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Incendios en el monte San Cristobal (1985-2010)

El primer incendio que recuerde asoló el monte San Cristobal data del verano de 1985 y se inició en la zona de monte más cercana al polígono de tiro de los militares, cerca de los pueblos de Aizoain, Berriosuso y Berrioplano. Fue bastante aparatoso, se inició a primera hora de la tarde y se prolongó hasta bien avanzada la madrugada, quemando una amplia zona de arbolado  situada sobre todo en su vertiente sur, en el tramo existente entre su vértice oeste y la vertical del cuartel de los militares en Aizoain. Me acuerdo de que aquella noche mi hermano se acercó a verlo junto a  unos amigos. Era la primera vez  en nuestra vida, que recordásemos, que nuestro querido monte era pasto de las llamas, de forma tan virulenta. Yo por mi parte, recuerdo de forma especial el olor a quemado que llegaba hasta el centro de la ciudad. Aquella tarde bajaba yo por la Cuesta de Santo Domingo, desde el Casco Viejo  a mi casa y una enorme tristeza se apoderaba de mi por lo que estaba sucediendo.
El segundo incendio que recuerdo se produjo el 25 de agosto del 2000. Es probablemente el segundo incendio más importante que ha sufrido el monte en el último siglo, el primero en afectación de masa forestal. Afectó a cerca de 100 hectáreas de bosque. El incendio que comenzó a las 17.45 horas, nuevamente en su ladera sur, cerca del polígono de tiro de los militares (se achaca su origen a un bote de humo)  se extendió con rapidez hacia la cima y la ladera norte y eso a pesar del gran número de efectivos que se desplegó en aquel operativo. Hasta cerca de las diez de la noche no lograron controlarse los dos frentes del incendio que avanzaban hacia Aizoain y Berriosuso. 

El tercer incendio se inició el 10 de septiembre de 2001, a las 11.30 de la mañana, en la ladera este y afectó a nueve hectáreas, apenas una de ellas de bosque. Fue causado de forma involuntaria por un vecino de Pamplona que rápidamente avisó a SOS Navarra de la propagación del fuego. El incendió se sofocó dos horas mas tarde, sin mayores problemas. Pero esta primera década del siglo fue pródiga en muchos más incendios, como veremos. En 2005, concretamente al mediodía del 4 de agosto, se produciría el incendio más importante en extensión total,  con una afectación de 145 hectáreas, 95 de ellas de masa forestal, asi pues también, el segundo más importante en afectación de bosque. El incendio se inició en una cuneta de la carretera de Unzu y rápidamente alcanzó amplias masas boscosas de la ladera norte, un área formada por encinares y pinares de gran valor ecológico Al margen de la foto de inicio de la entrada, el resto de fotos pertenecen todas a este gran incendio de 2005. El incendio no logró controlarse hasta las tres de la madrugada, quince horas más tarde y afectó a terrenos de Unzu, Cildoz, Orrio, Berriosuso, Aizoain y Berriozar y requirieron apoyo de medios y recursos de otras comunidades.

El 4 de agosto de 2007 se produjo un pequeño incendio que afectó al perímetro del Fuerte de San Cristobal. Se inició a las tres y media de la tarde y quedó extinguido por completo cerca de las siete de la tarde. Parece que el incendió se inició en el interior del Fuerte, y fue provocado (había nada menos que  tres focos de inicio del fuego) y se extendió a su cubierta vegetal que quedó completamente arrasada además de otras tres hectáreas de las inmediaciones. No llegó a afectar a la arboleda. El 5 de septiembre de 2008 se declaró otro incendio, esta vez en la carretera de acceso al Fuerte. Se inició a las seis y media de la tarde, afectó sobre todo a matorral y fue controlado enseguida. Por último el 30 de agosto de 2009, a las cuatro y veinte de la tarde,  un pirómano prendía fuego al monte, en la zona más cerca al pueblo de Arre, apenas una hectárea, siendo sofocado casi una hora más tarde. En resumen los mayores incendios de que tengo constancia y que han afectado al monte San Cristobal (Ezkaba) en los últimos 30 años son el de 1985, 2000 y 2005, y especialmente estos dos últimos que afectaron de forma muy importante a las laderas norte y oeste del monte. Esperemos que algún día no muy lejano, alguien se tome en serio que este monte es el gran parque y pulmón natural de Pamplona y que hay que poner todos los medios para protegerlo para que pueda seguir siendo disfrutado no solo por las actuales sino también por las futuras generaciones.

El monte San Cristobal (1965-2005)

El monte San Cristobal o Ezkaba, que por ambos nombres se le conoce ocupa un lugar especial en mi memoria. Durante más de 30 años podía contemplarlo sin obstáculos desde mi ventana, recortado en el cercano, muy cercano horizonte, pues en minutos me podía situar en la antigua vía del Plazaola, camino del monte. Lo veía desde mi ventana, oculto parcialmente en su extremo izquierdo, (la zona más cercana a Berriozar y Aizoain), por la antigua fábrica de Perfil en Frío. Ha sido testigo mudo, escenario de muchos años y estaciones de mi vida. Recuerdo muchos días neblinosos de otoño o de primavera, con las nubes agarradas al monte, o esos fríos días invernales de la infancia con su cima (el Fuerte) y laderas nevadas. Mi más lejano recuerdo lo tengo asociado, sin embargo, a alguna excursión familiar dominguera, con la comida preparada desde casa, (que ricas aquellas tortillas de patatas o aquellas ensaladillas rusas de la madre), subiendo por el camino más empinado, aquel que seguía los postes de la luz, desde el lado derecho del pinar cercano a Berriozar, directamente hasta el Fuerte, para luego bajar a trompicones, urgidos por una repentina tormenta veraniega hasta la fuente y lavadero de Berriozar.

