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Recordando la última pandemia que vivimos: la gripe de 1918

Hace mucho tiempo que no he escrito en el blog. Son días inciertos de miedo y congoja, días extraños  en los que nos vemos obligados a recluirnos en nuestras casas para evitar la propagación de una peligrosa epidemia que creíamos más propia de siglos pasados o de una terrorífica película de ciencia ficción: La «pandemia del coronavirus», la pandemia que con más rapidez se ha extendido probablemente  en la historia de la humanidad, en este mundo globalizado en el que vivimos. Caminaremos  hacia el  millón de afectados, a mediados de esta semana,   y en unos días llegaremos a los  50.000 muertos, cuando la epidemia apenas lleva un mes fuera de China.  Su rapidez en la propagación es 20 veces superior a la de la gripe común y otro tanto podría decirse de su  letalidad que  parece   muchísimo mayor de que lo que nos habían hecho creer. «Bah!, se muere mucha más gente de la gripe cada invierno» oí decir a bastantes personas apenas hace un mes.  A la hora de escribir estas líneas, una tercera parte de la humanidad, más de 2.500 millones de personas,  estamos confinados en nuestras casas, en todo el mundo,  viviendo, en nuestras propias carnes, la más aterradora de las ficciones que hubiéramos podido imaginar sobre este tipo de sucesos, con la diferencia de que esto no es ficción, es realidad. Tenemos que volver  nuestra mirada  102 años atrás para recordar una pandemia similar, que sin embargo, según los expertos,  y a pesar de su contagiosidad no se transmitía tan fácilmente como ésta, pero que afectó a muchos jóvenes de una manera rápida y brutal,  dejando millones de muertos a su paso. Además la medicina era más mucho más precaria y atrasada que en la actualidad, como veremos a lo largo de esta entrada. Recupero parte de las  notas históricas sobre la epidemia de gripe de 1918 y como se vivió en Pamplona y  que escribí en aquella entrada de hace justamente un año, ¡qué maldita casualidad! dentro de la sección «Pamplona año a año: 1918. El año de la gripe y del derribo de la muralla de Tejería», completadas con otras notas sobre aquel evento que he recogido después. Aquella fue una epidemia que asoló, como ahora el mundo, aunque entonces el número de víctimas fue infinitamente superior, al menos hasta el momento. Es considerada una de las pandemias más devastadora de la historia humana, ya que en solo un año mató entre 25 y 40 millones de personas, a lo largo de sus tres oleadas,  -la segunda fue la peor-, para una población de poco más de 1,800 millones de habitantes que había, en ese momento, en el planeta.

1918 fue el año de la llamada gripe española, que de española tuvo poco, aunque con la mala fama nos quedamos pues la gripe se originó en  los Estados Unidos. La epidemia de gripe de 1918  fue una pandemia de inusitada gravedad. A diferencia de otras epidemias de gripe que afectan básicamente a niños y ancianos, muchas de sus víctimas fueron jóvenes y adultos saludables. ​En Estados Unidos la enfermedad se observó por primera vez en Fort Riley (Kansas)  el 4 de marzo de 1918, aunque ya en el otoño de 1917 se había producido una primera oleada  en al menos catorce campamentos militares. Un investigador asegura que la enfermedad apareció en el Condado de Haskell (Kansas), en abril de 1918. En verano de 1918 este virus sufrió una mutación o grupo de mutaciones, -era un virus recombinado de origen mixto: aviar y humano-, que lo transformó en un agente infeccioso letal, con una gran contagiosidad. El virus, en esta segunda ola,  tuvo un desarrollo brutal: provocaba, en muchos casos, una hemorragia pulmonar invasiva, de forma que,  en apenas 12 o 24 horas,  uno pasaba de tener los primeros síntomas a fallecer. Se cree que llegó a infectarse el 55% de la población mundial, -un 50% en Europa-,  aunque no todos, como pasa también ahora-,  llegaron a desarrollar la enfermedad en esos términos.

El primer caso confirmado de la mutación se dio el 22 de agosto de 1918 en Brest, el puerto francés por el que entraba la mitad de las tropas estadounidenses aliadas en la Primera Guerra Mundial.​ Recibió el nombre de gripe española porque la pandemia recibió una mayor atención de la prensa en España que en el resto de Europa, ya que ese país no se involucró en la guerra y por tanto no censuró la información sobre la enfermedad. Para evitar la propagación de la epidemia en Pamplona, ya desde finales de mayo, el alcalde comunicó a todos los establecimientos públicos lo que debían hacer para prevenir la propagación, tras los primeros casos: fumigar los locales con estoraque, beuqui, fenol o tomillo espliego procurando que los locales quedasen herméticamente cerrados. A la mañana, al abrirlos debían lavarse con serrín, creolina o zotal al 7%. Además ordenó regar las calles, adelantar una hora la recogida de basura y organizar brigadas de obreros para echar lechadas de cal por los tubos de las letrinas, desde los pisos más altos. Al no haber vacuna o medio preventivo alguno cada uno debía procurar defenderse con una buena limpieza de la boca y fosas nasales, la metódica organización de las comidas, el uso prudente de las bebidas, aireación y ventilación de las habitaciones y en general las normas de higiene y profilaxis adecuadas, al menos eso era lo que recomendaban las autoridades.

El 1 de junio el Diario de Navarra daba a conocer los primeros casos de la epidemia de gripe en Pamplona. Los 15 primeros fallecimientos se produjeron entre el 10 de mayo y el 3 de julio. La ciudad tenía en torno a 32.000 habitantes. Se habían producido en  la guarnición militar y sobre todo en la Ciudadela, donde se alojaba el batallón de Artillería. Se habían efectuado desinfecciones en los cuarteles, en la cárcel correccional y en la Casa de Misericordia. En principio los casos conocidos revistieron naturaleza benigna con unos indices de mortalidad muy reducidos. El obispo, José López Mendoza,  suprimía tres  fiestas de precepto, el día de Santiago, el de San Fermín y el de San Saturnino. Esos días se podía trabajar y no era obligatorio oir misa. También se suprimió como festivo el día de San Juan. Y también antes, como ahora, las autoridades inicialmente quisieron quitarle importancia al asunto.

En la segunda mitad de septiembre se recrudecía la epidemia de gripe en Navarra, así lo reconocía el gobernador civil. Daba comienzo así la segunda oleada, la más mortífera de las tres. El inspector provincial de Sanidad recomendaba como medidas de prevención «llevar una vida ordenada sin trasnochar, al aire libre, evitar locales cerrados y frecuentados y abstenerse de vicios y abusos, en especial de alcohol y sexo, limpieza de basuras y cuadras, establos, pocilgas y letrinas y desinfección de manos y boca antes de comer. En caso de enfermar meterse en la cama y llamar al medico, desinfectar habitaciones, ropa, etc y blanquear y pintar las habitaciones si se estimaba pertinente». Sobran los  comentarios. Se achacaba la propagación de la gripe al entonces acelerado avance en los transportes. Hoy diríamos igualmente que la globalización en los transportes ha contribuido a la expansión acelerada de la pandemia. Y estaríamos en lo cierto. El ministro de la Gobernación prohibía, el 27 de septiembre,  en los pueblos contagiados toda clase de fiestas, espectáculos y reuniones así como las ferias y mercados que favoreciesen la propagación de la enfermedad. Se anunciaba un control sanitario riguroso a los forasteros. El alcalde de Pamplona suspendía el ferial y concurso de ganados y se retrasaban el comienzo del curso en  algunos colegios, así como en la Escuela Normal y en  el Instituto de Segunda Enseñanza. El día 21 de septiembre se entregaban 2.000 kilos de pan entre la gente más desfavorecida de Pamplona. Al día siguiente se inauguraba con todo el boato, comitiva oficial y masiva presencia popular incluidas, el monumento a Sarasate en la Taconera. Pocos días después se hacía lo propio con el de Navarro Villoslada. Al finalizar el mes de septiembre  la gripe se había extendido por multitud de pueblos de la geografía foral. Antes, como ahora, se limpiaron las vías públicas, desinfectaron locales,  se cerraron fronteras, se animó a la reclusión en las propias casas, se procedió a aislar a los enfermos y  también a ciertas colectividades vulnerables, se controló a colectivos sospechosos,  y a los muertos se les trasladaba, de inmediato, al cementerio.

