Mostrando entradas con la etiqueta Mes: abril 2019. Mostrar todas las entradas

¡Al rico chocolate! Aquellas pastelerías, confiterías y chocolaterías (1900-2000)

Tras “el comercio del bebercio”, paso a rememorar, en esta ocasión, el amplio universo de tiendas que se dedicaban a los placeres azucarados: chocolates, pastas y pasteles, dulces, caramelos y turrones en la Pamplona del siglo XX. De los churros y helados ya hablé cuando me refería a la hostelería y otras actividades aledañas. Como ocurría con la anterior entrada, se entremezcla la fabricación con  el comercio al por menor del producto y, en ocasiones,  con actividades tipo cafetería. Advierto nuevamente que es una entrada abierta a ampliaciones y correcciones, como lo son casi todas las entradas del blog, pues seguro que los lectores recordaran otros negocios similares que no he citado u otros muchos detalles más allá de los aquí inicialmente referidos. Antes de entrar en materia he de comentar que, a la hora de indagar sobre aquellos comerciantes que se dedicaron a estos menesteres,   a un profano del sector como lo soy yo, le sorprendió la vinculación existente entre dos oficios aparentemente tan diferentes como el de cerero y el de confitero o chocolatero. Sin embargo investigando averigüé como cuando en el siglo XVI llegó el cacao de América  a España, el cerero,  -que trabajaba la cera para hacer cirios, velas, antorchas para el culto y para el alumbrado de los hogares,  ya hacía confitería con la miel de los panales, de los panales se extraían la miel y la cera-, y con la llegada del cacao, el cerero se hizo chocolatero y las cererías se convirtieron también en chocolaterías.

A primeros del siglo XX encontrábamos las siguientes tiendas de chocolate que fabricaban su propio producto, el chocolate, en ocasiones vendían también dulces y pastas o pasteles (osea eran confiterías y pastelerías), y muchas, además, se dedicaban al negocio de la cerería: Marcelino Andueza en el nº 64 de la calle San Nicolás, que también fabricaba y vendía pastillas de café con leche, (en los años 50 la regentaba Trinidad Arizala con pastelería también en Navarro Villoslada); Julián Arbizu,  en el nº 31 de la calle Mercaderes.  Por el apellido presumo que debe tratarse del fundador de las famosas, en otro tiempo,  “cafeterías-pastelerías Delicias” al que le siguieron al menos dos generaciones en el negocio. Tuvo el obrador de pastelería en los años 50-60  en el nº 2 de Fernández Arenas y fabricaba pastillas de café con leche como otras muchas firmas del sector. En la calle Mercaderes  sustituiría a Arbizu, en los años 30, Constancio Jarauta  y tras la guerra,  Carmen Torrente Azparren.  Allí he conocido yo “La Dulce Venecia”, donde hoy se encuentra “La Juana Gastrobar”. Carmen Torrente fabricaba también dulces en el obrador que tenía en el nº 15 del Paseo de Sarasate; Martín Baquedano tenía tienda en San Nicolás, 24 y obrador en el nº 40 o 42 de la citada calle. Le sustituiría Maximino Arrasate en los años 30 que continuó en las décadas posteriores, si bien en el nº 34-36.  Mediado el siglo hay un Pedro Baquedano, ¿sería su hijo?.  Viuda de Seminario, (luego Hijos de Seminario o Hijos de Vda de Seminario), en el nº 6 de la calle San Saturnino que aun continuaba su actividad de venta en los años 50 y 60 con el nombre de Sucesores de Hijos de Vda de Seminario. Este  negocio se remonta al año 1820 si bien será Francisco Seminario Izu (1840-1895) uno de sus principales impulsores, un hombre poseedor de varios inmuebles en la zona que posibilitó con su derribo la reconstrucción urbanística de lo que hoy conocemos como último tramo de la calle Nueva e inicio de San Saturnino. La zona correspondería hoy al nº 2 de Nueva y 1 de San Saturnino, a la zona de la antigua calle Bolserías y su conexión con la calle Ansoleaga (entonces,  Tecenderías). Continuo con la enumeración, la tienda de Mariano Labairu en el nº 1 de la calle Dos de Febrero o Comedias, Herederos de Tomasa López (1810), posteriormente conocida como Hijos de Manterola o simplemente Casa Manterola, en el nº 20 de Zapatería.

Hace casi tres años que cerró Casa Manterola en la calle Zapatería, si bien se mantiene en la calle Tudela. Lo hizo silenciosamente, después de más de dos siglos en el lugar. Vamos a hablar un poco de su historia. A principios del siglo XIX (1810), Polonia Albar recibió en herencia la casa nº 20 de la citada calle. Es entonces cuando se inicia la actividad confitera y cerera en el local. Polonia se casa con Candido López (1782-1862), cerero y confitero sangüesino. Entonces no se llamaba aún Casa Manterola. Candido y Polonia tuvieron dos hijas: Tomasa y Trinidad. Tomasa se casó con Gregorio Manterola, natural de Aoiz, que pasó a vivir con su esposa y sus suegros donde comenzó a aprender el oficio de cerero y confitero, asumiendo la gestión en el año 1845. A comienzos del siglo XX, en 1907, tras la muerte de Tomasa,  el establecimiento pasó a  sus hijas Carmen y Victoria, aunque era Carmen (1875-1958), que estaba soltera, la que regentaba verdaderamente el negocio. Vendían ceras y velas, pastas de almendra, dulce de membrillo, almendras y su famoso chocolate. Posteriormente sería uno de sus sobrinos, Antonio Manterola, al que había criado como un hijo, el principal responsable de la expansión de la empresa. Antonio  asumió la dirección en 1938 y en 1945 trasladaba la fábrica de chocolate de la calle Zapatería  a la calle Tudela. Pero la competencia hizo que el negocio se viera obligado a perder su carácter industrial y a orientarse hacia la artesanía pastelera. Ya desde los años 30 aparecía la tienda de Zapatería como confitería pastelería. Tras Antonio recogió el testigo y la dirección su hijo mayor José Antonio hasta su fallecimiento en 1985, tras el cual lo asumió  su viuda Rosa Aldaz con quien tuvo siete hijos, dos de los cuales, Mikel y Eduardo, que constituyen la sexta generación, asumieron en 2010 la gestión: Eduardo el obrador artesanal y Mikel la Gerencia, al cumplirse 200 años desde su fundación.