 

Para muchos rochapeanos, San Cristobal era nuestro monte, al que tenemos asociados infinidad de paseos a lo largo de nuestras vidas, como, en mi caso,  el de ese recuerdo infantil citado, y otros en diferentes momentos de la vida. El paseo por el monte, en solitario o en compañía, te permitía a la vez que oxigenarte y hacer ejercicio, relajarte, ensimismarte en tus pensamientos, desconectar como si por un momento pudieses alejarte de tus preocupaciones cotidianas, cada vez más grandes y pesadas a medida que ibas atravesando las diferentes edades de la vida. En aquellos años, finales de los 60 y primeros 70, los pueblos que yacían en las laderas del monte, Berriozar, Artica y Ansoain eran mucho más pequeños que en la actualidad, sobre todo Artica que conocería un desmesurado desarrollado, con multitud de adosados y unifamiliares, ya desde los años 80. No existía todavía la variante norte. Esta se construiría mucho más tarde, bien entrados  los años 90, época a la que pertenece la foto que abre la entrada.

 

El Monte San Cristobal no es solo mudo testigo del devenir de nuestras vidas, lo es también de la ciudad, del Viejo Pamplona que es el objeto de este blog. Del San Cristobal de hace muchas décadas he ofrecido un par de fotografías, en el párrafo anterior. En la primera de ellas, de Julio Altadill y que data de 1895 se puede observar en toda su plenitud y desnudez el monte; en la parte inferior de la foto se pueden vislumbrar los caminos de los Enamorados y de Villava flanqueados por una larga hilera de arboles. La segunda foto es de 1932 y está tomada desde la Cuesta de la Estación, en el momento en que se derriba parte del antiguo Convento de Recoletas para ampliar la Cuesta. En ambas fotos se observan   las  canteras del monte,  canteras que se explotaron desde la Edad Media hasta bien entrado el siglo XX. De ellas se extrajeron materiales de construcción para edificios como el Palacio de la Diputación de Navarra y el antiguo Archivo General de Navarra.

Había varios itinerarios o paseos que frecuentábamos, uno de los más recorridos eran el que partiendo del cruce del viejo camino del Plazaola con el camino a Artica, por debajo y un poco más adelante de la actual variante norte,  desde una fuente hoy abandonada, cogíamos un pedregoso camino que nos llevaba hasta un pinar, cercano al viejo pueblo de Berriozar. En tiempos había otro camino inferior entre grandes piedras, hoy desaparecido, bordeando un viñedo antes del citado pinar. Tras este pinar que vemos en la fotografía de la derecha, había un camino que conducía a Berriozar pueblo, que  vemos en una foto posterior de esta entrada y otra senda que conducía al cementerio del citado pueblo, que vemos también en una instantánea del siguiente párrafo. Los cementerios y sobre todo los cementerios de los pueblos, con aquellos oscuros y silenciosos cipreses nos provocaban en nuestra infancia una contradictoria sensación de interés y de reverencial temor.La fuente y lavadero de Berriozar que vemos en la foto izquierda del siguiente párrafo   era otro de esos lugares que nos atraía, seguramente por su imponente apariencia, su enorme vasija de piedra cubierta, donde se lavaba la ropa, cubierta por un gran tejado rojo  y aquellas viejas  inscripciones o grafías sobre el muro de  piedra del que salía el caño.  En la cima el Fuerte estuvo  controlado por los militares hasta 1985, siendo abandonado totalmente en 1991. El Fuerte aparece vinculado a uno e los episodios más tristes de la guerra española: la huida de más de 800 presos políticos en el año 1938 que fueron abatidos  o capturados en su mayor parte en el monte y valles próximos.

Otro itinerario que utilizábamos empezaba en la carretera de Artica, pasado el polígono industrial y ascendiendo por un promontorio y dejando a un lado la estatua del Corazón de Jesús subía junto a otro pinar de repoblación hasta un amplio camino interior  en el bosque. Siguiendo este camino en dirección este y atravesando el bosque en dirección norte llegábamos “al otro lado”, así tal y como lo escribo. Cruzar al otro lado suponía casi siempre recibir una profunda bocanada de aire fresco. Abajo podíamos descubrir de izquierda a derecha los pueblos de Cildoz, Orrio,  Eusa, Maquirriain, Garrués, Arre, Oricáin y Sorauren, los cuales componen junto a otros lugares y señoríos el valle de Ezcabarte. Enfrente se encontraban unos cuantos montes: Desde la Peña de Añezcar o monte del Toro que es como lo llamábamos de pequeños, por el toro de Osborne que había en su cima, pasando por Eltxumendi, Mendurro, Landakoa, Illarraga, Makirriamendi, Ortxikasko o Ostiasko, Txaraka, Iruntzu y más alla de Sorauren las Peñas de Antxoriz para acabar en la parte más al oeste con el Ezkaba Txiki y el Miravalles. Desde el lado norte del monte cogíamos un camino que nos conducía  a la cima, al Fuerte, y en su lado norte, cerca del Fuerte había una fuente con agua muy fresquita que nos reconfortaba de la caminata. En la foto de la izquierda del siguiente párrafo vemos el Monte San Cristobal, visto desde el Valle de Ezcabarte.

