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Los Sanfermines del viejo Pamplona: las barracas (1965-1985)

Buceo en mis recuerdos más tempranos para intentar recuperar algunas imagenes de mi ciudad y de sus fiestas a través de los ojos asombrados de un niño. Un niño que iba con sus padres a las barracas, a los fuegos artificiales, a la comparsa, a las peñas, al toro de fuego. En diferentes entradas iré rememorando diversos ambientes o escenarios de la fiesta vistos desde diferentes edades de nuestras vidas. Comenzaré por uno de los escenarios preferidos de nuestros años infantiles, que sería también visitado con frecuencia en edades más tardías: el ferial de atracciones o como popularmente conocíamos ese recinto, las barracas. 

Las barracas eran el lugar privilegiado de las fantasías y lo deseos de un niño en las fiestas. Un pequeño mundo lleno de color, olor, sabor y algarabía. Toda una sinfonía de sensaciones y experiencias. Ese microcosmos festivo ha conocido diferentes ubicaciones a lo largo de la reciente historia de nuestra ciudad. No hablaré de las más antiguas pues no las conocí, pero antes de su larga ubicación en Yanguas y Miranda hubo otras ubicaciones más recientes, alguna de las cuales si conocí. Así entre 1951 y 1964 las barracas se instalaron en la zona de la actual Cuesta La Reina y Antoniutti, de 1965 a 1971 se instalaron en la vuelta del Castillo, junto al inicio de la avenida de Pio XII, de 1972 a 1976 al final de la Calle Yanguas y Miranda y junto a la Casa de Misericordia y entre 1977 y el año 2005, el período más largo,  en la explanada situada entre la calle Yanguas y Miranda y la Ciudadela. Luego estuvo un par de años en terrenos anexos a la Casa de Misericordia y desde 2008 hasta el momento actual en el parque de la Runa, junto al rio, en el barrio de la Rochapea. Recuerdo la ubicación de las barracas en la vuelta del Castillo, sobre la tierra,  aun estaba lejos aquella zona de ser el gran parque urbano que sería muchos años después, y sobre todo recuerdo, pues ha sido la más longeva, asocio las barracas a su ubicación tradicional en Yanguas y Miranda, instaladas primero sobre un terreno de gravilla y más tarde sobre un terreno totalmente urbanizado en cemento y con todos los accesos y suministros de agua y luz preparados para la feria. El resto del año albergaban algunas pistas deportivas al aire libre.
De niños, a finales de los 60 y primeros años 70, disfrutábamos  las  barracas por la tarde. En aquel tiempo de nuestras vidas era imposible sustraerse a la vigilancia paterna: te dejaban subir a los caballitos, pasear, muchos paseos por el recinto festivo (el presupuesto era muy limitado), algún dulce (el típico algodón, las manzanas de caramelo…unos churritos, que pequeños que eran, nada que ver con los de la Mañueta o los de la Rocha), alguna trompetilla festiva (que matraca que dabamos con aquellas trompetas) y la esporádica tentativa a la suerte en la tombola de las barracas, aun resuena en mis oídos la voz grave y profunda del locutor de la tombola, con su micrófono en ristre y su referencia a la muñeca chochona. También nos acercábamos a ver las vueltas y los escobazos de la bruja en el tren chu-chu. 

Algunos años después, creo  recordar allá por el año 1976 la continua llamada a una de las atracciones de la feria resonando por todo el recinto, “el monstruooo de guatemaaala”, no llegué a verla pero por lo que me dijeron debía dar bastante grima,  por lo rudimentario del truco. No obstante aquella llamada por la megafonía se me ha quedado grabada de forma indeleble en mi memoria hasta nuestros días. En aquellos años hubo muchas atracciones parecidas, que si el hombre araña o  la mujer serpiente, etc. Si aquella megafonía del “monstruo de guatemala” machacó mis oídos en aquellos sanfermines del 76, recuerdo también en aquellos, ¿sería 1977? la fachada de una de aquellas casas del terror en la que un monstruo babeante de película de serie B, como el de la fotografía, sostenía entre sus garras, bamboleándose, el cuerpo inerte de una  chica. Esas casas del terror eran variantes para personas más adultas del tren de la bruja, con espectaculares sustos, juego de espejos, telarañas, y a medida que pasaron los años efectos cada vez más gores o truculentos. Sin ese toque terrorífico había otras atracciones destacables como las del laberinto de los espejos.