En el nº 10 de la misma calle Zapatería teníamos a Pedro Mayo. Como en el caso anterior daré alguna pincelada histórica. En 1860,  1847, según otras fuentes, el joven de Ochagavía, Pedro Mayo Etulain que había aprendido el oficio con su pariente y amigo Pedro Seminario, inicia la aventura de montar una fábrica de chocolate. En los pisos superiores del nº 10 de Zapatería se producían dulces y velas de cera, en la planta baja tenía una tienda de coloniales y en el sótano la maquinaría para preparar el chocolate. En 1888 dió entrada en el negocio  a su hijo Ponciano, hijo de su matrimonio con Valentina Izu, con la sociedad Pedro Mayo e Hijo, sin embargo su hijo falleció 11 años más tarde, en 1899. Junto a la chocolatería de Viuda de Seminario Pedro Mayo era una de las más importantes y prósperas fábricas de chocolate de la ciudad y había ampliado su plantilla, de 3 a 9 personas. Más tarde volvería a formar sociedad con su hijo Pedro Mayo Biardeau, hijo de su segundo matrimonio con Elisa Biardeau Cortés.

En 1913 moría Pedro Mayo que había sido, a la sazón, entre finales del XIX y principios del XX, uno de los principales contribuyentes de la ciudad, y durante un tiempo la empresa continuó en manos de la familia, hasta que en 1923 la empresa pasó a ser regentada por   la sociedad colectiva Ruiz de Galarreta y Vidal, Sucesores de Mayo, encabezada por Luis Ruiz de Galarreta Maeztu, marido de Martina Mayo Zubizarreta, nieta del fundador con el 50%, el otro 50% lo tenía el industrial Mariano Vidal.  Sus herederos tomaron el relevo y mantuvieron el prestigio de la marca trasladándose, a finales de los años 20,  al nº 4-6 de la calle Nueva y, tras la guerra civil,  a la calle del Redín, ampliando su producción a las pastas variadas y   turrones. No fue fácil sobrevivir a los difíciles años de la autarquía y del racionamiento del franquismo, debiendo parar algunas veces la producción por la falta de materia prima. Será en 1974, cuando se trasladen a Artica y se centren exclusivamente en la fabricación de chocolate. La empresa comenzó  a atravesar dificultades, debido a la crisis económica y al incremento en los precios del cacao y los Sucesores de Pedro Mayo firmaron un acuerdo de fusión con la sociedad propietaria de Chocolates Orbea, la  Compañía Navarra de Alimentación, S.A. en  el año 1977. A través de dicho acuerdo se le cedía el uso  en exclusiva de la marca Chocolates Pedro Mayo a la Compañía Navarra de Alimentación a cambio de una comisión en las ventas y la absorción de la plantilla. El acuerdo  se mantuvo hasta 1990 año en que Orbea fue adquirida por Chocolates Asturianos. La empresa  quedó descapitalizada por una mala gestión,  desmantelándose poco tiempo después, en 1992 y derribándose más tarde sus instalaciones  de la Avenida Guipúzcoa. En julio de 1994, antiguos trabajadores de la empresa impulsaron el proyecto Chocolates de Navarra S.A. L que agrupa las marcas Pedro Mayo (Sucesores de Pedro Mayo firmaron un nuevo acuerdo similar al anterior con la Compañía Navarra de Alimentación), Orbea y Leyre, con sede de Aizoain. Chocolates Orbea, al que me he referido líneas atrás,  había nacido en el barrio de la Rochapea en el año 1952. Pertenecía al empresario guipuzcoano Santiago Otegui Campos. Otegui había montado en Pamplona una fabrica moderna para lo que era habitual entonces, con un amplia producción de distribución nacional. Se fabricaban 7.000 kilos diarios de chocolate que se distribuían por toda España y del que muestro algunas promociones de albumes y cuentos de los años 60, junto a estas líneas.

