Estampas de antaño: las viejas barberías y peluquerías

Rebuscando en el fondo de mi memoria recupero la imagen y los recuerdos de aquellas viejas barberías y peluquerías que llenaban las calles de nuestra ciudad hace varias décadas, como la que encabeza esta entrada, la peluquería Garralda de la calle Estafeta, en los años 30, hoy convertida en una moderna cervecería. Y lo hago desde los ojos de un niño que, de vez en cuando, conminado por mi severa madre consideraba que tenía el pelo muy largo ¡esas greñas!, y acudía al sillón del barbero. Para mí, barbero y peluquero eran lo mismo, eran sinónimos, si bien en la época en la que acudí habían descendido considerablemente los afeitados y el grueso de los servicios se centraba en el corte de pelo. En mi caso acudía a la peluquería del El Salvador, regentada por Pedro Mari Ganuza, (desde mediados de los 90 la regentan Gregorio y Sergio, que la han convertido en una peluquería de diseño ultrapremiada y que vemos en la última de las fotografías de la entrada, a la derecha del semáforo, junto a la mercería Angelines). 

Recuerdo que, junto a él, había otro peluquero, algo más mayor o al menos lo parecía y un poco entrado en carnes, hasta tal punto que en nuestra simple y un poco esquemática mente infantil les llamábamos “el gordo y el flaco”. La peluquería, llevaba apenas un rotulo impreso en el cristal superior que decía “peluquería” y  tenía tres paños de cristal translucido, en el centro, el de la puerta. Al entrar te encontrabas, a ambos lados, con varias sillas de formica donde esperar el turno, y en en el lado derecho, además, un perchero de pared, y, justo al lado, una mesa baja con tebeos y revistas, (de Mortadelo y Filemón, el Capitán Trueno…) o revistas del corazón como “Hola” o “Semana” y en la época de la transición algún “Interviu”. Enfrente estaban lo dos sillones típicos de los barberos, giratorios, que se podían subir y bajar, con sus reposacodos y su reposapies de metal, como los que vemos en la foto de la peluquería de Paco Bator, en la Chantrea. Y al sentarte en el sillón  tenías delante un espejo que ocupaba, prácticamente, toda la pared y sobre una repisa de madera, con cajones, todo el instrumental del peluquero: peines, tijeras, la navaja  de afeitar, brochas, la máquina eléctrica, cepillos, secador y un montón de productos cosméticos, entre los que destacaba el penetrante y refrescante olor a Floid. 

Ir a la peluquería podía suponer que estuvieses allí, esperando, un par de horas mínimo hasta que te tocase el turno. Lo pasabas leyendo y para cuando te tocaba ya habías visto todos los tebeos y pasado todas y cada una de las páginas de las revistas en las que aparecían los artistas de la época: Julio Iglesias, Raphael, Karina, etc. Me llamaba la atención lo mucho que hablaban los peluqueros. Daban conversación  a todo tipo de personas y probablemente, por su conocimiento del personal, sabían a quien tenían que hablarle de fútbol, del tiempo, de la caza o lo que se terciase (todo menos política), al menos durante  la época franquista. Y también sabían escuchar: y escuchaban las historias y los problemas de sus clientes. En nuestra infancia los peinados estaban muy limitados: en los 60 el típico peinado a lo romano, con flequillo y en los 70 el peinado a raya. Te cortaban con  peine y tijera, la máquina eléctrica se dejaba para las patillas y la navaja para apurar (siempre, no se como se las arreglaban pero por mucho cuidado que ponían siempre te pegaban un buen corte, junto a la orejilla). 

Los jóvenes de aquellos años comenzaron a dejarse el pelo largo, como marcaba la moda y los ídolos musicales, y esto menguó parte de la clientela de esas viejas peluquerías. Los peinados muy cortos dejaron de llevarse y con las maquinillas desechables la gente comenzó a afeitarse en casa. Incluso comenzó a cortarse el pelo, en casa, con los nuevos y sofisticados aparatos que se comercializaban, que facilitaban mucho el trabajo y permitían, además, ahorrarte unos duros. En 1981, un corte de pelo sencillo te costaba no menos de veinte duros (100 pesetas). En los 70 y 80 cerraron muchas viejas barberías de caballeros. Las peluquerías de señoras, muchas de ellas en primeros pisos, nunca sintieron la crisis, consecuencia de  los cambios estéticos, usos y costumbres que afectaron a las de los hombres. Frente a las antiguas peluquerías de caballeros comenzaron a proliferar, luego, las peluquerías unisex, algunas de las cuales comenzaron posteriormente a innovar, convirtiéndose  en peluquerías de diseño. Ha pasado el tiempo, y han vuelto algo las barbas y su cuidado, lo que ha hecho que algunas peluquerías unisex comiencen a recuperar los servicios de barbería. Es el signo de los tiempos.


Fotos: Foto de la peluquería Garralda (Roisin), Foto de la Peluquería Bator de la Chantrea del libro de su hijo, Juan Pedro Bator “El hombre que siempre estuvo allí”.

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