A medida que crecíamos íbamos liberándonos de los padres y probando libremente otras atracciones, especialmente los autos de choque, embistiendo en aquellos primeros años de adolescentes  los coches de las chicas, ¿cuantas fichas y duros habremos dejado en los autos?, todo un clásico de la feria, con sus grandes pistas y su multitud de coches chocando unos contra otros. Una peculiar sirena avisaba que había finalizado nuestro turno. Con los años nos atrevíamos a subirnos en las cada vez más sofisticadas atracciones articuladas o de movimiento, que desafiaban cada año un poco más la gravedad y  altura, como el Siroco, el Pulpo, la barca Vikinga y tantos y tantos  nombres y variantes de atracciones que había en aquellos años en la Feria.  La noria gigante se quedaría para tiempos más tranquilos y en compañía femenina. En 1983, el precio medio de las atracciones era de unas 50 pesetas. Las barracas tenían  otro color y sabor y se disfrutaban en aquellas edades de adolescencia tardía y primera juventud, sobre todo, por la noche. La noche se llenaba de luces multicolores, sirenas y mensajes entrecruzados de las diferentes atracciones, en un abigarrado espectáculo, siendo uno de los escenarios de obligada visita durante las fiestas.

Recuerdo otras atracciones (de tiro al pichón) en las que probábamos nuestra puntería con unas carabinas de perdigones con las que teníamos que acertar a unos palillos: un paquete de galletas o alguna botellita de vino moscatel eran algunos de los magros premios que te tocaban en suerte, tras muchos intentos fallidos. En otra caseta tenías que tirar con fuerza  unas bolas como de trapo contra  unos muñecos para llevarte el premio de rigor. En otras, como en la de la foto, tenías que acertar a unos globos con unos dardos. En la famosa caseta de Foto Retamosa tu puntería con la carabina se veía recompensada por una foto. En otra atracción había unas maquinas, las grúas creo que las llamábamos en las que teníamos que dirigir la grúa hacia uno de los muchos y atractivos premios que había en el fondo  de unas urnas de cristal. No recuerdo haberme llevado nunca ni uno de aquellos premios y ya lo creo que lo intentamos. 

Otras atracciones permitían probar la fuerza física: había una especie de “puching ball” en la que los más “macarrillas” solían probar su  testosterona o fuerza bruta. Estaban también  las casetas y/o mesones de comida, de salchichas frankfurt, de pollos asados (uno costaba allí en 1983, 600 pesetas), el olor y humo de las churrerías (la docena costaba entonces unas 75 pesetas), las maquinas de algodón, la tradicional barraca en la que aparecían dos baturros pisando uvas, menudo vino más fuerte aquel, y había otros espectáculos que se situaban en el recinto ferial pero algo más apartados del resto como los circos y los teatros de varietés. Entre los primeros recuerdo el Price, el de los Hermanos Tonetti, el circo Atlas, el circo Mundial, entre los teatros de feria de varietes  estaban el  Lido o  el teatro de Manolita Cheng con espectáculos picantes de varietés.

