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Fotógrafos del Viejo Pamplona (1860-1960)

Alternando con el repaso de los comercios por calles continuo con el trabajo de recoger también el comercio por sectores: a la hostelería, bebidas, pastelerías, librerías, vendedores ambulantes, boticarios se le suma, en esta ocasión, la del gremio de los fotógrafos. En próximas entradas seguirán apareciendo el resto de sectores comerciales de nuestra ciudad: alimentación, ropa, calzado, perfumerías, joyerías, mercerías y un largo etcétera. Era un trabajo que estaba sin hacer. Creo  que es una buena ocasión, además, para rendir un merecido homenaje a la labor de muchos  profesionales y aficionados a la fotografía, algunos de cuyos trabajos han servido para ilustrar las diferentes entradas de este blog.   El origen de la fotografía en Pamplona se remonta a mediados del siglo XIX, concretamente a partir de 1843, donde se empiezan a anunciarse en la prensa artistas ambulantes   que utilizan la técnica del daguerrotipo y que recalan en la ciudad durante varios o semanas hasta que el negocio mengua y se trasladan a otro sitio. En esta técnica del daguerrotipo la imagen se formaba sobre una superficie de plata pulida como un espejo. La imagen revelada estaba formada por partículas microscópicas de aleación de mercurio y plata  ya que el revelado con vapores de mercurio producía amalgamas en la cara plateada de la placa. Previamente la placa era expuesta a vapores de yodo para que fuese fotosensible.  El problema de este sistema eran los largos tiempos de exposición que en sus inicios, el sistema nació en 1839, podía ser de hasta 10 minutos. Después se redujeron hasta menos de un minuto. Entre aquellos primeros daguerrotipistas estaban personas francesas o de ascendencia francesa como Pedro Alliet que alternó el daguerrotipo con la construcción de zapatos con suela de madera en los años 40 del XIX, en el nº 25 de la calle Comedias, o Monsieur Constant, en 1843,   en el nº 4 de la calle Pozoblanco o el suizo  Schmidt, en 1847,  en el nº 22 de la plaza del Castillo.

El primer fotógrafo o retratista que conocemos en Pamplona es el fotógrafo de origen francés  Leandro Desages que debió estar en nuestra ciudad al menos desde los primeros años 60 del siglo XIX, -en 1864 se traslada a Santander-, aunque después volvió, -en 1876 le vemos asociado con Domingo Dublán Elicechi-,  y que tenía su estudio cerca del palacio de Capitanía, bajo el nombre de Leandro Desages y Compañía. Con Dublán  tuvo el estudio en la Cuesta de Santo Domingo. A Dublán, tras su separación de Desages, le vemos en 1879, en el nº 5 de la plaza del Castillo asociado con Valentín Mª Aizpurbe. Parece ser que en 1865 Desages hizo diversas fotos del salón del Trono del Palacio de Navarra todavía en construcción. En los primeros años de los estudios fotográficos era muy habitual que estos se encontrasen en las plazas más céntricas de las ciudades, en  los últimos pisos, en espacios con lucernarios o claraboyas bien iluminadas para la adecuada realización de las fotografías. No es casualidad, pues, que en los orígenes del sector en nuestra ciudad, la mayor parte de los principales estudios se ubicasen precisamente en la plaza del Castillo, tanto por su centralidad como por las especiales condiciones de iluminación que eran necesarias.  El trabajo que realizaban estos primeros fotógrafos era el retrato de estudio. Se trabajaba con cámaras de objetivos múltiples y luego se revelaba sobre placas negativas al colodión que luego se positivaban en papel a la albumina, montada sobre un cartón más o menos decorado con el nombre del estudio. Posteriormente en los años 80 se utilizarán placas de gelatina de revelado químico que acortaron la duración de las tomas.

El segundo estudio profesional, después del Desages y Compañía fue el de Fotografía Pamplonesa situado en 1867 en el último piso del nº 39 de la plaza del Castillo. Tras ese nombre estaba  el fotógrafo también  de origen francés Anselmo María  Coyne y Barreras, que a mediados de los años 70, se había asociado con un tal Marín del que no se sabe demasiado. La sociedad pervivió hasta finales de los 70. En 1878 Coyne se marchó a Zaragoza mientras en Pamplona se quedaba durante algún tiempo Marín (las fotos aparecen bajo la denominación de Marín y Coyne) que más tarde abrió una sucursal en San Sebastián. Podemos ver en las fotografías adjuntas de estos primeros profesionales la técnica, el modo de posar, los fondos, telones y escenografía que se utilizaban.

En 1872  se había instalado en el nº 31 de la plaza del Castillo el estudio  del fotógrafo de origen francés  Leopold Ducloux que se asocia con el madrileño Emilio Pliego en 1876, si bien la sociedad de estos dos fotógrafos duró poco tiempo ya que tres años después, en 1879, aparece en el nº 35 de la plaza (donde el estanco de las Viñes) y con entrada por el nº 2 de San Nicolás el estudio de Emilio Pliego. En 1887 Pliego  se traslada a un local en planta baja, es el primero en hacerlo, al nº 22 de la plaza, en la casa del Crédito Navarro, de la cual creo recordar que hay alguna fotografía, siendo durante muchos años uno de los estudios de referencia de la ciudad donde aprendieron el oficio otros insignes fotógrafos. La actividad fotográfica del estudio de  Pliego duró hasta 1934 en que se cerró el local, aunque ya en 1922 había dejado de estar al frente del negocio Emilio continuando sus hijas. Con el avance de las técnicas fotográficas ya no se hacía tan necesario ubicar los estudios en las azoteas de los edificios. Los fondos se simplifican y los que posan ya no parecen tan envarados.

 

 

 

 

 

 

En 1879, Agustín Zaragüeta Colmenares se instalaba en el nº 35 de la plaza del Castillo, justo cuando Pliego la abandona, luego aparece en el nº 13 o 14 de la plaza aunque hasta 1886  parece que trabajó junto a Ducloux en el estudio del nº 31.  Fue un fotógrafo muy popular al que se deben muchos retratos de gente de  la época y que hemos visto en la serie de «Imagenes del siglo XX» hace unas pocas entradas. Con Pliego y Zaragüeta se utilizan fondos en las fotos mucho más  elaborados, verdaderos telones escenográficos, como el del ciclista que vemos en la fotografía. A Agustín Zaragüeta, que se retira en 1920 y fallece en 1929  le siguió en el oficio, a lo largo del siglo XX,  su hijo, Gerardo Zaragüeta Zabalo, que empezó muy joven, con 13 años, en 1908 a trabajar con su padre  y fue además uno de los primeros fotógrafos de prensa en La Voz de Navarra, la Gaceta Sportiva de Barcelona y reportero gráfico de Osasuna. Continuó en el nº 31 de la plaza del Castillo hasta los años 50 en que traslada el estudio al nº 6 de la calle Amaya, jubilándose a comienzo de  los años 60. junto  a este párrafo tenemos imagenes de ambos, de Agustín, a la izquierda y de Gerardo, a la derecha.

En 1882  José Roldán Bidaburu se instalaba en el último piso del nº 48 de la plaza del castillo, donde permanecerá hasta el derribo del edificio en 1887, para pasar, en el nuevo, al último piso del nº 44. Poco tiempo después, en 1888,  se asoció con Félix Mena Martín creando la sociedad Foto Roldán y Mena, rompiéndose dicha  sociedad en en 1899, quedándose con el estudio Roldan formando sociedad con su hijo José Roldan Zalba bajo la razón social de Fotografía Roldán e Hijo en 1900. Al poco tiempo montaron un escaparate y luego, en 1904,  una librería en el nº 17 de la plaza, (que veremos más tarde  a nombre de su viuda) donde expusieron sus trabajos, -los fondos de los retratos se simplifican-,  y vendían sus postales, novedad que se extendió con fuerza a primeros de siglo. Como Pliego también vendía en su establecimiento productos y equipamientos fotográficos, incluso en 1909 abre una tienda de enmarcación de cuadros en la misma plaza. En 1910 se trasladaban del edificio del Iruña al nº 40 de la plaza con el nombre de Fotografía Roldán. Roldán Zalba fue colaborador habitual del Diario de Navarra, especializándose en reporterismo gráfico y fotografía taurina, llegando a ser fundador y presidente del Club Taurino de Pamplona.  En los años 50 aparecía  su hermano  Nicanor Roldán Zalba y en los 60  Ana María Roldán, como titulares del estudio. El estudio perduró hasta 1950.

Felix Mena, tras separarse de Roldan,  se instaló, según Arazuri en el nº 44 de la calle Mayor aunque según su bisnieto, Pablo, me dice que el estudio estaba a pie de calle en el último tramo de la calle Mayor, el más cercano a San Lorenzo. Investigando he descubierto que tras su separación de Roldán se trasladó en 1903 al nº 86 de la calle Mayor. En defensa del dato de Arazuri podría tratarse  más que de una confusión de una traslación de la actual numeración con la antigua.  En la publicidad del negocio en prensa destacaban entonces «que ya no hacía falta subir escaleras. Venga a hacerse fotografías que en planta baja le atenderemos». Mena, natural de Burgos había llegado a Pamplona procedente de Burgos en 1882 y había completado sus conocimientos de retoque fotográfico con Emilio Pliego, ejerciendo de ayudante de éste. Tras quedar viudo, Félix dejó Pamplona y se asentó en Elizondo con su segunda mujer. De ahí que haya dos ramas de la familia, la de Elizondo y la de Pamplona. Su hijo Javier Mena Zuasti  volvió a Pamplona en los años 20 mientras su hermanastro Victorio se quedaba en Elizondo. Javier ubicó su estudio en el nº 12 de la avenida de San Ignacio (hoy 14 de García Castañón)  pero, al acabar la guerra civil, en 1939, cogió en alquiler el local del nº 32 del Paseo de Sarasate que al final acabó comprando.  Allí estuvo el negocio familiar durante 75 años, primero con el abuelo Javier, luego con su hijo Victorio, y sus hermanos  José María y Santos y, desde 1988, el nieto Pablo hasta que el 26 de diciembre de 2013 Pablo se trasladó a  su actual ubicación en la calle Mayor, toda  una vuelta a los orígenes.

En el nº 16 de la calle Tecenderías (actual Ansoleaga) encontramos en 1899  el estudio de Fermín Aduain, que, por lo que sabemos,  había estado asociado con Eugenio Segura en la calle Eslava unos años antes. El estudio de Aduain en Ansoleaga es sustituido poco tiempo después, en 1902,  por Muñoz, Buitrago e Irigoyen.   En el nº 18 estaba el estudio de Basilio Montes. A la vuelta, en el nº 1 de  la calle Eslava había estado, desde mediados de los años 90  Eugenio Segura, asociado como he dicho algún tiempo con Aduain,  a quien le siguió en 1907 Tomás Segura (¿tal vez su hijo?) que continuó hasta 1913 pero ya en el nº 31 de la calle Mayor. Benito Rupérez Herrero  abrió estudio en Pamplona, en 1905. También, al igual que Mena,  aprendió con Pliego. En los años 20 se  abría su conocido estudio en el nº 12 de la calle Calceteros donde empezó a trabajar también su hijo Luis Rupérez Pérez y que continuaron sus herederos  durante muchos años, hasta los añso 80, al menos. Un bisnieto de Benito Rupérez, abrió Foto Koldo en el nº 30 de la avenida de Bayona.

Francisco Zubieta Vidaurre aprendió el oficio en el estudio de Rupérez donde trabajó desde 1922 hasta 1940 que se estableció con Javier Retegui Gastearena creando la sociedad Zubieta y Retegui en el nº 17 la calle de Espoz y Mina.  Zubieta también ejerció de fotógrafo de prensa en «El Pensamiento Navarro», durante 26 años  y en el «Diario de Navarra», durante 15. En los años 20 descubrimos a Valentín Ruiz en el nº 25 de la plaza de la Constitución  y que será sustituido en los años 30 por  Iglesias y Compañía, no se si tuvo alguna relación con el Ruiz de Sarasate.  También en los años 20  estaba  la Fotorrápida en el nº 18 de Mañueta y  Alejandro Tapia en el nº 32 de la calle Mayor que luego, en los años 30,  se traslada al nº 16 de Carlos III. En los años de la 2ª República se instaló en el nº 16 de San Ignacio un fotógrafo de origen alemán llamado Carlos Skogler. Luego se trasladaría al número 4 de la misma avenida, donde luego se ubicaría Foto Esteban, regentada por Jesús Esteban Blasco. En el nº 33 de la calle Jarauta había un fotografo de apellido Manrique.

  

José Galle Gallego había nacido en Valladolid en 1898  y tras ejercer como fotógrafo en Madrid y San Sebastián, llegó a Pamplona en 1919. Inicialmente Galle entró a colaborar con Benito Rupérez. Poco después se estableció en la entreplanta del nº 38 de la calle Zapatería asociándose con su hermanastro Rafael Bozano, de quien se separaría en 1949. Según fuentes familiares sus actividades económicas se iniciaron en 1922, aunque la primera referencia en los registros municipales son de 1926 en que aparece Galle  bajo el epígrafe de  “industria de la fotografía”. En 1934 ya aparece su tienda de fotografía y droguería-perfumería del nº 7 de Mercaderes, entonces Blanca de Navarra. Galle fue corresponsal gráfico en Navarra para la prensa nacional durante el primer tercio del siglo. En Navarra se convirtió en un reportero especializado en deporte y actualidad local, de lo que da buena muestra el amplísimo fondo de fotografías donado por la familia Galle al Archivo General de Navarra. A partir de 1949 la segunda generación, Fernando Galle Zumealde  siguiendo los pasos de su padre, continuó con la tradición familiar, en su doble faceta: fotográfica y comercial.  Con su padre  compartió  estudio durante algún tiempo,  hasta el punto de que a veces es difícil atribuir muchas fotografías a uno u otro ya que todas llevaban la firma  de Foto Galle. Fue uno de los pocos fotógrafos profesionales que impulsó la Agrupación fotográfica y Cinematográfica de Navarra. Trabajó a para varios medios entre ellos el Diario de Navarra y el NODO. Posteriormente abrió su propia tienda  y estudio de fotos en el nº 2 de Joaquín Larregla  así como perfumerías en el nº 5 de Bergamín y  en el 45 de  Carlos III. Hasta los años 80 se mantuvo abierta  la tienda de la calle Mercaderes, como tienda de fotografía y perfumería, bajo la figura de una sociedad limitada. En 1983 fallecía José Galle mientras su hijo Fernando, lo había hecho   prematuramente un año antes, en 1982. Regenta la perfumería Galle de Carlos III la tercera generación de la familia en la persona de Pachi Galle. Galle no es el único fotógrafo vinculado al negocio de la droguería: tenemos también el ejemplo de Ardanaz. También hay droguerías que vendían aparatos y material fotográfico como fueron López y Negrillos, que yo recuerde. El origen químico de algunos de sus materiales para revelado lo justifica.

Rafael Bozano Gallego que también trabajó en galería y como fotógrafo de prensa, fue corresponsal de la agencia Efe,  se estableció en 1970 en la calle Estella, abriendo posteriormente  otras sucursales en la calle San Antón, que cerró hace algunos años, -cerca de ahí estaba en San Miguel Foto Ama-, Serafín Olave, Tudela y Estella. Con Bozano se formaron algunos profesionales entre los que destaca José Luis Zuñiga que murió prematuramente a los 59 años de edad. En 1949 se fundaba Foto Gómez, fundada por Juan Gómez Quintana, hijo a su vez de un reputado fotógrafo de la primera mitad del siglo, Javier Gómez Cerdán. Pasó por el nº 34 de la calle Mayor, luego el 25 de la misma calle, San Nicolás, 39, San Miguel 8, travesía Espoz y Mina, 6 y plaza Príncipe de Viana.

Gómez fue, además, fotógrafo de prensa y  corresponsal de la agencia Cifra. En 1950 se instaló en Pamplona Julio Ruíz Sánchez, que había aprendido el oficio en Zaragoza y que se dedicó, casi exclusivamente, al retrato de estudio. Imagino que fue el de foto Ruiz del Paseo de Sarasate que muchos conocimos durante varias décadas.  En 1962 se instaló en el nº 34 de la avenida Carlos III Fotografía Turgel, fundada por Ángel Turrillas. En 1963 se instalaron en el nº 13 de la calle Sancho El Mayor, los fotógrafos Carlos Calleja y José Luis Lafuente, que habían aprendido el oficio con Rupérez, y que firmaban con la denominación de Foto Prince. También trabajaron como fotógrafos de prensa. En el nº 22 de Sarasate estaba  en los años 50 José María Usillos Avendaño y en los años 60 a los citados debemos añadir Santiago Jordán en el 21 de Padre Calatayud, Arturo Mene en el 6 de la plaza del Castillo, Florentino Suescun y Herce en la Chantrea y Félix Ventura en el nº 16 de Sarasate.

Fotógrafos aficionados  del período que estoy analizando  fueron Mauro Ibañez que nos legó algunas de las fotografías más antiguas que podemos encontrar en los archivos, sobre todo las del bloqueo carlista  a la ciudad y otras de la plaza del Castillo; Aquilino García Deán, fotógrafo de la revista «La Avalancha» y que fue  empleado municipal y concejal en 1898 y que legó toda su obra al Archivo Municipal, su producción resulta indispensable para conocer la Pamplona a caballo entre los dos siglos. Fue un verdadero documentalista: José Ayala, también era funcionario del Ayuntamiento de Pamplona  y como Aquilino fue otro destacable documentalista urbano; Luis Rouzaut, el óptico, al que le debemos una valiosa colección de hermosas fotografías de la Pamplona de primeros de siglo;   Miguel Goicoechea de Jorge vinculado al pictorialismo;  el médico y jefe de la Beneficiencia Municipal Anselmo Goñi Nagore;   el comerciante de Chapitela, Miguel Azpiroz;  el industrial Fidel Veramendi, etc

También, en este listado debemos incluir  al director del Banco de España, Vicente Istúriz;  al militar, geógrafo e historiador Julio Altadill, -muchas de cuyas fotografías aparecen en los libros de Arazuri-; a Roberto Greuling, de origen alemán, con alguna famosa instantánea aislada de la plaza del Castillo nevada: a Julio Cia Uriz que ayudo a documentar muchos de los cambios de la vieja Pamplona a mediados de siglo y que acabaría profesionalizándose;  a José Martínez Berasain que colaboró con la revista «La Avalancha» y «El Pensamiento Navarro»; a Pedro María Irurzun y su esposa Lydia Anoz; a Nicolás Ardanaz Piqué, droguero de profesión;  a Félix Aliaga, farmacéutico, a Jesús Martínez Gorraiz, uno de los primeros taxistas, desde 1923 y que tuviera  una flota importante de vehiculos, automoviles de punto y alquiler que se llamaban en aquellos años;  al archivero municipal durante muchos años Vicente Galbete, el farmacéutico Antonio Yarnoz y a otros muchos, aunque quizás sean estos algunos de los más importantes en nuestro ámbito local. Con el paso del tiempo la fotografía se fue popularizando  y dejará de ser feudo de unos pocos. En agosto de 1955, un grupo de aficionados a la fotografía  fundaba la Agrupación Fotográfica y Cinematográfica de Navarra. De los fotógrafos que han sobresalido en los últimos 60 años (1960-2020) me permitirán que hable en otra ocasión.

Fotos, por orden de aparición: Nº 1: foto de estudio de Leopold Ducloux. San Sebastián. S.XIX, Nº 2: Reverso fotográfico del estudio de Ducloux y Zaragüeta. Siglo XIX, Nº3: foto sin filiar. Fotógrafos trabajando. Principios del siglo XX, Nº4, Nº5 y Nº6: Fotos, -anversos y reverso-,  de Leandro Desages y Domingo Dublán. S.XIX, Nº7, Nº8, Nº9 y Nº 10: fotos de Marin y Coyne. S.XIX Nº 11, Nº 12 y  Nº 13: fotos de  Emilio Pliego. 1887-1900 , Nº 14, Nº 15 y  Nº 16: fotos de Gerardo Zaragüeta de los años 30, 1900 y 1920, Nº 17: Agustín Zaragüeta Colmenares, Nº 18: Foto de Zaragüeta Fotógrafos (1920-30). Nº 19: Gerardo Zaragüeta Zabalo (1925), Nº 20, Nº 21 y  Nº 22: fotos de José Roldán Bidaburu y José Roldán Zalba, Nº 23 y  Nº 24: Fotos de Javier Mena. Archivo familiar de Santi Urra, Nº 25, Nº 26, Nº 27 y  Nº 28: Fotos de Benito y Luis Rupérez Nº 29: reverso fotográfico de Segura y Aduain Nº 30: Foto Rupérez, Nº 31: foto del establecimiento Zubieta y Retegui en la calle Espoz y Mina, Nº 32: Foto Skogler. Archivo familiar de Santi Urra, Nº 33, Nº 34, Nº 35, Nº 36 y  Nº 37: Fotos de Galle, Nº 38: Foto Bozano, Nº 39: Foto del establecimiento de Foto Gómez en la  Travesía Espoz y Mina , Nº 40. felicitación de Foto Gómez cuando estaba en San Miguel 8, imagino que donde después estuvo Foto Ama, Nº 41: foto de Vicente Istúriz, Nº 42: foto de Julio Altadill, Nº 43: Foto de Roberto Greuling, Nº 44 y Nº 45: Fotos de Julio Cía, Nº 46: Foto de Nicolás Ardanaz

Comercios del Viejo: Pamplona: Plaza del Castillo (1908-1963)

Termino la serie, dividida en tres entregas,  que nos ha permitido recorrer el itinerario comercial de las calles Ciudadela, San Gregorio, San Nicolás y Plaza del Castillo entre los años 1908 y 1963. Nos situamos, como en el resto de calles,  en la plaza del Castillo, llamada plaza de la Constitución a  comienzos del siglo, concretamente en 1908. La plaza, calificada tradicionalmente como cuarto estar de los pamploneses, albergaba a principios de siglo, una heterogénea mezcla de negocios. Su nombre, como he dicho,  ha variado a lo largo del tiempo: plaza de la Constitución a lo largo de buena parte del siglo XIX y principios del XX alternando con el tradicional plaza del Castillo y  plaza de la República, durante el período de la 2ª República. Nos situaremos a la altura del Hotel La Perla, que tradicionalmente ha ostentado el nº 1 de la plaza. En 1908, había tres fondas en la plaza, la de Teresa Graz, viuda de Miguel Erro, (dueña de La Perla), la de Aramendía en el nº 16 y El Cisne de Balbina Vera, en el nº 24. Aquí tenían también su sede reputados fotógrafos, Agustín Zaragüeta,  un poco antes del actual bar el Kiosko, con un próspero negocio de fotografía  que seguiría su hijo Gerardo  aunque ya en el nº 31, al menos hasta los años 50 en que se traslada al nº 6 de la calle Amaya; Emilio  Pliego, primero en el nº 35 de la plaza y luego en el nº 21,  en el edificio del Crédito Navarro hasta 1934 en que  cerró el local y   José Roldán  Bidaburu,  inicialmente  en el edificio del Iruña (nº 48, actual 44 y 44 bis), primero asociado con Mena y luego con su hijo, José Roldán Zalba. Fallecido su padre será solo Hijo de Roldán,   pero ya en el nº 40 de la plaza, a donde se traslada en 1910. Posteriormente el negocio seguirá apareciendo como Fotografía Roldán. En los años 50 aparecía  Nicanor Roldán y en los 60  Ana María Roldán; A tan destacado plantel de fotógrafos  se le sumaría  en los años 30 un tal Iglesias  y en los 60 un tal Arturo Mene (en el nº 6). Dentro de poco publicaré una entrada dedicada por completo a este gremio.

