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Estampas de antaño: Juegos y otras diversiones infantiles en el viejo Pamplona (1970-75)

Esta entrada es continuación de “Los juegos del viejo Pamplona (1966-1976)” y de “Las Navidades del viejo Pamplona (1965-1971)”. Hasta los siete u ocho años, como ya señalaba en esta última entrada, los juguetes nos los regalaban los Reyes Magos en un magno escenario como era el del Teatro Gayarre. Posteriormente y hasta que comenzamos a perder la inocencia, dejamos de jugar y enfocamos nuestro interés a otros aspectos de la vida, seguimos jugando, como no, en aquellos juegos comunitarios, al caer la tarde, en las calles del barrio (el barrio era la calle, la Travesía) donde lo importante era correr y/o esconderse: jugabámos al Escondite, Trenabios en la mar, Tente, y otros muchos juegos señalados en la primera de las entradas citadas. Y como la imaginación no tenía limites bastaba a veces un simple trozo de rama seca que habías encontrado en los campos cercanos a la vía del tren para erigirte en el héroe de la historia,  emulando las hazañas del héroe de la película de Sesión de Tarde (generalmente de indios y vaqueros y que tenía a Gary Cooper, James Stewart, Gregory Peck o John Wayne como protagonista). ¡Qué decir si contabas ya con una pistola de plástico o una estrella de sheriff como parte del atrezzo!. Ante la inexistencia de viejas fotos de mi calle, pertenecientes a esta epoca vuelvo a insertar en esta entrada una de las más antiguas que  tengo, no es propiamente de la Travesía, sino de la calle Carriquirri en el año 1984, pero que aun conservaba en ese año buena parte de la apariencia que debía de tener una década antes (salvo la construcción de las nuevas escuelas que se erigieron en el año 1977).
La imaginación hacía, entonces, que un par de latas o unos envases del yogurt Yoplait (no valía otro) y una cuerda se convirtiera en un improvisado teléfono. En casa o en la calle, con los soldados de plástico,  imaginabas cruentas batallas  que se ponían fin por el cansancio o aburrimiento de alguno de los contendientes o con los coches de plástico imaginabas veloces carreras que rivalizarían con las de las actuales películas “Fast & Furious” o las de los videojuegos de Nascar. Recuerdo que cuando me cansé de aquellos juegos le regalé una bolsa completa con todos los coches y soldados   a un amigo  del barrio. Otros chicos se dedicaban, en cambio,  a juegos, y/o travesuras, ciertamente más arriesgadas como el de jugar   con fuego,  mejor dicho con cerillas, birlar fruta en los arboles de un chalet cercano (aun recuerdo aquella frase delatora de otros chavales, que en el momento cumbre de la rapiña decían, voz en grito,  “a ese que manga higos”) o coger pajarillos con liga, más concretamente cardelinas. Por cierto y hablando de fuego recuerdo aquellas noches de San Juan, el día 24 de junio,  en el viejo campo de futbol del Ave Maria. Aquella noche se organizaban tres o cuatro grandes fogatas por los chavales y algunos mayores del barrio sobre las que saltaban luego los más osados,  mientras algunos permanecíamos absortos ante el hipnótico espectaculo, eso si, bien controlado del fuego. 
Como ya no nos regalaban juguetes en Reyes a menudo jugábamos en las casas de los vecinos más cercanos: allí asistíamos asombrados  a las evoluciones de los coches en el Scalestric, veíamos el rudimentario cine del Cinexin, contemplabamos las dificultades para montar el Mecano, o jugábamos a algunos de los juegos de mesa o de tablero que había en aquel entonces: La Oca, el Parchis,  y sobre todo El Palé (precedente del actual Monopoly) en el que jugábamos a comprar calles y edificios que nos parecían inalcanzables. A veces también jugábamos al ajedrez (comencé a aprender en La Carbonilla) y a las damas (recuerdo las del Centro). En casa fue tal la afición que cogí al ajedrez en mi infancia y adolescencia que llegué a confeccionar un rudimentario artesanal tablero con sus correspondientes fichas-piezas de cartón hasta que me traje un espectacular juego de ajedrez  de la extinta Unión Soviética algunos años más tarde, allá por los años 80 y que aun conservo.


En el mismo terreno del ocio infantil que recuerdo en esta entrada estarían los cromos y los primeros tebeos. De aquellos lejanos albumes infantiles de cromos, de tamaño generalmente más ancho que largo, y que pegábamos con una pasta blanca y más tarde con el inolvidable pegamento Imedio, recuerdo uno de coches (1975) (mi hermano llegó a coleccionar uno de motos, en 1976), uno de países, y otro, magnífico, de billetes del mundo (1974) (de este último recuerdo muchos de aquellos billetes no así el álbum). Sin olvidar un album  que ya cité en la entrada de “Recuerdo de mi colegio”, el del Antiguo Testamento, de todos los cuales dejo aquí una breve muestra. En cuanto a los tebeos, el tebeo que recuerdo con más agrado era el del “Capitán Trueno” y en menor medida el Jabato. Recuerdo que un amigo de la vecindad tenía un volumen completo de aquellos antiguos tebeos del Capitán Trueno, de color salmón, y cuyas aventuras nos sumergían en increíbles historias de batallas, lances y rescates de hermosas princesas. En la escuela alguna vez nos regalaban una revista que se llamaba “Piñón”, revista de historietas, suplemento de la publicación “El Magisterio Español”. También en casa recuerdo haber visto algún ejemplar de  la Colección Trinca de la editorial Doncel (1971) (de aquella colección magnífica en su presentación y dibujos recuerdo la historia del Cid  y otras historietas de temática diversa, como “Manos Kelly”, “Los Guerrilleros”  y “Haxtur”). También de estos comics y albumes de cromos dejo unas cuantas muestras.