Curiosa y contradictoria información la que daban los periódicos sobre la epidemia de gripe. El Diario decía que el numero de afectados era grande pero el de fallecidos pequeño, uno o dos por día, pero o la suerte iba por barrios o difícilmente se podía entender el hecho de que en los últimos 8 días de la primera semana de octubre cuatro miembros de  una familia afincada en la calle Mayor hubiesen fallecido, quedando tan sólo un bebe de pocos meses que también se encontraba enfermo. Unos achacaban  a los periódicos que trataban el tema muy superficialmente o bien que directamente ocultaban la realidad, los datos, los hechos y otros les tildaban de alarmistas. Algunos incluso decían que la mayoría de los casos habían llegado de San Sebastián. En fin como siempre, nunca llovía a gusto de todos pero el hecho es que había  en la ciudad, esos días, un  clima de preocupación y desconcierto. En los primeros cinco días de octubre fallecieron en la ciudad cerca de 60 personas, más de la mitad  de ellas por la gripe y hubo 8 o 9 nacimientos. La gripe se recrudeció con los fríos propios de la temporada. Se comenzaron a  hacer rogativas, por mediación de San Fermín, o en la Catedral, para el cese de la epidemia. Como consecuencia de esta crisis sanitaria se decretó la suspensión de todos los juicios por jurado de los meses de octubre y noviembre.

El pueblo más afectado por la gripe el 6 de octubre fue Los Arcos donde casi toda la población estuvo  afectada por la gripe. El obispo de Pamplona, José López Mendoza se encontraba en gravísimo estado, en Zaragoza a consecuencia de la gripe. El número de muertes en Pamplona se estabilizó en la media docena diaria. El día 7 de octubre  había 840 enfermos en Pamplona, de los que estaban graves unos 64 y habían muerto desde el día 17 de septiembre 89 personas, según la Inspección Provincial de Sanidad. En Miranda de Arga se produjo un enfrentamiento entre vecinos del pueblo  y la guardia civil con el resultado de 4 muertos y 2 heridos. Al parecer el origen fue el cierre, por razones sanitarias, de los bares. El Diario pedía el cierre temporal de las escuelas municipales ante la enfermedad de cada vez mayor número de maestros y la extensión de la epidemia. Entre los pueblos más afectados por muertes a consecuencia de la gripe, a primeros de octubre estaban, Mendigorría, con 20 muertos, Lerín, 25, donde había más de 1000 afectados, Los Arcos, 29 que luego serían 64, con 800 afectados sobre un total de 2.000 habitantes; Olazagutia,20  y más de 400 afectados, Mendavia, 50  y 700 afectados, Cascante, 31 muertos y 819 afectados, Fitero, 50 muertos. Ablitas 700 enfermos y  35 fallecidos; Cabanillas, de 500 a 600 enfermos y  12 fallecidos;  Monteagudo, 600 enfermos y  35 fallecidos; Murillo el Fruto, de 700 a 800 enfermos, 12 fallecidos; Tudela, 500 enfermos, 26 fallecidos. Otros: Cáseda 12 fallecidos; Elorz, 17 fallecidos; Sada, 400 enfermos el 60% de la población, 10 fallecidos; Villava 7 fallecidos. Artajona, con 2.541 habitantes, 52 defunciones, en Goizueta  que fue el primer pueblo afectado en la segunda oleada que entró desde Francia el 3 de septiembre  hubo 200 afectados e inicialmente media docena de muertos.

Entre el 11 y el 12 de octubre fallecieron en Pamplona por la gripe 17 personas. El Alcalde dictó un bando que disponía que los cadáveres debían ser conducidos al cementerio en el plazo de dos horas desde el fallecimiento, quedaba prohibido el acompañamiento de los cadáveres al cementerio así como entrar en él y se obligaba  a los vecinos informar directamente al Negociado de Higiene Municipal de las defunciones producidas a fin de proceder a la desinfección de los domicilios. No se podían celebrar funerales de cuerpo presente. También se ordenó desinfectar todos los portales y cajas de escalera de los edificios de la ciudad y la correspondencia que llegaba a la ciudad. Se estableció en la conserjería-carpintería de la plaza de toros un servicio fúnebre a precios económicos por parte del Ayuntamiento para los más vecinos pobres.  También se suspendieron los toques de campana por los muertos por evitar el continuo y tétrico recordatorio de cada fallecimiento.

El 16 de octubre la Comisión de Abastos había establecido entregar  a los médicos de la ciudad unos bonos canjeables por medicamentos en las farmacias para los enfermos pobres. Días después se ampliaron esos bonos a productos como la leche, huevos, pescado, carne y útiles de loza y más adelante al arroz, patatas y alubias. En los bonos aparecía el establecimiento donde debían retirar esos productos. Y es que en aquellos días de fuerte demanda de ciertos productos, como la leche, los  limones y los huevos,  asistimos a un encarecimiento especulativo de los precios obligando a las autoridades a tomar medidas  para su contención y aprovisionamiento. Posteriormente la Tesorería Municipal pagaría los productos a los comerciantes. Esos días se produjo una enorme escasez de leche fresca por incremento en el consumo. El problema se fue resolviendo gracias a la llegada de leche condensada, si bien este tipo de leche causaba recelo en su consumo por parte de las clases bajas, recelo que se fue disipando con los días. El Ayuntamiento se gastó casi 20.000 pesetas de las de entonces en gastos relacionados con la epidemia y las ayudas  impulsadas. ¿Qué medicamentos utilizaban entonces?: aspirina, quinina, antipirina, caramelos de heroína,  benzoatos, alimentos y bebidas como la leche, el te o el alcohol, sustancias como el sulfato de sosa, tintura de yodo, suero a base de formol, etc.

A finales de mes, y pese a cierta mejoría, la epidemia no se podía dar por controlada. Habían fallecido 42 personas en septiembre y 111 en octubre. En Noviembre, hasta el día 20, hubo 62 defunciones. La gripe se extendió los últimos días de mes al Manicomio, con más  de 200 afectados, sobre un total de 500 internos y cerca  de 50  muertes en tan solo 19 días. Fue el principal foco epidémico en Pamplona. Contrasta con el caso de la Casa Misericordia que tenía 300 asilados, entre ancianos, adultos y niños y en donde no se produjo ningún fallecimiento. La explicación puede estar en que la Meca no dejó entrar ni salir a nadie que pudiera contagiar o contagiarse. En total hubo en Pamplona 215 defunciones, 243 si contamos el resto de oleadas del año, aunque según otras fuentes la cifra real pudo ser mucho mayor, de cerca del doble, casi 500,  y recordemos que la ciudad tenía solo 32.000 habitantes, osea pudo fallecer algo más de 1% de la población. Murieron más hombres que mujeres, y la enfermedad se cebó en las personas de de 21-30 años esto es en los jóvenes adultos, al igual que en el resto de España. Solo el 12,5% de los fallecidos murió en los hospitales.

