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Los cines del viejo Pamplona (1912-2005)

Los cines de nuestra ciudad, muchos de ellos desaparecidos, constituyen una parte de nuestros recuerdos y nuestras vidas. Allá por los años 70 y 80, constituía una de nuestras principales ocupaciones el fin de semana, la única junto a las salas de juego hasta los 14 o 15 años y compartida con las salas de fiesta y discotecas, a partir de los 16. De aquellos años en los que íbamos al cine vimos desaparecer a lo largo de los años 80 y 90 uno a uno el Arrieta, el Avenida, el Guelbenzu, Chantrea, Rex, Aitor, e Iturrama hasta llegar al último cierre, el de los Príncipe de Viana en el año 2005.

El inicio del cine fue más bien un espectáculo de feria que otra cosa. Será a partir de 1912 cuando se empiecen a exhibir de forma regular películas en el Teatro Gayarre. Aun tendrán que pasar unos cuantos años hasta que en 1930, un año antes de la promulgación de la 2ª República, se emita la primera pelicula sonora en el Gayarre, “Escandalos de Broadway”. ¡Cuanto ha llovido desde entonces!: del cine mudo al sonoro, del blanco y negro al color, la aparición del cinemascope que obligó a ampliar las dimensiones de las pantalla de los cines, las pruebas de otros formatos panorámicos, la mayoría con escaso éxito,  el cine en 3D y otros experimentos como aquellas peliculas con efecto “sensorround”, el cinerama, etc.

Hablar de cine en Pamplona es hasta 1982 hablar de la SAIDE (Sociedad Anónima Inmobiliaria de Espectáculos). La Sociedad, como tal se constituye en 1942 pero sus orígenes se remontan a través de las personas que la hicieron posible a algunas décadas antes. En 1922 se crea la empresa Euskalduna que inaugura al año siguiente y en la avenida de San Ignacio el Coliseo Olimpia (en la foto adjunta), un local emblemático que además de ofrecer cine, tenía una amplia sala (con gallinero) donde ofrecería otro tipo de espectáculos: teatro, espectáculos musicales, etc. El principal impulsor de esta sociedad fue el empresario textil Alvaro Galbete que tenía un telar en la calle San Agustín. En ese local de su propiedad se inauguraría en 1931 el primer cine construido específicamente para tal fin: el Proyecciones, de corta vida, pues se cerró en 1933.

Eran socios de la sociedad Euskalduna otros prohombres de la sociedad pamplonesa de aquella época como Ramón Bajo Ulibarri, Bonifacio Gurpegui, Eugenio Jimeno, Sagaseta de Ilurnoz, Pedro María Galbete y Serapio Zozaya que sería cofundador de la SAIDE. Por cierto esta sociedad también explotaba otros espectáculos como el frontón Euskal Jai de la calle San Agustín. En 1928, la sociedad Euskalduna vendió el Coliseo Olimpia a la Sociedad Anónima General de Espectáculos (SAGE) que contaba con salas por todo el estado. La SAGE explotó el Olimpia hasta 1936 en que lo subarrienda primero y lo vende luego, en 1940, a la empresa Erroz y San Martín empresa que tenía la concesión del Teatro Gayarre desde 1932, con derecho a explotar el Teatro, como cine, al menos durante los siguientes 50 años. El Gerente de Erroz y San Martín era, a la sazón, Serapio Zozaya que fundaría la SAIDE en 1942.

En 1935 Erroz y San Martin había comprado el Proyecciones, después de dos años de permanecer cerrado y lo había reabierto con el nombre de Novedades. En 1938 la empresa compraba un solar en la calle García Castañón y construía un nuevo cine que inauguraría en junio de 1940: el Cinema Príncipe de Viana, obra del arquitecto José Yarnoz. Así pues la SAIDE nacía en 1942 con dos cines propiamente dichos: el Novedades y el Príncipe, además del Gayarre y el Olimpia. El Príncipe de Viana era un cine elegante, la pantalla más grande de todas las existentes hasta entonces, un aforo amplio, de unas 700 personas en butaca de sala, 1.200 en total, contando las butacas de palco y el gallinero o anfiteatro que vemos en la fotografía. En las paredes junto a la pantalla, había dos pinturas murales, obra del pintor Eduardo Santonja Rosales, una de las cuales representa al Príncipe de Viana de cacería y otra un palacio con músicos y sus instrumentos, tal y como vemos en la siguiente foto.

En la década de los 40 se inaugurarían el Cine Alcazar (1942) en la plaza de la Argentina que lo explotaría la SAIDE desde 1950 y el Cine Avenida (1943), en la calle Estella, este último un cine pequeño, con poco más de 200 butacas pero muy bonito, diseñado, al parecer por Victor Eusa. En los años 50 la SAIDE comenzaría a abrir salas de cine en los barrios, el Amaya, en Marcelo Celayeta, en la Rochapea en 1951, el Chantrea, en la calle San Cristobal, en la Chantrea, en 1957 y en el comienzo de los 60, concretamente en 1963 el Guelbenzu, en la calle del mismo nombre, en la Milagrosa. Paralelamente no descuidaría el centro de la ciudad abriendo el Rex en 1957, en la calle Paulino Caballero, el Olite en 1961 y derribando el Olimpia a mediados de 1963 para abrir al año siguiente en su lugar el Cine Carlos III en un gran edificio de oficinas, donde tendría además su sede social la SAIDE. La SAIDE sería dirigida después de Serapio Zozaya por su hijo Félix y más tarde por su nieto Alberto. Este cine inaugurado a finales de 1964 sería a partir de este momento la joya de la corona, con la pantalla más grande, el mayor aforo, 1.500 butacas, y las mejores instalaciones de todos los cines de la ciudad. En la foto siguiente vemos la fachada del edificio tras su conversión en multicines y su nueva imagen corporativa.

A finales de los 60 comenzaría la primera gran crisis de los cines tras la aparición y extensión de la televisión y de otras formas de ocio. La SAIDE reformaría el Novedades mejorando su acústica y ampliando la pantalla, reabriendolo como Cine Arrieta en 1968, pero comenzaría a cerrar cines, el Amaya en 1970, del que ya he hablado en otra entrada del blog. Tal y como he comentado en la anterior entrada sobre los cines empecé a acudir al cine de manera regular allá por los años 74 o 75. Así algunas de mis primeras películas en la enorme pantalla de la Sala Carlos III fueron Karthum en 1975 y una entretenida versión de King Kong ( en 1976) con una jovencísima Jessica Lange, en los inicios de su carrera. También vi en esta enorme sala otras películas como “Suspiria”, “Abismo”, “Terremoto”, “El coloso en llamas”, “Tiburon”, “ET” o “Encuentros en la tercera fase”, entre otras.

