tarde este mismo grupo abriría las salas Golem Yamaguchi orientadas a un cine más de autor, frente a las más comerciales del Baiona. Tuvieron, de inicio, un éxito arrollador. En aquel complejo de salas vi un montón de peliculas a lo largo de los 80, estrenos y reposiciones como  «Amarcord», «Cuerno de cabra», «El tambor de hojalata», «Sacco y Vancetti», «Perros de paja», «El jovencito Frankenstein», «La vida de Brian», «Bajo el fuego», «Las bicicletas son para el verano», «Hellraiser», «La selva esmeralda», «Excalibur» o «Desafio total». Y también en esos mismos años, 1981-82, y de la mano del empresario Cayo Escudero, se abrieron los cines Iturrama, situados en la calle Iñigo Arista, de corta existencia pues cerrarían en 1997. En estos cines recuerdo haber visto allá por el año 1987,  «Blade Runner».

La tercera y más profunda crisis llegaría en los 90, con la aparición de las plataformas digitales de televisión que te llevaban directamente el cine a la pequeña pantalla de casa. Las salas pasaron de recibir más de 3 millones de visitantes al año en los 60 a 600.000 en los 90. En la primera década del nuevo siglo y a pesar de las mejoras introducidas, las reformas y modernizaciones (se volvió a reformar el Príncipe en el año 2000, abriendo una cuarta sala y renovando la decoración con un estilo de vanguardia (como si fuese una caja negra, tal y como vemos en la fotografía) y también se reformaron, de nuevo, los Olite, en 1999, así como el Carlos III que se convirtió en multicines, con cinco nuevas salas) y sobre todo y a pesar del notable incremento de pantallas disponibles, fundamentalmente por la implantación de centros comerciales, el nº de visitantes a las salas de cine no llegó a los 2 millones. En julio de 2005 llegaría uno de los cierres más sentidos, el del Príncipe de Viana quedaría lugar pocos meses después a un bloque de apartamentos.

En febrero de 2014 se cerraban silenciosamente, sin anuncio previo los multicines Olite. Así acababa la trayectoria de un cine, reconvertido en multisalas, más de medio siglo después de su  apertura. Otra triste pérdida para el cine, los cinéfilos y la ciudad. Los cines Carlos III se cerraron el  3 de marzo de 2016, más de medio siglo después de su apertura. Con este cierre desaparecía el último cine del centro de Pamplona y la SAIDE cesaba como empresa exhibidora. Otra gran pérdida para el cine, los cinéfilos y la ciudad. Ahora, y dejando  a un lado a los cines Golem, quien desee ver cine en pantalla grande se tenga que trasladar a los centros comerciales. Qué pena. A finales de marzo de 2019 se acababa de derribar el emblemático edificio de los cines Carlos III, un edificio que formaba parte como otros cines de la memoria de nuestras vidas.

Recuerdos personales: Aquellos hogares de entonces (1960-1992)

Tercera entrada del blog  en el que hablo de los recuerdos que conservo de aquellos antiguos hogares en los que vivimos en los años 60 y 70 y digo vivimos porque con las lógicas diferencias seguro que habrá más de un recuerdo compartido. Cuando mis padres vinieron a vivir a Pamplona, en junio de 1961, trajeron consigo, como imagino que harían otros muchas personas que vinieron del campo a la ciudad, sus  muebles del pueblo, un dormitorio de matrimonio, con una recia cama; el dormitorio tenía un interruptor de pera junto a la cama, y un pesado armario  con un espejo en la puerta; la mesa, sillas y  armario de la cocina (todas ellas  de madera, el armario pintado de blanco y verde) y poquito más. Al poco tiempo comprarían un dormitorio para mi hermano, con cama, armario, comodín y mesita,  que posteriormente compartiría conmigo, y los muebles del cuarto de estar: Recuerdo que componían los muebles del cuarto de estar lo que se llamaba entonces un trinchante o trinchero  de tres cuerpos, cubriendo toda la pared, -años más tarde le añadirían un enorme espejo, de pared a pared, una mesa enorme, extensible por ambos lados, con patas ligeramente curvadas o alambeadas,  y media docena de sillas de madera, tapizadas en granate,  con el asiento abombado, pues tenían unos muelles por debajo, que las hacían bastante mulliditas.

Ese primer equipamiento de muebles sería sustituido algunos años más tarde, el dormitorio de matrimonio por una cama de 1,15 con armario, comodín con  espejo y dos mesitas, como los que podemos ver en las fotografías,-creo que lo compraron en el año 1966, en Muebles Rubio que estaba al principio de la calle Jarauta-,  el sencillo dormitorio de los chicos de cama de 1.15 armario y comodín, lo sustituirían en 1974 por dos camas de 0.90, armario y mesita de acabado mucho más moderno comprado en Muebles Amat, también en el Casco Antiguo. Un poco antes le había llegado  la hora a los muebles de la cocina, que serían sustituidos por unos muebles de formica (armario de cuatro puertas y dos cajoneras como el de la fotografía, mesa extensible y sillas), no teníamos entonces  ni vitro, ni microondas, ni lavavajillas, tan solo el frigorífico (1974) y  la cocina alimentada por una bombona de gas butano y más adelante el calentador con su eterna llama azulada con el tubo para sacar los gases al patio. También llegué a ver, de muy pequeño,  alguna vez, un hornillo eléctrico  con una resistencia  que debía consumir lo suyo. En la cocina no podían faltar el/los calendarios de la Caja de Ahorros, de los que ya he hablado en otra entrada del blog.