Continuemos con las tiendas-fábricas de chocolate y cererías que en la mayoría de los casos  eran además pastelerías-confiterías: Pedro Nagore, luego Hijos de Nagore, en el nº 46 de la calle Mayor, Ubaldo Ataun Legarreta, en el nº 58 de la misma calle y 14 de Eslava.  Me detendré unos momentos para hablar de esta singular casa pamplonesa, Casa Ataun, conocida sobre todo por sus pastas y tortas de txantxigorri, regalices y chocolates. Su origen se remonta al menos a 1898, aunque hay opiniones de que su antigüedad pueda ser mayor, de ocho o diez años más. Ubaldo fallecería en 1931. Heredaron el negocio sus cuatro hij@s vivos si bien serán los varones, Fortunato y Jesús, los que lleven el negocio a  partir de ese momento. Fortunato muere en 1974, quedándose a cargo de Casa Ataun,  Jesús. En 1983, el Ayuntamiento compraba el edificio de Casa Ataun por tres millones de pesetas. Jesús se jubilaba y cobraría una renta del consistorio a cambio de asesorar al nuevo arrendatario, Félix Inda. Jesús fallecería en la Casa de Misericordia en 1991. Actualmente el negocio está dirigido por Nekane Inda.

A principios de siglo tenemos a Juan Iraizoz en el nº 4 de la calle Navarrería, luego  a Ulpiano Iraizoz, con su confitería-cerería-chocolatería, en el nº 2 de la calle Mercaderes,  que luego llevaría  Joaquina; a Justo Donezar en el nº 47 de la calle Zapatería, haremos otro alto en el camino. Confitería y Cerería Donezar está regida actualmente por su cuarta generación. Es una de las pocas cererías que aún se conserva en el Casco Antiguo. Fue fundada en 1853 por José Ochoa que se la dejó en herencia a su hijo. Posteriormente el negocio (cerería, confitería, chocolatería, pastelería, etc)  pasó a manos de Justo Joaquín Donezar y de él a los posteriores “joaquines donezar”, curioso pero que yo sepa toda la línea, de padre a hijo, ha tenido por nombre Joaquín. Entre medias creo recordar que durante algún tiempo fue titular Vicenta Sarasibar, viuda de Donezar. Se cuenta que en este  establecimiento trabajó el célebre tenor Julián Gayarre y que un día, de joven,  abandonó el trabajo para seguir a una banda de música que iba tocando por la calle Zapatería.

Otro nombre clásico en el mundo del chocolate es el de Subiza, si bien no tiene un origen pamplonés. Su origen se remonta a 1841 cuando  Manuel Subiza Azcárate comienza a elaborar el chocolate en Erro, en la actual “casa del alpargatero”, según las técnicas aprendidas unas décadas antes,  en 1820, en  Arnegui, en la popular “Casa Polit”. Tras Manuel se hizo cargo del negocio su hijo y abuelo del actual responsable de la empresa, Fermín Subiza, y, posteriormente, su hijo Manuel. Con su padre Manuel, y con tan sólo 13 años, Jesús Subiza Errea, el actual propietario de la empresa, hoy a punto de cumplir 100 años de edad, empezó a introducirse en el negocio familiar. Los años de la guerra y postguerra fueron, como para otras fábricas de chocolate, complicados debido a las restricciones y racionamientos, teniendo que discontinuar la producción durante algún tiempo.  En 1958 Jesús Subiza, junto a su hermano Gerardo,  trasladaban Chocolates Subiza a Pamplona, a su actual ubicación en el nº 30 de la  calle Amaya.  En total y desde 1841, cinco generaciones se han sucedido al frente de la firma, manteniendo  su espíritu familiar y su carácter artesanal. Hoy de aquellos catorce chocolateros artesanos que conoció Jesús cuando llegó a Pamplona en los años 50, que se redujeron a la mitad en los años 70, apenas queda hoy  ninguno. ¿Cuántas tabletas de chocolate a la taza de Pedro Mayo y Subiza habremos comido en nuestras casas a lo largo de nuestras vidas?. Desde luego en la mía muchísimas.

Otros nombres de fábricas-tiendas de chocolate y cererías eran las de Herederos de Estanislao Larrosa en el nº 45 de Estafeta, de Diego Miquelez, en el nº 76 de San Nicolás, luego Viuda de Miquelez, Herederos de José Jimenez en el nº 1 de Navarrería, Basilio Oteiza en el nº 1 de Jarauta, H. Arribas en el nº 16 de Eslava, Prudencia Unciti en el nº 1 de Mercaderes, Ramón Yarnoz en el nº 13 de Martires de Cirauqui (actual San Antón), Vda de Etulain, en el nº 2 de la calle Mayor, (su lugar lo ocupará en las décadas siguientes Lucas Zabalza en el nº 16 de San Saturnino). Tiburcio Guerendain y Luis Ros, antes de dedicarse a los materiales de construcción y cervezas respectivamente también tuvieron algún contacto con este ámbito de la fabricación y venta de chocolate. No me consta que se dedicasen a la cerería pero si fabricaban y vendían chocolate, Lorenzo Erice, (posteriormente Herederos de Lorenzo Erice y Juan Erice), en Carmen, 7 y luego 12, Tomas García, en Zapatería, 28 e  Inocencio Tapia, en Navarrería, 3, (luego Vda de Tapia y en los años 50-60, Ignacio Tapia en el nº 11 de Navarrería).

