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Maestros, escuelas, cantinas y colonias en el Viejo Pamplona (1904-1977)

Prosigo la radiografía de la ciudad de Pamplona del pasado siglo y en esta ocasión y aprovechando la reciente publicación de la biografía de María Ana Sanz me detengo en la enseñanza para dar unas pinceladas de aquellas escuelas del Viejo Pamplona.  Empezaré, partiendo, como hiciera con el capítulo de la sanidad, de mis recuerdos personales para posteriormente realizar un breve repaso histórico de algunas escuelas y otras instituciones asistenciales-educativas entre los años 1904 y 1977. Comencé a ir a  las escuelas del Ave María a los cuatro años,  en septiembre de 1968. Recuerdo que el primer día de colegio solía ser bastante traumático para muchos pequeños, pues era el primer día que se abandonaba el cálido y confortable refugio del hogar pero yo no tengo un recuerdo especialmente duro de aquel día, no recuerdo lloros, eso sí,  siempre me recordaron mis padres, a lo largo de los años, mientras vivieron, una graciosa anécdota: en la primera hora de aquel primer día y en un descuido de la señorita, así las llamábamos entonces a las maestras, aprovechando una inesperada visita en el aula, me levanté del pupitre y me escapé de clase sin que nadie se percatase, presentándome  en casa, que estaba apenas a cincuenta metros de la escuela. Tan pronto como abrió la puerta mi madre   y después de una tremenda regañina me cogió de la mano y me volvió a llevar a la clase de la señorita Ramonita que a la sazón era aquel año la encargada de la clase de párvulos. En aquella clase que lindaba con la de D. Emilio Loitegui nos enseñaron las primeras letras, a leer y escribir. En 1º curso de Primaria, con Conchita Zaldo, comenzamos con los dictados, -la maestra, a veces, escribía el dictado en aquellas largas pizarras negras que cubrían todo el ancho de la clase-, las primeras lecturas, empezaban también a familiarizarnos con las primeras nociones de geografía y  las nociones más básicas de las matemáticas, las tablas de sumar y restar, más adelante vendrían las de multiplicar y dividir.

De aquellos primeros años recuerdo a D. Emilio Loitegui, en 2º de Primaria, amante de los métodos de la vieja escuela. Por aquel entonces abundaban los castigos físicos  como las tortas en la cara, el palmetazo con la regla de madera en la punta de los dedos, o colocar de rodillas o contra la pared durante largo rato al infractor y es que se decía entonces que “la letra con sangre entra”. Quien, en aquellos años no fue obligado en alguna ocasión a escribir durante el recreo decenas de veces, “no volveré a hablar en clase”, por ejemplo. De aquellos primeros años, recuerdo que al menos en 3º de primaria, en la escuela de las chicas, con la entonces ya anciana, Isabel Ancil, la clase era mixta, si bien las chicas ocupaban una tercera parte del espacio y estaban todas juntas y separadas de los chicos. Esta separación se mantendría que yo recuerde hasta BUP. Muchos son los recuerdos que guardo de aquella primera época de mi infancia en las escuelas del Ave María, por las cuales pasaron, como yo,  muchas generaciones de pamploneses. Me acuerdo de aquel edificio alargado de planta baja que estaba pegado  a las dependencias de la iglesia, con el salón de actos, al fondo,  y cuya apariencia era en septiembre de 1968 muy similar a la que tenía 18 años atrás, como se ve  en la foto de 1950, de J. Cia y un poco menos parecido que el de  52 años atrás,  de 1916, pues entonces tenía algunas aulas menos, justamente la mitad; Me acuerdo de sus largas y brillantes rampas de entrada, como la que se ve en la primera foto por la que nos deslizábamos, desgastando alguno de aquellos pantalones cortos que vestíamos entonces; del sonido del timbre de entrada y salida a clase o al recreo; de los grandes ventanales de unas enormes clases en los que estábamos unos 40 chavales  y que eran calentadas por una estufa de carbón y leña situada en una esquina de la estancia. El último año que permanecí en estas escuelas, antes de pasar a la Carbonilla fue  4º de primaria en  1972-73 con Don Germán Tabar, de profesor, que sería director de la escuela tras D. Daniel Pascual.

Tras estas notas personales daré algunas pinceladas históricas de estas célebres escuelas. Inauguradas en abril de 1916, fueron dirigidas hasta su fallecimiento por el párroco de San Lorenzo D. Marcelo Celayeta, según el método empleado por Andres Manjón en el Albaicin de Granada para las clases más desfavorecidas (1898). Celayeta tuvo conocimiento de  estas escuelas del Ave Maria y del método de Manjón a través de un amigo de Aoiz, Vicente Diaz. Celayeta  visitó a Manjón y entusiasmado envió luego a Granada a los maestros Gervasio Villanueva y María Marillarena. La Rochapea carecía de escuela entonces, solo había una privada a cargo de una maestra en Errotazar, que precisamente era Maria, y el barrio estaba habitado por hortelanos, ferroviarios y otros oficios surgidos a orillas del Arga. Construida por el arquitecto Angel Goicoechea, la primera piedra de las escuelas se colocó el 21 de marzo de 1915 y se inauguraron el 2 de abril de 1916, junto a la iglesia. Estuvo financiada por aportaciones de particulares. Aparte de su función social, lo más destacable de estas escuelas era el método educativo que empleaba: un método centrado en el alumno en el que se aprendía a través del juego y el canto, una escuela al aire libre, en el que solo el mal tiempo hacía que las clases se dieran en las aulas; (en mis tiempos, en 3º de primaria, con Isabel Ancil (1971-72),  aun se daba  alguna que otra clase al aire libre). Era aquella una escuela activa en la que se escenificaban no solo los contenidos sino también las ideas abstractas. Hasta poco antes de su desaparición (del derribo del edificio de la vieja escuela), se podían observar en el suelo del patio, mapas hechos con ladrillos de colores, círculos, triángulos y pirámides para las clases de geometría y en las paredes exteriores, una larga pizarra negra, mapas y arboles genealógicos para el aprendizaje de la historia y carteles y silabarios para la lectura. En las fotos que encabezan la entrada y estos primeros párrafos, todas ellas de Roldán pueden contemplarse algunas imagenes de la escuela de aquellos primeros años, con las pizarras,  mapas, silabarios y arboles genealógicos mencionados. En las fotos posteriores de J. Cia se ven los edificios de las escuelas de los chicos y de las chicas en los años 50.

La música ocupaba también un papel importante en la actividad educativa del Ave María, contando desde sus inicios con un profesor de música, D. Gregorio Alegría. Pronto se  crearía la Banda de las Escuelas del Ave María. Se dice que Celayeta compró los instrumentos a una banda militar de Milán que se había disuelto en 1920. Pero no solo la música era importante en la actividad educativa. Junto a la música cabría recordar las funciones de teatro y las proyecciones de cine que se alternaban los domingos en la programación del salón de actos. Daban clase esos años en estas escuelas Fortunato Pérez, Luis Arbizu, Asunción Cano, Gabriel Larequi, Dolores Zuasti, Rosario Echague, María Yoldi, Soledad Garaicoechea y el conocido Gurmensindo Bravo (quien no se acuerda de aquellas veladas matinales suyas antes del encierro en los Sanfermines). Fallecido Celayeta, a partir de 1932 le sustituyó en la dirección Marcelo Larrainzar, sobrino de aquel. En 1935 la escuelas contaban ya con 11 aulas, 5 de niños y 5 de niñas y una mixta, la del párvulos, al frente de las cuales había 11 maestros más el maestro de música y la de corte y confección para las niñas. Las escuelas estaban dirigidas por un patronato del que formaba parte también el Ayuntamiento, junto a la administración educativa, el arzobispado y la parroquia. En 1957 se transformó en dos escuelas graduadas, una de niños y otra de niñas, con cuatro grados, de 1º a 4º de primaria más párvulos con tres secciones. En 1966 se convirtieron las escuelas en un centro público al crear la Escuela Graduada del Ave María con dirección y 11 unidades, cuatro de chicos y cuatro de chicas (las chicas estaban, como he comentado,  en un edificio aparte) cerca de la actual calle Carriquiri. Posteriormente, en 1977, se derribó el viejo e histórico edificio de las escuelas de los chicos, la de las chicas aun resistiría una década larga más, desapareciendo como tal el colegio en el año 2010, tras el traslado de su alumnado al Colegio Publico Rochapea en el Paseo de los Enamorados.

En aquel tiempo junto a las escuelas del Ave-María recuerdo en mi barrio otras escuelas como las de la Carbonilla, construida en los años 30, en plena República, en los terrenos que ocupara anteriormente la carpintería Artola, cerca del cruce de Bernardino Tirapu y Marcelo Celayeta y que vemos en la fotografía de los años 50 de J. Cia. Pretendían ser unas escuelas laicas frente a las religiosas del Ave María. Ahí estuve durante  el curso 1973-74, haciendo  5º de primaria con Don Gabino, que a su vez era hermano de Don Joaquín, maestro del Ave María. Recuerdo que ese  fue el primer año en que tuvimos las primeras  maestras en prácticas, jóvenes inexpertas que se
tenían que enfrentar a un alborotado y alborotador publico infantil; también recuerdo la escuela de Lavaderos, junto al Camino de los Enamorados (creo que era de primaria), el colegio de las Hermanas de Nuestra Señora de la Compasión junto al cruce de Bernardino Tirapu y el camino de los Enamorados (femenino, regentado por religiosas y con un amplio ciclo educativo, de primaria hasta bachillerato), las Mercedarias de la Caridad de Joaquín Beunza (de párvulos y primaria), los Capuchinos de la Avenida de Villava (de primaria y secundaria, entonces llamada EGB), el Redin en el Vergel y el colegio Cardenal Ilundain, donde cursé entre 1974 y 1977, 6º, 7º y 8º de EGB. De aquel colegio recuerdo nombres de profesores como Jose María Gracia (en 6º),  Javier Donezar (en 7º), Navallas (en 8º), Doña Socorro, etc. Sería prolijo recordar  colegios de otros barrios aunque sin ánimo de exhaustividad podría citar, sin temor a equivocarme, os siguientes: en la Chantrea Federico Mayo, Mariana Sanz o los privados, algunos de ellos religiosos,  Esclavas del Sagrado Corazón en la Avenida de Villava, Colegio de María Auxiliadora, junto a la parroquia de San José o las Jesuitinas en un extremo del barrio, y junto a estas el Irabia, sin olvidar las escuelas municipales de la Magdalena, en la calle del mismo nombre;  en San Jorge recuerdo que había unas escuelas donde está actualmente un centro de Tasubinsa, cerca del río. En la Milagrosa recuerdo que estaban el colegio de Santa Catalina, Victor Pradera (inaugurado en 1952  que vemos en sendas fotos de Cía junto a este párrafo) y José Vila. De San Juan, he visto fotos de escuelas antiguas de los años 20 o 30, que reproduzco más adelante, aunque no logro ubicarlas, y  recuerdo también el colegio religioso de Nuestra Señora del Huerto (fundado en diciembre de 1951 por las religiosas argentinas Hijas de María Santísima del Huerto), el José María Huarte, casi enfrente del Instituto Ermitagaña o el Cardenal Larraona (1970) de la avenida Pio XII. De los colegios del centro de Pamplona (Casco y Ensanche) hablaré más adelante.