En 1976 le llegó el turno de la renovación al cuarto de estar, comprado en Muebles Jakar, que tenía tiendas en San Gregorio y Marcelo Celayeta,  con su inevitable mueble-bar librería, como el de la fotografía, su mesa hidráulica en el centro y su tresillo de eskay, formado por un sofá y dos butacas, donde te hundías, -que calientes y pegajosas se ponían en verano, no había manera de despegarte, y que frías y resbaladizas resultaban en invierno-. En la pared del cuarto de estar tuvimos primero un tapiz con una escena de ciervos, como el de la foto y posteriormente un cuadro con una escena de caza, como el que apareció en otra entrada del blog que hablaba, como ésta,  de aquellos antiguos hogares. En el mueble librería las inevitables enciclopedias, -entonces el conocimiento no estaba en internet sino en los diccionarios y enciclopedias-,  y los libros del Círculo de Lectores al que estuvimos adheridos entre 1977 y 1980, las fotos de la primera comunión y unas figuras de porcelana, podría haber sido un perro pero en esta ocasión eran un gato y un cisne sobre una de las baldas del mueble y un caballo también de porcelana sobre la mesa hidraúlica. Dentro del mueble, bebidas caras, vajillas y cristalerías para  ocasiones señaladas que casi nunca llegarían. Ah y se me olvidaba, en aquellos años no podía faltar un cenicero de botón de pie o de mesa que casi nunca se utilizaba, salvo por las visitas.

En aquellos años 60 y 70 una casa se parecía a otra como una gota de agua. Entrabas por la puerta de la calle y lo primero que te encontrabas junto a ella era un paragüero de latón o metal,  ilustrado, como en casi todos lo lugares, con los mismos motivos pictóricos de inspiración dieciochesca, en una de las paredes el perchero de pared, que pintamos a juego con el color del taquillón y un termómetro con forma de guitarra, que tenía todas las pintas del típico souvenir, entre dos cuadros de bucólica apariencia. Estos a su vez sustituirían en el pasillo a otros cuadros mas antiguos. Enseguida y enfrente, en esta primera parte del pasillo que podríamos  llamar  vestíbulo o recibidor, había un taquillón y sobre él un espejo de forma más o menos ovalada, el  taquillón era de color hueso, con una placa de mármol en la parte superior,  con adornos pictóricos de escenas bucólico pastoriles en las puertas y en los tiradores de las puertas y cajones e inicialmente en las zonas talladas de la madera había algunas líneas pintadas con purpurina dorada. Inicialmente sobre el mármol había un tapete de encaje de color granate sobre el que reposaban,  en el medio un pequeño florero donde se apretujaban un manojo de vistosas  flores artificiales y a ambos lados un cenicero y una campanilla, todos ellos de color dorado,  y que  con el tiempo desaparecerían siendo sustituidos por el caballo del cuarto de estar.

Y es que en aquella época,  los adornos y tapetes de encaje, blancos o de color lo ocupaban  todo: mesas, reposacabezas, televisores y, como hemos visto,  taquillones. El espejo del taquillón también estaba adornado, en su marco de madera,  por finas líneas de purpurina dorada. Antes del mencionado taquillón recuerdo haber visto un sencillo mueble de escasa anchura, junto a otro espejo más pequeño. En la parte superior del mueble creo recordar que había algún florero, y en la superficie inferior un toro negro de plástico, que en otras casas habría estado seguramente sobre el televisor del salón. En 1977 habilitarían en la habitación del patio un cuarto para el estudio con un mueble de pared a pared, de melanina, en blanco, con listones y tiradores asemejando  madera. La pintura en las paredes de los años 60 dejó paso al papel pintado de los  70, y al gotelé en los años posteriores. En la monótona repetición de aquellos papeles pintados, todos eran muy parecidos,  creíamos ver a veces extrañas cabezas o figuras. Con el tiempo los papeles se fueron diversificando con colores y tonos,  planos, jaspeados, simulando el gotelé u otras técnicas de pintura.

En los baños de entonces había un inodoro o taza del water con cisterna, su rollo de papel el Elefante (se compraban por unidades); entonces la expresión «tirar de la cadena» no era figurada como podría serlo hoy en día sino absolutamente literal y cotidiana, contaban mayoritariamente con bañera más que con ducha,  un sencillo  lavabo con pie o sin él,  su reposa jabones junto a los grifos y sobre él lavabo un  mueble con espejos donde se guardaban los muchos elementos de higiene y cuidado personal de uso diario: Citaré, con cierto detalle, algunos de los nuestros, pues los de mi madre en su caja de aseo era para nosotros, en general,    bastante desconocidos, aunque  imagino que lo componían cremas, barras de labios, lapiz de ojos, rulos, peines, pintauñas y ese sinfín de artículos de cosmética y belleza femenina. En nuestro territorio podían encontrarse la maquinilla de afeitar con las  cuchillas acanaladas Palmera o MSA, como las de la fotografía, sustituidas luego por las Gillete, la brocha y el jabón de la Toja para el afeitado, entre las colonias: Vetiver de Puig, Brummel, o el Floid para el cuidado de la cara después del afeitado, el pulverizador de plástico rosa recargado con agua de ducha S-3, aparte del  jabón de pastilla Lux, Heno de Pravia o la Toja, estos de uso  general por todos los miembros de la  familia.

Muchas casas contaban en aquellos años  con la corriente eléctrica a 125 voltios.  Progresiva y mayoritariamente  se fueron pasando a  220, los electrodomésticos que se comercializaban funcionaban casi  todos a 220 voltios, de forma que las casas que aun manteníamos la vieja tensión de 125 nos veíamos obligados a poblar la casa de pesados transformadores,  cada vez que  un nuevo aparato entraba  en casa. Cambio de tercio, para hablar ahora  de la evolución en la tecnología. Al pequeño transistor japones con que mi madre escuchaba los seriales radiofónicos le sustituiría en junio de 1976 una radio multibanda de color crema, marca Sanyo, que nos prestó servicio hasta noviembre de 1988. Ahí es nada. Con ella, más que con la televisión  vivimos los convulsos años de la transición política. En esa época me compraron mi calculadora electrónica, una Casio, como Casio sería mi primer reloj digital de muñeca. Era la moda de aquellos años. En 1976 también me habían comprado mi primera máquina de escribir, no, no era una Olivetti, sino una máquina búlgara, la Maritsa 22, como la de la fotografía, con la que hice mis primeros pinitos como estudiante, escritor y periodista, hasta que a finales de los 80 arrinconé la vieja máquina de escribir y empecé a manejar aquellos primeros ordenadores Macintosh con pantalla monocromo de 9 pulgadas. Mi primer ordenador fue, concretamente,  un Macintosh SE  como el que vemos en el siguiente párrafo. Tenía  40 megas de disco duro, poco que ver, como se ve, con los actuales discos de 1 0 2 terabytes (1 terabyte equivale a 1 millón de megas o Megabytes). En otras casas, probablemente antes que en la mía,  entrarían aquellos primeros ordenadores personales Spectrum, Amstrad o Commodore.

