Mostrando entradas con la etiqueta Etiqueta: Los juegos en la calle. Mostrar todas las entradas

Estampas de antaño: Recuerdos infantiles en el viejo Pamplona (1968-1974)

Me siguen asaltando los recuerdos casi olvidados de aquella infancia, que tal vez por contraste tan diferente me parece a la de los niños de hoy en día. En aquellos años de la infancia hacíamos la vida en la calle, sobre todo en el verano y las vacaciones. Disponíamos de muy poco dinero para nuestros caprichos, un duro, a lo sumo diez pesetas, poco dinero, incluso entonces, pero ¡cuanto cundían!. A veces, cuando venían los familiares, los tíos y sobre todo la abuela, caían cinco duros como cinco soles. ¿En que gastábamos aquella fortuna?: Algún polo, (duro como un demonio), o un polo-flash, (el polo de los pobres) en verano, una mantecada o una tortita de txantxigorri en “La Patxi” y de vez en cuando, y con el ahorro de alguna paga, algún libro de RTV Salvat o de Bruguera Libro Amigo, (costaban 25 pesetas los de Salvat y 40, 50 o 60 pesetas los de Bruguera). Eran tiempos de caramelos Sugus (que se te quedaban pegados al paladar), chicles Cheiw y  barras de regaliz rojo o negro, tiempos en los que se vendían unas calcomanías que, convenientemente colocadas, quedaban impresas en la piel aunque  por poco tiempo, tiempos de sobres sorpresa con pequeñas golosinas o soldados de plástico u otros juguetitos en su interior que ayudaban a colmar nuestras imaginarias aventuras infantiles.

Siguiendo la estela de las dos entradas anteriores tituladas “Los juegos del Viejo Pamplona (1966-1976)” y “Juegos y otras diversiones infantiles en el Viejo Pamplona”, sigo recordando los juegos y juguetes de aquellos años, algunos de ellos vinculados a las barracas en los sanfermines, recuerdo especialmente una cámara de fotos de plástico que al apretar el botón salía, como un resorte, una especie de monigote o payaso cilíndrico, un pajarito de plástico que se llenaba de agua y al soplar parecía que trinaba o unas ensordecedoras trompetillas (doradas con boquilla blanca), con las que dábamos la murga unos cuantos días (¡pobres padres!), hasta que nos cansábamos o acababa rota. Recuerdo que subía a las barracas con mi padre y nos ibamos cuando se acababa el dinero después de haber montado en los caballitos, comprar alguna golosina y haber comprado alguno de aquellos juguetes de feria. También, en aquella época, estaban de moda las armónicas y las lupas de bolsillo. Recuerdo una armónica chiquita, como la de la fotografía,  que iba incorporada a un llavero y que perdí en el campo del fútbol del Ave María. Y en cuanto a las lupas tenían los usos más variados, aparte de agrandar los textos o las cosas, también tenía algunos especialmente malvados, como  cuando el sol caía de plano sobre el cristal de la lupa y la piel de la mano del amigo o el pellejo de una lagartija se encontraba al otro lado de la lupa. Eran tiempos de caretas de cartón, de aros, (este era un juego de chicas que movían sinuosamente los aros por sus cuerpos aguantando el máximo tiempo posible para que no se cayesen al suelo) y de peonzas, yo-yos, chapas y bolas locas. En aquellos años aprendimos a andar en bici, tras algunos intentos frustrados y unos primeros pasos tambaleantes. Las bicis eran de BH o de GAC, las de chicas con redecilla de colores en la rueda trasera. Los chavales más atrevidos o gamberros compraban, en ocasiones,  petardos y/o bombas fétidas para hacer alguna de las suyas. ¡Qué olor a huevos podridos!. En el campo de los objetos de broma había también unos líquidos malolientes que se echaban sobre una silla y que daban primero calor y luego frío y arañas o tarántulas de pega pero que daban el pego, valga el juego de palabras. La trastada en la escuela, con alguna de estas bromas, o con la clásica cerbatana del boli bic se pagaba, como mínimo,  con un buen coscorrón, la expulsión de clase e incluso el aviso a la familia. En el día de los santos inocentes se colocaba, en la espalda del incauto, el típico monigote recortado de papel.