En Pamplona dos de los grupos más castigados por la epidemia fueron los soldados de la guarnición y lo internos del manicomio provincial. Por clases sociales afectó más a las calles del Casco donde habitaban los segmentos sociales más vulnerables como la  Jarauta o  Descalzos, etc. Si en la primavera del 1918 el ratio de fallecimientos fue de 0,45  por mil, entre septiembre y noviembre ascendió al 6,6 por mil habitantes, siendo en 1919 de 0,36. En Navarra murieron  entre enero de 1918 y  junio de 1919 a consecuencia de esta epidemia de gripe algo menos de 3.000 personas, según las estadísticas oficiales,  sin embargo el exceso de mortalidad observado nos permitiría elevar esa cifra a cerca de 4.000 personas, concretamente 3.991 muertos. En España fallecieron oficialmente  por la gripe 143.930 personas aunque igualmente el exceso de mortalidad observado nos llevaría a un número sensiblemente mayor, 260.000,  (12 muertos  por mil habitantes). España tenía entonces casi 21 millones de habitantes.  En el resto del mundo los datos fueron estos: Más de 600.000 muertos en Estados Unidos (5,3 por mil), de 750 a 950.000 muertos en América Latina (8´4 a 10´6 por mil), 2,3 millones de fallecimientos en Europa (4,8 por mil), entre 1.9 y 2,3 millones en Africa (14,2 a 17 por mil) y entre 19 y 33 millones en Asia (19,7 a 34 por mil). La media mundial quedó entre  los 13,6 y 21,7 fallecimientos por mil.

Afortunadamente ha pasado un siglo y el sistema sanitario parece  muy superior al de entonces. De eso no cabe duda. Pamplona y España  tenían entonces muy escasos recursos sanitarios. Pese a las dramáticas cifras mucho peor lo pasaron otros pueblos y ciudades del resto de Navarra  y de España. El mayor riesgo que corremos, en estos momentos de la pandemia actual,  es el riesgo de que el virus mute y se convierta en mucho más agresivo de lo que ya es o que colapse el sistema sanitario y  por lo tanto se  incremente el número de fallecimientos por falta de atención, o por una priorización médica,  como ya está  sucediendo en algunas ciudades y zonas. Al tratarse de un virus respiratorio tanto en aquel caso de 1918 como en éste el mayor riesgo médico,  la causa del fallecimiento general se produce por  la neumonía que lleva aparejada la enfermedad. A diferencia de la gripe de entonces, este virus parece afectar mucho más a personas de edad avanzada que  a jóvenes y  a personas con algún tipo de patologías que a sanas, aunque los datos no mienten: también muere gente joven y sana. ¿Puede depender, además,  de la mayor o menor carga viral que reciba el infectado?. Probablemente también. Este virus se propaga más rápidamente y aparece emboscado, oculto, sin síntomas, durante muchos días extendiendo su mortal carga viral. Para hacernos una idea de lo que supuso aquella epidemia y teniendo en cuenta que la ciudad y sus inmediaciones apenas superaban los 30.000 habitantes, ese número de fallecimientos oficiales de 1918 hubiera equivalido a unos 2.500 fallecimientos actuales (en la menor de la estimaciones)  en nuestra área metropolitana, el doble si utilizáramos las cifras más pesimistas.  Desconocemos, no obstante, verdaderamente el número de personas afectadas por la gripe en Pamplona aquel año, en todo el período.

De como pudo cambiar la apariencia de la plaza consistorial a mediados del S. XX

Es conocido que en septiembre de  1953 el Ayuntamiento de Pamplona reinauguraba, tras casi dos años de obras,  su casa consistorial. Lo que ya no es tan conocido es que antes de acometer el proyecto de reforma y ampliación que ha llegado hasta nuestros días hubo otros proyectos de reforma que no se llevaron a cabo. El primero de ellos, de Víctor Eusa, planteado en 1940,  planteaba el derribo de la manzana del Banesto, en la calle Mercaderes y contemplaba un nuevo edificio de oficinas municipales, más allá de las escaleras de San Saturnino, a partir del nº 13 de la Cuesta de Santo Domingo. En 1944 se retomó el asunto de la ampliación de la Casa y algunos concejales plantearon trasladar el Ayuntamiento a la plaza del Vínculo, ocupando la antigua Casa de Baños y parte o toda la plaza del Vínculo, si fuese necesario, pero esta idea se topó con la oposición de otra parte de concejales que preferían mantener la tradicional ubicación, en el corazón del Casco Antiguo.

En 1945,  el concejal y arquitecto Eugenio Arraiza planteó un curioso y original proyecto que convertía nuestra plaza consistorial en una plaza mayor,  al estilo de las plazas mayores de otras ciudades españolas, donde lo que más llamaba la atención era su apariencia clásica y sus grandes arcadas por encima de la calle  Santo Domingo, la Bajada de Carnicerías y la conexión de la plaza con la calle San Saturnino. Nada que ver, desde luego,  la apariencia de nuestra hasta cierto punto anodina plaza actual  con el aspecto que podría haber tenido de haberse llevado a  cabo este proyecto, más cercano al estilo de las plazas  de algunas ciudades centroeuropeas. Dichas arcadas permitían comunicar el actual edificio, que se dejaba para los usos más nobles, con las nuevas dependencias administrativas que se construían, anexas, a ambos lados del edificio, en la zona donde estaba la Casa Seminario y demás casas adyacentes  y en el edificio contiguo a los antiguos Almacenes Unzu y que hoy alberga en su bajos a locales comerciales  como los de «El Vallado» o «María Sagrario Navarro» (antigua Casa Olaso).

Sobre la arcada que comunicaba la plaza con la calle San Saturnino se erigía la llamada Torre del Reloj. El proyecto contemplaba aprovechar la belena de Pintamonas, que está junto al Café Iruña,  para prolongarla hasta la plaza consistorial, previo derribo de la guarnicionería de Nagore, convirtiéndola en un insólito pasaje comercial cubierto, también al estilo de los pasajes comerciales de algunas ciudades europeas. El proyecto fue del agrado de la corporación pero los costes de las expropiaciones se disparaban por las exigencias de los propietarios afectados por los derribos,  y por diversas circunstancias  no demasiado aclaradas,  el proyecto se quedó en nada. Posteriormente, en 1947, el arquitecto municipal Francisco Garraus presentaba un nuevo proyecto, con importantes novedades como la apertura de una calle de doce metros de anchura que comunicaba la bajada de Carnicerías y la calle Mañueta o la desaparición, nuevamente de la manzana del Banesto. Este proyecto tampoco salió adelante.

En 1948 se planteó convocar un «concurso para la reforma de la Casa Consistorial y las nuevas oficinas municipales». En  las bases se  contemplaba, además de la reforma del viejo edificio, un nuevo edificio de oficinas en terrenos de la actual plaza de los Burgos. En el concurso resultó  ganador el proyecto de los hermanos Yarnoz. Pero tampoco salió adelante porque se disparaban los costes, por lo que se volvió a recuperar  el proyecto de Arraiza, que tanto había gustado a los munícipes,  tres años antes,   combinado con algunos aspectos del proyecto de los Yarnoz, que seguía fielmente  las directrices del concurso municipal. En este año, 1948, Eugenio Arraiza volvió a presentar un nuevo proyecto, con algunos elementos del antiguo proyecto de 1945, con arcadas menos altas sobre las calles Santo Domingo y la bajada de Carnicerías y la torre del Reloj rematando, esta vez,  el nuevo edificio de oficinas, situado a la derecha de Carnicerías.