Ya he comentado en otra entrada que el teléfono, entonces de ruleta, entró en mi casa en el año 1980. Anteriormente y para la escasas ocasiones en que debíamos utilizar el teléfono bajabamos a la cabina  de la calle. Antes no teníamos teléfono en casa y podíamos vivir. Hoy se imagina alguien vivir sin teléfono. Nos hemos convertido en esclavos de la tecnología.   Por aquel entonces o tal vez un poco antes  tuve mi primer radio casette, lo trajo mi hermano de Algeciras, al terminar la mili, era un Sanyo de color grisáceo y negro con varias bandas en un dial de forma un tanto insólita, circular, como el de la foto.  ¿Quien se acuerda ahora de aquellos radiocasettes  en el que había que darle la vuelta a la cara a la cinta  para seguir escuchando la música?. Había cintas de 45 minutos, de 60 y de 90, normal, de cromo o de metal. Más adelante saldrían los radio casettes de doble pletina. Cuantas veces se habrá enganchado una cinta y teníamos que rebobinarla trabajosamente con un boli bic cristal,   pasándolo por entre el agujero del carrete. Hacíamos nuestra propia discoteca musical, diseñando de forma artesanal nuestras caratulas,  rompíamos las pestañas inferiores para evitar un borrado accidental o las tapabamos para volver a grabar la música, aquella música de la transición, increiblemente variada, tan pronto escuchabas a  Victor Manuel, Urko o  Victor Jara como los éxitos de Los superventas o Los 40 Principales de aquellos años, música disco o romántica que de todo había y había un momento para cada música. Podemos recordar la música que oíamos en otra entrada del blog. Los casettes comenzarían a declinar a principios de los 90 con la irrupción del compact disc y más adelante con la aparición de los formatos de compresión musicales, el mp3 y los artilugios tecnológicos que, como el Ipod,  iban apareciendo con el nuevo siglo. Tras aquella primera radio y radio casette llegarían otros «loros» de fugaz recuerdo porque no es una leyenda urbana, las cosas ya no duraban como antes,  la obsolescencia programada está, desde hace ya unos cuantos años a la orden del día.

En cuanto a la imagen, el video grabador se introdujo en el mercado a principios de los 80, si bien en mi casa entró, creo que una década más tarde, «Ghost» fue la  primera película que compré en noviembre del 92. En aquellos años había tres formatos de video y por lo tanto de cintas de video el VHS de JVC, el Betamax de Sony y el 2000 de Philips. Tras unos titubeantes comienzos, sería el VHS el  que se llevaría el gato al agua, convirtiéndose en estandar del sector. El video sería desplazado por el DVD a comienzos del presente siglo y por otros sistemas de mayor capacidad, como el Bluray, si bien, la irrupción y popularización de los nuevos soportes y formatos digitales de video, como ocurrió con el sonido (aparición de tabletas, smartphones, etc) y sobre todo la expansión de las  plataformas de streaming con acceso inmediato a miles de títulos han afectado al soporte videográfico, con un consumo ascendente del canal online y un descenso del soporte físico. A comienzos del siglo pasé toda mi videoteca  de VHS a DVD, gracias  a una videograbadora Sony de dvd.  Fue una tarea larga y  titánica, teniendo en cuenta la cantidad de videos que atesoraba en casa, comprados y grabados de la televisión.  Ahora que se habla de 3D, Realidad Virtual o Realidad Aumentada quien se acuerda de aquellas gafas de celofán azul y rojo que nos vendían como  de 3D o aquellas postales que variaban su contenido, pueden imaginarse a menudo de que tipo,  dependiendo del angulo con que se enseñaban al interesado público.

Mi primera cámara de video, una Panasonic,  la compré en 1998, pero me la robaron tres años más tarde, siendo sustituida por una Sony mucho más pequeña. Mi primera cámara de fotos, dicen que se puede hacer fotografías casi con una caja de zapatos, fue una modesta Werlisa, de cuando se revelaban los carretes en las tiendas de fotografía. Posteriormente, iniciado el  nuevo siglo, la fotografía química declinaba de forma acelerada  por la irrupción avasalladora de la fotografía digital. En 1996 compraba mi primer teléfono móvil: era un Motorola,  que se parecía más a un inalámbrico actual que a un móvil y que  pesaba como un ladrillo; desde entonces por mis manos han pasado muchos modelos de  nokias y de  samsungs hasta los actuales y sofisticados terminales, los smartphones, mezcla de teléfono, cámara (de fotos y video) y ordenador con muchas más posibilidades de comunicación que las viejas computadoras,  además de poseer muchas más utilidades,  tan poco explotadas como desconocidas.

Recuerdos escolares del Viejo Pamplona: clases de pretecnología y gimnasia (1968-1981)