Siguiendo el orden de los portales, y en la parte este y en dirección sur encontrábamos, desde la segunda década del siglo a Adolfo Navarlaz y Juana Echavarri, en el nº 1, una perfumería, con guantes y pieles, y una década más tarde una administración de lotería que continuaría durante largo tiempo, compartiendo este mismo número en los años 20  con la sastrería de Pedro Lozano que vemos en la fotografía adjunta de 1915, tenía también entrada por Chapitela, 23, entonces Héroes de Estella; en el nº 3  el bar Torino, abierto como bar, restaurante y casa de comidas por los señores Duhins y al que seguirían en la gerencia Melitón Ariz y Doroteo Cotelo, -ya después de la guerra-, que en 1973 daría paso al  actual Windsor, tras el cierre del Torino  en 1971;  en el nº 4, desde 1908,  hallábamos la tienda de licores de Jenaro Pascual y la platería de Lafuente.

En el nº 5, en los años 30,  estaba el estanco de Eulalia Perugorría; en el nº 6 el salón de peluquería y barbería de los hermanos Soravilla, uno de ellos se llamaba Arturo. Había nada menos que cinco peluquerías-barberías en la plaza en 1908.  Además de la citada de los hermanos Soravilla estaban  las de Severiano Martín (nº 14), Martín Goñi (nº 40), Ignacio del Valle (nº 24) y García (nº 35) sustituido, este último,  en los años 20,  por Antonio Razquin y más tarde por Juan García y Rafaela Zalba. Algunos de ellos como Soravilla, Razquin y Martín seguirían hasta avanzados los años 30 y aún mucho después,  aunque por los años es de prever que continuasen  sus herederos, supongo. Hasta los años 50 llegaron las peluquerías de Juan García y Severiano Martín que también eran de señoras a las que se sumaron las de José Muñoz y Pedro Suescun (en los números 6 y 29 respectivamente). Entre las peluquerías de señoras estaba la de José María Villafranca,  en el primer piso del nº 28  de la plaza, la de Martin Ayerbe, luego Josefa Ayerbe (nº 36) y la de Rosario Domeño (números 1-3, 1º) y también en los 60 Pilar Ilarregui (nº 18) y Josefina Zubeldia (nº 30). También disponía de peluquería  el Casino Principal.  En los años 20, en el nº 6 bajo estaba la mercería-quincallería de las Hermanas Eguiguren a quienes también veremos en la plaza consistorial años más tarde.

En el nº 8, cerca del actual Gure Etxea, y desde comienzos del siglo aparecía el zapatero Bruno Avalos, en el nº 9 (Bar Gure Etxea) y ya en la segunda década de siglo el bar Ideal, café  regentado por los hermanos Peralta,  Deogracias Peralta aparecía como titular en los años 30. Donde el Bar El  Kiosko, desde 1907,  García Arilla y Compañía con quincalla fina, aunque posteriormente, ya sólo como Arilla, se traslada al nº 11 con venta de pianos y otros instrumentos musicales, además de abrir una segunda tienda en el nº 55 de Mayor, esquina con Eslava, y más tarde incluso una sucursal en San Sebastián,  y Rufino Olaz, sastre con venta de género. Un poco antes, en el nº 12 y en los años 20 estaba la librería-papelería de Higinio Coronas, con imprenta y un poco más adelante,  donde hubo una barquillería,  había  otro negocio similar de papeles, postales y otros artículos  a nombre de Viuda de Roldán.

También en esta zona,  hoy llena de bares,  estuvieron José Les, (posteriormente Alfonso Les), en el nº 11, inicialmente con objetos de escritorio, aparatos de radiotelefonía, bazar y bisutería y más tarde, -en los años 50 y 60-, aparatos de radio y televisión y en el nº 13  una tienda de confección de señoras regentada por Mercedes Jimenez. En los años 20, donde el Casino Eslava, estaba el Hotel Vasco Navarro de los hermanos Larrayoz y muy cerca, en el nº 19, y en los años 30, la fonda de Wenceslao Cilveti. A la altura del antiguo Tropicana había sendas posadas a comienzos del siglo, las de José Serrano y Saturnina Urra pero al poco tiempo descubriremos en este rincón, donde anteriormente  estuviese la fonda La Manuela,  el Hotel Quintana que regentarían su viuda e Hijos. De Juanito Quintana he hablado en otras entradas del blog y seguiré hablando seguramente. Cerrando la plaza por la zona donde se abriría Carlos III, encontramos el Teatro Gayarre con su «foyer» o «ambigú». Y en el otro lado de la plaza, en la parte oeste, en el nº 32 estaba el Dena Ona abierto por el señor Blasco, que luego cogerían los señores Mazo y Zabalardo, convirtiéndolo en café-bar y restaurante.  En el nº 33, cerca de la actual Turroneria  había  otro sastre con género de apellido Horcada cuyo negocio, luego, en los años 20, continuarán sus hijos.

Donde el estanco de las Viñes,  estaba el tintorero Martínez,  que en los años 30 da paso a la tienda de calzado de Fermín Atozqui que perduró desde entonces y al menos durante los años 50,  a continuación venía  la joyería-relojería Astrain,  fundada en 1850 que continuará durante  largo tiempo hasta principios del siglo XXI (primero fue Lorenzo Astrain, luego Viuda de Lorenzo Astrain y hermano y luego sus descendientes). Un poco más adelante, donde estuvo la peletería Rome, estaba el platero de origen italiano Florenzano así como  el zapatero Gutierrez. Por cierto,  en los años 30,  había una tal Francisca Florenzano en el nº 58 con confección de señoras.  Donde el Banco de la Vasconia, en nº 39,  estaba el negocio de papel, postales y objetos de escritorio de Eusebio Rubio, y un poco más adelante, en el nº 42, cerca del pasadizo de la Jacoba,  y desde los años 20,  la librería papelería  Sucesores de Casildo Iriarte que más tarde cogería Aniceto Urmiza Gómez y sus herederos que continuarán con el negocio hasta finales de siglo, bajo el conocido nombre de El Secretariado Navarro.

En la misma ubicación estaba Agustín Trías  con tienda de guantes y mercería, mientras que Federico Trias regentaba una camisería en el nº 39. En el nº 43 estaba, desde 1912, el Café Kutz donde antes estuviesen El Español, regido en 1875 por los señores Monegatti que lo convirtieron en el Café La Marina.  El Kutz  duró hasta 1961.  En el nº 44 bis, un poco después del Café Iruña, estaba la pastelería de Ariz   y en la esquina de la Plaza del Castillo con Chapitela, Luis Leache, (Sucesores de Mosso y Francisca Osiniri), que entonces correspondía al nº 49 de la plaza de la  Constitución y al 26 de Héroes de Estella. Leache se trasladaría luego al nº 34 de la calle Mayor. En este lugar, 49 de la plaza y 26 de Chapitela,  encontramos años más tarde a Antonio Archanco con artículos de viaje, guantes, mercería,  quincallería, con tienda abierta, como he dicho,  también hacia Chapitela. En cercana posición se debía encontrar la heladería Alaska. También en estos años estaba en la plaza la conocida Casa López, joyería, platería y relojería, junto a las escalerillas.

¿Qué quedaba de todos estos negocios después de la guerra?. Continuaban el Iruña, el Suizo de Matossi, el Dena Ona que era ahora el Bearin, el Kutz (con Elvira Muñagorri a la cabeza), el Torino de Doroteo Cotelo, El Cisne (de Lucia Agorreta Orio) y  La Perla (con Rafael Moreno Erro, desde el año 1936). En la vecina Espoz y Mina, los Alemán había comprado el Maisonnave  en el año 1945 y desde los años 30 estaba en funcionamiento el Hotel Europa de Espoz y Mina, si bien bajo la dirección de Isidora Valencia Alcoz primero y de Francisca Ibarrola después. Fuera del Casco estaban ante otros, los siguientes hoteles: el Valerio de la avenida de Zaragoza, el Yoldi  en la avenida de San Ignacio o  el Comercio de la avenida de Franco. En la década de los 30 había nacido el popular Choko de la mano de la sociedad Alcaine y Beaumont, donde antes estuviera el Bar España. Beaumont  también tenía en estos años un taller de confitería o fábrica de caramelos en el nº 10 de la plaza. Pero pronto comenzarían a proliferar los bancos, desalojando a los antiguos cafés: al Crédito Navarro y La Vasconia se sumarían  el Banco de Bilbao, emigrando del nº 19 de  Chapitela, donde antes estuviese el Banco Vasco y en los 70 el Banco Exterior,  hoy General Optica,  a la plaza y ocupando lo que fuera el histórico y centenario Café Suizo (cerrado en 1952),   mientras  el Banco de Vizcaya  ocuparía el lugar del antiguo Café Kutz  en 1961. ¡Qué pena!

En 1942 se había instalado en el nº 28 Felipe Gómez Alonso con su popular y hoy desaparecida,  desde hace unos pocos años Librería Gómez. Tenía, además su propia empresa editorial, su imprenta y su academia de enseñanza de la que ya hablé extensamente  en la entrada que dediqué al sector. En los años 40, las obras de remodelación de la plaza del Castillo obligaron a Antonio Leoz a  cerrar su quiosco de prensa de madera para trasladarse a un bajo de un edificio cercano, concretamente al nº 38 de la plaza, donde  mantiene actualmente el negocio su nieto. En los años 60 Antonio Leoz Goñi se hará cargo también del kiosko de prensa de la plaza,  cercano al edificio del Crédito Navarro. Después de la guerra, en el nº 12  encontramos la tienda de Pablo Esparza, el popular fabricante de licores, y sobre todo de Anis Las Cadenas. También vendía bebidas el establecimiento Solera, en el nº 35 de la plaza. En el nº 4 estaba la librería con objetos de escritura de Aramendía que continúa en la siguiente década. Revisando el tramo existente entre la bajada hacia Estafeta y el Choko encontrábamos en aquellos años 50 y 60, el bar Rhin de Julia Alcayaga, en el nº 8, el bar Guría de Ricardo Zalba Martínez en el nº 10, en el nº 12 el bar-restaurante Maitena, de Jerónimo Ibarrola, en el nº 13 y 14 el Bar Sevilla de Julián Ramírez Alvarez y en el nº 18,  Miguel Yoldi y Jesús Rada con el bar Brasil que en los 60 asumiría Juan Gazpio que después sería el Tropicana. Había por último, una administración de Lotería en el nº 35 a nombre de María José Beunza y Aquilino García de la Peña vendía y reparaba máquinas de escribir, las populares Underwood,  en el nº 31 de la plaza.

En los años 60,  comenzando por el lado más cercano al Paseo de  Sarasate teníamos, entre otros negocios, en el nº 27  la tienda  de antigüedades de José Garisoain , en el nº 33 la confitería de Pilar Onsalo, (donde la actual Turronería),  un poco antes la tienda de venta de material de escritorio y estilográficas de Jesús Antón, que yo conocí abierta hasta finales de siglo XX. En el primer piso del nº 35, estaba la agencia de viajes de Eusebio Cafranga y en el bajo María Patrocinio Viñes ya llevaba un negocio de venta de libros rayados, asi tal cual suena,  antes de convertirse en un estanco o establecimiento dirigido al fumador.  Aun estaba el Muthiko Alaiak en el nº 38 de la plaza del Castillo antes de su paso a Comedias. Abajo, en el local comercial, había una tienda de confección a nombre de José Rosano, donde luego encontraríamos Peletería Rome. El Club Taurino tenía sus sede en el 1º piso del nº 40, aunque antes estuvo en el otro extremo de la plaza, donde el hotel Quintana, de hecho Juanito Quintana fue presidente del primer Club Taurino en los años 30. Muy cerca, del Taurino, tan cerca como en el local de abajo Juan Arbizu abría una de sus primeras cafeterías Delicias que marcaron toda una época en Pamplona,  mientras que en  el otro lado de la plaza, en el nº 5 María Pilar Legaz vendía artículos de marfil.

Fotos por orden de aparición: Nº 1: fotopostal Viuda de Rubio. Plaza de la Constitución y Hotel La Perla. 1910-1925 ,Nº 2: Plaza de la Constitución, delante de los soportales del Hotel La Perla. 1915.Sin filiar , Nº 3: Foto postal de la plaza de la República o plaza del Castillo. 1935. Luis Roisin. Nº 4: Plaza de la Constitución. 1910-1925. Foto postal de Viuda de Rubio, Nº 5: fotopostal de la plaza de la Constitución 1915-1920, Nº 6: Plaza del Castillo. 1953. Fondo Galle. Archivo General de Navarra , Nº 7:. Bar Choko. Plaza del Castillo, 1962. Colección Arazuri. Nº 8: fotopostal del Cafe Kutz, Nº 9: Club Taurino en el nº 18  de la plaza del Castillo. Clubtaurino.es, Nº 10: Foto postal de la plaza de la República o plaza del Castillo. Años 30, Nº 11: Plaza de la Constitución en las primeras décadas del siglo XX. Sin filiar, Nº 12: De izquierda a derecha, Paco Cano, «Canito», Ernest Hemingway y Juanito Quintana. Años 50. En los años cincuenta, tras una larga ausencia de España, Hemingway regresó y reanudó su relación con Juanito Quintana.  Quintana se ocupó de buscarle alojamiento en sus visitas a Pamplona en 1953 y 1959, y le acompañó en sus viajes por diversas ciudades unidos por su afición a los toros. 

 

Comercios del Viejo Pamplona: San Nicolás (1908-1963)

Me desplazo, esta vez, al comienzo de las escalerillas de la plaza del Castillo con la calle San Nicolás, una de las calles con más vitalidad comercial y hostelera, casi a partes iguales, de todo el Casco Antiguo, a principios de siglo. Comienzo por su lado derecho.  Bajando las escalerillas, en el nº 4, en lo que es ahora El Tinglado estaba, en 1908, los guarnicioneros Nagore y Arteta y, en los años 20, Galo Osacar con el mismo negocio de guarnicionería, junto a la librería-papelería de Viuda e Hijos de Alonso. En el nº 4, que  luego será el nº 2, aparecía también  la  armería de Salustiano  Arana, Sucesor de Gorostiza.  En el nº 10 estaba la carpintería de Javier Laquidain que, luego, en los años 30, será una tienda de coloniales a nombre de Emilio Martinez, que en los 50 la regentará  Angel Celador Ruano. En el nº 12 donde hoy está el bar Ulzama en los años 20 estaba el botero Babil Landivar que a la postre montaría allí una fonda y casa de comidas, si bien, a principios de siglo, estuvo  en el nº 7, osea al otro lado de la calle. Luego lo explotaría la familia  Miqueleiz Ballent (León, Sebastián, etc) y, posteriormente, sus herederos hasta un reciente cambio de titularidad. También, en esa época, Eusebio Gazpio instalaba una zapatería en el nº 14 y Elías Hernaez una pescadería que pasaría luego  a manos de Camino Elio  Senosiain. En los años 60 Francisco Mendivil tuvo una relojería en ese lugar. Creo que en esa ubicación estuvo a finales de siglo  el local de  Lanas Begoña, que más tarde fue incorporado, como almacén,  al bar Ulzama.

Donde hoy está  El Marrano había, en 1908, una corsetería con obrador,  a nombre de Estefanía Amenábar. Sin embargo, al final de los años 20, en este mismo lugar  aparecen Vicente Echechipia y y Javier Sanz como titulares de la actividad económica. Este último  era cosechero y fabricante de chacolí. De ahí que también se conociese el local, durante mucho tiempo, como el Bodegón de Sanz y que, a la entrada del establecimiento,  luciese un rótulo que decía  “Vinos El Cosechero”.  Ese rótulo y el local, -con su castizo sabor de tasca antigua, su olor a fritanga de sardinas, y sus porrones de vino tinto-, se mantuvo así,  hasta las últimas décadas del pasado siglo. En 1935 la titular del despacho de vinos y  de la  fábrica de gaseosas ubicada en el nº 16 pasó  a   ser  Josefa Goñi Belzunce. Posteriormente los dos locales, el del 16 y el del 18,  se fusionaron en uno solo apareciendo como titular de ambos  la misma titular, al menos hasta comienzos de los años 80. Un poco más adelante, donde ahora hay un Kikos, a principios de siglo, estaba la taberna de José María Munarriz que en los años 20 dió paso a la librería  y papelería de Eusebio Osteriz  que se mantuvo a  lo largo de los años 30 y posteriormente fue llevada por Serrano, Sucesores de Osteriz. A continuación desde los años 20,  en el nº 24, donde hoy se encuentra Merinos y en tiempos Garralda, estuvo el hojalatero Juan de Diego. Antes, en 1908, lo encontramos en el nº 26 que luego ocupará el carpintero Cruz Biurrun.  Hoy ambos números aparecen fusionados como 24-26.  En los años 20 consta   fabricando e instalando  sanitarios, así como  vendiendo porcelana y loza y artículos de regalo. En los años 50 y 60 continuaba con  el negocio familiar Tomas de Diego con el mismo objeto comercial y también venta de objetos de regalo. En la foto en color que encabeza la entrada, probablemente de los años 70, aparece un rótulo en banderola que dice «Almacenes de Diego». Junto a él había una tienda de venta de tejidos a nombre de Félix Larraz y Jesús Juangarica.

En los números 28 y nº 30, donde estuvieron no hace mucho la tienda de regalos Kardhu y  la Botica de los Perfumes había en 1908 una barbería, la de Nagore, que luego pasó a Mariano Torres en los años 30 y a su lado estaba la farmacia de José Martialay.  Antes de ella, en los años 20,  encontramos la alpargatería de Santiago Cruz Jimenez  que, en los años 50, sigue apareciendo  como taller de alpargatas y venta de calzado ordinario, junto con Marcelino Ilarregui, aunque en los años 60 aparece a nombre de Alfredo Pardos,  y Marcelino Ilarregui lleva su propia zapatería en el nº 38 . Donde hoy está el Baserri Berri, en 1908,  hallamos la carnicería de Felipe Ardanaz y otra barbería en los años 20 y, a principios de los años 30, se instala en el local  el bar Irañeta, de Juan Irañeta, el único bar que, según me cuenta su hijo, fue el primer establecimiento,  en aquellos años,  que no era, ni fonda, ni casa, ni café,  ni restaurante, ni vendía vinos o licores al por menor como otros… era sencillamente el Bar Irañeta, bueno era bar pero además restaurante y daban espectáculos musicales como he contado en alguna otra ocasión. Fue toda una institución en la época.

Tras éste, donde hoy está La Vieja Iruña y antes La Chistera,  estuvo Martin Baquedano con su fábrica y tienda  de chocolate y demás negocios anexos:  cera, pailas para velas de cera, fabrica de bujias de esperma, pupilage para caballerías. Era, además, almacenista y vendía cereales, abonos minerales, aceites al por mayor, coloniales, cafés al por menor etc. Ocupaba, como muestra el anuncio varios números. Del 40 al 46. En los años 30 parte del local, el nº 40,  lo arrendaría Maximino Arrasate para montar su confitería y pastelería con obrador. Se mantuvo, algunos años en este lugar,  al menos hasta la guerra, luego se trasladaría al nº 34-36,  aunque en los años 60 aquí encontramos el taller y tienda de confitería y pastelería de Luis Ros Piñeiro que junto con su hermano Manuel  fabricaban  galletas y dulces. Manuel tenía además una agencia de publicidad. En el nº 42 hallamos en los años 50 y 60 a Tomás Baquedano Sarasate, hijo de Martín  Baquedano con coloniales. Su hermano Pedro Baquedano había trasladado la fábrica de chocolate al nº 20 de la calle San Antón. Un poco más adelante, en el nº 46 había un taller y tienda de confitería,  con panadería,  regida por Cira García.

En 1908, en el nº 44,  Luis Iribarren tenía una alpargatería-cordelería  que posteriormente, en los años 30 trasladará al nº 60-62 y que  cerró hace unos pocos años (2015 o 16) tras la jubilación de su tercera generación (Ana Iribarren) y detrás del 44, donde hoy hay una tienda de bebidas y revistas,   había un negocio de venta y alquiler de muebles usados,  a nombre de Tomasa Gorricho y Camino Urriza (que tuvieron una segunda sucursal, durante algún tiempo,  en el nº 74 donde posteriormente se instaló la farmacia Castiella y hoy se encuentra la  farmacia Iragui). En los años 20 el negocio de Gorricho y Urriza dió paso a la pescadería de Carmela Riezu. En los años 50 y 60   en el nº 48,  estaba la guarnicionería de Miguel Larrea Vizcay con venta de artículos de viaje. Donde está el hotel Castillo de Javier y en tiempos el bar San Miguel y antes el  bar restaurante Valero, (que por cierto empezó de la mano de Valero Iribarren Labiano como ultramarinos),  en las primeras décadas del siglo hubo diferentes negocios pero el más destacable fue la tienda de ropa de niños que regentó María Seminario, desde el inicio de los años 20. Casi enfrente se instalaría su hermana Victoria,  con la mercería La Victoria, hoy mercería Beatriz. Por ahí, a principios de siglo y aun más tarde  hubo alguna herrería, carbonería, etc.

En los años 50, en el nº 54 estaba la droguería perfumería de Isidoro Elcano Urrutia y en los 60 de su sobrina Juana Urrutia, que posteriormente llevaría la familia Flor,  bajo el nombre de Larvier. Donde encontramos en la actualidad a Natural Dippner, hallamos en los años 20 la mercería y paquetería además de una zapatería a nombre de Adolfo Mauré y un negocio de venta de máquinas de coser de Cipriano Nagore   que continuará en la siguiente década, incorporando juguetes, perviviendo hasta los años 60 bajo la denominación de herederos de Cipriano Nagore, ya sin juguetes pero con mercería. En esta zona también hubo  una carnicería, la de Epifanio Itoiz. A continuación de donde estuvo hasta hace poco Calzados Iribarren, estaba la fábrica y tienda de chocolate, azucares y ceras, pastillas de café con leche  de Marcelino Andueza que vimos en la entrada de las pastelerías. Este local lo seguiría explotando en los años 50 Trinidad Arizala,  con el mismo tipo de negocio. En los años 50, en el nº 66, donde hoy tenemos la cafetería-heladería Elizalde  ya estaba instalado Mariano Rubio Arbizu, con artículos de bazar, bisutería, relojería y quincallería. Durante un tiempo tuvo una sucursal en el nº 9 de la misma calle.

