Otros proyectos de Ensanche anteriores al actual (1901-1914)

Continuo en esta segunda entrega con los proyectos de Ensanche de Pamplona anteriores al actual que conocemos. La Real Orden de Octubre de 1901 en la que se autorizaba el derribo de las murallas y la extensión de la ciudad hacia el Sur fue, pese a constituir un innegable avance teórico,  un espejismo en el largo proceso y anhelo  de la ciudad por liberarse del cinturón amurallado que le constreñía. Y es que el Ramo de Guerra impuso unas condiciones que el Ayuntamiento de Pamplona no estaba en condiciones de admitir. Fueron razones fundamentalmente económicas las que provocaron el retraso en el derribo de las murallas de Pamplona. Los militares obligaban al Ayuntamiento de Pamplona a erigir otro recinto fortificado por el sur, a entregar solares para la construcción de nuevos cuarteles militares, a correr con los gastos de explanación de los terrenos situados entre el Fuerte de San Bartolomé y la Ciudadela, además de facilitar a los militares un campo de instrucción y otro de tiro cerca de la ciudad donde pudiesen hacer maniobras los diferentes regimientos acuartelados. De esta época, 1904, es el plano del proyecto de Ensanche hacia el Sur y el Oeste  realizado por el topógrafo  Dionisio Casañal y Zapatero, con la delimitación del nuevo recinto fortificado o de seguridad,  que con algún pequeño sería reutilizado en 1909. Adjunto a la izquierda detalle del plano del mencionado Casañal donde se observan los frentes sur y oeste de la Muralla de Pamplona y a la derecha, sobre un plano del mismo autor (el original es de 1882),  dibujados los dos ensanches propuestos tanto en 1904 como 1909. En él  se perciben claramente las secciones de muralla que se verían afectadas. Adjunto, a continuación, plano de detalle de ambos ensanches. Posteriormente en 1910 el Ayuntamiento hizo una nueva propuesta con el mismo planteamiento cuyo plano también adjunto a continuación. Ambos planos, los de 1909 y 1910 son bastante parecidos. Varían tan solo el tamaño y forma de las manzanas y su orientación, especialmente en el ensanche sur.

Pero volvamos unos años atrás. En 1904 Pamplona  lograba un pequeño avance en el empeño de sacudirse su  corsé amurallado  al poder ampliar algunos de sus estrechos portales como los  de Taconera, San Nicolás y el Portal Nuevo. A partir de 1908 se volvieron a retomar las negociaciones con el Ramo de Guerra y en febrero de 1909 el Ayuntamiento planteaba al Ministerio un nuevo proyecto de Ensanche que redactó el arquitecto municipal Julián Arteaga y que adjunto más adelante. En esta ocasión y como respuesta a la propuesta ministerial de 1901 el Ayuntamiento estaba  dispuesto a pagar más dinero al Ramo de Guerra por el terreno pero a cambio de no acometer el nuevo recinto de seguridad a que le obligaba el estamento castrense. En dicho proyecto se sentarían las bases de lo que a la postre será el proyecto definitivo de Ensanche. No obstante tenía importantes diferencias con el proyecto final que se encargó a Serapio Esparza y que fue aprobado en julio de 1917. El proyecto de Esparza estaba basado claramente en el ensanche de Barcelona, con la retícula de manzanas cuadradas cortada por una diagonal como aquel. En el proyecto de Arteaga la orientación de las calles  era de norte a sur y  sus manzanas eran rectangulares para resguardar las calles del viento del norte. En el de Esparza las manzanas eran cuadradas, alineadas con el Casco Antiguo,  para lo cual se modificó  la orientación de la retícula  unos 45 grados. El proyecto de Arteaga de 1909 fracasó,  al igual que los anteriores, fundamentalmente por razones económicas ya que era mucho el dinero que seguía teniendo que pagar el consistorio a los militares.

Una parte del Ayuntamiento, sin renunciar al Ensanche,  abogaba por avanzar en la derogación del reglamento de las zonas polémicas y que se permitiese la libre edificación fuera de la murallas. En 1910 se presentaba, como ya he mencionado anteriormente,  otro nuevo proyecto hacia el sur y el oeste de la ciudad que fue rechazado por las autoridades militares. Y es que se oponían al derribo del recinto amurallado existente entre la Ciudadela y la Cuesta de la Reina. Les parecía  mucho  mejor técnicamente el proyecto de Julián Arteaga, presentado por el consistorio en 1909, que se centraba únicamente en el sudeste. Los militares insistían en pedir a la ciudad la construcción de un recinto de seguridad, condición que permanecía inalterable desde 1901. Finalmente una Real Orden de mayo de 1911 autorizaba el Ensanche por el Sudeste y desestimaba el Ensanche por el Oeste. La ley que regulaba su derribo se aprobaría por las Cortes en julio de 1912. Se permitía el derribo de las murallas desde la Ciudadela hasta la ripa de Beloso, quedando en pie el baluarte de Labrit el fortín de San Bartolomé pero aún se mantenían las diferencias entre el Ayuntamiento de Pamplona y los militares por el pago por los terrenos y el recinto de seguridad mencionado.

Sería, a la postre, la 1ª guerra mundial la que haría cambiar el criterio de las autoridades militares estatales, pues este conflicto bélico demostró la inutilidad de las murallas defensivas y que fácil estaban cayendo  las principales ciudades amuralladas europeas ante el imparable crecimiento de las nuevas maquinarias bélicas y el auge de la aviación. El 17 de diciembre de 1914 se aprobaba el proyecto de ley de derribo de las murallas de Pamplona, publicado en la Gaceta de Madrid, (lo que sería el actual BOE), el 8 de enero de 1915. El pago de la ciudad a los militares sería, finalmente,  de 1 millón de pesetas y no se exigía habilitar al Consistorio el mencionado recinto de seguridad. Finalmente el 25 de julio de 1915 tendría lugar el acto oficial de inicio del derribo de las murallas, en la zona cercana al baluarte de la Reina y el portal de Tejería. Aun pasarían tres años más hasta el derribo de esa parte del recinto fortificado y más de un lustro hasta ver erigidas las primeras nuevas construcciones del Nuevo Ensanche que abarcaría 890.000 m2 de los cuales 202.400 fueron cedidos por el Ramo de Guerra al municipio. El resto era propiedad del Ayuntamiento y de particulares. Algunas décadas después la ciudad o al menos algunos próceres  se darían cuenta de lo que se había perdido con el derribo de sus murallas. En aquellos momentos  el debate se planteaba en otros términos: de modernidad, desarrollo y progreso, poder contar viviendas más amplias frente al hacinamiento del Casco o nuevos espacios para la industria y el comercio. No se plantearon en serio ninguna alternativa como hubiera sido crecer fuera puertas manteniendo el núcleo amurallado. El mismo destino siguieron otros recintos amurallados de la península. Hoy lo que queda de nuestras murallas, que es bastante,  constituye  uno de nuestros más importantes signos identificativos como ciudad y uno de nuestros mayores atractivos en cuyo mantenimiento se han invertido  bastantes millones en los últimos años

Planos: Archivo Municipal de Pamplona (AMP). 1º plano: Plano de detalle de Dionisio Casañal y Zapatero del recinto fortificado en sus frentes Oeste y Sur (1882-1904). 2º Plano. Plano general con los ensanches Oeste y Sur. 1904 y 1909 sobre el plano de Dionisio Casañal. 3º plano: Plano de detalle de los ensanches Oeste y Sur. 4º plano. Proyecto de Ensanche hacia el sur y el oeste de 1910. 5º plano. Proyecto de Ensanche de Julián Arteaga de 1909. 6º plano: Proyecto de Ensanche de Serapio Esparza de 1917.

Proyectos de ensanches en el norte de Pamplona (1885-1901)

A finales del XIX y principios del XX, el Ayuntamiento barajó diversos proyectos que contemplaban la creación de ensanches por el norte de la ciudad en vez de por el sur. El Ayuntamiento deseaba extender la ciudad por el sur que era la prolongación más lógica pero era consciente de la dificultad que entrañaba el derribo de las murallas, con abierta oposición del estamento castrense. De ahí que retomará su lucha por acabar con la prohibición de construir en las llamadas «zonas polémicas». El Ministerio de la Guerra tras muchos tiras y aflojas accedió a estudiar el Ensanche de Pamplona  por el norte. De hecho el primer proyecto de Ensanche por el norte fue elaborado  por los propios militares. Se presentó el 15 de agosto de 1885 y fue obra del coronel de ingenieros  José Luna y  Orfila. Ocupaba los terrenos de la Rochapea más cercanos al meandro del río y que coincidía con la Rochapea Vieja así como los de la zona más cercana a la Estación del Norte, lo que hoy sería el barrio de San Jorge, tanto en el lado norte de la actual avenida de San Jorge como en la zona sur. Ambos núcleos poblaciones tenían una curiosa disposición radial, como se puede observar en el plano adjunto. Las casas no podían tener más de 2 pisos y un máximo de 10 metros de altura y debían de carecer de sótanos o cualquier otro escondrijo que sirviese para ocultar tropas o explosivos. Las calles debían tener una anchura de 12 a 16 metros. Se reservaban solares para la iglesia, mercado, escuela y «si sobraba» para jardín público. Sin embargo la propia Memoria ponía de hecho, a las claras, las deficiencias de este proyecto. Algunos estaban muy a la vista. Los núcleos poblacionales estaban demasiado cercanos al rio lo que redundaba en un alto grado de humedad de los terrenos, que hacía muy poco salubre la zona y apenas había pendiente para el saneamiento, esto es, para los desagües. Poco tiempo  después, el arquitecto municipal, Julián Arteaga y la Comisión de Fomento desaconsejaban acometer este proyecto de Ensanche. Este plan se vería paralizado, no obstante, por la Real Orden de 1896 que proponía replantear las zonas polémicas en toda España.

El segundo proyecto de Ensanche en el norte, ocupaba terrenos de Rochapea, Magdalena y el barrio de la Estación. Este proyecto a diferencia del anterior de origen militar, se presentó por iniciativa municipal que sin renunciar al Ensanche por el sur consideró que era una buena oportunidad impulsar la construcción en esta zona de la ciudad,  para «llevar las innumerables viviendas pobres, cuadras y vaquerizas situadas en el centro de la ciudad». Por Real Orden del 21 de diciembre de 1899 se concedió el Ensanche de Extramuros por el que se permitía construir en las llamadas «zonas polémicas».  El proyecto se parecía más a la típica construcción reticular  de los Ensanches y ocupaba todo el meandro del Arga, desde Cuatro Vientos hasta Capuchinos, y por arriba de Marcelo Celayeta y hasta el puente de Curtidores, con una gran plaza central, tal y como se puede observar en el plano adjunto. No obstante, los militares propusieron diferentes limitaciones,  reduciendo la zona edificada y recordando, como en el proyecto anterior, que todo el barrio debía ser fácilmente derruido en caso de conflicto bélico. Con las correcciones el  Ayuntamiento redactó un nuevo proyecto bajo la dirección de los arquitectos Angel Goicoechea y Manuel Martínez Ubago. El proyecto se presentó en 1901 y no prosperó fundamentalmente por dos motivos: el problema que plantearía a la ciudad la división  de la ciudad en dos núcleos y porque finalmente el 19 de octubre de 1901 llegó una Real Orden que autorizaba el deseado derribo de las murallas y la deseada extensión de la ciudad hacia el sur.  No obstante aun habrían de pasar 14 años hasta el inicio del derribo de las murallas en 1915 y algunos años más hasta la construcción de los primeros edificios en el Ensanche. Y es que entre otras condiciones que el Ramo de la Guerra imponía al  Ayuntamiento de Pamplona estaba el de erigir un nuevo recinto amurallado (desde la Ciudadela pasando por el Fuerte del Príncipe hasta la ripa de Beloso) como veremos en una próxima entrada en las que seguiré hablando de los sucesivos proyectos del Segundo  Ensanche anteriores al definitivo de Serapio Esparza y de la constante  pugna con las autoridades militares.

Planos: Archivo Municipal de Pamplona. (AMP). 1º plano. Proyecto del ensanche de Rochapea-Estación (1885). 2º plano. Proyecto del ensanche de Rochapea-Magdalena-Estación (1899).

Recordando la última pandemia que vivimos: la gripe de 1918

Hace mucho tiempo que no he escrito en el blog. Son días inciertos de miedo y congoja, días extraños  en los que nos vemos obligados a recluirnos en nuestras casas para evitar la propagación de una peligrosa epidemia que creíamos más propia de siglos pasados o de una terrorífica película de ciencia ficción: La «pandemia del coronavirus», la pandemia que con más rapidez se ha extendido probablemente  en la historia de la humanidad, en este mundo globalizado en el que vivimos. Caminaremos  hacia el  millón de afectados, a mediados de esta semana,   y en unos días llegaremos a los  50.000 muertos, cuando la epidemia apenas lleva un mes fuera de China.  Su rapidez en la propagación es 20 veces superior a la de la gripe común y otro tanto podría decirse de su  letalidad que  parece   muchísimo mayor de que lo que nos habían hecho creer. «Bah!, se muere mucha más gente de la gripe cada invierno» oí decir a bastantes personas apenas hace un mes.  A la hora de escribir estas líneas, una tercera parte de la humanidad, más de 2.500 millones de personas,  estamos confinados en nuestras casas, en todo el mundo,  viviendo, en nuestras propias carnes, la más aterradora de las ficciones que hubiéramos podido imaginar sobre este tipo de sucesos, con la diferencia de que esto no es ficción, es realidad. Tenemos que volver  nuestra mirada  102 años atrás para recordar una pandemia similar, que sin embargo, según los expertos,  y a pesar de su contagiosidad no se transmitía tan fácilmente como ésta, pero que afectó a muchos jóvenes de una manera rápida y brutal,  dejando millones de muertos a su paso. Además la medicina era más mucho más precaria y atrasada que en la actualidad, como veremos a lo largo de esta entrada. Recupero parte de las  notas históricas sobre la epidemia de gripe de 1918 y como se vivió en Pamplona y  que escribí en aquella entrada de hace justamente un año, ¡qué maldita casualidad! dentro de la sección «Pamplona año a año: 1918. El año de la gripe y del derribo de la muralla de Tejería», completadas con otras notas sobre aquel evento que he recogido después. Aquella fue una epidemia que asoló, como ahora el mundo, aunque entonces el número de víctimas fue infinitamente superior, al menos hasta el momento. Es considerada una de las pandemias más devastadora de la historia humana, ya que en solo un año mató entre 25 y 40 millones de personas, a lo largo de sus tres oleadas,  -la segunda fue la peor-, para una población de poco más de 1,800 millones de habitantes que había, en ese momento, en el planeta.