Había otros itinerarios menos frecuentados, como el que seguía la carretera del camino al Fuerte, excesivamente larga para mi gusto y otros muchos caminos y atajos que no describo por no cansar. Desde lo alto del monte  contemplaba la ciudad de Pamplona en toda su extensión y  su progresivo e irrefrenable crecimiento con el paso de los años. He citado una estatua del Corazón de Jesús. En efecto, esta enorme estatua, similar a la que hay que en otras ciudades de España y del mundo se colocó en el monte en 1982, por iniciativa del sacerdote Ambrosio Eransus. La estatua es  obra del escultor navarro Aureo Rebolé, autor de muchas obras de imaginería religiosa en diferentes parroquias de la ciudad y de Navarra, entre ellas la estatua del Salvador de la iglesia del mismo nombre, en la Rochapea barrio en el que vivió durante una parte de su vida.

Algunas de aquellas excursiones al monte San Cristobal se prolongaron en ocasiones mucho más de lo esperado, como una vez que después de subir al Fuerte bajamos por la vertiente noroeste hasta los pueblos de Unzu y Ollacarizqueta, atravesando el rio Juslapeña, en una improvisada aventura con amenazantes perros que nos flanqueaban a cada paso puentes y caminos y que nos hizo llegar a eso de las cuatro de la tarde  ante la preocupación de nuestros padres. Otra vez nos acercamos a las Peñas de Antxoriz pero equivocamos el camino e igualmente llegamos bastante tarde después de hacer una buena caminata de regreso por la carretera de Sorauren-Arre, camino a Pamplona. Cerca estaba la famosa playa de Oricain. Desde el valle de Ezcabarte, el monte San Cristobal se observaba como una imponente y tupida masa de arboles, arbolado que desgraciadamente quedaría bastante maltrecho en los periódicos incendios producidos entre 1985 y el año 2010 y de los que doy cumplida cuenta en la siguiente entrada del blog. Las  fotos de la iglesia de Artica y del pueblo viejo de Ansoain cierran esta entrada.

Fotos: Julio Altadill (1895), en el libro de José Javier Arazuri, “Pamplona, calles y barrios” y del Archivo Municipal de Pamplona en el libro “Pamplona antaño”  del mismo autor, José Javier Arazuri.

Los pubs del Viejo Pamplona (1970-1990)

Aparecieron a finales de los sesenta, junto a las llamadas boites y discotheques, como un establecimiento hostelero,  en los que se servían bebidas ( locales de copas), y se escuchaba música, música que ponía el camarero-pinchadiscos. A medio camino entre el bar con su sinfonola y la discoteca, el pub, al igual que los bares tenía tantos estilos como sus diferentes tipos de público. Había pubs tranquilos para parejas, disco-pubs para bailar y ligotear, pubs para charlar tranquilamente, para escuchar música en vivo, pubs para diferentes colectivos y con diferentes músicas. Todo un mundo. Comencé a visitar alguno de ellos alla por 1982. La mayoría de ellos estaban en San Juan. Creo que muchos  de ellos han desaparecido. Una de las zonas de moda en aquel entonces (años 80), especialmente entre el público universitario, entre el que me contaba,  era la zona conocida por la Trave (por la Travesía de Bayona). Allí estaban en aquel entonces el Papi, (Papillón), el Locos o el Glorys (este último todavía abierto), los dos primeros para bailar de madrugada, el Papi fue uno de los primeros en poner una pantalla gigante de video y en Monasterio de Cilveti, el Lio, el Wally y sobre todo  el Negro Zumbón, pequeño local pero que se llenaba hasta la bandera a última hora. 

En San Juan estaban clásicos como el Charlot regentado por Toñi (en pleno funcionamiento), tranquilos para la charleta sin estridencias, en el comienzo  de  la avenida Sancho el Fuerte o el Luces de la Ciudad, en la calle Monasterio de Urdax. Por ahí cerca andaban el elegante Golden en la Travesía Monasterio de la Oliva, con sus enormes butacones negros, el Katiuska, también en Monasterio de la Oliva, el Tio Enrique y el Valentinos en Monasterio de Velate y el Cole en la Avenida de Bayona. El Melibean en Virgen del Puy, era ideal, por su tranquilidad, público y ambientación  para parejas, como lo era también el Duques de Wellington, actual Welling, cerca de la Avenida de Barañain. Me acuerdo también del Aguacate en Obispo Irurita, especializado en zumos. También recuerdo el Rey Sancho en Sancho El Fuerte. En Monasterio de Aberín estaba el Villaconcepción, selecto local con decoración colonial que tenía fama de acoger lo más vip y “pijo” de la ciudad. Y para  públicos gays  estaban, en aquel entonces, el Conocerte es amarte o Lo que el viento…

En Iturrama estaban y están el Ensayo (en la calle Iñigo Arista) y el Boulevard Jazz (en la plaza Felix Huarte) donde se podía escuchar música en vivo, por cortesía  de su dueño, el músico Jokin Idoate y por aquella zona estaban también  el Sammy, la Champañería, el Claqué y tantos otros. También se podía escuchar música en vivo en aquellos años en el Cotton Club (en Monasterio de Cilveti) (luego Woodstock) con conciertos de jazz a cargo de Javier Garayalde, en el Carpanta de Barañain (luego Passos) y en  el Gardens,  cerca de la Medialuna, que contaba con un pianista y que le daba un toque muy selecto  al local, ya de por si muy elegante y que era uno de mis preferidos. En los primeros 80 recuerdo que había también una especie de pequeña discoteca o disco-pub, en los bajos de una de las tres torres existentes situadas entre la avenida Pio XII, la Avenida  Barañain y las Torres de Urbasa, aunque creo que tuvo una corta existencia, asi como creo que hubo algún otro disco-pub,  en las inmediaciones de las traseras de San Alberto Magno.