El local que actualmente alberga la tienda «La objetería de los días felices», en el nº 70 de la calle,   fue  inaugurado en el año 1903 por Baldomero Zulategui,  como una tienda de venta de periódicos. Allí se vendían los periódicos de la época, «El Eco de Navarra», «El Pensamiento Navarro», el «Diario de Navarra», entre otros,  y vendía también sobres y papelería. En 1932 Baldomero se hizo con una administración de lotería y un estanco que ubicó en el citado local. Tras la guerra le quitaron la concesión del estanco ya que este tipo de negocios se solía adjudicar a las viudas de guerra y, por ello, en el año 1952 les puso  a sus hijas en el local una lencería-mercería que ha estado abierta desde entonces y   hasta principios del año  2018. En el nº 74,  en la hoy farmacia Iragui estaba la farmacia Castiella. El origen de esta farmacia se remonta a 1903 cuando Felipe Irurita traspasaba su farmacia, que regentaba desde 1888, y situada entonces  en el nº 28 de la misma calle  a  José Martialay. Este dirigió la farmacia hasta 1915 en que la titularidad pasó a   Gabriel Castiella que permanecería,  al frente del establecimiento,  hasta  los años 60, en que pasó el testigo a su hijo Valerio Castiella Zalba. Acabando la calle, en el nº 76,  encontrábamos en 1908  a Diego Miquelez, luego,  desde los años 20,  viuda de Miquelez  con fabrica y venta de chocolate, azucares y ceras. En los años 50,  en esta ubicación,  encontramos a Maria Camino Sarasa Muzquiz, con una mercería que recogía, además,  puntos a las medias. Este local estuvo en manos de la familia Sarasa, comercialmente hablando,  hasta la jubilación de Bakartxo con su tienda boutique Sagardia hace unos pocos años. En los años 30, en el edificio que diseñase, en 1899, Manuel  Martínez de Ubago, en el nº 72, había otra fabrica de chocolate, bujias de esperma, velas y blanqueo de cera a nombre de los hermanos Yarnoz. En los años 50 y 60 aparece como pastelería, confitería y fabricante de velas bajo la razón social  de Herederos de Ramón Yarnoz. Por último,  para acabar el repaso de este lado de la calle no dejaré de mencionar  las fondas u hostales de María Maisterrena en el nº 24, la Bidasotarra (que también explotó Francisco Aguerralde), de  José Echeverría en el nº 34-36, la popular Fonda Aragonesa, y de Rafaela Amostegui en el nº 72.

Nos pasamos al otro lado de la calle, al lado de los impares,  y empezamos,  igualmente, por el comienzo, muy cerca de la plaza del Castillo, plaza que dejaré para la última de las tres entregas de esta serie de Comercios del Viejo Pamplona. Me permitirán una aclaración previa. En el plano de Manuel Ronchel de 1927 el nº 1 de San Nicolás comienza con la calle propiamente dicha y no con las escalerillas, sin embargo en lo años 50 el nº 1 empieza antes, en la esquina de Comedias. Pues bien, en 1908 los dos primeros negocios de los que tenemos referencia son la tienda de chocolate de Manuela Senosiain (con pupilage de caballerías)  y la fonda del botero Babil Landivar en el 5 y en el 7 respectivamente, donde el Otano y el Covirán actual. También en el 7 había un establecimiento de jamones y embutidos. En los años 20, sin embargo en el nº donde hoy está la Heladería Larramendi (ahora es el 3,  antes era el 1) se encontraban la mercería y corsetería con obrador, paquetería y quincalla de Estefanía Amenabar,  (luego Hermanas Amenabar) que hemos conocido en 1908 en el nº 16, al otro lado de la calle, donde El Marrano, además de la zapatería de Carlos Artundo Chavarri que en los 50 se trasladará al nº 9 siendo su titular Josefa Viana, viuda de Artundo.

En los años 30 la mercería de Estefanía Amenábar, ubicada en el nº 1,  vendía confección de señora y tras el matrimonio de una de las hermanas con Guillermo Rothe,  en los años 30,  -que introduce además de confecciones, corbatería y  perfumería-, continuarán,  tras la guerra,  con la corsetería ampliando el negocio al nº 3, de la mano de Estefanía Amenábar y de  Maria del Carmen Rothe Amenábar que continúa, al menos hasta los años 60. Así  aparecen en las guías comerciales de los primeros años 50. En esos años, 50 y 60, en el nº 1 y 3 de la calle aparecía la colchonería de Gabriel Larreta, también vendía tejidos. También en esta época pero en el nº 1 de la escalerillas, donde hoy está el bar Dom Lluis, estaba la sastrería de los Hermanos Palomeque que luego derivó en venta de confecciones. Más adelante abrirían una segunda tienda en Comedias bajo el nombre Marpa (por Martín Palomeque). La familia Martín se introduciría luego en el mundo de la hostelería con la apertura del Dom Lluis, a comienzos de los años 80.

Pero volvamos a los años 30. En estos años  en el nº 3 estaba la barbería de Jesús Gabasi y en los números 7, 13,   27 y 29 (en los años 90 creo que estuvo en el 27 Piccola Moda y en el 29 está desde hace varias décadas Zintos) diversos negocios de cafés tostados al por mayor y menor, a nombre de Zapata y Puy (que se mantiene en los 50), Cafés Iceta y José Alcorta respectivamente, además de otra tienda de frutas y verduras a nombre de Victoria Sagaseta. En los años 50, en el 27 había una tienda de venta de tejidos a nombre de Aurelia García Jimenez. En los años 50, donde hoy está Zintos estaba el ultramarinos  de Severino Azcarate Ansorena y un poco más adelante, en el 31, al lado de la antigua joyería Mateo, -hoy un curioso guardarropía-,  estaba la librería con objetos de escritorio de Antonia Egozcue Urbeltz y en el espacio de la joyería, en el nº 33,  Radio Frías, con Miguel Frías, vendiendo aparatos de radio y luego de televisión al menos en los 50 y 60, y que más tarde encontraremos en Paseo de Sarasate.

Para los años 20 en el nº 5 ya estaba Casa Otano. Este popular establecimiento  fue fundado, en el año 1912 por un vendedor de vinos de Larraga, llamado  Tomás Lino Otano. Lino Otano, empezó en el nº 17 de la Mañueta, con una casa de huéspedes para pasar luego a San Nicolás, con una tasca o casa de comidas complementada con el servicio de fonda, posada o casa de huéspedes. Tras su fallecimiento,  el negocio pasaría  por varias manos, entre ellas las de Severino Larrayoz,  (Sucesor de Otano) y Santiago Echechipia  (Fonda Santiago) su hermano Elías llevaba la casa de comidas,  hasta que en 1929 comenzaron a trabajar en el negocio  Isaac Juanco y su esposa Felisa Galar. Durante un breve intervalo de tiempo, entre 1931 y 1934,   Isaac Juanco debió coger también  un ultramarinos en el nº 3 de la misma calle San Nicolás, quedándose, finalmente, desde 1935, con el servicio de bar (vinos y licores al por menor) y el servicio de restaurante y posada. A Isaac Juanco y su esposa  les seguirían,  en la gestión del negocio,  sus hijos, entre los que destacaría Andrés Juanco, quien,  en los años 50,  conoció a Tere Goñi con la que contrajo matrimonio. Tere será la protagonista del verdadero impulso del negocio. Quedó viuda muy joven, en 1975, a los 38 años, logrando sacar a sus seis hijos adelante, parte de los cuales, Amadeo, Ana y Cristina siguen trabajando en la empresa familiar. En los años 60, en el nº 7 hay constancia en las guías comerciales  de un bar a nombre de Manuel Ochandorena, con futbolines, el Otano no podía ser y el Rio  quedaba muy lejos. ¿Cual podría ser?. Y también en el 7, a la altura del actual Coviran había otra zapatería, ésta de  Tomás Marín.

Volvemos a  comienzos de siglo, en el nº 13 donde hoy está el bar San Nicolás había una tienda de loza entrefina que llevaba Blasa Marqueta,  y al lado estaba  la taberna de Aramendia  que enseguida, pues ya estaba a comienzos de los años 20,   dió lugar a Casa Marcela, por Marcela Elía, Viuda de Iriarte,  con restaurante o casa de comidas y de huéspedes. El negocio con dicha titularidad se mantiene hasta los años 50 en que se hace cargo del negocio  Vicente Saralegui Goicoechea y en los años 60 Anso Eguinoa.  En los años 20, en vez de la tienda de Marqueta había un ultramarinos al detalle, en los 60 una zapatería de Florentina García y en  el nº 15, en donde está el actual bar Río, en los años 20 había una zapatería de Anaut y Compañía (creo que Anaut también tuvo tienda en las calles Comedias y Zapatería) y junto a ella, en el nº 17, había  otra zapatería, a nombre de Antonio Maltrás que continuará en los años 30 bajo la dirección  de Fermín Echarri y que pervivirá hasta los años 50 y 60, por lo menos. Junto a este negocio los propietarios del edificio, los Larrayoz  y más concretamente Fermín Larrayoz Munárriz  regentaba un bar, «El 84» que al menos en los  años 50 y 60 todavía estaba abierto, información  que  Miguel Angel Larrayoz me confirmó hace algún tiempo en un encuentro con él en la calle. En los años 50 ya encontramos en el nº 19 aunque el negocio es muy anterior, por lo menos desde finales de los  30,  a Pescadería  Cipriano de la mano de Cipriano López y luego de su viuda,  y en el primer piso ya estaba en los años 50 el restaurante Vegetariano, de la mano de Julio Jaca Lacunza y que desde hace muchos años regentan con su buen hacer Roberto Monreal y Coro Ciaurriz. En la foto que adjunto al párrafo,  cedida por José Castells Archanco, y que es de 1944 sale el alcalde de Pamplona, entonces, D. Antonio Archanco delante de la pescadería Cipriano, redescubriendo una placa que se colocó en la casa donde nació Sarasate,  con motivo del centenario de su nacimiento. Donde estuvo inicialmente el Rio, en el nº 11 y actualmente se encuentra el Basoko Taberna, estaba la tienda de calzado de Leandro Osta,  que se mantiene en los años 50. El bar Rio se fundó en 1963. Recordamos su origen: hemos visto en al anterior entrada que en  la calle San Gregorio estaba el Bar Orbaiceta, propiedad de la familia Barberena. Había dos hermanos que trabajaban para el padre, uno de ellos se quedó allí en San Gregorio y abrió el Museo y el otro hermano, Joaquín, se vino a la calle San Nicolás y fundó el Río. Joaquín fue el primero en hacer el frito de huevo, luego se lo pasó a su hermano y los dos trabajan el frito del huevo. Así es que el huevo del Rio y del Museo tienen un origen en común. A continuación, a comienzos de siglo, había un par de tabernas, la de Wenceslao Valencia en el nº 23, donde la Casa del Bacalao y la de Narciso Bearan en el 25, negocio hostelero que  continua en la actualidad y que regenta desde hace años la familia Azanza. En el nº 21 estaba la cuchillería de Marcelino Tellería, curiosamente, entonces, con venta de productos al por menor de perfumería.

El origen de Casa Bearan se remonta a 1902, empezando, como otros muchos hosteleros de la época vendiendo vino y aguardiente, osea la típica taberna que derivó en figón con servicio de comidas e incorporó más tarde la fonda para el servicio de huéspedes. En 1921,  Bearan traspasó el  negocio a Agapito Viscarret que mantuvo los usos tradicionales del local: la venta de licores al por menor y el de restaurante para el servicio de comidas. En 1934, cambiaba la titularidad del local, cogiendo las riendas del negocio  Pablo Vallano y en 1935 lo hacía Marcelino Huarte que continuará hasta finales de los años 40. Durante los años 50 y   60 regenta el Bearan Marcos Sanz Zubiría. En el 37 donde después, desde 1922 y hasta 1927, Victoria Seminario abriría la mercería «La Victoria», a primeros de siglo había una tienda de frutas y verduras, la regentaba Isaac Sánchez que luego se trasladó al nº 10 de la calle y justo antes, en el nº 35,  en los años 30, estaba  la carnicería de Borda y Cía y más tarde de Pascual Iriarte Ezcurra que en los años 50  regentará Julio Yoldi Huarte. Tras Victoria Seminario la mercería del nº  37 fue arrendada por Juan Guiu y posteriormente por su viuda hasta 1970 en que se hizo cargo de la tienda  Beatriz Sarasibar Mendive, conociéndose, desde entonces como Mercería Beatriz. En la plaza de San Nicolás había en los años 20, como hoy y en el mismo lugar, una barbería que entonces se llamaba «Barbería Moderna» tal y como aparece en una fotografía de la época. La llevaron en épocas consecutivas Lucio San Martín y Cándido Pemán. En los años 50 y 60 no había menos de media docena de peluquerías en esta calle (Lanas, Arriazu, Echarri, Torres, fueron algunos de sus apellidos). A  lado de la barbería de Pemán, estaba la zapatería de Eusebio Aragón (luego Herederos de Eusebio Aragón) que permaneció hasta bien avanzados los años 60.

Fotos por orden de aparición: Nº 1: calle San Nicolás. Años 70. Sin filiar, Nº 2 y Nº 8: Bar Irañeta y calle San Nicolás. Años 50. Archivo del antiguo bar restaurante Baserri. Nº 3: Fotopostal de A.de León (1900-1920),   Nº 4: Cruce de San Nicolás con Comedias y Pozoblanco. Foto Inge Morath. 1955; Nº 5: Calle San Nicolás. Jesús Martínez Gorraiz. Mediados de los años 40. AMP, Nº 6: Escalerillas de San Nicolás. 1957-60. Ramón Massats, Nº 7: El alcalde de Pamplona, Antonio Archanco,  descubriendo una placa en el centenario de su nacimiento, en la casa que le vió nacer, en el nº 19 de la calle San Nicolás. 1944. Archivo de José Castells Archanco. Nº 9: Fotopostal de Luis García Garrabella (Años 50)

Comercios del Viejo Pamplona: Ciudadela-San Gregorio (1908-1963)

Continuo con esta serie que tantos recuerdos provoca en muchos de los seguidores de este blog. Incluso es frecuente que descendientes de aquellos antiguos comerciantes de entonces reconozcan a su abuelo o bisabuelo en una de las menciones que realizo, al repasar sucintamente el paisaje comercial de las calles del Viejo Pamplona de aquellos años. En esta ocasión, y continuando con el itinerario que hice hace años, repaso los establecimientos que podíamos encontrar en las calles San Gregorio-San Nicolás y Plaza del Castillo entre 1908 y 1963, sin olvidar, como también hiciera en la anterior entrada, mencionar los establecimientos de alguna calle próxima como la calle Ciudadela. No obstante para hacer este itinerario mucho  más digerible, pues es muy extenso, lo dividiré en tres entregas: Ciudadela-San Gregorio, San Nicolás y plaza del Castillo. Aquí va la primera entrega. Una pequeña observación antes de entrar en harina. Al margen de algunos anuncios publicitarios no he podido encontrar  ninguna fotografía antigua de las calle  aquellos años, por lo que les  agradecería cualquier aportación gráfica, en este sentido. Gracias.

Me situaré en la esquina de la calle San Gregorio con San Miguel, un día de diciembre como el día de hoy de 1908,  seguiré por el lado derecho de la calle, los números pares  y luego recorreré  los impares. En aquel tiempo no era una calle nutrida de muchas actividades comerciales como si lo era su vecina San Nicolás. Tras la ferretería de Martín Irigaray, fundada en 1877,  donde estuvo, durante muchos años La Montañesa, venía la guarnicionería de Isaac Escribano que aparecía entonces como Herederos o Sucesores de  Antonio Piqué.  Angel Garatea cogería este negocio, en traspaso, en el año 1910 y vendió,  a partir de 1922,  también alpargatas, trasladándose  más tarde,   al  actual nº 10, donde antaño guardaban las caballerías de los clientes. Todavía  en los años 50 y 60 seguían vendiendo alpargatas y similares lo que en la jerga comercial técnica de entonces llamaban calzado ordinario.  Había varias carbonerías en la calle, en el 22,  a la altura del bar Ona y en el 44, un poco antes del Museo,  a nombre de Bonifacio Aznar y de Arizabala respectivamente. Arizabala tenía, además, una taberna en esa misma ubicación y entre medias estaba el latonero Fernández, en el nº 38, cerca del actual Kaixo. Casi al final de la calle, en este mismo lado, en el nº 48, donde está el Museo  había entonces una  taberna a nombre de un tal Echalecu que posteriormente se ampliaría  con una posada dirigida por Francisco Alzueta. En los años 50 el negocio lo regentaba Lucio Arizcuren, y posteriormente  Francisco Barberena, aunque entonces no se llamaba Museo sino bar Orbaiceta. Luego venía,  en los años 60,  la carnicería de Joaquina Redín, donde luego estuviese años más tarde, hasta finales de siglo por lo menos,  la carnicería Abinzano. A principios de siglo, en el nº 58 estaba la posada de Evaristo Archanco y en el nº 60, había otra taberna que, sin embargo, en los años 30, trocará en tienda de coloniales con abacería de la mano de Casimiro Armendáriz hasta su relevo en los 50 por  Inés Iriarte. Como en todas las calles del Casco la numeración variaría con los años. En los años 20, tras la guarnicionería de Garatea estaba la churrería de Angela Arribas y en el nº 26, donde hoy está Gloria Bendita,  se encontraba Isaac Fuentes, representante de Casa Zubiaur, representante en Pamplona de Bilbao Calefacciones. De Garatea e Isaac Fuentes les dejo un par de anuncios.

En los números 30 y  32, un poco antes del bar Kaixo, estaban el bar o taberna de Silvestra Ramirez y a continuación la tienda de vinos y licores propiamente dicha. Esto era muy frecuente, la venta al detalle y la venta para el consumo en el local. En los años 50, en esa ubicación, estaba la lechería de Javier Elso Tartas que luego cogerían  José Luis y Jesús Martínez, y en el actual Kaixo, estaba el bar La Concha que llevaba entonces  Antonio Gil Igea y en los años 60 José Betelu. Ya desde  aquellos años el bar  contaba con futbolines. Otro Betelu, Dionisio,  regentaba en los años 60 la fonda La Montañesa, al principio de la calle, en el nº 2, antes de él,  el bar, creo que se llamaba Kaiku y  lo dirigía  José Santesteban y la fonda,  Mercedes Ferreras. En el nº 42, estaba el fontanero, hojalatero y vidriero José Cestau Lizasoain con negocio de venta e instalación de sanitarios,  y junto a él, había  un negocio de alquiler de bicicletas. En los años 30, donde hoy estaba y está,  desde los años 50 o 60,  la peluquería Garciandía ya había una barbería, la de Galo García. En los años 50, en el nº 12 encontramos ya a Casa García de García e  Ibañez con taberna o figón y fonda o posada. A José  Ibañez le encontramos, años más tarde, al  cargo del bar donde está el actual Ona. En los años 30, en el nº 4, encontramos la funeraria de Joaquín Ortigosa, una de las familias fundadoras del Tanatorio Irache, empresa a la que ya me referí en la entrada anterior de San Antón,  que estuvo en este lugar durante más de 40 años. Algún negocio de venta de carbón y leña (el de Gregorio Arruiz Otermin), en el nº 26,  y algún ultramarinos (el de Clemente Ibero), en el nº 50,  completan este rápido repaso de este lado derecho de la calle San Gregorio.

Pasamos de este lado de la calle San Gregorio a la calle Ciudadela, pero comenzamos casi en su cruce con San Antón, pues la numeración empieza allí. Allá donde hasta hace unos años estaba la farmacia Roitegui había en 1908 una herrería, la de José Monje,  donde el bar Ciudadela estaba la  abacería de Agustín Torres que en los años 20, pasa a manos de Dionisio García y posteriormente a su hija Petra. A continuación, en los bajos de lo que después sería sede la Caja Rural, el negocio de papeles pintados de Isaac y Macías y la  barbería de Julio Martínez y al final de la calle, donde el antiguo bar Anaitasuna, un negocio  de sobres y papelería (el de Miguel Apesteguía) y la guarnicionería de Antonio Salavera. En la segunda década del siglo,  se asentaría en el nº 5 la Federación Católico Social, germen del actual grupo Caja Rural, con entrada-salida también por San Antón como vimos en la anterior entrada. Allí también estaba la imprenta La Acción Social. En los años 30, en el nº 7 de Ciudadela,  ya estaba,  como ahora, el  estanco, entonces de Encarnación Arostegui que pasaría luego a Jesusa Arostegui.  En el nº 9-11 estaba, desde comienzos del siglo, Miguel Aldaz Orquín con su negocio de venta de vinos y licores, luego desde los años 30 sería también bar o  taberna. En los años 30 en esta calle se encontraban la Industrial Sanguesina, en el nº 11, la Hidráulica Moncayo, en el nº 13, y  también en el 13, pero en el bajo,  el bar Ginés donde posteriormente se instalaría el Bar Anaitasuna (en los años 50 regentaba  este negocio  José Ancizu Eguaras)  y en el nº 15 tenía sus oficinas la conocida empresa Múgica y  Arellano, las tuvo allí, al menos,  hasta los años 60. En los años 50, en el nº 1  aparece la farmacia de Juan Azqueta y a continuación la droguería-perfumería de Emiliano Blasco. En una de las fotos, de Gerardo Zaragüeta (IPV) que encabeza la entrada aparece esta calle, en los años 40, con una cola de personas,  era la época del racionamiento, antes las puertas de la Industrial Sanguesina. En la foto se observa también tanto el estanco citado como la primitiva sede de Caja Rural.