En el Cine Avenida, situado frente al monumento de San Ignacio de Loyola, no ví demasiadas películas pero sí recuerdo alguna, como “La Tierra olvidada por el tiempo”, en abril de 1977, un serie B con sabor añejo, basada en las novelas del mundo prehistórico de Borroughs o la española “La guerra de papa”, un típico film de la transición que pretendía alejarnos de los oscuros fantasmas de nuestro pasado histórico. El cine se cerraría en mayo de 1985 para albergar un centro comercial, con formato de multicentro y forma hexagonal y que tendría una errática trayectoria, con espacio para unos 20 pequeños comercios y que ha tenido una gran rotación de aperturas y cierres a lo largo de los años.
En el Gayarre, tampoco vi muchas películas, recuerdo alguna como “El expreso de Chicago” o “Nueva York, año 2012”. A este espacio tengo también vinculadas otras imagenes como la ceremonia de entrega de juguetes en Reyes que organizaba la fabrica donde trabajaba mi padre para los hijos de sus empleados. Recuerdo que un año, creo que fue a finales de 1968, se quemó el Teatro Gayarre y  que los Reyes de 1969, tuvimos que celebrarlos en el Salón de los Jesuitas. A mediados de 1969 se reinauguraba, de nuevo y tras ese incendio el Teatro Gayarre.

 

En el Olite vi un buen número de películas, tanto cuando era una sola y espaciosa sala con unas butacas de color tostado, como cuando se convirtió en multicines: así ví en esta sala películas de terror como “Kung fu contra los siete vampiros de oro” de la fenecida Hammer, películas bélicas como “Alerta roja, neptuno hundido” o “Apocalipsis Now” o películas de ciencia ficción como “La guerra de las galaxias” o “Alien, el octavo pasajero.
En el Príncipe, todo un clásico, vi películas tanto cuando era una única sala como cuando se convirtió en multicines: allí ví “La piel dura” de Truffaut, “La naranja mecánica”, “Flash Gordon”, “El imperio contraataca”, “La mosca”, “El cartero siempre llama dos veces” o “En busca del fuego”, por citar algunas. Alguna vez acudíamos al gallinero o anfiteatro, algo más cómodo y de mejor vista que el del Gayarre. En el cine Arrieta de la calle San Agustín tan solo recuerdo haber visto en 1980 “El resplandor” de Stanley Kubrick. La sala se cerraría al año siguiente, en 1981. Hoy alberga la sede de la Escuela Navarra de Teatro. También en 1981 se cerraría el cine Guelbenzu, en la Milagrosa al que creo recordar haber acudido unas pocas veces, allá por los años 77 o 78, para ver alguna peli de Luis de Funes o algun serie B de aventuras.

De los cines que me quedan por comentar, al cine Rex, apenas acudí un par de veces. Se cerró en 1987. Era un cine amplio y me consta que en los años 60 y 70 se daban proyecciones matinales por parte del cine club universitario. Tras su cierre albergó las oficinas de una empresa inmobiliaria. Al Chantrea creo que acudí una sola vez. Era el típico cine de barrio, bastante austero en su decoración. Se cerró en 1988.

A pesar del cuasi monopolio en la distribución cinematográfica de la SAIDE hubo alguna otra iniciativa de menor éxito pero igualmente destacable que debo mencionar: Se trata de Carmelo Echavarren que gestionaría el cine parroquial de la iglesia de San Miguel, el Salón Mikael entre 1969 y 1986, en la calle Bergamín, a la altura de la plaza de la Cruz. De aquella sala tengo además de recuerdos vinculados al cine,  otro tipo de recuerdos muy antiguos, vinculados a las actividades extra-excolares de las escuelas del Ave María y de la Carbonilla. Recuerdo que en 1970 nos llevaron a ver un documental relacionado con las Olimpiadas Invernales de Sapporo, tras el cual sufrí un pequeño extravío al coger la villavesa en la plaza de la Argentina, -y es que tenía apenas 6 años y había subido muy pocas veces a Pamplona-,  y en 1973 o 74 nos llevaron a ver el documental de Caro Baroja, “Navarra, cuatro estaciones” que me causó una grata impresión.
En aquella sala, en el Salón Mikael recuerdo que vi, y las cito por orden cronológico, películas de aventuras como la versión de 1974 de “Los 3 mosqueteros”, clásicas como “¿Arde París?” o “Doce del patíbulo”, musicales como “Grease”, ciencia ficción como “Galáctica, estrella de combate”, polémicas películas, por la dureza de alguna de sus imagenes como “Soldado azul”, etc. Echavarren también impulsaría el cine Aitor en la calle Sangüesa, en la Milagrosa que se inauguró en mayo de 1964 y se cerraría en el año 1985. Echavarren también gestionaba en aquellos años el Juventud y el cine Eslava de Burlada. Resulta curioso, porque después no he encontrado más información al respecto, pero a mediados de 1975 apareció una noticia en la prensa: en 1976 se iba a construir un cine en una zona cercana a donde estaban las Madres Reparadoras, entre la Avenida del Ejercito-Hermanos Imaz y Sandoval, con unas 1.300 localidades de aforo. Lo promovía Carmelo Echavarren y su nombre iba a ser “Sandoval” o “Ciudadela”. De aquel proyecto nunca más se supo. Algunos años antes, en 1971, se instalaba durante algunas semanas un espectáculo cinematográfico, con el  espectacular sistema del “cinerama” en los terrenos anexos a los antiguos cuarteles que se derribarían por completo este mismo año. El cine volvía por unos días a su origen de atracción de barraca de feria. En 1972 triunfaba una película que se había convertida en aquel año en todo un fenómeno sociológico: “No desearas al vecino del 5º”, la película española más vista hasta entonces en las salas de cine y que no sería superada hasta 30 años más tarde con el estreno de “Torrente, Misión en Marbella”.

En 1974 todavía había una clasificación moral de las películas de cine que iba del 1 al 4 en el que el 1 significaba que la película era para todos los públicos, incluso niños hasta los 14 años, el 2, para jóvenes de 14 años cumplidos hasta los 21, el 3 para mayores de 21 años cumplidos en adelante, el 3-R: para mayores de 21 años aunque con reparos., pues se exigía una solida formación moral y la 4, por último,  estaba reservada para las películas que se consideraban gravemente peligrosas. Esta clasificación desaparecería en 1978. A partir de entonces aparecería aquello de “Mayores de 18 o menores acompañados”. Con la transición democrática llegaría un aluvión de cine erótico a las pantallas pamplonesas, al igual que sucedería en otras ciudades españolas. En 1978, de un total de 11 o 12 películas, más de una tercera parte eran, el fin de semana eróticas o incluso clasificadas S, concentradas en unas cuantas salas y en las que aparecía  aquella coletilla de “Se advierte al público que esta película puede herir la sensibilidad del espectador”, clasificación que también se aplicaba a aquellas películas de extrema violencia, como “Holocausto caníbal”.