En 1949 diversos  arquitectos pamploneses proponían nuevas ubicaciones para la nueva casa consistorial, tan dispares como la calle Bosquecillo, el solar de  la antigua Estación del Irati en la avenida de Franco, el edificio de la Escuela de Artes y Oficios, Casa de Socorro y Alhóndiga Municipal, en la plaza del Vinculo. Garraus, arquitecto municipal,  planteaba en el caso de sacar el edificio municipal fuera del Casco, que estuviese en la esquina de las calles  Taconera y Navas de Tolosa. Se abría un nuevo debate sobre que era mejor, construir un nuevo edificio fuera de su emplazamiento tradicional, en el Casco,  o ampliarlo en los edificios contiguos, con las dificultades económicas que habían surgido en los diferentes proyectos arquitectónicos que se habían planteado hasta la fecha,  ganando finalmente terreno la idea de ampliar el edificio hacia la plaza de Santo Domingo, pues  parecía ser la opción más económica para un consistorio más bien escaso de recursos económicos. En marzo  de 1951 se acordaba ampliar el edificio de la Casa Consistorial ganando nueve metros a la plaza de Santo Domingo y elevando una nueva planta al edificio, sobre su altura anterior.

La reforma y ampliación del edificio se pensaba que serviría para los próximos 100 años,  o al menos eso se decía,  sin embargo no pasaron, apenas ni 25 años desde que se terminase la ampliación para que el edificio comenzase a quedarse pequeño  para las crecientes necesidades municipales. Y  los servicios del Ayuntamiento comenzaron a dispersarse, en las siguientes décadas,  por diferentes edificios del Casco y la ciudad. Y así se trasladaron,  desde finales de los 70 algunas dependencias, como por ejemplo, Sanidad Municipal,  al nuevo edificio obtenido tras el derribo de la antigua  Casa Seminario (1979),  el área de Promoción Ciudadana al viejo y «okupado» Palacio de los  Mutiloa de la calle Zapatería que sería objeto de una restauración previa (1989), la  Oficina de Rehabilitación Municipal al antiguo local de Casa Luna en la calle Eslava (1985), el área de Cultura  aparte del antiguo Convento de los Descalzos, en la calle del mismo nombre (1995), el archivo Municipal, Catastro y otras dependencias, al antiguo Seminario de San Juan, en la calle Mercado, rehabilitado a partir de  1982; dependencias de atención al Ciudadano y Depositaria Municipal a  Casa Marceliano, en la misma calle Mercado (2001), desde finales de los 90 también se trasladarían desde el edificio de la Casa Consistorial otras áreas como Urbanismo y más tarde Conservación Urbana  a varias plantas del edificio central de Caja Municipal, etc. En los albores del nuevo siglo se habló de  erigir un gran edificio de oficinas, centralizando todos los servicios dispersos,  en el solar municipal del Paseo Anelier,  en el barrio de la Rochapea, pero no llegó ni siquiera a haber un proyecto. Hoy en día no hay ningún debate abierto al respecto pero quien sabe lo que el futuro nos puede deparar. En próximas entradas hablaré de otros proyectos urbanísticos municipales o arquitectónicos que quedaron en nada.

Fotos por orden de aparición: Nº 1: Proyecto de nuevo Ayuntamiento y Plaza Consistorial para Pamplona. Eugenio Arraiza. 1945. Archivo Municipal de Pamplona. Nº 2. Antigua Casa Consistorial derribada. Sólo se mantiene en pie la fachada. Foto Julio Cía. 1952. Archivo Municipal de Pamplona

Fotógrafos del Viejo Pamplona (1860-1960)

Alternando con el repaso de los comercios por calles continuo con el trabajo de recoger también el comercio por sectores: a la hostelería, bebidas, pastelerías, librerías, vendedores ambulantes, boticarios se le suma, en esta ocasión, la del gremio de los fotógrafos. En próximas entradas seguirán apareciendo el resto de sectores comerciales de nuestra ciudad: alimentación, ropa, calzado, perfumerías, joyerías, mercerías y un largo etcétera. Era un trabajo que estaba sin hacer. Creo  que es una buena ocasión, además, para rendir un merecido homenaje a la labor de muchos  profesionales y aficionados a la fotografía, algunos de cuyos trabajos han servido para ilustrar las diferentes entradas de este blog.   El origen de la fotografía en Pamplona se remonta a mediados del siglo XIX, concretamente a partir de 1843, donde se empiezan a anunciarse en la prensa artistas ambulantes   que utilizan la técnica del daguerrotipo y que recalan en la ciudad durante varios o semanas hasta que el negocio mengua y se trasladan a otro sitio. En esta técnica del daguerrotipo la imagen se formaba sobre una superficie de plata pulida como un espejo. La imagen revelada estaba formada por partículas microscópicas de aleación de mercurio y plata  ya que el revelado con vapores de mercurio producía amalgamas en la cara plateada de la placa. Previamente la placa era expuesta a vapores de yodo para que fuese fotosensible.  El problema de este sistema eran los largos tiempos de exposición que en sus inicios, el sistema nació en 1839, podía ser de hasta 10 minutos. Después se redujeron hasta menos de un minuto. Entre aquellos primeros daguerrotipistas estaban personas francesas o de ascendencia francesa como Pedro Alliet que alternó el daguerrotipo con la construcción de zapatos con suela de madera en los años 40 del XIX, en el nº 25 de la calle Comedias, o Monsieur Constant, en 1843,   en el nº 4 de la calle Pozoblanco o el suizo  Schmidt, en 1847,  en el nº 22 de la plaza del Castillo.

El primer fotógrafo o retratista que conocemos en Pamplona es el fotógrafo de origen francés  Leandro Desages que debió estar en nuestra ciudad al menos desde los primeros años 60 del siglo XIX, -en 1864 se traslada a Santander-, aunque después volvió, -en 1876 le vemos asociado con Domingo Dublán Elicechi-,  y que tenía su estudio cerca del palacio de Capitanía, bajo el nombre de Leandro Desages y Compañía. Con Dublán  tuvo el estudio en la Cuesta de Santo Domingo. A Dublán, tras su separación de Desages, le vemos en 1879, en el nº 5 de la plaza del Castillo asociado con Valentín Mª Aizpurbe. Parece ser que en 1865 Desages hizo diversas fotos del salón del Trono del Palacio de Navarra todavía en construcción. En los primeros años de los estudios fotográficos era muy habitual que estos se encontrasen en las plazas más céntricas de las ciudades, en  los últimos pisos, en espacios con lucernarios o claraboyas bien iluminadas para la adecuada realización de las fotografías. No es casualidad, pues, que en los orígenes del sector en nuestra ciudad, la mayor parte de los principales estudios se ubicasen precisamente en la plaza del Castillo, tanto por su centralidad como por las especiales condiciones de iluminación que eran necesarias.  El trabajo que realizaban estos primeros fotógrafos era el retrato de estudio. Se trabajaba con cámaras de objetivos múltiples y luego se revelaba sobre placas negativas al colodión que luego se positivaban en papel a la albumina, montada sobre un cartón más o menos decorado con el nombre del estudio. Posteriormente en los años 80 se utilizarán placas de gelatina de revelado químico que acortaron la duración de las tomas.