Volvemos al cruce de la calle San Gregorio y San Miguel y recorremos el lado izquierdo. Tras el negocio de venta de vinos y licores regentado por Miguel y luego Aniceto Muniain estaban, en 1908, en el nº 3 las abacerías de Francisco Nuin, que tenía también una posada,  y la de Herederos o Hijos de Larrayoz,  que también fabricaba velas de sebo. A Nuin le sustituirá en los años 30 Indalecio Goñi, con ultramarinos y coloniales que se mantuvo hasta los años 60. En  ese local  se instalaría, a finales de los años 70,  la librería Auzolan.   En el nº 21 de la calle, donde estuvo el bar Ganuza ya había, en los años 30, una taberna que regentaba Domingo Ugalde. En este lado de la calle tenemos serios problemas para recordar y ubicar los antiguos negocios y lo haré muy parcialmente ya que se han derribado a lo largo de las últimas décadas,  bastantes edificios que tenían  su fachada principal en el Paseo de Sarasate. En los años 50, en el nº 7 había una taberna  a nombre de Andrés Izal Tanco, que luego llevaría Manuel Ochandorena ¿sería el Bar Norte?. Tenía también  futbolines.  En el nº 9, cerca del desaparecido bar El Caserío que regentaba por aquel entonces Modesto Arrasate y luego Rafael Erice Zabalza, por cierto que  tenía otro bar en el nº 47 de la calle Nueva, estaba la armería de Felipe Leoz y antes de llegar al Bar Sangüesa de Luis Goñi y al bar  Ganuza de Victorino Ganuza Azanza (que también explotaba una churrería)  estaban la tienda de coloniales y encurtidos de Pedro Uruñuela, en el nº 13, la droguería-perfumería de Julio Aliaga, en el nº 15  y  el ultramarinos de Felisa Cía Lacunza. Parece que antes de hacerse cargo del Baserri, José Luis Flor, padre de Chelo Flor,  dueña de las perfumerías Larvier, de San Nicolás,  y Aladinos, de Chapitela,  llevó durante algún tiempo el bar El Caserío.  Entre el bar Ganuza  y el Euskalduna de Juan Pedro Urbeltz, luego Arizona y hoy San Gregorio, estaba la lechería de Luis Ancizu y Juliana Iraizoz y la pescadería de Angel Sarasa. A Juan Pedro Urbeltz le sustituyó en la dirección de lo que había sido el Euskalduna, Brigida Erro. Corrían los años 60. Poco tiempo después se derribaría el último edificio de la calle, la casa Alzugaray, que vemos en una foto de de esta entrada de José Gallo de 1965.

Fotos por orden de aparición: Nº 1: Plaza de San Nicolás. Julio Cia. 1948. AMP; Nº 2: Calle Ciudadela, antigua sede de la Caja Rural de Navarra. Nº 3: Calle Navas de Tolosa y Casa Alzugaray, Javier Gallo. 1965. Nº 4: Sucursal de Aldaz Hermanos, antiguo Bar El Espejo. Colección Arazuri. AMP. 

Comercios del Viejo Pamplona: De Mártires de Cirauqui a San Antón (1908-1963)

Recupero una serie en la que hace mucho tiempo no había trabajado y es la de «Comercios del Viejo de Pamplona» pero en vez de gremios, como he hecho últimamente, volveré a  revisar los comercios por calles y siguiendo un criterio cronológico, esto desde principios de siglo hasta 1963. En esta ocasión le toca el turno a la calle San Antón. Aprovecharé también para hablar de los comercios de la plaza del Consejo. La calle San Antón fue llamada Mártires de Cirauqui entre 1873 y 1900 y de 1903 a 1936. No fue la primera ni la única calle que tuvo nombres relacionadas con la última guerra carlista, ahí están los casos de Héroes de Estella por Chapitela, General Moriones por Pozoblanco o Dos de Febrero por Comedias por citar unos ejemplos. Desde 1937 y por acuerdo de pleno municipal volvió   a recuperar el nombre de San Antón que había tenido antes de 1873. Como en otras ocasiones, nos situaremos en un imaginario día de diciembre 1908, en la esquina de la calle con la plaza del Consejo, empezando por los números pares. Como en otras entradas de la serie recordaré que los números más antiguos no tienen porque coincidir con los de años posteriores y mucho menos con los actuales pero intentaré, en la medida de lo posible dar siempre una referencia.

Me colocaré, en el lado derecho de la calle, empezando por los pares,  donde ahora hay una tienda de ropa llamada «Boutique Bukle» a punto de cerrar, en la esquina de San Antón con la plaza del Consejo. En los años 30 en el nº 2 de esta plaza  estaba Arizmendi y Compañía con  la pañería «La Innovación» (pañería, confección y novedades para señoras), años después, en los años 50  Sebastián Ferraz y Hnos abrirían Almacenes Ferraz en el nº 1 y 2 de la plaza con venta al por mayor y menor de tejidos, que también incluyo, por cercanía, dentro de este itinerario comercial de la calle San Antón. Ferraz tenía también un almacén-tienda en el nº 38 de la calle Mayor y otra segunda sucursal en el nº 6 de la calle Estella. Pues bien,  en 1908, en esa esquina de la plaza con la calle Mártires de Cirauqui había una tienda de sombreros  que arreglaba también máquinas de coser a nombre de Manuel Comes, actividad que continuará  a comienzos de los años 20, luego venía la carbonería primero de José Ansa y luego de Julián Itúrbide que seguirá  hasta los años 30.  Donde hoy se encuentra «Calza Perfect», aqui, en los años 50,  había un negocio de calefacciones a nombre de Aquilino Arteaga aunque por el anuncio de la entrada vemos que también tocaba otros ámbitos (campanas criadoras, comederos y bebederos) y en los 60 la agencia de viajes Ultramar Express. Dejando a un lado  la Casa Museo de Fermín Echauri en las siguientes bajeras había un par de tiendas de coloniales, -la de Armendáriz que en los años 20 ocupa la Viuda de Irujo y la de Fermín Subiza. El negocio de coloniales de Subiza lo cogería en los años 20 la Viuda de Galán, de la que hablaré después. La tienda de Irujo tuvo su importancia ya que ocupaba los números 8 y 10, donde estaban antiguamente los talleres de Cáritas  y en los años 30 además de coloniales se dedicaba también a los cafés tostados al por mayor y la fabricación de pastas alimenticias,  -como se ve en los dos anuncios publicitarios adjuntos a este párrafo-,   el blanqueo de cera, la venta de cerillas al por mayor, y las semillas. La fabrica de pastas para sopa se trasladaría años más tarde a una instalación en la avenida de Guipúzcoa.  En los años 50  el negocio estaba a nombre de Maravillas González Tablas. Este apellido y el de Irujo han aparecido en otras ocasiones vinculados a otros negocios comerciales de la ciudad. Junto a ella en los años 30 se ubicaba Ignacio Soria, instalador y vendedor de componentes de electricidad que continuaba en el lugar a mediados de los años 60.

A continuación del local de  la viuda de Irujo, al final de  los años 20, como he dicho,  se encontraba la tienda de Viuda de Galán con venta de aceite, coloniales, fábrica de chorizos y cafés tostados al por menor,  que continuará bajo la dirección de  Luis Galán en los años 50 y que en los 60 dará paso a la tienda de tejidos de Arsenio Fernández. A partir de ese momento creo que  hasta ahora que lo ocupa la franquicia de productos ecológicos y naturales «La ventana natural» el destino comercial fue el del equipamiento personal, ropa o calzado. Allí he conocido, desde los años 70 y 80,  las tiendas de Sayoa, de Miguel Ángel García Falces con su «impresionante» humanidad, «Machin» y «Paso Cómodo». Más adelante, en el nº 14, en esta misma década de los 20 estaba la carnicería de Anacleto Goñi, donde hoy está la perfumería y negocio de pelucas Pascual (este negocio de Feliciano Pascual surge, como droguería y perfumería,  después de la guerra). En el lugar donde hasta hace poco estuvo la joyería Mendihur estaba, en los años 50, el zapatero Cesareo Esparza, poco tiempo después Félix Mendivil ponía allí su negocio de bisutería. Al final de este primer tramo, antes de la belena de San Miguel, en 1908, estaba la barbería de Manuel Flor. En este número,  en los años 20 se instalaba Joaquín Arrastia con su carnicería que mantendría hasta los años 60, si bien en esta época tardía no la encontramos aquí sino en el nº 38. También tuvo otros despachos de carne en el nº 4 de Estafeta y el 51 de la calle Mayor. En los años 50, pasada la belena,  en el nº 20, donde luego estuvo la tienda de fotografía de Bozano estaba la tienda de comestibles y fabrica de chocolate, velas y bujías de Pedro Baquedano y junto a ella, en una tienda más chiquita, donde hoy está Guapas estaba la tienda de comestibles de Justo Maganto hasta los años 60. En estos años 60 la tienda de Baquedano aparecía no en el 20 sino  en el  30.

En el segundo tramo de la calle, en los años 20 y en el nº 24 Justo Jaso regentaba una tienda de frutas y verduras y en los años 30 Silvestre Larumbe una tienda de coloniales;  en 1908 en el nº 30 estaba la carnicería de Rosa Erro y en los 30  Bruno Arbilla hasta los años 50, luego la quesería de Victoriano Saralegui (con su Mantequería Baserri de la que hablaré más tarde),  y en los años 20-30, en el nº 32 la zapatería de Antón y Egaña, que continuaba en los 50 bajo el nombre de Vda de Miguel Antón;  en los años 60 su lugar lo ocuparía la pescadería de Miguel Gil;  luego en los años 30 en el nº 34 se instaló Juan Erroz con un taller de fontanería, sanitarios, hojalatería y lampistería que yo he visto abierto hasta hace cerca de 10 años y  un bar a nombre de Sofronio Borda que tenía también un taller de carpintería en el nº 4 de padre Calatayud (de ambos, erroz y Borda,  dejo un par de anuncios aquí al lado). Este negocio en los años 50 dio paso tras la guerra a Casa Torrubia, de Jovito Torrubia Pueyo, con platería, bisutería, relojería, quincallería y bazar; en 1908, en el nº 36 había un colegio, sin internos, de Genoveva Martínez, en el 38 la mercería de Macua y Górriz (en los años 30, que posteriormente será sólo de Emeteria Gorriz)) y en el nº 40, un poco antes de La Golosina, la posada o casa de viajeros de Lorenzo Tiberio. Tras la Golosina, en los años 30 y en el nº 44, había otra tienda de coloniales, ésta de Félix Corral y en los años 50 de Valerio Leache. En los años 60, su lugar es ocupado por Electricidad Osinaga, de José Mª Osinaga,  con venta e instalaciones de material eléctrico. Esta también le he conocido abierta hasta finales de siglo, al menos. Donde estaba «La Taberna de San Antón» a comienzos de los años 60, el bar era regentado por José María Areta. Posteriormente, en el nº 46,  venía la taberna, -vendía vinos por decalitros-, de Francisco Navarlaz,   que posteriormente veremos también en la calle San Nicolás, esto en 1908 porque, posteriormente,  en los años 30 y siguientes estuvo el latonero y reparador de todo tipos de instrumentos musicales, Eustaquio Fernández, del cual les también un anuncio.

En el nº 48, donde hoy se encuentra el restaurante «Anttonenea» se encontraba,  en los años 30, la casa de comida y taberna de Pedro Irurita y junto a él había un latonero y, en los años 50, ahí estaba el bar taberna o  figón de Juan Ayerra que, en los 60, regenta Fermín Viniegras, con mesa de futbolines incluída. A continuación estaba la posada de Silvestre Latiegui que, años más tarde, albergará en sus bajos, la guarnicionería de Feliciano Barasoain que continuaba en los años 30 y de la que adjunto un anuncio publicitario. En el edificio donde hoy está Baños Lecar, con pensión y restaurante,  estaba la fonda «La Bilbaína» de Cecilio Jaso, que continuará a lo largo de las siguientes décadas, bajo la dirección de Flor Jaso, y a continuación, donde estuvo Mendi Kirolak, la zapatería de Francisco Moya. Más adelante había otras carbonerías, la de Fermín Juango al que sustituye luego Bonifacio Aguado, Enrique Saraldi, y otros, y, en los últimos números de la calle, diversos negocios  relacionados con los abonos, la construcción y la agricultura. En los años 20, en el nº 66, encontrábamos la abacería de Nicolás Charroalde y al final de la calle, en el nº 72 había otra posada, la de Mariano Aznar. En los años 30, en los últimos números, entre el 64 y el 72  estaban  la carpintería mecánica de Santiago Navaz, la posada de Antonio Ciriza y el taller de tapicería  y ebanistería de Francisco Larumbe. En los años 50, entre los números 56, poco después de donde está Lecar y el nº 66 estaban la zapatería de Pilar Colas, con venta de calzado ordinario, la lechería de Amador Errasti, la peluquería y barbería de Manuel Amilo Carasusan, el carbonero Vicente Churrío, sustituido luego por Alfonso Echeverría,  y la tienda de comestibles de Antonio Ibero que continuaba en los 60. Muebles Andueza y Zozaya aparece en el nº 70 de San Antón, al menos desde los inicios de los años 60. En los primeros pisos abundaban, en aquellos años, las fondas o posadas, sastrerías y peluquerías de señora.

Pasamos al otro lado de la calle,  a su lado izquierdo, y revisamos quien fue ocupando los números impares, igualmente desde el año 1908 hasta 1963. En 1908, los primeros números de los que tenemos referencia empiezan en el nº 5 de la calle, -es mejor no comparar con la numeración actual ya que seguro que muchos  no casarían-. En el nº 5,  que luego uno de ellos será el nº 3, estaban la fabrica de vinos de Cleofé Sarasa y la fábrica de tocinos, jamones y chorizos de Artazcoz que continuará durante los años 20 y 30.  La fábrica de vinos pasará, en 1921, a manos de los hermanos Taberna (Patricio y Victoriano) que continuarían en el lugar hasta finales del siglo;   en la de tocinos y jamones Artazcoz yo me acuerdo, desde niño, que ahí estaba una de las tiendas de Charcutería Itarte y es que en los años 50 ya se encontraba en este local Juana Lacunza, Viuda de Itarte,  y luego su hijo Félix. En el nº 7, donde ahora hay un aparcamiento de bicicletas municipal,  estaba la hojalatería de Sabas Tornero, luego Sucesores de Tornero, desde principios de siglo hasta  bien avanzados los años 60. En los años 20, en el nº 1,  estaban la zapatería de Valeriana Garriz y hermanas, que vemos en la segunda  fotografía de esta entrada y la librería papelería de Emilio García Enciso que, posteriormente, se trasladaría al nº 14 de la avenida de San Ignacio. Más tarde en el tiempo,  en su lugar se ubicaría,  durante varias décadas, Casa Erviti que vendía máquinas de coser y cogía puntos  a las medias. Lo estuvo hasta diciembre de 1960 en que Marcial Martinez y su tio abrieron Almacenes Numancia, que permanece abierto en la actualidad. Cerca de Droguería López se encontraba la fábrica y tienda de chocolate de Ramón Yarnoz que trasladó luego a San Miguel, 2. En la esquina de San Antón y San Miguel había, en los años 30,   un zapatero de apellido Alvira. En los 50, en este lugar estaba Mercedes Astiz Oroquieta, con venta de calzado fino y, en los 60, Ricardo Galbete, con el mismo tipo de género.

En el nº 19 de la calle, donde hoy está panadería Arrasate, estaba a comienzos de siglo Veramendi y Vda de Echarri, herreros, almacenistas de hierros, fabricantes de camas, almacenistas de carbón que continúan en el lugar hasta 1937 que es cuando Ambrosio Arrasate Beunza funda la panadería- pastelería Arrasate, entonces era el nº 23. Hablaré un poquito de esta empresa. Fue en 1850 fue cuando Antonio Echarri, natural de Arruiz, se decidió a abrir un pequeño almacén de hierros en la calle San Antón.  En 1871, tras unos años  en solitario, formó sociedad con Juan Veramendi. Tras la muerte de su fundador se creó una nueva sociedad entre su viuda Antonia Erviti y Juan Veramendi, siendo designado como Gerente Pedro Echarri Erviti, hijo del fundador y Antonia Erviti. Posteriormente, agotado el tiempo de duración de la sociedad, fue Pedro Echarri quien adquirió completamente la propiedad del negocio y continuó con su gestión, tal  y como venía haciendo desde tiempo atrás. Tras su época de gestión fue su yerno Tomás Aldaz Mina quien se hizo  cargo de la empresa hasta el año 1971. Fue entonces cuando adoptaron su actual forma jurídica de Sociedad Anónima, con la razón de Aldaz Echarri S. A., tomando control la cuarta generación de una empresa netamente familiar. En 1997 la compañía abandonó el casco urbano, -yo recuerdo una nave de Aldaz Echarri en Marcelo Celayeta, antes de llegar a Matesa-,  y se trasladaron a tres naves industriales en el polígono Areta de Huarte.

Antes de Arrasate, en los años 30, se encontraba la alpargatería de Anastasio Velaz que continuó hasta los años 50. Donde hoy está la carnicería Javier (nº 27) estaba,  a principios de siglo,  la taberna de Martín Ucarré y en el supermercado actual (nº 29) otra tienda de tocinos, embutidos y jamones primero a nombre de José Agesta, luego de Leandro Fernández y en los años 30 una alpargatería de Sebastián Erviti,  junto a la tienda de coloniales de Facundo Setuain. En el primer piso,  la posada de Viuda de Sesma. Después de la guerra,  en el nº 29 se instaló la agencia de pompas fúnebres de Eugenio Azcona Rayo, quien junto a Joaquín Ortigosa (San Gregorio, 4), Angel Ardaiz (Jarauta, 62) y Regino Unzué (Zapatería, 58) fundaron,  a mediados de los años 70,    el Tanatorio Irache, -hubo un tiempo en que en la publicidad, recuerdo yo,  se citaban los nombres de las familias fundadoras: tanatorio de Ardáiz, Azcona, Ortigosa y Unzué-. El primer servicio que Tanatorios Irache realizó tuvo lugar el 2 de noviembre de 1976, tres días después de su inauguración. Se trataba del primer tanatorio de nuestra comunidad y el décimo que se construía en España. Fueron, por lo tanto, pioneros en su sector. Antes de la agencia funeraria en el nº 27 estaba la tienda de muebles de  Federico Azcona. En los años 60, en el mencionado  27 se hallaba la colchonería de Carlos Latasa

En los años 30, en el nº 31,  donde a finales de siglo o principios de este estuvo una tienda de zapatos para jóvenes: Good, estaba el cestero Francisco Iriarte y luego la tienda de  ultramarinos de Sabina Villanueva.  En los años 20, donde hoy  está la joyería-relojería Larrayoz,  teníamos la pescadería de Eulalia Jaunsaras y posteriormente una tienda de comestibles dirigida por Fructuoso Royo que permaneció hasta los años 60,  luego la carpintería de Florentino Daroca y un poco más adelante, en el nº  39, antes de Olleros, la posada de José Sesma. Por cierto antes de trasladarse al 33-35 Larrayoz estuvo en el otro lado de la calle, en el nº 34 desde el año 1952 o 53. En los primeros años 50 en el 37 estaba la lechería de Victoriano Saralegui, el mismo que, como he citado tenía una quesería en el otro lado de la calle. De estos pequeños negocios conocidos bajo el nombre de Baserri saldría lo que hoy conocemos como Goshua. Procedentes de Lizaso, en el valle de la Ulzama,  Victoriano y su esposa Lourdes Satustegui, que vemos en la fotografía adjunta, sacaron adelante la mantequería en el nº 28 y la lechería en el nº 37 de la calle San Antón, vendiendo todo tipo de productos lácteos: leche, mantequilla, quesos, etc. Empezaron a trabajar con los mejores establecimientos de  hostelería sobre todo a través de sus famosas y míticas cuajadas,  con su inconfundible recipiente de barro.  En los años 60 Baserri concentró su actividad en los números 28-30 de la calle y el local del nº 37 lo ocupó un negocio de encurtidos a nombre de Felicísimo Rey.

En los años 50 y 60  entre lo que hoy es Olleros y era la Cristalería For, hoy una tienda más del 365, se encontraban la panadería de Iribarren y Aznar, (Aznar, el de piensos Sanders tenía su molino de piensos en Echavacoiz, como vemos en el anuncio de la página), la mercería de Eustaquio Luna, luego de Ismael Sierra,  donde antes estuvo la carpintería mecánica de Azcona y la carbonería Viuda de Igoa. A continuación  venían el ebanista y vendedor de muebles Isidro Astiz y luego la pescadería de Félix Sarasibar Vidaurre. He citado a Cristalería For. Cristaleria For se fundó el 25 de febrero de 1955 e inició su actividad como fabricante de espejos en esta calle, trasladando su actividad productiva  a Landaben en el año 1970. En el año 2002  trasladaban también sus oficinas y su espacio de exposición a Landaben. Junto a For estaba el fontanero Rafael Erice.  A primeros de siglo, en el nº 55 trabajaba el ebanista y tapicero Félix Pérez, -más tarde una hojalatería-, la de Venancio Erice que sigue en los años 30 y a continuación, donde Kotonalia,  la abacería de Justa Eraña. Posteriormente donde la pescadería Lourdes estaba la guarnicionería de Lázaro Álvarez que permaneció en el lugar desde los años 30 hasta los 50 y 60. En el nº 65,  donde hoy hay un almacén logístico de Oraintxe,  estaba Balbina Martínez,  con su negocio de frutas y verduras. Al final de la calle, en los números 67 y 69, donde estuvo el bar Zuhaitza y, desde la segunda década de siglo, la Federación Católica Social de Navarra, germen de las cajas rurales, estuvieron la posada de la Viuda de Peralta, -que más tarde llevaría Ana Mina-, un negocio de pupilage de caballerías a cargo de Sotero Iribarren y la taberna de Domingo Ojer. En los años 50 , en este último tramo, donde ha habido siempre una galería de arte, la última creo que de Michel Menéndez, estaba la fábrica de calzado de goma de Benigno Turrillas y Jiménez, a continuación la fábrica de embutidos y tocinos de Isidoro Imizcoz, (luego Micaela Huarte) y la tienda de comestibles de Felisa Oses. Muy al final, antes de llegar a la farmacia de Ciudadela estaba la carpintería de Manuel Clemente. Hoy en día, muchos de esos locales siguen cerrados después de muchos años. Una pena.

Fotos por orden de aparición: Nº2: Calle de San Antón. Mayo de 1953. Foto J.J Arazuri. Pamplona, calles y barrios. Colección Arazuri. AMP. Nº 7: zapatería de Valeriana Gárriz y Hermanas. 1919. Pamplona, calles y barrios; Nº 13: pedregada en la calle de San Antón. 12 de julio de 1932. Foto Galle. Pamplona, calles y barrios. , Nº 14. Foto de la calle San Antón. 1997. Archivo Asociación Casco Antiguo, Nº 17: Foto de la calle San Antón. 1997. Archivo Asociación Casco Antiguo, Nº 18: Foto de Goshua. https://goshua.com/es/magazine/el-origen-de-goshua y Nº 21: foto de Cristalería For. http://www.cristalfor.com/empresa/

Aquellas boticas de antaño (1863-1963)

La palabra farmacia se deriva del griego «pharmakon» (remedio). La palabra botica viene del griego «apotheka» que significa bodega, almacén, tienda (tienda donde se expenden y comercializan  productos medicinales y también el lugar donde se producen remedios o medicamentos). Curiosamente, del mismo término, se derivan las palabras «boutique» y «botiquín». Desde los orígenes de la humanidad siempre ha existido el natural deseo de curar las enfermedades y de evitar o retrasar la llegada de la muerte. Antes de la aparición de los actuales medicamentos, fruto de avanzados procesos industriales, se utilizaban los remedios que la naturaleza ofrecía; en los tiempos más primitivos combinados con ritos religiosos y mágicos. Posteriormente, en las civilizaciones antiguas, como la egipcia, se utilizaban con todo tipo de aplicaciones  y sistemas de administración (oral, colirio, rectal, etc). Galeno, un griego que vivió en la época romana hablaba de la importancia de la posología (cantidad), de la forma de administración y de la duración del tratamiento pues ningún fármaco o remedio, ya sea natural o sintético, es inocuo.