Ir al cine tenía su ritual: comprabas la entrada en la taquilla, -había sesiones numeradas, generalmente cuando eran estrenos y sin numerar-, comprabas palomitas o chucherías, -en otros tiempos se estilaban las chufas,- en la tienda del cine, sonaban las llamadas para entrar, las luces se medio apagaban, soportabas el aburrido NODO en blanco y negro, que duraba unos 10 minutos, con su sintonía  tan reconocible que marco toda una época, -afortunadamente los de mi generación lo sufrimos durante pocos años-, y luego venían los comerciales, inconfundibles, realizados con un estilo especial y también los anuncios de Movierecord…hasta que se apagaban las luces por completo y comenzaba la película.
Por mucho que haya avanzado la tecnología del “home cinema”, ver algunas películas en pantalla grande sigue siendo una experiencia incomparable. La entrada al cine costaba en 1976 unas 24 pesetas, muy lejos de las 2 o 3 pesetas que costaba la entrada en el cine de mi barrio, el cine Amaya, en sus primeros años de existencia. Además de las taquilleras otro personal indispensable de las salas eran los acomodadores. Ellos te guiaban con su linterna hasta el sitio indicado cuando entrabas, apagadas las luces y empezada la película, o te llamaban la atención cuando metías demasiada bulla. Las sesiones de cine eran a las 17.00, 19.00 y 22.30. En tiempos pretéritos los cines de sesión continua, -como el Arrieta o el Alcazar, por poner tan solo dos casos,- contaban con otra sesión, las de las 15.30.
 

Tras la primera gran crisis de finales de los 60 y sobre todo de los 70 llegaría otro gran bajón en los años 80, con la aparición del vídeo doméstico. Las salas únicas dieron paso a los multicines. A finales de 1982, el histórico cine Príncipe de Viana daba paso a tres salas, una grande en el piso de arriba, de 500 butacas, que vemos en la foto adjunta,  y dos abajo, con casi 200, cada una. Con esta obra de reforma se suprimía el gallinero o anfiteatro, al que accedía, en otros tiempos, la gente con menos recursos. En tiempos contaban con gallinero casi todos los cines: el Gayarre, el Olimpia, el Príncipe, el Alcazar. ¡Que incómodos eran aquellos gallineros, sin apenas espacio para estirar las piernas y con aquellos ángulos de visión imposibles!. En aquellos dorados tiempos de la exhibición cinematográfica era también moneda común la entrega del llamado programa de mano, con información sobre la película, que yo, la verdad, no los conocí. En los años 40 y 50 había salas que estrenaban películas y otras que no, que se nutrían de reposiciones, entre las primeras se encontraban el Príncipe, el Gayarre, el Rex y el Olimpia que luego se convertiría en el Carlos III, entre las segundas el Avenida y el Alcazar, además de las de los barrios.

También en esos años 80, al que aludo en el anterior párrafo, se reconvertiría en multicines el cine Olite con la inauguración de 4 nuevas pantallas. Aparecía en el panorama de las salas rompiendo el cuasi monopolio de la SAIDE el complejo de cines Golem Baiona, con 5 nuevas pantallas en la ciudad. Años más tarde este mismo grupo abriría las salas Golem Yamaguchi orientadas a un cine más de autor, frente a las más comerciales del Baiona. Tuvieron, de inicio, un éxito arrollador. En aquel complejo de salas vi un montón de peliculas a lo largo de los 80, estrenos y reposiciones como  “Amarcord”, “Cuerno de cabra”, “El tambor de hojalata”, “Sacco y Vancetti”, “Perros de paja”, “El jovencito Frankenstein”, “La vida de Brian”, “Bajo el fuego”, “Las bicicletas son para el verano”, “Hellraiser”, “La selva esmeralda”, “Excalibur” o “Desafio total”. Y también en esos mismos años, 1981-82, y de la mano del empresario Cayo Escudero, se abrieron los cines Iturrama, situados en la calle Iñigo Arista, de corta existencia pues cerrarían en 1997. En estos cines recuerdo haber visto allá por el año 1987,  “Blade Runner”.

La tercera y más profunda crisis llegaría en los 90, con la aparición de las plataformas digitales de televisión que te llevaban directamente el cine a la pequeña pantalla de casa. Las salas pasaron de recibir más de 3 millones de visitantes al año en los 60 a 600.000 en los 90. En la primera década del nuevo siglo y a pesar de las mejoras introducidas, las reformas y modernizaciones (se volvió a reformar el Príncipe en el año 2000, abriendo una cuarta sala y renovando la decoración con un estilo de vanguardia (como si fuese una caja negra, tal y como vemos en la fotografía) y también se reformaron, de nuevo, los Olite, en 1999, así como el Carlos III que se convirtió en multicines, con cinco nuevas salas) y sobre todo y a pesar del notable incremento de pantallas disponibles, fundamentalmente por la implantación de centros comerciales, el nº de visitantes a las salas de cine no llegó a los 2 millones. En julio de 2005 llegaría uno de los cierres más sentidos, el del Príncipe de Viana que, cerrado en julio de 2005, daría lugar pocos meses después a un bloque de apartamentos.

Actualización 30-3-2014: Hace casi dos meses, en febrero de 2014 se cerraban silenciosamente, sin anuncio previo los multicines Olite. Asi acababa la trayectoria de un cine, reconvertido en multisalas, más de medio siglo después de su  apertura. Otra triste pérdida para el cine, los cinefilos y la ciudad.

Actualización 24-2-2016: Los cines Carlos III se cerrarán el próximo 3 de marzo, más de medio siglo después de su apertura. Con este cierre desaparece el último cine del centro de Pamplona y la SAIDE cesa como empresa exhibidora. Otra gran pérdida para el cine, los cinéfilos y la ciudad. Ahora, y dejando  a un lado a los cines Golem, quien desee ver cine en pantalla grande se tenga que trasladar a los centros comerciales. Qué pena.

