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Recuerdos escolares del Viejo Pamplona: clases de pretecnología y gimnasia (1968-1981)

Convierto en sección estas entradas que hace años englobé dentro de la sección de “Estampas de Antaño” y que allí apenas aparecían esbozados. Voy  a recordar en esta ocasión las clases de pretecnología y de gimnasia. Durante mis años escolares, hasta comenzado el BUP,  no  se hacía demasiado hincapié ni en la música ni en los idiomas, creo que el francés lo comenzamos a estudiar en los últimos años de la  EGB, pero recuerdo que desde  temprana edad ya teníamos clases de dibujo y pretecnología, o lo que también llamamos “trabajos manuales”. Y por supuesto no faltaban las clases de gimnasia. Recuerdo los trabajos de marquetería, por lo menos desde las escuelas del Ave María. Comprabamos por un lado, una chapa ocumen, bueno nos la solía comprar, como todo,(libros, pinturas, y otros utensilios escolares), nuestra madre,  y por otro, y esto era básico, debíamos hacernos con un cuaderno de marquetería donde venía el modelo, en piezas, de la obra que había que trabajar. Recortábamos las piezas del cuaderno y las pegábamos con cola blanca sobre la chapa ocumen, por la parte de atrás. A continuación, cogíamos la sierra, que peligro tenían, y a menudo teníamos que sudar la gota gorda para acabar el trabajo porque el pelo de la sierra, los había de diferente grosor, (quien no recuerda de aquellos años haber pedido un pelo del 2), se rompía con más frecuencia de lo deseable. Recuerdo un año, no sé tal vez sería el año 1973 o 74, estaba creo que en la Carbonilla, en el que con la inestimable ayuda de mi padre, el pobre tuvo que sudar también la gota gorda, acabamos un precioso “portal de Belen” que estuvo un montón de tiempo encima del armario de formica de la cocina. Tras serrar las piezas, encajarlas y pegarlas con cola, creo  le dábamos un barniz  a la madera y el resultado final, si no te habías equivocado demasiado era bastante aparente. Adjunto a este párrafo fotografía del cuaderno de marquetería que utilicé entonces y que me ha dado una gran alegría encontrar y rescatar ahora, 45 años después.

En casa recuerdo y aquí los recuerdos se me confunden, pues no sé si son mios (de la EGB en el Cardenal Ilundain y del BUP en Irubide), o de mi hermano Luis Angel (en el Ximenez de Rada) hicimos también trabajos con plastilina (de colores), que gusto daba crear de la nada formas y volúmenes, arcilla (también recuerdo haber hecho algún vaso de arcilla y me sentía como un alfarero), dibujos al carboncillo (me acuerdo de haber visto un precioso dibujo de una vasija al carboncillo hecho por mi hermano o un paisaje del monte Ezkaba con el pueblo de Artika en primer término), acuarelas (que malo era yo en lo que se llamaba el dibujo artístico), cuadros hechos con legumbres o  con hilos de colores, mapas de conexiones con rudimentarios interruptores y bombillitas, pirograbados, etc. En bachillerato recuerdo el dibujo técnico,  tenías que tener mucho cuidado con el famoso rotring, pues  de pronto tus magníficas líneas podían verse bruscamente interrumpidas por el temblor de tu mano o por un empujón inadvertido y el dibujo quedaba  inutilizado, emborronado por un inesperado manchón de tinta, de aquella tinta Pelikan negra con la que se rellenaban los rotrings. Completaban el equipo de dibujo técnico, el cuaderno de laminas, (papel blanco Guarro),  los compases (al que también podía incorporarse el rotring),  las escuadras y cartabones de diferentes tamaños, las plantillas, los semicírculos  y transportadores de ángulos, el papel cebolla o vegetal. Respecto al dibujo artístico utilizabamos las mencionadas acuarelas al agua o gouache, y las ceras Manley fundamentalmente. Atrás, en el tiempo, cuasi olvidada en la enseñanza primaria quedaban las pinturas Alpino, las gomas Milan (alguna olía a nata) o los rotuladores Carioca, dentro de aquellos plumieres que llevábamos entonces.

He de reconocer que nunca fui mal estudiante, más bien todo lo contrario, pero ni el dibujo o la pretecnología eran mi fuerte, ni mucho menos la clase de gimnasia. En el Ave María (1968-1972), la verdad,  las clases de gimnasia se reducían  a algunas carreras, individuales o por relevos, algún partido de fútbol y algunos rudimentarios ejercicios gimnásticos. En el Cardenal Ilundain (1974-1977) había campos de baloncesto y balonmano, por lo que se ampliaron un poco las opciones deportivas pero cuando de verdad supe lo que era la Gimnasia fue en el Instituto, en el Irubide (1977-1981). El instituto contaba con unas completas instalaciones. Que envidia me daban las chicas con aquellos cuerpos flexibles, subían las cuerdas más rápidas que ninguno, saltaban los aparatos mejor que nadie, hacían mil piruetas en la colchoneta. Los chicos suplían la flexibilidad con la fuerza en algunos ejercicio pero a mí,  la verdad los aparatos me daban pavor, tan altos e infranqueables que parecían y que pensaba que te ibas a dejar allí toda tu hombría, física y literalmente : el potro, el caballo y el plinto, enumerados de menor a mayor dificultad, tan es así que en mayo de 1980 me dejaron para una especie de repesca. Aun me acuerdo lo que le dije a mi madre antes de salir de casa, aquel día de la repesca, en un arranque de amor propio: “esta tarde los voy a saltar aunque me mate”. Y dicho y hecho. En aquella infausta tarde me encontraba ante el profesor y los aparatos, el potro lo salté sin mayor dificultad, ¡fuerza y valor!, el caballo lo salté una y otra vez y otra hasta que con los nervios de la emoción y mis manos sudorosas resbalé en el enésimo ejercicio y dí con mis huesos en el suelo, resultado: salida total del cubito y radio del brazo derecho con intervención inmediata en San Juan de Dios a cargo del doctor Valencia, tuve que hacer todos los exámenes finales de 3º de BUP orales: Literatura, Matemáticas, Química, etc, lo que son las cosas,  fue el último año de clase de Gimnasia de mi vida.