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Crónica negra del Viejo Pamplona: Crimen junto a la muralla de Descalzos (1897)

Continuo recordando crímenes del pasado siglo XX y en esta ocasión también de finales del siglo XIX con  una serie que continuaré durante las próximas semanas. Utilizaré para recuperar las crónicas de los diferentes sucesos  la prensa local de aquellos años, especialmente «El Eco de Navarra» y «La Tradición Navarra». Antes de entrar en materia, daré unas pinceladas sobre la criminalidad en nuestra ciudad en las postrimerías del siglo XIX y principios del XX. Aunque pueda sorprender a más de uno a mediados del S.XIX Pamplona y Navarra presentaban uno de los más altos índices de criminalidad en todo el estado. En 1853 y de acuerdo con Pascual Madoz, en su «Diccionario Geográfico, estadístico  histórico de España 1845-1850» Navarra arrojaba un índice de un  delito   por cada 196 habitantes, la media en España en este período era de un delito por cada 430 habitantes. Numéricamente, por hechos delictivos en esos años, ocupaba el tercer lugar tan solo por detrás de Madrid y Guadalajara. En la década siguiente (1853-1863) mejoramos  la situación pasando del 3º al 39º lugar, con un delito por cada 345 habitantes mientras Madrid  subía a un delito por cada 187 habitantes. Probablemente las guerras que asolaron nuestro solar a lo largo de la primera mitad del S.XIX ayudaron a exacerbar las más bajas pasiones, pero simplificaríamos mucho la cuestión si esa fuese la razón.

Ramírez Arcas en su «Itinerario descriptivo y geográfico estadístico» y también Madoz añaden a este factor, la cercanía a la frontera que facilitaba el contrabando y la comisión de otros delitos  asi como la baja instrucción de las clases populares.  Desde antiguo, en nuestra tierra, había habido un abuso en la utilización de armas blancas, que habían denunciado las diferentes «pragmáticas» del Consejo del Reino y que denunciaba de vez en cuando la prensa local, hasta el punto de que en 1906 el alcalde de Pamplona, D. Joaquín Viñas  adoptaba medidas para reducir el uso y abuso de armas. De todos modos y aunque abundaban las navajas y cuchillos, se utilizaban todo de tipo de armas a la hora de matar: navajas, cuchillos, botellas, hachas, azadones, palos o revólveres. Y es que las navajas las llevaban desde infantes hasta hombres talluditos. Muchos de los crímenes se desarrollaron en tabernas, por un quítame allá esas pajas, por lo que podemos concluir que el alcohol fue, en muchos casos, un factor determinante que contribuía a  nublar la mente y a desencadenar la tragedia. En otras ocasiones, no había un motivo real, nunca hay un motivo para matar, ni siquiera una afrenta y eran más bien fruto de la violencia gratuita, la estupidez o la obcecación. Estaba por otra parte el capítulo de los llamados crímenes llamados pasionales que no por ostentar dicho calificativo los hacían menos odiosos, «aquello de la maté porque era mía» sigue desgraciadamente en vigor en nuestros días bajo la conocida etiqueta de «violencia de género». Empezaré, precisamente, por uno de ellos, recogiendo casi literalmente  la crónica que del  crimen hacía  el periódico «El Eco de Navarra». Fue un crimen atroz, cruel, horrendo. Ilustran la entrada tres fotografías de esos años de Fidel Astiz Iriarte, pertenecientes a la Fototeca del Archivo Abierto del Gobierno de Navarra que detallo, con minuciosidad al final del artículo.

«Desde las primeras horas de la mañana del día 13 de mayo de 1897 corrió la noticia por la capital de que, en la muralla de Descalzos, entre el Portal Nuevo y el de la Rochapea, había una joven asesinada, siendo el primero que vió el cadáver un cabo del Regimiento de Cantabria que marchaba por aquel punto a repartir el café a los soldados que se encontraban de guardia. Comunicado el hecho a las autoridades, inmediatamente se personó en el lugar del suceso el juez de instrucción y los jefes de la policía judicial y agentes municipales  que empezaron a practicar las primeras diligencias para descubrir al autor del crimen que, en principio, parecía envuelto en el misterio. Conducido el cadáver al Hospital Provincial, el juez de instrucción ordenó que quedará expuesto al público con el fin de que fuera identificada por alguna persona que conociera a la interfecta.