Los cines parroquiales y de colegios del viejo Pamplona (1956-1982)

¡Cuantos recuerdos y secretos se acumulan en aquellas oscuras salas!. Como quiera que son muchas las salas de las que quiero hablar, dividiré este asunto en dos entradas: los cines parroquiales y de colegios, y los cines del centro de la ciudad y de  los barrios. No pretendo hablar de la historia del cinematógrafo en Navarra, que para eso ya hay sesudos   estudios y publicaciones sobre el particular   sino recordar con  cariño  aquellos viejos cines, la mayoría de ellos ya desaparecidos  así como dar unas pinceladas de aquellas salas que conocimos, en las que empezamos  a ver cine y de algunas de las  películas que contemplamos a lo largo de aquellos  años.
No recuerdo con precisión cual fue la primera película que vi en el cine. Probablemente sería alguna en el cine Amaya, pero no lo puedo asegurar. Las primeras películas que vi, ya a edad más adulta, con 11 o 12 años, allá por los años 1974 o 75, lo fueron en algunos de esos cines vinculados a la iglesia: el Salón Champagnat de los Hermanos Maristas, el Salón Loyola de los Jesuitas o el Oscus de la Navarrería. Del Salón Champagnat, situado, en la calle Sanguesa e inaugurado en los primeros años 60 (1962) recuerdo sus butacas chapeadas, de madera y una dependencia anexa donde te servían las típicas chucherías y palomitas de cualquier cine al uso. La taquilla estaba a la entrada del colegio  y las entradas de este tipo de cines solían ser más baratas que la de las típicas salas comerciales. En aquella sala, en el Salón Champagnat vimos películas como “Látigo”, “Maya y los lobos blancos”, y creo que también “El clan de los doberman”, “Marathon Man” o  “Domingo negro”. Como muchos cines el Salón cesaría en su actividad exhibidora en los primeros 80 y el colegio se cerraría hace cuatro años, en el año 2009, trasladándose a la ecociudad de Sarriguren.

Del Salón Loyola recuerdo que era una sala bastante grande con unas cómodas butacas tapizadas en color granate. Para llegar hasta la sala,  -la taquilla también estaba a la entrada-, había que atravesar un largo pasillo decorado por las orlas de los antiguos alumnos que habían pasado por el centro.   Allí vimos películas como “El corsario negro”, “El hombre que pudo reinar” o “El puente sobre el río Kwai”. El Salón Loyola era la sede también de uno de los cine clubs de más solera de la ciudad, cuna de cinéfilos, como el Cine Club Lux. Comenzaron sus  exhibiciones en fecha tan temprana como el año 1957, aunque dirigidas al público en general, un poco más tarde, allá por 1966.  Del Oscus (Obra social y Cultural Sopeña) sólo recuerdo haber visto algún  peplum como  “Hercules y la reina de Lidia” o “Maciste”. En la última década del siglo XX serviría de sede del centro socio cultural del Casco Antiguo, hasta su traslado al Palacio del Condestable  y actualmente es sede de un comedor social municipal. 

No vi ninguna película en ellos pero me consta que también se proyectaban películas de cine en el Centro Mariano de la calle Mayor, en el edificio que hasta hace unos pocos años ocupaba la escuela municipal de música Joaquín Maya. Sería en los años 60. También estaba el cine Xavier, (al menos desde finales de los 60) cine de la parroquia San Francisco Javier, ubicada en la esquina de Baja Navarra y Olite, y en 1979 el cine Donibane en la parroquia de la Asunción en San Juan y el cine Ekhine en el colegio San Antonio (Capuchinos), estos dos últimos y sobre todo el Ekhine  exhibían cine de todo tipo pero especialmente cine político, independiente, comprometido o de otro tipo que las otras distribuidoras locales no se atrevían a exhibir.  Estos cines serían el germen o inicio para uno de los  grupos cinematográficos locales más  importantes como lo ha sido después el de los cines Golem. Anteriormente los padres Capuchinos también exhibían peliculas pero funcionaban más bien como un cine de colegio. También funcionaron como cines de colegio, los salones de del Ximenez de Rada y de los Salesianos. 

También estaba el Cine Juventud, en la sala de la Juventud, que durante la década de los 70 (se abrió en  1973) exhibía el típico cine de arte y ensayo, bastante minoritario incluso en aquellos años. Todos estos cines parroquiales y de colegios asi como cine clubs, desaparecieron hace bastantes años. Fueron hijos de una época en la que todavía no había penetrado el video domestico en los hogares y respecto a la vertiente más cultural de algunas salas parte de esa labor, concretamente de los cine clubs sería recogida posteriormente por las diferentes salas y centros socioculturales municipales.

Subiendo a Pamplona por Santo Domingo (1966-1996)

Conexión peatonal natural de mi barrio con el Casco Antiguo, ¿Cuantas veces habré hecho este viaje desde mi casa a lo Viejo?. Este itinerario continua, en cierto sentido, el iniciado en la entrada dedicada a la antigua calle Joaquín Beunza. Nos situamos, en esta entrada, a la salida de la antigua calle Joaquín Beunza. Ante nuestra vista tenemos la calle Errotazar que comienza a nuestra derecha, justo en la  entonces plaza de Errotazar,  y desemboca en el cruce de Capuchinos. A nuestra derecha estaba la Casa de Gamarra y más a la derecha la mencionada plaza de Errotazar. Esta plaza   tiene bastante historia. Desde el siglo XVI hasta finales del XVIII o principios del XIX se llamó plaza del Matadero de las Carnes, posteriormente se le empezó a conocer popularmente  como plaza del Arriasko. En dicha plaza podíamos encontrar la famosa Casa de los Pastores que entre 1920 y 1975 albergaría el cuartelillo de la Guardia Civil de la Rochapea. Esta emblemática casa sería derribada en febrero de 1985.

Parece mentira que esta plaza,  que era el centro   de las  antiguas fiestas de la Rochapea, (la fiesta de los mayordomos) y paso obligado desde la Calleja de los Toros para el Encierrillo, no tuviera nunca un nombre oficial y siempre fuese conocida por denominaciones más o menos populares pero nunca oficiales. A finales de los 70 y primeros 80 aun podíamos ver restos de los antiguos edificios del Matadero de Carnes, derruido en 1931, con su  puerta roja muy cerca del río, y en donde hoy apenas queda un pequeño vestigio de aquellos antiguos edificios  y que sirve de sede al Club de Remo. Antes de atravesar el puente de Curtidores dejábamos  a un lado la zona donde durante finales del siglo XIX y primeros años del XX lavaban y tendían las lavanderas. Allí se podía distinguir el final del canal que comenzaba en el llamado puente de Errotazar en las inmediaciones de la presa y antiguas piscinas de San Pedro.