En el Casco, aparte de los bares señalados en una entrada reciente, de pubs, propiamente dichos, en los primeros años 80 tan solo me acuerdo del Pompelo, en la calle San Francisco, antes de que se convirtiera en una barra americana. Era un lugar amplio, espacioso,  decorado con un toque historicista, la piedra al descubierto en las paredes, algunas armaduras medievales, y una luz ambiental tenue. Por cierto en los finales de los 60 y primeros setenta, en las postrimerías del franquismo, en los barrios del cinturón industrial de Pamplona, comenzaron a proliferar  las llamadas barras americanas  con nombres tan exóticos como El Dragón Rojo, La Laguna Negra, Suzi Wong, Todosí, etc. En el Casco había también en aquellos años  algunos establecimientos que  fueron también pubs o al menos que funcionaban como tales, alejados de la tipica tasca o bar de lo Viejo: fueron el Corners en la calle del Carmen, el Disco Club 29 en la Curia, el Bearin en la plaza del Castillo, o el Viana de la calle Jarauta, etc. Algunos establecimientos de la Bajada de Labrit como el Cavash, Kabiya o el Katos tenían, además,  desde finales de los 70 la calificación de disco-pubs, con un espacio de baile y un horario equiparable al de las discotecas, alguno de ellos, como el Cavash,  incluso tuvo, en los finales de los años 60,  actuaciones en vivo de forma periódica.

Por las calles de lo viejo: Chapitela (1963-2013)

La Chapitela es una de las calles comerciales principales del Casco. Es la más ancha de todas las calles peatonalizadas. Desde Mercaderes asciende hasta la plaza del Castillo. Su nombre de Chapitel alude a la expresión vulgar del termino latino “capitolium” que en este caso se refería al Almudí o mercado de granos que había en el lugar. Hay referencias al Chapitel en los siglos XIII y XIV. En el siglo XVI hay referencias a una calle del Almudí Viejo. El nombre de calle de la Chapitela aparece a mediados del siglo XVIII y persiste hasta nuestros días, aunque hubo períodos en que ostentó otro nombre, como calle de los Héroes de Estella. Así se llamó entre 1873 y 1900 y 1903 y 1936. Aparte de por su intensa vida comercial, mantenida a lo largo de los años merece la pena recordar que por ella pasó el encierro de los toros durante 459 años, desde 1408 hasta 1867, en que comienzan a correr por la Estafeta.

Partiendo de la calle Mercaderes, por su lado derecho el primer local que encontramos es el del Banco Español del Crédito, recientemente cerrado. La crisis ha provocado, contrariamente a la proliferación de hace una década, el cierre de numerosas oficinas bancarias especialmente en el último año. Hay fotografías de primeros del siglo XX que ya atestiguan su presencia en el lugar como mudo testigo de la vida de la ciudad.  A continuación, en la esquina de Chapitela con Calceteros está, al menos hay fotografías que lo constatan, desde la década de los 50, la Optica, hoy Farmacia y Optica Castellot, saltando el siguiente local que ocupa Calzedonia desde hace 12 años, no recuerdo que es lo que había antes, estaba una de las dos tiendas de La Madrileña, de los Turullols, en esta primer local con claros resabios modernistas se instalaría más tarde Benetton y hoy desde hace poco más de un año, Slide. Luego a finales de los 80 estaba una tienda de Rodier. Después de Rodier estaría una de las muchas tiendas que Coqueta tenía en el Casco, durante un breve tiempo un franquicia de ropa, Torero y desde hace ya casi una década la tienda de juguetes didácticos Eureka. A continuación venía la joyería-relojería Casa Ezpeleta, desde hace siete años, Mikel Luzea. 

Más adelante estaba la celebre Pastelería Alfaro, hoy Kikos, a continuación Radio Ortega, que sería luego Electricidad Guerra, una tienda de jabones, la tienda de souvenirs Amalur y hoy Alberto Estudio Fotográfico. Tras este local estuvo durante mucho tiempo la segunda de la tiendas de La Madrileña, la más grande, que luego, a finales de los 90 compraría Unzu para instalar su tienda Unzu 2000 y que tras su desaparición pasaría a ser una oficina de Caja Navarra, otra más, hoy igualmente vacía. En la foto de 1965  que antecede este párrafo vemos que este local estaba ocupado, en su planta baja, por una ferretería: Casa Campión. También había una vivienda que desaparecería cuando se instaló La Madrileña. Más adelante donde desde hace bastantes años está la Farmacia Gabas estuvo la farmacia Boza y un local que también vemos en la citada foto de 1965, en la que pone Ayestarán.Y por último para acabar este tramo de la calle había en 1977, una tienda de ropa de niños, Bebelin, luego la perfumería Aladinos, y hoy Merkecartuchos. La esquina de Chapitela y plaza del Castillo donde antes estuviese la famosa tienda Archanco hay hoy un pequeño bar cafetería, Decastillo. En la calle estuvieron también hace cerca de 30 años, Calzados Orly y Pedro Huici.