El segundo estudio profesional, después del Desages y Compañía fue el de Fotografía Pamplonesa situado en 1867 en el último piso del nº 39 de la plaza del Castillo. Tras ese nombre estaba  el fotógrafo también  de origen francés Anselmo María  Coyne y Barreras, que a mediados de los años 70, se había asociado con un tal Marín del que no se sabe demasiado. La sociedad pervivió hasta finales de los 70. En 1878 Coyne se marchó a Zaragoza mientras en Pamplona se quedaba durante algún tiempo Marín (las fotos aparecen bajo la denominación de Marín y Coyne) que más tarde abrió una sucursal en San Sebastián. Podemos ver en las fotografías adjuntas de estos primeros profesionales la técnica, el modo de posar, los fondos, telones y escenografía que se utilizaban.

En 1872  se había instalado en el nº 31 de la plaza del Castillo el estudio  del fotógrafo de origen francés  Leopold Ducloux que se asocia con el madrileño Emilio Pliego en 1876, si bien la sociedad de estos dos fotógrafos duró poco tiempo ya que tres años después, en 1879, aparece en el nº 35 de la plaza (donde el estanco de las Viñes) y con entrada por el nº 2 de San Nicolás el estudio de Emilio Pliego. En 1887 Pliego  se traslada a un local en planta baja, es el primero en hacerlo, al nº 22 de la plaza, en la casa del Crédito Navarro, de la cual creo recordar que hay alguna fotografía, siendo durante muchos años uno de los estudios de referencia de la ciudad donde aprendieron el oficio otros insignes fotógrafos. La actividad fotográfica del estudio de  Pliego duró hasta 1934 en que se cerró el local, aunque ya en 1922 había dejado de estar al frente del negocio Emilio continuando sus hijas. Con el avance de las técnicas fotográficas ya no se hacía tan necesario ubicar los estudios en las azoteas de los edificios. Los fondos se simplifican y los que posan ya no parecen tan envarados.

 

 

 

 

 

 

En 1879, Agustín Zaragüeta Colmenares se instalaba en el nº 35 de la plaza del Castillo, justo cuando Pliego la abandona, luego aparece en el nº 13 o 14 de la plaza aunque hasta 1886  parece que trabajó junto a Ducloux en el estudio del nº 31.  Fue un fotógrafo muy popular al que se deben muchos retratos de gente de  la época y que hemos visto en la serie de «Imagenes del siglo XX» hace unas pocas entradas. Con Pliego y Zaragüeta se utilizan fondos en las fotos mucho más  elaborados, verdaderos telones escenográficos, como el del ciclista que vemos en la fotografía. A Agustín Zaragüeta, que se retira en 1920 y fallece en 1929  le siguió en el oficio, a lo largo del siglo XX,  su hijo, Gerardo Zaragüeta Zabalo, que empezó muy joven, con 13 años, en 1908 a trabajar con su padre  y fue además uno de los primeros fotógrafos de prensa en La Voz de Navarra, la Gaceta Sportiva de Barcelona y reportero gráfico de Osasuna. Continuó en el nº 31 de la plaza del Castillo hasta los años 50 en que traslada el estudio al nº 6 de la calle Amaya, jubilándose a comienzo de  los años 60. junto  a este párrafo tenemos imagenes de ambos, de Agustín, a la izquierda y de Gerardo, a la derecha.

En 1882  José Roldán Bidaburu se instalaba en el último piso del nº 48 de la plaza del castillo, donde permanecerá hasta el derribo del edificio en 1887, para pasar, en el nuevo, al último piso del nº 44. Poco tiempo después, en 1888,  se asoció con Félix Mena Martín creando la sociedad Foto Roldán y Mena, rompiéndose dicha  sociedad en en 1899, quedándose con el estudio Roldan formando sociedad con su hijo José Roldan Zalba bajo la razón social de Fotografía Roldán e Hijo en 1900. Al poco tiempo montaron un escaparate y luego, en 1904,  una librería en el nº 17 de la plaza, (que veremos más tarde  a nombre de su viuda) donde expusieron sus trabajos, -los fondos de los retratos se simplifican-,  y vendían sus postales, novedad que se extendió con fuerza a primeros de siglo. Como Pliego también vendía en su establecimiento productos y equipamientos fotográficos, incluso en 1909 abre una tienda de enmarcación de cuadros en la misma plaza. En 1910 se trasladaban del edificio del Iruña al nº 40 de la plaza con el nombre de Fotografía Roldán. Roldán Zalba fue colaborador habitual del Diario de Navarra, especializándose en reporterismo gráfico y fotografía taurina, llegando a ser fundador y presidente del Club Taurino de Pamplona.  En los años 50 aparecía  su hermano  Nicanor Roldán Zalba y en los 60  Ana María Roldán, como titulares del estudio. El estudio perduró hasta 1950.

Felix Mena, tras separarse de Roldan,  se instaló, según Arazuri en el nº 44 de la calle Mayor aunque según su bisnieto, Pablo, me dice que el estudio estaba a pie de calle en el último tramo de la calle Mayor, el más cercano a San Lorenzo. Investigando he descubierto que tras su separación de Roldán se trasladó en 1903 al nº 86 de la calle Mayor. En defensa del dato de Arazuri podría tratarse  más que de una confusión de una traslación de la actual numeración con la antigua.  En la publicidad del negocio en prensa destacaban entonces «que ya no hacía falta subir escaleras. Venga a hacerse fotografías que en planta baja le atenderemos». Mena, natural de Burgos había llegado a Pamplona procedente de Burgos en 1882 y había completado sus conocimientos de retoque fotográfico con Emilio Pliego, ejerciendo de ayudante de éste. Tras quedar viudo, Félix dejó Pamplona y se asentó en Elizondo con su segunda mujer. De ahí que haya dos ramas de la familia, la de Elizondo y la de Pamplona. Su hijo Javier Mena Zuasti  volvió a Pamplona en los años 20 mientras su hermanastro Victorio se quedaba en Elizondo. Javier ubicó su estudio en el nº 12 de la avenida de San Ignacio (hoy 14 de García Castañón)  pero, al acabar la guerra civil, en 1939, cogió en alquiler el local del nº 32 del Paseo de Sarasate que al final acabó comprando.  Allí estuvo el negocio familiar durante 75 años, primero con el abuelo Javier, luego con su hijo Victorio, y sus hermanos  José María y Santos y, desde 1988, el nieto Pablo hasta que el 26 de diciembre de 2013 Pablo se trasladó a  su actual ubicación en la calle Mayor, toda  una vuelta a los orígenes.

En el nº 16 de la calle Tecenderías (actual Ansoleaga) encontramos en 1899  el estudio de Fermín Aduain, que, por lo que sabemos,  había estado asociado con Eugenio Segura en la calle Eslava unos años antes. El estudio de Aduain en Ansoleaga es sustituido poco tiempo después, en 1902,  por Muñoz, Buitrago e Irigoyen.   En el nº 18 estaba el estudio de Basilio Montes. A la vuelta, en el nº 1 de  la calle Eslava había estado, desde mediados de los años 90  Eugenio Segura, asociado como he dicho algún tiempo con Aduain,  a quien le siguió en 1907 Tomás Segura (¿tal vez su hijo?) que continuó hasta 1913 pero ya en el nº 31 de la calle Mayor. Benito Rupérez Herrero  abrió estudio en Pamplona, en 1905. También, al igual que Mena,  aprendió con Pliego. En los años 20 se  abría su conocido estudio en el nº 12 de la calle Calceteros donde empezó a trabajar también su hijo Luis Rupérez Pérez y que continuaron sus herederos  durante muchos años, hasta los añso 80, al menos. Un bisnieto de Benito Rupérez, abrió Foto Koldo en el nº 30 de la avenida de Bayona.