Cuando estaba en la escuelas del Ave María todavía se oía hablar de las cantinas escolares, aunque como tal, con la filosofía que nacieron en su momento, hacía años que habían desaparecido, siendo sustituidas  por los comedores escolares, aunque igualmente las llamásemos cantinas.  Las cantinas escolares fueron un tipo de institución benéfica financiada por el Ayuntamiento,  Diputación y particulares  que nació  a principios del siglo XX, concretamente  en las escuelas de San Francisco el 14 de marzo de 1908 extendiéndose luego  a otras escuelas y que tenía como objetivo paliar el hambre en los niños, proporcionando alimentos gratuitos a los niños necesitados a lo largo del curso escolar. Fue pionera en España siendo solo precedida por las de Madrid, León y San Sebastián. La principal promotora de esta iniciativa fue María Ana Sanz, directora de la Escuela Normal de Maestras, de la que he hablado en la anterior entrada. La comida de las cantinas consistía en un primer plato en el que se alternaban a lo largo de la semana legumbres, arroz y sopa y, de segundo, tocino, bacalao o patatas guisadas con carne. El número de niños asistidos que fue de 124 el primer año pasó  a 240 el segundo, llegando un momento en que no se podían cubrir todas las necesidades. Por ello,  la Junta Provincial de Instrucción impulsó, posteriormente,  la creación de una segunda cantina en las escuelas de la calle Compañía, teniendo que regular, además, las condiciones de admisión de los niños ya que había más demanda que oferta. Tenían preferencia para asistir a las cantinas los huérfanos,  hijos de viud@s sin recursos, o de matrimonios obreros de escaso jornal aunque también se tenía en cuenta la disposición del alumno: puntualidad, aplicación y buen comportamiento. En 1925 el coste de sostenimiento de ambas cantinas: la de San Francisco y Compañía ascendía a 10.000 pesetas y los ingresos no alcanzaban a cubrir los gastos, siendo necesaria la movilización de personas, colectivos e instituciones: becerradas por parte de las peñas, fiestas literarias por parte de antiguas alumnas de la Normal, rifas por parte de los niños, etc, actividades que se mantendrían durante largo tiempo. En las fotos que acompañan a este párrafo, vemos en la la 1ª,  la cantina del Asilo de la Sagrada Familia en la calle Dormitalería (durante los primeros años 50) y en la 2ª, de Galle, y publicada en los libros de Arazuri, “Pamplona, calles y barrios”, se anuncia la rifa del cuto, en las inmediaciones del Mercado de Santo Domingo,   rifa que vemos también en otra foto de las escuelas de San Francisco de 1958.

En 1954 se establecía el Servicio Escolar de Alimentación con el fin principal de establecer el complemento alimenticio en los centros escolares, además de impulsar los comedores escolares. Dicho complemento consistía en leche, mantequilla y queso, estos últimos de forma alterna. La cantidad diaria de leche por niño era de 250 cl. Se instauró experimentalmente en las escuelas de Víctor Pradera extendiéndose en marzo de 1955 al resto. En 1956 casi 40.000 niños se beneficiaban de este complemento. La mejora de las condiciones de vida de España hizo que estos complementos alimenticios desaparecieran pero imagino, no obstante, que aquella práctica de darnos un botellín de leche después de comer en las escuelas del Ave María fue un residuo de aquella  política asistencial del régimen. Como he comentado las cantinas que nacieron con una finalidad asistencial fueron evolucionando a lo largo del tiempo y respondiendo más a necesidades educativas o familiares que a otra cosa. Un servicio escolar que no llegué a conocer pero que existió desde los años 20 a los años 60 fue el ropero escolar, institución benéfica creada en las escuelas de primaria para facilitar ropa y calzado a los niños necesitados, especialmente en invierno. El primero se creo en 1925 por iniciativa también de María Ana Sanz. En la década de los años 50 había 72 roperos en centros públicos, de los cuales veremos en una fotografía posterior el de San Francisco y 25 privados. En 1960 descendieron a 56 los roperos escolares desapareciendo prácticamente a lo largo de esa década. Estos servicios se nutrieron en las primeras décadas del siglo por las llamadas mutualidades escolares, desapareciendo también casi por completo en los años 60.

También en aquellos años del Ave María oía hablar de las colonias, las colonias escolares de verano, aunque yo nunca estuve en ninguna, pues pasaba todos los veranos con los abuelos en su casa del pueblo. Las colonias escolares formaban parte de la obra social de Caja de Ahorros de Navarra. La colonia San Miguel Excelsis de Zudaire, abierta durante 4 meses al año,  empezó a funcionar en 1934 y estaba enclavada en la vertiente sur de la sierra de Urbasa. La colonia Blanca de Navarra de Fuenterrabía, estaba situada junto al mar, comenzó a funcionar en 1935 y permanecía abierta durante 5 meses al año. Entre  1934 y 1989 habían pasado por las colonias escolares de verano más de 60.000 niños navarros, de entre 8 y 13 años, a razón de entre 1.500 y 2.200 niños por año, 250 cada 25 días en sucesivas tandas, de junio a septiembre. Los niños debían tener residencia en Navarra y ser de “humilde condición”, es decir que careciesen de medios económicos para sufragarse unas reparadoras vacaciones veraniegas. Hacían excursiones, ejercicios gimnásticos, tomaban baños de mar en la playa o de agua dulce en la piscina, juegos, actividades infantiles, unido todo ello a una alimentación sana y abundante que les hacía ganar peso. Las colonias contaban con asistencia médica, maestras nacionales, capellán, etc. De ambas colonias dejo algunas fotografías, la de blanco y negro de los años 40 y las de color de los años 60. Hubo una tercera colonia asumida por la Caja entre 1961 y 1971 que tenía su sede en Biurrun-Olcoz, era la colonia escolar “Fundación Ondarra”, ubicado sobre el antiguo sanatorio tuberculoso infantil construido en 1944.

Había  a primeros de siglo en el Casco Antiguo de Pamplona varios establecimientos municipales de  primaria repartidos por diferentes casas y calles, establecimientos que desaparecerían, en su mayor parte, cuando se terminó de construir  en 1905, el magnífico edificio de tres plantas de las Escuelas de San Francisco, con 17 aulas graduadas donde se agrupaban a los niños por edades y conocimientos similares. En estas escuelas, como hemos visto, se instituyó la primera cantina así como también el primer ropero escolar. También tenía su sede aquí el Servicio Medico Escolar como recordaba en la entrada de los galenos y boticas. Las escuelas tuvieron otros muchos usos además de los educativos a lo largo de su historia: sede de los danzaris, escuela de cantores, de artes y oficios,  exhibición de películas, sede del gabinete de censura de películas, talla de quintos, belenistas, censo electoral, asociación fotográfica, boy scouts, La Pamplonesa, examenes de conducir, euskera para adultos. A finales de los 70 tenía más de 800 alumnos reduciéndose a poco más de un centenar en los años siguientes. Hoy agrupa a más de 400 alumnos. En San Francisco también estaban, además, las Escuelas Anejas de las Escuelas de magisterio para la formación práctica y orientación de los nuevos maestros y maestras.

Estaban también en el centro de Pamplona los colegios privados, religiosos, de las Madres Dominicas (internado de primera enseñanza de la calle Jarauta) y  Ursulinas (1889) de la calle Sandoval, ambas para la instrucción de las niñas; de los Padres Escolapios (1892) situado en la casa del Paseo de Valencia que albergó anteriormente la Fonda Europa, con chicos de primera y segunda enseñanza, preparación para el Comercio y escuela gratuita de niños que en 1932 se trasladarían a la calle Olite, junto a la plaza de toros; los Hermanos Maristas, también en Sarasate, aunque antes estuvieron en Navarrería y Eslava que pasaran luego a Yanguas y Miranda (1908) y Navas de Tolosa (1916) (con internado de primera y segunda enseñanza y preparación para el Comercio) antes de pasar en 1952 a la avenida de Galicia;  o el colegio privado de los Hermanos Huarte fundado en 1847 en el nº 96 de la calle Mayor, con gran prestigio (el más antiguo y acreditado de la ciudad) e importante asistencia de alumnos de primera y segunda enseñanza. En los años 20, tenemos además las Teresianas de la calle Mayor (primera enseñanza e internado), las concepcionistas de Navas de Tolosa (párvulos), las Hijas de la Caridad de Dormitalería (párvulos de la Sagrada Familia en La Casita) y de Recoletas (párvulos del Asilo del Niño Jesús), Las Hijas de María Inmaculada del Servicio Domestico (en Tejería hasta pasar en 1927 a su edificio situado entre Amaya y Roncesvalles) o las Escuelas del Ave María (gratuitas de párvulos y primera enseñanza), a las que me he referido anteriormente.

En 1925 había dos grandes grupos escolares públicos en el centro de Pamplona: el de la plaza de San Francisco y el de Compañía, con escuelas de párvulos y de niños y de niñas. Había escuelas nocturnas de adultos en estos dos grupos escolares y en el del Ave María. Asistían a las escuelas públicas de Pamplona en estos años unos 2.077 alumnos de los cuales 797 eran niños y 1.280 niñas y párvulos. Aparecían dados de alta como colegios de enseñanza privados en estos años, aunque imagino que tenía más de academia que de colegio , los de Ezequiel Armendariz en Zapatería, Hermanas Ezquerro  y Romualdo Pejenaute en Estafeta y Concepción Oquendo en Rochapea. A partir de 1927 se inauguran las Escuelas Profesionales Salesianas de María Auxiliadora en la calle Aralar, gracias al apoyo de la familia Arostegui, con alumnos internos, externos y mediopensionistas. Enseñaban cerrajería artística, mecánica, carpintería, ebanistería, sastrería y zapatería. El 8 de enero de 1928 se inauguró en el barrio de la Magdalena el grupo escolar municipal a cargo de Maria del Camino Ijurra, que vemos en la fotografía adjunta previendose otra escuela municipal en el barrio del Mochuelo y posteriormente otra en San Juan (foto del párrafo anterior). En estos años se habilita una escuela especial para sirvientes y obreros en el convento de las Adoratrices y otra escuela nocturna en el colegio de la Ursulinas. La Asociación cultural “Los amigos del euskera” solicitaban al Ayuntamiento un local para establecer una escuela de lengua vasca. A lo largo de las siguientes décadas se instalaron otros centros religiosos como el del Santo Angel, en la calle  Media Luna, los Jesuitas (1946) primero en la calle Mayor, luego Arrieta, Media Luna hasta su actual sede en Bergamin desde 1951, Carmelitas de la Enseñanza en la calle San Fermín,  Carmelitas de la Caridad en Padre Calatayud, Padres Paules y Misioneras del Sagrado Corazón en La Milagrosa, etc.