Eramos niños pero junto a lo que hacían el resto de niños, que era jugar, en mi casa y en relación con el tiempo del ocio  prendió muy pronto el hábito de la lectura y ya no solo de libros infantiles o juveniles. Junto a los libros que ya en el Ave María nos dejaban para leer, aquí generalmente cuentos universales (de Andersen y los hermanos Grimm), clásicos españoles de Editorial Doncel y fabulas clásicas (de Esopo, Iriarte, Samaniego), en la Carbonilla (1973-74) recuerdo haber leido “Corazon” de Edmundo de Amicis,   incluso recuerdo que había un libro de texto de lecturas (con cuentos como los de El traje del emperador, Los viajes de Gulliver o Lohengrin),  y en el Cardenal Ilundain, ya las lecturas eran de temática mucha más variada:  aventuras (Marco Polo, El libro de la Selva, Viaje al Polo Norte), juveniles (El Diario de Daniel, creo que se llamaba) o ciencia ficción (2001, una odisea del espacio). En mi casa los primeros libros que recuerdo haber visto y leído  fueron “La Odisea”, “La Eneida”, “La Isla del Tesoro”, “Crimen y Castigo”,  libros clásicos de la editorial Bruguera Libro Amigo; Sopena y la colección RTV Salvat. De aquel temprano, yo diría que precoz hábito a la lectura de los clásicos, tenía apenas seis o siete años, imagino que me ha venido  la afición a la literatura que he mantenido a lo largo de toda mi vida. Reproduzco la portada de un libro antiguo, muy antiguo, profusamente ilustrado, que le regalaron a mi hermano por haber ganado el Concurso de Redacción del Ximenez de Rada, patrocinado por Coca Cola allá por el año 1971 y del que guardo un bonito recuerdo y que aun  conservo en mi biblioteca. Eran las “Aventuras del Sastrecillo Valiente y otros relatos” de Antonio de Trueba. 

Estampas de antaño: Las Navidades del Viejo Pamplona (1965-1972)

Dicen que la infancia es la patria de los hombres. De ahí venimos, y la vida, a veces tan dura y gris, a menudo nos hace perder la inocencia y la capacidad de sorprendernos. Y es que en aquellos tempranos años descubríamos con sorpresa y con la ingenuidad de un niño el mundo que nos rodeaba. De nuevo intento bucear en los recuerdos de aquel niño que hace décadas dejé atrás y me sumerjo en el entrañable recuerdo de mis navidades infantiles. Eran aquellas navidades unas fechas que esperaba con ilusión: llegaban las vacaciones a la escuela a la que hacía muy poco había acudido por primera vez. Hacía frío. Nevaba con frecuencia. ¡Qué grandes nevadas las de aquellos años, cuando salíamos del patio del Ave María a nuestra cercana casa donde estaba encendida la llamada cocina económica!. Parece un lugar común decir que ahora no hay nevadas como las de antes pero es verdad, en aquellos años era habitual que cayera una gran nevada, que cuajara y que en el suelo hubiera durante unos días una capa de 20 o 30 centímetros.  En la foto de Nicolás Ardanaz, de principios de los años 60, vemos lo que podía ser una típica estampa navideña de aquellos años, el cruce de Cuatro Vientos nevado, con la Azucarera de Eugui, que se derribaría en 1972, al fondo. 

Comenzaban a sonar los villancicos tradicionales en la radio. Recuerdo que mi madre nos cantaba aquellos días un villancico un poco triste que decía: “Madre, a la puerta hay un niño, más hermoso que un sol bello, parece que tiene frio, el pobrecito está en cueros…”. En la radio se escuchaba el día 22 el sonsonete del canto de la Lotería de los niños de San Ildefonso que se convertía en el obligado preludio de unos días especiales, de fiesta, donde esperaban unas comidas diferentes, no podía faltar el día de Navidad, el cordero o el besugo y los días señalados los turrones, de jijona, de royo, los mazapanes, el guirlache aunque a mi el que me gustaba era el blando. En aquel entonces el besugo era un pescado al alcance de las economías más modestas y no tenía el precio prohibitivo de hoy en día. Mi madre solía bajar el día de la Lotería cargada de compra de la Plaza (Mercado de Santo Domingo) para la comida y/o cena para esos días.