Francisco Zubieta Vidaurre aprendió el oficio en el estudio de Rupérez donde trabajó desde 1922 hasta 1940 que se estableció con Javier Retegui Gastearena creando la sociedad Zubieta y Retegui en el nº 17 la calle de Espoz y Mina.  Zubieta también ejerció de fotógrafo de prensa en «El Pensamiento Navarro», durante 26 años  y en el «Diario de Navarra», durante 15. En los años 20 descubrimos a Valentín Ruiz en el nº 25 de la plaza de la Constitución  y que será sustituido en los años 30 por  Iglesias y Compañía, no se si tuvo alguna relación con el Ruiz de Sarasate.  También en los años 20  estaba  la Fotorrápida en el nº 18 de Mañueta y  Alejandro Tapia en el nº 32 de la calle Mayor que luego, en los años 30,  se traslada al nº 16 de Carlos III. En los años de la 2ª República se instaló en el nº 16 de San Ignacio un fotógrafo de origen alemán llamado Carlos Skogler. Luego se trasladaría al número 4 de la misma avenida, donde luego se ubicaría Foto Esteban, regentada por Jesús Esteban Blasco. En el nº 33 de la calle Jarauta había un fotografo de apellido Manrique.

  

José Galle Gallego había nacido en Valladolid en 1898  y tras ejercer como fotógrafo en Madrid y San Sebastián, llegó a Pamplona en 1919. Inicialmente Galle entró a colaborar con Benito Rupérez. Poco después se estableció en la entreplanta del nº 38 de la calle Zapatería asociándose con su hermanastro Rafael Bozano, de quien se separaría en 1949. Según fuentes familiares sus actividades económicas se iniciaron en 1922, aunque la primera referencia en los registros municipales son de 1926 en que aparece Galle  bajo el epígrafe de  “industria de la fotografía”. En 1934 ya aparece su tienda de fotografía y droguería-perfumería del nº 7 de Mercaderes, entonces Blanca de Navarra. Galle fue corresponsal gráfico en Navarra para la prensa nacional durante el primer tercio del siglo. En Navarra se convirtió en un reportero especializado en deporte y actualidad local, de lo que da buena muestra el amplísimo fondo de fotografías donado por la familia Galle al Archivo General de Navarra. A partir de 1949 la segunda generación, Fernando Galle Zumealde  siguiendo los pasos de su padre, continuó con la tradición familiar, en su doble faceta: fotográfica y comercial.  Con su padre  compartió  estudio durante algún tiempo,  hasta el punto de que a veces es difícil atribuir muchas fotografías a uno u otro ya que todas llevaban la firma  de Foto Galle. Fue uno de los pocos fotógrafos profesionales que impulsó la Agrupación fotográfica y Cinematográfica de Navarra. Trabajó a para varios medios entre ellos el Diario de Navarra y el NODO. Posteriormente abrió su propia tienda  y estudio de fotos en el nº 2 de Joaquín Larregla  así como perfumerías en el nº 5 de Bergamín y  en el 45 de  Carlos III. Hasta los años 80 se mantuvo abierta  la tienda de la calle Mercaderes, como tienda de fotografía y perfumería, bajo la figura de una sociedad limitada. En 1983 fallecía José Galle mientras su hijo Fernando, lo había hecho   prematuramente un año antes, en 1982. Regenta la perfumería Galle de Carlos III la tercera generación de la familia en la persona de Pachi Galle. Galle no es el único fotógrafo vinculado al negocio de la droguería: tenemos también el ejemplo de Ardanaz. También hay droguerías que vendían aparatos y material fotográfico como fueron López y Negrillos, que yo recuerde. El origen químico de algunos de sus materiales para revelado lo justifica.

Rafael Bozano Gallego que también trabajó en galería y como fotógrafo de prensa, fue corresponsal de la agencia Efe,  se estableció en 1970 en la calle Estella, abriendo posteriormente  otras sucursales en la calle San Antón, que cerró hace algunos años, -cerca de ahí estaba en San Miguel Foto Ama-, Serafín Olave, Tudela y Estella. Con Bozano se formaron algunos profesionales entre los que destaca José Luis Zuñiga que murió prematuramente a los 59 años de edad. En 1949 se fundaba Foto Gómez, fundada por Juan Gómez Quintana, hijo a su vez de un reputado fotógrafo de la primera mitad del siglo, Javier Gómez Cerdán. Pasó por el nº 34 de la calle Mayor, luego el 25 de la misma calle, San Nicolás, 39, San Miguel 8, travesía Espoz y Mina, 6 y plaza Príncipe de Viana.

Gómez fue, además, fotógrafo de prensa y  corresponsal de la agencia Cifra. En 1950 se instaló en Pamplona Julio Ruíz Sánchez, que había aprendido el oficio en Zaragoza y que se dedicó, casi exclusivamente, al retrato de estudio. Imagino que fue el de foto Ruiz del Paseo de Sarasate que muchos conocimos durante varias décadas.  En 1962 se instaló en el nº 34 de la avenida Carlos III Fotografía Turgel, fundada por Ángel Turrillas. En 1963 se instalaron en el nº 13 de la calle Sancho El Mayor, los fotógrafos Carlos Calleja y José Luis Lafuente, que habían aprendido el oficio con Rupérez, y que firmaban con la denominación de Foto Prince. También trabajaron como fotógrafos de prensa. En el nº 22 de Sarasate estaba  en los años 50 José María Usillos Avendaño y en los años 60 a los citados debemos añadir Santiago Jordán en el 21 de Padre Calatayud, Arturo Mene en el 6 de la plaza del Castillo, Florentino Suescun y Herce en la Chantrea y Félix Ventura en el nº 16 de Sarasate.

Fotógrafos aficionados  del período que estoy analizando  fueron Mauro Ibañez que nos legó algunas de las fotografías más antiguas que podemos encontrar en los archivos, sobre todo las del bloqueo carlista  a la ciudad y otras de la plaza del Castillo; Aquilino García Deán, fotógrafo de la revista «La Avalancha» y que fue  empleado municipal y concejal en 1898 y que legó toda su obra al Archivo Municipal, su producción resulta indispensable para conocer la Pamplona a caballo entre los dos siglos. Fue un verdadero documentalista: José Ayala, también era funcionario del Ayuntamiento de Pamplona  y como Aquilino fue otro destacable documentalista urbano; Luis Rouzaut, el óptico, al que le debemos una valiosa colección de hermosas fotografías de la Pamplona de primeros de siglo;   Miguel Goicoechea de Jorge vinculado al pictorialismo;  el médico y jefe de la Beneficiencia Municipal Anselmo Goñi Nagore;   el comerciante de Chapitela, Miguel Azpiroz;  el industrial Fidel Veramendi, etc

También, en este listado debemos incluir  al director del Banco de España, Vicente Istúriz;  al militar, geógrafo e historiador Julio Altadill, -muchas de cuyas fotografías aparecen en los libros de Arazuri-; a Roberto Greuling, de origen alemán, con alguna famosa instantánea aislada de la plaza del Castillo nevada: a Julio Cia Uriz que ayudo a documentar muchos de los cambios de la vieja Pamplona a mediados de siglo y que acabaría profesionalizándose;  a José Martínez Berasain que colaboró con la revista «La Avalancha» y «El Pensamiento Navarro»; a Pedro María Irurzun y su esposa Lydia Anoz; a Nicolás Ardanaz Piqué, droguero de profesión;  a Félix Aliaga, farmacéutico, a Jesús Martínez Gorraiz, uno de los primeros taxistas, desde 1923 y que tuviera  una flota importante de vehiculos, automoviles de punto y alquiler que se llamaban en aquellos años;  al archivero municipal durante muchos años Vicente Galbete, el farmacéutico Antonio Yarnoz y a otros muchos, aunque quizás sean estos algunos de los más importantes en nuestro ámbito local. Con el paso del tiempo la fotografía se fue popularizando  y dejará de ser feudo de unos pocos. En agosto de 1955, un grupo de aficionados a la fotografía  fundaba la Agrupación Fotográfica y Cinematográfica de Navarra. De los fotógrafos que han sobresalido en los últimos 60 años (1960-2020) me permitirán que hable en otra ocasión.