Fotos referenciadas en el texto de la entrada y pies de foto.

Estampas: Aquellas cartas de antaño…

Hubo un tiempo en que escribíamos cartas. No había ordenadores personales, ni tablets, ni móviles, ni sms, ni wasap. Sencillamente escribíamos en una hoja pautada o en una postal. La carta se destinaba a temas más largos y de más enjundia mientras que las postales eran mayoritariamente utilizadas para felicitar los cumpleaños. Había todo tipo de postales, aunque abundaban las de ciudades y pueblos (como una del pueblo de mis abuelos que reproduzco líneas más abajo), o como muchas de las postales de Pamplona que he utilizado a lo largo de este blog,  la mayoría en blanco y negro hasta los años 50 y en color desde los años 60 en adelante.  Postales de felicitación de los tíos y abuelos que recibías en tus primeros cumpleaños de vida (como la que reproduzco más adelante de hace nada menos que 41 años) o  postales que remitías a tus familiares que vivían en el pueblo. Te esforzabas por escribir con una letra legible, -para algo tenían que servir los ejercicios de caligrafía de la escuela-, pues era muy importante que los destinatarios, los tíos o los abuelos pudieran  entender todo lo que querías decir. Me acuerdo de aquellas frases hechas como aquellas que empezaban diciendo “Muchas felicidades te desea…que  mucho te quiere” o “Un millón de felicidades te desea en el día de tu cumpleaños…” como decían mi tía y abuela paterna en esa antigua felicitación. Los sobres del correo aéreo eran muy reconocibles pues se distinguían por unas franjas rojas y azules impresas en su contorno. Había sobres para transmitir pésames con el contorno negro y estampas con oraciones por el espíritu del difunto. De ambas reproduzco, en el siguiente párrafo, unas imagenes ilustrativas. Las invitaciones de boda se diferenciaban, por su parte, por su ostentosa apariencia.


En la Navidad llegaba la felicitación del cartero como la que adjunto junto a este párrafo, para pedir el aguinaldo navideño. Había gente que coleccionaba sellos, -todavía los hay-, aunque la imagen que recordamos tanto en los sellos como en la monedas de aquellos años, -la vimos durante demasiado tiempo-,  era la de Franco. Las cartas llegaban a menudo mucho más tarde de lo deseable lo que hacía que casi siempre mirásemos, al coger la carta,  la fecha del matasellos, para ver cuando había salido del origen. Los buzones del portal, hoy casi huérfanos de cartas manuscritas y casi hasta de facturas, -casi todas  han pasado al formato electrónico-, se convertían a menudo, y ante la falta de teléfono, en esa mágica puerta de entrada de mensajes y noticias de quienes tenías lejos. Eran tiempos en que los niños escribíamos con lápiz, por aquello de borrar si nos equivocábamos, -y claro que lo hacíamos-, y los mayores con bolis, plumas o estilográficas. ¡Cuantas historias se esconden en aquellas cartas de antaño!: cartas de amor, añoranza, separación o ruptura, cartas que anunciaban una feliz noticia, un nacimiento o un trabajo, cartas del hijo que estaba en la mili y escribía a la madre para que le mandara unos chorizos o más dinero o que se carteaba con la novia que había dejado en la capital o en el pueblo. Algunas hasta perfumaban las cartas como si quisieran transmitir parte de su esencia y presencia al  enamorado que estaba lejos. Y tras esta primera parte de recuerdos personales voy a dar unas cuantas pinceladas sobre el correo postal y el servicio de correos en el Viejo Pamplona


El correo postal es tan antiguo como la escritura y ha ido evolucionando a lo largo de la historia de la humanidad, adquiriendo mayor rapidez a medida que fueron mejorando los medios de locomoción. A partir del siglo XVIII es cuando el servicio de correos se convierte en responsabilidad del estado en España. En 1756 se creaba el oficio de cartero, y seis años más tarde se instalaban las primeras bocas de buzones. En 1850, que es un año decisivo, se dota el servicio de Correos de una flota propia de transporte y nace el sello como medio de franqueo o pago. En Francia se había adoptado dos años antes. En 1870 se instituía el reparto postal diario. La aparición del automóvil y luego del avión cambiaron las estructuras postales y aceleraron la entrega de la correspondencia. En 1899 se inauguró la primera conducción postal por carretera en Navarra. Entre 1905 y 1916 se establecieron servicios innovadores como la carta urgente (1905), los giros (1911) y los envíos contra reembolso, la Caja Postal y los paquetes postales (1916). En 1908 la Administración Central de Correos estaba en el nº 18 de Paseo de Sarasate, a la altura de donde hoy está el Bankinter. La de Telégrafos estaba en el nº 15,  donde hoy hay una sucursal del Banco de Santander. A partir de 1924 ambos servicios compartirían el nuevo edificio que hoy conocemos en el nº 9 del Paseo. El correo salía, bien por tren a las localidades más lejanas, o en carruaje  a los pueblos de la provincia. Había a principios de siglo 26 estafetas en la provincia y 86 carteros. La recogida de las cartas se hacía tanto en la Administración Principal del Paseo de  Sarasate como en los estancos, a las 12 y a las 19.30, en los estancos de la plaza Consistorial y del Castillo (estanco de la señora Viuda de Rubio) había además una recogida especial a las 3 de la mañana.
 En 1919 se creó el primer servicio aeropostal, -también había vapores correos marítimos-, aunque el tren, como el tren correo que vemos al lado, fue hasta 1993 el sistema más utilizado para el transporte postal. Las obras del nuevo edificio de Correos de Pamplona se iniciaron el 12 de octubre de 1923 en el solar donde estuviese la panadería municipal de El Vinculo, que había sido cedido por el Ayuntamiento al Estado unos años antes, en 1918. Las obras se realizaron bajo dirección del arquitecto Joaquín Plá, con un plazo de ejecución de catorce meses, si bien se tardó algo más de tiempo en amueblarlo e inaugurarse (1926). Encabezan la entrada una foto de la constructora Erroz y San Martín con el edificio recién terminado, además de un detalle de los famosos leones de Correos. Lo construyó, como he dicho la empresa Erroz y San Martín, por un presupuesto de 520.635 pesetas. En el proyecto se decía que el edificio constaría de planta baja y dos pisos y terraza. Las fachadas serían de piedra de sillería y ladrillo y la totalidad de los pisos así como el tejado de cemento armado. Se anunciaba en prensa que la nueva Casa de Correos sería completamente incombustible, pues no tenía ningún trabajo de carpintería. En 1925 se habilitó otro buzón de recogida de cartas en la zona de Cuatro Vientos que yo he conocido durante muchos años. En 1929 el franqueo para el envío provincial de una carta sencilla costaba unos 25 céntimos, cantidad que descendía a 15 céntimos si el envío era local. En 1953, el franqueo de una carta normal costaba 50 céntimos. 
El cartero vestía de gris claro en verano, con chaqueta-guerrera y pantalón, con raya roja a ambos lados y gorra de plato, y azul marino en invierno, (aunque yo me acuerdo solo del traje gris), la bolsa del cuero al hombro, tal y como vemos en la foto del párrafo anterior.  Era un oficio muy sacrificado tanto por las horas de trabajo como por las caminatas que tenían que hacer. La motorización del servicio con bicicletas o ciclomotores humanizaron un tanto el servicio. Hasta entonces el reparto era domiciliario, y había dos repartos diarios: el primero a las 9 de la mañana y el segundo  a las cuatro y cuarto de la tarde. Incluso había reparto los domingos, a las 10 de la mañana. En algunas zonas los carteros subían a los pisos y entregaban a mano las cartas pero lo habitual era el aviso con un toque  de silbato largo para dar a tiempo a que atendiera el  vecindario y se voceaban los nombres de los destinatarios que bajaban a recoger el envio.  Todo esto cambiaría a principios de los años 60 cuando  se instalaron los buzones domiciliarios.  En 1981 se instituía el famoso código postal así como otros servicios como el Postal Expres. En 1991, el Estado separaba la Caja Postal de las actividades exclusivamente postales de Correos y Telégrafos, para unirla a otras entidades bancarias públicas en la corporación bancaria Argentaria que se privatizaría unos años más tarde, con la fusión con el BBV, en 1999. A partir de este año y hasta hace dos meses Deutsche Bank sería  el socio bancario de la Sociedad Estatal de Correos y Telégrafos. Hoy Correos ya no ofrece servicios bancarios, solo permite el envío de dinero, a través de giros de la Western Union. Según las actuales leyes Correos garantizará la prestación de un servicio postal universal hasta el año 2025. El futuro augura una liberalización total del sector.

Galenos, clínicas y boticas del Viejo Pamplona (1900-1975)

En esta radiografía de la sociedad y de la ciudad de Pamplona del siglo XX, voy a detenerme en esta ocasión en la evolución de la sanidad: médicos, ambulatorios, clínicas, hospitales, etc, partiendo de los recuerdos de mi infancia y yendo hacia atrás en el tiempo. Mi primer contacto con este mundo y con el mundo de la medicina o la sanidad fue obviamente el día de mi nacimiento, un domingo a las 5 de la tarde, el 10 de noviembre de 1963. Nací en la antigua maternidad del Hospital de Navarra, siendo el director de la clínica  el doctor Julián Alcalde. Aquel año debió haber un par de  cambiazos en los recién nacidos, por lo que me contaron y mi madre no me debió quitar ojo desde que vine al mundo, teniendo mucho cuidado en comprobar que era el mismo que había salido de sus entrañas.