En aquellos años por no haber no había ni parques infantiles, el primero que recuerdo, el parque del Ave María se instaló bien avanzado los años 70. Como he comentado al principio se jugaba en la calle, llena de polvo, tierra o gravilla y a menudo llegaba uno a casa con el codo o las rodillas lastimadas. “Pareces la piedra del topo”, decía mi madre, debía ser una manera cariñosa de llamarme “cenizo” bien porque el topo se encontraba con la piedra y ya es difícil que, acostumbrado a hacer túneles bajo tierra, se encuentre este animal con un pedrusco o bien como el topo era una manera suave de llamarme cegato por mi indisimulada torpeza. El procedimiento de atención médica familiar era invariablemente el mismo: desinfección con abundante agua oxigenada, ¡cuanto escocía aquel condenado liquido burbujeando sobre la herida! y luego una buena untada de mercromina y a soplar para que se secase rápido y no se escurriese por la pantorilla. Eran tiempos de teléfonos de ruleta en las casas, en mi casa entró tardíamente, a finales de los 70, hasta entonces vivíamos tan felizmente sin él (quien lo diría ahora con teléfonos móviles por doquier), ¿para que estaban, si no, los timbres de las casas, bien de los amigos o de las vecinas?, El contacto era asi pues, entonces, absolutamente “personal e intransferible” y cuando hacía falta una llamada fuera, pedíamos el favor a la vecina o acudíamos a la cabina de teléfonos más cercana que solía ser la que estaba, y aun está (bueno el teléfono si, la cabina, no),  bajo los soportales de una de las Fases del Salvador, junto a la cafetería Haizea, muy cerca del Porrón.

Pero si había un evento, una fecha que se esperase como pocas y se fijase en la memoria de  aquellos lejanos años infantiles era la celebración  de la Primera Comunión. Los niños iban de almirante o marinero, las niñas como pequeñas novias, con sus trajes blancos inmaculados. Era típica la foto en las casas del niño con el traje de la primera comunión y el convite en un restaurante de postín. Yo, por lo que se ve, rompí la tradición pues, a diferencia de mi hermano, ni fui de marinero, ni conservo foto de aquel evento ni celebramos el día en ningún restaurante. Eso si, mi madre organizó, ayudado por mi tía, un gran convite en casa, en el entonces casi intocable cuarto de estar (en aquel entonces estaba solo para las visitas) al que asistieron un montón de familiares, incluso en algún momento del día se pasaron los vecinos más allegados. Fue el 8 de mayo de 1971, domingo. Aquel día, amaneció  nublado, lluvioso,  hicimos la primera comunión en la iglesia del Salvador una veintena de chiquillos. Y a mi, recuerdo que me toco leer la epístola. Quien iba a decirme, con lo tímido que era entonces, que aquel día haría gala de unos templados nervios de acero dejando, como quien dice, el pabellón de la familia bien alto. Era costumbre en aquella época que los padres regalasen al niño algo especial. Me acuerdo que fue entonces cuando me regalaron mi primer reloj de pulsera, además de un sello con mis iniciales que debe andar por ahí, por algún sitio de la casa.