1918 fue el año de la llamada gripe española, que de española tuvo poco, aunque con la mala fama nos quedamos pues la gripe se originó en  los Estados Unidos. La epidemia de gripe de 1918  fue una pandemia de inusitada gravedad. A diferencia de otras epidemias de gripe que afectan básicamente a niños y ancianos, muchas de sus víctimas fueron jóvenes y adultos saludables. ​En Estados Unidos la enfermedad se observó por primera vez en Fort Riley (Kansas)  el 4 de marzo de 1918, aunque ya en el otoño de 1917 se había producido una primera oleada  en al menos catorce campamentos militares. Un investigador asegura que la enfermedad apareció en el Condado de Haskell (Kansas), en abril de 1918. En verano de 1918 este virus sufrió una mutación o grupo de mutaciones, -era un virus recombinado de origen mixto: aviar y humano-, que lo transformó en un agente infeccioso letal, con una gran contagiosidad. El virus, en esta segunda ola,  tuvo un desarrollo brutal: provocaba, en muchos casos, una hemorragia pulmonar invasiva, de forma que,  en apenas 12 o 24 horas,  uno pasaba de tener los primeros síntomas a fallecer. Se cree que llegó a infectarse el 55% de la población mundial, -un 50% en Europa-,  aunque no todos, como pasa también ahora-,  llegaron a desarrollar la enfermedad en esos términos.

El primer caso confirmado de la mutación se dio el 22 de agosto de 1918 en Brest, el puerto francés por el que entraba la mitad de las tropas estadounidenses aliadas en la Primera Guerra Mundial.​ Recibió el nombre de gripe española porque la pandemia recibió una mayor atención de la prensa en España que en el resto de Europa, ya que ese país no se involucró en la guerra y por tanto no censuró la información sobre la enfermedad. Para evitar la propagación de la epidemia en Pamplona, ya desde finales de mayo, el alcalde comunicó a todos los establecimientos públicos lo que debían hacer para prevenir la propagación, tras los primeros casos: fumigar los locales con estoraque, beuqui, fenol o tomillo espliego procurando que los locales quedasen herméticamente cerrados. A la mañana, al abrirlos debían lavarse con serrín, creolina o zotal al 7%. Además ordenó regar las calles, adelantar una hora la recogida de basura y organizar brigadas de obreros para echar lechadas de cal por los tubos de las letrinas, desde los pisos más altos. Al no haber vacuna o medio preventivo alguno cada uno debía procurar defenderse con una buena limpieza de la boca y fosas nasales, la metódica organización de las comidas, el uso prudente de las bebidas, aireación y ventilación de las habitaciones y en general las normas de higiene y profilaxis adecuadas, al menos eso era lo que recomendaban las autoridades.

El 1 de junio el Diario de Navarra daba a conocer los primeros casos de la epidemia de gripe en Pamplona. Los 15 primeros fallecimientos se produjeron entre el 10 de mayo y el 3 de julio. La ciudad tenía en torno a 32.000 habitantes. Se habían producido en  la guarnición militar y sobre todo en la Ciudadela, donde se alojaba el batallón de Artillería. Se habían efectuado desinfecciones en los cuarteles, en la cárcel correccional y en la Casa de Misericordia. En principio los casos conocidos revistieron naturaleza benigna con unos indices de mortalidad muy reducidos. El obispo, José López Mendoza,  suprimía tres  fiestas de precepto, el día de Santiago, el de San Fermín y el de San Saturnino. Esos días se podía trabajar y no era obligatorio oir misa. También se suprimió como festivo el día de San Juan. Y también antes, como ahora, las autoridades inicialmente quisieron quitarle importancia al asunto.

En la segunda mitad de septiembre se recrudecía la epidemia de gripe en Navarra, así lo reconocía el gobernador civil. Daba comienzo así la segunda oleada, la más mortífera de las tres. El inspector provincial de Sanidad recomendaba como medidas de prevención «llevar una vida ordenada sin trasnochar, al aire libre, evitar locales cerrados y frecuentados y abstenerse de vicios y abusos, en especial de alcohol y sexo, limpieza de basuras y cuadras, establos, pocilgas y letrinas y desinfección de manos y boca antes de comer. En caso de enfermar meterse en la cama y llamar al medico, desinfectar habitaciones, ropa, etc y blanquear y pintar las habitaciones si se estimaba pertinente». Sobran los  comentarios. Se achacaba la propagación de la gripe al entonces acelerado avance en los transportes. Hoy diríamos igualmente que la globalización en los transportes ha contribuido a la expansión acelerada de la pandemia. Y estaríamos en lo cierto. El ministro de la Gobernación prohibía, el 27 de septiembre,  en los pueblos contagiados toda clase de fiestas, espectáculos y reuniones así como las ferias y mercados que favoreciesen la propagación de la enfermedad. Se anunciaba un control sanitario riguroso a los forasteros. El alcalde de Pamplona suspendía el ferial y concurso de ganados y se retrasaban el comienzo del curso en  algunos colegios, así como en la Escuela Normal y en  el Instituto de Segunda Enseñanza. El día 21 de septiembre se entregaban 2.000 kilos de pan entre la gente más desfavorecida de Pamplona. Al día siguiente se inauguraba con todo el boato, comitiva oficial y masiva presencia popular incluidas, el monumento a Sarasate en la Taconera. Pocos días después se hacía lo propio con el de Navarro Villoslada. Al finalizar el mes de septiembre  la gripe se había extendido por multitud de pueblos de la geografía foral. Antes, como ahora, se limpiaron las vías públicas, desinfectaron locales,  se cerraron fronteras, se animó a la reclusión en las propias casas, se procedió a aislar a los enfermos y  también a ciertas colectividades vulnerables, se controló a colectivos sospechosos,  y a los muertos se les trasladaba, de inmediato, al cementerio.

Curiosa y contradictoria información la que daban los periódicos sobre la epidemia de gripe. El Diario decía que el numero de afectados era grande pero el de fallecidos pequeño, uno o dos por día, pero o la suerte iba por barrios o difícilmente se podía entender el hecho de que en los últimos 8 días de la primera semana de octubre cuatro miembros de  una familia afincada en la calle Mayor hubiesen fallecido, quedando tan sólo un bebe de pocos meses que también se encontraba enfermo. Unos achacaban  a los periódicos que trataban el tema muy superficialmente o bien que directamente ocultaban la realidad, los datos, los hechos y otros les tildaban de alarmistas. Algunos incluso decían que la mayoría de los casos habían llegado de San Sebastián. En fin como siempre, nunca llovía a gusto de todos pero el hecho es que había  en la ciudad, esos días, un  clima de preocupación y desconcierto. En los primeros cinco días de octubre fallecieron en la ciudad cerca de 60 personas, más de la mitad  de ellas por la gripe y hubo 8 o 9 nacimientos. La gripe se recrudeció con los fríos propios de la temporada. Se comenzaron a  hacer rogativas, por mediación de San Fermín, o en la Catedral, para el cese de la epidemia. Como consecuencia de esta crisis sanitaria se decretó la suspensión de todos los juicios por jurado de los meses de octubre y noviembre.

El pueblo más afectado por la gripe el 6 de octubre fue Los Arcos donde casi toda la población estuvo  afectada por la gripe. El obispo de Pamplona, José López Mendoza se encontraba en gravísimo estado, en Zaragoza a consecuencia de la gripe. El número de muertes en Pamplona se estabilizó en la media docena diaria. El día 7 de octubre  había 840 enfermos en Pamplona, de los que estaban graves unos 64 y habían muerto desde el día 17 de septiembre 89 personas, según la Inspección Provincial de Sanidad. En Miranda de Arga se produjo un enfrentamiento entre vecinos del pueblo  y la guardia civil con el resultado de 4 muertos y 2 heridos. Al parecer el origen fue el cierre, por razones sanitarias, de los bares. El Diario pedía el cierre temporal de las escuelas municipales ante la enfermedad de cada vez mayor número de maestros y la extensión de la epidemia. Entre los pueblos más afectados por muertes a consecuencia de la gripe, a primeros de octubre estaban, Mendigorría, con 20 muertos, Lerín, 25, donde había más de 1000 afectados, Los Arcos, 29 que luego serían 64, con 800 afectados sobre un total de 2.000 habitantes; Olazagutia,20  y más de 400 afectados, Mendavia, 50  y 700 afectados, Cascante, 31 muertos y 819 afectados, Fitero, 50 muertos. Ablitas 700 enfermos y  35 fallecidos; Cabanillas, de 500 a 600 enfermos y  12 fallecidos;  Monteagudo, 600 enfermos y  35 fallecidos; Murillo el Fruto, de 700 a 800 enfermos, 12 fallecidos; Tudela, 500 enfermos, 26 fallecidos. Otros: Cáseda 12 fallecidos; Elorz, 17 fallecidos; Sada, 400 enfermos el 60% de la población, 10 fallecidos; Villava 7 fallecidos. Artajona, con 2.541 habitantes, 52 defunciones, en Goizueta  que fue el primer pueblo afectado en la segunda oleada que entró desde Francia el 3 de septiembre  hubo 200 afectados e inicialmente media docena de muertos.

Entre el 11 y el 12 de octubre fallecieron en Pamplona por la gripe 17 personas. El Alcalde dictó un bando que disponía que los cadáveres debían ser conducidos al cementerio en el plazo de dos horas desde el fallecimiento, quedaba prohibido el acompañamiento de los cadáveres al cementerio así como entrar en él y se obligaba  a los vecinos informar directamente al Negociado de Higiene Municipal de las defunciones producidas a fin de proceder a la desinfección de los domicilios. No se podían celebrar funerales de cuerpo presente. También se ordenó desinfectar todos los portales y cajas de escalera de los edificios de la ciudad y la correspondencia que llegaba a la ciudad. Se estableció en la conserjería-carpintería de la plaza de toros un servicio fúnebre a precios económicos por parte del Ayuntamiento para los más vecinos pobres.  También se suspendieron los toques de campana por los muertos por evitar el continuo y tétrico recordatorio de cada fallecimiento.

El 16 de octubre la Comisión de Abastos había establecido entregar  a los médicos de la ciudad unos bonos canjeables por medicamentos en las farmacias para los enfermos pobres. Días después se ampliaron esos bonos a productos como la leche, huevos, pescado, carne y útiles de loza y más adelante al arroz, patatas y alubias. En los bonos aparecía el establecimiento donde debían retirar esos productos. Y es que en aquellos días de fuerte demanda de ciertos productos, como la leche, los  limones y los huevos,  asistimos a un encarecimiento especulativo de los precios obligando a las autoridades a tomar medidas  para su contención y aprovisionamiento. Posteriormente la Tesorería Municipal pagaría los productos a los comerciantes. Esos días se produjo una enorme escasez de leche fresca por incremento en el consumo. El problema se fue resolviendo gracias a la llegada de leche condensada, si bien este tipo de leche causaba recelo en su consumo por parte de las clases bajas, recelo que se fue disipando con los días. El Ayuntamiento se gastó casi 20.000 pesetas de las de entonces en gastos relacionados con la epidemia y las ayudas  impulsadas. ¿Qué medicamentos utilizaban entonces?: aspirina, quinina, antipirina, caramelos de heroína,  benzoatos, alimentos y bebidas como la leche, el te o el alcohol, sustancias como el sulfato de sosa, tintura de yodo, suero a base de formol, etc.

A finales de mes, y pese a cierta mejoría, la epidemia no se podía dar por controlada. Habían fallecido 42 personas en septiembre y 111 en octubre. En Noviembre, hasta el día 20, hubo 62 defunciones. La gripe se extendió los últimos días de mes al Manicomio, con más  de 200 afectados, sobre un total de 500 internos y cerca  de 50  muertes en tan solo 19 días. Fue el principal foco epidémico en Pamplona. Contrasta con el caso de la Casa Misericordia que tenía 300 asilados, entre ancianos, adultos y niños y en donde no se produjo ningún fallecimiento. La explicación puede estar en que la Meca no dejó entrar ni salir a nadie que pudiera contagiar o contagiarse. En total hubo en Pamplona 215 defunciones, 243 si contamos el resto de oleadas del año, aunque según otras fuentes la cifra real pudo ser mucho mayor, de cerca del doble, casi 500,  y recordemos que la ciudad tenía solo 32.000 habitantes, osea pudo fallecer algo más de 1% de la población. Murieron más hombres que mujeres, y la enfermedad se cebó en las personas de de 21-30 años esto es en los jóvenes adultos, al igual que en el resto de España. Solo el 12,5% de los fallecidos murió en los hospitales.

En Pamplona dos de los grupos más castigados por la epidemia fueron los soldados de la guarnición y lo internos del manicomio provincial. Por clases sociales afectó más a las calles del Casco donde habitaban los segmentos sociales más vulnerables como la  Jarauta o  Descalzos, etc. Si en la primavera del 1918 el ratio de fallecimientos fue de 0,45  por mil, entre septiembre y noviembre ascendió al 6,6 por mil habitantes, siendo en 1919 de 0,36. En Navarra murieron  entre enero de 1918 y  junio de 1919 a consecuencia de esta epidemia de gripe algo menos de 3.000 personas, según las estadísticas oficiales,  sin embargo el exceso de mortalidad observado nos permitiría elevar esa cifra a cerca de 4.000 personas, concretamente 3.991 muertos. En España fallecieron oficialmente  por la gripe 143.930 personas aunque igualmente el exceso de mortalidad observado nos llevaría a un número sensiblemente mayor, 260.000,  (12 muertos  por mil habitantes). España tenía entonces casi 21 millones de habitantes.  En el resto del mundo los datos fueron estos: Más de 600.000 muertos en Estados Unidos (5,3 por mil), de 750 a 950.000 muertos en América Latina (8´4 a 10´6 por mil), 2,3 millones de fallecimientos en Europa (4,8 por mil), entre 1.9 y 2,3 millones en Africa (14,2 a 17 por mil) y entre 19 y 33 millones en Asia (19,7 a 34 por mil). La media mundial quedó entre  los 13,6 y 21,7 fallecimientos por mil.

Afortunadamente ha pasado un siglo y el sistema sanitario parece  muy superior al de entonces. De eso no cabe duda. Pamplona y España  tenían entonces muy escasos recursos sanitarios. Pese a las dramáticas cifras mucho peor lo pasaron otros pueblos y ciudades del resto de Navarra  y de España. El mayor riesgo que corremos, en estos momentos de la pandemia actual,  es el riesgo de que el virus mute y se convierta en mucho más agresivo de lo que ya es o que colapse el sistema sanitario y  por lo tanto se  incremente el número de fallecimientos por falta de atención, o por una priorización médica,  como ya está  sucediendo en algunas ciudades y zonas. Al tratarse de un virus respiratorio tanto en aquel caso de 1918 como en éste el mayor riesgo médico,  la causa del fallecimiento general se produce por  la neumonía que lleva aparejada la enfermedad. A diferencia de la gripe de entonces, este virus parece afectar mucho más a personas de edad avanzada que  a jóvenes y  a personas con algún tipo de patologías que a sanas, aunque los datos no mienten: también muere gente joven y sana. ¿Puede depender, además,  de la mayor o menor carga viral que reciba el infectado?. Probablemente también. Este virus se propaga más rápidamente y aparece emboscado, oculto, sin síntomas, durante muchos días extendiendo su mortal carga viral. Para hacernos una idea de lo que supuso aquella epidemia y teniendo en cuenta que la ciudad y sus inmediaciones apenas superaban los 30.000 habitantes, ese número de fallecimientos oficiales de 1918 hubiera equivalido a unos 2.500 fallecimientos actuales (en la menor de la estimaciones)  en nuestra área metropolitana, el doble si utilizáramos las cifras más pesimistas.  Desconocemos, no obstante, verdaderamente el número de personas afectadas por la gripe en Pamplona aquel año, en todo el período.