De mi más tierna infancia recuerdo las visitas a casa del medico de cabecera, el doctor Aguinaga, un hombre de apariencia antigua, modales un poco afectados y una vocecilla un tanto atiplada o de las visitas a éste, en compañía de mi madre, al único ambulatorio que durante muchos años conocimos, el Ambulatorio General Solchaga, que vemos en una de las fotografías que encabezan la entrada  o a los especialistas  Gortari o Rebollo que también atendían en este ambulatorio; respecto del primero recuerdo que la garganta siempre fue uno de mis puntos débiles, las dichosas anginas,  y del segundo me acuerdo de su nombre  por una agria  discusión que debió tener mi madre con él a raíz de cierta negligencia médica tras un traumatismo nasal mio, jugando en el patio de las escuelas del Ave María. Me acuerdo que, de niño, tenía bastante miedo a las inyecciones  que nos ponían, bien el practicante  en el domicilio o  las enfermeras en el dispensario situado en la zona de las Casas del Salvador; creo recordar que también había un servicio de practicantes en los soportales de la plaza del Castillo, a la altura del nº 28 o 30 al que me tocó subir alguna vez. Recuerdo también las vacunas que nos ponían en el Instituto de Higiene de la calle Leyre (la viruela, la tuberculosis  y algunas otras de las que no me acuerdo), como la que se ve en una de las fotografías que encabezan la entrada, o las revisiones médicas escolares en las escuelas de San Francisco, aunque estos recuerdos son mucho más vagos y difusos. 

Eran aquellos tiempos en los que era frecuente cogerse el sarampión, la varicela, la rubeola o unas anginas que te mantenían postrado en la cama durante algunas jornadas, sin poder ir al colegio;  De vez en cuando alertaban en las escuelas sobre un brote de piojos, aunque al final y a pesar de los cuidados maternales  no se veía ninguno.  De las farmacias de entonces recuerdo  la  de Azqueta en la esquina de Joaquín Beunza con Marcelo Celayeta, muy cerca de Cuatro Vientos y más tarde  la de Oficialdegui, en las Casas del Salvador, todavía hoy en plena actividad.  Eran tiempos en los que aun se utilizaba el aceite de hígado de bacalao o las ampollas de  carnitina Lasa, suplementos dietéticos o estimuladores del apetito, respectivamente, como los que vemos en las fotografías adjuntas.  En fin, aquella sanidad de entonces tiene poco que ver con el panorama sanitario de algunos años más tarde, cuando se extendieron los ambulatorios a los barrios, los médicos no recetaban con tanta frecuencia las odiadas inyecciones y las especialidades  se fueron trasladando de Solchaga a Conde Oliveto y luego a Príncipe de Viana, mientras las farmacias proliferaban por doquier. 

Si ha cambiado mucho nuestra ciudad y la sanidad en estos últimos 50 años, pueden imaginarse cuan diferente era el panorama de la sanidad 50 años antes, a principios de siglo. Años en los que los medios humanos, técnicos y farmocológicos eran más rudimentarios pero en los que sobresalían grandes hombres de la medicina que dejaron una huella indeleble en el recuerdo y la vida de miles de familias pamplonesas: los doctores Arraiza, Juaristi, Canalejo, Gortari, Huder, Arrondo, Tirapu, Amat, Clavero, Blasco y tantos otros. En aquella Pamplona de los años 20, recordaremos también las farmacias que había en el centro de Pamplona como la de Negrillos en la calle Mayor, Aguinaga en Zapatería, Castiella en San Nicolás (donde hoy está la farmacia Iragui), Corti en Curia (donde hoy está la farmacia Garate), Blasco en Mercaderes, González Boza en Chapitela (donde hoy está la farmacia Gabas) o Villanueva en la Plaza del Castillo (donde hoy está la farmacia Ruiz Bacaicoa), por citar los más destacados. A medida que mis padres se hicieron mayores y surgieron las enfermedades, -hoy los dos ya han desaparecido-, visité, desgraciadamente con bastante frecuencia, algunos de los centros sanitarios de esta ciudad: el Hospital de Navarra, San Juan de Dios, San Miguel, etc. Estos centros tienen su historia, en algunos casos una larga historia, como veremos.

Ya hablé en la entrada “Subiendo a Pamplona por Santo Domingo” del Hospital de Nuestra Señora de la Misericordia, hospital general de Pamplona situado en donde hoy está el Museo de Navarra, y que se trasladaría en los años 30 al soto de Barañain. En 1900, Polonio Escola había cedido gratuitamente a Concepción Benitez los terrenos del soto de Barañain para construir un hospital. El proyecto corrió a cargo  del arquitecto Enrique Epalza, asesorado por el médico Antonio Simonena. Iba a tener 29 edificios dispuestos en tres filas con pabellones, de planta baja,  capilla y viviendas para el personal, sobre una superficie de más de 275.000 m2. Las obras comenzaron en 1906 y hasta 1913 se habían levantado 6 pabellones y la capilla, estando pendientes de construcción los 23 restantes. En 1913 Concepción cedió al Ayuntamiento los terrenos con todos los edificios, sin darle uso y en 1928 éste los cedió a su vez al estado para la instalación de la primera residencia del Patronato Nacional de Ciegos, reiniciándose las obras y ampliándose en dos plantas sobre el diseño inicial de las fachadas. En 1924 albergó provisionalmente las dependencias de la Casa Misericordia al incendiarse su edificio de Paseo de Sarasate. Desaparecido el Patronato, en 1931, fueron recuperados los terrenos y edificios por la Diputación  por un pago de 1.279.551 pesetas, trasladándose como he dicho, un año más tarde, los enfermos del antiguo hospital civil de la Cuesta de Santo Domingo  a este lugar. En las fotografías que acompañan este párrafo podemos ver unas bonitas fotos de la parte anterior y posterior del Hospital de Nuestra Señora de la Misericordia y del antiguo orfanato y casa maternidad. La Casa de la Maternidad, fundada en 1804 por Joaquín Uriz, arcediano de la Catedral estuvo en la calle del Carmen (y trasera a la Cuesta del Palacio) hasta 1934, año en que se trasladó a los terrenos del Hospital Provincial, separadas sus dependencias del Hospital Civil, atendida, como el Hospital  Provincial, por las Hermanas de la Caridad de San Vicente de Paul. 

Junto a ella estaba también la Casa de Expósitos o Huérfanos de Navarra que también se trasladó al hospital de Barañain. En 1953 el número de huérfanos alojados era de 450. En los años 50 las grandes salas del Hospital se transformaron en habitaciones y se derribaron algunos pabellones. En 1953 el Hospital tenía capacidad para 650 camas y se hallaba en construcción un nuevo pabellón hospitalario. En los años 60 se construyó el edificio central que uniría además los pabellones A, B, C y D. En los años 80 se hicieron diversas reformas y ampliaciones, ampliaciones y reformas que se han ido extendiendo a lo largo del comienzo del nuevo siglo. Hace poco tiempo que se fusionó con la Residencia Virgen del Camino creándose el Complejo Hospitalario de Navarra. Acompañan a este párrafo varias fotografías: una aérea del Hospital de Navarra de  los años 30, un detalle de la iglesia capilla del Hospital así como una foto del Pabellón C del Hospital reformado por completo tan solo hace unos pocos años.

El antiguo Manicomio Vasco-Navarro (1905), hoy centro psiquiátrico San Francisco Javier, situado en la avenida de Villava, (entonces barrio de San Pedro), se empezó a construir en junio de 1891, acabándose en agosto de 1899, con un coste de 1,5 millones de pesetas. Había sido fundado gracias a Fermin Daoiz Argaiz que legó su fortuna para crear un centro en Navarra que se encargase de recoger a aquellas personas que perdiesen la razón. Ocupaba un recinto vallado de 216.677 m2 de los que 60.056 contenían los edificios con sus jardines, patios y galerías. Contaba, además con una granja agrícola. El edificio central se dividía en 20 secciones, destinadas a albergue y cuidado de los enfermos más seis pabellones para los servicios generales. Además contaba con elegantes hotelitos para los enfermos de pago. El 31 de diciembre de 1921 había en este manicomio, en el que estaban recluidos enfermos de otras provincias, 548 pacientes, 274 hombres y 274 mujeres atendidos entonces por los hermanos hospitalarios de San Juan de Dios y las Hermanas de los Sagrados Corazones de Jesús y María. Acompañan a este párrafo unas fotos del Manicomio de los  primeros años del siglo XX. En los años 50 dirigía el Manicomio, con capacidad para 1.155 enfermos, D. Federico Soto. Este psiquiatra santanderino nacido en 1906 dirigió el hospital psiquiátrico, durante más de 40 años,   de 1934 a 1975, siendo un personaje tremendamente popular y prestigioso en Pamplona y Navarra.

Además del Hospital Civil habría que mencionar, en aquellos años, la Clínica San Miguel, inaugurada el 29 de septiembre de 1919. Fundada por los doctores Daniel Arraiza y Victoriano Juaristi, (médico, este último, muy vinculado al mundo de la cultura, no en vano fue presidente del primer Ateneo Navarro, como ya he comentado en otra entrada del blog). Se decía en la prensa de la época de esta clínica: “Se ha instituido para el tratamiento de las enfermedades quirúrgicas como tumores, hernias, heridas, fracturas y dislocaciones, ulceras externas e internas, defectos de nacimiento y otras deformidades. También los partos difíciles que puedan necesitar de una operación”. Se decía emplazada cerca de los Jardines de la Taconera, es un decir, pues estaba ubicada en el barrio de San Juan relativamente cerca del antiguo campo de fútbol de Osasuna. Contaba con todas la  comodidades modernas de la época: calefacción central, teléfonos, ascensor, amplias habitaciones independientes, terraza, jardines. Estaba atendida por una comunidad de religiosas carmelitas terciarias. Juaristi estaba encargado de la sección de Cirugía General, Arraiza rayos X, electrología y afecciones de la mujer y Canalejo la especialidad de garganta, nariz y oídos (otorrinolaringología), como aparece en un anuncio de la época. Los médicos vivían en chalets anejos a la clínica. Para 1922 habían pasado por su quirófano más de 700 pacientes. Y tenía a gala atender a todo tipo de pacientes pues solo había una categoría de pensión o atención variando el importe de los honorarios que siempre eran módicos. Asistían a los médicos, hermanas carmelitas descalzas misioneras. Llama la atención que, prácticamente hasta los años 60, con el inicio de los estudios de enfermería, todas las clínicas públicas y privadas estaban asistidas por religiosas. En 1980 se derribó la clínica que vemos en la foto de este párrafo construyéndose una nueva por el Igualatorio Medico en el alto de Beloso, con el mismo nombre.