Esta se llamaba  Manuela Goñi Echeverría de 18 años de edad, natural de Yesa y con domicilio en el nº 1, 5º piso de la calle Tejería, en donde se hallaba desde hace unos días en que salió de la casa de un empleado de Diputación, en donde había estado trabajando  en calidad de sirvienta. Los agentes Guerra, del Ayuntamiento, y Fernández, de Vigilancia,  pudieron conseguir que una mujer que se encontraba viendo el cadáver declarara que conocía a la muerta, añadiendo también que creían que  tenía una relación sentimental con un cajista de una imprenta de la ciudad. Con estos datos los agentes empezaron a buscar  el nombre de dicho joven consiguiendo que al poco tiempo éste fuera detenido por el policía municipal Dionisio Pérez  que le condujo al Depósito, quedando inmediatamente incomunicado. El autor del crimen se llamaba Balbino Arrastia, pues, según dicen ha declarado que cometió el crimen. El cadáver fue hallado en la muralla que hay detrás de la basílica de Nuestra Señora de  la O, en un paraje similar al que vemos en la tecera de las fotografías. Dícese que el crimen se había cometido con un cuchillo de grandes dimensiones que apareció roto en dos pedazos desiguales, quedando la parte menor y ensangrentada adherida al mango.

Al parecer el motivo que arguyó el asesino para perpetrar su crimen es que al mismo tiempo que mantenía relaciones con él la chica se dejaba acompañar por otro joven. Este proceder desagradaba al tal Arrastia, carcomido por lo celos y así se lo manifestó en alguna ocasión a la joven a quien pidió nuevamente explicaciones en el día  del crimen, a las 8 de la tarde el miércoles, 12 de mayo. Cuando Manuela y Arrastia se despidieron este siguió sigilosamente a aquella y observó que al poco rato Manuela se detuvo con el joven que le acompañaba; los dos seguidos del Arrastia marcharon por la Calle estafeta y traseras de la Plaza de toros, Casa de Misericordia, Palacio de Justicia y demás casas del Ensanche y se dirigieron a la Taconera. Parece que Arrastia sin que le observara Manuela y su acompañante permaneció en acecho esperando la ocasión en que Manuela estuviera sola, sin que se diga en el relato de que medios se sirvió para llevarla al sitio donde se cometió el crimen. Cuando llegó el momento parece que increpó a Manuela por su comportamiento. Cuando ya estaban detrás del convento de las Descalzas, dícese que Arrastia le exigió a Manuela  el nombre del joven con quien había estado hablando y es de creer que al negarse aquella a satisfacer la pregunta Arrastia le dió una cuchillada. Entonces Manuela dijo al agresor: ¡Por Dios, Balbino, no me mates!, ¡Yo te diré quien era el que me acompañaba». Esto es lo que dicen que contó Arrastia a alguna persona que le interrogó antes de intervenir el juez. Se supone que el crimen se cometió a las nueve y media de la noche y no por la madrugada, como se dijo.

El cadáver presentaba una extensa herida en la frente, otra en el lado derecho del pecho y otra de grandísima consideración en el cuello, cortando por completo su parte anterior. También se ha dicho que la interfecta tenía algunas pequeñas heridas en las manos, haciendo suponer que trató de defender infructuosa y desesperadamente su vida. Pero aparte de la declaración del asesino hay otras versiones. Parece ser, según otras fuentes testimoniales que declararon en el caso, que en la tarde del miércoles, Manuela  había ido a lavar al rio, regresando a la cinco y media de la tarde a la casa nº 6 de la calle Pellejerías donde estuvo trabajando  repasando ropa y planchándola después. Salió de dicha casa a las ocho y media para ir a la suya  y en la esquina de la calle Mayor le esperaba Balbino Arrastia. En aquel momento llegó la mujer  que la tenía alojada  en la casa de la calle Tejería  y al invitarla para que fuese con ella a casa el Arrastia le contestó: para las nueve ya irá». Por lo tanto el testimonio de este testigo contradice la versión  del asesino. Manuela parece ser que quería mejorar su situación y deseaba  trabajar en Madrid en el servicio doméstico. Otros comentarios que circularon esos días hablaban de que Arrastia volvió al lugar del crimen a las 2 de la madrugada tal vez al objeto de examinar si Manuela estaba muerta. El asesinato de la joven, a tenor de lo dicho por la prensa, supuso una gran conmoción entre la población y provocó una corriente de solidaridad hacia la víctima esos días. Buena muestra de ello es que tan pronto como las vendedoras del Mercado tuvieron noticia del crimen, por iniciativa de doña Presentación Yoldi,  hicieron una colecta para pagar el toque de agonía y poder celebrar algunos sufragios por el alma de la infortunada Manuela Goñi. Lo recaudado hasta la hora en la que se escribía esta crónica  ascendía a 21 pesetas.