Fotos, por orden de aparición: Nº 1: foto de estudio de Leopold Ducloux. San Sebastián. S.XIX, Nº 2: Reverso fotográfico del estudio de Ducloux y Zaragüeta. Siglo XIX, Nº3: foto sin filiar. Fotógrafos trabajando. Principios del siglo XX, Nº4, Nº5 y Nº6: Fotos, -anversos y reverso-,  de Leandro Desages y Domingo Dublán. S.XIX, Nº7, Nº8, Nº9 y Nº 10: fotos de Marin y Coyne. S.XIX Nº 11, Nº 12 y  Nº 13: fotos de  Emilio Pliego. 1887-1900 , Nº 14, Nº 15 y  Nº 16: fotos de Gerardo Zaragüeta de los años 30, 1900 y 1920, Nº 17: Agustín Zaragüeta Colmenares, Nº 18: Foto de Zaragüeta Fotógrafos (1920-30). Nº 19: Gerardo Zaragüeta Zabalo (1925), Nº 20, Nº 21 y  Nº 22: fotos de José Roldán Bidaburu y José Roldán Zalba, Nº 23 y  Nº 24: Fotos de Javier Mena. Archivo familiar de Santi Urra, Nº 25, Nº 26, Nº 27 y  Nº 28: Fotos de Benito y Luis Rupérez Nº 29: reverso fotográfico de Segura y Aduain Nº 30: Foto Rupérez, Nº 31: foto del establecimiento Zubieta y Retegui en la calle Espoz y Mina, Nº 32: Foto Skogler. Archivo familiar de Santi Urra, Nº 33, Nº 34, Nº 35, Nº 36 y  Nº 37: Fotos de Galle, Nº 38: Foto Bozano, Nº 39: Foto del establecimiento de Foto Gómez en la  Travesía Espoz y Mina , Nº 40. felicitación de Foto Gómez cuando estaba en San Miguel 8, imagino que donde después estuvo Foto Ama, Nº 41: foto de Vicente Istúriz, Nº 42: foto de Julio Altadill, Nº 43: Foto de Roberto Greuling, Nº 44 y Nº 45: Fotos de Julio Cía, Nº 46: Foto de Nicolás Ardanaz

Rincones desaparecidos del Viejo Pamplona (1850-2000). 1ª parte.

La ciudad histórica, el Casco Antiguo que hasta finales del siglo XIX, con la construcción del primer ensanche, fue toda la ciudad ha sufrido, como es lógico, bastantes cambios a lo largo de su reciente historia, si bien buena parte de sus calles, belenas y callejuelas conserva, no obstante, su trama y estructura de origen medieval. Sin embargo, las reformas o renovación del parcelario, -excepto algunos palacios y edificios aislados-, data del siglo XIX, de mediados y sobre todo de finales del siglo XIX.

En esta entrada repasaré algunos de esos rincones que hemos visto cambiar en el Viejo Pamplona a lo largo de los últimos 150 o 170 años. Como siempre, esta entrada no tiene carácter exhaustivo, apenas repaso en esta entrada una docena de sitios, y por supuesto habrá  una segunda y tal vez una tercera entrega sobre este mismo asunto, pues los rincones desaparecidos en esos 150 años son  muchísimos  más de los que aquí se citan, en otras plazas y calles como Compañía,  Calderería, Dormitalería, Merced, Tejería, etc, incluso en la propia plaza del Castillo.

Partiré, para hacer este primer  itinerario, de la plaza Consistorial. Si nos situamos frente al Ayuntamiento, algunos de los más viejos de la ciudad recordarán que hubo, a la derecha del Consistorio, una calle que era la Bajada de Carnicerías, cuyo origen se remonta al siglo XVI. No he logrado encontrar ninguna fotografía tomada desde el interior de esta estrecha callejuela que hoy es la Bajada al Mercado junto a la actual plaza de los Burgos. Y no será por la insistencia en que siga buscando  de mi buena amiga Marcela Abarzuza,  que me recuerda que el origen de la popular saga de libreros pamploneses tuvo su origen en esta calle. Allí tuvieron su sede otros célebres negocios como el de Felipe Layana,  varias alpargaterías y otros comercios un tanto variopintos.

De momento les dejo con una instantánea de un fotógrafo alemán que data probablemente de los años 20 del pasado siglo y en el que aparecen, todavía en pie, los dos edificios del lado derecho de la calle. Para la década siguiente, entre 1934 y 1936 se había derribado el primer bloque, el más cercano al Mercado. Como ya he señalado en otras entradas, en 1954 se derribaba el segundo edificio, el que quedaba y en cuyo espacio se ubicaría luego la plaza de los Burgos. Durante la primera mitad del pasado siglo esta calle sin circulación ofrecía dos imagenes muy diferentes según fuese la hora del día, la mañana o la tarde, pues estaba  totalmente condicionada a la actividad del Mercado, de forma que las mañanas era un trasiego continuo y bullanguero de vendedor@s y clientas, mientras que las tardes eran, por lo general,  solitarias y tranquilas.

Muy cerca hemos conocido como los dos edificios que hacía más estrecha la salida de la plaza consistorial hacia la calle Nueva, los números 2 y 4 de San Saturnino  fueron derribados en 1941 y 1946 o como la vieja Casa Seminario que estrechaba la calle Santo Domingo se derribó en 1976, siendo sustituidos por un moderno edificio de oficinas municipales en el año 1979. Anteriormente y muy cerca de ahí,  21 de agosto de  1890 el Ayuntamiento había concedido permiso para derribar las casas números 1, 3, 5 y 7 de la calle Tecenderías y 1, 3, y 5 de la calle Bolserías. Sobre el solar resultante, propiedad de D. Francisco Seminario,  se erigieron dos elegantes edificios, obra de Julián Arteaga, que son los actuales números 2 de la calle Nueva y 1 de san Saturnino. Bajo la casa nº 2 se abrió el pasaje que lleva, en su honor,  el nombre del promotor de este profundo cambio urbanístico.

Las escalerillas de San Saturnino no han tenido siempre su configuración actual Hasta los años 40 las escaleras eran mucho más angostas, como se puede comprobar en la fotografía, tenían dos tramos separados por una barandilla. El Ayuntamiento adquirió los viejos inmuebles de la izquierda para derribarlos y al poco tiempo construyó unos baños públicos con una pequeña terraza en la cubierta. El tramo de las escalerillas se estrechó aun más. Estos baños se clausuraron a mediados de los 80 utilizando sus instalaciones a partir de entonces como almacén municipal. En el año 1999, el Ayuntamiento derribó los baños y triplicó la anchura de la escaleras. Hoy existe una entrada para el mantenimiento de los servicios de la galería subterránea en el extremo izquierdo de la escalinata.