Las salas de fiesta y discotecas del viejo Pamplona (1960-1985)

Fue en los fines de los 60 y primeros setenta cuando comenzaron a proliferar las llamadas “boites” y “discotheques” en nuestra, hasta entonces, provinciana ciudad. Hasta el final de la década de los 60 se celebraban festivales de música para jóvenes en lugares como el Aitor, o el Gayarre, y en algunos otros espacios de la ciudad, como el Labrit. Locales  más pequeños que las discotecas donde se iba escuchar música y a bailar fueron, en tiempos, el Bearin que ya funcionaba como “boite” allá por 1970, la minidiscoteca “Disco Club 29” en la calle Navarrería con lo último en música, los Portales, el Viana, Lindachiquia, etc. De aquella época poco puedo hablar si no es por referencia de otras personas que la conocieron.Y es que fue a partir de los 16 años, cuando comenzamos a frecuentar con cierta regularidad las salas de fiestas y discotecas de nuestra ciudad. Algún año antes, allá por el año 1978 o 79, creo recordar, que hicimos alguna incursión en lo que se llamaba el Guacatxiki, una sala anexa al Guacamayo pero para público bastante más joven. Las sesiones eran de tarde en vez de noche. El Guacamayo, situado en la calle Abejeras, se inauguró en torno al año 1969. Fue una de las primeras discotecas de la ciudad. Además de la música comercial típica de las discotecas se destacaba por albergar de vez en cuando actuaciones en directo de grupos locales y nacionales. Fue la primera discoteca que puso go-gos y sus djs  tenían muchas horas de vuelo. Posteriormente el antiguo Guacamayo y locales anexos se conocerían con el nombre de Sector, ONB y By Bye.

Posteriormente, en torno al año 1980,  acudimos al Gure Kayola, en la cercana localidad de Sarasa. Creo que se había abierto dos o tres años antes. Ponían autobuses a partir de media tarde, a las seis o seis y media tarde; se cogían, creo, que en las paradas de autobuses de los Tres Reyes y te llevaban directamente a la discoteca. Volvías, igualmente, en autobús a Pamplona, y llegabas a casa no más tarde de las las diez. El limite razonable en aquellos años y para nuestras edades estaba en la última villavesa. Por supuesto había excepciones como las fiestas del barrio o los sanfermines en los que el horario se alargaba hasta las 2 o 3 de la mañana. En el Gure Kayola había un ambiente más rockero que en otras discotecas, mucha chupa de cuero, con música muy cañera, que era la que sonaba por aquel entonces en las radios. Te cobraban la entrada a la salida. Curioso procedimiento este el de cobrar a la salida, antes de regresar en el autobús.
Alguna vez fuimos a la Casa de la Juventud pero aquel ambiente no nos satisfizo en absoluto. Cansados un tanto de los viajes al Gure y tal vez de su ambiente, pues íbamos dejando atrás la  adolescencia y nos íbamos haciendo jóvenes “más maduros”  empezamos a frecuentar alguna sala de fiesta con un ambiente más relajado y tranquilo como era la del Club Natación. Por lo general íbamos al cine los sábados y a la sala de fiesta o discoteca, los domingos. Íbamos sobre las 7 de la tarde. Recuerdo que en el “Club” había tres espacios de baile, dos espacios flanqueando la zona de actuación de la orquesta y una sala amplia de forma rectangular al final de la cual se encontraba una de las barras. Se iniciaba la sesión con música disco del momento para dar paso luego a la orquesta titular de la sala, la Orquesta Nueva Etapa y su cantante Adelaida y posteriormente acabar nuevamente con música disco. Otros componentes de la orquesta en aquel tiempo eran Jesús Ustariz, al teclado, Jose Miguel Marín “Chivino”, batería, Pedro Tres, voz y guitarra, Jesús Mari Navarro “Pulmones” a la trompeta, Angel Urdaniz “Basiano”, etc. En 1981 costaba la entrada al Club unas 225 pesetas (lejos de las 35 pts de 1965 o de las 80 de 1968). Creo que la paga en mi caso era entonces de unas 1.000 pesetas. Similar ambiente aunque menos acogedor tenía el Club Deportivo Amaya, que yo no frecuenté. Tenía una sala cubierta enorme al final de la cual estaba el escenario y en el lado opuesto la zona de la barra. Creo que estuve una sola vez cuando celebramos la fiesta del instituto en marzo de 1981. La orquesta titular de la Ciudad Deportiva Amaya eran Los Clan. Algunos años antes los Clan (José Miguel Huarte “Pacha”,al teclado, Miguel Angel Echeverría “Bolo” al trombón, Ramón García, a la trompeta, etc) tocaban jazz  en el Cavas de la Bajada de Labrit.
También acudíamos en aquellos primeros años 80 al Young Play, en la calle Monasterio de Velate, una de las discotecas más famosas de la ciudad y que vemos en la fotografía adjunta. Recuerdo su fachada verde brillante y su interior también de tonos verdes, la pista circular en el centro, las sillas de madera, el suelo enmoquetado, sus columnas y sus espejos, tal y como vemos en la fotografía inferior. Se había inaugurado en febrero de 1970 y se cerraría con ese nombre en 1985 para dejar paso al Reverendos. Actualmente la discoteca se la conoce con el nombre de Ozone. Esporádicamente visitamos el Amazonas de la avenida de Bayona, luego conocida como Mas y Mas y actualmente como Vaiven. Otra discoteca de la ciudad era el Xuberoa en el calle del Redín, una discoteca de dos plantas que se cerró en 1980, tras un pavoroso incendio y que yo no llegué a frecuentar.
En aquellos finales 60 y años 70 y primeros 80, también eran famosas las discotecas y salas de fiestas de algunos pueblos de Navarra como la Amanecer de Zubiri, el Bordatxo de Santesteban, el Oasis y el Trovador de Estella, Geminis de Sanguesa, La Guesera de Tafalla, Malloak en los altos de Azpiroz, el Sonhar de Irurzun (antiguo Lennos), etc. Muchas de ellas ofrecían música disco con actuaciones en directo. De todas las citadas, situadas fuera de Pamplon,  acudí alguna vez al Sonhar de Irurzun, una discoteca sobre un pequeño alto o promontorio, con dos plantas, diferentes espacios y estilos de baile en cada planta o espacio: lento, disco. Las discotecas en general ponían mayoritariamente música disco y las salas de fiesta combinaban la música disco, las actuaciones en directo y la música romántica o lenta para bailar en pareja.
¿Qué música sonaba en aquellos años?: pues sin ánimo de ser exhaustivo Status Quo, David Bowie, Boney M, Tequila, Abba, Gloria Gaynor, Donna Summer, Bee Gees, los acordes inconfundibles de la guitarra de Carlos Alberto Santana y su Europa, Roberto Carlos, Jeanette, Mari Trini, Bonny Tyler, Baccara, Village Peope, Police, La Olivia y la ELO, Pink Floyd, OMD, The Comunnards, Alan Parsons, Mecano, Ricchi e Povere y tantos y tantos otros artistas y grupos que nos ayudaron a ser un poco más felices en aquellos días.