Sólo vendían José María Diaz en el nº 114 de la calle Mayor, donde durante muchos años estuvo la “Mercería La Fama”, pues como ya he señalado en otra entrada inicialmente y hasta los años 40 el negocio familiar fue una tienda de chocolate, pastelería y confitería; Miguel Echarri en Zapatería, 47, Gabino Ilarregui en Calderería, 44;  Petra Zozaya en Navarrería, 2;  M.Senosiain en San Nicolás, 5 y en los años 20,  además,  Herederos de Jauregui,  en el nº 27 de Santo Domingo y Carlos Pérez en el nº 64 de Jarauta. En los años 30,  a buena parte de los anteriores habría que sumar Pedro Hernaiz en el nº 24 del Paseo Sarasate, y fabricando y vendiendo chocolate y la cera Silvano Martínez en Dormitalería, 14, los Hermanos Yarnoz, (luego Hijos de Yarnoz), en el nº 72-74 de San Nicolás, que continuarían en las décadas posteriores, como Herederos de Ramón Yarnoz, por lo menos hasta los años 60 y José Larrea en el nº 22 de Estafeta, donde hoy se encuentra Pastas Beatriz. Antes el local de Larrea había sido una carpintería,  (concretamente de Esteban Osacar) y posteriormente fue una tienda de ultramarinos cuya propietaria se llamaba Regina González Vicente, hasta que en 1969 cogieron  el negocio Pablo Sarandi y su mujer Beatriz, convirtiéndola en una tienda de pastas. En 1991, Pablo y su mujer  dejaron la tienda en manos de las hermanas Gómez Tellechea que son las que la regentan actualmente, y  con un enorme éxito,  hasta convertirla en una de las tiendas más  típicas y míticas de la ciudad. ¿quien no conoce sus famosos garroticos de chocolate, además de otras muchísimas delicias?.

En el campo de la confiterías destacan, especialmente,  varios nombres algunos de ellos que se entrelazaran, como veremos,  con el tiempo. En 1886, Claudio Lozano comenzó a elaborar, en   su propia casa, su famosos caramelos de café con leche  que más tarde decidió comercializar. Fue en 1912 cuando le puso el nombre de   pastillas de café con  leche “Las Dos Cafeteras” y decidió abrir el local comercial que conocimos en el nº 11 de la calle Zapatería. Desde los años 30 este local sería,  además,  confitería y pastelería y la razón social la de Lozano Hermanas. Por su parte  y siguiendo la tradición de Lozano, cuya receta de caramelo de café con leche es la más antigua del mundo,  otros maestros confiteros siguieron su estela. Así lo hizo Ruperto Unzué, en 1893, bajo el nombre de “La Cafetera”, al que en los sucesivos anuarios comerciales localizamos en las calles San Agustín, (nº 36), Merced y Tejería, (nº25), en este último caso bajo la razón social de Unzué y Cía  e Hijos de Unzué, (luego Vda de Unzué) y fabricando también chocolate. El caramelo de Unzué tenía menos leche que el de Lozano y algunos aromas añadidos. Ruperto tenía un obrador en el nº 16 de Recoletas, aunque anteriormente en los años 20 el obrador estaba radicado en Santo Andia. En invierno fabricaba en este obrador turrón y en verano servía helado. En los años 40-50 abrieron una pastelería en el nº 2 de  la plaza del Vínculo que muchos recordarán.

Mientras el caramelo de las Dos Cafeteras solo se vendía en la tienda de la calle Zapatería, la segunda generación de los Unzué vendía sus caramelos por toda la ciudad. En 1930 “La Cafetera” tenía cinco tiendas en Pamplona y distribuían su dulce por toda España. En los años 50 se constituyó la sociedad anónima Dulces Unzue que conoció su máxima expansión de mano del hijo de Ruperto,  Pedro Unzué. Se introdujeron nuevos caramelos y el formato de grageas (HIT). En 1981, Nutrexpa compraba la mitad de las acciones de Dulces Unzué, siendo mayoritaria su participación en la empresa en 1985  y en 1993, la tercera generación de los Lozano,  vendía “Las dos Cafeteras” al mismo grupo Nutrexpa integrando ésta ambas firmas, bajo el nombre de Dulsa. Desde el año 2008, Dulsa, sita en el polígono de Landaben,  opera de nuevo como una empresa independiente recuperando su origen local, con más de 20 trabajadores y una amplia capacidad exportadora. Los caramelos de “Las Dos Cafeteras” se conservan,  desde 1996, en bodega, durante tres meses, a una temperatura y humedad controlada para conseguir el  sabor y textura deseados. También fabricaban caramelos, bombones, grageas y turrones, Labairu e Indave, desde los años 20,  en la calle Padre Moret, no hace mucho alguien me preguntaba por los caramelos Ley, pues lo hacía Labairu e Indave;  En los años 50 regentaba el negocio José María del Valle, luego lo hizo  su Viuda y la empresa era conocida popularmente como Casa Indave.  Deogracias Garicano, -alguién me preguntó hace poco por esta empresa-,  tenía, al menos desde los años 30,  una fabrica de caramelos  en el nº 34 de la calle del Carmen, si bien posteriormente, después de la guerra,  se trasladaría al nº 17-19 de la calle Curia. En los años 60 la citada empresa todavía estaba en activo.

En 1871 Felipe Layana abría su fábrica-tienda de chocolates, ceras y otros artículos en el nº 4 de  la Bajada de Carnicerías, (en la zona donde hoy está la plaza de los Burgos), si bien en tiempos de la segunda generación, de sus hijas Mª Camino y María Eugenia,  (de ahí la posterior razón social de Hijas de Felipe Layana),  se abandonó la fabricación y venta de chocolates evolucionando el negocio hacia  las pastas y la confitería,  trasladándose en 1953 el negocio  a su actual ubicación en el nº 12 de  la calle Calceteros. Actualmente es la tercera generación la que dirige el negocio encabezada  por Jesús Barbería Layana. Su producto estrella, por el que se les conoce, es otra de las tiendas míticas de Pamplona,  es el de las pastas de té, con toda su enorme variedad: de chocolate, mermelada, coco, frutas, etc, bizcocho, hojaldre, ummm ¡que ricas…!