En el siglo XV, con la imprenta,  se editaron los primeros libros impresos, con todas las fórmulas curativas conocidas hasta entonces.  En el siglo XVII y XVIII se estudió  de forma especial y minuciosa la botánica, base de la farmacopea. En el siglo XIX se avanzó en el conocimiento de la química y se profundizó en el conocimiento de los principios activos de las plantas. Con el siglo XX se comenzaron a producir fármacos de origen sintético en un proceso de fabricación industrial. Y cuento todo esto para explicar cuan  diferente era el papel de los farmacéuticos a mediados o finales del siglo XIX y en la actualidad. Antaño casi todos elaboraban sus fórmulas magistrales y sus preparados en las farmacias, hoy la mayoría son, en este ámbito, únicamente dispensadores de medicamentos en la cadena de distribución farmacéutica, además, por supuesto de tocar otros muchos campos: dermoestética, higiene personal, etc. Eso, si, antes como ahora, sus valiosos consejos y el conocimiento de los productos que venden se me antoja fundamental para todos nosotros, potenciales clientes que somos  de las farmacias en muchos momentos de nuestra existencia diaria. Y es que quien, en un momento dado, no ha pedido consejo a su farmacéutico, por ejemplo, con algún catarro o una afección menor.

A lo largo de esta entrada podemos encontrar una amplísima selección de fotografías, donde vemos desde  algunos productos fabricados por nuestros antiguos boticarios, pasando por una vasta selección de antiguos medicamentos, casi todos pertenecientes  al período 1913-1953,  aunque también hay algunos de años anteriores, y que proceden, la mayoría, del banco de imagenes de la Real Academia Nacional de Medicina de España. Si analizamos detenidamente uno por uno los componentes de buena parte de muchos de esos antiguos medicamentos de la primera mitad del siglo XX,  nos llaman la atención dos aspectos:  que muchos de sus componentes eran extractos de plantas y que había un gran número de laboratorios locales o provinciales, frente a la casi exclusiva existencia actual de compuestos sintéticos y al monopolio de las grandes corporaciones farmacéuticas nacionales e internacionales. Hoy parece que desde la medicina oficial  se mira con desconfianza todo lo que aparece bajo la denominación de medicina natural. Sin embargo la historia farmacéutica nos enseña como no hace tanto tiempo,  la farmacopea  se basaba, en buena medida, en las plantas y la galénica era una disciplina  estudiada en la carrera farmacéutica y cultivada  por muchos de nuestros sabios y habilidosos boticarios. Ah, pero los tiempos cambian. De ello dan fé también las páginas de revistas y periódicos y los anuncios sobre aquellos antiguos remedios y medicamentos, algunos de los cuales vemos aquí, tan diferentes de los actuales.

En el año 1863, había en la ciudad de Pamplona media docena de boticas, algunas de ellas también eran droguerías. Entre esas primer boticas podíamos encontrar la de Javier Blasco, en el nº 22 de la calle Zapatería; la de Teodoro Inda en Estafeta, 18; la de Fernando Borra Tarazona, en Nueva, 2 (actual farmacia Maeztu); la de Manuel Esparza en Zapatería, 35; la señora Viuda de Jadraque en Bolserías, 18, (luego San Saturnino), donde hoy está la farmacia Sánchez Ostiz y  la de la señora Viuda de Landa en Chapitela, 15. La que sería posteriormente farmacia  Sánchez Azcona pasa no obstante por ser la más antigua de la ciudad, pues un rótulo en su interior indica que fue el año 1845 la fecha de su fundación. Además de farmacias  también eran droguerías las citadas de Viuda de Landa  y la de Manuel Esparza.

Era muy común, a principios del siglo XX,  ver juntas, en muchos establecimientos,  las actividades de Farmacia y Droguería.  Aquellas boticas de entonces eran una especie de colmados donde se vendía de todo y donde convivían, la parte vinculada a la elaboración artesanal  de fórmulas magistrales que curaban todo tipo de dolores y afecciones y la parte de droguería, que como su mismo nombre indica, aludía a la expedición o venta de drogas y de determinadas sustancias y productos químicos. Con el tiempo las boticas se especializaron en los preparados medicinales, mientras que las droguerías se especializaron en vender productos químicos, pinturas, cosmética y posteriormente productos de limpieza y perfumería.

En 1879 a Javier Blasco le había sustituido su hijo Agustín y continuaban Fernando Borra, -que ese año solicitaba al Ayuntamiento permiso para erigir la fachada actual- y Manuel Esparza, además de Ramón Aramburu, Juan Mª Cordoba, Rodrigo Erice, Manuel Lizarraga y Urrutia, (de los que intentaré descubrir donde tuvieron  sus despachos de farmacia; puede que en Chapitela y/o Estafeta). En Bolserías, 7 estaba Matías Colmenares, luego Valencia y Colmenares (hoy ahí está el establecimiento «10.000 pasos»); Manuel Mercader había abierto una farmacia en Mercaderes, 18, en 1873, antes de abrir la de la calle Curia (actual Farmacia Garate),  y en 1880 a las citadas se sumaba la de Negrillos en el nº 59 de la calle Mayor. En 1883, donde estaba la Viuda de Jadraque, en las escalerillas de San Saturnino,  estaba Nicasio Iribarren  y en 1888 se instalaron  Miguel Martínez de la Peña, en el nº 10 de Chapitela y Felipe Irurita,  en el nº 28 de la calle San Nicolás.

En 1894,  Abundio Irisarri abría una botica en Chapitela, 22 (actual Farmacia Gabas), al que seguiría, por largos años, desde 1913,  Manuel González Boza (esta farmacia ha estado, durante muchas décadas, vinculada a la misma familia); Joaquín Aguinaga, en 1888, abría su farmacia en el nº 25 de la calle Zapatería (también y salvo algún período de regencia, siempre, desde su fundación, ha estado en manos de la familia Aguinaga, desde el bisabuelo Joaquín al bisnieto Roberto pasando por Justo y Joaquín aunque inicialmente apareciera como Sucesores de Esparza); continuaban Nicasio Iribarren, Felipe Irurita,  Miguel Martínez de la Peña, Manuel Mercader, Manuel Negrillos y Javier Valencia. A Borra le había sustituido, a partir de 1888, Valentín Marquina que conduciría la farmacia hasta 1920. Eran también droguerías la de Agustín Blasco que, luego a partir de 1900, será Viuda de Blasco, Negrillos, Marquina  y Valencia y Colmenares, luego sólo Valencia. Como en otros muchos establecimientos comerciales del casco viejo, era muy común que el propio farmacéutico o boticario viviese encima de la tienda, generalmente en el primer piso, teniendo acceso directo a ella. Estos  fueron los casos de  Aguinaga, Mercader, Sánchez Azcona, que yo sepa, al menos. Cuatro han sido fundamentalmente los locales de farmacias que han mantenido su apariencia original: la antigua farmacia Borra (actual Maeztu), la antigua farmacia Blasco (actual pastelería Tentacelia), la farmacia Aguinaga, y la farmacia Sánchez Azcona (actual «10.000 pasos» que  fue farmacia hasta finales de los años 90 (1997)).

En el siglo XIX se había comenzado a regular la profesión, concretamente, en el año 1898 se obligó a la colegiación para la práctica de la medicina y la farmacia. Sin embargo, en 1904  la Instrucción General de Sanidad estableció que la colegiación fuera voluntaria y no fue hasta 1917 cuando se volvió a establecer la obligatoriedad de colegiarse. Anteriormente en Navarra había funcionado el Real Colegio de Medicina, Cirugía y Farmacia, creado por las Cortes de Navarra en 1828, que dejó de funcionar en 1840.  En 1845 se creaban las primeras facultades de Farmacia en España. El Colegio Oficial de Farmacéuticos de Navarra se fundó el 8 de agosto de 1899, constituyéndose la primera junta directiva compuesta por Jacinto Baranguan Castejón en la presidencia, Nicasio Iribarren como tesorero, Fernando Palacios como secretario-contador y Luis Ferrandiz y Eduardo Labeaga como vocales. En esos primeros años y hasta 1926 aparecía vinculado al Colegio de Médicos, y tenía su sede en el 3º piso del nº 22 de la calle Chapitela. En 1971 el Colegio se trasladó a la calle Navas de Tolosa.

El primer colegiado fue D. Celedonio Oficialdegui, de Villava. Perteneció a la Junta de la Asociación en 1915, junto a Ángel Mocoroa y Joaquín Lambea, de Mañeru;  y la primera mujer colegiada  fue Dª Marina Cuevas, concretamente en los años 20. Hasta el siglo XIX no había título oficial de farmacéutico, el boticario, como en otros gremios,  adquiría sus conocimientos, como aprendiz, al lado de un profesional que llevase muchos años en el oficio. En 1915, el colegio de farmacéuticos estaba presidido por Manuel Negrillos, en la tesorería, Antonio Corti y en la secretaría González Boza. En 1921, el Colegio lo presidía Gonzalez Boza con Antonio Corti y Joaquín Arteaga como tesorero y secretario y un año más tarde Miguel Lino Ezcurra,   con Joaquín Blasco y Sebastián Iribarren en los principales puestos de la Junta, mientras que en 1924 la presidencia la ostentó Justo Aguinaga y en 1925 Gonzalez Boza.

A principios de siglo, en 1900, se instalaba Marcos Sola en el nº 4 de la plaza de la Constitución, y en 1901, Vicente Udobro en Chapitela, 15 y Froilán Landa en Zapatería, 22. A Nicasio Iribarren le sustituía en la farmacia de las escalerillas de San Saturnino, durante un corto período de tiempo, Elías Martínez para, posteriormente, volver a recuperar la titularidad. En el nº 32 del  paseo de Valencia se instalaba Santiago Arteaga, donde creo que, en la segunda mitad del siglo XX,  se instaló la Farmacia Cabiró y en el nº 42 de la plaza de la Constitución, desde 1902, Alberto Garbalena y más tarde Julio Villanueva. En 1903 Irurita intercambiaba su licencia de farmacia con José Martialay que desde ese año pasará  a ocupar su lugar en la farmacia de la calle San Nicolás.  Este dirigirá la farmacia hasta 1915 en que se hace cargo Gabriel Castiella y que regirá el negocio hasta mediados del siglo. A mediados de 1906 se inauguraba la farmacia modernista de los hermanos Ondarra en el nº 21 de Mercaderes, (más conocida como Farmacia Blasco), y en el nº 9 de Navas de Tolosa se  instalaba la farmacia de Félix García Larrache. En 1911 a Landa le sustituía Bautista Altolaguirre a quien en 1915 le encontramos en el nº 2 de la calle Santo Domingo.

Se cuenta  que, a principios del siglo XX, siendo propietario de la antigua farmacia Borra, Valentín Marquina, que debía ser por aquel entonces concejal del Ayuntamiento, y dado que el sistema de calefacción de la casa consistorial no siempre funcionaba bien, se llegaron a reunir los concejales, en  alguno de los días más fríos del año, en  la trastienda de la farmacia. En noviembre de 1920 Valentín Marquina comunicaba al Ayuntamiento el traspaso de su farmacia a los hermanos Ezcurra. Estos estuvieron al frente de la farmacia desde 1926 a 1931. Entre 1931 y 1956 estuvo regentada por Pío Ezcurra. La farmacia del nº 1 de la calle Nueva, tiene una imponente fachada exterior de color verde, con una figura religiosa, de la Virgen del Camino, en una vitrina situada  en la esquina de la fachada con la calle Nueva. Destaca su estrecha escalera de caracol de hierro que conduce a un sobrepiso lleno de botecillos y destilados, cuando la farmacia tenía mucho de alquimia; Su decoración tiene un estilo neomudéjar, con los arquillos de las estanterías policromados en rojo, ocre y azul y  su techo artesonado. Y dentro se puede contemplar  una bella estancia llena de azulejados y columnillas. Similar estilo, aunque menos refinado, presenta la antigua farmacia Sánchez Azcona, con su techo artesonado y sus muebles hoy pintados de blanco. Resultan igualmente destacables el magnífico estilo modernista de la farmacia Ondarra o Blasco, tanto en el interior como en el exterior, y los detalles neogóticos y de art decó de la farmacia Aguinaga.

A mediados de la segunda década del siglo se produjeron muchos cambios en el panorama de las boticas pamplonesas. Gabriel Castiella ya estaba instalado en 1915 en su nueva oficina de farmacia del nº 74 de la plaza de San Nicolás, donde hoy se encuentra la Farmacia Iragui. Antonio Corti había tomado el relevo de Mercader en su farmacia de Curia 2 (la actual Garate y Beltrán), en 1911. De la antigua farmacia de Abundio Irisarri en Chapitela se había hecho cargo en 1913 Manuel González Boza y de la botica de Javier Valencia en San Saturnino, 4, a partir de 1909, Julián Sánchez Azcona. Sánchez Azcona fue  el padre de Miguel Sánchez Ostiz, que regentaría la farmacia de las escalerillas de San Saturnino hasta mediados de los 80. A Joaquín Aguinaga le había sucedido su hijo Justo. Muchos de los citados farmacéuticos tendrán largas trayectorias en sus despachos de farmacia. En algunas farmacias de transmisión familiar, en tanto en cuanto los descendientes no pudiesen hacerse cargo del negocio, por no tener ni la edad ni la carrera, se permitía la existencia de un regente o encargado ajeno a la familia que llevase, mientras tanto,  las riendas de la farmacia.

En 1920 los hermanos Ondarra habían dejado la farmacia en manos de Don Joaquín Blasco, en cuya familia seguirá el despacho de farmacia hasta finales del siglo,  y como novedades encontrábamos la farmacia de Félix Velasco en la Rochapea y la de Juan Bornas en Sarasate. Tras el fallecimiento de Nicasio Iribarren,  la titularidad de la farmacia pasará a su hijo Sebastián que la mantendrá hasta mediados de los 50 en que se hace cargo Miguel Sánchez Ostiz, padre de la que hasta hace cuatro meses fue su  titular, María José Sánchez Ostiz,  que  ciertamente, ha sido una de las pocas farmacéuticas que ha mantenido, hasta hoy, la vieja tradición galénica de las fórmulas magistrales de las antiguas boticas.

A mediados de los años 20 se incorporan nuevos farmacéuticos y oficinas de farmacia: Miguel Ángel Martínez en el nº 110 de la calle Mayor (actual farmacia Planas). Poco después, desde 1931,  esta farmacia estará regida por José Gabriel Beunza y Mina que  permanecerá a cargo del establecimiento hasta 1933. Tras la guerra, y durante las décadas siguientes, el titular será Jesús Sagredo hasta que en 1963, se hace cargo del establecimiento Antonio Rodríguez Arbeloa que permanecerá igualmente durante varias décadas. La otra farmacia que aparece a mediados de los años 20 es la de Navascués y Sayans en el nº 89 de Estafeta y 1 de Juan de Labrit. Esta farmacia fue fundada curiosamente bajo el epígrafe municipal de «comercio de venta de artículos de cirugía, química, óptica y droguería». Posteriormente continuará como despacho de farmacia y droguería al por menor y finalmente solamente  como farmacia. Tras Javier Navascués la titularidad de la farmacia la heredará su hija Concepción.

Los problemas de los farmacéuticos de aquellas primeras décadas del siglo tenían su origen en el intrusismo de las droguerías en su ámbito, el precio de los medicamentos, los horarios de apertura, la limitación en las concesiones administrativas, el proceso de adaptación a la comercialización de los medicamentos industriales, -en oposición a los que se elaboraban en la oficina de farmacia-, los acuerdos con la beneficiencia municipal  para atender farmacéuticamente a las clases más desfavorecidas.  Los farmacéuticos vendían, además,  sus productos de forma muy variada, en primer lugar, libremente, de acuerdo a la tarifa; en segundo lugar, casi gratis, pues se pagaba una pequeña cantidad, a cambio de una asignación municipal que recibía el farmacéutico, pero previa presentación de las recetas de los médicos titulares; en tercer lugar a los pobres, a través de la beneficiencia municipal. También había servicios de igualas a través de un acuerdo   con las familias a través del cual se les servía medicamentos por una cantidad  anual pactada.

En 1931 se hizo cargo de la farmacia  Negrillos,  Marino Díaz Santesteban que la regentó  durante un largo período de tiempo, por lo menos hasta los años 60. Entre sus especialidades más famosas estaba «el agua milagrosa de los carmelitas» o el «vino tónico fosfatado». Su última titular, fue hasta hace unos meses,  Ana Díaz Fernández Gil. Surgieron nuevas farmacias en 1931 en el Ensanche y Rochapea: Ruiz Prados en la avenida de San Ignacio y Ramón Aldaz  en Rochapea, cuya farmacia,   al año siguiente cogerá Juan Azqueta. Los hermanos Ezcurra abrieron una segunda farmacia en la avenida de Carlos III. En el nº 4 de la calle Chapitela se inauguraba una nueva farmacia, la de Sabino Castellot que hoy continúa en el mismo lugar. Casi al final de la guerra, en 1938, se hacía cargo de la antigua Farmacia Corti, antes Mercader, Santiago Beltrán, suegro de la actual titular, Sagrario Garate.  Beltrán  elaboraba también específicos, bajo el nombre de Laboratorios Rono,  que  se distribuían incluso  por toda España. Aquellas producciones farmacéuticas  estaban muy alejadas de los actuales procesos industriales y tenían mucho de elaboración artesanal en la rebotica. En 1943, Joaquín Aguinaga recibía la titularidad de la farmacia de su padre Justo.

La guerra civil afectó a las farmacias, pues la mayoría de los medicamentos y productos de cura se desviaron a los frentes de guerra, con la consiguiente escasez entre la población. En 1944 entraba en vigor el Seguro Obligatorio de Enfermedad y aparecieron los inspectores farmacéuticos. Se establecieron conciertos en los que quedaban fijados qué medicamentos y a qué precios y con qué descuentos se ofertaban así como el pago de ellos por el Estado (Instituto Nacional de Previsión). Los primeros intentos por crear sociedades farmacéuticas de distribución de medicamentos para no depender de los drogueros son de finales del XIX y principios del XX. En 1959 se fundaba la cooperativa farmacéutica de Navarra NAFARCO,   en 1964 la Facultad de Farmacia de la Universidad de Navarra y en 1969, uno de los mayores laboratorios farmacéuticos actuales del país, que tiene su sede en Navarra: CINFA.

Tras la guerra,  con  la culminación  del Ensanche y la expansión urbanística en el resto de  barrios, el número de farmacias se incrementará progresivamente. Al filo de los años 50,  había una treintena de farmacias en Pamplona y más de un centenar de farmacéuticos en otros tantos pueblos de Navarra, que se redujo  a 80  en 1963, mientras que en la capital, casi se duplicaba su número incrementándose hasta las 50. En Pamplona, al margen de los históricos boticarios mencionados en la entrada habría que señalar en 1953 a los hermanos Azqueta en la calle Ciudadela (Félix) y Rochapea (Juan), a Félix Aliaga, en Fernández Arenas que luego en los años 60 cogerá la farmacia de Pio Ezcurra en la plaza Consistorial, Jesús Basarte en Carlos III, María Cabodevilla en Conde Oliveto, María Jesús Ezquieta en la calle Tafalla, Esteban Indurain en la calle Gorriti, Leonardo Oficialdegui en la calle Sangüesa, Martín Oteiza  en la calle San Fermín, Melchor Ruiz en la avenida de Franco, José María San Juan en el Barrio de la Milagrosa y Félix Zorrilla  en la calle Dr. Huarte, entre otros.

En los años 60 (1963), y sin ánimo de ser exhaustivo a los ya citados cabría añadir a Cabiró en Paseo de Sarasate, Felisa Razquin en la bajada de Javier, -donde hoy está la farmacia Villanueva-, Ezequiel Lorca en la plaza del Castillo, -donde ahora está la farmacia Ruiz Bacaicoa-, Valerio Castiella sucedía a su padre en San Nicolás, 74, María Teresa Astiz en la avenida de Zaragoza, Francisco Garde en Echavacoiz, José María González, Francisco Bayona y Maria Victoria Santesteban  en el barrio de la Chantrea, Miguel Bengoechea y Mari Carmen Borda en el barrio de La Milagrosa, Manuel Goyena en Abejeras,  Maria Luisa Lorente en la Rocha, Antonio Liso en el barrio de San Pedro, Luis Martínez Barrio en San Juan, además de otra decena de farmacias en el Ensanche como las de Alcalde, Alfonso, Sagardía, Chocarro, Estebanez, Huarte, Lacalle, Vives, Yarnoz, Lorca, San Juan, etc.

Fotos por orden de aparición: Nº 1: foto de frascos de farmacia extraída de medicablogs.diariomedico.com/. Números 2, 14, 16, 20, 21, 24 a 38, 43 a 45, 47 a 56: Medicamentos antiguos: 1913-1953. Banco de Imagenes de la Medicina Española. Real Academia Nacional de Medicina de España.

   

Callejeando por el Viejo Pamplona de los 50: Un recorrido por los bares de la época. (1954)

En 1954, Pamplona tenía 80.000 habitantes. Aun no se había culminado por completo lo que hoy conocemos por Segundo Ensanche y faltaba una década para que se empezase a desarrollar el tercer ensanche, San Juan e Iturrama, este último ya en la década de los 70. Pamplona tenía toda la apariencia de una ciudad provinciana de la postguerra, con algún incipiente intento de industrialización, proceso que este año comenzaría, de verdad, a dar sus primeros pasos, con el Plan de Promoción Industrial impulsado desde Diputación, con Huarte,  y desde el Ayuntamiento con Urmeneta. Habían pasado apenas quince años desde el final de la guerra civil, el abastecimiento de los productos básicos  comenzaba a mejorar  pero ni en lo político, ni en lo social todo era tan tranquilo, en nuestra comunidad, como parecía. El carlismo o al menos algunos de sus integrantes tenían algún encontronazo que otro  con el régimen,  y especialmente con el sector falangista, como demuestran los hechos del 3 de diciembre de 1945, en la plaza del castillo y calles aledañas, donde se produjeron varios heridos de bala y que se saldó con el cierre del Cículo Carlista de Pamplona.  En lo social, en mayo de 1951 se había celebrado  la primera huelga general en Pamplona, tras la guerra civil, tras la que fueron detenidos varios cientos de personas en Pamplona. Los choques y  tensiones entre la Diputación Foral y el Gobernador Civil, Luis Valero Bermejo acabarían con el cese, este año, de este último   que se había destacado por su actitud radicalmente centralizadora.