Recupero esta sección de recuerdos personales, algunos de los cuales englobé en el pasado bajo el ´titulo genérico de «Estampas de Antaño». Voy  a recordar en esta ocasión las clases de pretecnología y de gimnasia en los años 70 del pasado siglo. Durante mis años escolares, hasta comenzado el BUP,  no  se hacía demasiado hincapié, entonces, en los primeros cursos escolares  ni en la música ni en los idiomas, creo que el francés lo comenzamos a estudiar en los últimos años de la  EGB, pero recuerdo que desde  temprana edad ya teníamos clases de dibujo y pretecnología, o lo que también llamamos «trabajos manuales». Y por supuesto no faltaban las clases de gimnasia. Recuerdo los trabajos de marquetería, por lo menos desde las escuelas del Ave María. Comprabamos, por un lado, una chapa ocumen, bueno nos la solía comprar, como todo, (libros, pinturas, y otros utensilios escolares), nuestra madre,  y por otro, y esto era básico, debíamos hacernos con un cuaderno de marquetería donde venía el modelo, en piezas, de la obra que había que trabajar. Recortábamos las piezas del cuaderno y las pegábamos con cola blanca sobre la chapa ocumen, por la parte de atrás. A continuación, cogíamos la sierra, -¡qué peligro tenían!-, y a menudo teníamos que sudar la gota gorda para acabar el trabajo porque el pelo de la sierra, los había de diferente grosor, ¿quien no recuerda de aquellos años haber pedido un pelo del 2?, se rompía con más frecuencia de lo deseable. Recuerdo un año, no sé tal vez sería el año 1973 o 1974, estaba creo que en las Escuelas de la Carbonilla, en el que con la inestimable ayuda de mi padre, -el pobre tuvo que sudar también la gota gorda-, acabamos un precioso «portal de Belen» que estuvo un montón de tiempo encima del armario de formica de la cocina. Tras serrar las piezas, encajarlas y pegarlas con cola blanca, creo que le dábamos un barniz  a la madera y el resultado final, si no te habías equivocado demasiado era bastante aparente. Adjunto a este párrafo fotografía del cuaderno de marquetería que utilicé entonces y que me ha dado una gran alegría encontrar y rescatar ahora, 45 años después.

En casa recuerdo y aquí los recuerdos se me mezclan y se confunden, pues no sé si son mios,  -de la EGB en el Cardenal Ilundain y del BUP en Irubide-, o de mi hermano Luis Angel, -en el Ximenez de Rada-, hicimos también trabajos con plastilina, -de colores-, ¡qué gusto daba crear de la nada formas y volúmenes, con arcilla, -también recuerdo haber hecho algún vaso de arcilla y me sentía como un alfarero-, dibujos al carboncillo, -me acuerdo de haber visto un precioso dibujo de una vasija al carboncillo hecho por mi hermano o un paisaje del monte Ezkaba con el pueblo de Artika en primer término-, acuarelas, -que malo era yo en lo que se llamaba el dibujo artístico-, cuadros hechos con legumbres o  con hilos de colores, mapas de conexiones con rudimentarios interruptores y bombillitas, pirograbados, etc. En bachillerato recuerdo el dibujo técnico,  tenías que tener mucho cuidado con el famoso rotring, pues  de pronto tus magníficas líneas podían verse bruscamente interrumpidas por el temblor de tu mano o por un empujón inadvertido y el dibujo quedaba  inutilizado, emborronado por un inesperado manchón de tinta, de aquella tinta Pelikan negra con la que se rellenaban los rotrings. Completaban el equipo de dibujo técnico, el cuaderno de laminas,  de papel blanco Guarro,  los compases, -al que también podía incorporarse el rotring-,  las escuadras y cartabones de diferentes tamaños, las plantillas, los semicírculos  y transportadores de ángulos, el papel cebolla o vegetal. Respecto al dibujo artístico utilizabamos las mencionadas acuarelas,  al agua o gouache, como la que aparece al comienzo de esta entrada, y las ceras Manley fundamentalmente. Atrás, en el tiempo, casi olvidadas en la enseñanza primaria quedaban las pinturas Alpino, las gomas Milan, -alguna olía a nata-, o los rotuladores Carioca, dentro de aquellos plumieres que llevábamos entonces.

He de reconocer que nunca fui mal estudiante, más bien todo lo contrario, pero ni el dibujo o la pretecnología eran mi fuerte, ni mucho menos la clase de gimnasia. En el Ave María (1968-1972), la verdad,  las clases de gimnasia se reducían  a algunas carreras, individuales o por relevos, algún partido de fútbol y algunos rudimentarios ejercicios gimnásticos en el campo de las escuelas. En el Cardenal Ilundain (1974-1977) ya había campos de baloncesto y balonmano, con suelo de cemento, por lo que se ampliaron un poco las opciones deportivas pero cuando de verdad supe lo que era la Gimnasia fue en el Instituto Irubide (1977-1981). El instituto contaba con unas completas instalaciones para aquellos años. ¡Qué envidia daban las chicas con aquellos cuerpos flexibles!, ¡Cómo subían las cuerdas más rápidas que ninguno!. Saltaban los aparatos mejor que nadie y hacían mil piruetas en la colchoneta. Los chicos suplían la flexibilidad con la fuerza en algunos ejercicios pero a mí,  la verdad los aparatos de gimnasia me daban pavor, tan altos e infranqueables que parecían y que pensaba que te ibas a dejar allí toda tu hombría, física y literalmente: el potro, el caballo y el plinto, enumerados de menor a mayor dificultad, tan es así que en mayo de 1980 me dejaron para una especie de repesca. Aun me acuerdo lo que le dije a mi madre antes de salir de casa, en aquel día de la repesca, en un arranque de amor propio: «esta tarde los voy a saltar aunque me mate». Y dicho y hecho. En aquella infausta tarde me encontraba ante el profesor y los aparatos, el potro lo salté sin mayor dificultad, ¡fuerza y valor!, el caballo lo salté una y otra vez y otra hasta que con  la emoción y mis manos sudorosas por los nervios resbalé en el enésimo ejercicio y dí con mis huesos en el suelo, resultado final: salida total del cubito y radio del brazo derecho con intervención inmediata en San Juan de Dios a cargo del doctor Valencia, aquel año tuve que hacer todos los exámenes finales de 3º de BUP orales: Literatura, Matemáticas, Química, etc, lo que son las cosas,  fue el último año de clase de Gimnasia de mi vida.