En Sanfermines eran famosas las galas en los Clubs Deportivos. A los citados Natación y Amaya, habría que sumar, en estas fechas, las verbenas y galas de la Agrupación Deportiva San Juan, el Larraina, el Tenis, etc. Al Natación acudían las estrellas nacionales del momento y contaba con pista y barra al aire libre. También tenía actuaciones estelares en las fiestas el Larraina. Fueron famosos el lanzamiento a la piscina del Larraina de los Pop Tops en los Sanfermines del año 1968 o el acoso o más bien “caza” a  los Pecos por más de 300 jovenes en 1980 que provocó la suspensión de su actuación. En los barrios, celebraban bailes y verbenas el fin de semana, durante todo el año,  la Unión Deportiva Chantrea. En aquella época, de los 60 a los 80, había muchas y buenas orquestas y grupos musicales en Pamplona y Navarra. De aquellos grupos y al margen de las dos orquestas míticas referenciadas, La Nueva Etapa y Los Clan recuerdo haber escuchado en los años 70,  allá por agosto, en las fiestas de mi barrio, en el antiguo campo de futbol del Ave María, a grupos locales como Los Jaguars. Eran tiempos en los que sonaban en la radio y durante aquellos calidos veranos los últimos éxitos de los Diablos: Oh, Oh, July o Roxana.Fotos: Young Play, extraidos de la web www.tocataeventos.com