De como pudo cambiar la apariencia de la plaza consistorial a mediados del S. XX

Es conocido que en septiembre de  1953 el Ayuntamiento de Pamplona reinauguraba, tras casi dos años de obras,  su casa consistorial. Lo que ya no es tan conocido es que antes de acometer el proyecto de reforma y ampliación que ha llegado hasta nuestros días hubo otros proyectos de reforma que no se llevaron a cabo. El primero de ellos, de Víctor Eusa, planteado en 1940,  planteaba el derribo de la manzana del Banesto, en la calle Mercaderes y contemplaba un nuevo edificio de oficinas municipales, más allá de las escaleras de San Saturnino, a partir del nº 13 de la Cuesta de Santo Domingo. En 1944 se retomó el asunto de la ampliación de la Casa y algunos concejales plantearon trasladar el Ayuntamiento a la plaza del Vínculo, ocupando la antigua Casa de Baños y parte o toda la plaza del Vínculo, si fuese necesario, pero esta idea se topó con la oposición de otra parte de concejales que preferían mantener la tradicional ubicación, en el corazón del Casco Antiguo.

En 1945,  el concejal y arquitecto Eugenio Arraiza planteó un curioso y original proyecto que convertía nuestra plaza consistorial en una plaza mayor,  al estilo de las plazas mayores de otras ciudades españolas, donde lo que más llamaba la atención era su apariencia clásica y sus grandes arcadas por encima de la calle  Santo Domingo, la Bajada de Carnicerías y la conexión de la plaza con la calle San Saturnino. Nada que ver, desde luego,  la apariencia de nuestra hasta cierto punto anodina plaza actual  con el aspecto que podría haber tenido de haberse llevado a  cabo este proyecto, más cercano al estilo de las plazas  de algunas ciudades centroeuropeas. Dichas arcadas permitían comunicar el actual edificio, que se dejaba para los usos más nobles, con las nuevas dependencias administrativas que se construían, anexas, a ambos lados del edificio, en la zona donde estaba la Casa Seminario y demás casas adyacentes  y en el edificio contiguo a los antiguos Almacenes Unzu y que hoy alberga en su bajos a locales comerciales  como los de «El Vallado» o «María Sagrario Navarro» (antigua Casa Olaso).

Sobre la arcada que comunicaba la plaza con la calle San Saturnino se erigía la llamada Torre del Reloj. El proyecto contemplaba aprovechar la belena de Pintamonas, que está junto al Café Iruña,  para prolongarla hasta la plaza consistorial, previo derribo de la guarnicionería de Nagore, convirtiéndola en un insólito pasaje comercial cubierto, también al estilo de los pasajes comerciales de algunas ciudades europeas. El proyecto fue del agrado de la corporación pero los costes de las expropiaciones se disparaban por las exigencias de los propietarios afectados por los derribos,  y por diversas circunstancias  no demasiado aclaradas,  el proyecto se quedó en nada. Posteriormente, en 1947, el arquitecto municipal Francisco Garraus presentaba un nuevo proyecto, con importantes novedades como la apertura de una calle de doce metros de anchura que comunicaba la bajada de Carnicerías y la calle Mañueta o la desaparición, nuevamente de la manzana del Banesto. Este proyecto tampoco salió adelante.

En 1948 se planteó convocar un «concurso para la reforma de la Casa Consistorial y las nuevas oficinas municipales». En  las bases se  contemplaba, además de la reforma del viejo edificio, un nuevo edificio de oficinas en terrenos de la actual plaza de los Burgos. En el concurso resultó  ganador el proyecto de los hermanos Yarnoz. Pero tampoco salió adelante porque se disparaban los costes, por lo que se volvió a recuperar  el proyecto de Arraiza, que tanto había gustado a los munícipes,  tres años antes,   combinado con algunos aspectos del proyecto de los Yarnoz, que seguía fielmente  las directrices del concurso municipal. En este año, 1948, Eugenio Arraiza volvió a presentar un nuevo proyecto, con algunos elementos del antiguo proyecto de 1945, con arcadas menos altas sobre las calles Santo Domingo y la bajada de Carnicerías y la torre del Reloj rematando, esta vez,  el nuevo edificio de oficinas, situado a la derecha de Carnicerías.

En 1949 diversos  arquitectos pamploneses proponían nuevas ubicaciones para la nueva casa consistorial, tan dispares como la calle Bosquecillo, el solar de  la antigua Estación del Irati en la avenida de Franco, el edificio de la Escuela de Artes y Oficios, Casa de Socorro y Alhóndiga Municipal, en la plaza del Vinculo. Garraus, arquitecto municipal,  planteaba en el caso de sacar el edificio municipal fuera del Casco, que estuviese en la esquina de las calles  Taconera y Navas de Tolosa. Se abría un nuevo debate sobre que era mejor, construir un nuevo edificio fuera de su emplazamiento tradicional, en el Casco,  o ampliarlo en los edificios contiguos, con las dificultades económicas que habían surgido en los diferentes proyectos arquitectónicos que se habían planteado hasta la fecha,  ganando finalmente terreno la idea de ampliar el edificio hacia la plaza de Santo Domingo, pues  parecía ser la opción más económica para un consistorio más bien escaso de recursos económicos. En marzo  de 1951 se acordaba ampliar el edificio de la Casa Consistorial ganando nueve metros a la plaza de Santo Domingo y elevando una nueva planta al edificio, sobre su altura anterior.

La reforma y ampliación del edificio se pensaba que serviría para los próximos 100 años,  o al menos eso se decía,  sin embargo no pasaron, apenas ni 25 años desde que se terminase la ampliación para que el edificio comenzase a quedarse pequeño  para las crecientes necesidades municipales. Y  los servicios del Ayuntamiento comenzaron a dispersarse, en las siguientes décadas,  por diferentes edificios del Casco y la ciudad. Y así se trasladaron,  desde finales de los 70 algunas dependencias, como por ejemplo, Sanidad Municipal,  al nuevo edificio obtenido tras el derribo de la antigua  Casa Seminario (1979),  el área de Promoción Ciudadana al viejo y «okupado» Palacio de los  Mutiloa de la calle Zapatería que sería objeto de una restauración previa (1989), la  Oficina de Rehabilitación Municipal al antiguo local de Casa Luna en la calle Eslava (1985), el área de Cultura  aparte del antiguo Convento de los Descalzos, en la calle del mismo nombre (1995), el archivo Municipal, Catastro y otras dependencias, al antiguo Seminario de San Juan, en la calle Mercado, rehabilitado a partir de  1982; dependencias de atención al Ciudadano y Depositaria Municipal a  Casa Marceliano, en la misma calle Mercado (2001), desde finales de los 90 también se trasladarían desde el edificio de la Casa Consistorial otras áreas como Urbanismo y más tarde Conservación Urbana  a varias plantas del edificio central de Caja Municipal, etc. En los albores del nuevo siglo se habló de  erigir un gran edificio de oficinas, centralizando todos los servicios dispersos,  en el solar municipal del Paseo Anelier,  en el barrio de la Rochapea, pero no llegó ni siquiera a haber un proyecto. Hoy en día no hay ningún debate abierto al respecto pero quien sabe lo que el futuro nos puede deparar. En próximas entradas hablaré de otros proyectos urbanísticos municipales o arquitectónicos que quedaron en nada.

Fotos por orden de aparición: Nº 1: Proyecto de nuevo Ayuntamiento y Plaza Consistorial para Pamplona. Eugenio Arraiza. 1945. Archivo Municipal de Pamplona. Nº 2. Antigua Casa Consistorial derribada. Sólo se mantiene en pie la fachada. Foto Julio Cía. 1952. Archivo Municipal de Pamplona

Fotógrafos del Viejo Pamplona (1860-1960)

Alternando con el repaso de los comercios por calles continuo con el trabajo de recoger también el comercio por sectores: a la hostelería, bebidas, pastelerías, librerías, vendedores ambulantes, boticarios se le suma, en esta ocasión, la del gremio de los fotógrafos. En próximas entradas seguirán apareciendo el resto de sectores comerciales de nuestra ciudad: alimentación, ropa, calzado, perfumerías, joyerías, mercerías y un largo etcétera. Era un trabajo que estaba sin hacer. Creo  que es una buena ocasión, además, para rendir un merecido homenaje a la labor de muchos  profesionales y aficionados a la fotografía, algunos de cuyos trabajos han servido para ilustrar las diferentes entradas de este blog.   El origen de la fotografía en Pamplona se remonta a mediados del siglo XIX, concretamente a partir de 1843, donde se empiezan a anunciarse en la prensa artistas ambulantes   que utilizan la técnica del daguerrotipo y que recalan en la ciudad durante varios o semanas hasta que el negocio mengua y se trasladan a otro sitio. En esta técnica del daguerrotipo la imagen se formaba sobre una superficie de plata pulida como un espejo. La imagen revelada estaba formada por partículas microscópicas de aleación de mercurio y plata  ya que el revelado con vapores de mercurio producía amalgamas en la cara plateada de la placa. Previamente la placa era expuesta a vapores de yodo para que fuese fotosensible.  El problema de este sistema eran los largos tiempos de exposición que en sus inicios, el sistema nació en 1839, podía ser de hasta 10 minutos. Después se redujeron hasta menos de un minuto. Entre aquellos primeros daguerrotipistas estaban personas francesas o de ascendencia francesa como Pedro Alliet que alternó el daguerrotipo con la construcción de zapatos con suela de madera en los años 40 del XIX, en el nº 25 de la calle Comedias, o Monsieur Constant, en 1843,   en el nº 4 de la calle Pozoblanco o el suizo  Schmidt, en 1847,  en el nº 22 de la plaza del Castillo.

El primer fotógrafo o retratista que conocemos en Pamplona es el fotógrafo de origen francés  Leandro Desages que debió estar en nuestra ciudad al menos desde los primeros años 60 del siglo XIX, -en 1864 se traslada a Santander-, aunque después volvió, -en 1876 le vemos asociado con Domingo Dublán Elicechi-,  y que tenía su estudio cerca del palacio de Capitanía, bajo el nombre de Leandro Desages y Compañía. Con Dublán  tuvo el estudio en la Cuesta de Santo Domingo. A Dublán, tras su separación de Desages, le vemos en 1879, en el nº 5 de la plaza del Castillo asociado con Valentín Mª Aizpurbe. Parece ser que en 1865 Desages hizo diversas fotos del salón del Trono del Palacio de Navarra todavía en construcción. En los primeros años de los estudios fotográficos era muy habitual que estos se encontrasen en las plazas más céntricas de las ciudades, en  los últimos pisos, en espacios con lucernarios o claraboyas bien iluminadas para la adecuada realización de las fotografías. No es casualidad, pues, que en los orígenes del sector en nuestra ciudad, la mayor parte de los principales estudios se ubicasen precisamente en la plaza del Castillo, tanto por su centralidad como por las especiales condiciones de iluminación que eran necesarias.  El trabajo que realizaban estos primeros fotógrafos era el retrato de estudio. Se trabajaba con cámaras de objetivos múltiples y luego se revelaba sobre placas negativas al colodión que luego se positivaban en papel a la albumina, montada sobre un cartón más o menos decorado con el nombre del estudio. Posteriormente en los años 80 se utilizarán placas de gelatina de revelado químico que acortaron la duración de las tomas.

El segundo estudio profesional, después del Desages y Compañía fue el de Fotografía Pamplonesa situado en 1867 en el último piso del nº 39 de la plaza del Castillo. Tras ese nombre estaba  el fotógrafo también  de origen francés Anselmo María  Coyne y Barreras, que a mediados de los años 70, se había asociado con un tal Marín del que no se sabe demasiado. La sociedad pervivió hasta finales de los 70. En 1878 Coyne se marchó a Zaragoza mientras en Pamplona se quedaba durante algún tiempo Marín (las fotos aparecen bajo la denominación de Marín y Coyne) que más tarde abrió una sucursal en San Sebastián. Podemos ver en las fotografías adjuntas de estos primeros profesionales la técnica, el modo de posar, los fondos, telones y escenografía que se utilizaban.

En 1872  se había instalado en el nº 31 de la plaza del Castillo el estudio  del fotógrafo de origen francés  Leopold Ducloux que se asocia con el madrileño Emilio Pliego en 1876, si bien la sociedad de estos dos fotógrafos duró poco tiempo ya que tres años después, en 1879, aparece en el nº 35 de la plaza (donde el estanco de las Viñes) y con entrada por el nº 2 de San Nicolás el estudio de Emilio Pliego. En 1887 Pliego  se traslada a un local en planta baja, es el primero en hacerlo, al nº 22 de la plaza, en la casa del Crédito Navarro, de la cual creo recordar que hay alguna fotografía, siendo durante muchos años uno de los estudios de referencia de la ciudad donde aprendieron el oficio otros insignes fotógrafos. La actividad fotográfica del estudio de  Pliego duró hasta 1934 en que se cerró el local, aunque ya en 1922 había dejado de estar al frente del negocio Emilio continuando sus hijas. Con el avance de las técnicas fotográficas ya no se hacía tan necesario ubicar los estudios en las azoteas de los edificios. Los fondos se simplifican y los que posan ya no parecen tan envarados.

 

 

 

 

 

 

En 1879, Agustín Zaragüeta Colmenares se instalaba en el nº 35 de la plaza del Castillo, justo cuando Pliego la abandona, luego aparece en el nº 13 o 14 de la plaza aunque hasta 1886  parece que trabajó junto a Ducloux en el estudio del nº 31.  Fue un fotógrafo muy popular al que se deben muchos retratos de gente de  la época y que hemos visto en la serie de «Imagenes del siglo XX» hace unas pocas entradas. Con Pliego y Zaragüeta se utilizan fondos en las fotos mucho más  elaborados, verdaderos telones escenográficos, como el del ciclista que vemos en la fotografía. A Agustín Zaragüeta, que se retira en 1920 y fallece en 1929  le siguió en el oficio, a lo largo del siglo XX,  su hijo, Gerardo Zaragüeta Zabalo, que empezó muy joven, con 13 años, en 1908 a trabajar con su padre  y fue además uno de los primeros fotógrafos de prensa en La Voz de Navarra, la Gaceta Sportiva de Barcelona y reportero gráfico de Osasuna. Continuó en el nº 31 de la plaza del Castillo hasta los años 50 en que traslada el estudio al nº 6 de la calle Amaya, jubilándose a comienzo de  los años 60. junto  a este párrafo tenemos imagenes de ambos, de Agustín, a la izquierda y de Gerardo, a la derecha.