   

Algunos tipos de comercios casi en vías de extinción en el Nuevo Pamplona (2000-2015)

Esta entrada es continuación de otra que escribí hace casi tres años. En aquella hablaba de infinidad de oficios y tipos de comercios desaparecidos a lo largo de los primeros 60 años de siglo. Algunos de aquellos oficios y tipos de comercios eran desconocidos incluso para mi generación. En esta entrada hablaré de oficios y tipologías de comercios desaparecidos o casi desaparecidos y algunos otros que, con enorme heroicidad,  resisten el embate de los nuevos tiempos, las nuevas tecnologías y la competencia de los nuevos formatos comerciales periféricos que son la némesis de la ciudad viva y dinámica que conocimos y que el autor de este blog lucha por preservar día a día y no solo en la memoria. Sin comercios, la vida  urbana  se centrará tan solo  en la actividad hostelera, actividad fundamental y necesaria, complemento perfecto de la comercial,  pero insuficiente en un equilibrado mix pues ya sabemos lo que sucede cuando se rompe el equilibrio y queda solo la actividad hostelera en los centros de las ciudades. Comienzo el repaso. En las últimas décadas ha sido notoria la desaparición de los videoclubs que surgieron, a decenas, en nuestras ciudades entre los años 80 y  90. La apertura de videocajeros, que flexibilizaba el horario de entrega y recogida de aquellas cintas VHS y luego DVDs, -recuerdo que Video Club Cinema llegó a abrir media docena de puntos en la Comarca-, no fue suficiente para hacer frente al todo gratis de la piratería digital y a la cada vez mayor extensión y abaratamiento de las plataformas digitales. El Policarpo de la Avenida de Bayona fue seguramente uno de aquellos videoclubs míticos de los que creo que queda poco más o menos de  media docena de establecimientos en nuestra comunidad.

Casi antes o al mismo tiempo que cerraban los videoclubs en Pamplona lo hacían las tiendas de música. En el Casco Antiguo la última lo hizo en el año 2015, se llamaba Digital y estaba en la calle Estafeta, si bien sobreviven aún algunas tiendas de discos de vinilo como Dientes Largos en la calle Jarauta y Barracuda en la calle Nueva, además de la correspondiente sección de Elkar en la calle Comedias. Antes habían cerrado las dos tiendas del Supermercado del Casette de la calle Estafeta, -hubo recuerdo otra de la misma empresa en el nº 15 de la calle Mayor, Liverpool en Mercaderes y Frudisk en la calle San Miguel.  En su momento llegó a haber más de 40 tiendas de  música en la ciudad. Como a los videoclubs, las descargas por Internet les afectaron terriblemente. En 2006 ya solo sobrevivían una docena de tiendas de música contando las de los centros comerciales. Por el camino se fueron quedando junto a las citadas nombres como Chaston, Fonos,  Radio Far y un largo etcétera. Las librerías resisten,  todavía, con  increíble heroicidad, entusiasmo y buen hacer  esta incontenible avalancha digital. Han desaparecido, en los últimos años, grandes nombres: El Parnasillo, Librería Gómez, Auzolan aunque afortunadamente gente joven con ilusión, como las chicas de la librería Menades,  se han atrevido a abrir hace escasas fechas en el mismo local de Auzolan un  nuevo espacio para la lectura.  Otro tipo de comercio que ha ido desapareciendo ha sido la tienda de fotografía basada única y exclusivamente en el revelado. La aparición de la tecnología digital dejó sin negocio a quien se dedicaba a hacer tan solo una labor mecánica de revelado químico. Solo las pequeñas  tiendas de fotografía profesionales especializadas en el retrato,  la fotografía artística, industrial, publicitaria, etc, o con otros de servicios de valor añadido, con estudio, medios y conocimientos han podido ir sobreviviendo hasta el momento.

Muchas imprentas tradicionales también han ido desapareciendo superadas por la impresión digital y los cambios en los hábitos y prácticas personales y empresariales. Pareciera que ya no se hicieran ni sobres, ni cartas, ni tarjetas de visita… La última crisis económica provocó una enorme criba de  las agencias inmobiliarias que, en los últimos años, parece que han empezado  nuevamente a resurgir, señal de que la actividad edificatoria e inmobiliaria comienza a moverse de nuevo. En estos mismos años de crisis proliferaron como setas las tiendas de Compro Oro que tan pronto como aparecieron desaparecieron, y es que no siempre era oro todo lo que relucía. Lo mismo puede decirse de las tiendas de cigarrillos electrónicos. Conocieron un boom hace un par de años pero hoy no pasan por su mejor momento. La irrupción de internet, la facilidad para contratar viaje y estancia han afectado a muchas agencias de viajes que se esfuerzan hoy en día por darle un valor añadido a su negocio. Han desaparecido también muchas tiendas de informática  independientes a causa de la enorme competencia de los centros comerciales e internet. Solo se mantienen las que ofrecen un adecuado servicio técnico. En tiempos, nuestras calles principales y plazas estaban sembradas de kioskos de prensa y chucherías. Hoy realmente  y repasando mentalmente los que había en la zona centro no sí si queda ya alguno, si el de la Avenida de San Ignacio.

En los años 70 comenzaron a cerrar los cines de los barrios. Hace un par de años cerraba, en un rosario de clausuras sucesivas, desde principios de siglo,  el último cine del centro de Pamplona, el Cine Carlos III. Quien quiera ver una película en pantalla grande no tiene más remedio que acudir a los Golem o a los centros comerciales. Hace años surgieron los cibercafés, cuando las conexiones de internet eran lentas y caras. En pocos años desaparecieron. De dicho rastro comercial solo queda el ciberlocutorio con un marcado carácter étnico y de comunicación allende los mares.  Quedan pocas tiendas de electrodomésticos dentro de la ciudad, ninguna de gama blanca en el Casco Antiguo, tras el cierre de Milar Estafeta y Electrodomésticos Thomas. Quien quiera comprarse un frigorífico si no lo encuentra en la tienda de su barrio tendrá que comprarlo en uno de los grandes establecimientos de las afueras. Quedan pocos talleres de reparación de televisión y sonido y es que a menudo cuestan tan baratos algunos de estos productos que no sale a cuenta su arreglo. En el baul de los recuerdos quedan las imagenes de los vendedores de enciclopedias, -hoy la mayor enciclopedia está en Internet y se llama Wikipedia (aunque no es lo mismo en ninguno de los sentidos)-, los afiladores, barberos,  limpiabotas, deshollinadores, carboneros, y otros muchos.