En el nº 3 de la calle General Moriones, (actual Pozoblanco),  estaba la pastelería y confitería de los Hermanos Arrasate que también fabricaba, en su obrador, como todas las de su gremio, chocolate. Fundada en 1888 por Esteban Arrasate y Francisca Ciganda, pasó a llamarse Viuda de Arrasate al fallecer Esteban, en 1924,  y quedar al frente del negocio su viuda. En los años 20 ocupaba los números 3 y 5 de la calle. La tienda cerró en los primeros años del 2000, creo que fue en torno al año 2003 o 2004.   No muy lejos de allí se encuentra la panadería- pastelería Arrasate de la calle San Antón, creo que eran primos de los anteriores. Conchita Ruiz de Galarreta e Irene Arrasate, constituyen hoy la tercera y cuarta generación de un  negocio que se abrió en el año 1920.  Fabrican palmeras, tejas, mantecados y hojaldres y otras delicias que venden en la tienda. Inicialmente en el nº 75 de la calle Nueva, trasladándose luego, en los años 20, al nº 11 de Pozoblanco estaba la pastelería de Feliciano Goñi,  luego Vda de Feliciano Goñi  y más tarde Vda de Goñi e Hijos, conocida con el nombre de “La Madrileña” (no confundir con al tienda de tejidos de Pedro Turullols),  que se mantendría en Pozoblanco,  al menos hasta los años 60. Entre Vda de Arrasate y “La Madrileña” estaba la pastelería, confitería y heladería de Mercedes Orquín, aproximadamente donde está actualmente la tienda Equivalenza.

Otras pastelerías y confiterías eran, en estos años, la del Café Suizo, en Pozoblanco, 15 ¿quien no se acuerda del famoso bollo suizo típico de estos cafés y que introducirían otras muchas pastelerías, como las de Taberna?, lástima que cerrase a comienzos de los años 50; la de Julián Pomares en Héroes de Estella, (actual Chapitela), 16-18;  allí mismo se instalaría, luego, Pastelería Alfaro, donde hoy está Kikos, (Javier Alfaro también tenía otra tienda en el nº 8 de la avenida de San Ignacio);    la pastelería y confitería de Sinforiano Salcedo, posteriormente Hijos de Salcedo, en Estafeta, 37,  y su famosas coronillas,  que permaneció en el lugar hasta, por lo menos, finales de los 60 y primeros 70. Donde hoy se encuentra la cafetería El Mentidero (Mercaderes, 13) estaba la pastelería de Jesusa Udobro, negocio que sería traspasado a Eusebio Garicano con la misma actividad, (confitería, pastelería y fabricación de chocolate), al que sucedería hasta bien entrados los años 50, su hijo Román Garicano. Fue la famosa Casa Garicano, especializada en coronillas, tartas, mil hojas y toda clase de encargos para bodas y bautizos, que en mi juventud ocupó la cafetería-pastelería de Juan Bardi. El  hermano de Román Garicano, Julián,  tenía otra pastelería y el obrador en el nº 7 de Carlos III.

Mención aparte habría que hacer de la figura de Lázaro Taberna San Martín. Su primer local  lo abrió en 1897, en  la calle Nueva, cuando cogió  en traspaso una panadería y el segundo en el nº 40 de la calle Mayor. Fue en 1905 cuando se hizo con dos locales más seguidos en esta calle y los acondicionó como obrador y despacho de atención al público. Por aquel entonces no sólo  se dedicaba a la fabricación y venta de pan sino también a la producción de dulces, chocolates e incluso embutidos. Se anunciaba como Ultramarinos y Panadería. En 1946 fallecía Lázaro pasando la dirección de la empresa a su viuda, Trinidad Arregui y sus hijos y produciéndose su progresiva expansión a diferentes barrios de la capital, primero al Ensanche con un nuevo establecimiento en la Avenida de Franco, hoy de la Baja Navarra,  y un nuevo obrador y posteriormente,  en las décadas posteriores al resto de barrios, aunque a principios de los 60 aún mantenía su tienda (panadería-pastelería)  en la calle Mayor. En 1966 se crea una sociedad anónima, Lázaro Taberna S.A y posteriormente a partir de los años 90 inicia sus acuerdos con grupos internacionales convirtiéndose en empresa lider en el sector. En 1948 Del panadero Félix Arrasate de la calle Mayor de  Villava surge la actual Arrasate S.L y sus más de 12 tiendas por la ciudad.