En los años 20 se revisaba la salud bucodental  a los alumnos de las escuelas públicas, siendo completamente gratis para los niños pobres. Se encargaba de ello el doctor D. José Clavero que también era el responsable del Dispensario Dental instalado en la calle Calderería (Escuelas de Compañía). En 1922 la Diputación Provincial y el Ayuntamiento de Pamplona estudiaban la implantación de una casa de socorro con servicio permanente, consignando ese año para este fin un presupuesto de 10.000 pesetas, sin embargo no se abriría hasta 1924, y lo haría en el nº 7 del Paseo de Sarasate para pasar más tarde,  en 1930,  a un edificio de planta baja más una altura, en calle Alhóndiga, edificio que vemos en la foto, una foto reciente, de la izquierda, y en 1971 a unas dependencias del antiguo edificio de la Estación de Autobuses. Durante muchos años hubo también un consultorio municipal para niños en la plaza de Santa Ana. El actual Instituto de Salud Pública de Navarra, que vemos en la foto de la derecha, situado en el nº 15 de la calle Leyre era lo que conocimos en nuestra infancia como Instituto de Higiene. Fue construido después de la guerra, reformado más tarde añadiendole un piso más. En los años 50 era su director D. José Viñes y contaba con las siguientes dependencias: dispensarios antituberculoso, de higiene infantil, antivenéreo y de higiene mental y secciones de análisis, maternidad, veterinaria, oftalmología, laboratorio clínico, etc.


La clínica San Francisco Javier, ubicada en el nº 52 de la avenida de la Baja Navarra (Colonia Argaray), fue fundada por el doctor Ildefonso Labayen el 12 de junio de 1935, ampliándose y reformándose, por última vez, en 1974. Estaba asistida por una comunidad de la Esperanza. Se cerró en el año 2006 y contaba con 30 camas. La Clínica del doctor Julián Alcalde, llamada de Nuestra Señora del Pilar, estuvo abierta hasta los años 70 en el nº 9 de la avenida de Roncesvalles, fecha en la que se derribó para erigir en su lugar la  sede central de Caja Navarra.

La Clínica San Fermín, ubicada en el nº 2 de la avenida de Galicia, fue fundada en el año 1941 por el doctor Arturo Arrondo López y por su esposa María Jacinta Ayestarán Garro, y estaba dedicada sobre todo a traumatología y ortopedia. En sus inicios la clínica tenía una capacidad de 8 camas y estaba dedicada a cirugía general. Con las sucesivas reformas de 1947, 1952, 1962 y 1971, la clínica llegó las 72 camas. Estaba asistida por una comunidad de terciarias franciscanas. En cuanto a su objeto de atención la clínica centró sus esfuerzos, además de en sus áreas tradicionales como traumatología, ortopedia y rehabilitación también en obstetricia y ginecología, urología, otorrinolaringología y cirugía plástica y estética. En 1984 destinaron parte de sus instalaciones a la atención de personas  en situación de dependencia.

La Clínica San Juan de Dios se inauguró el 27 de octubre de 1943 aunque la idea de su construcción había comenzado en 1934. En ese año, la Orden de  los Hermanos Hospitalarios de San Juan de Dios había decidido poner en marcha una clínica y había comprado unos terrenos en Beloso Alto al vecino de Burlada, Ciriaco Isturiz. La primera piedra se colocó el 23 de septiembre de 1935, sin embargo las obras se detuvieron por la guerra retomándose en el año 1940. El proyecto arquitectónico fue de Víctor Eusa. Inicialmente nació como una clínica especializada en cirugía y tocoginecología. En 1969 cambió su orientación e inicio una serie de conciertos con la sanidad pública, integrando, en 1990, el Servicio Navarro de Salud al hospital en la red pública, como centro privado de utilización pública, mediante un convenio, y especializándose en atención a pacientes paliativos, hospitalización de media y larga estancia y rehabilitación, sobre todo de mayores y cirugía. En 1984 la clínica contaba con 212 empleados y 20 religios@s. Hace unos pocos días, el pasado día 20 de abril inauguró su hospital reformado tras 41 millones de inversión y 4 años de obras, dos años para el nuevo edificio y dos para el antiguo que también se ha renovado por completo.

La Clínica Padre Menni, fue fundada en 1950, inicialmente bajo el nombre de Clínica Nuestra Señora del Camino, hasta 1995, si bien la presencia de las hermanas hospitalarias se remonta a 1904 cuando junto a los hermanos de San Juan de Dios se encargaron de la asistencia a los enfermos mentales del Hospital psiquiátrico San Francisco Javier. Situada en el barrio de la Rochapea ocupa una superficie construida de 11.340 m2. El núcleo original del Centro lo constituía un chalet adquirido a la familia Ochoa de Olza al que se añadieron después diversos edificios y dependencias. La última ampliación se acabó en 2006, con el nuevo edificio del área de psiquiatría, en la calle Joaquín Beunza.

El 13 de agosto de 1951 se inauguró una clínica quirúrgica y dispensario de la Cruz Roja en el nº 8 de la calle Leyre, que después fue adquirida por la Diputación y convertida en centro de atención a toxicómanos y alcohólicos. En ese dispensario se realizaban también vacunaciones y revacunaciones y también asistían a enfermos en domicilio, contando con diferentes especialidades médicas. En este lugar se erigió hace algunos años el moderno edificio que alberga hoy la sección provincial de la Cruz Roja. Esta sección fue la primera sección de la Cruz Roja que, de la mano de Nicasio Landa,  se fundó en España, el 5 de julio de 1864. Recuerdo que hasta finales de la década de los 90 estuvieron en la calle Yanguas y Miranda, cerca del actual Parlamento. Otros centros asistenciales de aquellos años eran el sanatorio antituberculoso Nuestra Señora del Carmen, situado en Barañain, con capacidad para 100 personas, dirigido por el doctor Mariano Carlón, el sanatorio psiquiátrico Santa Elena en el nº 4 de la carretera a Mutilva Baja, dirigido por el doctor Caso  o el Hospital Militar de la Cuesta de Santo Domingo, en funcionamiento hasta los años 70.

El origen de la Clínica Universitaria hay que vincularlo indefectiblemente al origen de la Universidad de Navarra y de su precedente académico, el Estudio General de Navarra y es un hospital universitario que se nutre funamentalmente de sus alumnos y docentes. En 1955 se había creado la Escuela Vieja de Medicina  dentro del recinto del Hospital de Navarra. En 1958 se inauguraba la Escuela Nueva, primer edificio de la Facultad de Medicina, abriéndose las consultas de medicina interna, cardiología y pediatría. En 1960  la Universidad
compró el solar donde se construiría la actual clínica a Ignacio Mencos, Marques de la Real Defensa, inaugurándose un año más tarde la Escuela Médica de Postgraduados que cambió el nombre en 1962 por Clínica Universitaria de Navarra. En 1965 se comenzaba a construir la 2ª fase que finalizaría en 1968, utilizándose, durante un tiempo, los pabellones A y G del Hospital, por falta de espacio en sus instalaciones. En 1976 se inauguró la 3ª fase con 10.000 m2 más y 250 camas para la hospitalización de enfermos. En 1984 se realizaba el primer trasplante de corazón a cargo del doctor Arcas. En 1997 comenzaba a funcionar la 4ª fase con un edificio de nueve plantas y casi 18.000 m2. Y por último en el año 2005 se inauguraba la 5ª fase con un espacio destinado íntegramente a hospitalización. Junto a este párrafo vemos además de instantáneas de la construcción inicial y la ampliación del 76,   sendas fotos de 1955 con las enfermeras de la Escuela Vieja, en la foto de la izquierda y con enfermeras de la Clínica paseando en 1968.

El 4 de agosto de 1964 se inauguraba el Hospital de la Seguridad Social Virgen del Camino con el nombre de Residencia Virgen del Camino para prestar asistencia médica, quirúrgica, obstetricia y pediátrica a los beneficiarios de la Seguridad Social. En la foto de la izquierda vemos la residencia recién inaugurada junto a la llamada casa del Conde, en la calle Irunlarrea. Posteriormente ha conocido diferentes fases de reformas y ampliaciones, la última hace unos pocos años. La Clínica Ubarmin fue construida en 1975 cerca de la localidad de Elcano (Valle de Egues) casi 10 km de Pamplona. Promovida por cuatro mutuas patronales de Navarra y Guipuzcoa, entre ellas, Mutua Navarra y Mutua Pakea, fue construida con la intención de que fuera un gran centro regional para los traumatismos y la rehabilitación. Costó en aquel entonces unos mil millones de pesetas. En 1978 atravesó graves problemas económicos estando a punto de cerrar.


Fotos: Colección Arazuri, Clínica San Juan de Dios, Clínica Universitaria, Clínica San Fermín, Centro Psiquiátrico San Francisco Javier 

Aquellas series de televisión de los años 80 (1983-1989)


Recupero una vieja serie de artículos del blog que hablaban de los espacios de televisión que veíamos en aquellos años de nuestra infancia y primera juventud. Finalicé la última entrada de la serie en el año 1982, año en que, con la subida del PSOE al poder, puede darse por terminada la llamada transición democrática. En el año 1983 se emitía, los domingos, después de comer, “Fama”, basada en la película del mismo nombre, serie en la que se narraban las peripecias de un grupo de jóvenes aspirantes a artistas. Aun recuerdo aquella frase de la profesora de baile que les decía a los chicos: “Buscáis la fama pero la fama cuesta y aquí es donde vais a empezar a pagar, con sudor”. También recuerdo de aquel año una serie sobre unos médicos militares, “MASH” y en el  verano de aquel año,  en la sobremesa, una serie de sabor añejo, un tanto kitch, inspirada también en una película que seguía la estela del éxito de “La Guerra de las Galaxias” y que se llamaba “Galáctica, estrella de combate”, con el capitán Adama, al frente. Entre las series españolas me acuerdo de “Anillos de Oro”, con la recientemente fallecida Ana Diosdado e Imanol Arias en los papeles protagonistas, “La plaza del diamante”, con Silvia Munt en el papel de Colometa y algunas otras series  menos conocidas como “Las Picaras” o “El Mayorazgo de Labraz”. 
En 1984, son dos series españolas de fuerte contenido historicista las que recuerdo, “Mariana Pineda”, con una Pepa Flores, Marisol, muy alejada de los papeles de su infancia y primera juventud y “Crónica del Alba” que mas que una serie televisiva fue, en realidad, una trilogía de  películas basadas en la obra de Ramon J. Sender y que fueron emitidas por Televisión Española de forma consecutiva. Ese año emitieron una serie inglesa, “Retorno a Bridshead” con el estilo y calidad propios de aquellas series británicas de entonces. En la tarde del sábado, 2 de febrero de 1985,  se estrenó una serie que marcó toda una época. ¿Quien no recuerda a nuestra querida Diana, la capitana de la nave de los Visitantes, tragándose aquel enorme roedor?. Me estoy refiriendo, por supuesto, a la serie “V”, de la que hace unos pocos años hicieron un remake que pasó sin pena ni gloria. Este año fue prolijo en series tanto españolas como extranjeras, fundamentalmente americanas. Entre las primeras, “La Huella del Crimen”, que se basaba en los espantosos crímenes de la crónica negra de nuestro país: el crimen del Jarabo, el crimen de Velate, el de la calle Fuencarral, etc, y también “Los pazos de Ulloa” basada en la novela del mismo título, de Emilia Pardo Bazán. En este país, de escasa lectura, muchos conocieron, en la época de la transición, la literatura española moderna y contemporánea gracias a las magníficas adaptaciones televisivas de algunas de sus grandes obras (como no acordarnos de títulos como “La barraca”, “Cañas y barros” o Los gozos y las sombras”), de igual manera que en el franquismo se habían difundido muchas de las grandes obras clásicas españolas y universales a través de espacios como “Estudio 1” y “Novela”. 