En 1882  José Roldán Bidaburu se instalaba en el último piso del nº 48 de la plaza del castillo, donde permanecerá hasta el derribo del edificio en 1887, para pasar, en el nuevo, al último piso del nº 44. Poco tiempo después, en 1888,  se asoció con Félix Mena Martín creando la sociedad Foto Roldán y Mena, rompiéndose dicha  sociedad en en 1899, quedándose con el estudio Roldan formando sociedad con su hijo José Roldan Zalba bajo la razón social de Fotografía Roldán e Hijo en 1900. Al poco tiempo montaron un escaparate y luego, en 1904,  una librería en el nº 17 de la plaza, (que veremos más tarde  a nombre de su viuda) donde expusieron sus trabajos, -los fondos de los retratos se simplifican-,  y vendían sus postales, novedad que se extendió con fuerza a primeros de siglo. Como Pliego también vendía en su establecimiento productos y equipamientos fotográficos, incluso en 1909 abre una tienda de enmarcación de cuadros en la misma plaza. En 1910 se trasladaban del edificio del Iruña al nº 40 de la plaza con el nombre de Fotografía Roldán. Roldán Zalba fue colaborador habitual del Diario de Navarra, especializándose en reporterismo gráfico y fotografía taurina, llegando a ser fundador y presidente del Club Taurino de Pamplona.  En los años 50 aparecía  su hermano  Nicanor Roldán Zalba y en los 60  Ana María Roldán, como titulares del estudio. El estudio perduró hasta 1950.

Felix Mena, tras separarse de Roldan,  se instaló, según Arazuri en el nº 44 de la calle Mayor aunque según su bisnieto, Pablo, me dice que el estudio estaba a pie de calle en el último tramo de la calle Mayor, el más cercano a San Lorenzo. Investigando he descubierto que tras su separación de Roldán se trasladó en 1903 al nº 86 de la calle Mayor. En defensa del dato de Arazuri podría tratarse  más que de una confusión de una traslación de la actual numeración con la antigua.  En la publicidad del negocio en prensa destacaban entonces «que ya no hacía falta subir escaleras. Venga a hacerse fotografías que en planta baja le atenderemos». Mena, natural de Burgos había llegado a Pamplona procedente de Burgos en 1882 y había completado sus conocimientos de retoque fotográfico con Emilio Pliego, ejerciendo de ayudante de éste. Tras quedar viudo, Félix dejó Pamplona y se asentó en Elizondo con su segunda mujer. De ahí que haya dos ramas de la familia, la de Elizondo y la de Pamplona. Su hijo Javier Mena Zuasti  volvió a Pamplona en los años 20 mientras su hermanastro Victorio se quedaba en Elizondo. Javier ubicó su estudio en el nº 12 de la avenida de San Ignacio (hoy 14 de García Castañón)  pero, al acabar la guerra civil, en 1939, cogió en alquiler el local del nº 32 del Paseo de Sarasate que al final acabó comprando.  Allí estuvo el negocio familiar durante 75 años, primero con el abuelo Javier, luego con su hijo Victorio, y sus hermanos  José María y Santos y, desde 1988, el nieto Pablo hasta que el 26 de diciembre de 2013 Pablo se trasladó a  su actual ubicación en la calle Mayor, toda  una vuelta a los orígenes.

En el nº 16 de la calle Tecenderías (actual Ansoleaga) encontramos en 1899  el estudio de Fermín Aduain, que, por lo que sabemos,  había estado asociado con Eugenio Segura en la calle Eslava unos años antes. El estudio de Aduain en Ansoleaga es sustituido poco tiempo después, en 1902,  por Muñoz, Buitrago e Irigoyen.   En el nº 18 estaba el estudio de Basilio Montes. A la vuelta, en el nº 1 de  la calle Eslava había estado, desde mediados de los años 90  Eugenio Segura, asociado como he dicho algún tiempo con Aduain,  a quien le siguió en 1907 Tomás Segura (¿tal vez su hijo?) que continuó hasta 1913 pero ya en el nº 31 de la calle Mayor. Benito Rupérez Herrero  abrió estudio en Pamplona, en 1905. También, al igual que Mena,  aprendió con Pliego. En los años 20 se  abría su conocido estudio en el nº 12 de la calle Calceteros donde empezó a trabajar también su hijo Luis Rupérez Pérez y que continuaron sus herederos  durante muchos años, hasta los añso 80, al menos. Un bisnieto de Benito Rupérez, abrió Foto Koldo en el nº 30 de la avenida de Bayona.

Francisco Zubieta Vidaurre aprendió el oficio en el estudio de Rupérez donde trabajó desde 1922 hasta 1940 que se estableció con Javier Retegui Gastearena creando la sociedad Zubieta y Retegui en el nº 17 la calle de Espoz y Mina.  Zubieta también ejerció de fotógrafo de prensa en «El Pensamiento Navarro», durante 26 años  y en el «Diario de Navarra», durante 15. En los años 20 descubrimos a Valentín Ruiz en el nº 25 de la plaza de la Constitución  y que será sustituido en los años 30 por  Iglesias y Compañía, no se si tuvo alguna relación con el Ruiz de Sarasate.  También en los años 20  estaba  la Fotorrápida en el nº 18 de Mañueta y  Alejandro Tapia en el nº 32 de la calle Mayor que luego, en los años 30,  se traslada al nº 16 de Carlos III. En los años de la 2ª República se instaló en el nº 16 de San Ignacio un fotógrafo de origen alemán llamado Carlos Skogler. Luego se trasladaría al número 4 de la misma avenida, donde luego se ubicaría Foto Esteban, regentada por Jesús Esteban Blasco. En el nº 33 de la calle Jarauta había un fotografo de apellido Manrique.

  

José Galle Gallego había nacido en Valladolid en 1898  y tras ejercer como fotógrafo en Madrid y San Sebastián, llegó a Pamplona en 1919. Inicialmente Galle entró a colaborar con Benito Rupérez. Poco después se estableció en la entreplanta del nº 38 de la calle Zapatería asociándose con su hermanastro Rafael Bozano, de quien se separaría en 1949. Según fuentes familiares sus actividades económicas se iniciaron en 1922, aunque la primera referencia en los registros municipales son de 1926 en que aparece Galle  bajo el epígrafe de  “industria de la fotografía”. En 1934 ya aparece su tienda de fotografía y droguería-perfumería del nº 7 de Mercaderes, entonces Blanca de Navarra. Galle fue corresponsal gráfico en Navarra para la prensa nacional durante el primer tercio del siglo. En Navarra se convirtió en un reportero especializado en deporte y actualidad local, de lo que da buena muestra el amplísimo fondo de fotografías donado por la familia Galle al Archivo General de Navarra. A partir de 1949 la segunda generación, Fernando Galle Zumealde  siguiendo los pasos de su padre, continuó con la tradición familiar, en su doble faceta: fotográfica y comercial.  Con su padre  compartió  estudio durante algún tiempo,  hasta el punto de que a veces es difícil atribuir muchas fotografías a uno u otro ya que todas llevaban la firma  de Foto Galle. Fue uno de los pocos fotógrafos profesionales que impulsó la Agrupación fotográfica y Cinematográfica de Navarra. Trabajó a para varios medios entre ellos el Diario de Navarra y el NODO. Posteriormente abrió su propia tienda  y estudio de fotos en el nº 2 de Joaquín Larregla  así como perfumerías en el nº 5 de Bergamín y  en el 45 de  Carlos III. Hasta los años 80 se mantuvo abierta  la tienda de la calle Mercaderes, como tienda de fotografía y perfumería, bajo la figura de una sociedad limitada. En 1983 fallecía José Galle mientras su hijo Fernando, lo había hecho   prematuramente un año antes, en 1982. Regenta la perfumería Galle de Carlos III la tercera generación de la familia en la persona de Pachi Galle. Galle no es el único fotógrafo vinculado al negocio de la droguería: tenemos también el ejemplo de Ardanaz. También hay droguerías que vendían aparatos y material fotográfico como fueron López y Negrillos, que yo recuerde. El origen químico de algunos de sus materiales para revelado lo justifica.

Rafael Bozano Gallego que también trabajó en galería y como fotógrafo de prensa, fue corresponsal de la agencia Efe,  se estableció en 1970 en la calle Estella, abriendo posteriormente  otras sucursales en la calle San Antón, que cerró hace algunos años, -cerca de ahí estaba en San Miguel Foto Ama-, Serafín Olave, Tudela y Estella. Con Bozano se formaron algunos profesionales entre los que destaca José Luis Zuñiga que murió prematuramente a los 59 años de edad. En 1949 se fundaba Foto Gómez, fundada por Juan Gómez Quintana, hijo a su vez de un reputado fotógrafo de la primera mitad del siglo, Javier Gómez Cerdán. Pasó por el nº 34 de la calle Mayor, luego el 25 de la misma calle, San Nicolás, 39, San Miguel 8, travesía Espoz y Mina, 6 y plaza Príncipe de Viana.

Gómez fue, además, fotógrafo de prensa y  corresponsal de la agencia Cifra. En 1950 se instaló en Pamplona Julio Ruíz Sánchez, que había aprendido el oficio en Zaragoza y que se dedicó, casi exclusivamente, al retrato de estudio. Imagino que fue el de foto Ruiz del Paseo de Sarasate que muchos conocimos durante varias décadas.  En 1962 se instaló en el nº 34 de la avenida Carlos III Fotografía Turgel, fundada por Ángel Turrillas. En 1963 se instalaron en el nº 13 de la calle Sancho El Mayor, los fotógrafos Carlos Calleja y José Luis Lafuente, que habían aprendido el oficio con Rupérez, y que firmaban con la denominación de Foto Prince. También trabajaron como fotógrafos de prensa. En el nº 22 de Sarasate estaba  en los años 50 José María Usillos Avendaño y en los años 60 a los citados debemos añadir Santiago Jordán en el 21 de Padre Calatayud, Arturo Mene en el 6 de la plaza del Castillo, Florentino Suescun y Herce en la Chantrea y Félix Ventura en el nº 16 de Sarasate.

Fotógrafos aficionados  del período que estoy analizando  fueron Mauro Ibañez que nos legó algunas de las fotografías más antiguas que podemos encontrar en los archivos, sobre todo las del bloqueo carlista  a la ciudad y otras de la plaza del Castillo; Aquilino García Deán, fotógrafo de la revista «La Avalancha» y que fue  empleado municipal y concejal en 1898 y que legó toda su obra al Archivo Municipal, su producción resulta indispensable para conocer la Pamplona a caballo entre los dos siglos. Fue un verdadero documentalista: José Ayala, también era funcionario del Ayuntamiento de Pamplona  y como Aquilino fue otro destacable documentalista urbano; Luis Rouzaut, el óptico, al que le debemos una valiosa colección de hermosas fotografías de la Pamplona de primeros de siglo;   Miguel Goicoechea de Jorge vinculado al pictorialismo;  el médico y jefe de la Beneficiencia Municipal Anselmo Goñi Nagore;   el comerciante de Chapitela, Miguel Azpiroz;  el industrial Fidel Veramendi, etc

También, en este listado debemos incluir  al director del Banco de España, Vicente Istúriz;  al militar, geógrafo e historiador Julio Altadill, -muchas de cuyas fotografías aparecen en los libros de Arazuri-; a Roberto Greuling, de origen alemán, con alguna famosa instantánea aislada de la plaza del Castillo nevada: a Julio Cia Uriz que ayudo a documentar muchos de los cambios de la vieja Pamplona a mediados de siglo y que acabaría profesionalizándose;  a José Martínez Berasain que colaboró con la revista «La Avalancha» y «El Pensamiento Navarro»; a Pedro María Irurzun y su esposa Lydia Anoz; a Nicolás Ardanaz Piqué, droguero de profesión;  a Félix Aliaga, farmacéutico, a Jesús Martínez Gorraiz, uno de los primeros taxistas, desde 1923 y que tuviera  una flota importante de vehiculos, automoviles de punto y alquiler que se llamaban en aquellos años;  al archivero municipal durante muchos años Vicente Galbete, el farmacéutico Antonio Yarnoz y a otros muchos, aunque quizás sean estos algunos de los más importantes en nuestro ámbito local. Con el paso del tiempo la fotografía se fue popularizando  y dejará de ser feudo de unos pocos. En agosto de 1955, un grupo de aficionados a la fotografía  fundaba la Agrupación Fotográfica y Cinematográfica de Navarra. De los fotógrafos que han sobresalido en los últimos 60 años (1960-2020) me permitirán que hable en otra ocasión.

Fotos, por orden de aparición: Nº 1: foto de estudio de Leopold Ducloux. San Sebastián. S.XIX, Nº 2: Reverso fotográfico del estudio de Ducloux y Zaragüeta. Siglo XIX, Nº3: foto sin filiar. Fotógrafos trabajando. Principios del siglo XX, Nº4, Nº5 y Nº6: Fotos, -anversos y reverso-,  de Leandro Desages y Domingo Dublán. S.XIX, Nº7, Nº8, Nº9 y Nº 10: fotos de Marin y Coyne. S.XIX Nº 11, Nº 12 y  Nº 13: fotos de  Emilio Pliego. 1887-1900 , Nº 14, Nº 15 y  Nº 16: fotos de Gerardo Zaragüeta de los años 30, 1900 y 1920, Nº 17: Agustín Zaragüeta Colmenares, Nº 18: Foto de Zaragüeta Fotógrafos (1920-30). Nº 19: Gerardo Zaragüeta Zabalo (1925), Nº 20, Nº 21 y  Nº 22: fotos de José Roldán Bidaburu y José Roldán Zalba, Nº 23 y  Nº 24: Fotos de Javier Mena. Archivo familiar de Santi Urra, Nº 25, Nº 26, Nº 27 y  Nº 28: Fotos de Benito y Luis Rupérez Nº 29: reverso fotográfico de Segura y Aduain Nº 30: Foto Rupérez, Nº 31: foto del establecimiento Zubieta y Retegui en la calle Espoz y Mina, Nº 32: Foto Skogler. Archivo familiar de Santi Urra, Nº 33, Nº 34, Nº 35, Nº 36 y  Nº 37: Fotos de Galle, Nº 38: Foto Bozano, Nº 39: Foto del establecimiento de Foto Gómez en la  Travesía Espoz y Mina , Nº 40. felicitación de Foto Gómez cuando estaba en San Miguel 8, imagino que donde después estuvo Foto Ama, Nº 41: foto de Vicente Istúriz, Nº 42: foto de Julio Altadill, Nº 43: Foto de Roberto Greuling, Nº 44 y Nº 45: Fotos de Julio Cía, Nº 46: Foto de Nicolás Ardanaz

Rincones desaparecidos del Viejo Pamplona (1850-2000). 1ª parte.

La ciudad histórica, el Casco Antiguo que hasta finales del siglo XIX, con la construcción del primer ensanche, fue toda la ciudad ha sufrido, como es lógico, bastantes cambios a lo largo de su reciente historia, si bien buena parte de sus calles, belenas y callejuelas conserva, no obstante, su trama y estructura de origen medieval. Sin embargo, las reformas o renovación del parcelario, -excepto algunos palacios y edificios aislados-, data del siglo XIX, de mediados y sobre todo de finales del siglo XIX.

En esta entrada repasaré algunos de esos rincones que hemos visto cambiar en el Viejo Pamplona a lo largo de los últimos 150 o 170 años. Como siempre, esta entrada no tiene carácter exhaustivo, apenas repaso en esta entrada una docena de sitios, y por supuesto habrá  una segunda y tal vez una tercera entrega sobre este mismo asunto, pues los rincones desaparecidos en esos 150 años son  muchísimos  más de los que aquí se citan, en otras plazas y calles como Compañía,  Calderería, Dormitalería, Merced, Tejería, etc, incluso en la propia plaza del Castillo.