Tres de cada cuatro tiendas de alimentación han desaparecido en los últimos 30 años, ni que decir tiene de las que conocíamos como ultramarinos y a las que dediqué una entrada en el blog. Hoy nuestros barrios están literalmente colonizados por los supermercados  de las grandes cadenas de alimentación: Eroski, BM, Caprabo, Mercadona, etc que junto a los grandes o pequeños bazares regentados por ciudadanos chinos o paquistaníes constituyen el nuevo paisaje comercial urbano, en  aquellas calles y  locales donde antes estuviese el comercio local de barrio. Han desaparecido casi por completo los zapateros artesanales y lo que conocíamos como zapatero remendón, se impone el compre barato y cambielo pronto, nada de echarle una suelas a los zapatos como se hacía antiguamente para que fuese tirando. Desaparecieron casi por completo las sombrererías y las antiguas sastrerías. Quedan escasos talleres de relojería.  Menguan carpinterías, ferreterías y cristalerías. Se ven ya pocas academias de mecanografía y ninguna sala recreativa que yo recuerde. Se mantiene como he dicho la alimentación y la restauración, la hostelería que es el único sector en la ciudad, capaz de momento,  de hacer frente a la oferta de periferia. Al resto de actividades les cuesta salir adelante frente  a la competencia de internet,  las grandes marcas de distribución y los centros comerciales periféricos. Aunque como todo parece ser cíclico en esta vida, algunos auguran un retorno residencial a la ciudad y del comercio, de todo tipo, al centro. Veremos.  Frente a este enfebrecido cambio que tantos oficios, actividades y tipos de comercios  han dejado por el camino parece que los oficios relacionados con la salud, el cuidado de las personas y la economía digital acapararán buena parte de los empleos y las actividades los próximos años. Y permítanme que acabe la entrada  con un  pequeño detalle de humor negro. Parece que lo único que no tiene visos de sufrir una súbita crisis en nuestro tiempo  son los servicios funerarios ya que  desgraciadamente la gente sigue teniendo  la mala costumbre de morirse cada día. 100.000 millones de personas que nos antecedieron en el mundo y que hoy están «criando malvas» lo certifican.

Fotos por orden de aparición: Nº 5 y Nº 6. Adoquines y Losetas. Javier Muru.

Anuncios comerciales en el Pamplona de los años 60 (1961-1967). El valor de la marca local

En estos tiempos de la omnímoda globalización miro hacía atrás en el tiempo y descubro aquella ciudad, hoy desaparecida, en la que los pamploneses consumíamos mayoritariamente en nuestras tiendas de toda la vida y comprábamos muchos productos alimenticios que sabíamos se estaban elaborando en el obrador de al lado o, a lo sumo, en la moderna fábrica que se había construido, recientemente, en los barrios o pueblos periféricos cercanos, vamos que era, como se dice hoy en día, muy fácil fijar su trazabilidad. Hoy han desaparecido el 97% de las pequeñas tiendas de alimentación y se compra, mayoritariamente, en cuatro o cinco grandes grupos de distribución nacionales o multinacionales y las producciones no son ya no locales, ni siquiera a veces nacionales, sino internacionales. Por supuesto que seguimos teniendo productos y productores locales pero entonces el producto local era el rey y al citar aquí estos nombres, no lo hago porque fueran los únicos, -había muchísimos más-, o los mejores, solo lo hago porque la mayoría de ellos están vinculados a mis recuerdos personales y les recuerdo que este blog, en el fondo, sigue teniendo una importante faceta autobiográfica. Para empezar una jornada cualquiera desayunábamos con leche de la Copeleche-Kaiku,  -la tomábamos tanto en casa como en la escuela-, ¿quien no recuerda aquellas botellas y bolsas de leche de la Copeleche o aquellas botellitas de Kaiku que salían de la factoría del barrio de San Pedro?; almorzábamos y merendábamos pan, de Taberna, con chocolate Orbea, -estaba ahí al lado, junto a la avenida Guipúzcoa-,  o el chorizo Pamplonica, que tenía su fabrica en La Milagrosa. Había una gran variedad de chorizos, como el Argal y otros chorizos locales, pero el Pamplonica era el más extendido, el  fuagrás o foie gras más conocido era el de Mina, con fábrica en Huarte y la mejor mortadela de Larrasoaña, que había nacido en la calle Mayor; los domingos, degustábamos un chocolate a la taza Pedro Mayo o Subiza, con pan del día anterior cortado en rebanadas longitudinales, no todos los domingos se podían comer churros, ese exquisito manjar se dejaba para días señalados, o cuando a la madre en un magnánimo gesto se le ocurría. Las frutas y verduras procedían de las huertas de la Rochapea o la Magdalena y las carnes y pescados los comprábamos en la plaza, en el Mercado Viejo, el Mercado de Santo Domingo, que  bullía de actividad con la algarabía  de gentes que venía de los pueblos tanto a vender como a comprar.

En mi barrio, en el camino de los Enamorados, tenía su sede la factoría de Industrias Grasas de Navarra (Ingranasa) que producía el aceite Aitor y la margarina Natacha, y más adelante  la margarina Artua. Teníamos, además, la cerveza Cruz Azul, en la calle General Chinchilla,  y de gaseosas: Lusarreta, en la Estafeta, y sobre todo Odériz, que tras su primer local en la calle Estafeta se trasladaría al Ensanche para abrir en los años 60 la moderna planta de  la avenida de Guipuzcoa, vinos de Taberna Hermanos, o licores como el Anís Las Cadenas o el pacharán Baines, con sede en la Rochapea. Limpiábamos las manchas más rebeldes con lejía El Tigre, de la Droguería Ardanaz, sito en la calle Mayor. Nuestros electrodomésticos eran Superser, fundada por Ignacio Orbaiceta, las estufas  Agni de Estella y los frenos o servofenos de los coches, Urra, con fábrica en la Rocha, en la calle  Joaquín Beunza y luego en la avenida de Guipuzcoa, guardábamos nuestros dineros en la Caja, la Municipal, pero sobre todo en la de Navarra, y teníamos un par de bancos: el Crédito Navarro y la Vasconia, por citar algunos ejemplos de muestra, y aunque la cultura aseguradora no estaba muy extendida, si había que asegurar algo las opciones eran la Vasco Navarra o la Mutúa. En el ámbito comercial y hablaré mayormente de los desaparecidos, comprábamos la cubertería de casa en Sagarra o Bidasoa, el traje de primera comunión en el Comercio San Fermín, las zapatillas en la Mañueta o en la Zapatillera; en verano, los helados en el centro, en la Italiana o en Nalia y en el barrio, en Eliseo, los churros en la Mañueta o en la churrería de la Rocha, -la de la avenida de Guipúzcoa-, las pastas en Layana o en Marisol (en el Mercado), los libros y demás artículos de educación en la Casa del Maestro, las fotos en Ruíz y Mena, los relojes y joyas en Rubio o Alforja, los zapatos en Jauja y Gembero, los muebles en Rubio o Amat, las máquinas de escribir en Julián Echeverría, la radio en Radio Frías y la ropa en Ortega, las tres BBB, Viana, Casa Félix, El Barato, Las Madrileñas, Marpa, Unzu, Chile o Nuevas Galerías.