En Abril de 1985 comenzaron a emitirse las primeras películas de la madrugada, generalmente con un contenido no apto para otras franjas horarias. Por la mañana, y aunque nos parezca mentira ahora,  no había programación televisiva. Esta empezó en enero de 1986, con aquellas primeras telenovelas mexicanas de las que hablaré más tarde. Este año 1985, entre las series extranjeras destacaban la policíaca “Mike Hammer”(protagonizada por aquel bigotudo y machista detective interpretado por Stacy Keach y su famosa y chulesca frase de “Tomaré nota”); la mini serie “El pajaro espino” que narraba el amor prohibido de un sacerdote católico interpretado por Richard Chamberlain; las series de acción “El equipo A” y “El coche fantástico” con David Hasselhoff en el papel de Michael Knight que conducía un coche inteligente llamado KITT, la interesante “Crónicas de gánsteres”, que contaba la historia de Lucy Luciano y otros conocidos mafiosos como Joe Masseria, Vito Genovese, Salvatore Maranzano o Al Capone), la inquietante “El misterio de Salems Lot” basada en la obra homónima de Stephen King y una miniserie australiana llamada “Retorno a Eden” que narraba la venganza de una millonaria llamada Stephanie Powers, víctima de un complot a manos de su novio y su mejor amiga, que era arrojada a los cocodrilos y que reconstruía su vida y su cara desfigurada, bajo otra identidad. “Autopista hacia el cielo” con el Michael Landon de “La Casa de la Pradera” y “Hotel” completan las series de aquel año 1985. El domingo por la tarde, después de comer, emitían la serie de dibujos animados, de fantasía heroica, “Dragones y Mazmorras” con aquel doblaje latino que hoy nos sonaría  raro pero que entonces era norma común en muchas de las series que se emitían por la pequeña pantalla. Aun me acuerdo de su pegadiza sintonía: “Dragones y mazmorras, un mundo infernal, se oculta entre las sombras la fuerza del mal…”.

Tal y como he comentado anteriormente, el 14 de enero de 1986 se iniciaba la programación matinal de Televisión Española, con el serial mejicano “Los ricos también lloran”, protagonizado por Verónica Castro, luego vendrían otros seriales también mejicanos y alguno brasileño: “La fuente de piedra”, “Gabriela”, “Lo imperdonable”, etc. Entre las series españolas destacaban otra creación de Ana Diosdado, “Segunda Enseñanza”, “Las aventuras de Pepe Carvalho”, con Eusebio Poncela interpretando al detective creado por Vazquez Montalbán, “Turno de oficio”, “Tristeza de Amor”, etc. Entre las extranjeras y al calor del éxito de “Dinastía” surgieron otras como  “Los Colby”, spin-off de la anterior y sobre todo “Falcon Crest”, con la inefable Angela Channing en el papel protagonista; en este año, pródigo en títulos, se emitieron la serie bélica británica “La fuga de Colditz”, las policíacas “Corrupción en Miami”, “Canción Triste de Hill Street”, “Hart y Hart”, “Luz de Luna” (con una curiosa y antitética pareja de detectives interpretados por Bruce Willis y Cybill Shepherd, “Se ha escrito un crimen” (su protagonista era la escritora Jessica Fletcher que protagonizaba Angela Landsbury), y la telecomedia “Las chicas de Oro”. Aquel año vimos a una joven Ana Obregón interpretar un papel en la serie italiana “La Vendetta” sobre la camorra napolitana. 

En 1987, Jesús Hermida conducía el programa matinal, y emitían la serie fantástica “Starman” en la sobremesa y el sábado por la tarde, “MacGiver” con sus mil y un trucos que le sacaban de las situaciones más desesperadas; Se emitieron series como la australiana “Parada de Postas”, “Muñecas de papel” (ambientada en el mundo de la moda y las modelos), “Capitolio” (ambientada en el mundo de la política americana), la comedia británica “Como el perro y el gato”,  y entre las españolas, “El Olivar de Atocha” y  la mini serie de Bardem, “Lorca, muerte de un poeta”. A las reemisiones y nuevas temporadas de series, algunas ya mencionadas anteriormente, habría que añadir, en 1988, otros productos: entre los seriales “Cuna de Lobos”, entre las miniseries  “La Hija del Mistral” o “Ana de las tejas verdes”, policíacas como “Spenser, detective privado”, de abogados extranjeras como “La ley de los Angeles” o españolas como “Juzgado de Guardia” e históricas como “Garibaldi”. Los seriales dramáticos americanos iban siendo sustituidos, cada vez, con más frecuencia, por un nuevo género: el de las telecomedias.






Por último, 1989 fue un año bastante memorable por las series que se emitieron o estrenaron. El subgénero mafioso conoció una interesantísima aportación con la italiana “La Piovra” interpretada por Michel Placido; entre las series españolas destacaban este año “Juncal” protagonizada por un insuperable Paco Rabal en el papel de una vieja gloria del toreo en declive, que interpretaba de forma magistral, hasta el punto de confundirse actor y personaje, la policíaca y entretenida “Brigada Central”, de la que recuerdo que sus personajes, mayoritariamente policías, chillaban mucho en la que Imanol Arias interpretaba a un poli de etnia gitana, (un impagable Rafael Alvarez el Brujo le recriminaba el abandono de los suyos desde que se había vuelto “baranda de la pestañí”) y al que veíamos también en esta época interpretando al conocido personaje de  “El Lute”. Los seriales tendrían en la americana “Santa Barbara”, la brasileña “Doña Beija” y desde el 4 de diciembre, en la venezolana “Cristal” que constituiría todo un hito en la historia de la televisión, sus máximos exponentes. ¿Quien no se acuerda de aquella sintonía de “Cristal” que comenzaba diciendo “Mi vida eres tu y solamente tu…” interpretada por Rudy La Scala?. También recuerdo, en las tardes del sábado el programa “El cuentacuentos”, adaptación de famosos cuentos de la literatura universal e introducido por el actor británico John Hurt. Este año hubo de todo: policíacas como “Philip Marlowe”, telecomedias como “La Hora de Bill Cosby”, “Alf”, la sitcom o comedia de situación “Cheers”, el retrato generacional de “Treinta y tantos” o  fantásticas como “Misterios sin resolver” o “El Autoestopista”.

Canciones infantiles de antaño (1933-1973)

Imagino que todos los niños, también los de ahora, tendrán sus canciones pero en esta entrada del blog voy a intentar recordar algunas de aquellas canciones infantiles de antaño, algunas las cantaban las chicas en sus juegos, otras están incrustados en mi memoria más lejana sin tener vinculado un recuerdo  en concreto, algunas  proceden de la tradición oral pues hay alguna que incluso se la oí a mis padres que las escucharon o cantaron, a su vez, de niños.
Vinculado, no sé por qué,  a la escuela, seguramente esperando algún gran chaparrón, cantábamos aquello de “Que llueva, que llueva, la virgen de la cueva, los pajaritos cantan, las nubes se levantan, que sí, que no, que caigan un chaparrón, con azucar y turrón, (a partir de esta estrofa la canción aceptaba diferentes variantes)”. Recuerdo  a las chicas cantar “El patio de mi casa es particular, cuando llueve se moja como los demás, agachate y vuélvete a agachar que las agachaditas no saben bailar, h, i, j, k, l, m, n, a”. Esta era una canción de corro en la que las chicas giraban agarradas de la mano y se agachaban cuando la canción lo decía. También de corro era “El corro de la patata”. “El cocherito leré” era una canción que yo escuchaba  a las chicas de mi barrio cuando saltaban a la comba: “el cocherito leré, me dijo anoche leré que si quería leré montar en coche leré y yo le dije con gran salero leré, no quiero coche leré que me mareo leré”. Otra era  la del burro enfermo “A mi burro,  a mi burro le duele la cabeza, el médico le ha puesto una corbata negra” . Había canciones que se cantaban en las excursiones, como “Un elefante se balanceaba en la tela de una araña”  o “Ahora que vamos despacio, vamos a contar mentiras, tralará, vamos a contar mentiras, por el mar corren las liebres, por el monte las sardinas…”; otras que popularizaron los payasos de la tele, en el comienzo de los 70 eran “Hola Don Pepito, hola Don José, pasó usted por mi casa, por su casa yo pasé…”  el barquito chiquitito: “Había una vez un barquito chiquitito, que no sabía, que no podía navegar”, “En el auto de papa” o la del señor Don Gato “Estaba el señor Don Gato sentadito en su tejado marramiau, miau, miau”. Las niñas cantaban (era una canción de corro), también aquello de “Tengo una muñeca vestida de azul.” Por cierto alguna de estas canciones infantiles como la de “la muñeca vestida de azul” y la de “la vaca lechera” iban cambiando su letra a medida que nos hacíamos mayores con letras más procaces. Cosas de la edad.
Bastante más antiguas, pues creo que se las oí recitar a mi madre era la de “Al pasar la barca” (canción para saltar a la comba) y que seguía “me dijo el barquero, las niñas bonitas no pagan dinero” y otra con resonancias de romance como la de la viudita del conde Laurel, también de corro, “Yo soy la viudita del conde Laurel que quiero casarme y no sé con quien..” o “Me casó mi madre chiquita y bonita…” canciones infantiles que hoy, como se puede ver, no saldrían muy bien paradas por el rol que se reservaba en aquel entonces a la mujer y que contraviene todos los principios actuales en pro de la igualdad de género. Por cierto me contaba mi madre que, en su infancia, en el pueblo, jugando a la comba cantaban una cancioncilla que comenzaba así “Puente de la Taconera, arboles junto al Castillo…”, Quien la diría que pasaría más de 50 años, hasta su fallecimiento, hace más de dos años, en esa ciudad de sus juegos infantiles. También y con mucha frecuencia cantaba aquella canción de “Quisiera ser tal alta como la luna” y me cantaba de pequeño sobre todo aquello de “Tengo, tengo, tengo tu no tienes nada, tengo tres ovejas en una cabaña…” . Aun más antigua era aquella canción de “Mambrú se fue a la guerra” que se deriva de una canción burlesca francesa del siglo XVIII dedicada al duque de Marlborough (nombre que acabó transformándose en Mambrú). Había una canción que se cantaba para jugar a las prendas que se llamaba “Antón Pirulero” y decía así: “Antón, Antón pirulero, cada cual que atienda su juego y el que no lo atienda pagará una prenda, Antón…”, estaba también la de la gallinita ciega. Y como olvidarse de “donde están las llaves, matarile, rile, rile”.