En 1937 abría sus puertas en Pamplona un obrador con el fin de elaborar turrones y dulces tradicionales de la mano de varios confiteros alicantinos, si bien será algunos años más tarde, cuando cuatro familias de Pamplona apuestan por el obrador y fundan Zucitola, bajo la razón social de José María Vilar y Compañía S.L., luego Comercial e Industrial Zucitola con tiendas en Paseo Sarasate 2 y 4 y Estella, 3. Fabricaban y vendían dulces, pasteles y turrón. Hoy continua Zucitola, como Hijas de Javier Arrasate, con varias tiendas en la ciudad. En 1954 abría sus puertas Dulces Torrano, en el nº 36 de Mártires de la Patria, actual Castillo de Maya, con una oferta de pasteles y caramelos de café con leche. Posteriormente, con la segunda generación creció el interés por sus coronillas que llegaron a igualar e incluso superar en fama a las de Salcedo. Otras pastelerías en los años 60 eran las Benigno Ibarrola, en la calle Tafalla, Equiza en Paulino Caballero,17 o Andueza en San Saturnino. En los años 50 había no menos de media docena de fabricantes de dulces en el Ensanche: Francisco Amoros con pastelería, confitería y fabrica de turrón, García Yoldi, Liarte, Vázquez Prieto  (pastillas de café con leche “San Fermin”),  y algunos otros en el Casco como Beaumont en la plaza del Castillo, Belloso en la calle del Carmen, Egües en Calderería o Meoqui en Comedias, también con pastelería aparte de los clásicos de toda la vida.  En total no había menos de 60 pastelerías y confiterías, entre el Casco y el Ensanche. Entre las nuevas pastelerías de los años 50 cabe citar la de Irujo Gonzalez Tablas, luego Irujo y Gascón S.L (Cafetería Belagua) o la de Francisco Irujo en el nº 65-67 de la calle San Fermín, la Pastelería Florida. Tiendas que vendían dulces, confitería, aparte de los cada vez más numerosos kioskos urbanos eran las de Gambra o Ilundain en la calle Mayor o de Josefa Zuñiga en diversos puntos de la ciudad.

Fotos por orden de aparición: Nº 1 y 34: Fotos de Laura Blazquez (Blumun) para www.cascoantiguopamplona.com; Nº 2: Foto de la sección de historia de www.zucitola.com. Nº 6: Foto de la sección de historia de www.casamanterola.com; Nº 12: Casa Iraizoz. Archivo Municipal de Pamplona. Nº 15: Jesús Subiza y sus hermanos en una foto de 1925, sección de historia de www.chocolatesubiza.com; Nº 16 y 17: Fotos de www.cascoantiguopamplona.com; Nº 25 y 27: Fotos Archivo Asociación Casco Antiguo. 

Recuerdos personales: Aquellos hogares de entonces (1960-1992)

Tercera entrada del blog  en el que hablo de los recuerdos que conservo de aquellos antiguos hogares en los que vivimos en los años 60 y 70 y digo vivimos porque con las lógicas diferencias seguro que habrá más de un recuerdo compartido. Cuando mis padres vinieron a vivir a Pamplona, en junio de 1961, trajeron consigo, como imagino que harían otros muchas personas que vinieron del campo a la ciudad, sus  muebles del pueblo, un dormitorio de matrimonio, con una recia cama; el dormitorio tenía un interruptor de pera junto a la cama, y un pesado armario  con un espejo en la puerta; la mesa, sillas y  armario de la cocina (todas ellas  de madera, el armario pintado de blanco y verde) y poquito más. Al poco tiempo comprarían un dormitorio para mi hermano, con cama, armario, comodín y mesita,  que posteriormente compartiría conmigo, y los muebles del cuarto de estar: Recuerdo que componían los muebles del cuarto de estar lo que se llamaba entonces un trinchante o trinchero  de tres cuerpos, cubriendo toda la pared, -años más tarde le añadirían un enorme espejo, de pared a pared, una mesa enorme, extensible por ambos lados, con patas ligeramente curvadas o alambeadas,  y media docena de sillas de madera, tapizadas en granate,  con el asiento abombado, pues tenían unos muelles por debajo, que las hacían bastante mulliditas.

Ese primer equipamiento de muebles sería sustituido algunos años más tarde, el dormitorio de matrimonio por una cama de 1,15 con armario, comodín con  espejo y dos mesitas, como los que podemos ver en las fotografías,-creo que lo compraron en el año 1966, en Muebles Rubio que estaba al principio de la calle Jarauta-,  el sencillo dormitorio de los chicos de cama de 1.15 armario y comodín, lo sustituirían en 1974 por dos camas de 0.90, armario y mesita de acabado mucho más moderno comprado en Muebles Amat, también en el Casco Antiguo. Un poco antes le había llegado  la hora a los muebles de la cocina, que serían sustituidos por unos muebles de formica (armario de cuatro puertas y dos cajoneras como el de la fotografía, mesa extensible y sillas), no teníamos entonces  ni vitro, ni microondas, ni lavavajillas, tan solo el frigorífico (1974) y  la cocina alimentada por una bombona de gas butano y más adelante el calentador con su eterna llama azulada con el tubo para sacar los gases al patio. También llegué a ver, de muy pequeño,  alguna vez, un hornillo eléctrico  con una resistencia  que debía consumir lo suyo. En la cocina no podían faltar el/los calendarios de la Caja de Ahorros, de los que ya he hablado en otra entrada del blog.

En 1976 le llegó el turno de la renovación al cuarto de estar, comprado en Muebles Jakar, que tenía tiendas en San Gregorio y Marcelo Celayeta,  con su inevitable mueble-bar librería, como el de la fotografía, su mesa hidráulica en el centro y su tresillo de eskay, formado por un sofá y dos butacas, donde te hundías, -que calientes y pegajosas se ponían en verano, no había manera de despegarte, y que frías y resbaladizas resultaban en invierno-. En la pared del cuarto de estar tuvimos primero un tapiz con una escena de ciervos, como el de la foto y posteriormente un cuadro con una escena de caza, como el que apareció en otra entrada del blog que hablaba, como ésta,  de aquellos antiguos hogares. En el mueble librería las inevitables enciclopedias, -entonces el conocimiento no estaba en internet sino en los diccionarios y enciclopedias-,  y los libros del Círculo de Lectores al que estuvimos adheridos entre 1977 y 1980, las fotos de la primera comunión y unas figuras de porcelana, podría haber sido un perro pero en esta ocasión eran un gato y un cisne sobre una de las baldas del mueble y un caballo también de porcelana sobre la mesa hidraúlica. Dentro del mueble, bebidas caras, vajillas y cristalerías para  ocasiones señaladas que casi nunca llegarían. Ah y se me olvidaba, en aquellos años no podía faltar un cenicero de botón de pie o de mesa que casi nunca se utilizaba, salvo por las visitas.