Empezando por el lado izquierdo de la calle y tras la Caja Rural que está en la esquina de Mercaderes y Chapitela, nos encontramos con el establecimiento centenario, Elizburu, dedicado a la fabricación de rótulos y sellos de caucho que se fundó en 1900 y que hoy regenta la tercera generación. Luego donde hoy está la peluquería de Eduardo Aristu estuvo la lencería Galana y Galan. La peluquería que regentó la madre de Eduardo, Juany Arandia, estaba en el primer piso y se fundó en el año 1945, peluquería que dirigió hasta su fallecimiento en 1990. En el año 2005, la peluquería, de la mano de Eduardo se extendió a la planta baja. A continuación en un pequeño local hubo un estanco, Estanco Pilar, primero y  Urdaniz, más tarde. Tras el cambio de negocio, muchos han sido los tipos de negocios instalados aquí con bastante poca fortuna, todo hay que decirlo: lencerías, ropa, bisutería, etc hasta el actual negocio de Buenaceite. Contrariamente a alguna otra calle, tanto en esta como en la calle Mayor perviven un  importante número de establecimientos algunos históricos y otros con una dilatada trayectoria. En este último caso se encuentra el siguiente comercio, Maydobe, de ropa de señora, abierto en el lugar desde 1983 con tiendas también en Vitoria y Burgos. Tras éste estaba en los años 80, Perfumería Nieves que muy avanzados los 90 ocuparía la papelería Rekerte y desde hace seis o siete años La Vinoteca. 

A continuación nos encontramos con el mejor estilo modernista de la ciudad, el  mejor conservado en la Joyería Idoate, una joya artística y arquitectónica de la ciudad, fundada nada menos que en 1860 y que se conserva por fuera y por dentro con la misma elegancia y el estilo de hace más de un siglo. Luego durante bastantes años recuerdo haber visto una entidad financiera que fue objeto de algunas agresiones en los  tiempos más conflictivos de nuestra reciente historia, el Banco Exterior de España. Tras su cierre estuvo bastantes años cerrado el local hasta que en torno al año 2000 se instaló General Optica, que pervive todavía. A continuación estuvo una tienda que se llamaba Corsetería Jímenez hasta que se instaló hace veintipico años, procedente del Ensanche, la tienda de confección Irca que estaba en la avenida de Roncesvalles, desde 1939. Hoy su lugar lo ocupa una yogurtería. 

Luego estuvo durante décadas y décadas la peletería Dimas Ibañez, hoy ocupada por una tienda de audífonos, Ausor y por último terminando la calle nos encontramos con otro establecimiento histórico, Optica Rouzaut. Sus orígenes se remontan a mediados del siglo XIX, cuando Esteban Rouzaut, nacido en Francia, compró una bajera en la calle Chapitela. En la tienda ofrecía al público gafas y lentes para toda clase de vistas, junto con otro tipo de objetos. En 1913, su hijo Luis, diplomado en Óptica, se hizo cargo del negocio y lo especializó en su rama profesional. Esteban, hijo a su vez de Luis, dejó el negocio a sus hijos que son los que regentan el negocio a la que sumaron una nueva tienda en 1980 en el barrio de San Juan.

Fotos: Fotos 1ª, 3ª y 4ª (1977) de José Luis Zuñiga, Foto 2ª (1965), sin filiar.

Los bares del Viejo Pamplona (1960-1990)

En nuestra tierra los bares se constituyen en los más importantes centros de encuentro y relación social. Imagino que todos tenemos asociados estos lugares a nuestra memoria, tan diferentes ellos a lo largo del tiempo como diferentes han sido las etapas de nuestras vidas. Mis recuerdos más tempranos, de la infancia, asociada a los bares, están vinculados a algunos establecimientos de lo Viejo (de la plaza del Castillo o de la calle Ciudadela) o de mi barrio, la Rochapea. Del Casco, tengo fugaces recuerdos, acompañando a mis padres allá por el año 1966 o 1967 y siguientes, de algunos establecimientos de la plaza del Castillo, como el Txoko, el Tropicana, el Casino o el Cafe Iruña, seguramente en algún encuentro con amigos y familiares, alguna bulliciosa y soleada tarde de domingo. En aquellos finales 60, recuerdo la presencia de abundantes rótulos luminosos sobre los tejados de los edificios como los que aparecen en la fotografía que encabeza esta entrada. También tengo un claro recuerdo del Anaitasuna, en la esquina de San Gregorio con Ciudadela y del Espejo, ya en esta última calle. En aquel tiempo,  y por lo que recuerdo también mucho más tarde,  el Anaita tenía un aspecto más de cafetín que de simple bar, con sus juegos y partidas de cartas en las mesas de marmol blanco sobre pies de hierro colado de color negro. En este lugar tuvo la Sociedad del mismo nombre algunas de sus primeras reuniones tras una fugaz etapa en Paulino Caballero. En cuanto a El Espejo nació como Sucursal de Aldaz Hermanos en las primeras décadas del pasado siglo.
Aunque citados en otras entradas vuelvo a referirme a ellos en esta su entrada natural. Me refiero a los bares de mi barrio: el bar Cuatro Vientos, La Cabaña,   Casa Feliciano, La Senda, El Rodriguez y sobre todo El Bar Porrón, de los cuales el único que sobrevive actualmente es Casa Feliciano, que vemos en la fotografía, viejo testigo de los muchos cambios que ha sufrido el barrio y la avenida de Marcelo Celayeta. Fueron muchos de aquellos bares de nuestra infancia, bares de flipper, futbolín y sinfonola, sinfonola como la que aparece en una de las fotografías siguientes. Más tarde aparecerían  también en algunos bares algunas recreativas que llamábamos de “matamarcianos”. Las sinfonolas comenzaron a proliferar desde finales de los 60 en muchos establecimientos hosteleros. Metías una o varias monedas y seleccionabas la canción o canciones de tu gusto. Así escuchábamos los éxitos de aquellos años y, según los bares podías encontrar un tipo de música más convencional o no. En aquellos bares, convivíamos pequeños, jóvenes y mayores, estos últimos generalmente jugando a la típica partida de cartas o de dominó. Y en aquellos bares de barrio  no podía faltar tampoco  la omnipresente televisión, primero en blanco y negro y desde finales de los 70, en color. Cada uno de aquellos bares del barrio tenía su propio ambiente y su personalidad: El Porrón y Feliciano eran más de mayores,  chiquiteo y comidas. Probablemente los que más frecuentábamos eran La Cabaña y el Cuatro Vientos, además del “Centro” (por el bar del centro parroquial de la iglesia El Salvador), sobre todo los domingos. 
Entrados en la adolescencia comenzábamos a subir a Pamplona, una Pamplona  de una época, la de los años 70 y primeros 80, de una desbordante agitación política y social. El Casco Viejo era y sigue siendo la zona de bares más importante de la ciudad. En lo Viejo (y en el resto de Pamplona), tanto antes como ahora,  había zonas y bares para diferentes y heterogéneos públicos, a menudo segmentados por edad, gustos musicales, ideología, u otro tipo de caracterización. Hasta una edad más avanzada no consumíamos alcohol. A lo sumo algún refresco para acompañar los juegos. Como dije en alguna otra entrada el cine ocupaba, entonces, la mayor parte de  nuestro tiempo de ocio. Más adelante, en el tiempo, vendrían los bares, las discotecas y “ennovietados” los pubs de los que hablaré en la siguiente entrada. En esta intentaré repasar algunos de los bares que frecuentábamos en aquellos años, muchos de ellos ya desaparecidos. 