Cuentos, dichos, rimas y retahílas como “Pinto, pinto gorgorito”, “Caracol, col, col”, “Cinco lobitos tiene la loba”, “Cu cu cantaba la rana”, “Este puso un huevo, en referencia a los dedos de la mano”, “El que se fue a Sevilla, perdió su silla”, “La flauta de Bartolo”,  o una muy larga que comenzaba diciendo “En la ciudad de Pamplona hay una plaza, en la plaza hay una esquina, en la esquina una casa….”. No son todas las canciones que había en aquel entonces, ni muchísimo menos, pero son algunas de las que recuerdo de aquella lejana época.

Estampas de antaño: las viejas barberías y peluquerías

Rebuscando en el fondo de mi memoria recupero la imagen y los recuerdos de aquellas viejas barberías y peluquerías que llenaban las calles de nuestra ciudad hace varias décadas, como la que encabeza esta entrada, la peluquería Garralda de la calle Estafeta, en los años 30, hoy convertida en una moderna cervecería. Y lo hago desde los ojos de un niño que, de vez en cuando, conminado por mi severa madre consideraba que tenía el pelo muy largo ¡esas greñas!, y acudía al sillón del barbero. Para mí, barbero y peluquero eran lo mismo, eran sinónimos, si bien en la época en la que acudí habían descendido considerablemente los afeitados y el grueso de los servicios se centraba en el corte de pelo. En mi caso acudía a la peluquería del El Salvador, regentada por Pedro Mari Ganuza, (desde mediados de los 90 la regentan Gregorio y Sergio, que la han convertido en una peluquería de diseño ultrapremiada y que vemos en la última de las fotografías de la entrada, a la derecha del semáforo, junto a la mercería Angelines). 

Recuerdo que, junto a él, había otro peluquero, algo más mayor o al menos lo parecía y un poco entrado en carnes, hasta tal punto que en nuestra simple y un poco esquemática mente infantil les llamábamos “el gordo y el flaco”. La peluquería, llevaba apenas un rotulo impreso en el cristal superior que decía “peluquería” y  tenía tres paños de cristal translucido, en el centro, el de la puerta. Al entrar te encontrabas, a ambos lados, con varias sillas de formica donde esperar el turno, y en en el lado derecho, además, un perchero de pared, y, justo al lado, una mesa baja con tebeos y revistas, (de Mortadelo y Filemón, el Capitán Trueno…) o revistas del corazón como “Hola” o “Semana” y en la época de la transición algún “Interviu”. Enfrente estaban lo dos sillones típicos de los barberos, giratorios, que se podían subir y bajar, con sus reposacodos y su reposapies de metal, como los que vemos en la foto de la peluquería de Paco Bator, en la Chantrea. Y al sentarte en el sillón  tenías delante un espejo que ocupaba, prácticamente, toda la pared y sobre una repisa de madera, con cajones, todo el instrumental del peluquero: peines, tijeras, la navaja  de afeitar, brochas, la máquina eléctrica, cepillos, secador y un montón de productos cosméticos, entre los que destacaba el penetrante y refrescante olor a Floid. 

Ir a la peluquería podía suponer que estuvieses allí, esperando, un par de horas mínimo hasta que te tocase el turno. Lo pasabas leyendo y para cuando te tocaba ya habías visto todos los tebeos y pasado todas y cada una de las páginas de las revistas en las que aparecían los artistas de la época: Julio Iglesias, Raphael, Karina, etc. Me llamaba la atención lo mucho que hablaban los peluqueros. Daban conversación  a todo tipo de personas y probablemente, por su conocimiento del personal, sabían a quien tenían que hablarle de fútbol, del tiempo, de la caza o lo que se terciase (todo menos política), al menos durante  la época franquista. Y también sabían escuchar: y escuchaban las historias y los problemas de sus clientes. En nuestra infancia los peinados estaban muy limitados: en los 60 el típico peinado a lo romano, con flequillo y en los 70 el peinado a raya. Te cortaban con  peine y tijera, la máquina eléctrica se dejaba para las patillas y la navaja para apurar (siempre, no se como se las arreglaban pero por mucho cuidado que ponían siempre te pegaban un buen corte, junto a la orejilla). 

Los jóvenes de aquellos años comenzaron a dejarse el pelo largo, como marcaba la moda y los ídolos musicales, y esto menguó parte de la clientela de esas viejas peluquerías. Los peinados muy cortos dejaron de llevarse y con las maquinillas desechables la gente comenzó a afeitarse en casa. Incluso comenzó a cortarse el pelo, en casa, con los nuevos y sofisticados aparatos que se comercializaban, que facilitaban mucho el trabajo y permitían, además, ahorrarte unos duros. En 1981, un corte de pelo sencillo te costaba no menos de veinte duros (100 pesetas). En los 70 y 80 cerraron muchas viejas barberías de caballeros. Las peluquerías de señoras, muchas de ellas en primeros pisos, nunca sintieron la crisis, consecuencia de  los cambios estéticos, usos y costumbres que afectaron a las de los hombres. Frente a las antiguas peluquerías de caballeros comenzaron a proliferar, luego, las peluquerías unisex, algunas de las cuales comenzaron posteriormente a innovar, convirtiéndose  en peluquerías de diseño. Ha pasado el tiempo, y han vuelto algo las barbas y su cuidado, lo que ha hecho que algunas peluquerías unisex comiencen a recuperar los servicios de barbería. Es el signo de los tiempos.


Fotos: Foto de la peluquería Garralda (Roisin), Foto de la Peluquería Bator de la Chantrea del libro de su hijo, Juan Pedro Bator “El hombre que siempre estuvo allí”.

Estampas de antaño: las carbonerías y las viejas serrerías

Hubo un tiempo en que en las casas había lo que se llamaba la cocina económica. Aquellas cocinas funcionaban con carbón y leña. La estufas de las primeras escuelas a las que acudí, las del Ave María, tenían, en un extremo de las aulas, una estufa cilíndrica que se alimentaba con carbón y leña. Incluso  algunas de las calderas de las primeras calefacciones de los pisos funcionaban con carbón y leña. Así pues no era extraño, que durante los primeros 60 o 70 años del siglo XX, en Pamplona, hubiese un número importante de carbonerías y serrerías en, practicamente casi todos los barrios de la ciudad. A las serrerías llegaban los troncos, sin cortar, en camiones. En la serrería o aserradero se serraban longitudinalmente primero y, luego, en pequeños trozos para su consumo doméstico, para que sirvieran de combustible a cocinas, estufas y calefacciones. Recuerdo, vagamente, a mi padre trayendo, en una carretilla, unos sacos de leña de la Serrería Villegas, que estaba junto al camino de los Enamorados,  para guardarla en un habitáculo que había construido sobre la terraza, como provisión para el invierno. De aquella época recuerdo la serrería Isturiz en la zona de Buztintxuri-Unzutxiki, la de Gil Hermanos, junto a la Avenida Villava, la  ya citada de Villegas, y alguna otra más recóndita, como la que había en el camino viejo de Artica, en la trasera de la residencia de las Hermanitas de los Pobres. No he encontrado fotos de serrerías de aquellos años en Pamplona (espero poder encontrar pronto alguna), por lo que he colocado en su lugar, para ilustrar la entrada, una foto de una serrería de una capital española, en los años 50-60. Casualmente, hace unos días, vi una serrería en el lado derecho de la carretera Artica, en el tramo que hay desde la rotonda con la calle Hermanos Noain a la subida al pueblo, pero esa, desde luego, es bastante reciente.

Junto a las serrerías no puedo dejar de citar las viejas carbonerías, de las que, igualmente, muchos recordarán alguna en su barrio o en otro barrio de la ciudad (yo recuerdo, sin ir más lejos, algunas en el Casco Antiguo, una en la calle San Francisco donde ahora está Texartu). En mi barrio, la carbonería más cercana la teníamos en la Avenida de Marcelo Celayeta, retranqueada respecto al edificio más cercano, que era la casa donde estaba la tienda de las Hermanas Amezqueta. Era una pequeña nave, bastante oscura, en la que no recuerdo haber entrado jamás. De lo que si tengo un lejano recuerdo es de la apariencia del carbonero, tiznada la cara y sus brazos de negro, que descargaba con esfuerzo, (entonces no había ascensor en la casa), el saco de carbón sobre otro de plástico que teníamos preparado en la cocina y que guardaría luego mi padre junto a la leña. Aquella carbonería tenia un depósito al aire libre de carbón que vislumbraba, a veces, tras el chalet del estanco de mi calle. Algo más lejos, entre el viejo camino del Plazaola y las primeras instalaciones de la Unión Deportiva Rochapea estaban los depósitos de carbón de la Compañía General de Carbones, título que aparecía señalizado con grandes letras a lo largo de las tapias exteriores del recinto y, con cuyo nombre, mi padre, bromeando, gustaba de hacer los típicos juegos de palabras. Las serrerías y carbonerías forman parte ya de nuestros viejos recuerdos,  oficios u ocupaciones muy disminuidos hoy en día, o en vías de desaparición, y es que primero, el gas butano sustituiría  a la cocina económica y el gasoleo se convertiría en el principal combustible de las nuevas calefacciones, hasta la introducción masiva del gas natural hace ya unas cuantas décadas.