Aun no se había incorporado la televisión al ocio familiar,  -solo había una radio, Radio Requeté-, la televisión llegaría pasada la mitad de la década, y el pamplonés medio, y según su mayor o menor capacidad adquisitiva pasaba el tiempo como podía: paseando arriba y abajo de Carlos III o por los porches de la plaza del Castillo,  como a principios de siglo lo hiciese por la Estafeta; acudiendo a la poco más de media docena de cines y teatros existentes en la ciudad: el Gayarre,  el Olimpia, el Novedades, el Príncipe de Viana, el Alcazar, el Avenida y el Amaya, este último recién abierto en el barrio extramural de la Rochapea. Con un público mayoritariamente masculino estaban los deportes,  el fútbol de Osasuna en el campo de San Juan o los partidos de pelota en el Euskal Jai de la calle San Agustín o en el recientemente construido Frontón Labrit. Los que disponían de algo más poder adquisitivo eran socios de alguno de los dos casinos de la ciudad, el Eslava o el Principal o de algunas de las sociedades recreativas existentes: el Tenis, el Larraina o el Club Natación (este último con un perfil más popular). Los que no podían contar con demasiados recursos económicos, desgraciadamente la mayoría,  se tenían que conformar con acudir, de vez en cuando, a algún acto social o baile en  alguno de los locales de alguna peña o sociedad, mayoritariamente instaladas en el Casco Viejo. La iglesia destinaba algunos de sus «centros marianos» también como espacio de ocio para los jóvenes, donde se exhibían algunas de aquellas películas de la época. En las calles, plazas y paseos (Bosquecillo, Media Luna, Plaza del Castillo, Taconera…) se organizaban, de vez en cuando, en fechas destacadas, conciertos a cargo de la banda de musica municipal.

Las calles del Casco Viejo bullían de comercios,  un comercio de clara raigambre local, -muchos de los cuales hundían sus raíces en el siglo anterior-, que se iba acomodando a las modas y a los gustos de las nuevas generaciones de pamploneses, un comercio que se extendía como una mancha de aceite por las nuevas calles del Ensanche. Y entre tanto comercio, y también de forma mayoritaria en el Casco Viejo, los pamploneses podían encontrarse con un abigarrado y variado tipo de hostelería. Será en este aspecto, los bares y restaurantes de la época,  en el que voy a centrar especialmente la entrada, citando el nombre antiguo del establecimiento  y la referencia actual para que ustedes, amables lectores, sepan exactamente donde se encontraban. En la calle Ciudadela encontrábamos el Bar El Espejo,  antigua taberna propiedad de Miguel Aldaz, y el Anaitasuna (antiguo Ginés), ambos hoy desaparecidos, al menos de momento. Adentrándonos en la calle San Gregorio teníamos el bar restaurante Orbaiceta, (donde hoy está el Museo), un poco mas adelante La Concha (en los años 80 y siguientes aun estaba abierto, hoy es el Kaixo), y enfrente el bar Euskalduna, regentado por Juan Pedro Urbeltz, donde luego estaría el Arizona y hoy el San Gregorio.

En esta calle teníamos, en el lado derecho, según se va a la calle San Nicolás, el Ganuza, abierto hasta hace no demasiados años, donde después se puso el Entretantos y el Champi, regentado por Victorino Ganuza,  El Caserio regentado por Rafael Erice, hoy sustituido por un edificio nuevo, (donde está el Ñam) y el Sanguesa. En el lado izquierdo Casa Garcia, bar, fonda y pensión,  y casi al final de la calle el Bar Kaiku y la Fonda La Montañesa, de donde más tarde tomaría el bar el mismo nombre sustituyendo al anterior. En el Rincón de San Nicolás encontrábamos Casa Paco, regentado por Francisco Pueyo Sanz, en manos de la familia desde principios de siglo y en Lindachiquia el Catachú, otro negocio familiar, también en manos de la familia, en este caso de los Iturralde desde comienzos del siglo. Hoy se mantienen estos dos últimos aunque bajo otra dirección y propiedad.

En la calle San Nicolás hallábamos en su lado izquierdo, Casa Bearan en el mismo lugar que en la actualidad; la fonda Larrayoz donde hoy está el Rio, propietaria la familia Larrayoz  desde décadas atrás  de todo el inmueble;  el bar de Vicente Saralegui, (no he logrado descubrir como se llamaba, en estos años, lo que hoy es el Bar San Nicolás-La Cocina Vasca y antaño, durante las primeras décadas del siglo, era Casa Marcela, (de Marcela Elía, Viuda de Iriarte); el Otano, desde 1929 en manos de la familia Juanco, que sigue manteniendo actualmente la propiedad. En el lado izquierdo destacaban el Café Irañeta, antes de que se convirtiera en el Baserri, -hoy Baserri berri-, dirigido por Juan Irañeta; Vinos el Cosechero, conocido popularmente como El Marrano, a cargo de Josefa Goñi Belzunce y el bar Ulzama en manos de la familia Miqueleiz, antiguamente la fonda y casa de comidas  de Babil Landívar y sobre este l a Hostería Aralar. Como se puede comprobar, la hostelería de entonces era un negocio fundamentalmente familiar. Un lector del blog, Luis Iribarren me indicó, hace algún tiempo, que en el nº 50, donde hoy está el Hotel Castillo de Javier y antes el bar San Miguel estuvo, aproximadamente desde 1952 a 1966, el Bar Restaurante Valero (antes tienda de ultramarinos), fundado por sus abuelos Valero Iribarren y María Elizondo. Era conocido en su época por la celebración tanto de  bodas como de comuniones,  muy frecuentado por los chóferes de la Estación de Autobuses y cita obligada de numerosas cuadrillas antes de ir a los partidos de Osasuna en el campo de San Juan. Animo a los lectores a completar esta entrada con más nombres de establecimientos de esta época que recuerden.

A la vuelta de San Nicolás, en el lado derecho, esto es, en la calle Comedias, descubríamos el  Café Roch, el Burgalés, (anteriormente Gau Txori), con Gerardo Arce y el Noé, además del restaurante Casa Cuevas, (en el nº 20 de la calle), bajo la dirección de Pablo Arce. En el lado izquierdo, esto es en la calle Pozoblanco, teníamos Casa Amostegui y más adelante Casa Yaben, ambos conocidos restaurantes en aquel entonces. En la plaza del Castillo, en 1952 cerraría tristemente sus puertas el Café Suizo que se había abierto más de un siglo atrás, en 1961 lo haría el Cafe Kutz. Donde anteriormente estaba el Dena Ona estaba, en esta época, el Bearin, (actual Napargar); el Torino de Doroteo Cotelo era en estos años el Nuevo Torino, (donde hoy está el Windsor). Continuaba imperturbable, viendo el paso de los años y la historia de la ciudad, el viejo Café Iruña y, partiendo desde las escalerillas hacia la Estafeta, el panorama hostelero de los soportales era algo distinto al actual. Donde hoy está el Gure Etxea estaba el Rhin, donde hoy está el Baviera estaba el Guría, (no confundir con el de Espoz y Mina), y a continuación venían el bar restaurante Maitena, con comedor en la primera planta (donde luego estuvo el Gazteluleku) y después el Sevilla, el primero de ellos impulsado por parte de los hermanos Alemán y más tarde regentado por Jerónimo Ibarrola y el segundo por Julián Ramírez, al término de la guerra, que en 2015 finalizaría su andadura con la tercera generación.

Dejando atrás al Casino Eslava, en lo que después fue la Tropicana estaba el Bar Brasil, a cargo Miguel Yoldi  y Jesús Rada, y junto a él, el histórico Choko (entonces lo escribían así), de Alcaine y Beaumont, bajo su dirección desde 1931. A la vuelta, en la travesía Espoz y Mina estaba el hotel Maisonnave, comprado por la familia Alemán en 1945 y en la trasera de esta manzana, en la calle Espoz Y Mina, ya estaban el Hotel y Restaurante Europa, regido por Isidora Valencia  y el Monasterio, abierto una década antes, en 1944, por Federico Monasterio. Al citar los hoteles no quisiera olvidarme de El Cisne y La Perla, en la plaza del Castillo. En la misma esquina  de Espoz y Mina con Estafeta estaba el Bar Prados, luego Fitero. En  la Estafeta, empezando por el final, y terminando en Mercaderes teníamos, en el lado izquierdo de la calle, a Pablo Berástegui regentando la Fonda San Fermín, donde luego estaría el hostal y  restaurante Ibarra, más tarde  Casa Flores y actualmente El chupinazo;  en el segundo piso del nº 73 estaba el restaurante Roncesvalles, entonces era mucho más habitual que ahora encontrarse los restaurantes en las segundas plantas de los edificios, en el mismo lugar donde cuatro años más tarde, en 1958, Alejando Elizari y Felisa García fundarían el restaurante Josetxo.

Donde hoy está Chez Evaristo estaba el Bar Los Billares, antiguamente creo que fue El Moderno, a cargo de él Macario Arguiñano; en el nº 55 se hallaba la Fonda de Carlos Pascualena. El local de la Granja ya tenía un uso hostelero en aquella época, por parte  de Luis Desojo Sanz. El Señorio de Sarria se inauguraría  a final de la década de los 50 y desde 1900 ya estaba abierto, en el siguiente tramo de la calle, el  Mesón Pirineo por parte de José Tejada, si bien desde 1949 la dirección estaba a cargo de los hermanos Zabaleta Monreal que lo mantendrían  a lo largo de las siguientes décadas. Otros afamados restaurantes de la época eran las Pocholas en el Paseo de Sarasate, que conducían las hermanas Guerendiain;  el Blanca de Navarra, en Mercaderes, 24, cuyo titular era Blanca Villanueva;  el Iruña en el nº 7 de Mercaderes,  dirigido, en este tiempo,  por  Ana María Echechipia, sin olvidar el tipismo de  Casa Marceliano en la calle  Mercado;  a La Viña,en Jarauta;  La Vasca en San Agustín, etc. En Ansoleaga, donde hoy está la Librería Acuario, estaba el Bar Bilbao. Entre las fondas y pensiones estaban La Barranquesa, en la bajada de Javier;  el Irure en Comedias, la Hispano-Francesa de la plaza del Castillo, el Redín del Mercado, la Fonda Valerio de la avenida de Zaragoza o la Bilbaína de San Antón. Para estos años ya se habían abierto no pocos bares y restaurantes en el Ensanche aunque a gran distancia del Casco, entre los que cabe citar el Alhambra, en Bergamín; el Amaya en la calle del mismo nombre; el  Avenida (en Conde Oliveto), el Baztán y el Candanchú (en Paulino Caballero), el Cinema y el Ginés  (en la calle Estella), El Sol (en la Avenida de Zaragoza), el Tudela (en la calle del mismo nombre), el Restaurante Bidasoa (en García Ximenez), además de las fondas Algarra y  La Tomasa,  y los hoteles Yoldi (en la avenida de San Ignacio) y El Comercio (en Avenida de Franco).

No quisiera terminar la entrada sin ofrecer nuevos  detalles o algunas pinceladas más de la ciudad en esta época, sin perjuicio de que para ampliar la información de lo sucedido en esos años en Pamplona puedan consultar otras entradas de este mismo blog. El Gobierno Militar estaba en la calle Dos de Mayo, junto al actual edificio del Archivo General, no como ahora que está junto a Baluarte, (desde 1971);  la oficina de Turismo estaba en Duque de Ahumada,  la Casa de Socorro, en el nº 2 de la calle Alhóndiga, (aun no se ha derribado el viejo edificio de dos plantas), la Cámara de Comercio en el nº 1 de Príncipe de Viana; la Cruz Roja en el nº 8 de la calle Leyre; los autobuses paraban en la vieja estación de Conde Oliveto, inaugurada 20 años atrás; el Plazaola acababa de hacer su último viaje a finales del año anterior y al Irati le faltaba poco más de un año para dejar de circular por nuestras calles. La villavesa recorría las principales calles de la ciudad con servicios exteriores, además, a Villava, Arre, Oricáin, Huarte, Cizur, Gazolaz y Venta de Ollacarizqueta. Para llamar al taxi había que llamar a diferentes teléfonos, según las zonas de parada. Los taxis paraban en la plaza del Castillo, en la calle Tudela, junto a la estación de autobuses y en la avenida de Carlos III frente a la iglesia de San Antonio. El taxista que estaba en la parada atendía la llamada del cliente, descolgando el teléfono de su zona y acudía a prestar el servicio.

Fotos por orden de aparición: Nº 1 y Nº 2. Sanfermines de los años 60.  BY-NC 4.0 2015 / KUTXATEKA /Fondo Estudio Marin. Paco Marí. Nº 3 a  8: Colección de posavasos de diferentes establecimientos hosteleros de Pamplona: Hotel El Cisne, Hotel Restaurante Valerio, Hotel Yoldi, Hotel Restaurante Europa, Hotel Maisonnave, Grand Hotel La Perla. Años 50. Biblioteca Nacional de España. Nº 9: Campo de San Juan (años 50), Nº 10: Euskal Jai, (1977)  pamplonahistorica.wordpress.com. Nº11 Bar Irañeta. Años 50. Archivo antiguo Bar Baserri, Nº 12: Mozos por la calle San Nicolás, Archivo antiguo Bar Baserri. Nº 13: Coche de los 50 atravesando la calle Comedias delante del Café Roch, Nº 14: Cine Novedades en la calle San Agustín. Colección Arazuri, AMP. Nº 15: La Dolorosa regresando, desde San Lorenzo a la Catedral por la calle Mayor, frente al centro Mariano, Nº 16: Calle Pozoblanco. Años 50, Ediciones Arribas, Nº 17: antigua villavesa serigrafiada con la publicidad local de la época. Años 50, Nº 18: taxi de los años 50, Nº 19: espectáculo musical en el antiguo café Irañeta. Años 50. Archivo antiguo Bar Baserri Nº 20: Feria del libro en la plaza del Castillo. Años 50, Nº 21: Comedor del Restaurante Iruña en el nº 7 de la calle Blanca de Navarra (actual Mercaderes)

 

 

 

Aquellos vendedores ambulantes: barquilleros, heladeros, castañeros y churreros

Hace unos días ví una hermosa foto del archivo fotográfico de José Castells Archanco, cuyo autor es Galle que adjunto junto a este párrafo, -me atrevo a creer por la vestimenta de los hombres situados a la izquierda de la foto- que puede ser de los años 50 o primeros 60, tomada en la plaza del Castillo, frente al Iruña, que tiene a la figura del barquillero como protagonista y que ha removido en mí antiguos recuerdos infantiles que voy a intentar plasmar, amen de hablar de estos y otros vendedores ambulantes, muchos de ellos, sobre todo heladeros y churreros,  también tenían sus tiendas fijas o solo tiendas fijas, y fueron, como pocos, reflejo de nuestras viejas costumbres, de la Pamplona de antaño, esa Pamplona que con cariño y a veces, porque no,  con nostalgia, este blog intenta captar y recuperar. Vinculada al oficio de lo barquilleros nos queda la calle del mismo nombre, denominada así por acuerdo del pleno del 13 de noviembre de 1936, ratificado en el pleno del 24 de marzo de 1937 y que dió nombre a la vía comprendida entre la calle Dos de Mayo y el Portal de Francia, entre la traseras del lado derecho de la calle del Carmen, según sube del Portal, y el antiguo convento de las Adoratrices, hoy el hotel Pamplona Catedral y que vemos en la siguiente foto del fondo fotográfico de Leoncio Urabayen datada en los años 30.

Al terminar la tercera guerra carlista, en 1876 llegó a Pamplona, procedente de San Pedro del Romeral, en el valle del Pas, provincia de Santander, José Gómez López  al que se le unió más tarde su esposa Josefa Martínez. Según dice J.J. Arazuri en su libro «Pamplona, calles y barrios», el matrimonio se asentó en el nº 17 de la calle del Carmen, en cuya trasera inició la elaboración de barquillos y helados para su venta por las calles y plazas de la ciudad,  además de en posadas y hoteles. Ambos fallecerían con un intervalo de apenas dos días en enero de 1933. En 1952 figuraba como titular de la fábrica de barquillos, Amalia Gómez, hija del matrimonio. Amalia fallecería en 1960. La vieja casa del número 17 de la calle del Carmen, la casa de los primitivos barquilleros, fue derribada y sustituida por un moderno edificio  en 1972, desapareciendo  su acceso a la calle Barquilleros. Sin embargo aun quedarían otros barquilleros como Feliciano Martínez, con domicilio en el nº 6 de la Bajada del Portal Nuevo o Salvador Sainz Revuelta primero en Tejería y luego también en la Bajada del Portal Nuevo. De hecho la citada casa, ubicada en el nº 6 de la calle, la conocimos durante mucho tiempo como Casa de los Barquilleros, una casa construida en el siglo XIX con tejado a cuatro aguas y cuatro miradores, que contaba con tres plantas de 300 m2 cada una. Desde el año 2006 ha sufrido cinco incendios estando actualmente muy deteriorada. José Revuelta, el tercer fabricante de barquillos de la ciudad estuvo primero en el nº 10 de Lindachiquia y luego en el nº 11 de San Gregorio.

Los barquillos eran unos dulces de masa de trigo horneados sin levadura y endulzados con azúcar y miel, con origen probablemente en alguna dependencia religiosa que habría pasado a la cultura popular. Su forma era plana y fina y por la forma del molde tenían un perfil acanalado similar a un barco, de donde le viene por analogía el nombre. Actualmente se presentan también en forma de canuto. Tradicionalmente los barquilleros llevaban sus cestas cilíndricas con barquillos y una ruleta en la que los compradores podían probar suerte. El juego consistía en dar vueltas a una rueda que apuntaba a diferentes números y si acertabas podías recibir algún barquillo de regalo. Desde mi infancia en que asocio su presencia a ferias, fiestas y verbenas recuerdo que pasaron décadas sin que volviese a ver un barquillero, sin embargo creo que a principios de este siglo volvió a recuperarse la tradición del barquillero, situándose en sitios céntricos, como antaño,  mayormente en el Paseo de Sarasate, en su confluencia con la  calle San Miguel. Por otra parte, recuerdo una barquillería chiquita en la esquina sureste de la plaza del Castillo justo entre el Casino Eslava y la Tropicana.

Los barquillos y los helados han estado siempre emparentados. La base del cucurucho era y es de barquillo, quien que no tenga algunos años no se ha comido un cortado de vainilla o de limón emparedado entre dos barquillos planos. De hecho aquellos pioneros barquilleros como José María Martínez que vemos en la foto que abre la entrada, también eran heladeros. A principios de siglo Mariano Pérez, de «Sucesores de Puyada», vendía hielo y helados además de chufas y horchatas en su establecimiento de la calle Zapatería, nº 15. En los años 20, junto  a este establecimiento  encontramos ya, en el ramo,  todo un clásico, «El Buen Gusto» en el nº 14 de Chapitela. Era además de heladería, horchatería, chufería y turronería. También encontramos  «La Polar» en el nº 29 de Estafeta y a José María Vilar, «El Valenciano» en el nº 38 de San Gregorio, cerca del actual Kaixo. La heladería Nalia, situada en el nº 4 del Paseo de Sarasate se inauguró en el año 1939, y era propiedad del comerciante y empresario local Nicanor Mendiluce Martínez. Desde el primer momento, sin embargo, la heladería la gestionó  José Serrano Molina, maestro heladero y turronero con el que comenzó una saga de heladeros alicantinos de la misma familia que nos lleva hasta la Nalia de hoy en día pasando antes por su sobrino,  Vicente Serrano Más, maestro heladero que dedicó toda su vida laboral desde su juventud hasta su jubilación en el año 2010. Actualmente  al frente de la heladería está su hijo  Vicente Serrano González que continua el negocio  familiar. De aquellos primeros años ofrezco unas fotos que he encontrado en el Instagram de Nalia. Más adelante, en el nº 32 de Sarasate y desde los años 40 estaba la Heladería Italiana,  sus propietarios eran italianos de verdad, su dueño se llamaba Eugenio Bez Dal Molin, así como lo oyen. En los años 50 podíamos encontrar la «Heladería Alaska» de la plaza del castillo, «La Vital »  en Sarasate a las que cabría añadir los ya históricos «Nalia», «El Buen Gusto» y la familia Vilar, ahora de la mano de Modesto, en la calle Jarauta, sin olvidar a Mercedes Orquin en el nº 7 de Pozoblanco y a Andrés Martínez en Navas de Tolosa. En el nº 20 de Calceteros, hoy sería el 10 de Mercaderes,  donde desde hace más de 35 años tiene su tienda Ana García, había una heladería a nombre de Gonzalo Sola. También habría que citar a Victorino Crespo con fábrica y tienda de helados en el Ensanche.

De todos aquellos heladeros  todos o la mayoría, creo recordar,  tenían un local y muchos vendían por las calles y plazas con sus carros, el más popular, el que dejó un mayor recuerdo en la ciudad fue Eliseo Sanchiz Sanz, haciendo las delicias de varias generaciones de pamploneses. Yo aun recuerdo de niño, algunos veranos, en los que algún  flamante heladero, como Eliseo,  acarreaba aquellos curiosos carricoches por las calles de los que extraían aquellas bolas de helado que, montadas  en un  crujiente cucurucho, se derretían en nuestras bocas.   Eliseo nació en la localidad alicantina de Bañeres, en la comarca de la Hoya de Alcoy, en una familia de once hermanos en el año 1904. A los veintipico años Eliseo se trasladó a Pamplona. La falta de trabajo en su tierra  le obligó a ello. Vino a nuestra ciudad como vendedor de helado trabajando para «El Buen Gusto» de la calle Chapitela  a  finales de los los años 20, antes de la guerra civil,  y lo haría después para «La Vital» de Sarasate. Su primera tienda estuvo ubicada en la calle Lindachiquía, donde también vivía.

Cuando su amigo Juan Arbizu, de las Cafeterías Delicias, al que me he referido en otra entrada, dejó el puesto de golosinas de la estación, a principios de los años 40, se lo ofreció a él. Como no podía compartir ambas ocupaciones, -la heladería en el centro y el trabajo en la estación-,  se trasladó a la Rochapea, a la Avenida de Guipúzcoa, donde trasladó su domicilio y puso la tienda que conocimos hasta finales de los 90 (1999). Allí durante muchos años se vendía  de todo, como en un colmado, pero sobre todo helados, golosinas, pan, leche, etc. O al menos es lo que recuerdo yo pues no en vano «Dulces Eliseo» formó parte de mi pequeño universo y vivencia personal. En la estación vendía pastillas de café y leche «Las dos cafeteras», peladillas, garrapiñadas y caramelos.  Me acuerdo también de aquel carro aunque en esos años (finales de los 60) el ya no estaba, había fallecido. De carácter afable y bonachón le agradaba contar historias a los más pequeños. Cuantas veces le habrían hecho rabiar con sus trastadas y regateos. Con su original vehículo mitad moto, mitad carro visitaba el exterior de los colegios buscando a su natural clientela: los institutos de la plaza de la Cruz, Jesuitas, Escolapios, Salesianos, etc. Eliseo fallecía el 20 de febrero de 1966 a las ocho y media de la mañana en la estación del Norte bajo las ruedas del convoy ferroviario que salía para Alsasua, con apenas 62 años. Su triste final conmocionó a muchos pamploneses. Tras su muerte la familia seguiría con el negocio y dejaron de hacer helados y se dedicaron sobre todo  a hacer  palomitas que repartían por todos los cines de Pamplona. Derribada la casa de la avenida de Guipúzcoa en 1999 se trasladaron a la vuelta, junto al antiguo bar La Cabaña, hoy un kebab, donde permanecieron desde 2001 a 2014 que la tuvieron que cerrar por motivos familiares y de salud.