Si entrabamos al Casco por el portal de Francia y seguíamos por la calle del Carmen encontrábamos en los finales de los 60, 70 y primeros 80 a la izquierda algunos bares como el Simon´s y su inolvidable bolera de competición, el Club Alpino Navarro, el Hauzokoa, y entre medias varias peñas (El Bullicio, el Irrintzi) para acabar en la esquina de la plaza de la Navarrería con el Barbacoa; por la otra acera nos topábamos con  el Corners (uno de los primeros pubs),que  luego sería el Pazo Monterrey, un bar estrecho, largo y profundo donde degustábamos a mediados y finales de los 80 buenas raciones de pulpo bien regadas de albariño y ribeiro.  A la vuelta, en la calle Aldapa estaba la Bodega San Martín, hoy La Bodeguita, con sus cazuelicas caseras, y enfrente pero en la esquina con la plaza, el Bar Aldapa, donde hicimos la cena de fin de curso de bachillerato y ya en la plaza de la Navarrería un buen puñado de bares, clásicos algunos de ellos, desaparecidos otros como el Mesón de La Ribera, cerrado desde hace mucho  tiempo, siguiendo la acera  el siempre bullicioso Mesón de la Navarrería, y enfrente, en la cuesta hacia la Catedral, en la acera derecha, y de arriba hacia abajo, El Aleman, con sus salchichas de Frankfurt, hoy Los Burgos de Iruña,  el Mesón de la Tortilla, La Mejillonera (ah, sus cachis de cerveza y sus  famosas patatas a la brava), el Tilo, el Cordovilla (con sus tigres y sus fritos de pimientos) o el Bar Vicente. A esos viejos nombres les sucedieron en el tiempo otros como el Oiat o el Ezkia. Subiendo por Curia nos encontrábamos y lo seguimos haciendo, a la izquierda con un clásico entre los clásicos, el Temple y sus famosos moscovitas (sin olvidar una de las mejores tortillas de patatas que se pueden degustar en un bar), y más arriba el Lancelot, el Tut y el 69. 

No cito, por no repetirme, algunas calles revisadas ya en el blog como Mercaderes, Estafeta o Comedias y dando un salto me situo en la calle San Gregorio, calle en tiempos de poteo, muy frecuentada. En la calle San Gregorio teníamos además del mencionado Anaita, el Museo con su famosos fritos de huevo (primos hermanos de los del Rio, no en vano lo regentaba el padre de Joaquin Barberena, fundador del Rio, y luego su hermano Cefereino, si bien el local se llamaba anteriormente Orbaiceta), La Kontxa, (desde el 2001, Kaixo), con su futbolín al fondo, el Arizona, siempre lleno hasta la bandera (con Josefina al frente y su inconfundible blusón negro) el Ganuza con sus patatas a la brava (hoy Entretantos), y los desaparecidos  Sanguesa (hace pocos días derribaron el edificio que compartía con la trasera del Spada), El Caserio (también sustituido por una nueva construcción), La Montañesa o el Garcia (luego reconvertido en un irlandés, El Harp),  también cerrado. Aun sobreviven, en esta calle,  El Norte, Ona y Gorriti. Dicen que a finales de los 60 había al final de la calle San Gregorio un café cantante, el  Euskalduna, como hasta el año 1963 lo hubo también en la calle San Nicolás en el lugar donde está hoy el Baserri, concretamente el Café Irañeta, con música en directo en el salón que estaba situado en el fondo del bar donde hoy esta el restaurante, del cual vemos una fotografía. 
La calle San Nicolás ha mantenido mejor su tejido hostelero que su calle hermana, a lo largo del tiempo. Salvo La Mandarra, de reciente creación, el resto, casi todos llevan muchas décadas de servicio a la ciudad y sus habitantes. Donde hoy esta el Iru estaba el Bearan, y cerca de él, el 84, como no acordarse de los huevos del Rio, (fundado por Joaquin Barberena en 1963 y que desde 1997 regentan los “Robertos”), del vino en porrón bien acompañado de una fritada de sardinas en el antiguo   Marrano que respondía entonces al nombre de Vinos El Cosechero. Otros históricos eran el Ulzama y sobre todo Casa Otano. Casa Otano fue fundado en 1912 por un vendedor de vinos de Larraga, un tal Lino Otano. El local cambió de dueños varias veces hasta que fue adquirido en 1929 por Felisa Galar e Isaac Juanco a quienes seguirían en la gestión del negocio sus hijos,  entre los que destacaría Andrés Juanco, quien en los años 50 conoce a Tere Goñi con la que se casa. En 1975 fallece Andrés y se hace cargo del negocio Tere, que es quien le da el gran impulso al negocio que incluye además del bar, el restaurante en el primer piso y la pensión. En los años 80 recuerdo que había un bar que se llamaba el san Miguel, más o menos donde hoy está el Hostal y cafetería Castillo de javier. Y desde la calle San Nicolás nos adentramos en la plaza del Castillo.