Y continuaba narrando las crónicas periodísticas de «El Eco»: Ayer por la mañana, un numeroso público de curiosos esperaba en la calle Tecenderías  a conocer  al Arrastia en el momento de ser trasladado  del Depósito a la cárcel. Se dice que Arrastia aparentaba una completa tranquilidad como la tuvo en el momento en que fue detenido en la imprenta de Don Juan Sanz, a pesar de tener las ropas manchadas de sangre y el cuello herido por las uñas de su víctima. Ayer a las cinco de la tarde después de comer el rancho se encontraba en el patio, entre sus compañeros de prisión, sorprendiendo por su gran serenidad». Por su enclenque constitución física parecía increíble que dicho hombrecillo hubiese cometido el crimen con la saña que apuntaban los hechos. De nada le sirvió a Arrastia su testimonio de novio pretendidamente engañado. A Arrastia le juzgaron el 8 de mayo de 1897 y le condenaron a 20 años de prisión. Desgraciadamente muchos de los crímenes llamados pasionales cometidos en aquel tiempo recibirían en los años siguientes condenas ridículas, mucho menores a la mencionada. Por asociación de ideas me viene a la cabeza, de forma un tanto vaga y confusa, otro crimen que se cometió en la bajada del Portal Nuevo y que recuerdo haber oído de pequeño, tal vez se cometió en los primeros años 60 del siglo XX. La víctima a puñaladas fue una mujer joven que bajaba hacia la Rochapea, de anochecida,  el asesino debía de ser de «buena familia», pues se corrió un tupido velo sobre el asunto y el criminal, que al parecer tenía sus facultades mentales perturbadas no ingresó jamás en prisión. No sé si alguien se acordará de este hecho y podría dar más detalles.

Fotos: Las tres fotos se utilizan bajo la licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 España. (CC BY-NC-ND 3.0 ES). Foto nº 1: La calle Mayor de Pamplona tomada desde la Taconera. Fidel Astiz Iriarte. 1896. En primer término, en la izquierda la plaza de recoletas y, en la derecha, la iglesia de San Lorenzo. Foto nº 2: Frente sur de la plaza del Castillo de Pamplona con el Teatro Principal, posteriormente Teatro Gayarre. Fidel Astiz Iriarte. 1897. Vista de la plaza tomada desde el edificio del Casino Principal. En primer término, el monumento a la Beneficencia. En segundo plano, la fachada del Teatro Principal, posteriormente Teatro Gayarre, y el edificio del actual palacio de Navarra. En la fachada de la izquierda se lee: GRAN FOTOGRAFÍA DE PLIEGO. Al fondo, la Higa de Monreal. Foto nº 3: Fidel Astiz Iriarte. 1908. Vista de las inmediaciones del Portal nuevo y el Paseo de Ronda de Pamplona. Vista de la actual plaza de la Virgen de la O de Pamplona tomada desde el este, en los jardines de la Taconera. En la derecha el muro del convento de la Madres Recoletas y las escaleras de acceso. En segundo plano, el convento de los Carmelitas Descalzos y las casas que ocupaban la actual plaza. En la izquierda, el Paseo de Ronda. La plaza de la Virgen de la O se comenzó a construir en 1908.