Las calles del Casco Viejo aparecían engalanadas por recargados arcos navideños, como los que aparecen en la fotografía, de aquellos años, de Zubieta y Retegui, de la calle Chapitela. Los jardines de algunas fábricas del barrio, recuerdo la del Perfil en Frío o la de Ingranasa, se decoraban con motivos navideños: la típica estrella de Navidad o algún belén, incluso llegué a ver, un año, un belén viviente en el patio de las escuelas del Ave María,  junto a la sacristía de la iglesia de El Salvador…En la radio durante algunos años se podía escuchar el Festival de Villancicos Nuevos, de fama nacional y que he mencionado en la entrada dedicada a la radio local. Los días señalados, tanto el día de Nochebuena como sobre todo el día de Nochevieja (con las campanadas y las uvas) eran de los pocos días en que se te permitía trasnochar. Comidas y cenas especiales y tras ellas alguna partida de cartas, en familia,  a la brisca. Cuando compramos la televisión, ya hacía algunos años que era tradicional la emisión del programa de variedades de fin de año, que se prolongaba hasta altas horas de la madrugada. 

Pero si había un día especial, mágico, ese era el día de Reyes. Recuerdo que en la fabrica donde trabajaba mi padre organizaban para los hijos de los trabajadores un emocionante acto de entrega de juguetes a los niños, en la mañana del día de Reyes. En aquellos inocentes años  nos  decían, sencillamente, que llegaban los Reyes. El día 6, nos levantamos nerviosos, vestidos de domingo, (como se decía entonces) y subíamos en la villavesa hasta el Teatro Gayarre. ¡Qué grande y magnifico me parecía entonces el Teatro! y aquel telón rojo que cubría la pantalla o el techo del teatro con un mural en el que había alguna especie de escena celestial; nos echaban algún documental o una sesión de dibujos animados con Pixie y Dixie y el Gato Jim (¡malditos roedores!) y a su término y tras una espera que parecía infinita, el telón  se levantaba y los tres Reyes Magos con sus correspondientes pajes  comparecían en el escenario mientras el presentador del acto llamaba por su nombre a los numerosos niños que junto a sus padres llenaban el patio de butacas. Nervioso, acompañado los primeros años por mi madre y luego por mi hermano subía al escenario a recoger los juguetes, uno o dos cada año asi como una bolsa de caramelos, tenías que darle un beso del rey (¿A quien quieres más: al rey o a los juguetes? me preguntaron un año, no hace falta recordar lo que le dije, se lo pueden imaginar) y te sacaban la  fotografía de rigor (en blanco y negro) que llenaría las paginas del álbum familiar.  Recuerdo que un año la entrega de juguetes se hizo en el Salón Loyola de los Jesuitas pues se acababa de quemar el Gayarre. Fueron, creo, los Reyes de 1969, pues el teatro se quemó en noviembre de 1968.
Hasta donde me llega la memoria recuerdo algunos de aquellos juguetes: la escopeta (de color negro y plateado) que tiraba bolas amarillas de plástico que regalaron a mi hermano, ¡Qué poco le duraban los juguetes, siempre con su insaciable curiosidad por desarmar los juguetes y saber como funcionaban las cosas!, un camión enorme de cabina roja y volquete anaranjado, tan grande que cabía yo dentro y que arrastraba mi hermano, cinco años mayor que yo, con una cuerda, el típico triciclo, un coche eléctrico de color azul claro, un juguete de cuyo nombre no logro acordarme y que constaba de una pista de aterrizaje y un mando con el que se hacia girar un pequeño avión  que no debía derribar una alta columna de coloristas cubos de cartón que había sobre la pista a modo de original torre de control. 

Si que recuerdo los juguetes del último año de Reyes cuya entrega (me acompañaba mi hermano, ya no mi madre)  aparece reflejada en la vieja fotografía familiar adjunta. Sería el 6 de enero de 1971. Tendría entonces siete  años y fueron dos los juguetes: el Mago Electrónico y el juego espacial de Congost (muchos juguetes de entonces eran de este fabricante), Lem 200, de los cuales también  adjunto algunas fotografías. Al abrir la caja del Mago Electrónico nos encontrábamos con un tablero o mejor dicho  varios tableros, con dos circunferencias con múltiples colores y variables temáticas. Una con las preguntas y otra con las respuestas. Recuerdo que girabas el muñeco de plástico que empuñaba una especie de estilete en medio de la circunferencia de la izquierda, señalaba una pregunta y luego la colocabas sobre un espejo en la circunferencia de la derecha, (bajo el cual descubrí había un imán, al igual que en la base del muñeco) y te señalaba la respuesta correcta. El Lem 200 era un juguete que simulaba el encuentro de una nave espacial con su modulo lunar. Eran juguetes sencillos, mecánicos, muy alejados de los sofisticados juguetes que conocerían los niños de décadas posteriores, pero que nos ilusionaban sobremanera en aquel tiempo al menos los primeros días.

Fotos: Foto de Nicolás Ardanaz de Cuatro Vientos (1960), Foto de Zubieta y Retegui (Navidad de 1972)