Estampas de antaño: los calendarios de entonces (1963-2000)

Hubo un tiempo en que todo el mundo hacia calendarios: los había de bolsillo y también de pared. Respondía a esa eterna necesidad de controlar el tiempo , esos pequeños o grandes acontecimientos de nuestras vidas, esas fechas de carácter personal o doméstico: un cumpleaños, un examen, el inicio de las vacaciones, la fecha en que compraste la bombonas de gas, con el fin de comprobar en qué fecha deberías estar atento para volver a pedirla, o cuando entraba la luna (mi padre siempre decía que notaba el influjo de la luna en sus huesos o en el reúma). En mi casa, recuerdo, los calendarios ocupaban un lugar preeminente en las paredes de la cocina. Recuerdo sobre todo los calendarios de las cajas, de la Municipal y la de Navarra, con casi siempre bellas fotografías acordes con cada estación del año. Los calendarios formaban parte del ciclo de nuestra vida. Allá por Navidad, acabando el año, llegaba el nuevo calendario como el pórtico a un nuevo tiempo, ignoto, desconocido, pero repleto de ilusiones y esperanzas de lo que nos depararía la vida.
Hoy en día pareciera que la fiebre de los calendarios no es la que era y en efecto bien sea por su coste o por lo que sea no se hacen tantos calendarios pero entre la población creo que sigue habiendo cierto interés por ellos pues ahí tenemos para confirmarlo el clamoroso éxito del calendario municipal con sus increíbles colas en la plaza Consistorial. Los motivos de los calendarios de pared así como los de bolsillo eran enormemente variados: artísticos, deportivos, paisajísticos, etc. Los primeros que recuerdo eran bastante grandes y tenían un motivo único, bajo el cual estaban los meses (de uno en uno o a pares) con sus números bien marcados, el santo del día y el calendario lunar. Cortábamos las hojas del calendario, entonces, -cuando eramos niños o más jóvenes, el tiempo pareciera que corriera más despacio y veíamos pasar los meses, las estaciones y los primeros años de nuestras vidas-.

Junto a los calendarios de pared recuerdo especialmente los calendarios de taco, como los que encabezan la entrada; había una amplia variedad de ellos, entre ellos  estaban el de Myrga (con sus pasatiempos, crucigramas, jeroglificos, etc) pero estaba sobre todo  el calendario de taco del Corazón de Jesús. Lo vi algún año por casa y sobre todo lo veía en casa de los abuelos, cuando iba de vacaciones, (también me dice mi hermano que tenían el Zaragozano, aunque yo no lo recuerdo), al igual que veía también aquellos relojes de pared que  tanto me atrayeron siempre. Este almanaque debe tener al igual que el Calendario Zaragozano, más de un siglo de antiguedad. Era otra forma de ver pasar el tiempo, quizás con un transfondo más poético pues ¿Hay algo más ajustado a la fugacidad de nuestras vidas que ver arrancar día a día las hojas de un calendario de taco, una hoja por día? Estos tacos combinaban las informaciones de utilidad inmediata en el anverso (el día y el mes, datos astronómicos, fases de la luna, el santoral del da)   con otros temas de cultura y entretenimiento (frases  célebres, chistes, refranes y proverbios, poesías, temas devotos, curiosidades, ) en su reverso. Hoy tenemos calendarios en nuestros ordenadores, en nuestros móviles y en nuestras tablets, incluso podemos disponer de un calendario permanente que nos indicaría por ejemplo en que día de la semana caerá el 17 de julio de 2045 pero no es lo mismo, aquellos calendarios tenían otro sabor, ¿o es el recuerdo que lo empaña todo de ese halo de nostalgia?.

Estampas de antaño: el mobiliario urbano del Viejo Pamplona (1950-2000)

Poco a poco van desapareciendo de nuestro paisaje urbano, aunque todavía queden muchos rastros de ellos, si, los elementos del mobiliario urbano del viejo Pamplona. Sus formas y sus colores formaban parte de nuestras señas de identidad como ciudad. ¡Como no acordarnos de aquellas fuentes del león, de color verde y hierro fundido  que aliviaban nuestra sed en parques como  la Taconera o  la Medialuna, como la que vemos en la fotografía de la derecha, situada en la calle del Vergel. Apretábamos  el botón para aliviar nuestra sed después de corretear entre sendas y jardines y al poco rato el hilillo de agua menguaba y desaparecía. En el año 2009 había  en la ciudad unas 180 fuentes del león fabricadas, desde hacía casi un siglo, por Casa Sancena, empresa fundada en 1848 y ubicada hasta el año 2004 en La Rochapea, concretamente en la calle Joaquín Beunza. A esta empresa se debieron buena parte de los elementos de mobiliario urbano de la ciudad,  las más conocidas, las fuentes del león y menos algunas otras de tipo vasija,  también la barandilla del león que cerraba calles y paseos, sobre todo en algunos miradores y en zonas  cercanas al Río Arga (Mirador de la Taconera, Mirador de la Media Luna, Errotazar, Jardín de Eugui, etc.), barandillas de color verde con el león rampante, coronado por la corona ducal, pintado en plata en el centro, como la que vemos en la preciosa fotografía del estanque de la Media Luna; también de Sancena eran buena parte de las tapas de registro que veíamos en el suelo de nuestras calles y avenidas. Caso aparte fue la barandilla blanca del paseo de Hemingway, obra de la empresa fundición Luzuriaga de Pasajes, hace años desaparecida.

Pero además de las fuentes y barandillas de Sancena debemos recordar otros elementos del mobiliario como los bancos, donde pasamos tantas horas de nuestras vidas: Bancos dobles,  los tablones de madera del asiento y el respaldo, pintados de color rojo, y en verde el forjado de los soportes  que los anclaban al suelo, como   vemos en la foto adjunta del parque de  la Taconera. También había una versión más sencilla de este banco, con un solo asiento; bancos blancos realizados a base de unas estrechas tiras de madera, cuya particular forma curvada  desde el respaldo y hasta el asiento, se adaptaba perfectamente a nuestra anatomía, como los que vemos en el parque de la Media Luna o los que había hasta no hace mucho en el Paseo de Sarasate, concretamente hasta su última reforma en que fueron sustituidos por unos bancos mucho más sencillos; bancos de la plaza del Castillo, con tablones de madera, pintados de blanco (anteriormente tuvieron otro color), encajados en sendas estructuras laterales de cemento, como los que vemos en la fotografía de los años 60. En el inicio de este nuevo siglo y aprovechando la peatonalización del Casco y la construcción de parkings se introducirían nuevos bancos de madera de iroko, probablemente más modernos, pero demasiado parecidos a los que pueden encontrarse en otras ciudades españolas. Tras las “papelimpias” de plástico de Balduz llegarían con el nuevo siglo unas bonitas papeleras de forjado negro rematadas por unas bocas circulares plateadas, semicirculares en las calles, para que ocupasen menos espacio. De aquellas papeleras Sigma de la casa asturiana Primur  me acuerdo porque algo tuve que ver en su elección, en aquellos días. Corría el año 2001. Hoy se han sustituido por unas papeleras tal vez un poco más anodinas.




Las luminarias del centro de la ciudad, especialmente la plaza del Castillo y el Paseo de Sarasate, han conocido todo tipo de estilos a lo largo de su historia, algunas veces de corte más clásico y otras más moderno, lo cual no quiere decir necesariamente mejor. Actualmente lucen unos bonitos diseños de corte clásico que semejan el báculo de San Fermín, acordes con la importancia del lugar. Los parques y jardines, por lo general,  han conservado, casi siempre, un estilo más clásico como las  farolas tipo Munich de la Taconera y la Media Luna. No me parece mal la instalación de mobiliario moderno en las nuevas urbanizaciones pero la sustitución, hace ya algunos años, de las antiguas luminarias del Baluarte del Redin y la tradicional barandilla del león del Paseo del Obispo Barbazán, por unas modernas luminarias y una ancha barandilla   de acero corten me pareció, en su momento, bastante desafortunada, al igual que las nuevas luminarias instaladas, tras las primeras fases de la urbanización del Casco Antiguo, que si bien iluminaban de forma más centrada la calle y que habían sustituido  a farolas estandar y viejos farolillos de ambiente decimonónico,  dejaban bastante que desear estéticamente, asemejando unas horcas patibularias. Hace  algunos años que se sustituyeron esas chocantes luminarias del Casco Antiguo por unas farolas tipo Pescador. Los parques infantiles difieren actualmente mucho de los que había hace algunas décadas: ya no existen aquellos  toboganes y columpios que acababan invariablemente en un suelo lleno de gravilla, por ejemplo en la Media Luna, hoy los parques tienen otros juegos y un suelo un tanto almohadillado que limita posibles lesiones a los más pequeños, todo  diseñado pensando en la psicomotricidad sin riesgo de los chavales.
Otras señas de identidad de la ciudad fueron  los leones del edificio de Correos que vinieron con el edificio inaugurado en 1926. ¡Cuantas veces habremos echado las cartas dentro de las fauces de aquellos dorados leones, protegidos por aquellos tejadillos!, el mosaico y el kiosko de de la plaza del Castillo, el Mesón del Caballo Blanco,  el kiosko del Bosquecillo, el palomar y la caseta de alquiler de bicicletas de la Taconera, la farola frente a Diputación hace años recuperada en la plaza del Vinculo, y tantos y tantos edificios, monumentos hitos y rincones (algunos se conservan y otros ya han desaparecido) que iremos recordando con  afecto y nostalgia en nuevas secciones de este blog.

Estampas de antaño: el deshollinador (1965-1979)

Antiguamente, hace 40 o 50 años, cuando las casas de medio Pamplona tenían lo que se llamaba cocina económica, había unos hombres que se encargaban,  una o dos veces al año, de limpiar las chimeneas de todas las viviendas. Subían al tejado y con diferentes instrumentos, entre los que destacaban una especie de  grandes pesas,   iban limpiando  las chimeneas de cada uno de los vecinos, del hollín y el alquitrán de hulla acumulados, así como de cualquier objeto extraño que se hubiera podido introducir por ellas. Con el paso de los años ese servicio fue cada vez menos demandado. Las cocinas económicas fueron poco  a poco desapareciendo de los hogares  y el deshollinador subía por las escaleras, pregonando sus servicios,  por si alguna vivienda seguía necesitando le limpiasen la chimenea, hasta que llegó un día en que no hubo chimeneas que limpiar. 
Hace siete u ocho años había un par de empresas en toda Navarra que se dedicaban  a prestar este servicio. Un buen deshollinador limpia las chimeneas desde arriba y desde abajo. A nosotros solamente nos limpiaban desde arriba, desde el tejado. Los vecinos limpiabamos todo el hollín que se acumulaba, en el último tramo, desde el deposito de ceniza que había bajo el horno de la cocina y lo hacíamos con una especie de hierro terminado en una plaquita rectangular, un rudimentario recogedor para aquellas cenizas. Hoy en da estas empresas no pueden vivir, dado el escaso negocio, solamente de la limpieza de chimeneas, practicamente inexistente en la ciudad y muy reducido en los pueblos. Es por ello que estas empresas se dedican también  a limpiezas de canalones o  calderas de comunidades entre  otras ocupaciones.