Estampas de antaño: Juegos y otras diversiones infantiles en el viejo Pamplona (1970-75)

Esta entrada es continuación de “Los juegos del viejo Pamplona (1966-1976)” y de “Las Navidades del viejo Pamplona (1965-1971)”. Hasta los siete u ocho años, como ya señalaba en esta última entrada, los juguetes nos los regalaban los Reyes Magos en un magno escenario como era el del Teatro Gayarre. Posteriormente y hasta que comenzamos a perder la inocencia, dejamos de jugar y enfocamos nuestro interés a otros aspectos de la vida, seguimos jugando, como no, en aquellos juegos comunitarios, al caer la tarde, en las calles del barrio (el barrio era la calle, la Travesía) donde lo importante era correr y/o esconderse: jugabámos al Escondite, Trenabios en la mar, Tente, y otros muchos juegos señalados en la primera de las entradas citadas. Y como la imaginación no tenía limites bastaba a veces un simple trozo de rama seca que habías encontrado en los campos cercanos a la vía del tren para erigirte en el héroe de la historia,  emulando las hazañas del héroe de la película de Sesión de Tarde (generalmente de indios y vaqueros y que tenía a Gary Cooper, James Stewart, Gregory Peck o John Wayne como protagonista). ¡Qué decir si contabas ya con una pistola de plástico o una estrella de sheriff como parte del atrezzo!. Ante la inexistencia de viejas fotos de mi calle, pertenecientes a esta epoca vuelvo a insertar en esta entrada una de las más antiguas que  tengo, no es propiamente de la Travesía, sino de la calle Carriquirri en el año 1984, pero que aun conservaba en ese año buena parte de la apariencia que debía de tener una década antes (salvo la construcción de las nuevas escuelas que se erigieron en el año 1977).
La imaginación hacía, entonces, que un par de latas o unos envases del yogurt Yoplait (no valía otro) y una cuerda se convirtiera en un improvisado teléfono. En casa o en la calle, con los soldados de plástico,  imaginabas cruentas batallas  que se ponían fin por el cansancio o aburrimiento de alguno de los contendientes o con los coches de plástico imaginabas veloces carreras que rivalizarían con las de las actuales películas “Fast & Furious” o las de los videojuegos de Nascar. Recuerdo que cuando me cansé de aquellos juegos le regalé una bolsa completa con todos los coches y soldados   a un amigo  del barrio. Otros chicos se dedicaban, en cambio,  a juegos, y/o travesuras, ciertamente más arriesgadas como el de jugar   con fuego,  mejor dicho con cerillas, birlar fruta en los arboles de un chalet cercano (aun recuerdo aquella frase delatora de otros chavales, que en el momento cumbre de la rapiña decían, voz en grito,  “a ese que manga higos”) o coger pajarillos con liga, más concretamente cardelinas. Por cierto y hablando de fuego recuerdo aquellas noches de San Juan, el día 24 de junio,  en el viejo campo de futbol del Ave Maria. Aquella noche se organizaban tres o cuatro grandes fogatas por los chavales y algunos mayores del barrio sobre las que saltaban luego los más osados,  mientras algunos permanecíamos absortos ante el hipnótico espectaculo, eso si, bien controlado del fuego. 
Como ya no nos regalaban juguetes en Reyes a menudo jugábamos en las casas de los vecinos más cercanos: allí asistíamos asombrados  a las evoluciones de los coches en el Scalestric, veíamos el rudimentario cine del Cinexin, contemplabamos las dificultades para montar el Mecano, o jugábamos a algunos de los juegos de mesa o de tablero que había en aquel entonces: La Oca, el Parchis,  y sobre todo El Palé (precedente del actual Monopoly) en el que jugábamos a comprar calles y edificios que nos parecían inalcanzables. A veces también jugábamos al ajedrez (comencé a aprender en La Carbonilla) y a las damas (recuerdo las del Centro). En casa fue tal la afición que cogí al ajedrez en mi infancia y adolescencia que llegué a confeccionar un rudimentario artesanal tablero con sus correspondientes fichas-piezas de cartón hasta que me traje un espectacular juego de ajedrez  de la extinta Unión Soviética algunos años más tarde, allá por los años 80 y que aun conservo.