También debería recordar a Juan Más Valdes, más conocido como «El Alicantino» pues así rotulaba sus carros de venta. Juan Más Valdes  vivía en el nº 2 de la Bajada de Javier. Como Eliseo, trabajó para el establecimiento «El buen gusto» de la calle Chapitela, como atestigua la fotografía de la izquierda tomada en los años 20 en el bosquecillo de la Taconera. Llegó a tener una fábrica y tienda de helados en el nº 10 de la calle San Miguel. El helado fabricado lo vendía en la tienda y lo repartía a restaurantes y hoteles, como hacían los barquilleros y heladeros de la época. Pero también y a pesar de la distancia llevaba helados a los soldados del campamento de El Carrascal y fabricaba turrones para la venta como actualmente hacen Larramendi o La Turronería de la plaza del Castillo.

A  caballo entre la tienda fija y el vendedor ambulante, situo en mi mente a los quioscos, concesión administrativa de la institución municipal. Había, antes de la proliferación de quioscos, algunas personas que vendían juguetes y golosinas a los niños de entonces por las calles, como cuentan J.J. Arazuri y Antonio José Ruiz en su documental «Rincones y nostalgias de Pamplona». En aquellos quioscos de los años 40 y 50 se vendían pequeños juguetes y chucherías y posteriormente, en los años 60-70, en algunos de ellos también revistas y prensa. De entre aquellos quioscos de madera pintados de verde que yo recuerdo de mi niñez y primera juventud puedo citar los siguientes: el de la  plaza de San Nicolás, junto a la iglesia; el Rincón de San Nicolás, casi saliendo hacia  Sarasate; el de Calceteros, muy cerca de Mercaderes y Chapitela;  el de San Saturnino, junto a la iglesia del mismo nombre cuya fotografía adjunto;  el situado entre Mañueta, Curia y Navarrería, y los de Recoletas, no se si me dejo alguno, al menos de mi zona, pues seguro que en el Ensanche había muchos más que yo no frecuentaba. Posteriormente   en los años siguientes (años  70)  proliferaron muchos más, construidos ya en metal, con una base más estrecha que se iba ampliando hacia su zona acristalada. De estos recuerdo los de Plaza del Castillo, Plaza de Toros, Paseo de Sarasate, San Ignacio (había dos), San Francisco, Merindades, Antoniutti, ¿Príncipe de Viana?, etc).  También se instalaron en los barrios (Avenida de Zaragoza, etc) y como he dicho  junto a los productos mencionados (chucherías…) empezaron a introducir con profusión  revistas y prensa. Hoy apenas queda alguno abierto, tal vez el de San Ignacio de José Antonio Berdonces.

Mantienen, sin embargo su poder de atracción los viejos puestos de castañas asadas, tan asociados a los fríos días de invierno. Yo recuerdo desde hace muchos años sobre todo los de Comedias, Plaza de San Nicolás y Estafeta si bien el número de puestos concedidos por el consistorio ha superado, en ocasiones, la decena  (San Francisco, Merindades, Plaza de la Cruz, Antoniutti, San Saturnino, San Ignacio, etc). Los citaré por orden cronológico, de mayor a menor antigüedad los más conocidos. El puesto más antiguo lo ostenta Andoni Martínez, situado al final de la calle Comedias. Su locomotora humea en el lugar desde 1925. La puso en marcha su abuelo y en 1962 cogió el relevo su padre, Miguel Martínez, que estuvo con el puesto en Comedias durante 50 años hasta el año 2012. Andoni lleva solo cinco años en este lugar si bien atesora 20 años de experiencia con otra locomotora en la Taconera. Trabaja solo el fin de semana. Josemi López García lleva desde 1980 en el final de la Estafeta y durante un tiempo compaginó este trabajo otoñal con la venta de barquillos el resto del año  en el paseo de Sarasate. Hace mucho tiempo, en los años 50-60 en el lugar estuvo el Sr. Amado y su señora Paca, me comenta Antonio Ibañez Basterrica, la fotografía que se adjunta a la derecha es del año 1962. Miguel Martínez Chocarro ocupa desde 1991 su esquina de Merindades y parece claro que este oficio, como los anteriores, tiene cierta tradición familiar: su abuelo, su hermano y  su padre, trabajaron o trabajan en  este  sector. Joseba Echarri lleva desde 1992 en la esquina de San Ignacio con Cortes de Navarra, junto a la iglesia de San Ignacio. Joseba cuenta, además, cuentos  a los niños relacionados con el medio ambiente.  Mikel, el castañero, estuvo en la plaza de San Nicolás. En el siguiente párrafo hay una foto extraída de un calendario promocional suyo de 1999.  Desde 2003 Txumari Borda coloca su puesto en Conde Oliveto el último en llegar, pues lleva solo cinco años es Harold Nuin Gurbindo en la esquina de Mercaderes con Chapitela aunque atesora 33 años de oficio.

Termino este recorrido por esos viejos oficios que tenían mucho de ambulantes con las «olorosas» churrerías. De hecho aunque no sean los casos que nos ocupan en esta revisión, pues todas eran churrerías fijas, ¿quien no se acuerda de esas churrerías barraqueras de Sanfermines o de las fiestas de los barrios con ese entrañable olor a fritanga?. Y es que como decía el industrial local y procurador Lucio Arrieta el churro fue en Pamplona durante muchos años  «el pastel del pobre». A comienzos del siglo había en Pamplona tres churrerías fijas:  la centenaria churrería de la Mañueta de los Fernández, de la que hablaré con amplitud en el siguiente párrafo, otra en la calle Eslava, a nombre de Inés García,  y una tercera, al final de la calle Zapatería, en el nº 60, cuyo titular era la Vda. de Aguilar. Posteriormente en 1924 se instaló una nueva churrería en San Gregorio, de corta vida, y también hubo otra en Jarauta, 10, la Churrería «San Fermín» de Bernarda Abaurrea,  que tuvo una fugaz existencia. En los años 30 se instaló otra churrería en el nº 80 de la calle  Eslava, «La Estrella» dirigida por  José Roa. A finales de los 40  se abrieron nuevas churrerías: en San Gregorio, por Victorino Ganuza, el del Bar Ganuza, y en la calle Compañía   por Angel Velloso y Julio Suescun, mientras Elías  Fernández Olague sumaba a la veterana churrería de la Mañueta otras dos, la del puesto del Mercado que regentaba su esposa y otra en el nº 7 de la calle Amaya. Los Fernández Jimenez tenían, por su parte, sendas churrerías en el nº 3 de Mañueta y 53 de la Estafeta. Jose Roa continuaba con su churrería de Eslava, que regentaría luego su hija Aurora. En Paulino Caballero encontrábamos la churrería de Julio Esparza.

El 13 de diciembre de 1872, Juan Fernández Calero, natural de Cientruénigo abría la churrería en el nº 13 de la calle Curia. En 1890 la churrería se trasladaba al nº 8 de la calle Mañueta. Célebres fueron sus gigantes, que hizo en colaboración con Pedro Trinidad y que desfilaron por las calles de la vieja ciudad de la Navarrería en contadas y celebradas ocasiones, en 1905,  en las fiestas de San Fermín Chiquito y en otras extraordinarias circunstancias y de las que hablé extensamente en el nº de septiembre de 2018 de la revista «Conocer Navarra». El habilidoso Elías hizo otras curiosas construcciones para fiestas y carnavales como  un barco en tierra firmen o un paraguas gigante que apenas podía pasar por la calle San Miguel. A Juan le siguió en el oficio, desde joven, su hijo Elías Fernández junto a su mujer Faustina Martínez. Inicialmente la churrería funcionaba condicionada por el horario del Mercado. Abrían también domingos y festivos. Y participaban en el Real de La Feria, instalada en aquel entonces, cerca de Padre Moret, en la parte trasera del actual Gobierno Militar, donde estuvo el Estadio General Mola. Allí  trasladaban sus bártulos y demás parafernalia churrera,   con 40 empleados, utilizando más de 10.000 kilos de harina y 5.000 de litros de aceite para hacer unos 180 kilómetros  de churros cada sanfermin. La posguerra afectó duramente a la churrería, por la escasez de materias primas y el racionamiento. Durante 6 o 7 años sólo se podían hacer churros los días que había encierros. Poco después les dieron permiso para trabajar los domingos y, más tarde, los sábados. Doña Faustina llevaba también el puesto de churros del Mercado. En 1953 se retira Elías Fernández, después de casi 60 años en el oficio continuando su mujer  Faustina con el negocio. Elías   fallece  en agosto de 1960. En los año 40  abrieron una churrería en el nº 7 de la calle Amaya, en las casas baratas de Andrés Gorricho,  que cerraron  en 1963. En 1972 conmemoraron el centenario con multitud de actos festivos y la salida de sus gigantes  que no lo habían hecho desde 1948. En 1936 la docena de churros costaba 40 céntimos, en 1972, 12 pesetas. En 1969-70 dejaron de trabajar los días laborables pues ya no era rentable, abriendo a finales de los 80  tan solo 15 o 16 días : en San Fermín y  unos pocos días al año, antes de las fiestas de julio y los domingos de octubre. En 1986 moría doña Faustina, quedando al mando del negocio su hija Paulina Fernández y su marido Josetxo Elizalde, la tercera generación que colabora actualmente con la cuarta generación en esos escasos días  en que abren para su  público. La docena de churros costaba en 1986, 180 pesetas, once años más tarde, en 1997, costaban 550.

Fotos por orden de aparición: Nº 1: Foto del barquillero José María Martínez, sin filiar y sin datar. J.J. Arazuri. Pamplona, calles y barrios, Nº 2: Plaza del Castillo. Años 50¿?. Foto Galle. Archivo José Castells Archanco, Nº 3: Calle Barquilleros. Años 30,  Leoncio Urabayen (1952). Biografía de Pamplona, fig. 86. http://fotografiasurabayen.unavarra.es/ Universidad Pública de Navarra. Biblioteca. Fondo Leoncio Urabayen. Licencia CC BY-NC-ND 4.0.  Nº 4: Casa de los barquilleros. 2006. http://ketari.nirudia.com (licencia CC BY-SA) , Nº 5:  Barquillero. Sin datar, Foto José Castells Archanco, Nº 7 y Nº 8: Archivo Heladería Nalia, Nº 9: Calle Chapitela. Años 20. Archivo Municipal de Pamplona, Nº 10. Dulces Eliseo enla Avenida Guipúzcoa. Años 90. Foto Alberto Crespo. Revista Ezkaba, Nº 11. Motocarro de Eliseo. Foto Calleja y Lafuente, Sin datar. Nº 12: Eliseo en el centro de Pamplona con su bicicarro de helado. Sin datar ni filiar, Nº 13: Juan Mas con su carro de «El Buen gusto». Años 20, en el Bosquecillo. Nº 14: Kiosko de San Saturnino. Archivo José Castells Archanco, Nº 15: castañera de la Estafeta. 1962. Archivo Antonio Ibañez Basterika, Nº 16: Foto del castañero Miguel Martínez  https://turismonavarra.wordpress.com/2014/11/01/castanas-asadas-y-los-castaneros/, Nº 18: Miguel Martínez Chocarro  con su locomotora en la plaza de Merindades. https://cuatrogatosfcom.wordpress.com/tag/castanero/ Nº 19: Churrería de la Mañueta. Sin datar ni filiar. Probablemente años 50 y de José Galle, Nº 20: Josetxo Elizalde, marido de Paulina en la churrera con sus nietos Elas y Ohiana en 1983. Foto Mena. Archivo Diario de Navarra

Comercios del Viejo Pamplona: Udobro, en plena plaza Consistorial (1860-1980)

Inicio hoy una nueva serie sobre comercios individuales del Viejo Pamplona, serie con nombres e historias  de comercios rescatados de la memoria  de nuestras calles, de la memoria de nuestra ciudad y que será más o menos larga y  fructífera en función de la mayor o menor colaboración que vaya recibiendo de las personas vinculadas a dichos comercios.  Hoy empiezo por un establecimiento que estuvo situado en plena plaza consistorial. Se trata de Udobro. Hoy, para mi satisfacción, he podido conseguir dos  fotografías de Casa Udobro, gracias a la generosidad de las Hermanas Alforja,  dueñas de la popular óptica  Joaquín Alforja, ubicado en el mismo local donde anteriormente estuvo Udobro. ¡Gracias, amigas!. Antes de la instalación de  Joaquín Alforja en el nº 1 de la plaza del Ayuntamiento estuvo en ese lugar la mítica Mercería o Casa Udobro. Según José Castells Archanco la mercería Udobro fue fundada en 1860 por Gervasio Udobro Sanz y su mujer Angela Saez Mur. A raíz de la publicación inicial de esta entrada José Castells, nieto, a la sazón, de Angelita Udobro y Antonio Archanco, me ha ampliado algunos aspectos del artículo, matizando o corrigiendo algún dato y me ha facilitado nuevas informaciones y nuevas fotos, pertenecientes, estas,  a su archivo familiar. ¡Muchas gracias igualmente, José!.  En la foto de la izquierda del siguiente párrafo del año 1895 podemos ver a Gervasio Udobro con sus hijos y nietos en su finca de Aranzadi, una de sus nietas era precisamente la abuela de José Castells,  Angelita. En la foto, aparecen, además,  arriba, a la derecha, con bombín su hijo  Antonio y al lado su hijo Claudio. En  la segunda foto, en sepia, de la misma época aparece Gervasio en el centro y tras él Claudio.

Revisando las diversas guías comerciales que obran en mi poder desde más o menos esa fecha podemos reconstruir  con bastante exactitud el desarrollo del negocio hasta su cierre a finales de los años 70 del pasado siglo. La numeración del local ha ido variando a lo largo de los años, sin que cambiase el local pasando de plaza consistorial, 9 a plaza consistorial, 1 y  a Calceteros, 1, o incluso utilizando ambas direcciones como en la publicidad adjunta para volver finalmente a plaza consistorial, 1, que es la dirección que  mantiene actualmente el local. Tras el fundador, Gervasio Udobro, en torno a 1882 aparece durante algunos años como titular del negocio Domingo Saez Mur, que imagino, por el apellido, sería el hermano de su esposa,  si bien a partir de 1894 la razón social es la de Udobro e Hijo, con sedería y quincalla. No hay que olvidar que inicialmente el negocio, a pesar de ser el titular Gervasio,  lo llevaba  sobre todo su esposa  ya que él  se dedicó sobre todo  a las finanzas, según me comenta José Castells, fue consejero del Crédito Navarro y propietario de pisos y tierras, también tenía una fábrica de harinas en Cáseda y un salto eléctrico en Aibar, era uno de los prósperos hombres de negocios de finales de siglo, aunque en lo personal tuvo la desgracia de enviudar pronto. Posteriormente su hijo Claudio se hizo cargo de la harinera y la central eléctrica.  La razón social de la mercería en los principios del siglo era la de Hijos de Gervasio Udobro para en los años 10-20  estar regentada por Antonio Udobro, -casado con  Amalia Lusarreta, a quienes vemos en un retrato familiar en la última de las fotografías de la entrada-, y posteriormente a partir  de los años años 30-40 por Andrés Udobro Lusarreta que murió joven y a quien le siguió, en la tienda, hasta su cierre su viuda Margarita Sarobe.

Como he dicho, a lo largo de sus primeras décadas de vida la tienda vendía lo que, en aquellos años, se llamaba productos de quincalla (bisutería) y de mercería,  etc. Luego más adelante introdujo  también perfumes y género de punto. En la foto de la izquierda que abre esta entrada y que puede datarse en torno a los años 30, teniendo como titular a Andrés Udobro, que por las observaciones de José Castells podría ser el hombre que aparece en la fotografía,  vemos que el negocio se anuncia en los rótulos como mercería-perfumería paquetería y bajo la primera planta que, como hoy, estaba vinculada al local comercial se anunciaba la venta de «hules ingleses para camas, mesas y suelos». Era un establecimiento bastante  más surtido que la típica mercería de la época pues si además de atender a los rótulos del local donde se hace alusión a los perfumes, atendemos  a esta curiosa  publicidad que he encontrado y digo curiosa porque llama poderosamente la atención de estar escrita además de en castellano en francés e inglés,  se informa  que vendía corbatas, medias, bolsos, guantes, paño para labores así como lanas del país y extranjeras. La segunda foto, es de los años 40, (seguramente de la segunda mitad de los años 40),  con la típica fachada amarmolada que proliferó en muchos locales comerciales en la época de la postguerra,  (a lo largo de los años 40 y 50),  y que se mantuvo hasta su cierre al filo de los años 80. En sus rótulos y escaparates anunciaba «Novedades» además de «Guantería», «Mercería» y «Lanas». Recordemos que Optica Joaquín Alforja se trasladó a este local en 1981, tras cerca de 30 años en la calle Zapatería.

Fotos por orden de aparición: Nº 1 y 2º: fotografías de la fachada de la mercería Udobro cedidas por las Hermanas Alforja, la primera de ellas puede ser de los primeros años 30, la segunda de la primera mitad de los años 40, las fotografías nº 3, 5, y 6 pertenecen al archivo personal de José Castells Archanco.

 

¡Al rico chocolate! Aquellas pastelerías, confiterías y chocolaterías (1900-2000)

Tras «el comercio del bebercio», paso a rememorar, en esta ocasión, el amplio universo de tiendas que se dedicaban a los placeres azucarados: chocolates, pastas y pasteles, dulces, caramelos y turrones en la Pamplona del siglo XX. De los churros y helados ya hablé cuando me refería a la hostelería y otras actividades aledañas. Como ocurría con la anterior entrada, se entremezcla la fabricación con  el comercio al por menor del producto y, en ocasiones,  con actividades tipo cafetería. Advierto nuevamente que es una entrada abierta a ampliaciones y correcciones, como lo son casi todas las entradas del blog, pues seguro que los lectores recordaran otros negocios similares que no he citado u otros muchos detalles más allá de los aquí inicialmente referidos. Antes de entrar en materia he de comentar que, a la hora de indagar sobre aquellos comerciantes que se dedicaron a estos menesteres,   a un profano del sector como lo soy yo, le sorprendió la vinculación existente entre dos oficios aparentemente tan diferentes como el de cerero y el de confitero o chocolatero. Sin embargo investigando averigüé como cuando en el siglo XVI llegó el cacao de América  a España, el cerero,  -que trabajaba la cera para hacer cirios, velas, antorchas para el culto y para el alumbrado de los hogares,  ya hacía confitería con la miel de los panales, de los panales se extraían la miel y la cera-, y con la llegada del cacao, el cerero se hizo chocolatero y las cererías se convirtieron también en chocolaterías.

A primeros del siglo XX encontrábamos las siguientes tiendas de chocolate que fabricaban su propio producto, el chocolate, en ocasiones vendían también dulces y pastas o pasteles (osea eran confiterías y pastelerías), y muchas, además, se dedicaban al negocio de la cerería: Marcelino Andueza en el nº 64 de la calle San Nicolás, que también fabricaba y vendía pastillas de café con leche, (en los años 50 la regentaba Trinidad Arizala con pastelería también en Navarro Villoslada); Julián Arbizu,  en el nº 31 de la calle Mercaderes.  Por el apellido presumo que debe tratarse del fundador de las famosas, en otro tiempo,  «cafeterías-pastelerías Delicias» al que le siguieron al menos dos generaciones en el negocio. Tuvo el obrador de pastelería en los años 50-60  en el nº 2 de Fernández Arenas y fabricaba pastillas de café con leche como otras muchas firmas del sector. En la calle Mercaderes  sustituiría a Arbizu, en los años 30, Constancio Jarauta  y tras la guerra,  Carmen Torrente Azparren.  Allí he conocido yo «La Dulce Venecia», donde hoy se encuentra «La Juana Gastrobar». Carmen Torrente fabricaba también dulces en el obrador que tenía en el nº 15 del Paseo de Sarasate; Martín Baquedano tenía tienda en San Nicolás, 24 y obrador en el nº 40 o 42 de la citada calle. Le sustituiría Maximino Arrasate en los años 30 que continuó en las décadas posteriores, si bien en el nº 34-36.  Mediado el siglo hay un Pedro Baquedano, ¿sería su hijo?.  Viuda de Seminario, (luego Hijos de Seminario o Hijos de Vda de Seminario), en el nº 6 de la calle San Saturnino que aun continuaba su actividad de venta en los años 50 y 60 con el nombre de Sucesores de Hijos de Vda de Seminario. Este  negocio se remonta al año 1820 si bien será Francisco Seminario Izu (1840-1895) uno de sus principales impulsores, un hombre poseedor de varios inmuebles en la zona que posibilitó con su derribo la reconstrucción urbanística de lo que hoy conocemos como último tramo de la calle Nueva e inicio de San Saturnino. La zona correspondería hoy al nº 2 de Nueva y 1 de San Saturnino, a la zona de la antigua calle Bolserías y su conexión con la calle Ansoleaga (entonces,  Tecenderías). Continuo con la enumeración, la tienda de Mariano Labairu en el nº 1 de la calle Dos de Febrero o Comedias, Herederos de Tomasa López (1810), posteriormente conocida como Hijos de Manterola o simplemente Casa Manterola, en el nº 20 de Zapatería.

Hace casi tres años que cerró Casa Manterola en la calle Zapatería, si bien se mantiene en la calle Tudela. Lo hizo silenciosamente, después de más de dos siglos en el lugar. Vamos a hablar un poco de su historia. A principios del siglo XIX (1810), Polonia Albar recibió en herencia la casa nº 20 de la citada calle. Es entonces cuando se inicia la actividad confitera y cerera en el local. Polonia se casa con Candido López (1782-1862), cerero y confitero sangüesino. Entonces no se llamaba aún Casa Manterola. Candido y Polonia tuvieron dos hijas: Tomasa y Trinidad. Tomasa se casó con Gregorio Manterola, natural de Aoiz, que pasó a vivir con su esposa y sus suegros donde comenzó a aprender el oficio de cerero y confitero, asumiendo la gestión en el año 1845. A comienzos del siglo XX, en 1907, tras la muerte de Tomasa,  el establecimiento pasó a  sus hijas Carmen y Victoria, aunque era Carmen (1875-1958), que estaba soltera, la que regentaba verdaderamente el negocio. Vendían ceras y velas, pastas de almendra, dulce de membrillo, almendras y su famoso chocolate. Posteriormente sería uno de sus sobrinos, Antonio Manterola, al que había criado como un hijo, el principal responsable de la expansión de la empresa. Antonio  asumió la dirección en 1938 y en 1945 trasladaba la fábrica de chocolate de la calle Zapatería  a la calle Tudela. Pero la competencia hizo que el negocio se viera obligado a perder su carácter industrial y a orientarse hacia la artesanía pastelera. Ya desde los años 30 aparecía la tienda de Zapatería como confitería pastelería. Tras Antonio recogió el testigo y la dirección su hijo mayor José Antonio hasta su fallecimiento en 1985, tras el cual lo asumió  su viuda Rosa Aldaz con quien tuvo siete hijos, dos de los cuales, Mikel y Eduardo, que constituyen la sexta generación, asumieron en 2010 la gestión: Eduardo el obrador artesanal y Mikel la Gerencia, al cumplirse 200 años desde su fundación.