También hemos visto en la entrada correspondiente como hasta 1914, la calle Mercaderes tenía otra apariencia,  con una manzana más en el tramo ancho hasta el cruce con Estafeta, de forma que tanto las calles Calceteros como Mercaderes tenía otra numeración. Y es que en 1913 el Ayuntamiento compró los números 12 y 14 de Mercaderes para derribarlas en los primeros meses de 1914. Se estuvo a punto de llamar al espacio liberado Plaza del Comercio pero dicha iniciativa no prosperó. También he señalado en una entrada del blog como en 1966 se colocó una isleta en la calle Mercaderes para dividir las vías de circulación, de cuyo  hecho se hicieron eco, ese año, alguna pancarta de las peñas.

Al construirse en el siglo XIX la casa del Hotel La Perla, desaparecía el llamado Callejón de la Sal que hoy se conserva parcialmente en forma de patio, en la parte alta de la calle Chapitela, correspondiendo  al patio del edificio del nº 21 de la calle Chapitela y de los números 16, 18, 20 y 22 de  la calle Estafeta. Yo estuve trabajando en una oficina, junto a ella, entre junio de 1999 y enero de 2001, hasta mi traslado a la calle Mayor y hasta mi ventana, llegaban los aromas del obrador de Pastas Beatriz, situado en el nº 22 de Estafeta, haciendo sus célebres garroticos.

Al hablar de la Pamplona de la segunda mitad del Siglo XIX mostré una foto muy poco conocida de como era entonces lo que hoy conocemos como plaza de San Francisco, con la antigua cárcel y Audiencia, anteriormente Consejo Real ocupando buena parte de lo hoy es este espacio público y al otro lado, donde desde 1905 están las Escuelas de san Francisco,  el antiguo Convento de San Francisco. Aquí hubo una belena o calleja que enlazaba con la de San Miguel, que aun se conserva y con las que pasaban por la actual calle Eslava. En 1849 se derribó la iglesia del convento y se ensanchó la belena hasta los muros del recinto conventual que coincidirían con los de la fachada de las actuales escuelas.

Y ya que las he citado,  hablemos de las  belenas precedentes de la actual calle de D. Hilarión Eslava. En 1877 se trasladaba a Descalzos la fuente que había en la plaza de Santo Domingo, hoy de Santiago. En 1879 se procedía a ensanchar las  belenas de la calle Carnicerías (desde el siglo XVIII calle de Descalzos), la de Pellejerías (hoy Jarauta), calle Mayor y San Francisco, derribando las casas del lado izquierdo según vamos a la calle Descalzos. De ahí que la fuente de Descalzos se halle descentrada respecto al eje de Eslava. La única belena de la zona que se conserva como entonces es la Belena de San Miguel, entre Nueva y San Antón, la propia calle San Miguel en toda su extensión tiene todas las características de una belena (era la Belena de la Población). Y del resto del Casco, que yo recuerde, siguen estando actualmente las de Pintamonas (Plaza del Castillo) y Santo Domingo (Portalapea). Quisieron los vecinos de la calle Eslava darle el nombre de la calle al año del ensanchamiento (1879), pero finalmente el consistorio le dió en 1883 el nombre del músico Hilarión Eslava, quitando los nombres de las antiguas belenas.

A finales de 1909 se comenzaron a derribar los edificios de la antigua cárcel y de la Audiencia Territorial. Pero antes de su derribo, de lo que da testimonio la fotografía adjunta, bajo la Audiencia había un largo pasadizo que llegaba hasta la calle  Tecenderías (actual Ansoleaga), de ahí que el nombre se conociese como Pasadizo del Consejo o de la Audiencia o Pasaje de Tecenderías. En su interior había algún comercio como la platería de Juan Florenzano o algún zapatero remendón y, en el otro extremo, en la calle Tecenderías el cuerpo de guardia de la prisión. Otro pasadizo famoso fue el Pasadizo del Hospital entre las calles Descalzos y Santo Domingo y que más concretamente conectaba con el Hospital Provincial. Este pasadizo se derribó en 1928. Era un largo túnel sucio y maloliente, dicen,  que se cerraba por la noche.

En otro punto del Casco, en la calle del Carmen, fueron dos los espacios en este período  desaparecidos, el Convento de Carmen Calzado que ocupaba un enorme espacio entre las calles del Carmen y Redín y la antigua Maternidad en donde hoy se abre la calle Aldapa. El primero de ellos fue objeto de la desamortización eclesiástica en 1837 y destinado a cuartel y hospital hasta su abandono y posterior ruina. En 1898 pasó a ser propiedad municipal instalándose, durante un breve período,  la perrera municipal. Posteriormente el Ayuntamiento vendió el solar por lotes a diferentes empresarios, una parte a Lorenzo Martinicorena que construyó unas naves para almacén de madera, otra a Andrés Miqueleiz para fábrica de alpargatas que luego sería garage y en los 70 se construyó un edificio en cuyos bajos estaba la discoteca Xuberoa y por último en la parte más cercana al Laboratorio Agrícola se instaló la fabrica de Tejidos Goñi hasta su traslado a San Juan, dejando su espacio industrial a la fábrica de chocolates de Pedro Mayo. La calle Aldapa nació en 1944 tras el derribo del caserón de la antigua maternidad, tras casi un siglo de servicio a la ciudad. El edificio que tenía su entrada principal por la Cuesta del Palacio había entrado en funcionamiento en 1846  y estuvo en funcionamiento hasta 1934 en que se trasladó a las instalaciones hospitalarias de Barañain.

Fotos por orden de aparición: Nº 1, Bajada de Carnicerías, vista desde la zona del Mercado. J. Cía. 1933. Nº 2: Bajada de Carnicerías vista desde la plaza consistorial. 1920-25. Sin Filiar, Nº 3: calle de las Bolserías. 1892. Antes del derribo de las casas de D. Francisco Seminario. Al fondo el inicio de la calle Nueva.  Nº 4: Número 2 y 4 de la calle San Saturnino antes de su derribo. J. Cía. 1933, Nº 5: Las mismas casas de antes pero vistas desde la plaza consistorial, Colección Arazuri. Nº 6: Escalerillas de San Saturnino. 1940. Zubieta y Retegui, Nº 7: manzana desaparecida de las calles Calceteros y Mercaderes. 1912. Aquilino García Dean, Nº 8. Belena o calleja de la plaza de San Francisco antes del derribo de la cárcel y Audiencia Provincial. Colección Arazuri. Finales del siglo XIX o principios del XX. Pamplona Belle epoque , Nº 9: Plaza del Consejo y pasaje del Consejo, la Audiencia o Tecenderías. 1890-1895. AMP, Nº 10: Pasadizo del Hospital, Primeros de siglo XX. Miguel Goicoechea, Nº 11: Pasadizo del Hospital. Rafael Bozano. 1925, Nº12: Convento de Carmen Calzado. Roldán y Mena. 1880, Nº 13: calle del Carmen, tras el derribo del convento de Carmen Calzado, Almacenes de Lorenzo  Mariezcurrena, 1933. Julio Cía. Nº 14: Antigua Maternidad en la calle del Carmen. 1936, Julio Cía. Las fotos 1, 3, 4, 5, 6, 7, 10, 11, 12, 13 y 14 pertenecen a la Colección Arazuri, publicadas en los libros de Pamplona, calles y barrios, Archivo Municipal de Pamplona. Las fotos 2, 8 y 9 pertenecen al Archivo Municipal.

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