El puente de la Rochapea que vemos en la foto adjunta, también conocido como puente de Curtidores, por los pellejos que en tiempos se colgaban  a secar del mismo, es un puente medieval, probablemente del siglo XIII,  aunque no hay constancia documental de obras relacionada con él hasta el siglo XVII. En 1986 se realizaron unas importantes obras de ampliación: se añadieron los vuelos de hormigón, el asfaltado de la calzada, las aceras adoquinadas, la barandilla tubular metálica y la farolas a la antigua. Desde el puente de la Rocha y mirando hacia el río y sus orillas tanto en una dirección (río arriba) como en otra (rio abajo) se podían y aun se pueden  contemplar algunas de las más bellas e idílicas postales pamplonesas con una frondosidad, en las orillas exuberante, unos contrastes de colores, según estaciones,  magníficos y unas pintorescas casas junto al río, me acuerdo  tanto de  la que estaba bajo el talud de la cuesta de Santo Domingo como especialmente de la casa o  casas más allá del puente, río bajo, especialmente la  llamada Casa de Barquilleros, que vemos en la siguiente foto,  conocida por ese nombre  porque en un local anexo a la casa se fabricaban los barquillos que hemos  visto se vendían en el Paseo de Valencia.


Pasado el puente de la Rochapea nos encontrábamos con dos cuestas: a  la derecha la llamada Cuesta del Portal Nuevo, bajo el lienzo de muralla del Paseo de Ronda desde hace unos cuantos años cortada al tráfico pero que antes desviaba parte del tráfico de la Cuesta de la Estación-Avenida Guipúzcoa hacia la Rochapea Vieja y Errotazar. A la izquierda la llamada Cuesta de Santo Domingo, una larga y empinada cuesta, único camino para acceder al Casco antes de la construcción de los ascensores de Descalzos en el año 2008. En los años que describe esta entrada no había acera en el lado más cercano a la muralla, solo un pequeño aliviadero de las aguas que emanaban del talud y muralla de Descalzos. Llegábamos hasta la zona de los Corralillos, esa zona de las Murallas que se habilita para recoger los toros, tras el Encierrillo, antes del Encierro de cada mañana en las fiestas de San Fermín. Pasado este punto podíamos ver lo siguiente: a la izquierda el paseo de Ronda cerrado con un murete alto, igual que  estaba cerrado el Paseo en la zona más cercana  a la plaza de la Virgen de la O, a la derecha el único Cuerpo  de Guardia que había sobrevivido del derribo de las murallas. Junto  a este punto estuvo el antiguo Portal de la Rochapea, derruido en el año 1915.  Detrás del Cuerpo de Guardia hubo hasta principios  de los 80, una zona bastante asilvestrada y de huertas, semioculta por una casa y una tapia que llegaba hasta el Hospital Militar tal y como vemos en la primera fotografía de la entrada. La zona de las Huertas fue urbanizada en época del alcalde Julián Balduz, tal y como vemos en las siguientes  fotografías, una urbanización poco exitosa a tenor de los resultados prácticos de uso de dicha plaza y que lleva cerca de 20 años utilizándose como aparcamiento de vehículos.

Desde este punto y en dirección noreste podíamos divisar la silueta del abandonado Palacio de Capitanía que vemos en la siguiente foto. El Palacio de Capitanía, antiguo Palacio Real de San Pedro, data del siglo XII y fue erigido por iniciativa de Sancho VI el Sabio. Posteriormente Sancho VII el Fuerte cedió el palacio al Obispo de Pamplona. El rey Teobaldo I quiso recuperarlo pero la curia romana se opuso a su devolución a manos reales. El Palacio fue objeto de disputas entre el poder real y el religioso durante varios  siglos  hasta que en el siglo XV se construye el nuevo palacio episcopal y la reina Blanca de Navarra vuelve a solicitar se le devuelva el Palacio, esta vez con éxito.  Tras la anexión  de Navarra en el año 1512 el Palacio se transformará en Palacio de los Virreyes durante algo más de tres siglos hasta que en 1841 se convirtió en Capitanía General, uso que se extenderá hasta 1893 y luego en Gobierno Militar hasta 1972, año en que que el Gobierno Militar se traslada a  la calle General Chinchilla ,  quedando el viejo palacio abandonado durante casi 30 años. Los militares entregaron el edificio a la ciudad en 1976. Recuerdo haber accedido el palacio abandonado allá por el año 1978 o 1979. Su estado era bastante deprimente.  Al edificio accedían, a menudo, personas para pasar la noche, algunos de los cuales hacían fogatas en su interior. Con el paso de los años  desaparecieron la mayoría de elementos de valor: tarimas, artesonados, etc. A primeros de los 90 se planteó destinarlo como sede del Parlamento, pero  finalmente se desechó este uso y se destinó a sede del Archivo General de Navarra. Tras la demolición de buena parte del edificio en el año 1994, las obras de construcción del Archivo comenzaron en 1998 y se extenderían hasta marzo de  2003, fecha en que el Archivo fue finalmente inaugurado.

Subiendo por la Cuesta-Calle de Santo Domingo que se llama así desde el siglo XVII nos encontrábamos, a la derecha la hornacina donde se coloca antes del Encierro, y desde 1981,  una reproducción de San Fermín a la que se encomiendan los mozos  antes de empezar la carrera. La tradición de rogar al santo antes de la carrera es relativamente reciente, data de julio de 1962 y la hornacina se colocaba entonces en un ventanal del Hospital Militar.  De 1971 datan, por otra parte,  las obras del nuevo muro de contención de ese lado de la calle así como la barandilla de subida al Museo. A la izquierda nos topábamos con  el enorme edificio del Hospital Militar que vemos en la siguiente fotografía, bastante antigua, por cierto, pero que sirve para ilustrar perfectamente como era el edificio, pues mantuvo esa apariencia hasta su abandono por parte de los militares.

El viejo Hospital Militar  dejó de usarse como tal en la década de los 70 y  conocería como el Palacio de Capitanía  varias décadas de abandono hasta su reforma para ser destinado a sede del Departamento de Educación del Gobierno de Navarra. El edificio, inicialmente Convento de Santiago se construyó entre los años 1571 a 1574. Fue cuna de la Universidad Pontificia y Real de Santiago entre 1630 y 1771. Desde 1835 el convento se dedicó a cuartel de infantería y posteriormente a Hospital Militar. El actual edificio destinado al departamento de Educación conserva el claustro renacentista. 

Si al finalizar la pared del hospital militar  mirábamos hacia atrás divisábamos la subida al Museo, anteriormente conocida como subida al Hospital, pues allí mismo, al final de la subida, se encontraba desde el siglo XVI y hasta 1932,  el Hospital General de Nuestra Señora de la Misericordia. El hospital fue promovido por Ramiro de Goñi que también construyó una pequeña iglesia anexa, la que conocemos como capilla del Museo. En 1932, se trasladaría este equipamiento a los pabellones sanitarios del soto de Barañain, lo que hoy conocemos como pabellones del Hospital de Navarra, pabellones construidos varias décadas antes, en torno a 1900 gracias a la generosa filantropía de Dª Concepción Benitez.  Cabe señalar que toda aquella zona cercana al hospital de Nuestra Señora de la Misericordia se conoció desde tiempos antiguos como la Rocha (allá estaban las murallas, la torre y el portal de la Rocha)  y en torno a esta zona se formó  con el tiempo el llamado barrio de las Carpinterías.