La plaza del Castillo, escenario de los principales acontecimientos de la vida de la ciudad a lo largo del pasado siglo, conoció hasta los años 60 y aun después algunos celebres cafés ya desaparecidos cuyos nombres nada dirán a las nuevas generaciones pero que estarán cargados de imagenes, recuerdos y resonancias para los más viejos del lugar. Entrando por el Pasadizo de la Jacoba, donde hoy está una sucursal del BBVA, estaba el Cafe Kutz que vemos en la fotografía (de la izquierda) de 1952,  de José Joaquín Arazuri. El Café fue fundado por el donostiarra Luis Kutz en el año 1912 donde antes estuviese el Café La Marina. Kutz  regentaba en San Sebastián  otro café Bar y una fabrica de cerveza, además de un cine. Tras el fallecimiento de Luis, en 1942, el Café pasó a manos de su esposa,  Elvira Muñagorri quien con la ayuda de sus hijos José Luis y María Luisa mantendría el Café abierto hasta el año 1961. Por cierto José Luis fundaría en 1947 la Cooperativa de Hosteleros de Navarra siendo su primer presidente y la única que funciona aun en el norte de España. 

El Cafe Torino, fundado en la primera década del siglo XX, estaba situado junto al Hotel La Perla, tal y como vemos en la fotografía superior derecha que precede este párrafo, obra   de Zubieta y Retegui de 1971, tomada en los días de su cierre Sus primeros propietarios fueron los señores Dihins, luego D. Melitón Ariz y más tarde D. Doroteo Cotelo, cuyos herederos fueron los últimos propietarios del bar. Hemingway lo definía en su libro Fiesta como “un local medio bar, medio cervecería, donde se podía comer algo y bailar en una habitación trasera”. El Torino ocupaba la sucursal de Caja Navarra de la plaza del Castillo y el actual Windsor Pub. El Café, como he dicho, cerró sus puertas en 1971, siendo sustituido por el Windsor Pub dos años más tarde,  en 1973. Del Cafe Suizo, fundado por los suizos Mattosi  en 1844 ya hablé en la entrada dedicada a la calle Pozoblanco. El mítico Cafe Iruña, cuyo interior reformado vemos en la fotografía de la izquierda, toda un institución en la ciudad, fue fundado el 6 de julio de 1888. Dicen que su apertura sirvió para inaugurar oficialmente la llegada de la luz eléctrica a la ciudad. En marzo de ese año se había creado, por iniciativa de Serafín Mata, la sociedad Iruña, impulsora del citado Café, con una amplia base de accionistas. Hoy en día sigue manteniendo, tras su desacertada etapa como bingo, de 1977 a 1998,  su aire y decoración estilo “belle epoque”, con sus mesas de mármol, sus abigarradas columnas, sus artesonados y sus grandes espejos. Lugar de obligada visita para los turistas, por él han desfilado las más importantes celebridades que nos han visitado y ha servido de escenario de todo tipo de reuniones. En este mismo edificio, en el primer piso, se instalaba en aquellos años  el actual Nuevo Casino Principal llamado anteriormente Casino Principal, Nuevo Casino (1856) e inicialmente Sociedad de los Doce Pares (1851). La decisión de fundarla nace de personas como Juan Jose Egozcue, Tadeo Gandiaga, Florencio Sagaseta, Patricio Sarasa y Mariano Martinez. De él recuerdo su trasnochada elegancia, sus grandes lamparas y sus artesonados decimonónicos, tal y como aparecen en la fotografía de la derecha.