En el nº 10 de la misma calle Zapatería teníamos a Pedro Mayo. Como en el caso anterior daré alguna pincelada histórica. En 1860,  1847, según otras fuentes, el joven de Ochagavía, Pedro Mayo Etulain que había aprendido el oficio con su pariente y amigo Pedro Seminario, inicia la aventura de montar una fábrica de chocolate. En los pisos superiores del nº 10 de Zapatería se producían dulces y velas de cera, en la planta baja tenía una tienda de coloniales y en el sótano la maquinaría para preparar el chocolate. En 1888 dió entrada en el negocio  a su hijo Ponciano, hijo de su matrimonio con Valentina Izu, con la sociedad Pedro Mayo e Hijo, sin embargo su hijo falleció 11 años más tarde, en 1899. Junto a la chocolatería de Viuda de Seminario Pedro Mayo era una de las más importantes y prósperas fábricas de chocolate de la ciudad y había ampliado su plantilla, de 3 a 9 personas. Más tarde volvería a formar sociedad con su hijo Pedro Mayo Biardeau, hijo de su segundo matrimonio con Elisa Biardeau Cortés.

En 1913 moría Pedro Mayo que había sido, a la sazón, entre finales del XIX y principios del XX, uno de los principales contribuyentes de la ciudad, y durante un tiempo la empresa continuó en manos de la familia, hasta que en 1923 la empresa pasó a ser regentada por   la sociedad colectiva Ruiz de Galarreta y Vidal, Sucesores de Mayo, encabezada por Luis Ruiz de Galarreta Maeztu, marido de Martina Mayo Zubizarreta, nieta del fundador con el 50%, el otro 50% lo tenía el industrial Mariano Vidal.  Sus herederos tomaron el relevo y mantuvieron el prestigio de la marca trasladándose, a finales de los años 20,  al nº 4-6 de la calle Nueva y, tras la guerra civil,  a la calle del Redín, ampliando su producción a las pastas variadas y   turrones. No fue fácil sobrevivir a los difíciles años de la autarquía y del racionamiento del franquismo, debiendo parar algunas veces la producción por la falta de materia prima. Será en 1974, cuando se trasladen a Artica y se centren exclusivamente en la fabricación de chocolate. La empresa comenzó  a atravesar dificultades, debido a la crisis económica y al incremento en los precios del cacao y los Sucesores de Pedro Mayo firmaron un acuerdo de fusión con la sociedad propietaria de Chocolates Orbea, la  Compañía Navarra de Alimentación, S.A. en  el año 1977. A través de dicho acuerdo se le cedía el uso  en exclusiva de la marca Chocolates Pedro Mayo a la Compañía Navarra de Alimentación a cambio de una comisión en las ventas y la absorción de la plantilla. El acuerdo  se mantuvo hasta 1990 año en que Orbea fue adquirida por Chocolates Asturianos. La empresa  quedó descapitalizada por una mala gestión,  desmantelándose poco tiempo después, en 1992 y derribándose más tarde sus instalaciones  de la Avenida Guipúzcoa. En julio de 1994, antiguos trabajadores de la empresa impulsaron el proyecto Chocolates de Navarra S.A. L que agrupa las marcas Pedro Mayo (Sucesores de Pedro Mayo firmaron un nuevo acuerdo similar al anterior con la Compañía Navarra de Alimentación), Orbea y Leyre, con sede de Aizoain. Chocolates Orbea, al que me he referido líneas atrás,  había nacido en el barrio de la Rochapea en el año 1952. Pertenecía al empresario guipuzcoano Santiago Otegui Campos. Otegui había montado en Pamplona una fabrica moderna para lo que era habitual entonces, con un amplia producción de distribución nacional. Se fabricaban 7.000 kilos diarios de chocolate que se distribuían por toda España y del que muestro algunas promociones de albumes y cuentos de los años 60, junto a estas líneas.

Continuemos con las tiendas-fábricas de chocolate y cererías que en la mayoría de los casos  eran además pastelerías-confiterías: Pedro Nagore, luego Hijos de Nagore, en el nº 46 de la calle Mayor, Ubaldo Ataun Legarreta, en el nº 58 de la misma calle y 14 de Eslava.  Me detendré unos momentos para hablar de esta singular casa pamplonesa, Casa Ataun, conocida sobre todo por sus pastas y tortas de txantxigorri, regalices y chocolates. Su origen se remonta al menos a 1898, aunque hay opiniones de que su antigüedad pueda ser mayor, de ocho o diez años más. Ubaldo fallecería en 1931. Heredaron el negocio sus cuatro hij@s vivos si bien serán los varones, Fortunato y Jesús, los que lleven el negocio a  partir de ese momento. Fortunato muere en 1974, quedándose a cargo de Casa Ataun,  Jesús. En 1983, el Ayuntamiento compraba el edificio de Casa Ataun por tres millones de pesetas. Jesús se jubilaba y cobraría una renta del consistorio a cambio de asesorar al nuevo arrendatario, Félix Inda. Jesús fallecería en la Casa de Misericordia en 1991. Actualmente el negocio está dirigido por Nekane Inda.

A principios de siglo tenemos a Juan Iraizoz en el nº 4 de la calle Navarrería, luego  a Ulpiano Iraizoz, con su confitería-cerería-chocolatería, en el nº 2 de la calle Mercaderes,  que luego llevaría  Joaquina; a Justo Donezar en el nº 47 de la calle Zapatería, haremos otro alto en el camino. Confitería y Cerería Donezar está regida actualmente por su cuarta generación. Es una de las pocas cererías que aún se conserva en el Casco Antiguo. Fue fundada en 1853 por José Ochoa que se la dejó en herencia a su hijo. Posteriormente el negocio (cerería, confitería, chocolatería, pastelería, etc)  pasó a manos de Justo Joaquín Donezar y de él a los posteriores «joaquines donezar», curioso pero que yo sepa toda la línea, de padre a hijo, ha tenido por nombre Joaquín. Entre medias creo recordar que durante algún tiempo fue titular Vicenta Sarasibar, viuda de Donezar. Se cuenta que en este  establecimiento trabajó el célebre tenor Julián Gayarre y que un día, de joven,  abandonó el trabajo para seguir a una banda de música que iba tocando por la calle Zapatería.

Otro nombre clásico en el mundo del chocolate es el de Subiza, si bien no tiene un origen pamplonés. Su origen se remonta a 1841 cuando  Manuel Subiza Azcárate comienza a elaborar el chocolate en Erro, en la actual «casa del alpargatero», según las técnicas aprendidas unas décadas antes,  en 1820, en  Arnegui, en la popular «Casa Polit». Tras Manuel se hizo cargo del negocio su hijo y abuelo del actual responsable de la empresa, Fermín Subiza, y, posteriormente, su hijo Manuel. Con su padre Manuel, y con tan sólo 13 años, Jesús Subiza Errea, el actual propietario de la empresa, hoy a punto de cumplir 100 años de edad, empezó a introducirse en el negocio familiar. Los años de la guerra y postguerra fueron, como para otras fábricas de chocolate, complicados debido a las restricciones y racionamientos, teniendo que discontinuar la producción durante algún tiempo.  En 1958 Jesús Subiza, junto a su hermano Gerardo,  trasladaban Chocolates Subiza a Pamplona, a su actual ubicación en el nº 30 de la  calle Amaya.  En total y desde 1841, cinco generaciones se han sucedido al frente de la firma, manteniendo  su espíritu familiar y su carácter artesanal. Hoy de aquellos catorce chocolateros artesanos que conoció Jesús cuando llegó a Pamplona en los años 50, que se redujeron a la mitad en los años 70, apenas queda hoy  ninguno. ¿Cuántas tabletas de chocolate a la taza de Pedro Mayo y Subiza habremos comido en nuestras casas a lo largo de nuestras vidas?. Desde luego en la mía muchísimas.

Otros nombres de fábricas-tiendas de chocolate y cererías eran las de Herederos de Estanislao Larrosa en el nº 45 de Estafeta, de Diego Miquelez, en el nº 76 de San Nicolás, luego Viuda de Miquelez, Herederos de José Jimenez en el nº 1 de Navarrería, Basilio Oteiza en el nº 1 de Jarauta, H. Arribas en el nº 16 de Eslava, Prudencia Unciti en el nº 1 de Mercaderes, Ramón Yarnoz en el nº 13 de Martires de Cirauqui (actual San Antón), Vda de Etulain, en el nº 2 de la calle Mayor, (su lugar lo ocupará en las décadas siguientes Lucas Zabalza en el nº 16 de San Saturnino). Tiburcio Guerendain y Luis Ros, antes de dedicarse a los materiales de construcción y cervezas respectivamente también tuvieron algún contacto con este ámbito de la fabricación y venta de chocolate. No me consta que se dedicasen a la cerería pero si fabricaban y vendían chocolate, Lorenzo Erice, (posteriormente Herederos de Lorenzo Erice y Juan Erice), en Carmen, 7 y luego 12, Tomas García, en Zapatería, 28 e  Inocencio Tapia, en Navarrería, 3, (luego Vda de Tapia y en los años 50-60, Ignacio Tapia en el nº 11 de Navarrería).

Sólo vendían José María Diaz en el nº 114 de la calle Mayor, donde durante muchos años estuvo la «Mercería La Fama», pues como ya he señalado en otra entrada inicialmente y hasta los años 40 el negocio familiar fue una tienda de chocolate, pastelería y confitería; Miguel Echarri en Zapatería, 47, Gabino Ilarregui en Calderería, 44;  Petra Zozaya en Navarrería, 2;  M.Senosiain en San Nicolás, 5 y en los años 20,  además,  Herederos de Jauregui,  en el nº 27 de Santo Domingo y Carlos Pérez en el nº 64 de Jarauta. En los años 30,  a buena parte de los anteriores habría que sumar Pedro Hernaiz en el nº 24 del Paseo Sarasate, y fabricando y vendiendo chocolate y la cera Silvano Martínez en Dormitalería, 14, los Hermanos Yarnoz, (luego Hijos de Yarnoz), en el nº 72-74 de San Nicolás, que continuarían en las décadas posteriores, como Herederos de Ramón Yarnoz, por lo menos hasta los años 60 y José Larrea en el nº 22 de Estafeta, donde hoy se encuentra Pastas Beatriz. Antes el local de Larrea había sido una carpintería,  (concretamente de Esteban Osacar) y posteriormente fue una tienda de ultramarinos cuya propietaria se llamaba Regina González Vicente, hasta que en 1969 cogieron  el negocio Pablo Sarandi y su mujer Beatriz, convirtiéndola en una tienda de pastas. En 1991, Pablo y su mujer  dejaron la tienda en manos de las hermanas Gómez Tellechea que son las que la regentan actualmente, y  con un enorme éxito,  hasta convertirla en una de las tiendas más  típicas y míticas de la ciudad. ¿quien no conoce sus famosos garroticos de chocolate, además de otras muchísimas delicias?.

En el campo de la confiterías destacan, especialmente,  varios nombres algunos de ellos que se entrelazaran, como veremos,  con el tiempo. En 1886, Claudio Lozano comenzó a elaborar, en   su propia casa, su famosos caramelos de café con leche  que más tarde decidió comercializar. Fue en 1912 cuando le puso el nombre de   pastillas de café con  leche «Las Dos Cafeteras» y decidió abrir el local comercial que conocimos en el nº 11 de la calle Zapatería. Desde los años 30 este local sería,  además,  confitería y pastelería y la razón social la de Lozano Hermanas. Por su parte  y siguiendo la tradición de Lozano, cuya receta de caramelo de café con leche es la más antigua del mundo,  otros maestros confiteros siguieron su estela. Así lo hizo Ruperto Unzué, en 1893, bajo el nombre de «La Cafetera», al que en los sucesivos anuarios comerciales localizamos en las calles San Agustín, (nº 36), Merced y Tejería, (nº25), en este último caso bajo la razón social de Unzué y Cía  e Hijos de Unzué, (luego Vda de Unzué) y fabricando también chocolate. El caramelo de Unzué tenía menos leche que el de Lozano y algunos aromas añadidos. Ruperto tenía un obrador en el nº 16 de Recoletas, aunque anteriormente en los años 20 el obrador estaba radicado en Santo Andia. En invierno fabricaba en este obrador turrón y en verano servía helado. En los años 40-50 abrieron una pastelería en el nº 2 de  la plaza del Vínculo que muchos recordarán.

Mientras el caramelo de las Dos Cafeteras solo se vendía en la tienda de la calle Zapatería, la segunda generación de los Unzué vendía sus caramelos por toda la ciudad. En 1930 «La Cafetera» tenía cinco tiendas en Pamplona y distribuían su dulce por toda España. En los años 50 se constituyó la sociedad anónima Dulces Unzue que conoció su máxima expansión de mano del hijo de Ruperto,  Pedro Unzué. Se introdujeron nuevos caramelos y el formato de grageas (HIT). En 1981, Nutrexpa compraba la mitad de las acciones de Dulces Unzué, siendo mayoritaria su participación en la empresa en 1985  y en 1993, la tercera generación de los Lozano,  vendía «Las dos Cafeteras» al mismo grupo Nutrexpa integrando ésta ambas firmas, bajo el nombre de Dulsa. Desde el año 2008, Dulsa, sita en el polígono de Landaben,  opera de nuevo como una empresa independiente recuperando su origen local, con más de 20 trabajadores y una amplia capacidad exportadora. Los caramelos de «Las Dos Cafeteras» se conservan,  desde 1996, en bodega, durante tres meses, a una temperatura y humedad controlada para conseguir el  sabor y textura deseados. También fabricaban caramelos, bombones, grageas y turrones, Labairu e Indave, desde los años 20,  en la calle Padre Moret, no hace mucho alguien me preguntaba por los caramelos Ley, pues lo hacía Labairu e Indave;  En los años 50 regentaba el negocio José María del Valle, luego lo hizo  su Viuda y la empresa era conocida popularmente como Casa Indave.  Deogracias Garicano, -alguién me preguntó hace poco por esta empresa-,  tenía, al menos desde los años 30,  una fabrica de caramelos  en el nº 34 de la calle del Carmen, si bien posteriormente, después de la guerra,  se trasladaría al nº 17-19 de la calle Curia. En los años 60 la citada empresa todavía estaba en activo.

En 1871 Felipe Layana abría su fábrica-tienda de chocolates, ceras y otros artículos en el nº 4 de  la Bajada de Carnicerías, (en la zona donde hoy está la plaza de los Burgos), si bien en tiempos de la segunda generación, de sus hijas Mª Camino y María Eugenia,  (de ahí la posterior razón social de Hijas de Felipe Layana),  se abandonó la fabricación y venta de chocolates evolucionando el negocio hacia  las pastas y la confitería,  trasladándose en 1953 el negocio  a su actual ubicación en el nº 12 de  la calle Calceteros. Actualmente es la tercera generación la que dirige el negocio encabezada  por Jesús Barbería Layana. Su producto estrella, por el que se les conoce, es otra de las tiendas míticas de Pamplona,  es el de las pastas de té, con toda su enorme variedad: de chocolate, mermelada, coco, frutas, etc, bizcocho, hojaldre, ummm ¡que ricas…!

En el nº 3 de la calle General Moriones, (actual Pozoblanco),  estaba la pastelería y confitería de los Hermanos Arrasate que también fabricaba, en su obrador, como todas las de su gremio, chocolate. Fundada en 1888 por Esteban Arrasate y Francisca Ciganda, pasó a llamarse Viuda de Arrasate al fallecer Esteban, en 1924,  y quedar al frente del negocio su viuda. En los años 20 ocupaba los números 3 y 5 de la calle. La tienda cerró en los primeros años del 2000, creo que fue en torno al año 2003 o 2004.   No muy lejos de allí se encuentra la panadería- pastelería Arrasate de la calle San Antón, creo que eran primos de los anteriores. Conchita Ruiz de Galarreta e Irene Arrasate, constituyen hoy la tercera y cuarta generación de un  negocio que se abrió en el año 1920.  Fabrican palmeras, tejas, mantecados y hojaldres y otras delicias que venden en la tienda. Inicialmente en el nº 75 de la calle Nueva, trasladándose luego, en los años 20, al nº 11 de Pozoblanco estaba la pastelería de Feliciano Goñi,  luego Vda de Feliciano Goñi  y más tarde Vda de Goñi e Hijos, conocida con el nombre de «La Madrileña» (no confundir con al tienda de tejidos de Pedro Turullols),  que se mantendría en Pozoblanco,  al menos hasta los años 60. Entre Vda de Arrasate y «La Madrileña» estaba la pastelería, confitería y heladería de Mercedes Orquín, aproximadamente donde está actualmente la tienda Equivalenza.

Otras pastelerías y confiterías eran, en estos años, la del Café Suizo, en Pozoblanco, 15 ¿quien no se acuerda del famoso bollo suizo típico de estos cafés y que introducirían otras muchas pastelerías, como las de Taberna?, lástima que cerrase a comienzos de los años 50; la de Julián Pomares en Héroes de Estella, (actual Chapitela), 16-18;  allí mismo se instalaría, luego, Pastelería Alfaro, donde hoy está Kikos, (Javier Alfaro también tenía otra tienda en el nº 8 de la avenida de San Ignacio);    la pastelería y confitería de Sinforiano Salcedo, posteriormente Hijos de Salcedo, en Estafeta, 37,  y su famosas coronillas,  que permaneció en el lugar hasta, por lo menos, finales de los 60 y primeros 70. Donde hoy se encuentra la cafetería El Mentidero (Mercaderes, 13) estaba la pastelería de Jesusa Udobro, negocio que sería traspasado a Eusebio Garicano con la misma actividad, (confitería, pastelería y fabricación de chocolate), al que sucedería hasta bien entrados los años 50, su hijo Román Garicano. Fue la famosa Casa Garicano, especializada en coronillas, tartas, mil hojas y toda clase de encargos para bodas y bautizos, que en mi juventud ocupó la cafetería-pastelería de Juan Bardi. El  hermano de Román Garicano, Julián,  tenía otra pastelería y el obrador en el nº 7 de Carlos III.

Mención aparte habría que hacer de la figura de Lázaro Taberna San Martín. Su primer local  lo abrió en 1897, en  la calle Nueva, cuando cogió  en traspaso una panadería y el segundo en el nº 40 de la calle Mayor. Fue en 1905 cuando se hizo con dos locales más seguidos en esta calle y los acondicionó como obrador y despacho de atención al público. Por aquel entonces no sólo  se dedicaba a la fabricación y venta de pan sino también a la producción de dulces, chocolates e incluso embutidos. Se anunciaba como Ultramarinos y Panadería. En 1946 fallecía Lázaro pasando la dirección de la empresa a su viuda, Trinidad Arregui y sus hijos y produciéndose su progresiva expansión a diferentes barrios de la capital, primero al Ensanche con un nuevo establecimiento en la Avenida de Franco, hoy de la Baja Navarra,  y un nuevo obrador y posteriormente,  en las décadas posteriores al resto de barrios, aunque a principios de los 60 aún mantenía su tienda (panadería-pastelería)  en la calle Mayor. En 1966 se crea una sociedad anónima, Lázaro Taberna S.A y posteriormente a partir de los años 90 inicia sus acuerdos con grupos internacionales convirtiéndose en empresa lider en el sector. En 1948 Del panadero Félix Arrasate de la calle Mayor de  Villava surge la actual Arrasate S.L y sus más de 12 tiendas por la ciudad.

En 1937 abría sus puertas en Pamplona un obrador con el fin de elaborar turrones y dulces tradicionales de la mano de varios confiteros alicantinos, si bien será algunos años más tarde, cuando cuatro familias de Pamplona apuestan por el obrador y fundan Zucitola, bajo la razón social de José María Vilar y Compañía S.L., luego Comercial e Industrial Zucitola con tiendas en Paseo Sarasate 2 y 4 y Estella, 3. Fabricaban y vendían dulces, pasteles y turrón. Hoy continua Zucitola, como Hijas de Javier Arrasate, con varias tiendas en la ciudad. En 1954 abría sus puertas Dulces Torrano, en el nº 36 de Mártires de la Patria, actual Castillo de Maya, con una oferta de pasteles y caramelos de café con leche. Posteriormente, con la segunda generación creció el interés por sus coronillas que llegaron a igualar e incluso superar en fama a las de Salcedo. Otras pastelerías en los años 60 eran las Benigno Ibarrola, en la calle Tafalla, Equiza en Paulino Caballero,17 o Andueza en San Saturnino. En los años 50 había no menos de media docena de fabricantes de dulces en el Ensanche: Francisco Amoros con pastelería, confitería y fabrica de turrón, García Yoldi, Liarte, Vázquez Prieto  (pastillas de café con leche «San Fermin»),  y algunos otros en el Casco como Beaumont en la plaza del Castillo, Belloso en la calle del Carmen, Egües en Calderería o Meoqui en Comedias, también con pastelería aparte de los clásicos de toda la vida.  En total no había menos de 60 pastelerías y confiterías, entre el Casco y el Ensanche. Entre las nuevas pastelerías de los años 50 cabe citar la de Irujo Gonzalez Tablas, luego Irujo y Gascón S.L (Cafetería Belagua) o la de Francisco Irujo en el nº 65-67 de la calle San Fermín, la Pastelería Florida. Tiendas que vendían dulces, confitería, aparte de los cada vez más numerosos kioskos urbanos eran las de Gambra o Ilundain en la calle Mayor o de Josefa Zuñiga en diversos puntos de la ciudad.

Fotos por orden de aparición: Nº 1 y 34: Fotos de Laura Blazquez (Blumun) para www.cascoantiguopamplona.com; Nº 2: Foto de la sección de historia de www.zucitola.com. Nº 6: Foto de la sección de historia de www.casamanterola.com; Nº 12: Casa Iraizoz. Archivo Municipal de Pamplona. Nº 15: Jesús Subiza y sus hermanos en una foto de 1925, sección de historia de www.chocolatesubiza.com; Nº 16 y 17: Fotos de www.cascoantiguopamplona.com; Nº 25 y 27: Fotos Archivo Asociación Casco Antiguo.