El Museo de Navarra se instaló en su actual emplazamiento, en el edificio del antiguo hospital civil de Nuestra Señora de la Misericordia, en junio de 1956; Antes el Museo estaba emplazado en el edificio de la Cámara de Comptos, al menos lo estuvo desde 1910. Del antiguo hospital civil sólo se conservó su portada, única muestra de arquitectura civil renacentista (plateresca) de la ciudad y el interior de la capilla, gótico-renacentista que se usó tras su adecuación, primero  como pequeño auditorio y ahora como sala de arte sacro renacentista y barroco.  Su portada barroca  (1733) procede de la Iglesia de la Soledad, de Puente la Reina, y fue colocada aquí en 1934. En 1986, el Museo sufrió una profunda reforma interior y exterior que concluyó en 1990, con una reinauguración. La capilla se reformó en 1997. Entre las obras más destacadas del Museo están el Mosaico de Teseo, la Arqueta de Leire y el retrato del Marqués de San Adrián, de Goya.   

Seguimos por la calle Santo Domingo y llegamos a la plaza de Santiago. Volvemos la vista nuevamente hacia atrás y en lo que se llama hoy calle del mercado vemos la iglesia de Santo Domingo que tiene el suelo a 5 metros de profundidad bajo el nivel de la calle y que formaba parte de la antigua Universidad Pontificia y Real de Santiago, la Casa Marceliano, lugar de peregrinaje para Ernest Hemingway y uno de los lugares míticos en la historia de  nuestras  fiestas, hoy convertido en oficinas municipales y el Seminario Viejo de San Juan que alberga actualmente el Archivo Municipal y otras dependencias municipales.

Enfrente nuestra observamos la trasera del edificio de la Casa Consistorial y a nuestra izquierda la entrada principal al Mercado de Santo Domingo. La Casa consistorial actual, salvo la fachada, que data del siglo XVIII, fue derribada en 1951 y reconstruida por completo en el año 1953, tal y como mencionábamos en la entrada de la plaza de la Argentina. Señalabámos, entonces, que en el año 1952, el chupinazo se lanzó desde aquella plaza. El Mercado de Santo Domingo tiene su origen en el siglo XVI, fecha en la que, a excepción de la fruta que se vendía en la actual plaza consistorial, el resto de alimentos se vendían en la plaza de abajo o también llamada de las Carnicerías. En 1769 se construyó el edificio del Pósito, donde quedaría instalado, en su planta baja,  el Mercado. En 1862, el Pósito se trasladaría a la plaza del Vínculo. Dos años más tarde el Ayuntamiento obligó a unificar todos los puestos (de fruta y carnes) en una sola plaza, quedando la plaza de arriba como plaza consistorial y la de abajo como Plazsa de Abastos. En 1875 un incendio destruyó el viejo Mercado de Santo Domingo, comenzando las obras del nuevo mercado un año más tarde. El nuevo mercado se inauguraría el 22 de mayo de 1877, bajo la supervisión del arquitecto  Martin de Sarasibar. En la plaza de Santiago se instalaría ese año  una fuente de hierro con unos delfines que permanecería en el lugar hasta 1952, fecha en que se traslada a la plaza de San José. El mercado fue remodelado en el año 1986, trasladandose durante un año los puestos a la galería interior de la plaza de toros.

Recuerdo la vieja plaza, que era asi como la llamábamos, bulliciosa, llena de voces y gritos de las vendedoras que venían a ofrecer su género, a menudo desde los pueblos o las huertas de la Rocha y la Magdalena, las paredes de azulejos blancos, el olor de las pescaderías. Mi madre acudía a comprar a la plaza los sábados, por la mañana, día de la compra semanal por antonomasia y la plaza estaba  llena de gente  a rebosar. Recuerdo a mis padres cargados hasta los topes con los bolsos de la compra: el pescado, la carne en el puesto de  los Fernández, donde estaban Doña Asun y su marido D. Manuel, la huevería Ruesta, las pastas Marisol.  Son imagenes que recuerdo con cariño, estampas de una época pasada que ya no volverá y del que la fotografía adjunta es un nostálgico recuerdo.

De los comercios existentes en la calle en aquella época recuerdo, bajando desde las escalerillas de San Saturnino, los siguientes comercios: una tienda de máquinas de coser, otra de telas (El Peso) Bazar Jimenez, con sus perolas y cacharros que empezó décadas atrás en la Mañueta, la tienda de periódicos y revistas del Portu, Casa Garcia, Muebles Indurain, Droguería Joaquin Sucunza, Ultramarinos Huarte (en su local se ubicaría en 1992 la Libreria Abarzuza que, con ese mismo nombre, había estado anteriormente en la calle Nueva y mucho antes en la bajada de las Carnicerías), Joyería Peinado, Ultramarinos Gloria Rivas (desde los años 40, ahora regentada por la segunda generación), Alimentación Parra. Volviendo hacia atrás, a la altura de Casa Seminario estaba Calzados Carasa. Y desde la calle del Mercado bajando hacia la Rocha, en la esquina, Electrodomésticos Lafer y a continuación el Café Bar Orbela.

Hasta 1976, la Calle Santo Domingo se estrechaba bastante justo al desembocar en la plaza Consitorial. Allí, hasta ese año  estuvo la Casa Seminario, tal y como podemos comprobar en estas dos últimas  fotos, tomadas desde diferentes ángulos. Me acordaba vagamente de un mural alusivo a los sitios principales o de interés turístico de Pamplona en la desnuda pared de Casa Seminario y que esta fotografía de los años 70 me ha ayudado  a recordar. El mural databa del año 1963. Derribada Casa Seminario en su lugar se erigiría un nuevo edificio  de oficinas municipales  que albergan actualmente al área de  Sanidad y Medio Ambiente. Por otro lado recuerdo también la bajada de las escalerillas de San Saturnino a Santo Domingo, mucho más estrecha que la actual puesto que allí mismo, junto a las escalerillas había unos baños públicos. Estos baños se construyeron en torno a los años 50, tras el derribo de dos pequeños edificios existentes. Se cerraron al público a mediados de los 80  y  se derribaron en la primavera  del  año 1999.