Partiré, para hacer este primer  itinerario, de la plaza Consistorial. Si nos situamos frente al Ayuntamiento, algunos de los más viejos de la ciudad recordarán que hubo, a la derecha del Consistorio, una calle que era la Bajada de Carnicerías, cuyo origen se remonta al siglo XVI. No he logrado encontrar ninguna fotografía tomada desde el interior de esta estrecha callejuela que hoy es la Bajada al Mercado junto a la actual plaza de los Burgos. Y no será por la insistencia en que siga buscando  de mi buena amiga Marcela Abarzuza,  que me recuerda que el origen de la popular saga de libreros pamploneses tuvo su origen en esta calle. Allí tuvieron su sede otros célebres negocios como el de Felipe Layana,  varias alpargaterías y otros comercios un tanto variopintos.

De momento les dejo con una instantánea de un fotógrafo alemán que data probablemente de los años 20 del pasado siglo y en el que aparecen, todavía en pie, los dos edificios del lado derecho de la calle. Para la década siguiente, entre 1934 y 1936 se había derribado el primer bloque, el más cercano al Mercado. Como ya he señalado en otras entradas, en 1954 se derribaba el segundo edificio, el que quedaba y en cuyo espacio se ubicaría luego la plaza de los Burgos. Durante la primera mitad del pasado siglo esta calle sin circulación ofrecía dos imagenes muy diferentes según fuese la hora del día, la mañana o la tarde, pues estaba  totalmente condicionada a la actividad del Mercado, de forma que las mañanas era un trasiego continuo y bullanguero de vendedor@s y clientas, mientras que las tardes eran, por lo general,  solitarias y tranquilas.

Muy cerca hemos conocido como los dos edificios que hacía más estrecha la salida de la plaza consistorial hacia la calle Nueva, los números 2 y 4 de San Saturnino  fueron derribados en 1941 y 1946 o como la vieja Casa Seminario que estrechaba la calle Santo Domingo se derribó en 1976, siendo sustituidos por un moderno edificio de oficinas municipales en el año 1979. Anteriormente y muy cerca de ahí,  21 de agosto de  1890 el Ayuntamiento había concedido permiso para derribar las casas números 1, 3, 5 y 7 de la calle Tecenderías y 1, 3, y 5 de la calle Bolserías. Sobre el solar resultante, propiedad de D. Francisco Seminario,  se erigieron dos elegantes edificios, obra de Julián Arteaga, que son los actuales números 2 de la calle Nueva y 1 de san Saturnino. Bajo la casa nº 2 se abrió el pasaje que lleva, en su honor,  el nombre del promotor de este profundo cambio urbanístico.

Las escalerillas de San Saturnino no han tenido siempre su configuración actual Hasta los años 40 las escaleras eran mucho más angostas, como se puede comprobar en la fotografía, tenían dos tramos separados por una barandilla. El Ayuntamiento adquirió los viejos inmuebles de la izquierda para derribarlos y al poco tiempo construyó unos baños públicos con una pequeña terraza en la cubierta. El tramo de las escalerillas se estrechó aun más. Estos baños se clausuraron a mediados de los 80 utilizando sus instalaciones a partir de entonces como almacén municipal. En el año 1999, el Ayuntamiento derribó los baños y triplicó la anchura de la escaleras. Hoy existe una entrada para el mantenimiento de los servicios de la galería subterránea en el extremo izquierdo de la escalinata.

También hemos visto en la entrada correspondiente como hasta 1914, la calle Mercaderes tenía otra apariencia,  con una manzana más en el tramo ancho hasta el cruce con Estafeta, de forma que tanto las calles Calceteros como Mercaderes tenía otra numeración. Y es que en 1913 el Ayuntamiento compró los números 12 y 14 de Mercaderes para derribarlas en los primeros meses de 1914. Se estuvo a punto de llamar al espacio liberado Plaza del Comercio pero dicha iniciativa no prosperó. También he señalado en una entrada del blog como en 1966 se colocó una isleta en la calle Mercaderes para dividir las vías de circulación, de cuyo  hecho se hicieron eco, ese año, alguna pancarta de las peñas.

Al construirse en el siglo XIX la casa del Hotel La Perla, desaparecía el llamado Callejón de la Sal que hoy se conserva parcialmente en forma de patio, en la parte alta de la calle Chapitela, correspondiendo  al patio del edificio del nº 21 de la calle Chapitela y de los números 16, 18, 20 y 22 de  la calle Estafeta. Yo estuve trabajando en una oficina, junto a ella, entre junio de 1999 y enero de 2001, hasta mi traslado a la calle Mayor y hasta mi ventana, llegaban los aromas del obrador de Pastas Beatriz, situado en el nº 22 de Estafeta, haciendo sus célebres garroticos.

Al hablar de la Pamplona de la segunda mitad del Siglo XIX mostré una foto muy poco conocida de como era entonces lo que hoy conocemos como plaza de San Francisco, con la antigua cárcel y Audiencia, anteriormente Consejo Real ocupando buena parte de lo hoy es este espacio público y al otro lado, donde desde 1905 están las Escuelas de san Francisco,  el antiguo Convento de San Francisco. Aquí hubo una belena o calleja que enlazaba con la de San Miguel, que aun se conserva y con las que pasaban por la actual calle Eslava. En 1849 se derribó la iglesia del convento y se ensanchó la belena hasta los muros del recinto conventual que coincidirían con los de la fachada de las actuales escuelas.

Y ya que las he citado,  hablemos de las  belenas precedentes de la actual calle de D. Hilarión Eslava. En 1877 se trasladaba a Descalzos la fuente que había en la plaza de Santo Domingo, hoy de Santiago. En 1879 se procedía a ensanchar las  belenas de la calle Carnicerías (desde el siglo XVIII calle de Descalzos), la de Pellejerías (hoy Jarauta), calle Mayor y San Francisco, derribando las casas del lado izquierdo según vamos a la calle Descalzos. De ahí que la fuente de Descalzos se halle descentrada respecto al eje de Eslava. La única belena de la zona que se conserva como entonces es la Belena de San Miguel, entre Nueva y San Antón, la propia calle San Miguel en toda su extensión tiene todas las características de una belena (era la Belena de la Población). Y del resto del Casco, que yo recuerde, siguen estando actualmente las de Pintamonas (Plaza del Castillo) y Santo Domingo (Portalapea). Quisieron los vecinos de la calle Eslava darle el nombre de la calle al año del ensanchamiento (1879), pero finalmente el consistorio le dió en 1883 el nombre del músico Hilarión Eslava, quitando los nombres de las antiguas belenas.

A finales de 1909 se comenzaron a derribar los edificios de la antigua cárcel y de la Audiencia Territorial. Pero antes de su derribo, de lo que da testimonio la fotografía adjunta, bajo la Audiencia había un largo pasadizo que llegaba hasta la calle  Tecenderías (actual Ansoleaga), de ahí que el nombre se conociese como Pasadizo del Consejo o de la Audiencia o Pasaje de Tecenderías. En su interior había algún comercio como la platería de Juan Florenzano o algún zapatero remendón y, en el otro extremo, en la calle Tecenderías el cuerpo de guardia de la prisión. Otro pasadizo famoso fue el Pasadizo del Hospital entre las calles Descalzos y Santo Domingo y que más concretamente conectaba con el Hospital Provincial. Este pasadizo se derribó en 1928. Era un largo túnel sucio y maloliente, dicen,  que se cerraba por la noche.

En otro punto del Casco, en la calle del Carmen, fueron dos los espacios en este período  desaparecidos, el Convento de Carmen Calzado que ocupaba un enorme espacio entre las calles del Carmen y Redín y la antigua Maternidad en donde hoy se abre la calle Aldapa. El primero de ellos fue objeto de la desamortización eclesiástica en 1837 y destinado a cuartel y hospital hasta su abandono y posterior ruina. En 1898 pasó a ser propiedad municipal instalándose, durante un breve período,  la perrera municipal. Posteriormente el Ayuntamiento vendió el solar por lotes a diferentes empresarios, una parte a Lorenzo Martinicorena que construyó unas naves para almacén de madera, otra a Andrés Miqueleiz para fábrica de alpargatas que luego sería garage y en los 70 se construyó un edificio en cuyos bajos estaba la discoteca Xuberoa y por último en la parte más cercana al Laboratorio Agrícola se instaló la fabrica de Tejidos Goñi hasta su traslado a San Juan, dejando su espacio industrial a la fábrica de chocolates de Pedro Mayo. La calle Aldapa nació en 1944 tras el derribo del caserón de la antigua maternidad, tras casi un siglo de servicio a la ciudad. El edificio que tenía su entrada principal por la Cuesta del Palacio había entrado en funcionamiento en 1846  y estuvo en funcionamiento hasta 1934 en que se trasladó a las instalaciones hospitalarias de Barañain.

Fotos por orden de aparición: Nº 1, Bajada de Carnicerías, vista desde la zona del Mercado. J. Cía. 1933. Nº 2: Bajada de Carnicerías vista desde la plaza consistorial. 1920-25. Sin Filiar, Nº 3: calle de las Bolserías. 1892. Antes del derribo de las casas de D. Francisco Seminario. Al fondo el inicio de la calle Nueva.  Nº 4: Número 2 y 4 de la calle San Saturnino antes de su derribo. J. Cía. 1933, Nº 5: Las mismas casas de antes pero vistas desde la plaza consistorial, Colección Arazuri. Nº 6: Escalerillas de San Saturnino. 1940. Zubieta y Retegui, Nº 7: manzana desaparecida de las calles Calceteros y Mercaderes. 1912. Aquilino García Dean, Nº 8. Belena o calleja de la plaza de San Francisco antes del derribo de la cárcel y Audiencia Provincial. Colección Arazuri. Finales del siglo XIX o principios del XX. Pamplona Belle epoque , Nº 9: Plaza del Consejo y pasaje del Consejo, la Audiencia o Tecenderías. 1890-1895. AMP, Nº 10: Pasadizo del Hospital, Primeros de siglo XX. Miguel Goicoechea, Nº 11: Pasadizo del Hospital. Rafael Bozano. 1925, Nº12: Convento de Carmen Calzado. Roldán y Mena. 1880, Nº 13: calle del Carmen, tras el derribo del convento de Carmen Calzado, Almacenes de Lorenzo  Mariezcurrena, 1933. Julio Cía. Nº 14: Antigua Maternidad en la calle del Carmen. 1936, Julio Cía. Las fotos 1, 3, 4, 5, 6, 7, 10, 11, 12, 13 y 14 pertenecen a la Colección Arazuri, publicadas en los libros de Pamplona, calles y barrios, Archivo Municipal de Pamplona. Las fotos 2, 8 y 9 pertenecen al Archivo Municipal.

Indice de Entradas del blog «Memorias del Viejo Pamplona»

Con el fin de facilitar la lectura de las  entradas del blog y de conocer y acceder a todo su contenido, actualizo esta entrada-resumen de todas las entradas publicadas desde diciembre de 2012 hasta la fecha, nada menos que casi 300 hasta el momento, ordenadas por años. Puedes acceder a cualquier entrada del blog desde los dispositivos móviles (teléfonos o tablets) pulsando sobre el título de cada entrada. En la versión web puedes encontrar también esta sección, en la columna de la izquierda, junto a las otras secciones del blog.

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Comercios del Viejo: Pamplona: Plaza del Castillo (1908-1963)

Termino la serie, dividida en tres entregas,  que nos ha permitido recorrer el itinerario comercial de las calles Ciudadela, San Gregorio, San Nicolás y Plaza del Castillo entre los años 1908 y 1963. Nos situamos, como en el resto de calles,  en la plaza del Castillo, llamada plaza de la Constitución a  comienzos del siglo, concretamente en 1908. La plaza, calificada tradicionalmente como cuarto estar de los pamploneses, albergaba a principios de siglo, una heterogénea mezcla de negocios. Su nombre, como he dicho,  ha variado a lo largo del tiempo: plaza de la Constitución a lo largo de buena parte del siglo XIX y principios del XX alternando con el tradicional plaza del Castillo y  plaza de la República, durante el período de la 2ª República. Nos situaremos a la altura del Hotel La Perla, que tradicionalmente ha ostentado el nº 1 de la plaza. En 1908, había tres fondas en la plaza, la de Teresa Graz, viuda de Miguel Erro, (dueña de La Perla), la de Aramendía en el nº 16 y El Cisne de Balbina Vera, en el nº 24. Aquí tenían también su sede reputados fotógrafos, Agustín Zaragüeta,  un poco antes del actual bar el Kiosko, con un próspero negocio de fotografía  que seguiría su hijo Gerardo  aunque ya en el nº 31, al menos hasta los años 50 en que se traslada al nº 6 de la calle Amaya; Emilio  Pliego, primero en el nº 35 de la plaza y luego en el nº 21,  en el edificio del Crédito Navarro hasta 1934 en que  cerró el local y   José Roldán  Bidaburu,  inicialmente  en el edificio del Iruña (nº 48, actual 44 y 44 bis), primero asociado con Mena y luego con su hijo, José Roldán Zalba. Fallecido su padre será solo Hijo de Roldán,   pero ya en el nº 40 de la plaza, a donde se traslada en 1910. Posteriormente el negocio seguirá apareciendo como Fotografía Roldán. En los años 50 aparecía  Nicanor Roldán y en los 60  Ana María Roldán; A tan destacado plantel de fotógrafos  se le sumaría  en los años 30 un tal Iglesias  y en los 60 un tal Arturo Mene (en el nº 6). Dentro de poco publicaré una entrada dedicada por completo a este gremio.

Siguiendo el orden de los portales, y en la parte este y en dirección sur encontrábamos, desde la segunda década del siglo a Adolfo Navarlaz y Juana Echavarri, en el nº 1, una perfumería, con guantes y pieles, y una década más tarde una administración de lotería que continuaría durante largo tiempo, compartiendo este mismo número en los años 20  con la sastrería de Pedro Lozano que vemos en la fotografía adjunta de 1915, tenía también entrada por Chapitela, 23, entonces Héroes de Estella; en el nº 3  el bar Torino, abierto como bar, restaurante y casa de comidas por los señores Duhins y al que seguirían en la gerencia Melitón Ariz y Doroteo Cotelo, -ya después de la guerra-, que en 1973 daría paso al  actual Windsor, tras el cierre del Torino  en 1971;  en el nº 4, desde 1908,  hallábamos la tienda de licores de Jenaro Pascual y la platería de Lafuente.