En aquellos años 60 y 70 una casa se parecía a otra como una gota de agua. Entrabas por la puerta de la calle y lo primero que te encontrabas junto a ella era un paragüero de latón o metal,  ilustrado, como en casi todos lo lugares, con los mismos motivos pictóricos de inspiración dieciochesca, en una de las paredes el perchero de pared, que pintamos a juego con el color del taquillón y un termómetro con forma de guitarra, que tenía todas las pintas del típico souvenir, entre dos cuadros de bucólica apariencia. Estos a su vez sustituirían en el pasillo a otros cuadros mas antiguos. Enseguida y enfrente, en esta primera parte del pasillo que podríamos  llamar  vestíbulo o recibidor, había un taquillón y sobre él un espejo de forma más o menos ovalada, el  taquillón era de color hueso, con una placa de mármol en la parte superior,  con adornos pictóricos de escenas bucólico pastoriles en las puertas y en los tiradores de las puertas y cajones e inicialmente en las zonas talladas de la madera había algunas líneas pintadas con purpurina dorada. Inicialmente sobre el mármol había un tapete de encaje de color granate sobre el que reposaban,  en el medio un pequeño florero donde se apretujaban un manojo de vistosas  flores artificiales y a ambos lados un cenicero y una campanilla, todos ellos de color dorado,  y que  con el tiempo desaparecerían siendo sustituidos por el caballo del cuarto de estar.

Y es que en aquella época,  los adornos y tapetes de encaje, blancos o de color lo ocupaban  todo: mesas, reposacabezas, televisores y, como hemos visto,  taquillones. El espejo del taquillón también estaba adornado, en su marco de madera,  por finas líneas de purpurina dorada. Antes del mencionado taquillón recuerdo haber visto un sencillo mueble de escasa anchura, junto a otro espejo más pequeño. En la parte superior del mueble creo recordar que había algún florero, y en la superficie inferior un toro negro de plástico, que en otras casas habría estado seguramente sobre el televisor del salón. En 1977 habilitarían en la habitación del patio un cuarto para el estudio con un mueble de pared a pared, de melanina, en blanco, con listones y tiradores asemejando  madera. La pintura en las paredes de los años 60 dejó paso al papel pintado de los  70, y al gotelé en los años posteriores. En la monótona repetición de aquellos papeles pintados, todos eran muy parecidos,  creíamos ver a veces extrañas cabezas o figuras. Con el tiempo los papeles se fueron diversificando con colores y tonos,  planos, jaspeados, simulando el gotelé u otras técnicas de pintura.

En los baños de entonces había un inodoro o taza del water con cisterna, su rollo de papel el Elefante (se compraban por unidades); entonces la expresión “tirar de la cadena” no era figurada como podría serlo hoy en día sino absolutamente literal y cotidiana, contaban mayoritariamente con bañera más que con ducha,  un sencillo  lavabo con pie o sin él,  su reposa jabones junto a los grifos y sobre él lavabo un  mueble con espejos donde se guardaban los muchos elementos de higiene y cuidado personal de uso diario: Citaré, con cierto detalle, algunos de los nuestros, pues los de mi madre en su caja de aseo era para nosotros, en general,    bastante desconocidos, aunque  imagino que lo componían cremas, barras de labios, lapiz de ojos, rulos, peines, pintauñas y ese sinfín de artículos de cosmética y belleza femenina. En nuestro territorio podían encontrarse la maquinilla de afeitar con las  cuchillas acanaladas Palmera o MSA, como las de la fotografía, sustituidas luego por las Gillete, la brocha y el jabón de la Toja para el afeitado, entre las colonias: Vetiver de Puig, Brummel, o el Floid para el cuidado de la cara después del afeitado, el pulverizador de plástico rosa recargado con agua de ducha S-3, aparte del  jabón de pastilla Lux, Heno de Pravia o la Toja, estos de uso  general por todos los miembros de la  familia.

Muchas casas contaban en aquellos años  con la corriente eléctrica a 125 voltios.  Progresiva y mayoritariamente  se fueron pasando a  220, los electrodomésticos que se comercializaban funcionaban casi  todos a 220 voltios, de forma que las casas que aun manteníamos la vieja tensión de 125 nos veíamos obligados a poblar la casa de pesados transformadores,  cada vez que  un nuevo aparato entraba  en casa. Cambio de tercio, para hablar ahora  de la evolución en la tecnología. Al pequeño transistor japones con que mi madre escuchaba los seriales radiofónicos le sustituiría en junio de 1976 una radio multibanda de color crema, marca Sanyo, que nos prestó servicio hasta noviembre de 1988. Ahí es nada. Con ella, más que con la televisión  vivimos los convulsos años de la transición política. En esa época me compraron mi calculadora electrónica, una Casio, como Casio sería mi primer reloj digital de muñeca. Era la moda de aquellos años. En 1976 también me habían comprado mi primera máquina de escribir, no, no era una Olivetti, sino una máquina búlgara, la Maritsa 22, como la de la fotografía, con la que hice mis primeros pinitos como estudiante, escritor y periodista, hasta que a finales de los 80 arrinconé la vieja máquina de escribir y empecé a manejar aquellos primeros ordenadores Macintosh con pantalla monocromo de 9 pulgadas. Mi primer ordenador fue, concretamente,  un Macintosh SE  como el que vemos en el siguiente párrafo. Tenía  40 megas de disco duro, poco que ver, como se ve, con los actuales discos de 1 0 2 terabytes (1 terabyte equivale a 1 millón de megas o Megabytes). En otras casas, probablemente antes que en la mía,  entrarían aquellos primeros ordenadores personales Spectrum, Amstrad o Commodore.