(Entrada en homenaje a mi madre, Cecilia, fallecida hace exactamente una semana, que tantas veces hizo este recorrido, subiendo a Pamplona, desde su  Rochapea para comprar en el Mercado de Santo Domingo o, como ella decía, “la plaza”.)

Las salas de juegos del viejo Pamplona (1974-1980)

En aquellos años fronterizos entre la niñez y la adolescencia pasábamos las tardes de los domingos a caballo entre las salas de juegos y los cines, los abundantes cines que había entonces, en la ciudad. Más adelante, cuando dejamos atrás la adolescencia, frecuentaríamos otros ambientes más adultos como las salas de fiesta y discotecas. De todos esos ambientes de la vieja Pamplona hablaré tanto en esta como en las siguientes entradas. Seguiré un criterio cronológico y empezaré por rememorar  aquellas salas de juego que había o al menos que recuerdo, -porque haber había creo que muchísimas más, seguro-, en la vieja Pamplona de los años 70.
Dos de las salas que con más frecuencia visitábamos en aquellos años fueron por este orden, la sala de juegos de la Estafeta y posteriormente la sala de juegos Carlos III en la calle Cortes de Navarra. La sala de juegos de la Estafeta que posteriormente se reconvertiría en un salón de máquinas tragaperras tenía, creo recordar, forma de L invertida. En su primer tramo y a ambos lados había infinidad de máquinas flipper que posteriormente irían dejando espacio a  las máquinas recreativas más modernas para aquel entonces: ping pong, mata marcianos, plataformas, etc. Al final de este tramo un juego de ping pong y  en el segundo tramo de la L un  billar y algunos futbolines. Solíamos acudir invariablemente a la sala de juegos  antes o después del cine, dependiendo de si acudíamos a la sesión del cine de las 17.00 o las 19.30. Allí pasábamos un par de horas, alternando los flippers con algún billar y futbolín, hasta que volvíamos a  casa al filo de las 10 de la noche.
La sala de juegos Carlos III estaba en un sótano, situado entre la iglesia de San Ignacio y la tienda del Salón del Visillo, frente al cine Carlos III. Se accedía  a la sala bajando un largo tramo de   escaleras que conducían a un primer tramo estrecho, donde estaban los flippers y recreativas y que giraba luego hacia la derecha para desembocar en una amplia sala de billares, con algunos recovecos. En esta sala había, al menos, media docena de billares y algún futbolín, su punto fuerte eran sin embargo los billares y en aquel tiempo era a lo que mayoritariamente solíamos jugar. Te cobraban por tiempo de juego. Solíamos jugar al billar francés o de carambolas. Había 3 bolas y el propósito del juego era impulsar tu bola con el taco, para tocar con ella las otras dos y hacer una carambola. Había un marcador manual, como un ábaco, que te permitía indicar la cantidad de carambolas que ibas realizando. Alguna vez jugábamos también al billar americano en el que había que meter las bolas en las troneras. Las recreativas, con el paso del tiempo, empezaron a compartir su espacio también con algunos simuladores, sobre todo de coches, con su volante y su embrague.
Otras dos salas de juego que recuerdo mucho más vagamente porque apenas fuimos un par de veces son dos que había en el Casco Antiguo,  una en la zona de Jarauta-Descalzos y otra en la Navarrería, creo que una de ellas se llamaba “El Trebol”. Fuera del Casco Antiguo recuerdo vagamente algunas otras salas a las que también fuimos muy esporádicamente y en época muy temprana, había una en la Plaza de la Cruz, otra cerca de ésta,  a caballo entre el Salón Champagnat y el Salón Loyola que se llamaba Caleidoscopio y otra, subterránea como la Carlos III en la zona de la plaza Príncipe de Viana más cercana a la avenida de  San Ignacio.
No era propiamente una sala de juegos sino una bolera, en efecto recuerdo a finales de los 70 la existencia de una bolera en la calle del Carmen, en el lado derecho de la calle, en el tramo comprendido entre el cruce con Dos de Mayo y el Portal de Francia. No fuimos muchas veces, pero alguna vez estuvimos y ahora me sorprendo al recordar la existencia de aquella dotación en pleno casco viejo. Creo que se llamaba Simon´s. Mucho ha cambiado el ocio de los jóvenes desde entonces, no en vano muchos de aquellos juegos de las recreativas, simuladores y demás alcanzarían un alto grado de desarrollo en los juegos de ordenador y consolas posteriores, dejando sin razón de ser aquel tipo de entretenimiento y  algunos espacios de ocio como los cines y las boleras se irían implantando con el paso de los años ya no en el centro de la ciudad sino en la periferia de esta, pero de los cines y otros espacios de ocio hablaré en otra ocasión.

El Paseo de Valencia (1956-2006)

El Paseo de Valencia, pues asi lo conocimos durante muchas décadas y todavía sigue vivo el nombre en la mente de muchos pamploneses, es otro de esos lugares vinculados a nuestra propia historia personal. No ha cambiado tanto como otras zonas de la ciudad en estos últimos 50 años pero si buceamos en las procelosas aguas de los recuerdos veremos que tampoco esta zona ha sido ajena a los avatares del tiempo y a los cambios y transformaciones que ha sufrido la ciudad en estos años.

Recuerdo haber visto, allá, a mediados de los 60, una pequeña construcción, una especie de casetilla en la zona más cercana a la vieja Audiencia Provincial. Por aquel entonces dicha zona estaba ocupada, además por un jardín y unos grandes y frondosos  arboles, de los que desgraciadamente en la década de los 80 no quedaría ni uno, sólo una fría, larga y embaldosada parada de villavesas. 

De aquellos años recuerdo, también al barquillero con su cilindro de metal de color granate y su tapa giratoria, tan bonita que me parecía una corona, y que se situaba casi siempre cerca del kiosko de prensa que había  a la altura  del paso de peatones del Paseo de Valencia  a la calle San Miguel. Recuerdo igualmente el trajín del Paseo en las fiestas de San Fermín: los vendedores ambulantes, los improvisados fotógrafos con sus cámaras de cortinilla y sus caballos de madera o de verdad, que de todo había. Y como no recordar, también asociado a las fiestas Donan Pher, el singular personaje vestido como el explorador Livingstone que nos vendía (desde 1944) con su inconfundible voz y letanía (y si no fuera suficiente…además) un juego completo de boligrafos, también cerca del citado kiosko de prensa hoy desaparecido.

También asociada al Paseo tengo que citar a  la Tómbola de Caritas, casi siempre tocaba algo  y  que se viene instalando de manera ininterrumpida en el lugar desde el año 1945. También asocio al Paseo las ferias del libro antiguo que se comenzaron a instalar en este lugar desde el comienzo de los 80 hasta finales de la pasada década, osea durante casi 30 años. El Paseo ha sido escenario de grandes concentraciones y manifestaciones, espacio para el descanso o la lectura, lugar de encuentro improvisado de chicos y chicas como lo fuera en tiempos más pretéritos el “tontodromo” de Carlos III. 