En el nº 5, en los años 30,  estaba el estanco de Eulalia Perugorría; en el nº 6 el salón de peluquería y barbería de los hermanos Soravilla, uno de ellos se llamaba Arturo. Había nada menos que cinco peluquerías-barberías en la plaza en 1908.  Además de la citada de los hermanos Soravilla estaban  las de Severiano Martín (nº 14), Martín Goñi (nº 40), Ignacio del Valle (nº 24) y García (nº 35) sustituido, este último,  en los años 20,  por Antonio Razquin y más tarde por Juan García y Rafaela Zalba. Algunos de ellos como Soravilla, Razquin y Martín seguirían hasta avanzados los años 30 y aún mucho después,  aunque por los años es de prever que continuasen  sus herederos, supongo. Hasta los años 50 llegaron las peluquerías de Juan García y Severiano Martín que también eran de señoras a las que se sumaron las de José Muñoz y Pedro Suescun (en los números 6 y 29 respectivamente). Entre las peluquerías de señoras estaba la de José María Villafranca,  en el primer piso del nº 28  de la plaza, la de Martin Ayerbe, luego Josefa Ayerbe (nº 36) y la de Rosario Domeño (números 1-3, 1º) y también en los 60 Pilar Ilarregui (nº 18) y Josefina Zubeldia (nº 30). También disponía de peluquería  el Casino Principal.  En los años 20, en el nº 6 bajo estaba la mercería-quincallería de las Hermanas Eguiguren a quienes también veremos en la plaza consistorial años más tarde.

En el nº 8, cerca del actual Gure Etxea, y desde comienzos del siglo aparecía el zapatero Bruno Avalos, en el nº 9 (Bar Gure Etxea) y ya en la segunda década de siglo el bar Ideal, café  regentado por los hermanos Peralta,  Deogracias Peralta aparecía como titular en los años 30. Donde el Bar El  Kiosko, desde 1907,  García Arilla y Compañía con quincalla fina, aunque posteriormente, ya sólo como Arilla, se traslada al nº 11 con venta de pianos y otros instrumentos musicales, además de abrir una segunda tienda en el nº 55 de Mayor, esquina con Eslava, y más tarde incluso una sucursal en San Sebastián,  y Rufino Olaz, sastre con venta de género. Un poco antes, en el nº 12 y en los años 20 estaba la librería-papelería de Higinio Coronas, con imprenta y un poco más adelante,  donde hubo una barquillería,  había  otro negocio similar de papeles, postales y otros artículos  a nombre de Viuda de Roldán.

También en esta zona,  hoy llena de bares,  estuvieron José Les, (posteriormente Alfonso Les), en el nº 11, inicialmente con objetos de escritorio, aparatos de radiotelefonía, bazar y bisutería y más tarde, -en los años 50 y 60-, aparatos de radio y televisión y en el nº 13  una tienda de confección de señoras regentada por Mercedes Jimenez. En los años 20, donde el Casino Eslava, estaba el Hotel Vasco Navarro de los hermanos Larrayoz y muy cerca, en el nº 19, y en los años 30, la fonda de Wenceslao Cilveti. A la altura del antiguo Tropicana había sendas posadas a comienzos del siglo, las de José Serrano y Saturnina Urra pero al poco tiempo descubriremos en este rincón, donde anteriormente  estuviese la fonda La Manuela,  el Hotel Quintana que regentarían su viuda e Hijos. De Juanito Quintana he hablado en otras entradas del blog y seguiré hablando seguramente. Cerrando la plaza por la zona donde se abriría Carlos III, encontramos el Teatro Gayarre con su «foyer» o «ambigú». Y en el otro lado de la plaza, en la parte oeste, en el nº 32 estaba el Dena Ona abierto por el señor Blasco, que luego cogerían los señores Mazo y Zabalardo, convirtiéndolo en café-bar y restaurante.  En el nº 33, cerca de la actual Turroneria  había  otro sastre con género de apellido Horcada cuyo negocio, luego, en los años 20, continuarán sus hijos.

Donde el estanco de las Viñes,  estaba el tintorero Martínez,  que en los años 30 da paso a la tienda de calzado de Fermín Atozqui que perduró desde entonces y al menos durante los años 50,  a continuación venía  la joyería-relojería Astrain,  fundada en 1850 que continuará durante  largo tiempo hasta principios del siglo XXI (primero fue Lorenzo Astrain, luego Viuda de Lorenzo Astrain y hermano y luego sus descendientes). Un poco más adelante, donde estuvo la peletería Rome, estaba el platero de origen italiano Florenzano así como  el zapatero Gutierrez. Por cierto,  en los años 30,  había una tal Francisca Florenzano en el nº 58 con confección de señoras.  Donde el Banco de la Vasconia, en nº 39,  estaba el negocio de papel, postales y objetos de escritorio de Eusebio Rubio, y un poco más adelante, en el nº 42, cerca del pasadizo de la Jacoba,  y desde los años 20,  la librería papelería  Sucesores de Casildo Iriarte que más tarde cogería Aniceto Urmiza Gómez y sus herederos que continuarán con el negocio hasta finales de siglo, bajo el conocido nombre de El Secretariado Navarro.

En la misma ubicación estaba Agustín Trías  con tienda de guantes y mercería, mientras que Federico Trias regentaba una camisería en el nº 39. En el nº 43 estaba, desde 1912, el Café Kutz donde antes estuviesen El Español, regido en 1875 por los señores Monegatti que lo convirtieron en el Café La Marina.  El Kutz  duró hasta 1961.  En el nº 44 bis, un poco después del Café Iruña, estaba la pastelería de Ariz   y en la esquina de la Plaza del Castillo con Chapitela, Luis Leache, (Sucesores de Mosso y Francisca Osiniri), que entonces correspondía al nº 49 de la plaza de la  Constitución y al 26 de Héroes de Estella. Leache se trasladaría luego al nº 34 de la calle Mayor. En este lugar, 49 de la plaza y 26 de Chapitela,  encontramos años más tarde a Antonio Archanco con artículos de viaje, guantes, mercería,  quincallería, con tienda abierta, como he dicho,  también hacia Chapitela. En cercana posición se debía encontrar la heladería Alaska. También en estos años estaba en la plaza la conocida Casa López, joyería, platería y relojería, junto a las escalerillas.

¿Qué quedaba de todos estos negocios después de la guerra?. Continuaban el Iruña, el Suizo de Matossi, el Dena Ona que era ahora el Bearin, el Kutz (con Elvira Muñagorri a la cabeza), el Torino de Doroteo Cotelo, El Cisne (de Lucia Agorreta Orio) y  La Perla (con Rafael Moreno Erro, desde el año 1936). En la vecina Espoz y Mina, los Alemán había comprado el Maisonnave  en el año 1945 y desde los años 30 estaba en funcionamiento el Hotel Europa de Espoz y Mina, si bien bajo la dirección de Isidora Valencia Alcoz primero y de Francisca Ibarrola después. Fuera del Casco estaban ante otros, los siguientes hoteles: el Valerio de la avenida de Zaragoza, el Yoldi  en la avenida de San Ignacio o  el Comercio de la avenida de Franco. En la década de los 30 había nacido el popular Choko de la mano de la sociedad Alcaine y Beaumont, donde antes estuviera el Bar España. Beaumont  también tenía en estos años un taller de confitería o fábrica de caramelos en el nº 10 de la plaza. Pero pronto comenzarían a proliferar los bancos, desalojando a los antiguos cafés: al Crédito Navarro y La Vasconia se sumarían  el Banco de Bilbao, emigrando del nº 19 de  Chapitela, donde antes estuviese el Banco Vasco y en los 70 el Banco Exterior,  hoy General Optica,  a la plaza y ocupando lo que fuera el histórico y centenario Café Suizo (cerrado en 1952),   mientras  el Banco de Vizcaya  ocuparía el lugar del antiguo Café Kutz  en 1961. ¡Qué pena!

En 1942 se había instalado en el nº 28 Felipe Gómez Alonso con su popular y hoy desaparecida,  desde hace unos pocos años Librería Gómez. Tenía, además su propia empresa editorial, su imprenta y su academia de enseñanza de la que ya hablé extensamente  en la entrada que dediqué al sector. En los años 40, las obras de remodelación de la plaza del Castillo obligaron a Antonio Leoz a  cerrar su quiosco de prensa de madera para trasladarse a un bajo de un edificio cercano, concretamente al nº 38 de la plaza, donde  mantiene actualmente el negocio su nieto. En los años 60 Antonio Leoz Goñi se hará cargo también del kiosko de prensa de la plaza,  cercano al edificio del Crédito Navarro. Después de la guerra, en el nº 12  encontramos la tienda de Pablo Esparza, el popular fabricante de licores, y sobre todo de Anis Las Cadenas. También vendía bebidas el establecimiento Solera, en el nº 35 de la plaza. En el nº 4 estaba la librería con objetos de escritura de Aramendía que continúa en la siguiente década. Revisando el tramo existente entre la bajada hacia Estafeta y el Choko encontrábamos en aquellos años 50 y 60, el bar Rhin de Julia Alcayaga, en el nº 8, el bar Guría de Ricardo Zalba Martínez en el nº 10, en el nº 12 el bar-restaurante Maitena, de Jerónimo Ibarrola, en el nº 13 y 14 el Bar Sevilla de Julián Ramírez Alvarez y en el nº 18,  Miguel Yoldi y Jesús Rada con el bar Brasil que en los 60 asumiría Juan Gazpio que después sería el Tropicana. Había por último, una administración de Lotería en el nº 35 a nombre de María José Beunza y Aquilino García de la Peña vendía y reparaba máquinas de escribir, las populares Underwood,  en el nº 31 de la plaza.

En los años 60,  comenzando por el lado más cercano al Paseo de  Sarasate teníamos, entre otros negocios, en el nº 27  la tienda  de antigüedades de José Garisoain , en el nº 33 la confitería de Pilar Onsalo, (donde la actual Turronería),  un poco antes la tienda de venta de material de escritorio y estilográficas de Jesús Antón, que yo conocí abierta hasta finales de siglo XX. En el primer piso del nº 35, estaba la agencia de viajes de Eusebio Cafranga y en el bajo María Patrocinio Viñes ya llevaba un negocio de venta de libros rayados, asi tal cual suena,  antes de convertirse en un estanco o establecimiento dirigido al fumador.  Aun estaba el Muthiko Alaiak en el nº 38 de la plaza del Castillo antes de su paso a Comedias. Abajo, en el local comercial, había una tienda de confección a nombre de José Rosano, donde luego encontraríamos Peletería Rome. El Club Taurino tenía sus sede en el 1º piso del nº 40, aunque antes estuvo en el otro extremo de la plaza, donde el hotel Quintana, de hecho Juanito Quintana fue presidente del primer Club Taurino en los años 30. Muy cerca, del Taurino, tan cerca como en el local de abajo Juan Arbizu abría una de sus primeras cafeterías Delicias que marcaron toda una época en Pamplona,  mientras que en  el otro lado de la plaza, en el nº 5 María Pilar Legaz vendía artículos de marfil.

Fotos por orden de aparición: Nº 1: fotopostal Viuda de Rubio. Plaza de la Constitución y Hotel La Perla. 1910-1925 ,Nº 2: Plaza de la Constitución, delante de los soportales del Hotel La Perla. 1915.Sin filiar , Nº 3: Foto postal de la plaza de la República o plaza del Castillo. 1935. Luis Roisin. Nº 4: Plaza de la Constitución. 1910-1925. Foto postal de Viuda de Rubio, Nº 5: fotopostal de la plaza de la Constitución 1915-1920, Nº 6: Plaza del Castillo. 1953. Fondo Galle. Archivo General de Navarra , Nº 7:. Bar Choko. Plaza del Castillo, 1962. Colección Arazuri. Nº 8: fotopostal del Cafe Kutz, Nº 9: Club Taurino en el nº 18  de la plaza del Castillo. Clubtaurino.es, Nº 10: Foto postal de la plaza de la República o plaza del Castillo. Años 30, Nº 11: Plaza de la Constitución en las primeras décadas del siglo XX. Sin filiar, Nº 12: De izquierda a derecha, Paco Cano, «Canito», Ernest Hemingway y Juanito Quintana. Años 50. En los años cincuenta, tras una larga ausencia de España, Hemingway regresó y reanudó su relación con Juanito Quintana.  Quintana se ocupó de buscarle alojamiento en sus visitas a Pamplona en 1953 y 1959, y le acompañó en sus viajes por diversas ciudades unidos por su afición a los toros. 

 

Comercios del Viejo Pamplona: San Nicolás (1908-1963)

Me desplazo, esta vez, al comienzo de las escalerillas de la plaza del Castillo con la calle San Nicolás, una de las calles con más vitalidad comercial y hostelera, casi a partes iguales, de todo el Casco Antiguo, a principios de siglo. Comienzo por su lado derecho.  Bajando las escalerillas, en el nº 4, en lo que es ahora El Tinglado estaba, en 1908, los guarnicioneros Nagore y Arteta y, en los años 20, Galo Osacar con el mismo negocio de guarnicionería, junto a la librería-papelería de Viuda e Hijos de Alonso. En el nº 4, que  luego será el nº 2, aparecía también  la  armería de Salustiano  Arana, Sucesor de Gorostiza.  En el nº 10 estaba la carpintería de Javier Laquidain que, luego, en los años 30, será una tienda de coloniales a nombre de Emilio Martinez, que en los 50 la regentará  Angel Celador Ruano. En el nº 12 donde hoy está el bar Ulzama en los años 20 estaba el botero Babil Landivar que a la postre montaría allí una fonda y casa de comidas, si bien, a principios de siglo, estuvo  en el nº 7, osea al otro lado de la calle. Luego lo explotaría la familia  Miqueleiz Ballent (León, Sebastián, etc) y, posteriormente, sus herederos hasta un reciente cambio de titularidad. También, en esa época, Eusebio Gazpio instalaba una zapatería en el nº 14 y Elías Hernaez una pescadería que pasaría luego  a manos de Camino Elio  Senosiain. En los años 60 Francisco Mendivil tuvo una relojería en ese lugar. Creo que en esa ubicación estuvo a finales de siglo  el local de  Lanas Begoña, que más tarde fue incorporado, como almacén,  al bar Ulzama.

Donde hoy está  El Marrano había, en 1908, una corsetería con obrador,  a nombre de Estefanía Amenábar. Sin embargo, al final de los años 20, en este mismo lugar  aparecen Vicente Echechipia y y Javier Sanz como titulares de la actividad económica. Este último  era cosechero y fabricante de chacolí. De ahí que también se conociese el local, durante mucho tiempo, como el Bodegón de Sanz y que, a la entrada del establecimiento,  luciese un rótulo que decía  “Vinos El Cosechero”.  Ese rótulo y el local, -con su castizo sabor de tasca antigua, su olor a fritanga de sardinas, y sus porrones de vino tinto-, se mantuvo así,  hasta las últimas décadas del pasado siglo. En 1935 la titular del despacho de vinos y  de la  fábrica de gaseosas ubicada en el nº 16 pasó  a   ser  Josefa Goñi Belzunce. Posteriormente los dos locales, el del 16 y el del 18,  se fusionaron en uno solo apareciendo como titular de ambos  la misma titular, al menos hasta comienzos de los años 80. Un poco más adelante, donde ahora hay un Kikos, a principios de siglo, estaba la taberna de José María Munarriz que en los años 20 dió paso a la librería  y papelería de Eusebio Osteriz  que se mantuvo a  lo largo de los años 30 y posteriormente fue llevada por Serrano, Sucesores de Osteriz. A continuación desde los años 20,  en el nº 24, donde hoy se encuentra Merinos y en tiempos Garralda, estuvo el hojalatero Juan de Diego. Antes, en 1908, lo encontramos en el nº 26 que luego ocupará el carpintero Cruz Biurrun.  Hoy ambos números aparecen fusionados como 24-26.  En los años 20 consta   fabricando e instalando  sanitarios, así como  vendiendo porcelana y loza y artículos de regalo. En los años 50 y 60 continuaba con  el negocio familiar Tomas de Diego con el mismo objeto comercial y también venta de objetos de regalo. En la foto en color que encabeza la entrada, probablemente de los años 70, aparece un rótulo en banderola que dice «Almacenes de Diego». Junto a él había una tienda de venta de tejidos a nombre de Félix Larraz y Jesús Juangarica.