Ya he comentado en otra entrada que el teléfono, entonces de ruleta, entró en mi casa en el año 1980. Anteriormente y para la escasas ocasiones en que debíamos utilizar el teléfono bajabamos a la cabina  de la calle. Antes no teníamos teléfono en casa y podíamos vivir. Hoy se imagina alguien vivir sin teléfono. Nos hemos convertido en esclavos de la tecnología.   Por aquel entonces o tal vez un poco antes  tuve mi primer radio casette, lo trajo mi hermano de Algeciras, al terminar la mili, era un Sanyo de color grisáceo y negro con varias bandas en un dial de forma un tanto insólita, circular, como el de la foto.  ¿Quien se acuerda ahora de aquellos radiocasettes  en el que había que darle la vuelta a la cara a la cinta  para seguir escuchando la música?. Había cintas de 45 minutos, de 60 y de 90, normal, de cromo o de metal. Más adelante saldrían los radio casettes de doble pletina. Cuantas veces se habrá enganchado una cinta y teníamos que rebobinarla trabajosamente con un boli bic cristal,   pasándolo por entre el agujero del carrete. Hacíamos nuestra propia discoteca musical, diseñando de forma artesanal nuestras caratulas,  rompíamos las pestañas inferiores para evitar un borrado accidental o las tapabamos para volver a grabar la música, aquella música de la transición, increiblemente variada, tan pronto escuchabas a  Victor Manuel, Urko o  Victor Jara como los éxitos de Los superventas o Los 40 Principales de aquellos años, música disco o romántica que de todo había y había un momento para cada música. Podemos recordar la música que oíamos en otra entrada del blog. Los casettes comenzarían a declinar a principios de los 90 con la irrupción del compact disc y más adelante con la aparición de los formatos de compresión musicales, el mp3 y los artilugios tecnológicos que, como el Ipod,  iban apareciendo con el nuevo siglo. Tras aquella primera radio y radio casette llegarían otros “loros” de fugaz recuerdo porque no es una leyenda urbana, las cosas ya no duraban como antes,  la obsolescencia programada está, desde hace ya unos cuantos años a la orden del día.

En cuanto a la imagen, el video grabador se introdujo en el mercado a principios de los 80, si bien en mi casa entró, creo que una década más tarde, “Ghost” fue la  primera película que compré en noviembre del 92. En aquellos años había tres formatos de video y por lo tanto de cintas de video el VHS de JVC, el Betamax de Sony y el 2000 de Philips. Tras unos titubeantes comienzos, sería el VHS el  que se llevaría el gato al agua, convirtiéndose en estandar del sector. El video sería desplazado por el DVD a comienzos del presente siglo y por otros sistemas de mayor capacidad, como el Bluray, si bien, la irrupción y popularización de los nuevos soportes y formatos digitales de video, como ocurrió con el sonido (aparición de tabletas, smartphones, etc) y sobre todo la expansión de las  plataformas de streaming con acceso inmediato a miles de títulos han afectado al soporte videográfico, con un consumo ascendente del canal online y un descenso del soporte físico. A comienzos del siglo pasé toda mi videoteca  de VHS a DVD, gracias  a una videograbadora Sony de dvd.  Fue una tarea larga y  titánica, teniendo en cuenta la cantidad de videos que atesoraba en casa, comprados y grabados de la televisión.  Ahora que se habla de 3D, Realidad Virtual o Realidad Aumentada quien se acuerda de aquellas gafas de celofán azul y rojo que nos vendían como  de 3D o aquellas postales que variaban su contenido, pueden imaginarse a menudo de que tipo,  dependiendo del angulo con que se enseñaban al interesado público.

Mi primera cámara de video, una Panasonic,  la compré en 1998, pero me la robaron tres años más tarde, siendo sustituida por una Sony mucho más pequeña. Mi primera cámara de fotos, dicen que se puede hacer fotografías casi con una caja de zapatos, fue una modesta Werlisa, de cuando se revelaban los carretes en las tiendas de fotografía. Posteriormente, iniciado el  nuevo siglo, la fotografía química declinaba de forma acelerada  por la irrupción avasalladora de la fotografía digital. En 1996 compraba mi primer teléfono móvil: era un Motorola,  que se parecía más a un inalámbrico actual que a un móvil y que  pesaba como un ladrillo; desde entonces por mis manos han pasado muchos modelos de  nokias y de  samsungs hasta los actuales y sofisticados terminales, los smartphones, mezcla de teléfono, cámara (de fotos y video) y ordenador con muchas más posibilidades de comunicación que las viejas computadoras,  además de poseer muchas más utilidades,  tan poco explotadas como desconocidas.