Como en todas las calles y plazas de nuestra ciudad no podemos hablar de un sitio sin hablar de los establecimientos y servicios ubicados en él. Así y recorriendo el Paseo desde Navas de Tolosa a Plaza del Castillo, y empezando por el lado del Casco teníamos la tienda de Chile, la Heladería Italiana, Viajes Marsans, Foto Mena, Radio Frias, la academia y copistería Politécnica, una tíenda de máquinas de coser, la Optica Javier Alforja y más allá de la iglesia de San Nicolás, un kiosko de chuches en la entrada al Rincón de san Nicolas, junto a la pared de la iglesia,  donde estuvo el Bankinter una heladería, una tienda de antiguedades, el famoso restaurante las Pocholas regentado por las hermanas Guerendiain,  viajes Iberia, una herboristería, la Heladería Nalia (1939), y la Pastelería Zucitola, entre otras. Por el otro lado del Paseo y empezando por la zona más cercana a Diputación cabría señalar el edificio del Banco de España obra de los arquitectos Astiz y Yarnoz, inaugurado en 1927, el edificio del Banco Hispano Americano y la Caja Municipal del año 1934, el edificio de Correos (de los años 20), la antigua Casa de Baños (en la fotografía siguiente de finales del 69, de Zubieta y Retegui), sustituida  a finales de los 60 por un moderno edificio de ocho o nueve plantas y para terminar una serie de edificios en la última manzana, de los cuales se conservan de la primera parte del pasado siglo tan solo el primero y el último, pues los otros son claramente posteriores en el tiempo. 

Popularmente conocido como Paseo de Valencia, el origen de su nombre no hay que buscarlo en algún tipo de relación con la ciudad levantina sino que debe su nombre a un famoso procurador de la ciudad llamado Don Prudencio Valencia, natural de Bargota que vivió en el lugar allá a mediados del siglo XIX. Como sabemos por otras entradas, algunos lugares de la ciudad deben su nombre a la persona o personas renombradas que habitaron en ellos. Y este es un caso paradigmático. Es a partir de 1853, cuando el Paseo deja de ser una parte de la Taconera y adquiere personalidad urbanística propia,  cuando oficialmente se le empieza a conocer como Paseo de Valencia. Si bien no hubo en aquellos años una decisión oficial, si que existía un informe municipal que avalaba la denominación popular y así se mantuvo tal denominación como “oficial”  hasta mayo de 1903, fecha en que se  cambia la denominación de la zona y se le conoce como  Boulevard de Sarasate hasta que en el año 1925 pasa a denominarse, por fin,  Paseo de Sarasate. Posteriormente, en 1974,   y durante apenas 5 meses, de mayo a  octubre, vuelve a llamarse Paseo de Valencia para volver a ser Paseo de Sarasate hasta nuestros días. Por cierto en la temprana fecha de 1885 se compraron seis estatuas sobrantes del Palacio Real de Madrid y se instalaron en el Paseo, siendo sustituidas algunas de ellas en diciembre de 1972 por figuras de reyes navarros.

Los hitos urbanísticos más importantes del Paseo los podemos encontrar en la construcción de la Audiencia Provincial, terminada en el año 1898, obra de Julián Arteaga que la pasada década se convirtió en la sede del Parlamento de Navarra (en la foto vemos las obras de reforma), la construcción del Monumento a los Fueros, terminado  en 1903, sin inaugurar todavía y erigido después de la Gamazada del año 1893,  con fondos procedentes de una suscripción popular, la instalación de la estación de pasajeros del Irati en 1911, su supresión en 1930 (se trasladaría a la Zona de Taconera-Rincón de la Aduana), asi como de sus vías en 1946. Junto a estos hitos señalaríamos también la farola ornamental a la que aludíamos en la anterior entrada de la Plaza de la Argentina y que había estado antes en la zona más cercana a Diputación entre 1929 y 1958 asi como la reforma del Paseo de 1956, en la que se reubican las estatuas y se coloca el embaldosado que ha caracterizado al Paseo durante las últimas décadas. El Paseo ha sido, posteriormente,  objeto de diversas reparaciones, sustituciones del mobiliario y nuevas urbanizaciones y reurbanizaciones a lo largo de todas estas décadas, la última de ellas hace escasamente un par de años. La muerte de los viejos olmos centenarios del Paseo, en la década de los 80, (se talaron la mayoría en 1988), supuso una sensible pérdida para su imagen, si bien el tiempo ha ido curando esa imagen despoblada a medida que han ido creciendo las nuevas especies vegetales implantadas.

Otro aspecto que ha dibujado la historia del Paseo a lo largo del tiempo han sido sus edificios civiles. Entre los edificios que se derribaron en el período que abarca de manera preferente este blog (a partir de los años 50 y 60), destacamos el de la Casa Alzugaray,  que albergó a primeros de siglo el Gobierno Civil de Navarra. (Ver fotografía adjunta de Jose Gallo de 1965). Esta casa, situada al final del Paseo,  en la zona más cercana  a la Audiencia sería derribada y sustituida por el moderno edificio donde durante años estuvo el Banco Atlántico y ahora el Banco Sabadell. En 1968 se derribaba la casa de Navasal, (vease la fotografía posterior de Martin Sarobe de 1968) siendo sustituida por el moderno edificio en cuyos bajos comerciales está desde hace tiempo  la optica de Javier Alforja y hasta hace no demasiado tiempo la zapatería Venecia de la familia Erviti. 

Y en octubre de 1969 se ponía fin a un siglo largo de servicio a la ciudad de  la Vieja Casa de Baños, de la que hablaba en la última entrada del blog. En estos tres casos y sobre todo y especialmente en los de las casas de Navasal y Alzugaray resulta incomprensible, con los ojos de ahora, ver semejantes edificios, autenticas aberraciones urbanísticas,  que atentan contra el patrimonio visual y arquitectónico de la ciudad  pues nada tenían que ver con el estilo del conjunto histórico edificado. En los últimos 30 años se han sustituido algunos otros bloques de viviendas de la zona que linda con el Casco por otras nuevas construcciones, pero estas si que se han hecho con unos mínimos criterios de integración y coherencia con el entorno. 

Fotos:Casa de Baños de Zubieta y Retegui (1969), Casa Alzugaray de Jose Gallo (1965) y derribo de la Casa  Navasal de Martin Sarobe (1968), del libro Pamplona, Calles y Barrios, de J.J. Arazuri