En los números 28 y nº 30, donde estuvieron no hace mucho la tienda de regalos Kardhu y  la Botica de los Perfumes había en 1908 una barbería, la de Nagore, que luego pasó a Mariano Torres en los años 30 y a su lado estaba la farmacia de José Martialay.  Antes de ella, en los años 20,  encontramos la alpargatería de Santiago Cruz Jimenez  que, en los años 50, sigue apareciendo  como taller de alpargatas y venta de calzado ordinario, junto con Marcelino Ilarregui, aunque en los años 60 aparece a nombre de Alfredo Pardos,  y Marcelino Ilarregui lleva su propia zapatería en el nº 38 . Donde hoy está el Baserri Berri, en 1908,  hallamos la carnicería de Felipe Ardanaz y otra barbería en los años 20 y, a principios de los años 30, se instala en el local  el bar Irañeta, de Juan Irañeta, el único bar que, según me cuenta su hijo, fue el primer establecimiento,  en aquellos años,  que no era, ni fonda, ni casa, ni café,  ni restaurante, ni vendía vinos o licores al por menor como otros… era sencillamente el Bar Irañeta, bueno era bar pero además restaurante y daban espectáculos musicales como he contado en alguna otra ocasión. Fue toda una institución en la época.

Tras éste, donde hoy está La Vieja Iruña y antes La Chistera,  estuvo Martin Baquedano con su fábrica y tienda  de chocolate y demás negocios anexos:  cera, pailas para velas de cera, fabrica de bujias de esperma, pupilage para caballerías. Era, además, almacenista y vendía cereales, abonos minerales, aceites al por mayor, coloniales, cafés al por menor etc. Ocupaba, como muestra el anuncio varios números. Del 40 al 46. En los años 30 parte del local, el nº 40,  lo arrendaría Maximino Arrasate para montar su confitería y pastelería con obrador. Se mantuvo, algunos años en este lugar,  al menos hasta la guerra, luego se trasladaría al nº 34-36,  aunque en los años 60 aquí encontramos el taller y tienda de confitería y pastelería de Luis Ros Piñeiro que junto con su hermano Manuel  fabricaban  galletas y dulces. Manuel tenía además una agencia de publicidad. En el nº 42 hallamos en los años 50 y 60 a Tomás Baquedano Sarasate, hijo de Martín  Baquedano con coloniales. Su hermano Pedro Baquedano había trasladado la fábrica de chocolate al nº 20 de la calle San Antón. Un poco más adelante, en el nº 46 había un taller y tienda de confitería,  con panadería,  regida por Cira García.

En 1908, en el nº 44,  Luis Iribarren tenía una alpargatería-cordelería  que posteriormente, en los años 30 trasladará al nº 60-62 y que  cerró hace unos pocos años (2015 o 16) tras la jubilación de su tercera generación (Ana Iribarren) y detrás del 44, donde hoy hay una tienda de bebidas y revistas,   había un negocio de venta y alquiler de muebles usados,  a nombre de Tomasa Gorricho y Camino Urriza (que tuvieron una segunda sucursal, durante algún tiempo,  en el nº 74 donde posteriormente se instaló la farmacia Castiella y hoy se encuentra la  farmacia Iragui). En los años 20 el negocio de Gorricho y Urriza dió paso a la pescadería de Carmela Riezu. En los años 50 y 60   en el nº 48,  estaba la guarnicionería de Miguel Larrea Vizcay con venta de artículos de viaje. Donde está el hotel Castillo de Javier y en tiempos el bar San Miguel y antes el  bar restaurante Valero, (que por cierto empezó de la mano de Valero Iribarren Labiano como ultramarinos),  en las primeras décadas del siglo hubo diferentes negocios pero el más destacable fue la tienda de ropa de niños que regentó María Seminario, desde el inicio de los años 20. Casi enfrente se instalaría su hermana Victoria,  con la mercería La Victoria, hoy mercería Beatriz. Por ahí, a principios de siglo y aun más tarde  hubo alguna herrería, carbonería, etc.

En los años 50, en el nº 54 estaba la droguería perfumería de Isidoro Elcano Urrutia y en los 60 de su sobrina Juana Urrutia, que posteriormente llevaría la familia Flor,  bajo el nombre de Larvier. Donde encontramos en la actualidad a Natural Dippner, hallamos en los años 20 la mercería y paquetería además de una zapatería a nombre de Adolfo Mauré y un negocio de venta de máquinas de coser de Cipriano Nagore   que continuará en la siguiente década, incorporando juguetes, perviviendo hasta los años 60 bajo la denominación de herederos de Cipriano Nagore, ya sin juguetes pero con mercería. En esta zona también hubo  una carnicería, la de Epifanio Itoiz. A continuación de donde estuvo hasta hace poco Calzados Iribarren, estaba la fábrica y tienda de chocolate, azucares y ceras, pastillas de café con leche  de Marcelino Andueza que vimos en la entrada de las pastelerías. Este local lo seguiría explotando en los años 50 Trinidad Arizala,  con el mismo tipo de negocio. En los años 50, en el nº 66, donde hoy tenemos la cafetería-heladería Elizalde  ya estaba instalado Mariano Rubio Arbizu, con artículos de bazar, bisutería, relojería y quincallería. Durante un tiempo tuvo una sucursal en el nº 9 de la misma calle.

El local que actualmente alberga la tienda «La objetería de los días felices», en el nº 70 de la calle,   fue  inaugurado en el año 1903 por Baldomero Zulategui,  como una tienda de venta de periódicos. Allí se vendían los periódicos de la época, «El Eco de Navarra», «El Pensamiento Navarro», el «Diario de Navarra», entre otros,  y vendía también sobres y papelería. En 1932 Baldomero se hizo con una administración de lotería y un estanco que ubicó en el citado local. Tras la guerra le quitaron la concesión del estanco ya que este tipo de negocios se solía adjudicar a las viudas de guerra y, por ello, en el año 1952 les puso  a sus hijas en el local una lencería-mercería que ha estado abierta desde entonces y   hasta principios del año  2018. En el nº 74,  en la hoy farmacia Iragui estaba la farmacia Castiella. El origen de esta farmacia se remonta a 1903 cuando Felipe Irurita traspasaba su farmacia, que regentaba desde 1888, y situada entonces  en el nº 28 de la misma calle  a  José Martialay. Este dirigió la farmacia hasta 1915 en que la titularidad pasó a   Gabriel Castiella que permanecería,  al frente del establecimiento,  hasta  los años 60, en que pasó el testigo a su hijo Valerio Castiella Zalba. Acabando la calle, en el nº 76,  encontrábamos en 1908  a Diego Miquelez, luego,  desde los años 20,  viuda de Miquelez  con fabrica y venta de chocolate, azucares y ceras. En los años 50,  en esta ubicación,  encontramos a Maria Camino Sarasa Muzquiz, con una mercería que recogía, además,  puntos a las medias. Este local estuvo en manos de la familia Sarasa, comercialmente hablando,  hasta la jubilación de Bakartxo con su tienda boutique Sagardia hace unos pocos años. En los años 30, en el edificio que diseñase, en 1899, Manuel  Martínez de Ubago, en el nº 72, había otra fabrica de chocolate, bujias de esperma, velas y blanqueo de cera a nombre de los hermanos Yarnoz. En los años 50 y 60 aparece como pastelería, confitería y fabricante de velas bajo la razón social  de Herederos de Ramón Yarnoz. Por último,  para acabar el repaso de este lado de la calle no dejaré de mencionar  las fondas u hostales de María Maisterrena en el nº 24, la Bidasotarra (que también explotó Francisco Aguerralde), de  José Echeverría en el nº 34-36, la popular Fonda Aragonesa, y de Rafaela Amostegui en el nº 72.

Nos pasamos al otro lado de la calle, al lado de los impares,  y empezamos,  igualmente, por el comienzo, muy cerca de la plaza del Castillo, plaza que dejaré para la última de las tres entregas de esta serie de Comercios del Viejo Pamplona. Me permitirán una aclaración previa. En el plano de Manuel Ronchel de 1927 el nº 1 de San Nicolás comienza con la calle propiamente dicha y no con las escalerillas, sin embargo en lo años 50 el nº 1 empieza antes, en la esquina de Comedias. Pues bien, en 1908 los dos primeros negocios de los que tenemos referencia son la tienda de chocolate de Manuela Senosiain (con pupilage de caballerías)  y la fonda del botero Babil Landivar en el 5 y en el 7 respectivamente, donde el Otano y el Covirán actual. También en el 7 había un establecimiento de jamones y embutidos. En los años 20, sin embargo en el nº donde hoy está la Heladería Larramendi (ahora es el 3,  antes era el 1) se encontraban la mercería y corsetería con obrador, paquetería y quincalla de Estefanía Amenabar,  (luego Hermanas Amenabar) que hemos conocido en 1908 en el nº 16, al otro lado de la calle, donde El Marrano, además de la zapatería de Carlos Artundo Chavarri que en los 50 se trasladará al nº 9 siendo su titular Josefa Viana, viuda de Artundo.

En los años 30 la mercería de Estefanía Amenábar, ubicada en el nº 1,  vendía confección de señora y tras el matrimonio de una de las hermanas con Guillermo Rothe,  en los años 30,  -que introduce además de confecciones, corbatería y  perfumería-, continuarán,  tras la guerra,  con la corsetería ampliando el negocio al nº 3, de la mano de Estefanía Amenábar y de  Maria del Carmen Rothe Amenábar que continúa, al menos hasta los años 60. Así  aparecen en las guías comerciales de los primeros años 50. En esos años, 50 y 60, en el nº 1 y 3 de la calle aparecía la colchonería de Gabriel Larreta, también vendía tejidos. También en esta época pero en el nº 1 de la escalerillas, donde hoy está el bar Dom Lluis, estaba la sastrería de los Hermanos Palomeque que luego derivó en venta de confecciones. Más adelante abrirían una segunda tienda en Comedias bajo el nombre Marpa (por Martín Palomeque). La familia Martín se introduciría luego en el mundo de la hostelería con la apertura del Dom Lluis, a comienzos de los años 80.

Pero volvamos a los años 30. En estos años  en el nº 3 estaba la barbería de Jesús Gabasi y en los números 7, 13,   27 y 29 (en los años 90 creo que estuvo en el 27 Piccola Moda y en el 29 está desde hace varias décadas Zintos) diversos negocios de cafés tostados al por mayor y menor, a nombre de Zapata y Puy (que se mantiene en los 50), Cafés Iceta y José Alcorta respectivamente, además de otra tienda de frutas y verduras a nombre de Victoria Sagaseta. En los años 50, en el 27 había una tienda de venta de tejidos a nombre de Aurelia García Jimenez. En los años 50, donde hoy está Zintos estaba el ultramarinos  de Severino Azcarate Ansorena y un poco más adelante, en el 31, al lado de la antigua joyería Mateo, -hoy un curioso guardarropía-,  estaba la librería con objetos de escritorio de Antonia Egozcue Urbeltz y en el espacio de la joyería, en el nº 33,  Radio Frías, con Miguel Frías, vendiendo aparatos de radio y luego de televisión al menos en los 50 y 60, y que más tarde encontraremos en Paseo de Sarasate.

Para los años 20 en el nº 5 ya estaba Casa Otano. Este popular establecimiento  fue fundado, en el año 1912 por un vendedor de vinos de Larraga, llamado  Tomás Lino Otano. Lino Otano, empezó en el nº 17 de la Mañueta, con una casa de huéspedes para pasar luego a San Nicolás, con una tasca o casa de comidas complementada con el servicio de fonda, posada o casa de huéspedes. Tras su fallecimiento,  el negocio pasaría  por varias manos, entre ellas las de Severino Larrayoz,  (Sucesor de Otano) y Santiago Echechipia  (Fonda Santiago) su hermano Elías llevaba la casa de comidas,  hasta que en 1929 comenzaron a trabajar en el negocio  Isaac Juanco y su esposa Felisa Galar. Durante un breve intervalo de tiempo, entre 1931 y 1934,   Isaac Juanco debió coger también  un ultramarinos en el nº 3 de la misma calle San Nicolás, quedándose, finalmente, desde 1935, con el servicio de bar (vinos y licores al por menor) y el servicio de restaurante y posada. A Isaac Juanco y su esposa  les seguirían,  en la gestión del negocio,  sus hijos, entre los que destacaría Andrés Juanco, quien,  en los años 50,  conoció a Tere Goñi con la que contrajo matrimonio. Tere será la protagonista del verdadero impulso del negocio. Quedó viuda muy joven, en 1975, a los 38 años, logrando sacar a sus seis hijos adelante, parte de los cuales, Amadeo, Ana y Cristina siguen trabajando en la empresa familiar. En los años 60, en el nº 7 hay constancia en las guías comerciales  de un bar a nombre de Manuel Ochandorena, con futbolines, el Otano no podía ser y el Rio  quedaba muy lejos. ¿Cual podría ser?. Y también en el 7, a la altura del actual Coviran había otra zapatería, ésta de  Tomás Marín.

Volvemos a  comienzos de siglo, en el nº 13 donde hoy está el bar San Nicolás había una tienda de loza entrefina que llevaba Blasa Marqueta,  y al lado estaba  la taberna de Aramendia  que enseguida, pues ya estaba a comienzos de los años 20,   dió lugar a Casa Marcela, por Marcela Elía, Viuda de Iriarte,  con restaurante o casa de comidas y de huéspedes. El negocio con dicha titularidad se mantiene hasta los años 50 en que se hace cargo del negocio  Vicente Saralegui Goicoechea y en los años 60 Anso Eguinoa.  En los años 20, en vez de la tienda de Marqueta había un ultramarinos al detalle, en los 60 una zapatería de Florentina García y en  el nº 15, en donde está el actual bar Río, en los años 20 había una zapatería de Anaut y Compañía (creo que Anaut también tuvo tienda en las calles Comedias y Zapatería) y junto a ella, en el nº 17, había  otra zapatería, a nombre de Antonio Maltrás que continuará en los años 30 bajo la dirección  de Fermín Echarri y que pervivirá hasta los años 50 y 60, por lo menos. Junto a este negocio los propietarios del edificio, los Larrayoz  y más concretamente Fermín Larrayoz Munárriz  regentaba un bar, «El 84» que al menos en los  años 50 y 60 todavía estaba abierto, información  que  Miguel Angel Larrayoz me confirmó hace algún tiempo en un encuentro con él en la calle. En los años 50 ya encontramos en el nº 19 aunque el negocio es muy anterior, por lo menos desde finales de los  30,  a Pescadería  Cipriano de la mano de Cipriano López y luego de su viuda,  y en el primer piso ya estaba en los años 50 el restaurante Vegetariano, de la mano de Julio Jaca Lacunza y que desde hace muchos años regentan con su buen hacer Roberto Monreal y Coro Ciaurriz. En la foto que adjunto al párrafo,  cedida por José Castells Archanco, y que es de 1944 sale el alcalde de Pamplona, entonces, D. Antonio Archanco delante de la pescadería Cipriano, redescubriendo una placa que se colocó en la casa donde nació Sarasate,  con motivo del centenario de su nacimiento. Donde estuvo inicialmente el Rio, en el nº 11 y actualmente se encuentra el Basoko Taberna, estaba la tienda de calzado de Leandro Osta,  que se mantiene en los años 50. El bar Rio se fundó en 1963. Recordamos su origen: hemos visto en al anterior entrada que en  la calle San Gregorio estaba el Bar Orbaiceta, propiedad de la familia Barberena. Había dos hermanos que trabajaban para el padre, uno de ellos se quedó allí en San Gregorio y abrió el Museo y el otro hermano, Joaquín, se vino a la calle San Nicolás y fundó el Río. Joaquín fue el primero en hacer el frito de huevo, luego se lo pasó a su hermano y los dos trabajan el frito del huevo. Así es que el huevo del Rio y del Museo tienen un origen en común. A continuación, a comienzos de siglo, había un par de tabernas, la de Wenceslao Valencia en el nº 23, donde la Casa del Bacalao y la de Narciso Bearan en el 25, negocio hostelero que  continua en la actualidad y que regenta desde hace años la familia Azanza. En el nº 21 estaba la cuchillería de Marcelino Tellería, curiosamente, entonces, con venta de productos al por menor de perfumería.