Al margen de esos recuerdos y reminiscencias más o menos autobiográficas, con las que he salpicado esta entrada, continuo, en este artículo, con el análisis de la publicidad local que inicié hace año y medio, allá por febrero de 2016, con los anuncios de principios del siglo. En esta entrada ofrezco nada menos que una cuarentena de anuncios, de marcas locales la mayoría, solo he metido algún anuncio de alguna marca nacional para mostrar cual era el estilo de la publicidad  que aparecía en aquellos años en la prensa y publicaciones locales. A pesar de los avances tipográficos, la calidad de las fotografías seguía siendo bastante deficiente y lo seguiría siendo hasta finales de los años 70. De ahí que aún  era mayoritaria en la prensa local  la presencia  de  anuncios basados únicamente  en ilustraciones o dibujos, otra cosa eran las revistas ilustradas nacionales, donde ahí sí, desde los años 40-50,  era mayoritaria la presencia de fotografías. La publicidad ya no se limitaba solamente a informar, como a comienzos del siglo; el eslogan se convertía en un elemento de casi obligada presencia en cualquier anuncio. He comenzado la entrada con dos anuncios, el primero de Gaseosas Odériz, con su botella inconfundible y su cierre mecánico de porcelana, cierre que, aunque se inventó a finales del XIX, se generalizó a partir de los años 50, para las botellas de gaseosa de un litro, cuando se implantó el consumo de esta bebida en el ámbito familiar. El eslogan es sencillo y, como he dicho, se pretendía que fuera una bebida de uso para toda la familia, «para el hogar gaseosas Odériz, la mejor».

Junto al anterior párrafo vemos un anuncio de Kyns, marca de refrescos de Odériz y que tendría una feroz competencia en los años 60 y 70 con la vitoriana Kas, -yo tenía el depósito de esta marca en mi calle, muy cerca de casa-. La verdad, no es que sobrase imaginación en  estos anuncios, pues el lema o eslogan se parecía mucho al anterior: «Para nosotros es lo mejor…y los mismo para ustedes». En esta ocasión, la ilustración sigue poniendo de manifiesto ese marcado carácter familiar, con la imagen de ese matrimonio y el niño, vamos que pretendían transmitir que el refresco Kyns era una bebida para todos. Lo que ya nos choca un poco más, con la perspectiva actual sobre la bebidas alcohólicas de alta graduación, es esa idílica imagen familiar, combinada con el segundo lema del anuncio que dice «Beba Kyns con ginebra». Y es que por aquella época comenzaba la moda de los combinados a gran escala que popularizarían los establecimientos de hostelería. Odériz se fusionaría en 1968 con La Casera. De esta marca acompaño un anuncio, escueto, sin ilustraciones, tan solo la marca perfectamente reconocible y el lema «Sola o con vino, es única». Por cierto, al redactar esta entrada me he acordado de otra marca de gaseosas nacional que no sé si les sonará, la gaseosa «Konga», probablemente porque era de otras latitudes. Eran estos años 60, años pródigos en coñacs, desde el famosísimo «Soberano» conocido por aquel lema un tanto machista de «…es cosa de hombres» y del que  adjunto un anuncio al comienzo de esta entrada, un verdadero prodigio de dibujo a plumilla, donde no podía faltar, junto a la copa,  el cigarro o purito, a otros como Decano, Veterano, Fundador, etc.

En los párrafos anteriores he incluido también dos anuncios, uno de Ingranasa que dice que «servía a los hogares españoles» con sus marcas de aceite, Aitor y de margarina Natacha así como de los batidos Kaiku, a los que me he referido anteriormente que, refiriéndose a sus batidos, recuerda que se vendían en toda España pero se fabricaban en Pamplona. Queda pues de manifiesto ese prurito de orgullo de estas empresas netamente locales que eran capaces de vender también sus productos fuera de nuestra tierra, por todo el país. Kaiku fue una marca, primero de Industrial Lechera Navarra S.A (INLENA) y luego de Copeleche, aunque hoy es la marca de un gran grupo alimentario multinacional. Kaiku, además, fue la marca del grupo formado por la fusión de las diferentes cooperativas del País Vasco y Navarra, Copeleche, Gurelesa y Beyena, a finales de los años 80.  Hace poco Maite Ilundáin me recordaba que otra marca de productos lácteos, Goshua, tuvo su origen en la lechería-mantequería Baserri, en el nº 21 de la calle San Antón. Junto a este párrafo adjunto sendos anuncios de cervezas, a la izquierda, un  escueto y austero anuncio de la cerveza pamplonica Cruz Azul, de Luis Ros, que tuvo su última sede en la calle General Chinchilla, donde hoy está la comisaria del Cuerpo Nacional de Policía y que cerró sus puertas en el año 1973. A la derecha, un anuncio también sencillo, sin ningún tipo de florituras,  de Cervezas El León que,  aunque era guipuzcoana, tenía un depósito en el nº 29 de la calle Estafeta, donde actualmente se encuentra el comercio Tejidos Rodrigo. En ese mismo lugar, su titular, Mariano Soto, tenía una fabrica de hielo. El lema del anuncio  se refiere a  las bondades del rubio elemento líquido: «La mejor bebida, la cerveza, la mejor cerveza, El león».