En el mismo terreno del ocio infantil que recuerdo en esta entrada estarían los cromos y los primeros tebeos. De aquellos lejanos albumes infantiles de cromos, de tamaño generalmente más ancho que largo, y que pegábamos con una pasta blanca y más tarde con el inolvidable pegamento Imedio, recuerdo uno de coches (1975) (mi hermano llegó a coleccionar uno de motos, en 1976), uno de países, y otro, magnífico, de billetes del mundo (1974) (de este último recuerdo muchos de aquellos billetes no así el álbum). Sin olvidar un album  que ya cité en la entrada de “Recuerdo de mi colegio”, el del Antiguo Testamento, de todos los cuales dejo aquí una breve muestra. En cuanto a los tebeos, el tebeo que recuerdo con más agrado era el del “Capitán Trueno” y en menor medida el Jabato. Recuerdo que un amigo de la vecindad tenía un volumen completo de aquellos antiguos tebeos del Capitán Trueno, de color salmón, y cuyas aventuras nos sumergían en increíbles historias de batallas, lances y rescates de hermosas princesas. En la escuela alguna vez nos regalaban una revista que se llamaba “Piñón”, revista de historietas, suplemento de la publicación “El Magisterio Español”. También en casa recuerdo haber visto algún ejemplar de  la Colección Trinca de la editorial Doncel (1971) (de aquella colección magnífica en su presentación y dibujos recuerdo la historia del Cid  y otras historietas de temática diversa, como “Manos Kelly”, “Los Guerrilleros”  y “Haxtur”). También de estos comics y albumes de cromos dejo unas cuantas muestras.

Eramos niños pero junto a lo que hacían el resto de niños, que era jugar, en mi casa y en relación con el tiempo del ocio  prendió muy pronto el hábito de la lectura y ya no solo de libros infantiles o juveniles. Junto a los libros que ya en el Ave María nos dejaban para leer, aquí generalmente cuentos universales (de Andersen y los hermanos Grimm), clásicos españoles de Editorial Doncel y fabulas clásicas (de Esopo, Iriarte, Samaniego), en la Carbonilla (1973-74) recuerdo haber leido “Corazon” de Edmundo de Amicis,   incluso recuerdo que había un libro de texto de lecturas (con cuentos como los de El traje del emperador, Los viajes de Gulliver o Lohengrin),  y en el Cardenal Ilundain, ya las lecturas eran de temática mucha más variada:  aventuras (Marco Polo, El libro de la Selva, Viaje al Polo Norte), juveniles (El Diario de Daniel, creo que se llamaba) o ciencia ficción (2001, una odisea del espacio). En mi casa los primeros libros que recuerdo haber visto y leído  fueron “La Odisea”, “La Eneida”, “La Isla del Tesoro”, “Crimen y Castigo”,  libros clásicos de la editorial Bruguera Libro Amigo; Sopena y la colección RTV Salvat. De aquel temprano, yo diría que precoz hábito a la lectura de los clásicos, tenía apenas seis o siete años, imagino que me ha venido  la afición a la literatura que he mantenido a lo largo de toda mi vida. Reproduzco la portada de un libro antiguo, muy antiguo, profusamente ilustrado, que le regalaron a mi hermano por haber ganado el Concurso de Redacción del Ximenez de Rada, patrocinado por Coca Cola allá por el año 1971 y del que guardo un bonito recuerdo y que aun  conservo en mi biblioteca. Eran las “Aventuras del Sastrecillo Valiente y otros relatos” de Antonio de Trueba. 

Estampas de antaño: Los juegos del Viejo Pamplona (1966-1976)

¿Y a qué se jugaba en aquellos años?. Había juegos para niños y para niñas y otros que eran indistintos para unos y para otros. Para niñas estaba la comba (cantando alguna de aquellas tonadillas infantiles) , la goma,  el corro (en mis años ya pasado de moda), las tabas (también pasado de moda)  o la china. En este último juego las chicas empujaban, saltando sobre un solo pie, un trozo de piedra plana entre unos cuadros numerados. También, con frecuencia hacían el pino. Sus cuerpos siempre han sido mucho más flexibles que los cuerpos masculinos.