El origen de Casa Bearan se remonta a 1902, empezando, como otros muchos hosteleros de la época vendiendo vino y aguardiente, osea la típica taberna que derivó en figón con servicio de comidas e incorporó más tarde la fonda para el servicio de huéspedes. En 1921,  Bearan traspasó el  negocio a Agapito Viscarret que mantuvo los usos tradicionales del local: la venta de licores al por menor y el de restaurante para el servicio de comidas. En 1934, cambiaba la titularidad del local, cogiendo las riendas del negocio  Pablo Vallano y en 1935 lo hacía Marcelino Huarte que continuará hasta finales de los años 40. Durante los años 50 y   60 regenta el Bearan Marcos Sanz Zubiría. En el 37 donde después, desde 1922 y hasta 1927, Victoria Seminario abriría la mercería «La Victoria», a primeros de siglo había una tienda de frutas y verduras, la regentaba Isaac Sánchez que luego se trasladó al nº 10 de la calle y justo antes, en el nº 35,  en los años 30, estaba  la carnicería de Borda y Cía y más tarde de Pascual Iriarte Ezcurra que en los años 50  regentará Julio Yoldi Huarte. Tras Victoria Seminario la mercería del nº  37 fue arrendada por Juan Guiu y posteriormente por su viuda hasta 1970 en que se hizo cargo de la tienda  Beatriz Sarasibar Mendive, conociéndose, desde entonces como Mercería Beatriz. En la plaza de San Nicolás había en los años 20, como hoy y en el mismo lugar, una barbería que entonces se llamaba «Barbería Moderna» tal y como aparece en una fotografía de la época. La llevaron en épocas consecutivas Lucio San Martín y Cándido Pemán. En los años 50 y 60 no había menos de media docena de peluquerías en esta calle (Lanas, Arriazu, Echarri, Torres, fueron algunos de sus apellidos). A  lado de la barbería de Pemán, estaba la zapatería de Eusebio Aragón (luego Herederos de Eusebio Aragón) que permaneció hasta bien avanzados los años 60.

Fotos por orden de aparición: Nº 1: calle San Nicolás. Años 70. Sin filiar, Nº 2 y Nº 8: Bar Irañeta y calle San Nicolás. Años 50. Archivo del antiguo bar restaurante Baserri. Nº 3: Fotopostal de A.de León (1900-1920),   Nº 4: Cruce de San Nicolás con Comedias y Pozoblanco. Foto Inge Morath. 1955; Nº 5: Calle San Nicolás. Jesús Martínez Gorraiz. Mediados de los años 40. AMP, Nº 6: Escalerillas de San Nicolás. 1957-60. Ramón Massats, Nº 7: El alcalde de Pamplona, Antonio Archanco,  descubriendo una placa en el centenario de su nacimiento, en la casa que le vió nacer, en el nº 19 de la calle San Nicolás. 1944. Archivo de José Castells Archanco. Nº 9: Fotopostal de Luis García Garrabella (Años 50)

Comercios del Viejo Pamplona: Ciudadela-San Gregorio (1908-1963)

Continuo con esta serie que tantos recuerdos provoca en muchos de los seguidores de este blog. Incluso es frecuente que descendientes de aquellos antiguos comerciantes de entonces reconozcan a su abuelo o bisabuelo en una de las menciones que realizo, al repasar sucintamente el paisaje comercial de las calles del Viejo Pamplona de aquellos años. En esta ocasión, y continuando con el itinerario que hice hace años, repaso los establecimientos que podíamos encontrar en las calles San Gregorio-San Nicolás y Plaza del Castillo entre 1908 y 1963, sin olvidar, como también hiciera en la anterior entrada, mencionar los establecimientos de alguna calle próxima como la calle Ciudadela. No obstante para hacer este itinerario mucho  más digerible, pues es muy extenso, lo dividiré en tres entregas: Ciudadela-San Gregorio, San Nicolás y plaza del Castillo. Aquí va la primera entrega. Una pequeña observación antes de entrar en harina. Al margen de algunos anuncios publicitarios no he podido encontrar  ninguna fotografía antigua de las calle  aquellos años, por lo que les  agradecería cualquier aportación gráfica, en este sentido. Gracias.

Me situaré en la esquina de la calle San Gregorio con San Miguel, un día de diciembre como el día de hoy de 1908,  seguiré por el lado derecho de la calle, los números pares  y luego recorreré  los impares. En aquel tiempo no era una calle nutrida de muchas actividades comerciales como si lo era su vecina San Nicolás. Tras la ferretería de Martín Irigaray, fundada en 1877,  donde estuvo, durante muchos años La Montañesa, venía la guarnicionería de Isaac Escribano que aparecía entonces como Herederos o Sucesores de  Antonio Piqué.  Angel Garatea cogería este negocio, en traspaso, en el año 1910 y vendió,  a partir de 1922,  también alpargatas, trasladándose  más tarde,   al  actual nº 10, donde antaño guardaban las caballerías de los clientes. Todavía  en los años 50 y 60 seguían vendiendo alpargatas y similares lo que en la jerga comercial técnica de entonces llamaban calzado ordinario.  Había varias carbonerías en la calle, en el 22,  a la altura del bar Ona y en el 44, un poco antes del Museo,  a nombre de Bonifacio Aznar y de Arizabala respectivamente. Arizabala tenía, además, una taberna en esa misma ubicación y entre medias estaba el latonero Fernández, en el nº 38, cerca del actual Kaixo. Casi al final de la calle, en este mismo lado, en el nº 48, donde está el Museo  había entonces una  taberna a nombre de un tal Echalecu que posteriormente se ampliaría  con una posada dirigida por Francisco Alzueta. En los años 50 el negocio lo regentaba Lucio Arizcuren, y posteriormente  Francisco Barberena, aunque entonces no se llamaba Museo sino bar Orbaiceta. Luego venía,  en los años 60,  la carnicería de Joaquina Redín, donde luego estuviese años más tarde, hasta finales de siglo por lo menos,  la carnicería Abinzano. A principios de siglo, en el nº 58 estaba la posada de Evaristo Archanco y en el nº 60, había otra taberna que, sin embargo, en los años 30, trocará en tienda de coloniales con abacería de la mano de Casimiro Armendáriz hasta su relevo en los 50 por  Inés Iriarte. Como en todas las calles del Casco la numeración variaría con los años. En los años 20, tras la guarnicionería de Garatea estaba la churrería de Angela Arribas y en el nº 26, donde hoy está Gloria Bendita,  se encontraba Isaac Fuentes, representante de Casa Zubiaur, representante en Pamplona de Bilbao Calefacciones. De Garatea e Isaac Fuentes les dejo un par de anuncios.

En los números 30 y  32, un poco antes del bar Kaixo, estaban el bar o taberna de Silvestra Ramirez y a continuación la tienda de vinos y licores propiamente dicha. Esto era muy frecuente, la venta al detalle y la venta para el consumo en el local. En los años 50, en esa ubicación, estaba la lechería de Javier Elso Tartas que luego cogerían  José Luis y Jesús Martínez, y en el actual Kaixo, estaba el bar La Concha que llevaba entonces  Antonio Gil Igea y en los años 60 José Betelu. Ya desde  aquellos años el bar  contaba con futbolines. Otro Betelu, Dionisio,  regentaba en los años 60 la fonda La Montañesa, al principio de la calle, en el nº 2, antes de él,  el bar, creo que se llamaba Kaiku y  lo dirigía  José Santesteban y la fonda,  Mercedes Ferreras. En el nº 42, estaba el fontanero, hojalatero y vidriero José Cestau Lizasoain con negocio de venta e instalación de sanitarios,  y junto a él, había  un negocio de alquiler de bicicletas. En los años 30, donde hoy estaba y está,  desde los años 50 o 60,  la peluquería Garciandía ya había una barbería, la de Galo García. En los años 50, en el nº 12 encontramos ya a Casa García de García e  Ibañez con taberna o figón y fonda o posada. A José  Ibañez le encontramos, años más tarde, al  cargo del bar donde está el actual Ona. En los años 30, en el nº 4, encontramos la funeraria de Joaquín Ortigosa, una de las familias fundadoras del Tanatorio Irache, empresa a la que ya me referí en la entrada anterior de San Antón,  que estuvo en este lugar durante más de 40 años. Algún negocio de venta de carbón y leña (el de Gregorio Arruiz Otermin), en el nº 26,  y algún ultramarinos (el de Clemente Ibero), en el nº 50,  completan este rápido repaso de este lado derecho de la calle San Gregorio.

Pasamos de este lado de la calle San Gregorio a la calle Ciudadela, pero comenzamos casi en su cruce con San Antón, pues la numeración empieza allí. Allá donde hasta hace unos años estaba la farmacia Roitegui había en 1908 una herrería, la de José Monje,  donde el bar Ciudadela estaba la  abacería de Agustín Torres que en los años 20, pasa a manos de Dionisio García y posteriormente a su hija Petra. A continuación, en los bajos de lo que después sería sede la Caja Rural, el negocio de papeles pintados de Isaac y Macías y la  barbería de Julio Martínez y al final de la calle, donde el antiguo bar Anaitasuna, un negocio  de sobres y papelería (el de Miguel Apesteguía) y la guarnicionería de Antonio Salavera. En la segunda década del siglo,  se asentaría en el nº 5 la Federación Católico Social, germen del actual grupo Caja Rural, con entrada-salida también por San Antón como vimos en la anterior entrada. Allí también estaba la imprenta La Acción Social. En los años 30, en el nº 7 de Ciudadela,  ya estaba,  como ahora, el  estanco, entonces de Encarnación Arostegui que pasaría luego a Jesusa Arostegui.  En el nº 9-11 estaba, desde comienzos del siglo, Miguel Aldaz Orquín con su negocio de venta de vinos y licores, luego desde los años 30 sería también bar o  taberna. En los años 30 en esta calle se encontraban la Industrial Sanguesina, en el nº 11, la Hidráulica Moncayo, en el nº 13, y  también en el 13, pero en el bajo,  el bar Ginés donde posteriormente se instalaría el Bar Anaitasuna (en los años 50 regentaba  este negocio  José Ancizu Eguaras)  y en el nº 15 tenía sus oficinas la conocida empresa Múgica y  Arellano, las tuvo allí, al menos,  hasta los años 60. En los años 50, en el nº 1  aparece la farmacia de Juan Azqueta y a continuación la droguería-perfumería de Emiliano Blasco. En una de las fotos, de Gerardo Zaragüeta (IPV) que encabeza la entrada aparece esta calle, en los años 40, con una cola de personas,  era la época del racionamiento, antes las puertas de la Industrial Sanguesina. En la foto se observa también tanto el estanco citado como la primitiva sede de Caja Rural.

Volvemos al cruce de la calle San Gregorio y San Miguel y recorremos el lado izquierdo. Tras el negocio de venta de vinos y licores regentado por Miguel y luego Aniceto Muniain estaban, en 1908, en el nº 3 las abacerías de Francisco Nuin, que tenía también una posada,  y la de Herederos o Hijos de Larrayoz,  que también fabricaba velas de sebo. A Nuin le sustituirá en los años 30 Indalecio Goñi, con ultramarinos y coloniales que se mantuvo hasta los años 60. En  ese local  se instalaría, a finales de los años 70,  la librería Auzolan.   En el nº 21 de la calle, donde estuvo el bar Ganuza ya había, en los años 30, una taberna que regentaba Domingo Ugalde. En este lado de la calle tenemos serios problemas para recordar y ubicar los antiguos negocios y lo haré muy parcialmente ya que se han derribado a lo largo de las últimas décadas,  bastantes edificios que tenían  su fachada principal en el Paseo de Sarasate. En los años 50, en el nº 7 había una taberna  a nombre de Andrés Izal Tanco, que luego llevaría Manuel Ochandorena ¿sería el Bar Norte?. Tenía también  futbolines.  En el nº 9, cerca del desaparecido bar El Caserío que regentaba por aquel entonces Modesto Arrasate y luego Rafael Erice Zabalza, por cierto que  tenía otro bar en el nº 47 de la calle Nueva, estaba la armería de Felipe Leoz y antes de llegar al Bar Sangüesa de Luis Goñi y al bar  Ganuza de Victorino Ganuza Azanza (que también explotaba una churrería)  estaban la tienda de coloniales y encurtidos de Pedro Uruñuela, en el nº 13, la droguería-perfumería de Julio Aliaga, en el nº 15  y  el ultramarinos de Felisa Cía Lacunza. Parece que antes de hacerse cargo del Baserri, José Luis Flor, padre de Chelo Flor,  dueña de las perfumerías Larvier, de San Nicolás,  y Aladinos, de Chapitela,  llevó durante algún tiempo el bar El Caserío.  Entre el bar Ganuza  y el Euskalduna de Juan Pedro Urbeltz, luego Arizona y hoy San Gregorio, estaba la lechería de Luis Ancizu y Juliana Iraizoz y la pescadería de Angel Sarasa. A Juan Pedro Urbeltz le sustituyó en la dirección de lo que había sido el Euskalduna, Brigida Erro. Corrían los años 60. Poco tiempo después se derribaría el último edificio de la calle, la casa Alzugaray, que vemos en una foto de de esta entrada de José Gallo de 1965.

Fotos por orden de aparición: Nº 1: Plaza de San Nicolás. Julio Cia. 1948. AMP; Nº 2: Calle Ciudadela, antigua sede de la Caja Rural de Navarra. Nº 3: Calle Navas de Tolosa y Casa Alzugaray, Javier Gallo. 1965. Nº 4: Sucursal de Aldaz Hermanos, antiguo Bar El Espejo. Colección Arazuri. AMP.