En la otra esquina de la plaza te encontrabas con el Casino Eslava. Fundado por un centenar de pamploneses en julio de 1884, con sede en el nº 18 del Paseo de Sarasate, tuvo una fugaz existencia hasta que en 1898 se volvió a fundar, bajo el nombre de Nuevo Casino Eslava. El actual edificio del Casino Eslava, obra del arquitecto Victor Eusa,   se inauguró en 1932. Junto a él estuvo hasta 1936 el Hotel Quintana y en sus bajos,  durante los años 50 el Bar Brasil,  hasta que a finales de los 60 daría paso a la entonces moderna cervecería Tropicana y junto a  esta otro referente de la ciudad, el Txoko. Cuantas veces habremos escuchado aquello de “quedamos donde el Txoko”. De aquellos lejanos tiempos aun sobrevive en uno de los laterales de la plaza, el más cercano al Paseo de Sarasate, un viejo rótulo de un hotel desaparecido, quien sabe cuando, el Hotel El Cisne. Parece ser que este hotel se abrió a finales del siglo XIX. 
Y no podemos irnos de la plaza sin referirnos al hotel más antiguo de la ciudad, el tercero más antiguo de España: el Hotel La Perla que fue fundado por Miguel Erro y Teresa Graz en 1881, como Fonda La Perla y que fue objeto de una renovación total en el año  2007, convirtiéndose en el único hotel de cinco estrellas de la ciudad. En el se ha alojado reyes, artistas y todo tipo de celebridades. La Fonda contaba con su propio servicio de carruajes para recoger los viajeros desde la Estación. Tras la muerte de Miguel Erro dirigió el negocio su esposa Teresa que falleció en 1921. Tras ella se encargaría de dirigir el hotel su  hija Ignacia  junto a su marido Jose Moreno.  Actualmente lo hace Rafael Moreno, de la cuarta generación.  Hablando de hoteles, no podemos olvidarnos tampoco de otro de los hoteles históricos de la ciudad: el Hotel  Maisonnave  situado a principios de los años 20 en la calle Espoz y Mina, junto a la plaza del Castillo. Sus fundadores fueron Carlos Maisonnave y su esposa Francisca Echeverría que comenzaron con una fonda y coches de caballos en el año 1883. Para 1900 la fonda tenía calificación de 1ª categoría y hasta fines de los 20 vivió su epoca de mayor esplendor. En 1945 el hotel pasó a manos de su actuales propietarios, la familia Alemán,  que construyen, en 1966, el actual edificio del hotel en la calle Nueva que experimenta en los últimos años diferentes reformas y ampliaciones. Con la última remodelación del pasado año  se ha convertido en un hotel de cuatro estrellas. Y en cuanto a la faceta gastronómica no podemos olvidarnos tampoco de dos referencias culinarias del máximo nivel: la del restaurante Hostal del Rey Noble más conocido por Las Pocholas, fundado el 15 de abril de 1938 y que cerró en el año 2000, regentado por las hermanas Guerendiain y el   Hotel Restaurante Europa, cuyo origen  se remonta a la década de los 30 si bien es a partir de 1973, cuando se hacen cargo del negocio los hermanos Idoate y lo convierten en una de las principales referencias gastronómicas de la ciudad.
  
Otro salto y nos colocamos en la calle San Francisco. De esta calle recuerdo el bar Montón, antes de que se convirtiese en la sede de la Peña Anaitasuna, el Centro Riojano y a continuación el Monterrojo, y tras esta calle nos adentramos en la vecina calle de San Lorenzo, en otros tiempos, otra de las rutas típicas, con la Cepa, todo un referente, refugio de trasnochadores y amantes del Dios Baco, abriendo la calle y los restaurantes Erburu, Lanzale y Askartza, además de algún bar como el Piskolabis, alguno de ellos cerrado, como el Erburu (en la foto vemos el interior de su comedor, donde por cierto se comía bastante bien) y otros reconvertidos en sedes de peña o en otro tipo de bar o negocio, como el Lanzale y el Piskolabis, una lastima. En más de una ocasión cenamos en alguno de estos lugares. Enfilando la Jarauta, plagada de sedes de peñas, que visitábamos sobre todo en sanfermines destacaban, en aquellos años 70 y 80 el Urricelqui con su higados y riñones a la plancha, el Oreja con sus raciones de pulpo y otras exquisitices gallegas, el Montón y la Viña. 
Del resto de bares del Casco habría que que señalar alguno de Calderería como el Garazi o  del final de la Tejería como las Bodegas Riojanas, el Primi o el Malkoa, muy en boga a finales de los 80 y primeros 90, o los de la bajada del Labrit, algunos de ellos en otros tiempos disco-bares, y como establecimientos singulares fuera de rutas, Casa Paco, en el Rincón de San Nicolás y sus famosas albondigas, el bar Bilbao (en franco declive cuando lo conoci) o Casa Marceliano. Casa Marceliano era la típica tasca o bar de antaño, que popularizó Hemingway en sus escritos, hasta el punto de convertirla en un lugar de visita obligada para los muchos turistas que siguieron sus pasos (En la foto  vemos a Hemingway en una de sus visitas a Casa Marceliano). Una tasca donde se podía degustar acompañado de un vino recio de la tierra tan pronto una fritada de sardinas,  como en sanfermines  un estofado de toro, un buen ajoarriero o un cordero al chilindrón, con los dichos siempre singulares y a menudo cortantes, de fondo, del amigo Juantxo. Casa Marceliano cerró sus puertas hace 20 años, en 1993, cuando los hermanos Arraztoa vendieron el edificio, que reabrió el Ayuntamiento en el año 2001 como oficinas municipales. Una pena.
Fuera del Casco cabría recordar el bar de la Servicial Vinicola en la calle Navarro Villoslada. Cuantos estudiantes del cercano Instituto Ximenez de Rada  habrán recalado de forma habitual en este bar. Hay muchos otros bares y restaurantes en el Ensanche pero destacaría un clásico, el Niza, fundado en torno al año 1936, poco después de la construcción del Teatro, lugar de reuniones de escritores, artistas y demás gente de la farándula, El California (más conocido como El Cali), el Reta, el Candilejas, y en la zona más cercana  al Casco el Cinema, con un decorado que homenajeaba el séptimo arte,  no en vano, tenía cerca cuatro o cinco salas de cine,  el Palace, propiedad del empresario hostelero Javier Miranda. Y en San Juan el Agoizko, el Hip-Hop, el Trebol  o el Zapata, aunque en mi memoria personal este barrio sea para mi más de pubs que de bares. Para recenar había algún abierto allá por las cinco de la mañana como el Alesves de San Jorge.

Fotos: Foto Plaza del Castillo de Galle (sin datar, aprox. años 60), Archivo Bar Restaurante Baserri, Foto Cafe Kutz de J.J. Arazuri (1952), Cafe Torino de Zubieta y Retegui (1971) y Casa Marceliano, de Julio Ubiña (sin datar).