Para niños estaban los bolos o canicas, con el guá, un agujero que se hacía en la tierra, como meta final para la canica. Basicamente había que alejar al adversario del guá y llegar tu primero al agujero. Quien perdía la partida solía perder también la canica. Tambien para chicos había algunos juegos como “el salto del burro” que empezaba con “A la una saltaba la mula”  (quien le tocaba de mula no solía pasarlo nada bien),    “el churro”  en el que había dos equipos, los que saltaban y los que no. De estos, uno hacía de madre (de pie, apoyado en una pared) y los demás formaban fila agachados, como en la fotografía, colocando la cabeza entre las piernas del compañero de delante. El otro grupo iba saltando al grito de “churro va”, si la fila no se hundía, el último que saltaba preguntaba ¿Churro, mediamanga, mangaentera? y señalaba una parte de su brazo (hombro, antebrazo o muñeca). Los de abajo debían acertar si no querían repetir. La madre era testigo. Una variante del “churro” era el “chorro, morro, pico, tallo que”. También estaba el juego de las chapas, chapas de gaseosas y/o botellines de cerveza, que se jugaban sobre las aceras, entre las piernas de los adultos y entre los coches aparcados. Los chicos también jugaban al balón, la verdad, un futbol muy libre, pues cuando se quería jugar al futbol de verdad se hacía o bien en el campo del Gure o en el campo de futbol de las escuelas. También se jugaba   al hinque, sobre todo en días de lluvia.

Había juegos que eran indistintos para un sexo u otro, que eran todos los de pillar, entre estos estaba “el escondite”, “el tente”, “tres navios en la mar”, “el pote pote” y “la llevas”,  herederas alguno de algún otro juego anterior como “el marro”.  Recuerdo que tenía su atractivo jugar esos juegos con el otro sexo. Había tambien otros juegos que se solian jugar juntos como “El pañuelo” o “la palabra”, “el telegrama”, “cara ví, cara va…” o “el disparate”. Se comenzaba a tontear ya entonces con lo de los novios, ¿Quien va a ser tu novio o novia?,  Me gustaría que fuese… Había juegos más intelectuales para jugar entre dos como el “vivo o muerto” o el “cesta y puntos”. Juegos crípticos de comunicación como el silabeo, combinando una silaba repetida, por ejemplo “epe respe tonpo tonpo”.

En el barrio se jugaba también con los neumáticos de una cercana fábrica de recauchutados. También había bastantes ruedas en las inmediaciones de la antigua estación del Empalme. Y se improvisaban encierros por el polvoriento entonces camino de Carriquiri, en los que los cuernos eran sustituidos por ruedas movidas por palos, aunque también había otras variantes en las que los cuernos era palos de arbustos o arboles. La televisión comenzaba a ser una fuente inagotable de argumentos: se seguía jugando al antiguo juego de las espadas, emulando ahora a los heroes de las películas en la pequeña pantalla y también  a indios y vaqueros o policías y ladrones.  No sé si meterlo dentro del capítulo de juegos porque creo que era una salvajada, pero era muy comunes las luchas  a pedradas y ramazos entre calles y barrios. La conciencia de pertenencia a una calle o barrio, -la calle era el barrio-,  era muy fuerte. 

Otras actividades infantiles de aquellos años eran la construcción de cabañas. Recuerdo las que se construían en el parachoques, cerca de Perfil o en el lecho de los regachos secos. En aquellos años infantiles solían nacer las primeras amistades, se empezaban a crear los grupos o pandillas y se fortalecía el compañerismo y el trabajo en equipo. Eran tiempos en los que las bicis, de marca BH o GAC llevaban redecilla en la rueda de atras y se alquilaban por horas en el parque de la Taconera. En aquellos años, la vida se hacía en la calle y los juegos en la calle ocuparon un lugar importante en nuestras vidas.