A continuación analizo una serie de anuncios de diferentes establecimientos comerciales de la ciudad. En primer lugar, a la izquierda, un anuncio de Sagarra, con unas ilustraciones y tipografía perfectamente identificables, que aparecerían en buena parte de su publicidad, a lo largo del tiempo. Se resalta la fecha de su nacimiento,  el origen de Sagarra se remonta nada menos que a 1878, destacando el valor de la experiencia. El anuncio definía muy bien el tipo de productos que ofrecía: regalos, vajilla, lamparas, antigüedades, bisutería y por último  incorpora el obligado lema o eslogan: «Vende mucho, ganando poco», un lema que resulta llamativo pues supone toda una declaración de política comercial contenida en apenas una sola frase:  el reducido margen comercial como política de la empresa que repercute en el precio y por lo tanto en el incremento de las ventas. El segundo anuncio, el de la derecha, soporta su mensaje fundamentalmente sobre la marca «cafés costa fría» y  el nombre el fundador, Carlos Moreno, probablemente como garantía de una sólida marca, un nombre que, según el propósito del anunciante, ofrecería al público garantía y credibilidad, la ilustración refleja una escena en la que una señorita degusta un exquisito café, como recuerda el lema que ocupa un espacio menor en la composición del anuncio, mientras el camarero aparece erguido con la bandeja, lo que denota la tradicional  imagen de servicio. No obstante la estética del anuncio parece un tanto anticuada incluso para la época. Entre los anuncios inferiores, el primer  anuncio se basa única y exclusivamente en los textos, con dos tipos de lemas, el que hace referencia a la marca: «El Barato, la casa de confianza» y al producto: «mantas mejores a precios mucho mejores», vamos, calidad, confianza y precio. El segundo anuncia la próxima apertura de un nuevo establecimiento de Comercial Escudero, «El palacio del niño», con ropa infantil y sección especial de señora. Los monigotes, de apariencia infantil, refuerzan el mensaje y centran el público objetivo al que va dirigido  este nuevo establecimiento comercial. El tercer anuncio, de  Caja Municipal,  utiliza una garita o cuerpo de guardia de la muralla pamplonesa como refuerzo gráfico a su lema central «El ahorro, vigila, defiende tu porvenir». El cuarto anuncio, de Bodegas Ibañez,  es estrictamente informativo, destacando algunas marcas propias que yo desconocía: sidra Mirentxu, champán Valdizarbe, Kina San Fermín y su servicio a domicilio, lo mismo que el de Hotel Maisonnave que nos informa sobre las características de las nuevas dotaciones hoteleras inauguradas, hacía poco, en el nº 20 de la calle Nueva: 164 habitaciones, todas con baño o ducha y servicios y grandes salones para banquetes.

Los siguientes anuncios se refieren tanto a establecimientos, en el caso de Radio Frias, verdadero referente comercial  en el campo de los electrodomésticos de aquellos años, como de producto, en el caso de Lejía El Tigre. En el tercer caso lo destacable es la marca Superser, con una escueta enumeración de los productos que ofrecía (estufas, lavadoras, frigoríficos, cocinas), el primer frigorífico que hubo en mi casa era Superser y duró varias décadas. Y es que todavía no había llegado la era de la obsolescencia programada. Respecto a la lejía El Tigre yo  la recuerdo haber visto en mi casa, bajo la fregadera, junto al jabón Lagarto, envasada en unas botellas de plástico duro de color rosaceo y/o amarillo, con el tigre saltando grabado en el cuerpo de la botella. El anuncio respondía al viejo estilo informativo de los anuncios, aunque también incorpora un escueto eslogan: «Lo mejor para la ropa blanca». La fabrica de lejías El Tigre creo que estuvo primero en la calle Mayor y luego se trasladó a la carretera de Esquiroz.

 

A continuación adjunto una serie de anuncios meramente informativos, aunque en algunos pocos casos   también incorporen lemas o esloganes de los siguientes establecimientos comerciales locales: Viajes Vincit, Muebles Elósegui, Restaurante Basaburua, Leder, Muebles Doel, Victor Bregaña, Casa Les, Tejidos Górriz, Teofilo Iriarte, Muebles Sagaseta, Sastrería Artazcoz y Bar Bilbao, muchos de los cuales nos recuerdan la clásica tarjeta de visita.

No eran marcas locales pero tuvieron una importante presencia en aquellos años, la Coca Cola, que basaba su mensaje en su reconocible logotipo y un lema bien claro «Refresca mejor»  o el Colchón Sema, con su inolvidable eslogan de «Dijo Sema y se durmió y como nuevo despertó» que algunos recordarán. Si no recuerdo mal,  la tienda de referencia de Colchones Sema, en aquellos años, en Pamplona, estaba en la calle Amaya. El anuncio de Almacenes Aldapa es el arquetipo de la austeridad gráfica, con un sentido estrictamente informativo, recordando la ubicación de  sus diferentes establecimientos y citando,  de un modo absolutamente detallado,  todos los productos que ofrecía.

Por último les ofrezco una última  tanda de anuncios de establecimientos locales donde se mezclan ilustraciones, -es el elemento fundamental del anuncio del Mesón del Caballo Blanco-,  que logra transmitir, con ese detallado dibujo,  el  aspecto medieval que ha  caracterizado este edificio a lo largo de su historia, aspecto medieval que ha confundido  a muchos, propios y extraños, pues la gente cree que el edificio es mucho más antiguo de lo que en realidad es (es del año 1961)-, logotipos  más o menos reconocibles, como en los casos de Thomas, Rocamador o Apesteguía  e información servicio útil: información sobre marcas, productos, servicios, si bien con escasez de recursos gráficos en algunos casos, como los de bar Montón y Agustín Beunza, que nos recuerdan, igualmente, en su economía de medios o recursos gráficos,  a la típica tarjeta de visita.